Una ayuda financiera…

Entonces empecé a rezarle a Dña. Lucilia y en eso cayó en mis manos un artículo que narraba el caso de una mujer que también se quedó sin trabajo y que le pidió ayuda y enseguida…

Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

Esto se constata cuando leemos el testimonio enviado por Patricia Gamarra, de Paraguay, en el que narra cómo Dña. Lucilia la ayudó en un grave aprieto financiero.

Cuenta ella: «Mi madre y yo estábamos pasando por una situación económica muy difícil. Además de haberme quedado sin trabajo, no me habían pagado un servicio anterior de todo un mes. Así que todas mis cuentas estaban un mes atrasadas.

»Entonces empecé a rezarle a Dña. Lucilia y en eso cayó en mis manos un artículo que narraba el caso de una mujer que también se quedó sin trabajo y que le pidió ayuda y enseguida milagrosamente apareció depositada en su cuenta bancaria la cantidad que necesitaba. Esto me llenó de confianza y me dije: “Bueno, pues se lo voy a pedir a ella… No creo que me pase lo mismo, pero sé que me va a ayudar de alguna forma, aunque sea dándome fuerzas para trabajar y oportunidades de trabajo”».

No obstante, Dios quería de Patricia una oración persistente: a cada momento que pasaba, todo iba de mal en peor. Un día, después de hacer una lista exacta —y voluminosa…— de cuánto le faltaba por pagar, exclamó llena de confianza: «Doña Lucilia, auxilio, ¡por favor!».

Al día siguiente recibió una llamada de su hermano, que le dijo: «Mamá me ha contado por lo que estáis pasando. He recibido algo de dinero y te voy a regalar cinco millones de guaraníes».

Patricia Gamarra con una réplica del «Quadrinho» de Dña. Lucilia

Patricia se quedó asombrada, ¡pues era exactamente la cantidad que necesitaba para saldar las cuentas atrasadas! E inmediatamente percibió que se trataba de una intervención de Dña. Lucilia, que movió a su hermano a un inusual acto de generosidad: «Le pedí tanto a Dña. Lucilia que me ayudara, y me ayudó».

… y una lección de fe

Sin embargo, no se limitó a eso la intercesión de tan bondadosa madre. Patriciade casi no tener trabajo, comenzó a recibir tantas solicitudes que ahora le faltaba tiempo para atenderlas todas.

Además, necesitaba recibir el importe correspondiente a un mes de trabajo realizado por ella, que no le había sido pagado. Le escribió al deudor varias cartas de cobro, sin obtener respuesta alguna. Durante dos meses le había pedido insistentemente a Dios: «Por ​​favor, Señor, ¡que me paguen! ¡Por favor!». Pero no recibió respuesta ni de lo alto ni del deudor…

Entonces empezó a rezarle a Dña. Lucilia con más empeño, en esa intención. Pero se sintió llevada a hacer un acto de desapego y de confianza: «Señor, lo pongo en tus manos. Que se haga tu voluntad, y yo dejo esto de lado». Sólo en ese momento fue cuando recibió el pago.

Ese acto de abandono a la voluntad de Dios, Patricia lo atribuye a la intervención de su celestial protectora: «Creo que ella, por así decirlo, fue actuando en mi corazón para que yo rezara de esa forma. No sólo me consiguió el dinero que necesitaba, sino que también me dio la gracia de cambiar de actitud, de dejarlo todo en las manos de Dios realmente y confiar muchísimo más. Y estoy muy agradecida».

Así, el auxilio de Dña. Lucilia le dio una valiosa lección de fe a Patricia: cuando nos desapegamos de los bienes materiales y ponemos nuestra confianza únicamente en Dios, el resto viene por añadidura (cf. Lc 12, 31).

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, mayo 2024)

Una intervención «luciliana» más: ¡otra niña!

Ante la gravedad de su situación, el equipo médico decidió derivarla al Hospital de las Clínicas, de São Paulo, donde podría recibir un tratamiento más adecuado y seguro. Al llegar allí, un especialista enseguida la advirtió: «Mira, la probabilidad de que sobrevivas a este parto es muy pequeña; de verdad, muy pequeña».

Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

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Respondiendo siempre de una manera superabundante a las peticiones que se le hacen, Dña. Lucilia obtuvo aún para Eriane la gracia de ser madre de otra niña. Esta vez, sin embargo, las alegrías de la maternidad se vieron acrisoladas por los sufrimientos resultantes de una enfermedad que le dio la oportunidad de comprobar una vez más la extremosa solicitud de su celestial protectora.

En efecto, este último embarazo fue especialmente complicado debido al diagnóstico de placenta percreta, una peligrosa anomalía que supone un grave riesgo para la vida de la madre y del feto.

Además, Eriane sufrió dos serias hemorragias, la primera de las cuales fue tan fuerte que pensó que había perdido al bebé. En consecuencia, varios médicos le recomendaron que abortara para que salvara su vida. Ella nos cuenta una de esas propuestas: «Tras hacerme una ecografía, el médico me dice: “Mira, tendrás que abortar, sino te morirás”. Le respondí: “Doctor, esa posibilidad de aborto no existe. ¡No existe! ¡Esto es un crimen!”».

Los médicos podían insistir todo lo que quisieran sobre el gran peligro de muerte al que se exponía con su embarazo, pero ella estaba muy decidida a seguir el ejemplo de Dña. Lucilia, quien, en una situación similar, prefirió salvar la vida de su hijo Plinio, aunque fuera a costa de la suya, y le dio al médico una categórica contestación: «¡Doctor, esa propuesta no se le hace a una madre! ¡Ni siquiera debería haberla pensado! A un hijo mío, ¡no lo mataré jamás! Aunque tenga que morir, no mataré a mi hijo».

Ayuda a llevar la cruz hasta el final

De hecho, Eriane tenía una solución mucho mejor para el problema: su confianza en el auxilio de Dña. Lucilia se afirmaba cada vez más; estaba segura de que esta bondadosa madre cuidaría de ella y de su hija.

De todos modos, el sufrimiento y la incomprensión por parte de algunos médicos acompañaron a Eriane durante los largos meses de gestación, pero en ningún momento le faltó el amparo de Dña. Lucilia para llevar esta pesada cruz.

«En fin —narra ella—, el embarazo continuó, durante el cual casi no me levanté de la cama. Necesitaba permanecer en reposo: no podía hacer esfuerzos, no podía caminar demasiado, tenía que hacerlo todo con cuidado. Y para una madre que tiene otros niños en casa, era bastante complicado. Pero Dña. Lucilia no nos abandonó en ningún momento».

«Confío en Dña. Lucilia, todo saldrá bien»

Un día, estando en São Paulo, Eriane tuvo una hemorragia tan fuerte que tuvo que ser ingresada de urgencia en un hospital de la ciudad paulista de Caieiras. Ante la gravedad de su situación, el equipo médico decidió derivarla al Hospital de las Clínicas, de São Paulo, donde podría recibir un tratamiento más adecuado y seguro. Al llegar allí, un especialista enseguida la advirtió: «Mira, la probabilidad de que sobrevivas a este parto es muy pequeña; de verdad, muy pequeña».

Después de darle detalladas explicaciones, el mismo médico le sugirió que se quedara ya hospitalizada ese día, es decir, unas doce semanas antes de la fecha prevista para el parto. Ella le respondió: «No, no voy a estar ingresada, pues tengo otros hijos. Voy a quedarme en casa. Confío en la Virgen, confío en Dña. Lucilia, todo saldrá bien».

A pesar de la situación, y probablemente porque Dña. Lucilia estaba allanando el camino, el médico jefe concordó con la decisión de Eriane: «Está bien, entonces puede irse a casa, ¡pero descanse! Y vuelva el 2 de enero, para que pueda dar a luz el día 3. ¡No puede pasar ni un día más! Está usted en riesgo. Por lo tanto, tenga mucho cuidado».

Siempre amparada durante la prueba

Así pues, regresó a su casa, pasó la Navidad y el Año Nuevo con su familia y regresó al hospital el día acordado. «Entonces comenzaron los sufrimientos — continúa el relato—, durante los cuales rezaba mucho, pidiendo el auxilio de Dña. Lucilia. La operación del parto empezó a las siete de la mañana y terminó a las cinco de la tarde; recibí al menos siete bolsas de sangre. Pero sentía muchas gracias, me sentía acompañada todo el tiempo por Dña. Lucilia. Es como si me dijera: “Hija mía, estás pasando por una gran prueba, pero estoy aquí. ¡Estoy aquí!”».

En verdad, la vida de todo cristiano debe ser un continuo asentimiento a la voluntad divina, hacia la plena identificación con Cristo crucificado. Y, en el camino del Calvario, todos los sufrimientos que podamos juntar a los suyos, son ávidamente recogidos por la Providencia…

Así ocurrió también con Eriane. Después de dos días en la UCI, se estaba recuperando en la enfermería, ante la expectativa de recibir el alta al día siguiente, cuando le diagnosticaron una peligrosa infección. Sigamos con su narración:

«Me llevaron nuevamente a la UCI, para hacerme análisis y combatir la infección. Como empecé a tener convulsiones, los médicos decidieron hacerme una tomografía y descubrieron que tenía una trombosis¡Y todo ello en vísperas de recibir el alta!

»Después de más pruebas, los médicos decidieron abrir un acceso en mi cuello para inyectarme un medicamento, pues mi presión estaba bajando demasiado y casi estaba perdiendo el conocimiento. Pero, en medio de todo esto —con el auxilio de la gracia y la asistencia de un sacerdote heraldo—, en ningún momento me desesperé. Veía con una tranquilidad muy “luciliana” el ajetreo de los médicos y la preocupación de mi esposo.

»Sé que me recuperé. En los momentos en que empezaba a preocuparme por mis otros hijos o por mi marido, hacía una breve meditación, imaginándome que estaba bajo el chal de Dña. Lucilia, abrazada y consolada por ella, y todo pasaba.

»Finalmente, salí de la UCI ya recuperada, tomando antibióticos, pero libre del acceso en el cuello y de todo lo demás. Volví a ver a mi pequeña. Después de diecisiete días de hospitalización pude regresar a casa llevándome a Aurora de María conmigo».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, mayo 2024)

01

Alejados de Dios y de su Iglesia

Esta es una historia de una restauración espiritual, se la vamos a contar desde el principio, es decir, dándole a conocer la situación en la que vivían Thaís Lira y su esposo, Clovis Arruda, antes de que Dña. Lucilia interviniera de forma decisiva en sus vidas.

Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

Natural de Manaos (Brasil), así como su marido, Thaís sufría de depresión desde los 15 años, problema agravado por el relativismo religioso en el que estaba inmersa, según ella misma lo narra: «Lamentablemente, no tuve una vida muy buena, porque creía que todas las religiones eran ciertas. Incluso llegué a frecuentar un templo budista y someterme a tratamientos esotéricos, en busca de una curación para la depresión».

Habiéndose licenciado en Derecho, Thaís se presentó a las oposiciones e ingresó en la Policía Civil de Amazonas. No obstante, el contacto con la delincuencia empeoró aún más su estado: «Tuve que tomar medicación e inicié un tratamiento psicológico».

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Por otra parte, su vida matrimonial no era modélica: «Nunca fuimos católicos vigorosos, teníamos muchos conceptos erróneos sobre el matrimonio. No creía que fuera importante tener hijos y mi esposo concordaba conmigo».

Llevaban, pues, una vida prácticamente alejada de Dios y de su Santa Iglesia; entonces su marido recibió una ventajosa oferta de trabajo en Recife y allí se mudaron. Thaís estaba decidida a cambiar de profesión: «En Recife, empecé mis estudios para la carrera diplomática, que siempre quise hacerla. Para curar la depresión busqué tratamientos psiquiátricos, pero ninguno funcionó. También traté de ser mejor católica, pero tampoco lo conseguí».

El encuentro con los Heraldos del Evangelio

En 2013, nuevamente por motivos profesionales de su esposo, se trasladaron a la ciudad de Cotia, en otro estado brasileño, São Paulo. Sin que ella lo supiera, la Divina Providencia la conducía hacia la solución de sus problemas: «En Cotia obtuve mi curación. En medio de toda esta oscuridad, recibí la visita de una pareja de Heraldos».

Desde hacía mucho tiempo, la familia de Thaís daba una contribución para las actividades evangelizadoras de los Heraldos del Evangelio; sin embargo, nunca le había interesado conocer más de cerca la institución. Continúa su relato: «Teníamos mucha simpatía por los Heraldos, y recuerdo que, al hojear sus revistas, me decía a mí misma: “¡Se les ve tan contentos! ¿Realmente existe esto? Si existe, ¡está bastante lejos de mí! No hay cómo formar parte de esto…”. Sencillamente pensaba que no era algo para mí».

Además de animarla en la práctica de la fe, esa visita dejó dos buenos recuerdos en su vida. El primero, una colección de la obra El don de sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira, escrita por Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, que los heraldos le regalaron; la segunda, ella misma nos lo cuenta: «Después de recibir la visita de esa pareja, empecé a sentirme mejor, a sentirme curada de la depresión, y ya no necesité mis medicamentos».

Buscando respuestas contra el comunismo

Libre de la incómoda depresión, Thaís se sentía más a voluntad para continuar sus estudios. Tenía curiosidad por conocer los orígenes del comunismo, porque su madre le decía que se trataba de algo perverso. Investigó y enseguida llegó a la conclusión de que «provenía de una obra maligna», según sus palabras.

Profundizando en sus estudios, tomó conocimiento de las apariciones de Nuestra Señora de Fátima, en las que la Santísima Virgen alertaba a la humanidad sobre los peligros del comunismo. Deseaba ardientemente seguir sus consejos y peticiones, como, por ejemplo, la comunión reparadora de los cinco primeros sábados. Al mismo tiempo, oyó hablar de la devoción de los primeros viernes de mes, en desagravio al Sagrado Corazón de Jesús, y sintió que necesitaba urgentemente cambiar de vida.

Hacia la conversión, por un camino de dolor

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Las vías de la Providencia son a menudo misteriosas para el entendimiento humano. A veces, los momentos de mayores dificultades y dramas son los esperados por Dios para realizar una bondadosa intervención. Con Thaís y su esposo no fue diferente. Les sobrevino una enorme dificultad económica, que los llevó a cambiar nuevamente de residencia, instalándose esta vez en Juiz de Fora, donde podían contar con el apoyo de sus familiares.

Para Thaís, el primer paso de su anhelado cambio de vida era hacer una buena confesión. Por lo tanto, fue a una iglesia con esta intención. Desafortunadamente, el sacerdote disponible la trató con hosquedad y ni siquiera le permitió que terminara de decir sus faltas. Narra ella: «Me quedé muy triste. Fui al sagrario y allí lloré mucho, hasta el punto de que mis lágrimas cayeron en el banco de la iglesia».

Junto al Santísimo Sacramento, Thaís encontró lo que necesitaba. Sintiendo una vigorosa presencia sobrenatural, su corazón se llenó de la fuerza necesaria para un verdadero cambio de vida hacia la santidad. Y, entonces, le pidió perdón al Señor, con mucha sinceridad, por haber abandonado la Iglesia.

Así expresa lo que pasaba en su interior cuando regresó a casa: «Mi esposo y mis padres estaban muy asustados, porque yo lloraba demasiado. Y la razón era que había percibido lo mucho que se vilipendia a la Iglesia en nuestros días, y me reprochaba: “Nunca he hecho nada por la Iglesia. No soy una católica de verdad”. Estaba muy, muy triste, y pensaba: “¿Cómo voy a consolar a Nuestra Señora si no consigo confesarme? Para hacer la devoción de los primeros cinco sábados necesito confesarme durante cinco meses consecutivos».

Un consejo decisivo

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Durante este período de perplejidad fue cuando Thaís recibió un consejo que sería decisivo en su vida. Prosigue su relato: «Me llamó una persona de Manaos, era un viejo amigo, y me habló de la consagración a la Virgen como esclavo de amor. Entonces le comenté lo que me había pasado y le pregunté: “¿Dónde puedo confesarme?”. Él me respondió: “Ve si los Heraldos del Evangelio están en Juiz de Fora. En los Heraldos seguramente hallarás tu confesión”».

Un poco reticente y todavía pesarosa por lo que le había sucedido, Thaís no siguió el consejo de su amigo. Sin embargo, poco después su propio párroco le informó por casualidad de que los Heraldos tenían una iglesia muy bonita en Juiz de Fora y le instó a visitarla.

Aunque un poco reluctante, Thaís decidió ir: «Era sábado. Nada más entrar, me quedé impresionada al ver la cantidad de niños que había jugando en el patio. Uno de ellos llevaba un rosario con gran devoción. ¡Me impresionó bastante ver a un chico tan joven con el rosario en la mano!».

A pesar de esta primera impresión favorable, todavía pensaba: «Si alguien me trata mal aquí, desistiré y seguiré mi fe sola». Pero la Virgen le preparaba algo distinto: «Me recibió una mujer muy simpática, cooperadora de los Heraldos, que me escuchó, me consoló y me llevó a un sacerdote, para que pudiera confesar. También me impresionó la belleza de la iglesia, cómo todo en ella —¡hasta los bancos!— propiciaba nuestra concentración en la misa y en las oraciones».

El primer encuentro con Dña. Lucilia

Admirada por la paternal solicitud del sacerdote, Thaís hizo, finalmente, la tan anhelada confesión, de la que salió aliviada y con la firme decisión de comenzar una nueva vida. En consecuencia, quiso empezar de inmediato la preparación para consagrarse como esclava de amor a Nuestra Señora. El primer paso era adquirir el Tratado sobre la verdadera devoción a la Santísima Virgen, de San Luis María Grignion de Montfort.

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«Cuando fui a comprar el libro y un rosario, conocí a Dña. Lucilia a través de una fotografía suya impresa en un azulejo, y me llamó la atención lo rosáceo de su chal. Pensé: “¡Vaya, qué bonito es ese chal! ¡Es tan rosáceo! ¿Quién es esta señora?”. Llegué a tenerle un poco de miedo, porque ella tenía una majestad increíble, una mirada verdaderamente soberana. También noté su elegancia y, a pesar del miedo, me sentía muy atraída. No entendía muy bien por qué los Heraldos tenían tantas fotografías suyas, pero al mismo tiempo pensaba: “Bueno, ahora no entiendo esta devoción, pero sé que debe ser algo muy bueno”. ¡No puedo marcharme de este lugar! Aquí es donde debo estar».

Un sueño alentador

Prosigue Thaís: «Un día, la cooperadora que tan amablemente me había recibido en mi primera visita a los Heraldos me contó que había soñado conmigo. Me visitaba en una habitación donde estaba Dña. Lucilia, sujetando un bebé que era mi hijo. Y Dña. Lucilia le ponía al bebé en sus brazos, mientras yo descansaba en una cama. Tuvo este sueño justo cuando me conoció, pero temía contármelo en esa ocasión, porque sabía que yo no quería ser madre.

A la izquierda, Thaís y su esposo después de consagrarse a la Virgen; a la derecha, bautizo de Plinio José, su hijo, en la iglesia de los Heraldos de Juiz de Fora

»En ese período en el que yo estaba conociendo más a la Iglesia, un sacerdote me aconsejó que le rezara a Dña. Lucilia, que leyera su historia, pero nunca fui tras ello. También me dijo que me convenía ser madre, pues eso sería mi curación».

«Quiero ser madre, para agradar a Dios»

Pero «ser madre» era lo que Thaís no quería. Entonces, ¿cómo solucionar el problema? Nos cuenta: «En el aniversario del fallecimiento de Dña. Lucilia, el 21 de abril, asistí a misa y en esa ocasión le pedí el deseo de ser madre. No pedí ser madre, porque no tenía el deseo de ser madre. Así que le pedí el deseo: “Doña Lucilia, deme el deseo de ser madre”».

Vencida por la gracia, Thaís le dio a Dña. Lucilia la oportunidad de actuar en su corazón, y tiempo después pidió decididamente la gracia de ser madre: «Doña Lucilia, quiero ser madre, quiero agradar a Dios». No obstante, pasaron los meses sin que hubiera indicios de un embarazo.

En la Semana Santa siguiente, Thaís tuvo una fuerte inspiración. Estaba sentada en el primer banco de la iglesia, durante una de las ceremonias. De repente, mirando a la imagen de Nuestro Señor Jesucristo flagelado, recordó un terrible episodio ocurrido muchos años antes: «Me acordé de que me había echado una maldición sobre mí misma. Debido a las ideas feministas que tenía, me dije que no permitiría que Dios engendrara un niño en mi vientre. Cuando recordé esto, me desesperé. Se lo conté a un sacerdote, me confesé y me dijo: “Hija mía, Dios toma eso muy en serio. Pero vaya a rezar a los pies de la Virgen Dolorosa, converse con Ella”.

»Entonces recé ante la Virgen Dolorosa; también le recé a Dña. Lucilia, pidiéndole nuevamente la gracia de la maternidad. Y le dije a Nuestra Señora que, como muestra de confianza de que obtendría este favor a través de Dña. Lucilia, elegiría ya el nombre de mi hijo: si era niña, María Lucilia; si fuese niño, Plinio José. Asimismo le pedí que el niño se hiciera en el futuro monja o sacerdote, porque quería mucho darle esa alegría a Dios, y podría salvar muchas almas».

Y Thaís no tardó en conseguir lo que había pedido: en el siguiente aniversario del fallecimiento de Dña. Lucilia, ¡estaba, por fin, esperando su primer hijo!

Una prueba más, una ayuda más

Plinio José nació el 27 de diciembre de 2022. Sin embargo, pocos días después Thaís y Clovis fueron sometidos a una terrible prueba. Narra ella: «Una semana después del nacimiento de mi hijo, tuve un accidente cerebrovascular (AVC) y entré en convulsión. Mi marido cuenta que, cuando me vio, empezó a llamar a Dña. Lucilia, gritando: “¡Doña Lucilia, ayúdame, ayúdame!”».

La familia reunida junto al cuadro de Dña. Lucilia

Llevada rápidamente al hospital, recibió el tratamiento adecuado. En medio del terrible sufrimiento resultante del AVC, nunca dejaba de rezarle a Dña. Lucilia. ¿Pidiéndole qué? ¿Alivio de sus dolores? No, pidiendo algo mucho más importante, que demuestra cuán eficazmente restauradora era su conversión: «Le pedí a Dña. Lucilia que no me dejara quejarme, que me ayudara a ofrecer mis dolores por la Santa Iglesia».

Gracias a la intercesión de su protectora, a los quince días Thaís ya se había recuperado y pudo estar nuevamente con su hijo. El AVC le dejó pocas secuelas, que en nada comprometen su vida diaria.El camino hacia la unión con Dios y hacia el seno de la Iglesia fue doloroso, pero hoy Thaís y Clovis le agradecen a Dios no haberles ahorrado sufrimientos, pues a través de éstos pudieron entrar en la lista de los hijos que Dña. Lucilia maternalmente ampara bajo su manto. 

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2024)

02

Un viaje marcado por el dolor

«¡Doña Lucilia, madre mía, no me dejes, por favor!». Se giró hacia el altar, donde hay una imagen de la Virgen del Carmen, y mirándola dijo: «No quiero irme igual a como he llegado».

Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

Ligia María Rojas Zúñiga, de Costa Rica, narra dos favores obtenidos por Nuestra Señora del Carmen, gracias también a la intercesión de Dña. Lucilia, que respondió de modo superabundante a sus oraciones.

Cooperadora de los Heraldos del Evangelio en su país, Ligia fue a Brasil en julio de 2022 para participar en el congreso internacional que se realiza todos los años. Sin embargo, cargaba con dos cruces que afligían su espíritu y hacían que emprendiera ese viaje con temor. Sigamos su relato:

Da. Ligia (al lado de la imagen de San José) con los cooperadores de Costa Rica, visitando una de las casas de los Heraldos del Evangelio en São Paulo

«Tenía una lesión grave en el pie derecho, debido a problemas de mala circulación sanguínea, que sufro desde el 2000. Había sido tratada en varias ocasiones; con el tratamiento y los vendajes se cerraba la herida, pero después se volvía a abrir. Cuando le conté al médico que haría un viaje a Brasil, intentó disuadirme, porque un vuelo de varias horas a gran altura era peligroso para cualquiera en mis condiciones. Sin embargo, le dije que ya lo tenía todo preparado y que viajaría bajo mi propia responsabilidad.

»La víspera de la salida, la enfermera me curó la herida, me puso una venda y me indicó que no me la quitara mientras estuviera fuera del país.

»Consciente del riesgo del viaje y del posible impacto que podría tener en mí, le rogué a Dña. Lucilia, nuestra madre, que intercediera por mí. Durante las horas de vuelo les pedí a ella y a Nuestra Señora que todo saliera bien durante el viaje y el regreso a casa».

Una curación espiritual…

Ligia llegó a Brasil bien dispuesta y pudo seguir el programa del grupo de cooperantes en São Paulo. Durante la visita a la casa Monte Carmelo —de la rama femenina—, sintió el auxilio de Dña. Lucilia y, por su intercesión, el de Nuestra Señora del Carmen, curándola de una profunda angustia que sentía en su interior.

Al entrar en la iglesia, le invadió una enorme emoción y enseguida le surgió una súplica: «¡Doña Lucilia, madre mía, no me dejes, por favor!». Se giró hacia el altar, donde hay una imagen de la Virgen del Carmen, y mirándola dijo: «No quiero irme igual a como he llegado».

Y continúa: «Mi petición en ese momento era únicamente espiritual. Durante mucho tiempo había cargado con un dolor en mi corazón. En concreto, desde 2016 —cuando hice el curso de consagración según el método de San Luis María Grignion de Montfort— meditaba sobre el trasfondo maligno que existe en cada persona. Intenté varias veces hablar de esto con un sacerdote, pero no logré que ninguno entendiera mi situación, o quizá no supe explicar lo que sentía».

Abrumada por la pena, Ligia le pedía a la Señora del Carmen ayuda para ella y su familia, llorando hasta sentirse aliviada. Entonces notó que una rosa del arreglo floral que decoraba la imagen se había desprendido y caído sobre el altar. Le pidió a una hermana que estaba allí cerca el favor de que se la alcanzara. Ésta se la entregó diciéndole: «Grandes cosas tiene la Virgen María para usted».

Altar de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, Caieiras (Brasil); en el destacado, la rosa recogida por Ligia

…y otra corporal

Profundamente conmovida, Ligia visitó ese día otras iglesias y casas de los Heraldos. Prosigue su narración: «Al día siguiente, el viernes 21 de julio, cuando empezaba el congreso, me acordé de las instrucciones del médico y, al sentir punzadas en el pie, le rogué a la Virgen que me concediera la gracia de volver a Costa Rica sin tener que recurrir a ninguna clínica. Cogí un pétalo de aquella rosa y lo coloqué entre las vendas. Confiando en Nuestra Señora, salí hacia la sesión inaugural del congreso; ya no sentía molestia alguna.

»Tuve otra sorpresa el sábado: me encontré con un sacerdote heraldo que no había podido atenderme cuando estuvo en Costa Rica, pero que ahora estaba dispuesto a hablar conmigo, aprovechando un receso entre las sesiones del congreso. ¡Fue una maravillosa oportunidad! Sin embargo, cuando quise contarle lo que me había apenado tanto, me di cuenta de que la Virgen ya me había quitado toda mi tristeza de tanto tiempo: no tenía nada que contarle, el dolor interior había desaparecido.

»El domingo por la tarde comencé a sentir como si algo me punzara el pie. Por la noche había querido quitarme la venda, pero tenía miedo. El lunes compré lo necesario y me dispuse a cambiarme el vendaje. Pero cuando retiré las gasas vi con sorpresa que la herida abierta del pie estaba seca. La superficie estaba enrojecida, pero no desprendía ningún líquido ni fluido.

»Cuando regresé a Costa Rica, mi familia y amigos notaron algo diferente en mí. De hecho, durante el viaje había sido sanada de dos males: el del corazón y el la de la mala circulación sanguínea, la cual padecía desde hacía veintidós años. Mi médico confirmó el “milagro”, tras examinar mi pierna y comprobar que la herida se había cerrado y cicatrizado».

Así concluye su relato: «Ahora, un año después de todo lo que pasó, estoy sana. Desde entonces, he dado infinitas gracias a Dña. Lucilia y a Nuestra Señora por permitir que cayera la rosa, por haberme inspirado a colocar el pétalo en las gasas, por mediar para que Dios manifestara su gloria y me curara física y espiritualmente».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, febrero 2024)