Aflicción por una caída

cap8_037

Plinio en Botucatú

Después de haber concluido los exámenes del último año de Derecho, a fines de 1930, Plinio fue con dos amigos de la Congregación Mariana de Santa Cecilia a pasar unos días de descanso en la finca de uno de ellos, en Botucatú.
El cambio de aires, el sentirse lejos de los libros de estudio sin estar ya sujetos a los exigentes cuestionarios de los examinadores, un cielo azul en el cual brillaba el luminoso sol de verano, los bosques verdes, todo esto ejerció un efecto reconfortante sobre aquellos jóvenes citadinos.
Y, naturalmente, cuando quisieron, mandaron ensillar tres caballos para recorrer valles y montes. Sucedió, sin embargo, que la silla del caballo de Plinio, por estar mal ajustada, resbaló con un movimiento brusco y le hizo caer, golpeándose violentamente la espalda contra una piedra del camino. El impacto fue tan fuerte que le dejó caminando con dificultad durante dos o tres meses, obligándole a usar un bastón. Sin embargo, no le dio importancia al accidente y continuó su vida sin preocuparse por ello.
Cuando llegó a São Paulo, doña Lucilia, en un primer momento, se asustó un poco. Pero, observando su fisonomía tan saludable y oyendo sus tranquilizantes palabras, se convenció de que aquella contusión no exigía mayores cuidados, pues acabaría curándose naturalmente.
Sin embargo, un amigo de Plinio, cuyo tío era uno de los mejores clínicos de São Paulo, al pasar una noche por la casa de doña Lucilia, le transmitió un consejo que la dejó alarmadísima. Él había estado con dicho tío y le había contado la caída que su amigo había sufrido, así como su posterior dificultad para caminar.
El médico recomendó que se hiciera una radiografía de la columna vertebral, pues era posible que tuviese una lesión grave cuyas consecuencias se podían manifestar años después, aunque, por el momento, aquello pareciese banal.
Al oír esas palabras, dichas con toda la frialdad técnica de quien da un diagnóstico, doña Lucilia, asustada, le insistió dulcemente a su hijo para que siguiese la orientación médica. Plinio, sintiéndose en la plena fuerza de sus vigorosos veintiún años, al principio no quiso. Opinaba que era mejor no empezar a buscar enfermedades, pues los médicos eran capaces de encontrarlas y, en el afán de curarle, terminarían perturbando su equilibrio interno. No obstante, dada la suave insistencia de su extremosa madre, decidió por fin atenderla, apenas para calmarle la aflicción.
Resolvieron ir al día siguiente al Instituto Paulista en donde había un radiólogo de confianza. Doña Lucilia lo llamó por teléfono con antecedencia para pedir hora y asegurarse que se haría la radiografía, pues temía que si hubiese algún contratiempo su hijo desistiese de volver allí. Conociendo bien la despreocupación de Plinio por las normas médicas, quiso ir con él para cerciorarse personalmente del resultado de los exámenes.
Mientras esperaba que la radiografía estuviera lista, Plinio se fue a pasear un poco por el jardín con su amigo, quien lo había acompañado, y a visitar la capilla del hospital para adorar al Santísimo Sacramento.

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Doña Lucilia aguardaba en la sala de espera, rezando el rosario. Hasta ese momento ella no había demostrado la aflicción que le producía la perspectiva de ver a su hijo inmovilizado. Sin embargo, a medida que se aproximaba la hora de saber el resultado del examen, la misma aumentó, haciéndole implorar confiante el auxilio del Sagrado Corazón de Jesús, por intercesión de la Santísima Virgen.
Cuando Plinio volvió junto a su madre, notó que había vertido copiosas lagrimas y que una oleada de aprensiones le nublaba la aterciopelada mirada. Entonces se dio cuenta de cuánto la atormentaba aquel pequeño problema de salud, y le preguntó filialmente:
— Pero, Mãezinha, ¿qué es esto?
Ella no le respondió y continuó desgranando silenciosamente las cuentas del rosario. Plinio insistió:
— Pero, explíqueme un poco.
Entonces ella le contestó:
— Estoy muy angustiada.
— Pero ¿por qué está tan angustiada? — dijo Plinio, sin entender bien cómo algo tan insignificante para él pudiese causarle a su madre tal grado de preocupación. Doña Lucilia, cada vez más seria por la aprensión que sentía, se limitó apenas a decir:
— Según lo que sea, ya verás…
No había manera de consolarla. Los minutos de espera que les quedaban, los pasaron en silencio.
Al fin apareció el médico en la puerta de la sala con la radiografía en la mano y auspiciosamente anunció:
— No tiene nada.
La manera tan simplificada con que trasmitió el resultado no tranquilizó enteramente a doña Lucilia, quien preguntó:
— Doctor, pero ¿me garantiza que no tiene nada de verdad?
Él para calmarla, le dijo:
— Doña Lucilia, si usted quiere se lo puedo mostrar. Mire, está todo perfecto…
y le dio una rápida explicación.
Ante la seguridad con que hablaba el radiólogo, las pesadas nubes de incertidumbre se disiparon en su alma, se serenó y dio internamente gracias al Sagrado Corazón de Jesús por haber protegido una vez más a Plinio.

La bendición y las crucecitas en la frente

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

       Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia, ante la cual rezaba mucho por su hijo

En muchas de sus cartas, doña Lucilia enumera los actos de piedad que dirigía al Sagrado Corazón de Jesús y a Nuestra Señora, en favor de los hijos que la Providencia le había dado. Los practicaba con entera certeza del auxilio y protección que obtendría, a ruegos de aquella Madre por excelencia, María Santísima.

Su profunda devoción infundía una confianza similar a cuantos convivían con ella. En ese sentido, no dejaba de ser expresiva la actitud de uno de sus sobrinos, conocido familiarmente como Rei, o Reiziño, el más íntimo de los amigos de Plinio.

Un año y medio más joven que su primo, Reiziño era ayudado en sus estudios por Plinio. Esto favorecía todavía más la estrecha relación entre ambos. La víspera de los exámenes, era frecuente que pasaran la noche en claro juntos, revisando la materia. Llegado el momento de ir al colegio, Plinio se dirigía al cuarto de doña Lucilia para despedirse y pedirle la bendición, lo cual, por cierto, nunca dejaba de hacer antes de partir para los exámenes. En esas ocasiones de mayor importancia, ella le hacía varias cruces en la frente mientras rezaba interiormente algunas oraciones. Cuando terminaba, su sobrino también le pedía que le bendijese de igual manera; ella accedía de buena gana. Y así los dos salían confiantes, convencidos de que Nuestra Señora, en lo alto de los Cielos, no dejaría de atender el pedido de tan buena madre.
Cuando Plinio, ya un poco mayor, viajaba más lejos, se repetía del mismo modo la escena de las crucecitas. En el vestíbulo de entrada de la casa, a la hora de la última despedida, ella, que era un poco más baja que su hijo, se ponía de puntillas y empezaba con toda compenetración el sencillo ceremonial; Plinio se inclinaba un tanto, y complacidamente recibía la bendición. Doña Lucilia era consciente de que, según la doctrina católica, la bendición de una madre atrae efectivamente la protección de Dios sobre un hijo, y era lo que ardientemente deseaba. De ahí tal vez el hecho de hacer varias señales de la cruz sobre su frente, como forma insistente de implorar ese auxilio.

Un Vía Crucis controvertido

plinio_congregado_marianoEn el curso del año de 1928 se dio un hecho en la vida de Plinio que alegró mucho a doña Lucilia, pues, de algún modo, representaba la realización, por especial don del Sagrado Corazón de Jesús, de sus más entrañables anhelos en relación a su hijo: fue su ingreso en las Congregaciones Marianas (Un día, en septiembre de 1928, al pasar en tranvía cerca de la iglesia de San Antonio, en la Plaza del Patriarca, el joven estudiante Plinio vio en la fachada un cartel que anunciaba la realización del Primer Congreso de la Juventud Católica. Exultante, procuró inscribirse inmediatamente. Comenzaba ahí su larga trayectoria de luchas en pro de la Santa Iglesia y de la Civilización Cristiana. El paso siguiente sería su ingreso en la Congregación Mariana de Santa Cecilia). Dentro de poco se convertiría en un incontestable líder católico, y llegaría a ser elegido diputado por la Liga Electoral Católica.
Esa ascensión no se realizaría sin duros y reñidos combates, durante los cuales doña Lucilia le prestaría a su hijo un valioso auxilio con su presencia y su apoyo discreto pero cuán eficaz.
La primera batalla fue contra el respeto humano. Algunas personas pueden pensar que esa lucha no presenta mayores dificultades, pues no exige argumentos ni estudio. ¡Oh, ilusión! Es tan fuerte en el hombre el instinto de sociabilidad y la tendencia a imitar a sus semejantes que, en muchos casos, prefiere enfrentar la muerte en un combate a huir, para no ser tachado de cobarde por los compañeros y amigos.
Ahora bien, como se dijo en el capítulo anterior, en la sociedad de entonces la práctica de la religión era tenida como debilidad de espíritu, propia de mujeres y niños. Se consideraba vergonzoso que un hombre se presentase como católico practicante, razón por la cual muy pocos, principalmente en las clases altas, tenían el coraje de hacerlo.
La adhesión de Plinio al Movimiento Católico se efectuó en esa atmósfera. En cierto momento, decidió tomar en público una actitud a través de la cual se manifestara la irreversibilidad del rumbo tomado por él. Para ello escogió la Misa de diez del domingo en Santa Cecilia, iglesia frecuentada en aquel tiempo por la alta sociedad, muchos de cuyos miembros comparecían allí por mera conveniencia social.
Apenas iniciado el Santo Sacrificio, Plinio —que ya había cumplido el precepto dominical en la Misa anterior— recorrió una por una las estaciones del Vía Crucis y, terminado éste, se arrodilló en un lugar bastante visible, sacó del bolsillo un pequeño rosario azul que había comprado expresamente para la ocasión y se puso a rezar. Obviamente, entre sus conocidos los comentarios no se hicieron esperar: “¡Plinio se ha vuelto beato!” Sin embargo, nadie tuvo el valor de hacerle directa o indirectamente la más leve insinuación.
Pero quienes tenían la suficiente intimidad para ello le comentaron el hecho a doña Lucilia, tratando de convencerla de que disuadiese a su hijo del camino iniciado. A fin de cuentas, decían, esa actitud significaba darle la espalda al futuro, pues no era entre beatos que conseguiría hacer carrera. Estaban en juego la fe y la perseverancia de su hijo, y doña Lucilia se mostró irreductible, dentro de su habitual serenidad. Por más que insistiesen, no cambió de posición. ¿Qué mal había en lo que Plinio había hecho? Estaba muy bien, así se debía ser. Y si tuviese que decirle algo a su hijo, sería únicamente para elogiarle. Ante esa barrera de suave intransigencia, la ofensiva de la irreligión desistió,
al menos ostensiblemente, de sus nefastos intentos.

Trasponiendo el umbral de los 50 años

doña_luciliaVeintidós de abril de 1926. Doña Lucilia cumple cincuenta años. Nunca esperó alcanzar esa edad pues, debido a su frágil salud, tenía continuamente la sensación de que, en cualquier momento, podría fallecer. En realidad, todavía viviría 42 largos años más.
Para conmemorar la feliz fecha, se reunieron en el palacete Ribeiro dos Santos sus familiares más allegados; pero, en contraste con la atmósfera de alegría general, ¡cuán diferentes eran las reflexiones de su corazón! La vida le había dado ya bastantes decepciones, y hacía mucho que ella no conservaba ninguna ilusión.
Estaban inmersos en el pasado los añorados y tranquilos días de su infancia en la apacible Pirassununga de antaño; la radiante juventud en la “São Paulinho” de la Belle Epoque; la fundación de su hogar, en medio de las incertidumbres del inicio del siglo XX; el nacimiento de sus hijos; la operación en Alemania; los agradables días en París y la educación de Rosée y Plinio… En fin, cuántas alegrías, pero también ¡cuántos dolores y tristezas!
Con la mirada serena y la conciencia tranquila, doña Lucilia podía decir con San Pablo al final de cada etapa de su existencia: “Bonum certamen certavi”, “he combatido el buen combate”. Pero faltaba mucho aún para poder afirmar: “Cursum consummavi, fidem servavi”, “he terminado mi carrera, he guardado la Fe” (II Tim. 4, 7) pues lo más difícil estaba todavía por ser recorrido.
El mundo que la había visto nacer, impregnado de las últimas fragancias de la Civilización Cristiana, había dejado de existir. Y ella, fiel al ideal que había abrazado —el reinado del Sagrado Corazón de Jesús— se encontraba casi completamente aislada en una sociedad cada vez más distante de los divinos preceptos y entregada desenfrenadamente al goce de la vida. ¿Qué desagradables sorpresas le reservaría aún el futuro? Le preocupaba sobremanera el rumbo que tomarían sus hijos. A medida que iban madurando, los peligros necesariamente aumentaban y, con ellos, las aprensiones maternas.

El matrimonio de su hija

Reosée en el día de su matrimonio

            Reosée en el día de su matrimonio

¡Cuántas circunstancias hay, en la vida de todos, en las cuales se mezclan el dolor y la alegría! Fue lo que sucedió con doña Lucilia al aproximarse el día del matrimonio de su hija con Antonio de Castro Magalhães, activo hombre de negocios, hijo de unos acomodados agricultores de Minas Gerais. Para darle esplendor a la fiesta de bodas, doña Lucilia no ahorró ningún esfuerzo. Sin embargo, en medio del júbilo de aquella fecha la tristeza de la separación ya oprimía su maternal y solicito corazón, pues para ella nada era mejor que estar en compañía de los seres amados: “¿Qué será de mí cuando Rosée se vaya lejos y, si yo vivo un poco más, tú también hagas tu nido?” Expresivas palabras escritas por doña Lucilia en una carta a Plinio, al año del matrimonio de su hija.
Algún tiempo después, Plinio y su cuñado compran la hacienda Santa Alice, en Cambará, al norte del Estado de Paraná, terreno muy fértil y con un futuro prometedor, que Antonio pasó a dirigir debido a su experiencia en las cosas del campo, pasando allí largas temporadas con su esposa. A pesar de que la hacienda distaba 500 Km. de São Paulo, le fue posible a doña Lucilia visitarla, pues una vía férrea unía Cambará con la capital paulista.

En el oratorio, una carta

plinio_facultad_derechoCuando Plinio ingresó en la Facultad de Derecho, una de las preocupaciones que más pesaban en el espíritu de doña Lucilia era la de su fidelidad a la Iglesia Católica. Muchos jóvenes de los medios sociales que ella conocía no habían tenido el valor de enfrentar la presión de los compañeros y del ambiente, y terminaron por abandonar la práctica de la religión hasta llegar a perder la fe. En el transcurso de los meses, sin embargo, constató con gran alegría que su hijo permanecía firme en su adhesión a los buenos principios.
Pero aún temía: ¿cómo enfrentaría Plinio la ardua lucha de la vida? Talento y madurez no le faltaban; pero de ahí a saber si alcanzaría éxito en sus realizaciones, siguiendo la estela de sus ilustres antepasados, era otra cuestión. Por eso procuraba aconsejarlo y guiarlo, sin entrometerse no obstante en su vida particular.
Poco después de entrar en la Universidad, Plinio consiguió un empleo en el Patronato Agrícola a través de su tío, don Gabriel, entonces Secretario de Agricultura de São Paulo. Doña Lucilia, considerando que esos eran los primeros pasos de su hijo hacia un brillante porvenir, empezó a pedir con fervor al Sagrado Corazón de Jesús que lo protegiese y le proporcionase éxito en el empleo.
Testimonio de que sus oraciones estaban siendo atendidas fue una carta enviada a don Gabriel por el distinguido hombre de letras don Eugenio Egas, director del Departamento Agrícola en donde Plinio trabajaba, y en la que pedía que el joven no fuese transferido a otro sector, pues le haría mucha falta. La carta era tan elogiosa que don Gabriel se la entregó a doña Lucilia, seguro de darle una alegría, y ella, en señal de gratitud, la guardó en su oratorio junto a la imagen del Sagrado Corazón, donde la conservó durante largos años.
He aquí el texto:

Patronato Agrícola, 20-VI-27
Apreciado don Gabriel, llegó a mi conocimiento que su sobrino Plinio va para las Carreteras. Para el Patronato es un desastre. El joven es excelente, puntual, correcto y como sabe lenguas nos presta un gran servicio, cuando somos buscados por alemanes, austríacos y semejantes.
No le traslade, se lo pido encarecidamente. La cuestión del sueldo, una vez que usted, amigo mío, traslade al Sr. Renato Abate (que de poco sirve, por ser estudiante de medicina y no tener horario aprovechable) no tiene importancia, pues el presupuesto en
vigor tiene dinero para pagarle, en la base de los 525 mil reis. Sea como sea, tengo que decirle que Plinio representa las bellas cualidades de dos familias de Tradición: Corrêa de Oliveira y Ribeiro dos Santos.
Mi despacho va a sufrir con la salida de un funcionario tan fino, correcto, educado y celoso.
Por lo demás, él es estudiante de derecho, por lo que el ambiente del Patronato le es propicio. ¿Qué va a hacer entre ingenieros? Esperando, amigo, que no nos prive del trabajo de ese distinguido joven, me suscribo como sabe,
Su viejo amigo
Eugenio Egas

En los consejos afecto y sabiduría

doña_luciliaEn los momentos oportunos, nunca faltaba a doña Lucilia la palabra adecuada para esclarecer una coyuntura o dirimir una duda. Con el paso del tiempo las reprensiones fueron, naturalmente, cediendo lugar a las recomendaciones que ella, como nadie, sabía dar, dejando que los hijos resolviesen por sí los problemas.
Debido al alto grado de perfección moral a que aspiraba para ellos, era llevada a aconsejarles con palabras impregnadas de afecto y sabiduría. Su tino psicológico hacía de ella una eximia observadora y excelente consejera.
Discreta, prestando mucha atención en lo que se conversaba en su presencia, poseía un agudo sentido moral que le posibilitaba discernir, con nitidez, los matices de bien y de mal de todo cuanto sucedía en torno suyo. Su percepción era especialmente sensible y fina en lo que se refería a los Mandamientos de la Ley de Dios, a la dignidad y a la corrección.
Sobre asuntos prácticos, ella no era de dar consejos inoportunos, limitándose a alguna sugerencia. Si opinaba sobre la conducta de alguien o emitía un juicio a respecto de cierto conjunto de circunstancias, insistía en determinado punto que juzgaba no haber sido considerado adecuadamente. Alertando a algún hijo, decía:
— Presta atención. Sobre tal persona o tal situación así, tu madre cree que…
Y si se trataba de precaverse contra algún defecto o alguna mala intención de otro, nunca lo hacía sin antes haber reflexionado mucho. Obviamente nunca daba consejos a alguien delante de terceros.
Este modo de conducir las almas, impregnado de espíritu católico, se hizo aún más admirable cuando Roseé y Plinio alcanzaron la edad de frecuentar la vida social.
Si para quien es muy joven el tiempo parece pasar lentamente, para quien es madre los años corren céleres. Como en un abrir y cerrar de ojos ve a aquellos hijos, que aún ayer mecía en sus brazos, ya preparados para entrar en la sociedad.
Para doña Lucilia esa nueva fase daba origen a no pocos recelos.

Guiando a los hijos que van a frecuentar la sociedad

Lucilia_correade_oliveira_008Debido al anticlericalismo reinante en el siglo XIX y que se prolongó a lo largo del siglo XX, la práctica de la religión era vista como propio de mujeres. Según los conceptos entonces dominantes, no se admitía que una joven no fuese recatada y piadosa. Envuelta en la blanca vestidura de la virginidad, subía los escalones del altar apoyada en el brazo protector de su padre, para ser entregada a aquel que de ahí a poco sería su cónyuge. No se toleraba que una esposa fuera infiel a su marido, y había todo tipo de comprensión para el marido que, viéndose traicionado, “lavara con sangre la honra ofendida”. Este era uno de los clichés del lenguaje del tiempo.
No obstante, aunque se exigiera del sexo femenino, con razón, el cumplimiento de la Ley de Dios, contradictoriamente esto no ocurría en relación a los hombres.
El modelo de virilidad entonces de moda, heredado del positivismo caduco y anticlerical del siglo anterior, prescribía como impropio a un espíritu “objetivo” e “ilustrado” —otros términos del vocabulario redundante y vacío de la impiedad en boga— la práctica de la Religión Católica, incluida en el elenco de las supersticiones que la ciencia acabaría por derrumbar con sus progresos deslumbrantes.
Derivadas de esas ideas, existían todo tipo de complacencias para con aquellos que, antes o después del matrimonio, no conservasen la castidad según su estado. Era esto tan difundido que algunos padres llegaban a favorecer, y a veces hasta a imponer veladamente, que sus propios hijos frecuentasen casas de perdición.
Podemos calcular bien la aversión de doña Lucilia a esa mentalidad anticristiana, y cómo procuraba formar a su hijo en sentido diametralmente opuesto. Respecto a las hijas, las madres procuraban precaverlas de modo discreto.
Pero ¿hasta cuándo los usos sociales mantendrían las reglas de moralidad en relación a las jóvenes? De cualquier manera, así como para evitar que un niño se haga daño no se le puede prohibir andar, correr y saltar, era también inevitable el ingreso de la juventud en la vida social, aún a riesgo de extraviarse.
Al cumplir los quince años de edad, las jóvenes eran presentadas en un baile de gala a las relaciones de la familia, lo que se revestía, conforme las épocas y el nivel social, de mayor o menor solemnidad. Esta costumbre se mantiene todavía hoy, incluso en países más modernos y avanzados como los Estados Unidos, donde es habitual invitar a príncipes y princesas de sangre a honrar con su presencia semejantes eventos.
Aunque en Brasil los tiempos felices del Imperio, con sus ceremonias y su protocolo,
hubieran quedado atrás, había pomposos bailes y fiestas que continuaban
atrayendo y deslumbrando a la sociedad. Doña Lucilia no rehuía las obligaciones que su posición le imponía. Por eso, cuando llegó la hora de que sus hijos frecuentasen esos ambientes, ella los preparó convenientemente.plinio
Tales encuentros sociales, a pesar de revestirse de la apariencia de diversión, constituían también una especie de campo de batalla sui generis, donde se jugaban intereses familiares de los más diversos órdenes. Allí se hacían y deshacían proyectos de matrimonio en los que no estaban ausentes aspectos económicos, relaciones de sociedad y hasta alianzas políticas.
Por eso, al abrirse las puertas de esas solemnes actividades a los jóvenes novatos, llegaba la hora de poner en práctica el arte de las buenas maneras. Sobre todo era el momento de mostrarse dignos descendientes de las respectivas estirpes.
Cuando doña Lucilia no acompañaba a sus hijos, éstos, al regresar a casa, la encontraban frecuentemente rezando delante de su oratorio del Sagrado Corazón de Jesús. Ella nunca se acostaba hasta que Roseé y Plinio hubiesen llegado. En las conversaciones domésticas del día siguiente quería saber cómo había transcurrido la fiesta. A veces las circunstancias le daban oportunidad para una “lección al vivo” a respecto de tipos característicos de aquella todavía refinada sociedad. Lo más interesante, sin embargo, era analizar algunos de esos tipos entre las paredes de su propio hogar.