En plena era hollywoodiana, manutención del trato ceremonioso

cap7_007Aunque ya estuvieran en plena era de la influencia liberalizante e igualitaria del American way of life, los parientes próximos de doña Lucilia conservaban entre sí un trato de agradable ceremonia, que estaba en entera consonancia con el modo de ser de esta dama paulista.
Era imposible que hicieran entre ellos bromas poco respetuosas. Durante las comidas, si querían pedirle a alguien la cesta de pan, nunca dirían, por ejemplo:
— Déme pan.
Sino:
— ¿Haría el favor de pasarme el pan?
Una vez fue a almorzar en casa de doña Gabriela una joven de familia muy rica y de gran prestigio social. En cuanto abandonaron la mesa, al llegar a la sala de visitas, dijo ella:
— ¡Qué alivio!
— ¿Alivio por qué? le pregunto su amiga Rosée.
— Porque terminó el almuerzo.
— Pero, ¿estaba mala la comida?
— No, ¡no te imaginas! En nuestra casa se decía que era dificilísimo comer aquí, pues ustedes son tan ceremoniosos que el visitante mal se sabe equilibrar…
Este hecho ilustra perfectamente cómo imaginaban ciertas personas la atmósfera de ceremonia reinante en el distendido y tranquilo hogar de doña Gabriela, donde el respeto debido a alguien que, a cualquier título, mereciese especial cortesía, hacía naturalmente parte de los hábitos domésticos. Ese modo de proceder le causaba alegría a doña Lucilia y se conjugaba bien con su gusto por todo cuanto era decoroso y elevado.
Doña Lucilia no sería ella misma si no aliase a la admiración por un trato impregnado de dignidad aquel continuo y envolvente afecto suyo. Es este precioso don el que nuevamente veremos traslucir, de forma cristalina, en algunas cartas escritas por ella a sus hijos en esa época.

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer”

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

En un viaje a Río de Janeiro, en 1925, doña Gabriela, cuya ancianidad florida traía consigo el peso de los años, recibió, como siempre, el incansable y cariñoso apoyo de doña Lucilia, quien la acompañó. Ésta, aunque prestando todo el auxilio a su madre, en ningún momento se olvidaría de sus queridos hijos.
Doña Lucilia nunca dejó de estimular a Plinio para que estudiara con ahínco y sacara buenas notas, resaltando cómo el esfuerzo hecho redundaría en gracias y bendiciones de Dios. Ella procuraba no sólo que sus hijos tuviesen mucha cultura, sino que ante todo supieran siempre reportarse a la Providencia Divina.
No eran ajenos a sus pensamientos los mil pequeños hechos de la vida cotidiana, de lo cual ella trataba con su invariable deseo de perfección.

Algunas cartas dejan entrever con claridad cómo, aparte del papel que le competía ejercer como formadora, doña Lucilia tenía exacta noción de que debería ser intercesora de Rosée y Plinio ante los Tronos de Nuestro Señor y de su Madre Santísima. Y no apenas para alcanzar su salvación eterna, sino también para que Dios los asistiese y protegiese en todas las circunstancias de la vida.
Doña Lucilia confiaba en que sus oraciones serían plenamente atendidas, pues si Dios le había dado esos dos hijos era para que los condujera por el buen camino.
¿Cómo dejaría Él de oír las oraciones de una madre tan piadosa?

Río de Janeiro, 11-10-1925
¡Pigeon querido!
Tuve un inmenso placer al recibir tu carta y mucho, mucho te agradezco el excelente boletín. Me das tanto gusto con estas notas, hijo mío, que ciertamente este esfuerzo
te revertirá en bendiciones, y por esto Dios te ayudará mucho, y velará por ti con especial cariño, y por eso te pido insistentemente que no emplees más esta expresión
de… + mala sombra… en relación a persona alguna, y mucho menos a la tuya, pues como sabes, tú y Rosée fueron confiados a Dios antes de nacer, y por tanto con fe
y amor a Dios vosotros no podréis dejar de ser felices, tanto más que, por vosotros, yo rezo día y noche y es natural que las oraciones de una madre católica, aunque
sean de poco mérito, sean atendidas por Nuestra Señora que también es madre, y Nuestro Señor Jesucristo.
Continúa estudiando bien y no demasiado, no sea que perjudiques tu salud, y harás unos buenos exámenes y vencerás esta primera “étape”. Espero que tú y Rosée hayáis hecho la comunión conforme os pedí.
No he recibido aún la carta de Rosée, a la cual se refería por teléfono. ¿Y tu padre por qué no me escribe? ¿Le estáis contagiando la pereza a él ?… ¡Dios quiera
que no sea así! ¡Pienso ir a Santos y de ahí a São Paulo el próximo sábado si tío Toni o papá nos vienen a buscar para que pueda saciar tantas saudades de mis queridos!
La abuela ha estado un poco mal esta semana y sólo hoy con la presencia de tu tío Gabriel y tío Antonio, se animó un poco.
Adiós mis queridos… ¿hasta el domingo? Abraza por mí a tu padre y a Rosée, y a ti, hijo de mi corazón, dándote mi bendición te envió millares de besos y abrazos.
De tu madre extremosa,
Lucilia.
Sólo ahora por la noche tu tío me entregó la cartita de mi Rosette querida. Bésala por mí. Escribe a tu abuela,pues ella no ha recibido la última, porque no la pusiste junto a la mía. Te escribo con una pluma tan mala, que sólo las saudades de una conversación con vosotros me obliga a usarla.

El “estouro da boiada”

Coliseo, Roma

                       Coliseo, Roma

¿Quién, al entrar en el Coliseo romano, no habrá tenido un sentimiento de respeto y veneración, pensando en la fidelidad de los millares de mártires que fueron allí devorados por las fieras por negarse a quemar incienso a los ídolos?
No menor, y por cierto sí más sutil, ha de ser el heroísmo de aquel que quiera mantener la integridad de los principios enseñados por la Santa Iglesia en una sociedad que camina en un rumbo opuesto a la verdad y al bien. Es por pánico de esta separación, en relación al propio ambiente, que millones de personas ceden y perecen espiritualmente.
Ante la avasalladora ola forjada en Hollywood, la actitud de doña Lucilia fue la de enfrentar con serenidad todo cuanto contundía sus convicciones católicas.
En el futuro, ella contaría, de modo discreto aunque manifestando toda su censura, un escándalo ocurrido por aquel entonces en São Paulo. El hecho sucedió entre familias acomodadas y, por tanto, de mucho realce en la sociedad. Dejando a su esposa, un hombre se fue a vivir con otra mujer que también había abandonado a su marido, pasando a estar ambos en régimen de concubinato doblemente adúltero. Para dar un aire de legitimidad a su pésimo proceder, se fueron a Uruguay y, volviendo de allí, hicieron constar que se habían casado por lo civil. Amigas y conocidas escucharon de la propia concubina que aquella unión era verdaderamente un “matrimonio”, lo que redundaba en equiparar el concubinato al matrimonio. Doña Lucilia narraba el hecho manifestando a través de su fisonomía toda la censura que el mismo le causaba, añadiendo que el episodio se había dado en una época en la que aún había restos de moral, razón por la cual el acontecimiento provocó en todos una actitud de repudio.Lucilia_correade_oliveira_001
Un día, una pariente de doña Lucilia fue de compras a la Casa Mappin establecimiento que en aquel tiempo sólo vendía artículos muy finos y presenció una escena insólita. Escuchó, de repente, un alboroto, tardando poco en descubrir a dos mujeres que se peleaban a bofetadas y puntapiés. Eran la esposa legítima y la concubina antes mencionada.
Por ser conocida de ambas, la referida señora prefirió retirarse rápidamente del local recelando verse envuelta en aquella pelea indecente, lo que no quería a ningún precio. Comiendo ese día en casa de los Ribeiro dos Santos, contó el hecho, que provocó vivos comentarios en la mesa. Doña Lucilia escuchó en silencio. Sin embargo, cuando se empezó a decir que el concubinato era un absurdo, pero que las señoras debían soportar con más paciencia las sinvergüencerías de sus maridos, ella suspiró profundamente y dijo:
— ¡Soportar, soportar! No esperen mucho… Los hombres van a hacer tantas y tales cosas que van a dejar a las mujeres en una situación intolerable. Y, además de las pésimas costumbres de los maridos, el cine y la literatura inmorales hacen que ellas se estén volviendo tan malas como ellos. Este hecho demuestra que está comenzando el “estouro da boiada”… (Vendría a traducirse como “la estampida del ganado”, siendo una expresión familiar utilizada en Brasil para indicar que las cosas se han salido violentamente de sus cauces).

Era una juiciosa observación, una previsión muy bien hecha; pero las palabras de doña Lucilia fueron acogidas a carcajadas por algunos, no porque encontrasen ridículo lo que decía sino porque les divertía la expresión “estouro da boiada”. No entendieron el fondo del pensamiento, que el transcurso de las décadas no hizo sino confirmar. Hoy en día, el divorcio y el concubinato están generalizados: “a boiada” se desbandó.