“Vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien”

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda) y su bisnieto Francisco Eduardo

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda)
y su bisnieto Francisco Eduardo

Al júbilo de doña Lucilia por el feliz regreso del Dr. Plinio se sumó la alegría del matrimonio de Maria Alice a inicios de julio. Las festividades quedaron, naturalmente, a cargo de doña Rosée, que lo dispuso todo con su habitual buen gusto.
Terminadas las fiestas nupciales y habiendo partido los novios en viaje de luna de miel, doña Lucilia sintió que necesitaba un poco de reposo, dada su avanzada edad. Ahora podría reconfortarse con la presencia de su hijo, que tanto tenía para contarle de cuanto había visto en la vieja Europa: las maravillas de Francia, los esplendores de Roma, las glorias de España, los encantos de Portugal. Sin embargo, su compañía no duraría mucho tiempo. Pasados dos meses, un amigo de otro Estado de Brasil le propuso realizar allí un trabajo que, según juzgaba, podría beneficiar a la causa católica. El Dr. Plinio, a pesar de ver pocas posibilidades de éxito en la empresa, aceptó la propuesta por amistad hacia dicha persona. Estas nuevas actividades le exigían que permaneciese por algún tiempo en aquel Estado, hacia donde partió en septiembre.
Un nuevo dilema se le planteaba a doña Lucilia: por un lado deseaba que su hijo obtuviese buen resultado y rezaba en esta intención con ardor; pero, por otro lado, temía la inevitable y prolongada separación que un eventual éxito del Dr. Plinio implicaría. En todo caso, estaba dispuesta a cualquier sacrificio que le exigiese el apostolado de su hijo. En una carta enviada al Dr. Plinio, se destacan palabras de consejo, perfumadas de sabiduría, en las cuales el sentimiento cede lugar a la razón:

São Paulo, 28-IX-50
¡Hijo querido!
He ido hoy a la iglesia de San Antonio, donde he comulgado y rezado mucho por ti, para que seas muy feliz (…) y puedas estar pronto de vuelta. ¡Que sosa y fea se queda nuestra casa sin ti! Pero cuando tú vienes, ¡entra la primavera! Rosée ha venido con frecuencia. Ayer, en “vol d’oiseau”  (Literalmente “vuelo de pájaro”. Aquí, doña Lucilia lo usa como “de paso”, “rápidamente”), estuvo Maria Alice. Pienso que tú y [tu amigo] debéis estar muy cansados con este trabajo (…) y por eso, es conveniente que [él] venga contigo para descansar un poco.
El mitin del Brigadier (Brigadier Eduardo Gomes, candidato a la presidencia de la República, que tenía como principal oponente el ex dictador Getulio Vargas) fue muy concurrido, y hubo gran entusiasmo y mucha distinción. He guardado su discurso para que lo leas, por si no lo has podido hacer. Habla con mucha sobriedad, con nobleza, pues no ataca a persona alguna, ni siquiera a sus adversarios. Estoy bien impresionada y con deseo de que sea elegido.
Pretendo, terminando ésta, ir a un cine, para contarle después la historia a mi queridão.
Por mayores que sean mis saudades, te aconsejo que no vuelvas antes de saber el resultado [del trabajo], pues, si no, puede parecer que no te importa mucho. Cuando se hace algo, se hace bien hecho y hasta el final. ¡Paciencia, paciencia querido! Saluda afectuosamente a [tu amigo] de mi parte. Bien, querido, por hoy basta de charla. Con mis bendiciones, te envío muchos besos y abrazos. De tu madre extremosa,
Lucilia
P.S. Zilí acaba de decirme por teléfono que doña Didita ha perdido a su madre hoy por la tarde, que iría a pasar allí la noche y que el entierro será mañana a las nueve. Pretendo ir allí mañana a las ocho. Te aviso para que le mandes un telegrama.

doña LuciliaComo temía el Dr. Plinio, el campo no había sido preparado como para tener éxito, y por eso decidió, para alegría de doña Lucilia, volver pronto a São Paulo junto con su amigo.
Al llegar, fueron los dos a saludar a doña Lucilia. Conversando con ella, el amigo del Dr. Plinio le dijo bromeando que todo había ido bien. Pensaba causarle con ello una gran satisfacción. El visitante obtuvo como respuesta una educada reserva, sin entusiasmo.
El Dr. Plinio notó la reacción de doña Lucilia y esperó quedarse a solas con ella para preguntarle filialmente:
— Mãezinha, ¿usted se ha creído lo que le ha dicho [mi amigo]?
Ella respondió:
— Sí.
— Me sorprende que usted no haya manifestado la menor alegría…
Ella entonces dijo:
— Debes comprender que si hubieses obtenido un buen resultado en tus trabajos, eso te obligaría a mudarte lejos de casa y venir poco aquí. ¡Y nuestra convivencia disminuiría mucho! Para mí eso sería un gran sufrimiento. Hijo mío, vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien…
“Vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien…” Esta hermosa y luminosa frase expresa de manera superior lo que podríamos llamar de concepción “luciliana” de la vida.
En agosto de 1951, el Dr. Plinio decidió comprar un apartamento en el barrio de Higienópolis para mudarse allí con sus padres. Antes inició unas obras en el interior del inmueble, que aumentarían sensiblemente su tonus de distinción.

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“Hijo, gracias a Dios, eres el mismo”

Dr. Plinio en el año 1952

                “Hijo, gracias a Dios, eres el mismo”

A las diez de la mañana del día 29 de junio, el Dr. Plinio embarcó en París con destino a Brasil. En ningún momento le había precisado a doña Lucilia la fecha de regreso, con el objetivo de evitarle una vez más “la angustia de la travesía”. Nada más llegar a Río de Janeiro pidió que avisasen a su madre para poder hablar con ella por teléfono. Después de casi dos meses de ausencia pudo ella tener una larga conversación con su queridão.
A la mañana siguiente, doña Lucilia no siguió la recomendación médica de descansar hasta más tarde, para dejarlo todo listo para recibir a su hijo. Había mandado preparar una gran merienda para ser servida cuando el Dr. Plinio llegase, pues ciertamente vendría cansado del viaje y necesitaría recomponer sus fuerzas. Una vez todo listo, se sentó en el hall del apartamento a su espera. Fue inmenso el júbilo que inundó su alma al verlo asomarse por la puerta. Abrazos, besos y bendiciones fueron las primeras manifestaciones de alegría. Doña Lucilia, siempre igual a sí misma, no podía dejar de aliar a los extremos de alegría una infatigable vigilancia. Después de los afectuosísimos saludos, ella se distanció un poco de su hijo y le miró atentamente con su tranquila, serena, y penetrante mirada. El Dr. Plinio no entendió cuál era la intención de su madre, pero no le dijo nada. Al cabo de algunos instantes, concluyó ella contenta:
— Hijo, gracias a Dios eres el mismo.
Esta actitud de doña Lucilia revela cómo la preocupación por la perseverancia de su hijo no solamente no disminuía con el paso de los años, sino que, por el contrario, aumentaba junto con su amor. A pesar de conocerle bastante bien y de estar plenamente segura de que era “el mejor de los hijos”, no se hacía ninguna ilusión sobre la naturaleza humana. Por eso nunca haría el siguiente raciocinio: “Plinio es muy buen hijo, católico ejemplar y, por lo tanto, ¡en Europa no corre riesgo alguno! Puedo quedarme completamente tranquila”. Su modo de ver la realidad era muy diferente y debió pensar lo contrario: “Es verdad que es un buen hijo, pero, como todo hombre, puede caer. Europa es un continente de seducción y de placeres. Él va con una cantidad razonable de dinero para gastar, llevará una vida muy diferente de la que tiene en Brasil. Irá a buenos restaurantes, se alojará en hoteles excelentes con una vida social intensa, frecuentará la sociedad. En los museos verá muchas obras de arte castas, pero otras que no lo son. ¿Qué pasará por sus ojos y por su imaginación durante el viaje? Esa vieja Europa él y yo la admiramos mucho, pero… ¿me restituirá ella a mi hijo tal cual es, o con el espíritu marcado desfavorablemente?” Estos recelos, acumulados a lo largo de los dos meses de ausencia, fueron disipados tras los primeros instantes de análisis, hecho, por cierto, mucho más con el corazón que con la vista.

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Noticias desde España

El Escorial

                                                                    El Escorial

Finalmente, hacia el 25 de abril, doña Lucilia recibió la primera carta de su hijo con las tan ansiadas noticias e impresiones de viaje.
Estaba seguramente deseosa de saber cuál era la reacción del Dr. Plinio en las tierras del Cid Campeador. No obstante, siendo el pueblo español de psicología tan diferente de la del brasileño, preveía que su hijo podía sentir no pequeña extrañeza. Por eso le previene, en la carta anterior, para que no se dejase llevar por las primeras impresiones, las cuales “generalmente no son favorables” y que procurase ambientarse en seguida y, de ese modo, sacar todo el provecho del viaje.
Debido a la formación recibida de doña Lucilia, desde el principio el Dr. Plinio apreció, sobre todo, la catolicidad militante de ese heroico pueblo, que había emprendido, hacía poco tiempo, victoriosa lucha contra el comunismo. Era esa virtuosa combatividad la nota más sobresaliente en los hermosos monumentos que visitó en compañía de sus cultos y vivaces amigos españoles, empeñados en el simpático afán de hacerle conocer las principales maravillas del país.

Madrid, 18-IV-50
Mãezinha querida de mi corazón y querido Papá
Les escribo después de tres días de intensos viajes, o sea, 24 horas de avión, un día de visitas en Madrid y un día en El Escorial. Lo hago con enormes saudades. Es media noche, hora de una última conversación en el Fasano con mi gente del 6º piso y pocos minutos antes de mi conversación tête-à-tête (En francés, “cara a cara”) con Lú…. ¡Cómo me gustaría tenerlos a todos aquí junto a mí!
El viaje aéreo fue bueno. Espero que hayan recibido el telegrama que le mandé a Tía Zilí desde el propio aeropuerto, el día de mi llegada. Hacia las 24 hs. hicimos escala en Recife, aeropuerto bien arreglado pero con un calor tremendo. Se veía bien la ciudad con todos sus contornos, gracias a la iluminación. Es bastante grande. Dormimos pasablemente y, al día siguiente, volamos sobre el Sahara, que pudimos ver muy bien y por mucho tiempo. El día aún estaba claro cuando sobrevolamos Gibraltar, viendo bien el fuerte. Llegamos a Madrid entre las 21 y 22 horas. (…)
Nuestro hotel es razonable. Me encontré a la llegada al Cel. Barrera (hijo del Marqués de Valdegamas y Conde de Miraflores) (…) que llevaba dos días esperándome.
[Estaba] con su cuñado Olagüe (historiador prodigiosamente culto e inteligente y que parece muy influyente aquí) (…)
Visité el Prado con ellos (Olagüe es un perfecto conocedor del mismo). Los Murillos, Velázquez, Ticianos, Flamencos, Goyas, pululan por allí. La riqueza del Museo es indescriptible. Sobre la belleza de los cuadros es superfluo decir cualquier cosa. Después fuimos a la casa de Lope de Vega donde Olagüe nos presentó a la Embajadora (notable) de Francia, en cuya compañía la visitamos. Todos los intervalos fueron llenados por los dos Barrera.
Me acosté así más muerto que vivo.

Cama donde murió Felipe II

                   Cama donde murió Felipe II

Hoy por la mañana, ¡Barrera! Después, Olagüe para un paseo al Escorial. Éste, como las otras cosas que he visto aquí, no es descriptible con palabras. Recé ante el sepulcro de Felipe II y la cama en que expiró y la sepultura de Don Juan de Austria. Hay un enorme autógrafo de Santa Teresa y el tintero con que ella escribió. Fue un día entero, horriblemente cansador. Mañana, Toledo. ¡Otro gran, pero compensatorio cansancio, con los Barreras!
Hice ayer una visita al P. Llundain. (…) Mañana, si Dios quiere, continuarán las visitas.
¿Y Lú? ¿Ha dormido bien? ¿Se ha ido a dormir temprano? ¿Ha tenido energía en materia de saudades? (…) ¿Ha bebido mucha agua Prata? ¿Ha tomado muchos taxis? ¿Y Papá? ¿ha tenido mucho trabajo con el despacho? ¿Ha comido mucho coco? (…)
Espero que Tía Yayá esté mejor. Muchos abrazos para ella, Dora y Telémaco.
Muchos besos para Tía Zilí. Ya he probado su excelente estuche. (…) Para los del 6º piso, todos los abrazos posibles.

Sepultura de Don Juan de Austria

                                         Sepultura de Don Juan de Austria

Para Papá, con abrazos muy afectuosos, innumerables saudades.
Y para usted, mi Mãezinha, ¿qué? Todo cuanto puede haber en este
mundo en materia de abrazos, besos, cariños, respeto, saudades, afecto;
y que bendiga a su filhão.
Plinio

En una carta escrita por el Dr. Plinio el día 21, desde Barcelona (Continuación de una de las cartas anteriores), daba noticias del itinerario que seguiría hasta París:

He llegado hoy temprano a Barcelona, donde espero quedarme hasta el lunes. En seguida iré a pasar dos días en Sevilla. Si puedo, iré a Granada, de allí a Lisboa y a Fátima. (…)
Aquí es imposible saber con antelación a qué hoteles uno va a ir en cada ciudad. Así, le pido que me mande noticias a Madrid, a casa de un señor cuya dirección va abajo. Ponga la carta que usted escriba dentro de un sobre dirigido a mí. Ponga este sobre, con una tarjeta suya de saludo, en otro sobre más grande con la dirección que le indico y las cartas me llegarán. Lo mismo puede hacer Tía Yayá. (…) Estoy muy deseoso de noticias suyas y de Papá. Quería tener también noticias sobre Rosée y sus asuntos. (…) Bien, mi amor, mil abrazos, mil besos, mil saudades, todo en fin. Pide su bendición el hijo que la respeta y quiere hasta el máximo.
Plinio

 

Un cumpleaños marcado por una gran ausencia

cap12_069Se aproximaba una gran fecha, muy querida por el Dr. Plinio: el 22 de abril.
Un año más de su querida madre quedaría hacia atrás. En la estabilidad de las buenas disposiciones y equilibrio de doña Lucilia, el Dr. Plinio sentía un apoyo para aquella determinación de ser fiel al bien que había tomado desde su adolescencia, cuando estudiaba en el Colegio San Luis.
A lo largo de los años, doña Lucilia iba adquiriendo cada vez más la fisonomía bondadosa, dulce, afable y sufridora, pero firme, definida y categórica, que claramente se nota en sus últimas fotografías.
En la mañana de aquél 22 de abril llega un telegrama al apartamento:

BARCELONA – 22.04.50
MILLONES BESOS AFECTUOSÍSIMOS
PLINIO

Don João Paulo le entregó en el mismo instante la segunda carta dejada por el Dr. Plinio, junto con un bellísimo ramo de flores. De esta forma, ya desde la primera hora de la mañana recibía manifestaciones de amor y veneración de su hijo, como si él no estuviera ausente. Ante el cariñoso gesto, su corazón se conmovió. Y de pura alegría no consiguió contener las lágrimas mientras leía estas expresivas líneas:

cap14_02813 de Abril 22-IV ( El Dr. Plinio puso las dos fechas en la carta. La primera era del día en que la escribió)
Mi querido amorcito.
Quise que, nada más despertarse, mis felicitaciones fuesen las primeras, junto con las de Papá. Mil besos, mil abrazos, cariño sin fin, un océano de saudades.
Pocas veces he hecho un sacrificio tan grande como el de marcar un viaje las vísperas de su cumpleaños, que me gustaría inmensamente pasar con usted. Pero, mi bien, fue indispensable organizar las cosas así.
La ida fue anticipada: lo será implícitamente la vuelta.
Hoy comulgaré en su intención y pensaré en usted todo el día… ¡lo que por supuesto haré también los demás días!
Las flores de casa son todas compradas por mí.
Mil felicitaciones, querida. Que Nuestra señora le dé todo a usted.
Pide su bendición con un afecto y un respeto sin cuenta su corpulentísimo y vigorosísimo ex-Pimbinche.
Plinio

Algunos días después, doña Lucilia recibió otra carta del Dr. Plinio aún sobre su cumpleaños, escrita esta vez desde España y fechada el 21 de abril. En ella manifestaba cuánto le dolía no poder estar en São Paulo al día siguiente:

Mãezinha de mi corazón,
Dentro de algunas horas le mandaré un telegrama por el día 22.
Hace días vengo pensando en esta fecha. ¡Cuánto daría yo para que me fuese posible, como por arte de magia, estar ahí en esa fecha, para besarla y abrazarla de corazón (…) y charlar un ratito! Yo le contaría entonces las maravillas que he visto aquí y ¡conversaríamos hasta el amanecer! Pero eso queda para la vuelta, cuando espero contarle cosas y más cosas sobre esta maravillosa Europa (En la parte final de la carta, el Dr. Plinio da noticias de su llegada a España, razón por la cual transcribimos el resto más adelante).

Recurramos una vez más a las cartas enviadas por don João Paulo a su hijo para saber cómo transcurrió ese día para doña Lucilia.

Aquí llegó el día 22 temprano tu telegrama desde Barcelona.
Y, en seguida, el de Adolpho.
Lucilia se conmovió mucho, no solamente con el telegrama, sino con la carta que aquí se quedó para serle entregada en aquel día: derramó el frasco ( Don João Paulo quiere decir de esta manera que lloró mucho) tras exclamaciones de ternura y saudades y después se sumergió profundamente en oraciones.
Todo corrió bien en su cumpleaños: tuvimos una buena cena, con la mesa adornada con unos magníficos claveles rojos; la sala de visitas tuvo unas lindas flores compradas con los cien [reis] que para eso dejaste…

Aquel día estuvo lleno de visitas —que doña Lucilia recibió con los ya conocidos requintes de benevolencia— por lo cual sólo pudo responder a su hijo a lamañana siguiente. Lo hizo con palabras repletas de ardiente amor a Dios:

São Paulo, 23-04-50

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

¡Hijo querido de mi corazón!
De todo corazón, con toda mi alma, te agradezco la carta tan afectuosa que me dejaste y que tanto me reconfortó. Y además, los bonitos, “bellísimos de verdad”, gladiolos blancos, rojos, amarillos y lilas que Zilí me envió por la mañana. Lloré, es verdad, pero “gracias a
Dios” fue de felicidad por haber recibido yo, tan indigna, “liberal”, la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima de tener un hijo tan santo, tan bueno y cariñoso, que bendigo con todas las fuerzas de mi alma, por quien pido toda la protección Divina y la luz del Divino Espíritu Santo. De estos gladiolos, he llevado dos para la capilla del “sexto piso”, uno para la imagen del Inmaculado Corazón de María que está en tu cuarto, donde, como de costumbre, recé por ti; y otros dos para la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, en el salón (y el resto —muchos— en el jarrón del emperador).
Estuvieron aquí durante el día, Dadole, Yelita, Yelmo y Marcos, y cenaron: Antonio, Zilí, Cecilia Carmen, María Estela, Dora y Telémaco. — ¿Es necesario decirte las saudades que he tenido y la falta que me hiciste? Pues bien, con menos intensidad, era lo que todos sentían. También me han hecho inmensa falta Rosée y Maria Alice, que me han llamado por teléfono, y Yayá, pobrecita, que está mejor, pero aún con la presión alta. (…)
He ido hoy a oír Misa y comulgar por ti en “mi” iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, donde he encargado una Misa en tu intención y por el buen éxito en tus empresas. Es el sacerdote polaco quien va a celebrarla. Me ha dicho que te estima mucho. Está cap12_035horrorizado con el progreso del comunismo; tiene setenta y nueve años, pero no quiere morir sin ver el comunismo deshecho y exterminado por lo que le hizo a Polonia.
Esperaba que ya estuvieses en Portugal y me quedé admirada de ver que me mandabas un telegrama desde Barcelona. Estoy ansiosa por recibir una carta tuya, trayéndome tus impresiones del lugar. Las primeras, generalmente no son favorables; pero después poco a poco, ya ambientado, se aprecia mucho más. Escríbeme siempre, ¿sí? Mira a ver si encomiendas la Misa en Ntra. Sra. de Begoña por las intenciones de Rosée, ¿está bien?
Con muchas saudades, “espiritualmente” (…) rezamos el rosario juntos, te hago una crucecita en la frente y… la cubro de besos y bendiciones. Un largo y saudoso abrazo, Pimbinchen querido, de tu “manguinha” afectuosa,
Lucilia