Modo de ser de Doña Lucilia

Con base en fotografías, el Dr. Plinio comenta algunos aspectos de Doña Lucilia: el cariño y el afecto hacia su hijo, los cuales lo acompañaron hasta el fin de la vida de ella; la disposición a la piedad y al vuelo de espíritu; la dulzura, la alegría, la vigilancia, la compostura y la suavidad en medio de la lucha y del dolor.

 

Recibí de regalo un álbum de fotografías de mi madre, que abarca las etapas sucesivas de una vida presentada mucho antes de que yo hubiera nacido, y que después se va desarrollando hasta el momento en que soy mostrado en sus brazos, donde hay una sonrisa en la cual reconozco mil otras sonrisas. Existe un cariño y un afecto, en el cual constato el mismo cariño y el mismo afecto que me acompañaron hasta el fin de su vida.

Elevación de alma, piedad, sufrimiento y lucha

sec3b1ora_doc3b1a_lucilia_024.jpgLas fotos registran también la continuación de esa vida. En la que mi madre me sostiene en sus brazos, ella está risueña, alegre. Pero en la de París se encuentra muy preocupada. En todas las fotografías anteriores, desde la primera, está presente el pensamiento; hay elevación de alma, disposición a la piedad, vuelo de espíritu. Pero se salta de repente de la época en que estoy tan pequeño y mi madre aún joven a la edad en la cual ella ya pasó por una gran prueba: la cirugía hecha en Alemania, precedida por una larga fase de enfermedad dolorosísima. En aquel tiempo, no había anestésicos como en nuestros días, de manera que ella sintió dolores lancinantes. Ella me dijo una vez que tenía el deseo de, en la cabina del navío que la llevó a Europa, quedarse de pie en la cama y agarrarse a la pared, tal era el dolor. En determinado momento los padecimientos fueron tales que el capitán del navío llegó a mandar a preparar un ataúd para ella. De repente, todo eso pasa y ella se encuentra en una de esas fases decisivas de la vida espiritual en que la persona ya no es joven, pero tiene fuerza, énfasis. Nada en ella conoce aún las suavidades del crepúsculo. Está en la punta de la vida. En la fotografía siguiente se nota algo que, sin haberse quebrado, alcanzó una zona de tranquilidad indicativa de una vejez que comenzó. Ella está más sonriente, más complaciente, prestando mucha atención a lo que pasa. Me acuerdo perfectamente de lo que se trata: la inauguración de las máquinas del Legionario en el primer piso del predio de la Legión de San Pedro, de la Congregación Mariana de Santa Cecilia. Era un acontecimiento de mucha importancia, con la presencia del Arzobispo Don Duarte, del Obispo de Sorocaba, Don José Carlos Aguirre, y de señoras de la alta sociedad de São Paulo. Doña Lucilia estaba muy complacida con lo que ocurría. Al contrario de la fotografía anterior, en que ella aún se encontraba en la batalla.

El cuerpo cada vez más debilitado, pero el alma volando hacia arriba

cropped-sec3b1ora_doc3b1a_lucilia_034.jpgEn otras ocasiones, se nota que el anochecer comenzó a proyectar sus primeras suavidades. Pero, en el fondo, se percibe que la lucha y el dolor continúan. En la fotografía, por ejemplo, del cierre de una Semana de Estudios, en la Escola Caetano, en la Plaza de la República, la actitud de mi madre es de un cuerpo con menos fuerza, pero la mirada está atenta, y mucho. Y ella permanece vigilante en toda su posición, su compostura, incluso encontrándose entre sus íntimos, pues estaba entre su sobrino y su señora. Probablemente el conferencista era yo. Pero ella estaba atenta, procurando analizar todas las cosas. Inclusive, si fuese para darme un consejo, después ella me lo daría. En otra fotografía, el tiempo ya caminó más y alguna cosa del alma va como distinguiéndose del cuerpo y separándose. El cuerpo está cada vez más affaissé (1), pero el alma está volando hacia arriba. La extrema vejez comporta sonrisas. En esta ocasión, Doña Lucilia estaba jugando con el bisnieto, mostrándose muy interesada en el asunto. El Quadrinho (2) nos dio el último brillo, el último lance de aquel modo de ser, de aquella mirada, de aquella dulzura, de todo aquello que parece haber sido hecho para encantar a mi João (3) y, a través de él, maravillar a todos los que siguieron sus pasos, en el camino seguido por mí. Todo eso no puede dejar de complacerme enormemente. Yo le pido a mi madre, cuya alma no tengo duda de que está en el Cielo, que rece por todos nosotros, a fin de que nos mantenga siempre más unidos, más vueltos hacia Nuestra Señora y caminando hacia aquel punto terminal, que es la bienaventuranza eterna, hacia donde ella nos precedió.

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(Extraído de conferencia del 29/6/1987)

1) Del francés: declinado, debilitado.
2) Cuadro al óleo, que mucho le agradó al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.
3) El Dr. Plinio se refiere a Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, su fiel discípulo y  secretario personal durante más de cuatro décadas.

 

Amó apasionadamente al Sagrado Corazón de Jesús

Doña Lucilia era una especie de reflejo, de una belleza incomparable, de Nuestro Señor, a quien amaba apasionadamente. Viéndola y percibiendo cómo adoraba al Sagrado Corazón de Jesús, se comprendía cómo Él era digno de todo amor, y se pasaba a participar de la adoración que ella tenía al Redentor.

Está en el espíritu del hombre que él, aun cuando sea muy indolente, muy perezoso, muy sin pasión, sea apasionado.

Actitud del hombre al sentir que algo de lo que le gusta está amenazado

Museu de arte sacra, São Paulo

 Sagrado Corazón de Jesús
Convento de la Luz, São Paulo

Por ejemplo, un individuo muy perezoso que se levanta en la mañana sin ánimo, va a trabajar aún con más horror, vuelve a almorzar y querría pasar el día en casa durmiendo. Es un hombre flojo y, por lo tanto, en apariencia, sin pasión; se diría que no es capaz de tener un amor apasionado. Pero cuando se examina a fondo esa situación, se nota que él tiene un amor apasionado a la inercia, a la pereza, y si alguien lo busca para hacerlo trabajar y salir de la pereza, puede volverse una fiera. De donde se ve que hasta el hombre en apariencia no apasionado tiene su mente hecha de tal manera por el Creador que, de hecho, tiene pasiones. En este caso una pasión pésima: la pereza.
Yo me acuerdo, en mi tiempo de infancia, de un compañero muy perezoso. Pero cuando se tocaba algún punto en el cual era melindroso, él se apasionaba. Y apasionándose, revelaba en aquella materia una capacidad de reacción, aunque se pensara que él o era capaz absolutamente de nada.
La pasión es algo unitario existente en lo más profundo de la psicología humana, que el hombre ama más que todo el resto, porque todas sus apetencias se dirigen hacia eso. Y lo ama apasionadamente cuando tiene la noción clara de que lo que le gusta y, sobre todo, cuando siente que eso está amenazado. Ahí la pasión puede encenderse y hacer a un hombre, que es muelle como una guacamaya, capaz de volar como un águila.

Cómo amar a Dios apasionadamente

cropped-sec3b1ora_doc3b1a_lucilia_009.jpg¿Cómo hacer que nuestras almas se vuelvan hacia Dios de tal modo que lo amen apasionadamente? De la siguiente manera: El hombre, por el principio de semejanza, tiene el deseo de conocer y entrar en contacto con personas que tengan un alma semejante a la suya. Y cuanto más el alma es semejante, tanto más gusta de esa persona. Y si esa semejanza es notable, puede dar en un verdadero entusiasmo, en una amistad modelo, de modo que uno encuentra en el otro una especie de identidad con el ideal que él mismo tiene. Entonces, ambos se estiman. La persona que tiene la noción de las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre el Sagrado Corazón de Jesús, conoce buenas imágenes que le proporcionan una idea de cómo es Él, percibe que el Corazón de Jesús está hecho para que todos se apasionen por Él. Porque, como Nuestro Señor posee todas las perfecciones, todos los hombres pueden encontrar en Él a su modelo divino y la perfección que les gustaría tener, y mantener con Él una relación cotidiana. Entonces, la persona que tiene la felicidad de conocer a Nuestro Señor Jesucristo, el cual en el trato con ella le hace notar cómo Él es su arquetipo, su plenitud, y cómo el individuo que no lo conoce no es nada, es polvo; esa persona naturalmente se vuelve hacia el Corazón de Jesús con un amor apasionado.

El Corazón que tanto amó a los hombres y por ellos fue tan poco amado

Eso fue lo que yo conocí en Doña Lucilia.
En el techo de la Iglesia del Corazón de Jesús, en São Paulo, está pintada una escena de Nuestro Señor dentro de una capillita, apareciendo en medio de unas nubes sobre el altar, y dirigiéndose a una monja arrodillada a sus pies: Santa Margarita Alacoque, una campesina francesa que se hizo religiosa y, en consecuencia, tenía una cultura y una inteligencia mayores que las de una campesina común. El Divino Salvador le muestra, en su pecho abierto, su Corazón, con un gesto muy bonito de un Rey ostentando su condecoración, y le dice: “Hija mía, ¡he aquí el Corazón que tanto amó a los hombres y por ellos fue tan poco amado!”techo
Es la censura que Nuestro Señor hace, porque Él ama a los hombres con un amor infinito, y los hombres lo aman tan poco. Al fijar su mirada en la monja, Él ve al género humano: Jesús tiene lástima de ella, así como tiene lástima de todos los hombres. Y cada persona que viera a Nuestro Señor y contemplara su alma, tendría una comprensión perfecta de que el Redentor la ama de tal manera que agota todo el deseo de ser amado que puede existir en un hombre.
Naturalmente, eso no es así en la amistad terrena, en la cual hay so lo una magra analogía con eso. Pero en la amistad entre Dios y los hombres esto es así. El Creador mira a los hombres con ese desbordamiento de afecto, que ellos querrían recibir de parte de todas las personas que los conocen y vivir inundados de ese afecto. Así es como yo veía que Doña Lucilia amaba al Sagrado Corazón de Jesús. Muchas veces yo iba con ella a Misa a la Iglesia del Corazón de Jesús: me arrodillaba a su lado, naturalmente. Yo percibía que mi madre le rezaba sin estar mirando hacia arriba, pues sería una cosa que no tendría mucho propósito, sino teniendo en mente aquel cuadro y la realidad representada por él. Es decir, la serenidad, la elevación, la tranquilidad, la santidad superior a cualquier elogio, pero también la compasión, la paciencia, el deseo de favorecer, de acariciar a cada persona, que había en Nuestro Señor, haciendo que Él, por así decir, absorbiese a cada criatura humana.

Comparación conmovedora empleada por Nuestro Señor

Jesús comiendo en casa de Simón el fariseo (Detalle) - Paolo V

Vemos en el Evangelio una expresión de eso, que considero lindísima. Nuestro Señor, acompañado por los Apóstoles, camina hacia el Huerto de los Olivos, donde Él iba a iniciar su Pasión que lo conduciría hasta la Muerte. En cierto punto, donde se veía muy bien la ciudad y el Templo de Jerusalén, pararon y los discípulos comenzaron a comentar entre sí cómo era bonito el Templo. Jesús se puso a llorar y ellos preguntaron por qué. Y ahí viene la expresión conmovedora. Él dijo: “¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina hace con sus polluelos, pero tú no quisiste! ¡Ahora va a caer sobre ti la desgracia y el castigo!” (cf. Lc 13, 34).
Esa comparación empleada por Nuestro Señor, mostrando que Él nos ama así como una gallina aprecia a sus polluelos y los quiere recibir bajo sus alas, es conmovedora. No hay amistad humana que se exprese en esos términos; no creeríamos en ella. Es demasiado grande para el corazón del hombre, pero no para el Corazón de Jesús. Entonces, el más vil, el más pecador, el más inferior de los hombres, sabiendo que él es amado así por Nuestro Señor, queda agradecidísimo, con ganas de estar junto a Él el tiempo entero para regenerarse, para hacerse como Jesús y amarlo como un reflejo del amor con que el Redentor lo ama. Ahí se da la junción de almas propiamente ideal, que hace que los hombres puedan sentir tranquilidad y esperanza.

 El alma de Doña Lucilia era una especie de reflejo de Nuestro Señor

Yo veía que Doña Lucilia tenía eso en un alto grado. Por la Revelación, mi madre conocía con perfección cómo era el amor de Nuestro Señor a ella, y lo retribuía con un amor parecido con el amor de Él. De tal manera que ella tenía una confianza sin límites en su misericordia, le pedía perdón por sí misma, porque toda criatura humana tiene defectos, y también por aquellos a quien ella amaba, y hasta por aquellos que no la amaban, pero a quienes ella quería hacer el bien. Todo esto hacía de su alma una especie de reflejo de Nuestro Señor, de una belleza incomparable, haciendo propicio amar a Jesús apasionadamente, es decir, por encima de todo, sin comparación con nada, pero de modo a absorber por entero nuestra capacidad de adorar.
Esto se daba en Doña Lucilia de tal manera que, mirándola y percibiendo cómo adoraba a Nuestro Señor, se comprendía cómo Él era digno de toda adoración, y se pasaba a participar de la adoración de ella hacia Él. De ahí resultaba también el hecho de que ella lo amaba más que a todo en el mundo y lo colocaba por encima de cualquier cosa que ella pudiese querer.

Si fuese para una Cruzada, Plinio sería el primero en partir

3p197Mi madre tenía un hermano que, en cierto momento de su carrera política, ocupó el cargo de Secretario de Estado en São Paulo. Era el primer cargo después del Gobernador del Estado. Cuando él era Secretario de Estado, estalló una Revolución en Brasil y el Gobierno comenzó a convocar a los jóvenes para inscribirse, a fin de luchar contra los revolucionarios. En ese período él fue a casa de su madre, donde nosotros vivíamos, para el efecto común de ver a su madre y a su hermana. Terminada la visita, él salió y mi madre y yo fuimos a acompañarlo hasta la puerta de la casa. Cuando llegamos a la puerta, él, un hombre de buena altura, mientras que ella era baja, se sirvió de eso, y notando que ella no se estaba dando cuenta, me guiñó el ojo como quien dice: “Me voy a divertir jugando un poco con ella, y vamos a ver ella qué va a hacer.”
Le dijo:
— Lucilia, ahora debes prepararte para un gran sacrificio, porque el Gobierno está convocando a todos los jóvenes para ir a la lucha, teniendo en vista la manutención del Gobierno contra los revolucionarios: por lo tanto, Plinio tendrá que ir también. Vas a sufrir mucho con eso, pero no hay remedio.

En lo que él dijo, había una especie de provocación jocosa, de jugarreta, porque ella tenía solo un hijo y él tenía unos cinco o seis. Él no hablaba de mandar a sus hijos, sino de mandar al hijo de ella.
Era para fastidiarla. Además, él era miembro del Gobierno y sus hijos tenían más obligación que un simple sobrino.
Él añadió:
— Plinio va a tener que partir, prepárate para sacrificar a tu hijo.
Ella no se dio cuenta de que él estaba bromeando. Entonces, levantó
la cabeza y dijo:
— Gabriel, eso nunca. Sacrificar a mi hijo por esas revoluciones de políticos en que no hay ningún interés para nadie, solo para Uds. los políticos, no lo hago.
Yo estaba callado, porque sabía que él estaba jugando con ella y después iba a deshacer la jugarreta.
Mi madre se quedó toda rígida, casi hasta más alta, y afirmó:
— Ten la certeza de que no lo haré.
— Mira, estoy jugando, diciendo eso solo por molestarte. Pero ahora respóndeme lo siguiente: ¿si el Papa convocara a Plinio para ir a una Cruzada, tú lo mandarías?
— Ahí todo es diferente, el primero en partir tenía que ser él.
Medio entre dientes, para que ella no lo oyese, él –que no era católico practicante– me dijo:
— ¡Ve la fuerza de la Religión! Lo que la política no consigue de una madre de ningún modo, cuando la Religión quiere, lo obtiene.
Ahí él la agradó un poquito, todos nos reímos y él se fue.
Pero el espíritu de ella se mostró bien claro. Si era para el Sagrado Corazón de Jesús, para Nuestra Señora, para la Santa Iglesia Católica, Esposa Mística de Nuestro Señor Jesucristo, todo. Inclusive un hijo a quien ella quería mucho: ¡vete a la lucha! Esto es amar apasionadamente.

(Extraído de conferencia del 5/3/1994) 

 

Afecto, mansedumbre generosa y firmeza inquebrantable

La relación del Dr. Plinio con su madre era toda hecha de afecto, y tenía como presupuesto una mezcla de admiración y esperanza, que producía una íntima unión de almas. Dentro de esa clave imponderable sobresalía en Doña Lucilia una mansedumbre generosa, llevada hasta lo increíble, al lado de una firmeza inquebrantable cuando se trataba de principios.

Para comprender mejor el afecto existente entre Doña Lucilia y yo, es necesario ver cómo
era el lenguaje y la vida de familia en la intimidad, en el ambiente donde vivíamos; porque ese es un asunto lleno de matices, y cada país, así como cada estado y ciudad de Brasil, tiene uno.

La esencia del afecto: admiración y esperanza

3p200Entre nosotros había un presupuesto de que el afecto era un acto de admiración o, por lo menos, de esperanza. Admiración de mi parte hacia ella y de esperanza de ella hacia mí. El afecto era un sentimiento muy digno de elogio que no se malgastaba concediéndolo a cualquiera, precisamente porque es la afirmación de una cualidad o de la esperanza de que alguien llegue a tener esa cualidad. Esa era la esencia del afecto. Pero, al mismo tiempo, era la afirmación de una consonancia del bien que se espera o se reconoce en el otro, con el bien que se siente en uno mismo. Era, por lo tanto, la afirmación de una íntima unión de almas.
Todo esto se manifestaba por el modo intensamente afectuoso con que yo la trataba, en donde eran abundantes las palabras muy cariñosas y simbólicas que repercutían en ella de manera suave, pero profunda, dejándola tan complacida, que mi padre —por naturaleza muy bromista— le decía, imitando un poco el acento portugués: “¡No te derritas!”.
Me acuerdo de algunas expresiones que yo usaba. Por ejemplo, a veces me dirigía a ella llamándola de
Lady Perfection (1), a lo que ella respondía con toda naturalidad, como si no hubiese oído o como si yo la hubiese llamado de “mamá”. Otro título que usé durante mucho tiempo, teniendo en vista su aspecto afrancesado y distinguido, fue el de “marquesita”.
Otras veces yo la llamaba de “manguinha” (2), como en el tiempo de mi infancia, con un afecto especial, para recordar aquellos tiempos. Además, “querida mía”, “mi bien”, ¡a torrentes! No es necesario decir que nunca la llamé de tú. ¡Nunca! Ni me pasó por la mente. Siempre era “Usted”. Me daba la impresión de que tendría que confesarme si la llamara de “tú”.
A veces le decía que no conocía madre igual a ella. Evidentemente la besaba también, cogía su mano y le daba palmaditas, la abrazaba, etc., muchas veces. Yo notaba que ella quedaba muy conmovida y recibía todo eso con complacencia, pero con una cierta discreción que no sé describir bien. Era como si ella, sin apagar la luz, pusiera un abat-jour (3). Era el sistema usado por ella —comprensible y muy adecuado, a mi modo de ver— y con el cual yo afinaba.

Significado de los puntos suspensivos usados en las cartas

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El «Quadrinho»

Quien lee las cartas que mi madre me escribía, nota que ella usaba muchas veces puntos suspensivos. Doña Lucilia hacía esto sin pensar, con la naturalidad de una madre, pero esos puntos suspensivos correspondían a un modo de hablar de ella; era como un pasar al papel su manera de expresarse.
Tenía una voz muy aterciopelada, suave, enormemente matizada. Los matices de su voz le servían muchísimo para expresar cada idea, cada pensamiento, cada expresión, lo cual ella acompañaba cambiando ligeramente la posición de la cabeza y con movimientos de manos muy discretos, pero expresivos. Ahora bien, Doña Lucilia tenía un hábito interesante, que tal vez no exista en otras personas y solo lo noté en ella; decir algo y quedarse un momento, discretamente, con los ojos puestos en el interlocutor para ver qué repercusión había causado aquello, como que acentuando con la mirada lo que ella había dicho, de manera a llegar al grado de repercusión que le parecería normal, proporcionado.
Eso que era, por así decir, los últimos timbres de sus palabras, en las cartas ella lo representaba con los puntos suspensivos. De manera que donde hay puntos suspensivos, era eso que cuando ella hablaba hacía con su mirada.
Por lo tanto, no significa que era una persona reticente para nada. Muy por el contrario, su pensamiento se expresaba con mucha franqueza y claridad. Sino que eran los imponderables que constituían una especie de aureola en torno de lo que decía.
A propósito, una de las cosas interesantes del Quadrinho (4), es retratar la actitud que tomaba cuando acababa de decir algo y miraba. Eso contribuye para dar la expresión que tiene el Quadrinho.
Aunque todo eso tuviese en ella el significado que estoy mencionando, es necesario decir, para la glorificación de la Civilización Cristiana, que era un pequeño fragmento del pasado. El arte de la conversación antiguamente era muy así. Hoy las personas casi no cambian de tono de voz, son monótonas con frecuencia, y no saben utilizar la mirada; miran al interlocutor como podrían fijar la vista en una pared blanca. La mirada no tiene más el papel que tuvo otrora. Por lo tanto, ese predicado en Doña Lucilia era la iluminación por la presencia, por la fidelidad a la gracia, de un modo de ser de la Civilización Cristiana, o sea, una tradición.

Disposición de ser como un cordero que se deja sacrificar

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…este aspecto aparece mucho en una fotografía tomada en la Escuela Caetano de Campos…

Uno de los aspectos que me encantaba en Doña Lucilia, ante todo, erala elevación de alma, que constituía la clave donde esas cosas se daban. Porque todo cuanto estoy diciendo, puesto en almas menos elevadas, redundaría en banalidades. Su elevación de alma colocaba todo en un pináculo, y daba la clave de la belleza de las cosas íntimas que estoy contando. Dentro de la clave de esa elevación de alma, toda ella imponderable, me encantaba una mezcla de mansedumbre generosa llevada hasta lo increíble, al lado de una firmeza inquebrantable cuando se trataba de principios. La yuxtaposición de esos contrastes armónicos realmente me atraía en el más alto grado. ¡Nadie puede tener idea de lo que era la mansedumbre de mi madre! Vivía, evidentemente, en una familia educada y que no iba a tratarla con brutalidades. Pero la educación no impide la ingratitud, la incomprensión y, por lo tanto, no evita muchas decepciones. La educación es un barniz para el cual no importa la calidad de la madera. Doña Lucilia pasaba a veces por situaciones realmente difíciles de imaginar. Invariablemente, con el propósito de nunca replicar, nunca redargüir de un modo desagradable o ácido, impertinente —lo cual quedaba bien en su papel de madre de familia—, ella presentaba siempre una explicación de lo que hacía, con lógica y afabilidad; y si no servía de nada, se quedaba callada sin acidez. Poco después retomaba las relaciones en el mismo nivel anterior, desde que la otra persona quisiera. Mi madre hacía eso con tal disposición de ser como una víctima o un cordero que se deja sacrificar, porque quiere sufrir sin reaccionar, y por juzgar que debe hacer ese apostolado de mansedumbre, que no conozco verdaderamente cosa igual, o que siquiera se parezca de lejos con eso.
Dentro de esa actitud venía la firmeza de principios. Ella era así, les gustara o no, porque así se debe ser. Esa es la voluntad de Dios, ese es el pensamiento de la Iglesia y, por lo tanto, no se cambia. Por lo tanto, adaptarse a otros principios para evitar el sufrimiento de la incomprensión, ¡nunca! Ella era enteramente ella, con dignidad, a pesar de serlo con mansedumbre. Para mí, que la conocí tan de cerca, este aspecto aparece mucho en una fotografía tomada en la Escuela Caetano de Campos, en la Plaza de la República, mientras asistía a una conferencia mía. Mi madre está allí en una actitud de quien presencia una sesión con cierta solemnidad, pero no pierde el propósito de mantener una mansedumbre inalterable, una dulzura como no se puede imaginar; lo cual se expresaba por cierta melancolía que ella hacía notar. No obstante, si las personas fuesen indiferentes a esa melancolía, continuaba con la misma dulzura y del mismo modo.
Debo decir que este fue uno de los medios más vigorosos de cautivar mi afecto, porque eso me encantaba más allá de cualquier expresión y me hacía pensar, naturalmente, en Nuestro Señor Jesucristo y en Nuestra Señora. Incluso porque mi madre, de vez en cuando, elogiaba a Nuestro Señor por eso. En el modo de elogiarlo, sin darse cuenta, hacía trasparecer cómo ella lo imitaba. No era su intención, pero por una especie de santa inadvertencia o santa ingenuidad, sin percibirlo, ella se elogiaba hablando de Nuestro Señor Jesucristo.

(Extraído de conferencia del 24/5/1980)
1) Del inglés: Señora Perfección.
2) “Mãezinha” en portugués: diminutivo de mamá, modificado por el Dr. Plinio en su infancia.
3) En francés: pantalla de lámpara.
4) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

El servicio de Dios por encima de todo

Doña Lucilia no permitía que su hijo arriesgase la vida por causa de una revolución política cualquiera. Pero prefería morir o verlo muerto si él no tomase las armas en una guerra en defensa de la Santa Iglesia.

En 1950, el Obispo de Jacarezinho se empeñó en que yo me lanzase como candidato a diputado federal por esa ciudad. Yo estaba llegando de Europa y tenía apenas quince o veinte días para hacer campaña electoral.

Alegría por una candidatura frustrada

sdlAsí, pasé repentinamente de París a las carreteras que unían varias ciudades del Norte de Paraná, en aquel tiempo las más polvorientas que se pueda imaginar, sin hablar de los sobresaltos e incomodidades de la campaña electoral.
Cuando me despedí de mi madre para ir a Paraná, así como también en el regreso a São Paulo, después de la campaña electoral, ella me trató, como de costumbre, con mucho afecto y cariño, pareciéndome todo normal. No presté mayor atención en sus reacciones, tratándola con la confianza sin límites que yo le tenía, habituado a la idea de que todo lo que ella hiciese era siempre lo mejor posible, estaba perfecto. A propósito, casi puedo decir
que solo prestaba atención en ella para admirarla, quererla e imitarla.
Cuando comenzaron a llegar los resultados de los escrutinios se constató que, aunque yo había recibido una buena votación para tan poco tiempo de campaña, no completaba el número suficiente de votos para mi elección.
Al recibir la noticia de que yo no había sido elegido, Doña Lucilia, con la serenidad y el timbre de voz al mismo tiempo grave y dulce que le eran característicos, me dijo:
– ¡Cómo me alegro de tu derrota!
Yo quedé espantado y le dije:
– Pero, mi bien, ¿por qué dice una cosa de esas? ¿No ve que yo podría ser diputado y prestar servicios a la Religión?
– Hijo mío, es verdad. Y si Dios así lo quisiese, yo también lo querría. Pero me alegro de que Él no lo haya querido, porque por lo menos no te vas a Río y te quedas más cerca de mí.
– Pero, ¿no le gustaría tener un hijo elegido una vez más como diputado?
– La vida, hijo mío, no es eso. Por debajo del servicio de Dios, vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien.
Ese es un concepto tan anti-moderno, como no conozco ningún otro. Noten que, si yo tuviese que vivir en Tonkín para el servicio de Dios, ella habría concordado enteramente. Por lo tanto, no era una palabra vacía.

Morir por la Religión, sí; pero no por una revolucioncita

Cierta vez hubo una convocatoria de reservistas para una de nuestras revoluciones, y ella quiso que yo me escabullese. Entonces, un tío mío, bromeando con ella, le dijo: – Entonces, Lucilia, el día en que Brasil entre en guerra, ¿no podrá contar con ese soldado?
Ella respondió:
– No, ¡te engañas mucho! Si es para una guerra justa, yo preferiría morir o ver a mi hijo muerto, a constatar que él no tomó las armas, sobre todo en defensa de la Religión. Pero por causa de esa revolucioncita no quiero arriesgar la vida de mi hijo.
Mi tío, que era liberal hasta la raíz de los cabellos, quedó horrorizado con esa impostación de morir por la Religión.
Se despidieron, ella cerró la puerta y volvió a entrar en la casa con aquella calma recogida, poblada de sobrenatural.
(Extraído de conferencia del 24/5/1969)

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