Una señora habilidosa, ¡hasta lo inimaginable!

Irreductibilidad en el cumplimiento del deber, dulzura para corregir los lados malos Doña Lucilia tenía, en alto grado, el equilibrio entre la placidez y  la disponibilidad, la presteza y el movimiento, la solicitud y la atención.

Hay una actitud de alma que yo nunca vi en mi madre, la de la manía de un bruto atascado sin razón: “De aquí no salgo, de aquí nadie me saca”. Por el contrario, ella siempre poseía la mayor afabilidad, la mayor disponibilidad, a cualquier momento, para moverse en cualquier dirección.

Ausencia completa de caprichos

Ella murió con 92 años, cuando nací tenía 32. En sesenta años de convivencia con ella, nunca la vi tener un capricho o algo que la atorase de repente. Absolutamente, nunca vi en ella uno de esos espasmos nerviosos, incluso en ocasiones de mucha alegría o de mucha tristeza. Era como algunos de nuestros ríos de la cuenca amazónica, que no tienen piedras en el medio, no hay caídas de agua ni nada: van, van y van… Así era ella.

Mi madre tenía en alto grado el equilibrio entre la placidez brasileña y la disponibilidad, la presteza y el movimiento, la solicitud y la atención, sin nunca salir de la placidez. Quien la viera a primera vista, diría: “¡Qué señora bien sentada y agradablemente instalada!”

Atenta a todo lo que estaba a su alcance

Ella no perdía nunca lo que era capaz de alcanzar con su mirada y que pasara en su periferia. Yo ya dije que ella era solo medianamente inteligente, no era muy inteligente; pero no pasaba cerca de ella algo que estuviera a su alcance que no lo relacionara, sin esfuerzo y sin agitación, sin afán. Y con una aplicación continua, serena. Ella tenía una gran elevación de alma. Sin embargo, no desdeñaba ni lo más minúsculo. Yo a veces la pinchaba, diciéndole que era demasiado meticulosa en ciertas cosas. Ella era meticulosa, pero sin dejar lo más alto, haciendo que lo más alto habitara en todo, estuviera presente en todo, ordenara todo y con un selectivo a la luz de ese punto de partida mental, interno, un selectivo que nunca vi equivocarse. Algo curioso: ella podía tener –sobre todo cuando era más joven y yo había ejercido menos influencia sobre ella– lados un tanto liberales de doctrina subconsciente, que influían en su selectivo. Pero, mostrado ese error –¡y con qué precisión y muchas veces con qué reverente vigor, pero mostradísimo!, ella acababa afinando el paso cuando veía que estaba correcto. Creo que, si puedo decir que recibí algo de la lógica de los jesuitas, recibí de ella enormemente otras cosas. Ella era muy comunicativa de esa elevación. La transmitía mucho, la irradiaba mucho, lo cual, a propósito, se ve en el Quadrinho1; en él se hace evidente.

Suavizadora de los lados malos de las almas

Había una actitud en ella que afinaba, a propósito, mucho con mi modo de entender la devoción a Nuestra Señora –la práctica de la devoción, no su fundamento teológico–, pero un trazo sobresaliente en ella, en su relación con los demás, era el de ser compasiva. Yo no conocí a nadie tan compasivo como ella. De una compasión ordenante, no de una ópera italiana: “¡Pobre hijo! ¡Pobre amada!” Me acuerdo, más de una vez: con relación a esa o aquella persona yo afirmaba un aspecto como cortando con espada… Ella no lo negaba, oía todo, después me decía –con una modulación de voz y una forma de hablar que me dejaba sin saber qué decir, ella no percibía que eso era touchant2, lo hacía con la mayor naturalidad que se pueda imaginar–: “¡Pobrecito, es verdad! Pero ve, tiene tal lado así y tal otro, y otro que, al fin de cuentas, si lo atendiéramos, veríamos que él tiene un atenuante…” Si ella hubiese tratado con aquella persona en la ocasión “X” de la vida de ese individuo y hubiese tenido esa compasión, ella habría ablandado dentro de la persona, no el bien, sino el mal.

Ella era una suavizadora de rebeliones como nunca vi algo igual. Pero por la compasión, por la pena. La persona objeto de esa compasión se desarmaba y tomaba una forma de dulzura, que estoy explicando de un modo muy incompleto, pero hay ciertas cosas que el vocabulario humano no consigue expresar.

¡Cómo vi gente rechazar eso! ¡Y rechazar por autosuficiencia! “¡No quiero que tengan compasión de mí!” U otras cosas del estilo: “Siento que eso me va a desarmar la rebeldía y estoy utilizándola para conseguir tal cosa, por lo tanto, no quiero dejar de rebelarme…” No lo decían, pero yo me daba cuenta. Eso queda en los imponderables en torno a una mesa de comedor o en el living de una casa. La vida cotidiana está hecha de lances de esos.

Irreductibilidad con dulzura

Dr. en 1979

Mi madre tenía, así, una especie de forma de compasión que llegaba a lo menudo, entrando en los últimos meandros del sufrimiento de la persona, en aquel pequeño meandro más interno donde el pedazo de vidrio infecta y araña más la herida, y allí ponía una gota de aceite de oliva, tranquilizaba y daba una cosa que no tiene nombre, pero era hecha de compasión. Si alguien quisiere obtener alguna cosa de ella, el camino no es llegar y cobrar un cheque bancario: “Recé veinticinco rosarios, hice noventa y dos penitencias y me abstuve de cinco mil cuatrocientas cosas más que quise hacer ayer y no hice, ¡ahora pagadme!” Me da la impresión de que ella diría: “Pero, hijo mío, ¿hiciste todo eso? ¡Pobrecito! ¡Podías haber hecho mucho menos, yo estaba aquí para darte!” ¿Esa actitud suya era un incentivo a la molicie? Nunca sentí eso en el momento en que ella me incentivaba el cumplimiento del deber; y ella que tuvo que educar a un hijo muelle. Por ejemplo, ella nunca tuvo mucho dinero, pero cuando llovía –ella tenía pánico de los resfriados– aparecía un taxi en el Colegio San Luis, mandado desde casa para recogerme a la salida, porque no quería que me cayera lluvia. Yo era el único niño del Colegio San Luis que tenía taxi, porque los otros, o la familia tenía automóvil y mandaba a buscarlos, o no tenían y no disponían de dinero para pagar el taxi. Era el tranvía y la lluvia. Nunca sucedió y no sucedería que yo, a la hora de levantarme en la mañana le dijera: “Estoy con ganas de dormir media hora más. Mamá, págueme un taxi…” Porque ella no permitiría eso nunca, ¡irreductiblemente! Era hora de levantarse, ¡era preciso levantarse! Y taxi para ir por molicie, ¡no! En esa irreductibilidad era, justamente, la contrapartida sin la cual yo reputaría toda esa dulzura algo melosa. Sin embargo, ¿cómo entraba la dulzura en la irreductibilidad? No sé cómo decir. Era una forma de pena de mí, que yo percibía que ella tenía y participaba de mi sufrimiento, pero si ella no tuviese una resistencia irreductible contra el lado malo, yo no la admiraría. Si yo me tomase por un capricho y no quisiese ir al colegio, la Fräulein le avisaría. Mi madre tenía la costumbre de levantarse tarde, pero se levantaría a cualquier hora e iría, con robe de chambre, a mi cuarto. Se sentaría al pie de mi cama y diría: “Filhão3, ¿qué pasa?” Yo tendría que dar enseguida una explicación de lo que estaba pasando dentro de mí, para poner enseguida aquello en orden. Yo me levantaría. No había salida. Ahí aparecen sus tales habilidades, ¡porque ella era habilidosa hasta lo inimaginable!

(Extraído de conferencia del 8/12/1979)

  1. Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎
  2. Del francés: tocante, que toca la sensibilidad. ↩︎
  3. Del portugués: aumentativo afectuoso de hijo. ↩︎

Reversibilidades deleitables

Las franjas de luz coloridas del arcoíris pueden ser comparadas al alma que practica, con autenticidad y hasta de modo insigne, virtudes a veces diametralmente opuestas. El Dr. Plinio pudo contemplar muchas veces reversibilidades así en Doña Lucilia.

Para atender a un pedido de tratar respecto a la reversibilidad de las virtudes en el alma de Doña Lucilia, comienzo por explicar en qué sentido empleo ese término. El ejemplo más cómodo para expresar eso son los colores del arcoíris.

Reversibilidades de alma, como la luz blanca y los colores del arcoíris

Comedor del departamento de Doña Lucilia

Nadie puede describir el fenómeno que se da en el arcoíris diciendo lo siguiente: “Las pobres gotas de agua, que fluctuaban en el aire, fueron traspasadas por una luz; esa luz sufrió un castigo, se reventó, se deshizo en colores diversos; ¡de ahí surgió el arcoíris!” Sería una tontería.

Es propio de la luz, que es una, abrirse en varias luces. No hay una ruptura, una dilaceración, y sí una abertura noble.

Imaginen que hubiese una persona dotada de una lupa de gran potencia. No estoy pensando en ningún telescopio del tipo de Cabo Cañaveral1 ni nada de gran porte, sino una lupa pequeña, pero potentísima. Supongamos que la lupa, por reglas científicas aún no explicadas, tuviese el don de atraer, de hacer converger las luces del arcoíris, de manera que entrasen en ella y salieran, de un lado a otro, blancas como es la luz del sol.

Entre la luz antes y después de constituido el arcoíris, hubo una reversibilidad. Es en este sentido que empleo la palabra cuando hablo de las reversibilidades de las virtudes en el alma de mi madre. ¿Cómo se puede notar esa reversibilidad en un alma? Cuando ella practica una virtud o mucho después, de modo auténtico, real, a veces insigne, practica una virtud opuesta a aquella, pero simétrica –las virtudes nunca son enemigas unas de las otras; ellas pueden decirse adiós de lejos, pero son aliadas y amigas–, entonces, en ese caso se dice que hay una reversibilidad.

Y nuestro espíritu, ávido de unum, exclama: “¡Oh, unum! ¡Cómo es bello que la misma alma tenga virtudes opuestas, no contradictorias, como las franjas de luz del arcoíris!

Una especie de fondo común de todos los actos de virtud

Durante toda la vida yo vi en el alma de mi madre dos aspectos. Uno era la virtud lanzando un dardo hacia lo alto, pero al llegar arriba, se piensa en otra línea que podría haber ido del punto de partida hacia otro lado. El alma realiza aquello y vuelve al punto inicial.

Con la profundización del análisis psicológico de mi parte, tal vez con el progreso de su alma también –ella no se quedó viviendo el tiempo entero parada, ella profundizó– o con el propio curso del tiempo, yo pasé a notar en ella otra cosa: cuando ella practicaba ciertos actos de virtud, no iba a practicar después otro acto para poder hacer la reversibilidad. Sino que el acto de virtud opuesto estaba como durmiendo en la raíz de aquel que fue practicado. Y había una especie de fondo común de todos los actos de virtud en una reversibilidad interna, continua y suave, que formaba el unum de ella; algo propio al espíritu humano, aunque no hay palabras para expresarlo.

En esta perspectiva, podemos decir que yo pasé a considerarla apreciando eso, incluso en las acciones más triviales de la vida. Yo observaba ese modo de ser en ella, por ejemplo, hasta en las preocupaciones o cuando ella pasaba de los grandes pensamientos a las pequeñas cosas.

Nada es niñería para quien sabe admirar

Detalle del cuarto de Doña Lucilia

En la calle donde yo vivo hay árboles que forman una ojiva frondosa, pero dejan ver el sol. A mi madre le gustaba mucho ver los rayos del sol entrando por la ventana del comedor.

Ella comentaba una serie de cosas con respecto a ellos, utilizando sin pretensiones palabras caseras, comunes, pero por donde yo percibía que ella veía aquello con una elevación de alma muy grande.

Mientras ella estaba contemplando eso, supongamos que entrase el té, llevado por una empleada. Como grandeza eso no puede ser más menudo: el sol y una bandeja de té constituyen los dos extremos de un arco.

Si entrara en ese momento también una pariente a visitarla, ella diría: “Fulana, ¿cómo te va? ¿Y este y aquél?” Se interesaría por la vida de la visitante. Da la impresión de que algo del sol contemplado iluminaba la niñería, y nada era niñería, porque era visto por quien sabía admirar el sol de esa forma.

Ella tenía una gaveta en su mesa de toilette, que quedaba en su habitación. Allí guardaba un mundo de pequeños objetos que las señoras acostumbran a tener. No eran de toilette, sino libros de oración, medallas, fotografías, cartas, recuerdos de toda especie. Y a ella le gustaba tener todo bien dispuesto, aunque no una disposición dura, cepillada con cepillo de acero, sino hecha con cepillo de tortuga…

Había en ella una peculiaridad minúscula: ella era rápida al andar, sin embargo, generalmente lenta en el actuar. Y de vez en cuando hacía algo con un poco de prisa y dejaba las cosas desordenadas –eso cuando aún caminaba y ejercía los quehaceres de una ama de casa–. Tenía razón, porque tendría tiempo para arreglarlas después.

Habiendo ella ido a la despensa, a la cocina, dado cualquier orden, atendido una llamada, yo la veía volver al cuarto y, digamos que yo estuviera en mi sala de trabajo, no la llamaba, sino que iba atrás para hablar con ella.

La encontraba sentada en una silla de paja que le gustaba mucho – son, de hecho, muy bonitas–, tocando los objetos. Conversaba con ella, que me prestaba atención, pero con cierto esfuerzo, principalmente en sus últimos diez o quince años de vida, cuando su audición fue bajando y la facilidad de hablar, de concatenar las ideas fueron también disminuyendo. Y yo, naturalmente apresurado al hablar… En fin, ajustábamos las velocidades.

Ella iba al mismo tiempo organizando la gaveta y yo analizando sus gestos. A veces ella dudaba un poco y me preguntaba: “¿Queda mejor así o así?” Cuando acababa, me miraba contenta y cerraba la gaveta.

Eran reversibilidades deleitables de apreciar en el alma de ella. 

(Extraído de conferencia del 21/4/1981)

  1. El Dr. Plinio hace referencia a los potentes telescopios del Centro Espacial Kennedy, localizado en Cabo Cañaveral, región costera de los Estados Unidos conocida como Space Cost (Costa Espacial), desde donde se lanzan al espacio la mayoría de las naves espaciales norteamericanas.  ↩︎

Legado de Doña Lucilia

Desde las página de este blog, queremos hacer un homenaje lleno de gratitud y de admiración a la persona de Monseñor João S. Clá Dias, grandísimo devoto y propagador de la devoción a Doña Lucilia, que mejor homenaje, que utilizar las mismas palabras del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, publicadas en la Revista Dr. Plinio, en su número 84 del mes de abril de 2025.

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Sólo un amor filial a Doña Lucilia haría posible que floreciese en torno de ella una algarabía afectuosa de tantos otros hijos. Por el modo tan especial de hablar sobre ella y ponerla en foco, surgió uno de los aspectos más penetrantes y fecundos de la gran acción que Mons. João desenvolvió en el Grupo.

Plinio Corrêa de Oliveira

Mi trato con Doña Lucilia era del modo más cariñoso posible. Creo que nunca se vio a un hijo ser más afectuoso con su madre que lo que fui yo. La trataba de “mi bien” a los torrentes. ¡Pero eso era lo mínimo de todo lo que le decía!

Doña Lucilia un mes antes de su fallecimiento

Discreción al elogiarla

Varias veces analicé a mi madre implacablemente, porque quería tener la absoluta certeza de que mi apreciación de su persona era real, no me dejé llevar por lo que se podría llamar las respetables flaquezas del amor filial, y, por supuesto, no hacer de ella una imagen mejor de lo que sería la realidad. La examiné inexorablemente, la sometí a una especie de test y puedo decir — con entera precisión y objetividad— que siempre salió victoriosa, con naturalidad, sin percibir ni de lejos que estaba siendo observada o probada.

Todo lo que ella hacía, yo me daba cuenta de que era como debería ser.

No encuentro palabras adecuadas para expresar esto, por causa de la emoción que el hecho me da.

Alguien podría decir: “¿pero por qué usted no nos dijo esto antes?” Por estas y aquellas razones, soy extremadamente discreto al tratar de mi madre. No porque tuviera alguna duda respecto a ella, sino porque a nadie quería dar la impresión que en algo la devoción a ella, fue estimulada y favorecida por el afecto de un hijo que la quería inmensamente.

Frialdad incomprensible de los familiares y amigos

Por otro lado, viéndola tan descuidada por la familia, percibía que el bien que ella me hacía era una acción puramente individual. En el Evangelio de San Juan leemos este pasaje: “Quotquot autem receperunt eum, dedit eis potestatem filios Dei fieri, his qui credunt in nomine ejus” (Jn. 1,11). Nuestro Señor vino entre los que eran de Él —o sea, nació en la familia de David, en la Casa de David, en el pueblo de David como convenía—, pero estos no lo recibieron. Esto se podría decir de Doña Lucilia: ella nació donde le era propio, más los que eran de ella no la acogieron.

En una u otra ocasión, ella conoció miembros del Grupo que también la trataron con total indiferencia. Cierta vez, uno de esos me dijo: “Doña Zili (Brasilina (Zili) Barbosa Ferraz, hermana de doña Lucilia) me parece mucho más simpática que Doña Lucilia, no hay comparación”. Si no fuera porque está de por medio el interés de la Causa Católica, era mejor abrir las puertas y sacarlo. Esa, la dejé pasar.

Viendo esas actitudes, nunca imaginé que la presencia de ella hiciera algún tipo de bien al Grupo.

Ahora bien, no comprendía el porqué de esa postura ante ella. ¿Habría una persona más apropiada para disipar la frialdad que ella? Todavía viva, varias veces me puse este problema: “Si yo no fuese su hijo sino su sobrino, ¿Cómo sería mi relación con ella?

El Dr. Plinio el 25 de febrero de 1995

Y concluía: “Sería casi el mismo”. Sólo no sería idéntico, por una única razón: yo no tendría las mismas ocasiones de encontrarme y estar junto a ella. Por lo demás, sería lo mismo.

También imaginaba: ¿Y si ella fuera una persona que la conociese en la sociedad, qué actitud tendría yo? Sería la misma. Creo que, en cualquier lugar del mundo que la hubiese conocido, hubiese sido atraído por esa mirada de ella, por su modo de ser y habría hecho una amistad con ella indestructible. También tengo la impresión que yo habría sido muy del agrado de ella.

¿Cómo era posible quedar frío delante de esa bondad? ¿Cuándo ella los saludaba, no sentían su benevolencia? ¡Yo no comprendía!

Hecha para tener millares de hijos

Durante los análisis que hacía de mi madre, la miraba y pensaba: Hay algo de axiológico en la vida de ella que parece no estar bien arreglado. Ella posee una afectividad enorme, fue muy afectuosa como hija y como hermana, afectuosísima como mamá y esposa, como abuela y aún como bisabuela. Ella llevó su afecto hasta donde le fue posible. En todos esos afectos, tengo la impresión que hay una nota dominante, es el hecho sobre todo de ser madre.

Ella posee un amor transbordante, no sólo con sus dos hijos, una nieta y un bisnieto que tuvo, sino también para los hijos que no tuvo. Se diría que está hecha para tener millares de hijos y su corazón palpita de deseos de conocerlos. Sin embargo, esos hijos no vinieron ni podrán venir en ese número tan exorbitante. ¿Entonces, cuál era la intención de la Providencia con eso?

Solamente tuve la respuesta a esa indagación – y qué respuesta magnífica – cuando comencé a ver que en torno de la sepultura del Cementerio de la Consolación, los hijos esperados comenzaban a florecer. La tumba de ella se tornaba un “vivero”. Lo veo adornado de flores con un buen gusto, con arte y sobriedad, que sólo un afecto filial como el de João puede exteriorizar, impulsar, coordinar…

Si no fuese por João, ella habría sido sepultada y su tumba sería tan poco frecuentada como la de sus padres, que está a dos pasos, o como las demás, casi nunca visitadas. Eso se desarrolló así, por la acción de la gracia y de terceros como João.

Una tristeza que apartaba a los otros y atrajo a uno

Tengo la impresión que algunos miembros del Grupo terminaban apartándose de mi madre, en el fondo, por cierta tristeza que ella cargaba consigo.

No es posible entender bien la Iglesia Católica si no nos colocamos delante de la perspectiva, de que lo normal de la vida terrena es ser, ante todo una gran guerra y que para vencerla, es necesaria una inmensa crucifixión interior. Resultado: el estado de espíritu habitual del católico deber ser profundamente serio. Ahora bien, para el católico de este siglo —de un modo especial, para los que tienen nuestra vocación— la dificultad es sufrir el drama de la Iglesia con esa seriedad.

Fue João quien tuvo el mérito de dejarse atraer por esa tristeza de mi madre, encantarse y llenarse de luz.

El Dr. Plinio acompañado del Sr. João Clá, visitando la tumba de Doña Lucilia. Agosto de 1987

En los últimos destellos de la vida, la aurora de una devoción

Mi crisis de diabetes, con las enormes probaciones que me acarreo, fue la oportunidad para que algunos conociesen a mi madre en los últimos destellos de su vida. No la habrían conocido a no ser por eso, pues yo cortaba a muchos el comparecer en mi casa, para evitar comentarios. Yo pensé: “No puedo prohibir a esos jóvenes de venir aquí (a mi casa), de alguna manera les pertenezco y tienen derecho de disponer de mí. Tan enfermo como estoy, no puedo decirles que no vengan. Es un derecho de los hijos frecuentar la casa del padre, cuando éste está enfermo”. Las puertas que estaban cerradas se franquearon exclusivamente en esa ocasión y hubo una aproximación que abrió aún más los ojos de João hacia mi mamá y para este hijo, que ella trajo al mundo.

Tuve la vaga idea de que ella conversaba con todas las personas que me aguardaban en el salón. Aunque ella estaba al final de su vida, en condiciones de poca lucidez, yo sabía que era muy bien tratada y de otro lado, ella podría estar solita en el cuarto, que no haría nada que la desvirtuase. Por lo tanto, dejaba pasar la cosa…

Bien, estaba en cama y oía la algarabía afectuosa que se hacía en torno de ella, no por los más antiguos, sino por parte de la ‘muchachada’ venida del Aureliano.

No sospechaba que el entendimiento entre mi madre y ellos, capitaneados por nuestro João, fuese tan grande y hubiese llegado a ese punto. En efecto, João se dejó tocar mucho por ella y comenzó a hacer un alegre corrillo, creando un cierto ambiente en torno de ella. Mi madre recibía los agrados con evidente complacimiento. Entonces, la veía entrar en mi cuarto con fisionomía animada y contenta y yo pensaba: “Qué curioso, qué alegre que está…” y me preguntaba… “¿Por qué será?” No comprendía que se estaba abriendo un arco por el cual pasaría un caudal enorme de gracias y luchas, que nunca podría imaginar.

Sr. João Clá en 1967.

Mi madre murió al final de mi crisis de diabetes, en 1968, y esta convivencia quedó cerrada. Sólo después de su fallecimiento percibí, conversando con los más jóvenes, la capacidad de comprensión que tenían de mi madre y hasta donde había llegado la relación con ella: tomaron fotografías, conversaron, preguntaron, etc.

Entonces di gracias a Nuestra Señora, al constatar cómo los últimos días de mamá fueron cercados de cariño y se inició una relación con ella, que continuó después de su muerte, teniendo como uno de los principales propulsores a mi João Clá.

Yo sabía que él era uno de los más entusiasmados. Pero sólo años después vine a saber, per accidens, (accidentalmente, por casualidad.) que él era, el entusiasmado. Fueron imprevistos que celebro con mucha veneración.

Comenzó de esta manera a difundirse en el Grupo, quién era ella y a tenerse una cierta devoción a ella. También percibí, aún años después de su muerte, que algunos al describir la devoción que le tenían, parecía que la hubiesen conocido. Con menos intensidad que João, pero era la misma cosa, el mismo mensaje.

Doña Lucilia un mes antes de su fallecimiento.

La mejor descripción de D. Lucilia

Tengo en mi interior —no reducido a palabras, sino como un recuerdo— una descripción de mi madre, que los cuadros y fotografías naturalmente de algún modo recordaban. Debo decir que no añadían nada, ella iba mucho más allá. Sin embargo, la mejor descripción que ya escuché de mi madre, fue una hecha por mi João, la cual escuché atento, acompañando palabra por palabra. La tónica fue el asunto de las fotografías que él le tomó a ella.

Esto ocurrió en un momento en el que yo no le había pedido a él: “Describa a mamá”, porque eso lo habría puesto en la obligación de montar un cuadro. Él no estaba armando un retrato, pero me contó su encuentro con ella en el comedor, justo antes de fotografiarla, e incorporó a su recuerdo de ese acontecimiento algunas impresiones previas que había tenido sobre ella. Luego describió cómo le pidió a la empleada que la preparase para la fotografía y lo que ella dijo en el momento de la fotografía.

Yo presté atención para asegurarme de que coincidiera exactamente con lo que mis ojos de hijo habían visto. Siempre tendiendo a vigilarme a mí mismo y –¿por qué no decirlo? – a vigilar incluso cuáles podrían ser mis entusiasmos filiales respecto a ella.

Es decir, alguien que no sea un hijo, que no se deja llevar por el movimiento temperamental y hereditario: ¿Cómo la vería? Y me pareció que su descripción estaba muy bien hecha y que se caracterizaba por un punto sin el cual no estaría bien descrita: él intentó reproducir algunas de sus expresiones, casi palabra por palabra.

Yo percibía que en el espíritu de João –y estoy seguro de que él no lo negará– la impresión causada por la presencia de ella era mucho mayor que la de sus palabras. Y, considerando las palabras, marcaba mucho más la expresión, los gestos y el tono de voz que el contenido literal, que se juntaba a eso.

Por ejemplo, él habló mucho de la voz de ella y ambos lamentamos nunca haber grabado nada… Y, consciente o inconscientemente, no lo sé, él intentó, en la medida de lo posible, imitar sus inflexiones de voz.

¿Por qué? Porque su inocencia brillaba, se dejaba ver en aquello que ella decía, en la relación de esto con los contextos de los hechos sobre los cuales ella se pronunciaba. Pero ella tenía, en relación con todo, una actitud que se dejaba ver en la mirada, en la posición de la cabeza sobre su cuello y hombros, en el movimiento general de sus brazos, en el timbre de su voz, en la manera en que ella participaba de los asuntos, en la forma de entrar y salir de ellos; ¡todo tenía una carga de alma mucho mayor y hablaba incomparablemente más que el sentido literal de las palabras!

El 5 de febrero de 1994, el señor João Clá muestra al Doctor Plinio los cuadros de Doña Lucilia que había mandado a hacer

Innumerables veces yo me sentaba a su lado, acariciaba y jugaba con sus manos y, sintiéndolas, pensaba: “Yo moriré sin haber comprendido que nadie la haya visto como yo, que nadie la haya comentado; por ejemplo, sus manos, su tacto y la piel de sus manos. Porque es necesario haberlas sentido para poder comprenderlas”.

Ahora bien, las descripciones que João me hizo de ella correspondían minuciosa y meticulosamente a la impresión que ella me causaba. Mientras él exponía, quedé sorprendido: “¿Será que existe en el mundo una persona capaz de hacerle tanta justicia?”.

Entrañado amor en el papel de hijo

João tiene una manera muy especial de hablar de ella y ponerla en foco, en que más se diría que él coloca circunstancias en las cuales ella habla de sí, más que él de ella. Se trata de conseguir que su voz se haga sentir, de conseguir que su corazón toque el nuestro.

En esta interpretación inteligente, sutil y profunda de su personalidad y de todo lo que ella representó, veo no sólo su alma grande y espléndida, sino también el enorme cariño que mi querido João Clá tenía por ella.

Hay una paráfrasis de un verso de Dante que dice: “El amor me mueve y me hace hablar” (ALIGHIERI, Dante. La Divina Comedia. Infierno, Canto II, 72. 5). En este amor profundo, respetuoso y comprensivo, en una sola palabra, en ese amor filial por ella, en el recuerdo profundo de todo cuanto él pudo recoger en la relación con ella –en el breve tiempo en que esto transcurrió–, en todo cuanto él hizo después para acercarle a tantos jóvenes, a los hijos que tuvo cuando ya estaba cerca del umbral de la muerte; en todo esto yo veo claramente el afecto de João Clá, su unión con ella, lo cual bien merece decirse que representó junto a ella un papel de hijo.

¡Cómo me alegro de poder consagrar y decir categórica y firmemente esto! Es uno de los aspectos más penetrantes y más fecundos de la gran acción que él desarrolla en el Grupo. Porque cada uno tiene su misión, su papel. Y el de João es, en gran medida, ése.

Prolongación de la presencia de Doña Lucilia

Voy a hacer una confidencia. Durante mi convalecencia tras el accidente de automóvil, noté ya desde los primeros días cómo las personas que cuidaban de mí me trataban con una dedicación, una bondad y un afecto que me recordaba una frase de D. Chautard: el verdadero abad debe ser tal en relación a los religiosos que enferman, que el enfermo no sienta la falta de su madre (CHAUTARD, Jean Baptiste, O.C.R. A Alma de todo Apostolado. São Paulo FTD, 1962, pág. 21).

Mientras permanecía postrado en cama con las secuelas del accidente, varias veces pensé: “La presencia de mi madre es irreemplazable para mí. Nunca la olvidaré, nada podrá ser para mí lo que fue su sonrisa, su gravedad, su respetabilidad, su afecto, ¿por qué no decirlo?, la seguridad que yo tenía simplemente al sentirla cerca de mí. Sin embargo, si bien es cierto que ella, como persona, es insustituible, fue plenamente reemplazada, no por la acción personal, sino por los cuidados, diligencia y cariño de quienes me rodean y velan para tomar las decisiones necesarias para la buena marcha de mi salud”.

Ellos cuidaban de mí, soportaban las mil molestias que toda persona enferma –sobre todo en mi caso, limitado en los movimientos– necesariamente trae para los otros.

Y ella que había partido hacía esta cosa curiosa conmigo: me dejaba en una aparente soledad, pero creaba un tejido de afectos alrededor de ella y de mí, con lo cual yo nunca había contado. Formó a mi alrededor lo que mejor podría constituirse, por así decirlo, como una luz lunar después del espléndido día que había sido su presencia. ¡Una larga, plateada y querida luz de luna, la cual espero que me acompañe hasta los últimos días de mi existencia!

De este modo, el desvelo de ella fue reclutando poco a poco, alrededor de mí, quien habría de traer el olor de su presencia; ¡aquéllos que, así reunidos, constituyen la fragancia del perfume que ella exhalaba cuando estaba aquí en la Tierra, a la cabeza de los cuales brilla mi querido João Clá, motivo de tanta alegría para mí!

La mejor herencia dejada en legado por Doña Lucilia

En el teatro griego antiguo existía la expresión: “Bastón de mi vejez”. Mi João es un bastón querido… digo mal, el querido bastón de mi vejez, la mejor herencia que me dejó mi madre. Es un legado que guardo con cariño, destinado por ella en los últimos días de su vida y conquistado para esta epopeya que es la consolidación de un círculo de almas que la recuerdan, le rezan y a quienes ella protege.

Una y otra vez he considerado interiormente que la recompensa de mi madre por mi dedicación fue esa obra y este bastón. Incluso la intención clara y destacada de João, de reparar lo que yo sufro, me recuerda enteramente mis relaciones con mamá, de todo cuanto yo hacía para construir a su alrededor, en la medida de lo posible, un palacio de delicias. A menudo he pensado: “¡Aquí está la recompensa!” Claramente ordenado por ella, admirable y de lo cual sólo puedo esperar lo mejor.

Entonces, fue a través del contacto del “bastón de mi vejez” conmigo, a raíz del desastre, que algo de los vínculos entre el “bastón” y yo se consolidaron. Hubo en él un florecimiento interior: como la vara de San José, el “bastón” dio flores. No era un bastón seco como aquella vara, sino que daba flores, y de ahí surgió toda una reconquista.

Nunca he hablado tan seriamente del tema como lo hago ahora y tengo enorme alegría de poder decirlo. Alegría y múltiples acciones de gracias y de afecto hacia el “bastón” y sus frutos. Naturalmente el “bastón” es la causa, al menos inmediata, de los frutos.

En esas condiciones, una que otra preocupación repercute como un peso pequeñísimo a ser cargado, comparada con la inmensidad literal de alegría. Por primera vez me veo cara a cara con esta forma de dificultad: acostumbrado a ser tratado con frialdad, me encuentro ante la agradable y deliciosa necesidad de regular un poquito… Ordina, questo amore! (SAN FRANCISCO DE ASÍS. Cántico XIX) Es una contingencia deliciosa. No estoy, desde 1968, acostumbrado a ser bien tratado, ¡excepto en la forma de proceder de João Clá!

El Dr. Plinio con el Sr. João Clá, durante una ceremonia en 1980

Glorificación de doña Lucilia

Hoy, los hijos llenan nuestro auditorio, no sólo con su presencia física personal, sino también lo llenan de cariño y respeto; es un auditorio en el que veo claramente que incluso los reverendos sacerdotes que nos honran con su presencia, al referirse a ella, a veces tienen una actitud, un movimiento de alma que es el de los hijos. ¡Cómo le hubiera gustado a ella tener hijos sacerdotes! ¡Cuánto le hubiera gustado presenciar la Consagración de hijos sacerdotes! ¡Cuánto le hubiera gustado recibir de sus manos la Sagrada Comunión y ver que después otros, y otros, y otros hijos se reunirían a su alrededor para recibir los Sacramentos y continuar la vida de la Iglesia!

Todo esto que ella no podía prever, ni siquiera imaginar, desde el Cielo ella lo está viendo. Y estoy seguro de que es una glorificación en relación a la cual los Ángeles cantan en el Cielo: “¡Amén, amén, amén!”.

Si, a través de la enorme e incalculable distancia que separa el Cielo de la Tierra, es posible dirigirnos el uno al otro con un diminutivo, yo, en este momento, no pudiendo arrodillarme, digo, sin embargo, con el alma arrodillada y con todo el corazón: “Mãezinha, ¡muchas gracias! Amén, amén, amén.”

Agradezcamos el hecho de que la Providencia nos haya dado a mi madre y a mí a João Clá.

Permuto de influencias pasadas rumbo a un futuro de síntesis

El Dr. Plinio recibió de Doña Lucilia una formación de acuerdo con el estilo de la São Paulo de otrora, basado en el intercambio de influencias con las naciones extranjeras. Desarrollándose en ese ambiente y favorecido por un especial discernimiento, él desvendó aspectos peculiares del alma brasileña.

Soy brasileño por todos lados. No tengo en mis venas otra sangre además de la portuguesa, unas tres o cuatro gotas lejanas de sangre española y un poquito de indio.

El papel de barniz con relación a la madera

Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira
Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira

Mi padre era sobrino del Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira, en cuyas memorias consta que seis u ocho generaciones vivieron en Pernambuco después de que el primer portugués de la estirpe llegó a Brasil. Era, por lo tanto, brasileño en su propia raíz.

Mi madre era una auténtica brasileña. El antepasado portugués más cercano era su bisabuelo, el Alférez Joaquim Ribeiro dos Santos, primero de la familia en venir a Brasil, por línea masculina. Su  ancestralidad materna estaba compuesta de paulistas, cuyo linaje se perdía en los primeros tiempos del Brasil colonia. De manera que mi madre era una paulista al pie de la letra y brasileña al cien por ciento.

Así, analizando mi propia familia, es el caso de preguntar: ¿correspondemos a la noción habitual de “brasileño”? El objetivo no es tratar de mi madre ni de su hijo, a no ser para tomar cierta idea corriente y ver hasta qué punto confiere o no con la realidad.

¿Cómo es un brasileño?

Es necesario especificar dos puntos: en primer lugar, mi madre y yo somos católicos, apostólicos y romanos. Y como todo buen brasileño o todo buen miembro de cualquier pueblo, se llega a lo más característico de su patria cuando se es enteramente católico, pues es propio a nuestra Religión el dar brillo a los caracteres nacionales, haciendo el papel de barniz en relación con la madera.

El piso de la Sala de los Alardos1, en la Sede del Reino de María, por ejemplo, se compone de maderas brasileñas, y el thau2 del león es hecho del famoso palo-brasil, que dio nombre a nuestra nación. Ahora bien, no se podría elogiar ese parquet, sin enaltecer el barniz que lo recubre, porque la madera como que solo realiza su propia fisionomía después de ser cubierta de barniz.

Barnizada queda diferente, como también el barniz cuando está en su recipiente. Nadie, al conocer solo la madera o solo el barniz, podría imaginar que la junción de ambos quedase tan bonita.

Pues bien, eso es lo que la Religión Católica hace con las varias naciones. Ella –cuyo foco de irradiación es la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana–, es hecha para ser vivida entre los hombres, los cuales, por su naturaleza, constituyen las naciones. Así, el “líquido” sagrado de la Iglesia pasado sobre el “alma” de cada nación, produce el efecto del barniz en la madera: resalta todas sus características y toda su belleza.

He aquí, por lo tanto, el primer punto para especificar: que no tratemos de Brasil visto al natural, sino de él en cuanto “barnizado”.

Viajando por diversos Estados de Brasil

La segunda especificación es la siguiente.

sala de alardo SRMEn cierta ocasión, durante una conferencia para cerca de doscientas cincuenta personas, pedí que levantaran el brazo aquellos que estuviesen seguros de no tener ninguna otra sangre a no ser la brasileña, por lo menos hasta el tatarabuelo. El resultado fue menos del diez por ciento del auditorio… Los demás tenían proporciones de sangre extranjera: sin embargo, todos se consideraban brasileños.

Así siendo, ¿qué es el Brasil y qué es ser brasileño? Sin duda, hay zonas de Brasil muy brasileñas: el Norte, el Nordeste, Minas Gerais, Goiás, Mato Grosso, casi no tienen inmigraciones. Por su parte, Río de Janeiro y São Paulo son muy cosmopolitas.

En el sur, a medida que nos distanciamos de São Paulo, el factor alemán va preponderando. En Río Grande del Sur encontramos una inmigración italiana considerable y un tipo de brasileño sobre cuya piel soplan los vientos de las pampas. El gaucho es ligeramente españolizado en sus maneras.

Cuántas veces, viajando por diversos Estados de Brasil, me complacía en mirar el movimiento de la calle por la ventana del hotel, analizar cómo las personas se encontraban, conversaban, mientras yo hacía comparaciones.

Por ejemplo, estando en Belo Horizonte, veía a los mineiros saludarse. Ellos tenían en vista la amistad, pero con discreción, sin llamar la atención; el encuentro era cordial, pero poco teatral, con las manos que se apretaban y el tono bajo de voz: “¿Cómo le va?” Y si tuviesen algo de política para hacer, ya salía allí mismo…

En Río Grande del Sur el tenor de alma era diferente. Los gauchos, al avistarse, ya venían de lejos conversando, con los brazos abiertos: “¡Oh, querido amigo!”, y se abrazaban haciendo resonar el tórax.

Elemento fundamental de la brasilidad: permutar influencias

Sin embargo, por encima de eso hay una característica del alma del brasileño que no he visto que sea comentada.

Se dice que el brasileño tiene la manía de la imitación y vive con los ojos puestos en lo que se hace afuera. Eso tiene su buena parcela de verdad. Pero lo que ocurre es un intercambio. Al mismo tiempo en que recibe una influencia, ejerce otra: moldea a su interlocutor, de manera que este se deje abrasilerar sin percibirlo. Tiene tanto gusto en imitar cuanto en influenciar. Y lo que él da, penetra más o con tanta profundidad en el alma cuanto aquello que recibe.

Esa prodigiosa capacidad de intercambiar, de permutar influencias, es un elemento fundamental de la brasilidad, la cual ejercemos de modo inconsciente, y corresponde, de un modo providencial, a las circunstancias de nuestro territorio: tan inmenso que la pura estirpe descendiente de Portugal no llegaría a llenarlo, a no ser a lo largo de siglos y siglos.

Era bueno, por lo tanto, que el primer pueblo que viniese a establecerse aquí fuera el organizador del lugar y diera las notas iniciales a partir de las cuales la “música” del país proseguiría. Pero, además, que todos los pueblos de la Tierra fuesen fraternalmente invitados a venir a habitar aquí, desde que continuasen en la línea iniciada. Era el compromiso de la hospitalidad: “Vengan para ser de los nuestros, no para ser heterogéneos. Traigan sus riquezas, sus características. Estamos dispuestos a recibirlos, ¡y con cuánta simpatía y buena voluntad! Sin embargo, hay una condición: nosotros también tenemos que dar. ¡Reciban!” No hay quien no piense que eso es muy equitativo.

Esas explicaciones ayudan a los brasileños a comprenderse frente a la inmigración, y a los hijos de inmigrantes a entenderse y sentirse frente a Brasil, para querer sentirse influenciados. Ayudan de igual modo los extranjeros, que para alegría nuestra viven en Brasil, a hacer esta operación, estando en este país por un tiempo indeterminado.

En todos –y eso es típico del brasileño– ya estaba eso concertado de manera subconsciente. No es propuesto como contrato a nadie, no es un pacto explícito. Es un modo de ser tan implícito que me tomó tiempo el explicitarlo por entero.

Como punto de partida de la inocencia y de la historia mental de este pueblo, tenemos esa característica que posee sus raíces en la mentalidad y en la psicología portuguesas. Todo eso nació de Portugal y nos alegramos que sea así. Miramos la Torre de Belén, por ejemplo, y encontramos allí nuestras resonancias y consonancias.

Penetración del gobierno del aceite de oliva

Benedito_Calixto_-_Fundação_de_São_Vicente,_1900Menciono ahora otro trazo del brasileño. Yo considero el negro y el mestizo de negro, así como también el indio y quien de él desciende, auténticamente brasileños. Ahora bien, este pueblo, cuyas raíces nativas son tan próximas en algunas de sus estirpes, no tiene una relación grosera consigo mismo ni con otros, y cuando ve o siente un trato agresivo, queda chocado. De manera que, si quieren repeler a un brasileño, basta emplear la brutalidad.

El trato de ellos es suave, manso, cordial. Pero… ¡circulen por donde tengan la vía, no se metan en contravía, porque todo se trastorna! Escomo peinarse el cabello por el lado equivocado. ¡Tengan cuidado!

¿Cuál es la raíz portuguesa en este aspecto?

En el siglo XIX, reputaban como un verdadero imperio colonial, el británico. Inglaterra poseía bancos, iglesias protestantes, políticos y militares acantonados en todas sus colonias, en puntos estratégicos y haciendo comercio; si hubiese un problema, se formaba una pelea. Era la fuerza del “león” británico colocada para garantizar el buen correr de todo. ¿El imperio era estable? Sí, porque el “león” era sólido. Sin embargo, bastó que él abriese un tanto sus garras, que sus colonias quisieron ser independientes.

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Por su lado, el colonialismo portugués no componía un imperio, era únicamente media docena de colonias, que daban la impresión de algo débil, de una nación decadente. La monarquía y, más tarde, la república portuguesa, mandaba gobernadores que, de modo patriarcal, regían las colonias y nadie ni siquiera tenía conocimiento exacto de que era lo que ellos hacían o no. Cada colonia crecía como una flor o como una coliflor.

Si no fuese por la influencia rusa3, las colonias portuguesas no se habrían vuelto independientes por esfuerzo propio, porque los colonizados amaban a sus colonizadores. ¿Cuál era la razón?

La colonización de los portugueses era hecha a la manera de la acción que Brasil ejerce sobre los no brasileños. Con los africanos, con los de la India, en Macao, por toda parte, ellos penetraban como el aceite: se pone una gota y el aceite no rasga y no dilacera la hoja de papel; solamente se vuelve transparente y se extiende en toda su capacidad de extensión.

Ese era el colonialismo de Portugal: la penetración del gobierno del aceite. En el fondo, ¿cuál fue el más fuerte? ¡No fue el del león sino el del aceite!

Alguien preguntará: “Dr. Plinio, ¿y Brasil? Si es así, ¿por qué no quedó unido a Portugal?”

Me limito a decir una cosa: mucho más de cien años después de la independencia, Brasil restableció una situación en la cual el ciudadano portugués tiene todos los derechos del brasilero, y este, todos los derechos del portugués. Es algo que los que proclamaron la independencia no entenderían.

O sea, por encima de las rivalidades propias de la independencia, prevaleció un sentido de unión tal, que da la impresión de aumentar con el paso del tiempo. Creo que no existe, en el mundo entero, una ex colonia de Portugal como Brasil. Es el don de ese intercambio, es un estilo, un modo especial de ser, de disponer.

Quien admira, asimila y lucra más

¿Cuál es el fundamento de ese intercambio?

San jose de anchieta y padre noriegaEl alma nacional es admirativa, por eso es capaz de asimilar; quien de buen grado admira lo que los otros tienen, asimila y lucra más.

Lo que más busca encontrar el brasileño son afinidades. Cuando él entra en contacto con almas con las cuales consuena para poder juntos comentar las cosas, para sentir y pensar la misma cosa; sobre todo, para admirar juntos, es lo que más le da felicidad.

Comentando sobre mi propio país lo hago con admiración, como hace poco y tantas veces he discurrido sobre otros países. Hablo como brasileño, propicio hasta a admirar lo que Dios hizo en el propio brasileño. Ese gusto en tener afinidades en la admiración y de intercambiar es el propio bienestar del brasileño. Es el punto por donde él se siente realizado.

En otros pueblos, he notado el siguiente movimiento de alma: “Tú eres diferente y yo no siento alegría por lo que eres; me voy a diferenciar de ti cuanto sea posible”.

En la pelea de gallos se ve eso. Antes de entrar en conflicto, comienzan a dar vueltas y a mirarse, desafiándose, como si se dijese uno al otro: “No quieras pasarme por delante ni ser superior a mí, ni apoderarte de lo que es mío, porque yo reacciono como una fiera. ¡Mira bien!”

Esta no es la posición brasileña de ningún modo: “Esa cualidad es mía y no tuya, y yo me alegro con eso.” No. Es lo contrario: “Mira, ¿vamos a admirar, a intercambiar? ¡Qué agradable es admirar juntos! Cómo me gusta que tengas esa cualidad. Pero yo también tengo tal otra así, ¿no te gusta? ¿También te gusta? ¡Qué bueno! Amemos a Dios que creó todo eso.”

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Esto forma lo que el ambiente nacional tiene para construir con una nota brasileña, en un territorio nuevo, un mundo nuevo hecho de contribuciones de toda especie de pasados, para un futuro de síntesis. Aquí está Brasil.

Tal realidad explica cómo Doña Lucilia, siendo tan brasileña como era, recorría los horizontes de la historia del pasado a partir de los barnices franceses, que la educación dada en la São Paulo de aquel tiempo había impreso sobre su personalidad. Y que, sin la menor ilusión de ser una francesa, tenía mucho de afrancesado en su modo de ser; eso se nota inclusive en los muebles de su casa.

Mi madre me enseñó esa capacidad, esa tendencia a admirar y a ver en todo lo que hay de maravilloso, no como la actitud de un tonto que ve prodigios donde no los hay. Se trataba de la posición de saber apreciar las maravillas, alegrarse y satisfacerse con ellas, asimilando de todos lados.

Esa señora afrancesada contrató para sus hijos a una gobernanta alemana, pero quiso que aprendiesen también inglés y supiesen bien el portugués. De ahí se originó una formación no inventada por ella, sino propia al ambiente en el cual fue criada.

Ella realizaba todo eso con sonoridades, con ecos que, para mi corazón de hijo, solo ella poseía. Con todo, era un estilo general de la São Paulo naciente, que comenzaba a recibir extranjeros con un abrazo, con una sonrisa, siendo influenciado e influenciando católicamente.

(Extraído de conferencia del 3/11/1979)

  1. Del portugués: formación. ↩︎
  2. Denominación de la última letra del alfabeto hebreo, que tiene forma de cruz. Basándose en el capítulo 9 de la profecía de Ezequiel, el Dr. Plinio empleaba ese término, a fin de indicar una señal marcada por Dios en las almas de las personas especialmente llamadas a rezar y actuar en favor de la Iglesia y de la implantación del Reino de María. ↩︎
  3. El Dr. Plinio se refiere a las colonias portuguesas que, a mediados del siglo XX, sufrieron la influencia soviética. ↩︎