En los consejos afecto y sabiduría

doña_luciliaEn los momentos oportunos, nunca faltaba a doña Lucilia la palabra adecuada para esclarecer una coyuntura o dirimir una duda. Con el paso del tiempo las reprensiones fueron, naturalmente, cediendo lugar a las recomendaciones que ella, como nadie, sabía dar, dejando que los hijos resolviesen por sí los problemas.
Debido al alto grado de perfección moral a que aspiraba para ellos, era llevada a aconsejarles con palabras impregnadas de afecto y sabiduría. Su tino psicológico hacía de ella una eximia observadora y excelente consejera.
Discreta, prestando mucha atención en lo que se conversaba en su presencia, poseía un agudo sentido moral que le posibilitaba discernir, con nitidez, los matices de bien y de mal de todo cuanto sucedía en torno suyo. Su percepción era especialmente sensible y fina en lo que se refería a los Mandamientos de la Ley de Dios, a la dignidad y a la corrección.
Sobre asuntos prácticos, ella no era de dar consejos inoportunos, limitándose a alguna sugerencia. Si opinaba sobre la conducta de alguien o emitía un juicio a respecto de cierto conjunto de circunstancias, insistía en determinado punto que juzgaba no haber sido considerado adecuadamente. Alertando a algún hijo, decía:
— Presta atención. Sobre tal persona o tal situación así, tu madre cree que…
Y si se trataba de precaverse contra algún defecto o alguna mala intención de otro, nunca lo hacía sin antes haber reflexionado mucho. Obviamente nunca daba consejos a alguien delante de terceros.
Este modo de conducir las almas, impregnado de espíritu católico, se hizo aún más admirable cuando Roseé y Plinio alcanzaron la edad de frecuentar la vida social.
Si para quien es muy joven el tiempo parece pasar lentamente, para quien es madre los años corren céleres. Como en un abrir y cerrar de ojos ve a aquellos hijos, que aún ayer mecía en sus brazos, ya preparados para entrar en la sociedad.
Para doña Lucilia esa nueva fase daba origen a no pocos recelos.

Guiando a los hijos que van a frecuentar la sociedad

Lucilia_correade_oliveira_008Debido al anticlericalismo reinante en el siglo XIX y que se prolongó a lo largo del siglo XX, la práctica de la religión era vista como propio de mujeres. Según los conceptos entonces dominantes, no se admitía que una joven no fuese recatada y piadosa. Envuelta en la blanca vestidura de la virginidad, subía los escalones del altar apoyada en el brazo protector de su padre, para ser entregada a aquel que de ahí a poco sería su cónyuge. No se toleraba que una esposa fuera infiel a su marido, y había todo tipo de comprensión para el marido que, viéndose traicionado, “lavara con sangre la honra ofendida”. Este era uno de los clichés del lenguaje del tiempo.
No obstante, aunque se exigiera del sexo femenino, con razón, el cumplimiento de la Ley de Dios, contradictoriamente esto no ocurría en relación a los hombres.
El modelo de virilidad entonces de moda, heredado del positivismo caduco y anticlerical del siglo anterior, prescribía como impropio a un espíritu “objetivo” e “ilustrado” —otros términos del vocabulario redundante y vacío de la impiedad en boga— la práctica de la Religión Católica, incluida en el elenco de las supersticiones que la ciencia acabaría por derrumbar con sus progresos deslumbrantes.
Derivadas de esas ideas, existían todo tipo de complacencias para con aquellos que, antes o después del matrimonio, no conservasen la castidad según su estado. Era esto tan difundido que algunos padres llegaban a favorecer, y a veces hasta a imponer veladamente, que sus propios hijos frecuentasen casas de perdición.
Podemos calcular bien la aversión de doña Lucilia a esa mentalidad anticristiana, y cómo procuraba formar a su hijo en sentido diametralmente opuesto. Respecto a las hijas, las madres procuraban precaverlas de modo discreto.
Pero ¿hasta cuándo los usos sociales mantendrían las reglas de moralidad en relación a las jóvenes? De cualquier manera, así como para evitar que un niño se haga daño no se le puede prohibir andar, correr y saltar, era también inevitable el ingreso de la juventud en la vida social, aún a riesgo de extraviarse.
Al cumplir los quince años de edad, las jóvenes eran presentadas en un baile de gala a las relaciones de la familia, lo que se revestía, conforme las épocas y el nivel social, de mayor o menor solemnidad. Esta costumbre se mantiene todavía hoy, incluso en países más modernos y avanzados como los Estados Unidos, donde es habitual invitar a príncipes y princesas de sangre a honrar con su presencia semejantes eventos.
Aunque en Brasil los tiempos felices del Imperio, con sus ceremonias y su protocolo,
hubieran quedado atrás, había pomposos bailes y fiestas que continuaban
atrayendo y deslumbrando a la sociedad. Doña Lucilia no rehuía las obligaciones que su posición le imponía. Por eso, cuando llegó la hora de que sus hijos frecuentasen esos ambientes, ella los preparó convenientemente.plinio
Tales encuentros sociales, a pesar de revestirse de la apariencia de diversión, constituían también una especie de campo de batalla sui generis, donde se jugaban intereses familiares de los más diversos órdenes. Allí se hacían y deshacían proyectos de matrimonio en los que no estaban ausentes aspectos económicos, relaciones de sociedad y hasta alianzas políticas.
Por eso, al abrirse las puertas de esas solemnes actividades a los jóvenes novatos, llegaba la hora de poner en práctica el arte de las buenas maneras. Sobre todo era el momento de mostrarse dignos descendientes de las respectivas estirpes.
Cuando doña Lucilia no acompañaba a sus hijos, éstos, al regresar a casa, la encontraban frecuentemente rezando delante de su oratorio del Sagrado Corazón de Jesús. Ella nunca se acostaba hasta que Roseé y Plinio hubiesen llegado. En las conversaciones domésticas del día siguiente quería saber cómo había transcurrido la fiesta. A veces las circunstancias le daban oportunidad para una “lección al vivo” a respecto de tipos característicos de aquella todavía refinada sociedad. Lo más interesante, sin embargo, era analizar algunos de esos tipos entre las paredes de su propio hogar.

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