Un afectuoso engaño

Lucilia_correade_oliveira_002Si doña Lucilia se condolía tanto de las víctimas de una guerra en tierras remotas, se compadecía mucho más de aquellos que le eran más próximos. Aunque esas cualidades reluciesen en ella discreta pero vigorosamente, todos los afectos de su corazón se mantuvieron siempre subordinados a una constante elevación de espíritu y amor a Dios, fuente de las virtudes que practicaba.
El modo como trataba a uno de sus parientes lejanos, que había tenido la desgracia de quedarse ciego siendo aún niño debido a una impericia médica, es un ejemplo de esos atributos.
El hecho de ser él ateo declarado hacía que doña Lucilia tuviese todavía más pena del infeliz. Por eso no perdía la oportunidad de hacerle algún bien, con la intención de tocar su alma.
Con frecuencia lo recibía para almorzar o cenar, y en esas circunstancias lo entretenía largas horas. Acto de caridad del cual también participaban don João Paulo y el Dr. Plinio.
Sabiendo que su pariente tenía muy buen apetito, y conociendo su moderación, doña Lucilia convino con la empleada que, cuando ella le hiciese una señal, se acercase con la bandeja y, sin que él lo notase, le sirviese un poco más. Ahora bien, él tenía el hábito de recorrer con el tenedor los bordes y toda la superficie del plato, en busca de los alimentos. De repente, cuándo creía haber terminado, encontraba, con evidente agrado, ¡otra porción de comida! Doña Lucilia procedió así hasta la avanzada vejez de ese pariente, satisfaciendo no sólo sus gustos gastronómicos, sino también disponiéndose para la conversación que más le agradase. Era la solicitud llevada al último extremo.

Pobre, ¡no hagas eso…!

En doña Lucilia, ese deseo de hacer el bien era tan grande que abarcaba hasta a los seres más insignificantes.
En la casa de la calle Itacolomy el comedor daba hacia una entrada de coches que iba hasta el fondo de la residencia. La separaba del terreno vecino un muro no muy alto, cubierto con hiedra para darle al sitio un aspecto más agradable. Un día, durante la comida, el Dr. Plinio notó un movimiento extraño encima del muro, debajo del follaje. Sorprendido, le dijo a doña Lucilia:
— Mamá, mire qué cosa más rara aquel movimiento allá.
Ella no dijo ni sí ni no, y esquivó la respuesta. Pero su hijo quería saber qué era y volvió a insistir.
Doña Lucilia dijo apenas:
— Sí, ya había notado algo.
— Pero yo lo estoy notando sólo ahora — respondió él más categórico.
Dirigiéndose a la empleada que servía la mesa, el Dr. Plinio dijo:
— Ana, vea qué es lo que hay en aquel muro.
Doña Lucilia permaneció silenciosa. La criada se rió y dijo con su acento portugués:
— “Seu doutôire” (en acento cerrado y muy popular: “señor doctor”), ¿usted no se ha dado cuenta? Doña Lucilia le está escondiendo algo.
— ¿Qué me está escondiendo doña Lucilia?
— Es una gata que tiene sus crías allí.
El Dr. Plinio quedó desagradado —¡nunca con doña Lucilia!— con la idea de un muro lleno de gatitos andando de un lado para otro. En poco tiempo los gatos habrían crecido y el jardín estaría superpoblado de esos simpáticos animales. Cuando menos se esperase empezarían a entrar en la casa. Si fuesen uno o dos, pasaría, pero una cría entera…
Inmediatamente, con decisión, le dijo a la criada:
— Coja una escoba, o la manguera de regar el jardín, y eche a la gata con todos los gatitos fuera del terreno de la casa.
Doña Lucilia, con pena de la gata, se volvió hacia su hijo y ligeramente afligida le dijo:
— ¡Ah, pobre! No hagas eso. ¿No ves que ella puede perder alguna de las crías y no encontrarla más?
Era el corazón maternal de doña Lucilia que se sentía como que herido ante tal perspectiva. No obstante, su hijo intentó argumentar:
— Mamá, ella no tiene raciocinio. Pierde una cría como uno de nosotros pierde un cabello.
Pero doña Lucilia quería, más que hacer un silogismo, tocarle los sentimientos:
— ¡Pobrecita! No hagas eso.
“Pobrecita” era dicho con tanta bondad y tanta pena, que el Dr. Plinio no resistió y dijo a la criada:
— Ana, cuide a esa gata y llévele leche todos los días.
Aquella gata, ser irracional, no podía tener conocimiento de su propia existencia. Pero, ya que sobre ella se había posado la compasión llena de dulzura de doña Lucilia… en vez de un chorro de agua, habría leche para toda la gatería.

Visita del Almirante Yamamoto

Dr. Plino con la redacción de El Legionario con el Almirante Yamamoto

Dr. Plino con la redacción de El Legionario con el Almirante Yamamoto

Tras asumir la dirección del Legionário, el Dr. Plinio lo fue ampliando progresivamente y comenzó a abordar en él temas de una envergadura y profundidad cada vez mayores. En poco tiempo, lo transformó de una pequeña hoja quincenal de parroquia en un prestigioso semanario, con repercusión internacional, y órgano oficioso de la importante Archidiócesis paulistana. De tal manera fue así, que era honroso para las mayores personalidades del mundo católico, de paso por São Paulo, hacer una visita al periódico.
En 1938 estuvo en la ciudad el famoso Almirante Yamamoto, veterano de muchas batallas en los ignotos y lejanos mares del Extremo Oriente, y líder católico de destaque en Japón (Esteban Shinjiro Yamamoto, descendiente de Samurais, nació en 1878. A los 17 años fue bautizado en la Religión Católica. Combatió en la Guerra Ruso-Japonesa y en la Primera Guerra Mundial. A fines de ésta última, participó como intérprete de la Conferencia de Paz, ocasión ésta en que era Agregado Militar en París. Fue preceptor del Príncipe Hirohito, acompañándolo en diversos viajes al exterior, inclusive cuando éste ya era Emperador del Japón. Ocupó el cargo de Primer Ministro en 1922, dedicándose especialmente a la recuperación del país, después del trágico terremoto que destruyó casi por completo las ciudades de Tokio y Yokohama. Como líder católico promovió la divulgación de la literatura y del movimiento de jóvenes católicos. En 1938, tras el comienzo de la Guerra Chino-Japonesa, fue enviado al Vaticano, así como a otros países de Europa y de las Américas, inclusive a Brasil, con la misión de explicar al mundo católico el motivo de la guerra. Consiguió mejorar las relaciones de Japón con varios países. No se le debe confundir con otro Almirante Yamamoto, Yamamoto Izoroku, comandante de las Fuerzas Combinadas japonesas en la Segunda Guerra Mundial).

cap9_022

        Dr. plinio con el Almirante Yamamoto

Al llegar a São Paulo, entró en contacto con el Dr. Plinio y el Legionário. A fin de retribuirle la amable visita, el Dr. Plinio lo invitó a cenar en su casa, seguro de que doña Lucilia tendría mucho gusto en recibirlo. Ella manifestó el deseo de que también estuviese presente doña Rosée, cuya brillante y ligera conversación ciertamente agradaría a los presentes.
Descendiente de samurais —una de las categorías de la nobleza del Imperio del Sol Naciente—, hombre de veras fino y de gran cultura, poseía todo un conjunto de cualidades que le conferían una personalidad peculiar, profundamente marcada por la nota católica, aunque muy diferente de los estilos occidentales.
Acompañado de una alta personalidad del cuerpo consular nipón en São Paulo, el insigne invitado se presentó con puntualidad militar en la casa de doña Lucilia, que le acogió con la amabilidad característica de las damas de la antigua sociedad paulista.
La conversación, siempre en francés, se desarrolló de modo espontáneo alrededor de recuerdos religiosos, militares y sociales del ilustre visitante. Como había participado en innumerables acciones navales no fue difícil hacerle contar algunas de las hazañas que, con toda justicia, le habían cubierto de gloria. Bastó levantar el tema para que su enigmática mirada almendrada se encendiese, por detrás de una impasible expresión fisonómica.
— ¡Ah, batallas! ¡Son una cosa muy bonita!
El Dr. Plinio preguntó amablemente:
— Pero, Almirante, usted participó de varios combates navales, ¿no?
— Sí, innumerables.
— ¿No le importaría describir el episodio culminante, más bonito, más arriesgado
de las guerras en las que participó? — propuso el Dr. Plinio.
El almirante se sintió a gusto al comprobar el interés real de su anfitrión, sobre todo porque se había entregado en cuerpo y alma a la profesión de la guerra, y sabía ver en ella el lado grandioso.
— Cómo no, profesor, con mucho gusto, respondió.
En medio de su entusiasmo por el combate, el visitante tal vez no se dio cuenta de que los gustos y las preferencias de doña Lucilia no se inclinaban especialmente hacia ese lado. Ella, que consentiría en la inmolación de su propio hijo en una lucha en defensa de la Santa Iglesia, no podía dejar de condolerse por la suerte de tantos infelices, muertos en una guerra terrible, desprovista de significado religioso. Un cierto suspense invadió a la asistencia, pero como la conversación era para agradar al visitante, nadie le interrumpió, prosiguiendo él su relato:
— Fue en la batalla de Tsushima, durante la guerra Ruso-Japonesa, en 1905, cuando hundimos al gran acorazado ruso Zarevich.
— ¿Cómo se dio ese hecho? — preguntó el Dr. Plinio.
— Ah, usted no se lo imagina, ¡qué maravilla! El acorazado, uno de los mejor equipados del mundo, orgullo de la marina de su país, era el buque insignia de la flota que combatíamos. Fue una batalla terrible, con decenas de navíos hundidos… La fisonomía de doña Lucilia se iba volviendo cada vez más seria y consternada al oír aquellas palabras. El Almirante Yamamoto, sin fijarse en su reacción, continuó tranquila y alegremente:
— Aquel enorme acorazado pasó por delante del navío que yo comandaba en una posición en la que no podíamos perder la oportunidad… ¡Nuestros tiros fueron certeros! Después de bombardearlo, se inclinó de tal modo que la popa se hundió y la proa quedó en el aire. Lo vimos casi enteramente vertical. Doña Lucilia seguía la narración paso a paso, compadecida por el terrible sufrimiento de aquellos pobres marineros que iban a ser tragados por las profundidades de los mares. Llegando a ese punto, ella preguntó apenada:
— ¿Y qué sucedió entonces?
Entusiasmado, el Almirante concluyó:
— Señora mía, ¡se hundió completa y directamente!
— ¡Ah! — exclamó doña Lucilia, con un ligero sobresalto.
Aunque el tema agradase sobremanera al heroico combatiente, su fuego se encendió aún más cuando el Dr. Plinio condujo la conversación hacia la lucha doctrinaria interna en los medios católicos, que ya entonces iba mar alto en todas partes. ¿Quién lo habría de decir? Al describir los síntomas de indisciplina y deslealtad que había notado en los círculos católicos de su país, la indignación del valiente oficial se volvió candente. Se puso de pie enrojecido, y comenzó a hablar alto. Sus interlocutores, por supuesto, le dejaron discurrir a su gusto, hasta que, tranquilizado, pasó espontáneamente para otro tema.
Terminada la cena, Yamamoto se despidió cortésmente de doña Lucilia, llevándose ciertamente para su distante tierra natal el recuerdo de aquella distinguida y afable señora.
Años más tarde, al tener noticia de su muerte, doña Lucilia quedó muy entristecida y rezó fervorosamente por su eterno descanso, pues no era sólo el Japón quien perdía un guerrero de valor sino, sobre todo, la Iglesia, que veía sus filas privadas de un intrépido militante.

Preocupaciones filiales

Hasta el final de su larga vida doña Lucilia soportó con suave resignación la incómoda enfermedad del hígado, que frecuentemente la obligaba a guardar cama durante algunos días.
A la par de los continuos socorros médicos prestados por el Dr. Murtinho, éste también recomendaba a su paciente asiduas temporadas en la estación termal de Águas da Prata, que comenzaba a tener fama. En el fondo, tal vez juzgaba que surtían más efecto los medios de cura dados por Dios que las medicinas creadas por la imperfección del ingenio humano, principio éste adoptado también por doña Lucilia.

cap8_017A medida que los años pasaban y doña Lucilia se iba haciendo mayor, su hijo multiplicaba la solicitud para con ella. Hacía esto para que fuese menos penosa la soledad de aquella que no tuvo la debilidad de adaptarse a las innovaciones de la “modernidad” para obtener ciudadanía en el mundo. Con objeto de distraerla, convidaba con frecuencia a su mesa a algunos de sus amigos más allegados del “Grupo del Legionário”
Al escribir a su madre, aquel mismo día veintiocho de junio, desde la sede del Legionário en cuya redacción se quedaba trabajando hasta altas horas, el Dr. Plinio le cuenta que había recibido dos cartas de un compañero de lucha, el cual había tenido la dicha de cenar a menudo con doña Lucilia, quedando indeleblemente marcado por el trato con ella. Además, intentaba de nuevo tranquilizarla en relación al cumplimiento de los compromisos familiares, destacando algunos con letras mayúsculas. Doña Lucilia le recomendaba mucho a su hijo que prestara especial asistencia a doña Rosée, aunque ya estuviese casada, pedido que él cumplió hasta el último día de vida de su hermana.

São Paulo, 28-IV-1937

José Gustavo de Sousa Queiroz

José Gustavo de Sousa Queiroz

Mãezinha querida de mi corazón,
Recibí con mucho agrado su telegrama y su carta. Confieso que me
olvidé de darle a Ana 22 los recados referentes a las ventanas, etc., etc.
Si me acuerdo, se los daré. ¡No puedo prometer dárselos si no me acuerdo!
Me atrinchero detrás de ese sofisma y paso a otro asunto.
Recibí dos cartas de José Gustavo (José Gustavo de Sousa Queiroz, miembro del “Grupo del Legionário” que fallecería todavía joven), en dos días consecutivos. Una,
la primera que recibí, estaba fechada en Perugia, si no me engaño. La
segunda vino de a bordo del Neptunia, buque en el que viajó. Vea qué desorden. Ambas cartas eran muy afectuosas. Una de ellas contenía referencias particulares a usted y a las “sosegadas cenas del domingo”, de las cuales él me pide que le diga que no se olvida, ni siquiera camino de Europa.
Ayer comí con Tía Yayá, después FUI A CASA DE ZITO(D. José de Oliveira Pirajá, esposo de doña Ilka), PARA SALUDARLO POR SU CUMPLEAÑOS, recorriendo a pie todo el trecho que hay entre las calles Augusta y Brigadier Luis Antonio en la Avenida Brasil, porque no me sabía bien el camino. He cenado FRECUENTEMENTE con Rosée, y ella va hoy a casa. (…)
Ayer, fuimos a cenar en la Caverna. Después fuimos a dar unas vueltas de automóvil, un excelente Packard. A las once y media aparcamos en el Trianón, donde tomamos alguna cosa. Después fuimos para casa.(…)
Es posible que vaya a pasar algunos días en Santo Amaro o en Santos.
Pero depende aún. Mándeme decir detalladamente cómo esta de salud, lo que está haciendo y lo que no está haciendo, etc.
Maria Alice debe estar ahí el día dos, caso Papá venga el día uno, de manera que usted se quedará una noche sola. Ella no podía viajar antes porque las ropas no están listas, o algo así. Tengo la impresión de que Maria Alice está muy sola. Y no es sólo
ella…
Con muchos y afectuosísimos besos, le pide la bendición su hijo querido
Plinio.

Tras saber, algunos días después, que doña Lucilia había sufrido una indisposición,
el Dr. Plinio, aunque lleno de ocupaciones, escribe una nueva misiva a su madre:

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda) y su bisnieto Francisco Eduardo

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda) y su bisnieto Francisco Eduardo

Mãezinha de mi corazón
Rápidamente, a la una menos veinte de la madrugada, le escribo unas palabritas para decirle cuánto siento que se haya puesto enferma y cuánto deseo que se restablezca pronto. En este sentido, ahora mismo acabo de rezar a Nuestra Señora pidiendo que todo le vaya lo mejor posible.
Por aquí, nada de nuevo. El día del cumpleaños de tía Zilí, ella nos invitó a mí y a Rosée para comer juntos en la Caverna (…)
Cené en casa de Rosée y, tras un día entero en la calle, me acuesto exhausto, haciendo esfuerzo para poderle escribir.
Espero que la sonrosada portadora (Parece ser que se refiere a su sobrina, Maria Alice) de esta carta le alivie un poco las saudades. “Un poco” porque tengo la presuntuosa ilusión de ser insustituible. Y a pesar de presuntuosa, creo que esa ilusión no está muy distante de la realidad. (…)
Ayer, la Vasp me invitó, como Director del Legionário, a hacer un viaje de avión a Río, de ida y vuelta, gratuita. Era un viaje dedicado a todos los periodistas. No acepté y mandé a un representante. Y por esto merezco una especialísima aprobación de mi Mãezinha. Ahora por la noche estuve con aquel muchacho. Imagínese que él partió a las 8, llegó a las 9 y media, salió me parece que a las 2 y media y llegó a las 4. Por lo tanto, fue a almorzar a Río y volvió. En el tiempo en que el abuelo Gabriel hacía ese viaje a lomo de burro, ¡imagine su asombro si pensase que su bisnieto podría ir y venir de Río en el mismo día! Bien, mi Mãezinha querida, mejore mucho, aproveche mucho, rece mucho por mí y tenga mucho cuidado con su salud.
Le pide la bendición con mucho afecto el hijo respetuoso, que le envía mil besos.
Plinio
(Nota, la firma va a máquina porque es más fácil. Dado que la portadora
es quien es, pienso que usted no dudará de la autenticidad)

Discernimiento de Doña Lucilia

Doña Lucilia y Dr. Plinio en la Sede de El Legionario

                              Doña Lucilia y Dr. Plinio en la Sede de El Legionario

Uno de los muchos dones con que la Providencia quiso colmar a doña Lucilia, a fin de que ella cumpliese de modo eximio su misión de madre y formadora, fue el discernimiento de las psicologías. Este la hizo, por ejemplo, escoger una institutriz alemana para educar a sus hijos, al notar que el sentido del orden y del cumplimiento del deber del pueblo alemán serían factores altamente benéficos en la formación de los niños. Sólo esto explica por qué no eligió una institutriz francesa, ya que tanto admiraba a Francia.

Así mismo, ella distinguía entre los amigos del Dr. Plinio, los que lo eran auténticamente, de uno u otro que no lo era.
Dos episodios demuestran la singularidad de ese don.
Una vez, el Dr. Plinio convidó a cenar en su casa a un joven colega de los medios católicos. Durante la cena, doña Lucilia observó discretamente al invitado, notando algo peculiar en él. Cuando el joven se retiró, ella le dijo a su hijo:
— Ten cuidado con aquella mano… su modo de agarrar el tenedor es muy extraño.
Doña Lucilia relacionaba, tal vez de forma intuitiva, aquel modo “extraño” con algún defecto moral no enteramente explícito. Una certeza se instaló en su espíritu: aquel amigo no debería ser merecedor de confianza. Y, madre celosa, por eso había alertado al Dr. Plinio.
Su presentimiento fue confirmado en breve por los hechos: algún tiempo después ese joven abandonó a sus correligionarios, causando grandes sinsabores al Dr. Plinio.
En otra ocasión, el Dr. Plinio invitó a almorzar en su casa a uno de sus amigos más allegados, perteneciente a las Congregaciones Marianas. Durante la comida sonó el teléfono y, poco después, vino la empleada a avisar que el Sr. X tenía un asunto urgente que tratar con el Dr. Plinio. Este interrumpió el almuerzo para atenderlo y, como el teléfono estaba en una sala contigua, doña Lucilia y el visitante también se dirigieron hacia allá.
Ya en ese tiempo la posición de intransigencia en relación a los adversarios de la Iglesia le había granjeado al Dr. Plinio muchas enemistades, incluso entre las filas católicas, pues era grande el número de aquellos que, para no luchar, preferían cualquier tipo de componendas con el mundo. Y en los asuntos que serían tratados en esa llamada se jugaban altos intereses de la causa católica. Doña Lucilia observaba todo en silencio con su tranquila y luminosa mirada.
En lo más íntimo, ciertamente rezaba por su hijo, para que el Sagrado Corazón de Jesús lo amparase en esa dificultad.
Terminada la llamada, volvieron a la mesa y la conversación retomó su curso. Cuando el visitante se retiró, doña Lucilia le preguntó al Dr. Plinio:
— ¿Viste su reacción mientras hablabas por teléfono?
— No, mamá, estaba tan absorto en la conversación que no presté atención.
Con un tono de voz grave pero que dejaba traslucir aún más todo el afecto que le profesaba, ella le advirtió:
— Hijo mío, cuidado con ese amigo… Siempre que tú estabas con la fisonomía preocupada, él manifestaba contento; cuando dabas una buena respuesta a tu interlocutor y ponías los puntos sobre las íes, demostraba indiferencia o tristeza…
¡Ese no es tu amigo! Poco tiempo después el Dr. Plinio recibía de ese “amigo” una verdadera “puñalada” en la espalda…
Uno se puede preguntar cómo doña Lucilia, persona tan sabidamente bondadosa, tenía una desconfianza que la llevaba a discernir el mal a través de detalles aparentemente insignificantes. De hecho, el concepto de bondad que se difundió en numerosos medios católicos brasileños, en especial a partir del final de la década de los 30 —debido a los errores de la Acción Católica que el Dr. Plinio poco después denunciaría en su primera obra— era muy diferente de la verdadera concepción que de esa virtud enseña la Iglesia.
Desde entonces existe la tendencia a confundir la bondad con una complacencia en relación a ciertas formas de mal, lo que significa casi siempre cerrar los ojos obstinadamente ante él, como si no existiese.
Totalmente diferente era el alma de doña Lucilia, en la cual se reunían, en una admirable síntesis, la bondad y una inquebrantable firmeza de principios; la misericordia y un aguzado sentido de la justicia; la afabilidad y una entera seriedad de espíritu. Este conjunto armónico de virtudes la ayudaba, con cierta frecuencia, a percibir lo que las situaciones y las personas tenían de bueno y de malo.