Permuto de influencias pasadas rumbo a un futuro de síntesis

El Dr. Plinio recibió de Doña Lucilia una formación de acuerdo con el estilo de la São Paulo de otrora, basado en el intercambio de influencias con las naciones extranjeras. Desarrollándose en ese ambiente y favorecido por un especial discernimiento, él desvendó aspectos peculiares del alma brasileña.

Soy brasileño por todos lados. No tengo en mis venas otra sangre además de la portuguesa, unas tres o cuatro gotas lejanas de sangre española y un poquito de indio.

El papel de barniz con relación a la madera

Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira
Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira

Mi padre era sobrino del Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira, en cuyas memorias consta que seis u ocho generaciones vivieron en Pernambuco después de que el primer portugués de la estirpe llegó a Brasil. Era, por lo tanto, brasileño en su propia raíz.

Mi madre era una auténtica brasileña. El antepasado portugués más cercano era su bisabuelo, el Alférez Joaquim Ribeiro dos Santos, primero de la familia en venir a Brasil, por línea masculina. Su  ancestralidad materna estaba compuesta de paulistas, cuyo linaje se perdía en los primeros tiempos del Brasil colonia. De manera que mi madre era una paulista al pie de la letra y brasileña al cien por ciento.

Así, analizando mi propia familia, es el caso de preguntar: ¿correspondemos a la noción habitual de “brasileño”? El objetivo no es tratar de mi madre ni de su hijo, a no ser para tomar cierta idea corriente y ver hasta qué punto confiere o no con la realidad.

¿Cómo es un brasileño?

Es necesario especificar dos puntos: en primer lugar, mi madre y yo somos católicos, apostólicos y romanos. Y como todo buen brasileño o todo buen miembro de cualquier pueblo, se llega a lo más característico de su patria cuando se es enteramente católico, pues es propio a nuestra Religión el dar brillo a los caracteres nacionales, haciendo el papel de barniz en relación con la madera.

El piso de la Sala de los Alardos1, en la Sede del Reino de María, por ejemplo, se compone de maderas brasileñas, y el thau2 del león es hecho del famoso palo-brasil, que dio nombre a nuestra nación. Ahora bien, no se podría elogiar ese parquet, sin enaltecer el barniz que lo recubre, porque la madera como que solo realiza su propia fisionomía después de ser cubierta de barniz.

Barnizada queda diferente, como también el barniz cuando está en su recipiente. Nadie, al conocer solo la madera o solo el barniz, podría imaginar que la junción de ambos quedase tan bonita.

Pues bien, eso es lo que la Religión Católica hace con las varias naciones. Ella –cuyo foco de irradiación es la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana–, es hecha para ser vivida entre los hombres, los cuales, por su naturaleza, constituyen las naciones. Así, el “líquido” sagrado de la Iglesia pasado sobre el “alma” de cada nación, produce el efecto del barniz en la madera: resalta todas sus características y toda su belleza.

He aquí, por lo tanto, el primer punto para especificar: que no tratemos de Brasil visto al natural, sino de él en cuanto “barnizado”.

Viajando por diversos Estados de Brasil

La segunda especificación es la siguiente.

sala de alardo SRMEn cierta ocasión, durante una conferencia para cerca de doscientas cincuenta personas, pedí que levantaran el brazo aquellos que estuviesen seguros de no tener ninguna otra sangre a no ser la brasileña, por lo menos hasta el tatarabuelo. El resultado fue menos del diez por ciento del auditorio… Los demás tenían proporciones de sangre extranjera: sin embargo, todos se consideraban brasileños.

Así siendo, ¿qué es el Brasil y qué es ser brasileño? Sin duda, hay zonas de Brasil muy brasileñas: el Norte, el Nordeste, Minas Gerais, Goiás, Mato Grosso, casi no tienen inmigraciones. Por su parte, Río de Janeiro y São Paulo son muy cosmopolitas.

En el sur, a medida que nos distanciamos de São Paulo, el factor alemán va preponderando. En Río Grande del Sur encontramos una inmigración italiana considerable y un tipo de brasileño sobre cuya piel soplan los vientos de las pampas. El gaucho es ligeramente españolizado en sus maneras.

Cuántas veces, viajando por diversos Estados de Brasil, me complacía en mirar el movimiento de la calle por la ventana del hotel, analizar cómo las personas se encontraban, conversaban, mientras yo hacía comparaciones.

Por ejemplo, estando en Belo Horizonte, veía a los mineiros saludarse. Ellos tenían en vista la amistad, pero con discreción, sin llamar la atención; el encuentro era cordial, pero poco teatral, con las manos que se apretaban y el tono bajo de voz: “¿Cómo le va?” Y si tuviesen algo de política para hacer, ya salía allí mismo…

En Río Grande del Sur el tenor de alma era diferente. Los gauchos, al avistarse, ya venían de lejos conversando, con los brazos abiertos: “¡Oh, querido amigo!”, y se abrazaban haciendo resonar el tórax.

Elemento fundamental de la brasilidad: permutar influencias

Sin embargo, por encima de eso hay una característica del alma del brasileño que no he visto que sea comentada.

Se dice que el brasileño tiene la manía de la imitación y vive con los ojos puestos en lo que se hace afuera. Eso tiene su buena parcela de verdad. Pero lo que ocurre es un intercambio. Al mismo tiempo en que recibe una influencia, ejerce otra: moldea a su interlocutor, de manera que este se deje abrasilerar sin percibirlo. Tiene tanto gusto en imitar cuanto en influenciar. Y lo que él da, penetra más o con tanta profundidad en el alma cuanto aquello que recibe.

Esa prodigiosa capacidad de intercambiar, de permutar influencias, es un elemento fundamental de la brasilidad, la cual ejercemos de modo inconsciente, y corresponde, de un modo providencial, a las circunstancias de nuestro territorio: tan inmenso que la pura estirpe descendiente de Portugal no llegaría a llenarlo, a no ser a lo largo de siglos y siglos.

Era bueno, por lo tanto, que el primer pueblo que viniese a establecerse aquí fuera el organizador del lugar y diera las notas iniciales a partir de las cuales la “música” del país proseguiría. Pero, además, que todos los pueblos de la Tierra fuesen fraternalmente invitados a venir a habitar aquí, desde que continuasen en la línea iniciada. Era el compromiso de la hospitalidad: “Vengan para ser de los nuestros, no para ser heterogéneos. Traigan sus riquezas, sus características. Estamos dispuestos a recibirlos, ¡y con cuánta simpatía y buena voluntad! Sin embargo, hay una condición: nosotros también tenemos que dar. ¡Reciban!” No hay quien no piense que eso es muy equitativo.

Esas explicaciones ayudan a los brasileños a comprenderse frente a la inmigración, y a los hijos de inmigrantes a entenderse y sentirse frente a Brasil, para querer sentirse influenciados. Ayudan de igual modo los extranjeros, que para alegría nuestra viven en Brasil, a hacer esta operación, estando en este país por un tiempo indeterminado.

En todos –y eso es típico del brasileño– ya estaba eso concertado de manera subconsciente. No es propuesto como contrato a nadie, no es un pacto explícito. Es un modo de ser tan implícito que me tomó tiempo el explicitarlo por entero.

Como punto de partida de la inocencia y de la historia mental de este pueblo, tenemos esa característica que posee sus raíces en la mentalidad y en la psicología portuguesas. Todo eso nació de Portugal y nos alegramos que sea así. Miramos la Torre de Belén, por ejemplo, y encontramos allí nuestras resonancias y consonancias.

Penetración del gobierno del aceite de oliva

Benedito_Calixto_-_Fundação_de_São_Vicente,_1900Menciono ahora otro trazo del brasileño. Yo considero el negro y el mestizo de negro, así como también el indio y quien de él desciende, auténticamente brasileños. Ahora bien, este pueblo, cuyas raíces nativas son tan próximas en algunas de sus estirpes, no tiene una relación grosera consigo mismo ni con otros, y cuando ve o siente un trato agresivo, queda chocado. De manera que, si quieren repeler a un brasileño, basta emplear la brutalidad.

El trato de ellos es suave, manso, cordial. Pero… ¡circulen por donde tengan la vía, no se metan en contravía, porque todo se trastorna! Escomo peinarse el cabello por el lado equivocado. ¡Tengan cuidado!

¿Cuál es la raíz portuguesa en este aspecto?

En el siglo XIX, reputaban como un verdadero imperio colonial, el británico. Inglaterra poseía bancos, iglesias protestantes, políticos y militares acantonados en todas sus colonias, en puntos estratégicos y haciendo comercio; si hubiese un problema, se formaba una pelea. Era la fuerza del “león” británico colocada para garantizar el buen correr de todo. ¿El imperio era estable? Sí, porque el “león” era sólido. Sin embargo, bastó que él abriese un tanto sus garras, que sus colonias quisieron ser independientes.

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Por su lado, el colonialismo portugués no componía un imperio, era únicamente media docena de colonias, que daban la impresión de algo débil, de una nación decadente. La monarquía y, más tarde, la república portuguesa, mandaba gobernadores que, de modo patriarcal, regían las colonias y nadie ni siquiera tenía conocimiento exacto de que era lo que ellos hacían o no. Cada colonia crecía como una flor o como una coliflor.

Si no fuese por la influencia rusa3, las colonias portuguesas no se habrían vuelto independientes por esfuerzo propio, porque los colonizados amaban a sus colonizadores. ¿Cuál era la razón?

La colonización de los portugueses era hecha a la manera de la acción que Brasil ejerce sobre los no brasileños. Con los africanos, con los de la India, en Macao, por toda parte, ellos penetraban como el aceite: se pone una gota y el aceite no rasga y no dilacera la hoja de papel; solamente se vuelve transparente y se extiende en toda su capacidad de extensión.

Ese era el colonialismo de Portugal: la penetración del gobierno del aceite. En el fondo, ¿cuál fue el más fuerte? ¡No fue el del león sino el del aceite!

Alguien preguntará: “Dr. Plinio, ¿y Brasil? Si es así, ¿por qué no quedó unido a Portugal?”

Me limito a decir una cosa: mucho más de cien años después de la independencia, Brasil restableció una situación en la cual el ciudadano portugués tiene todos los derechos del brasilero, y este, todos los derechos del portugués. Es algo que los que proclamaron la independencia no entenderían.

O sea, por encima de las rivalidades propias de la independencia, prevaleció un sentido de unión tal, que da la impresión de aumentar con el paso del tiempo. Creo que no existe, en el mundo entero, una ex colonia de Portugal como Brasil. Es el don de ese intercambio, es un estilo, un modo especial de ser, de disponer.

Quien admira, asimila y lucra más

¿Cuál es el fundamento de ese intercambio?

San jose de anchieta y padre noriegaEl alma nacional es admirativa, por eso es capaz de asimilar; quien de buen grado admira lo que los otros tienen, asimila y lucra más.

Lo que más busca encontrar el brasileño son afinidades. Cuando él entra en contacto con almas con las cuales consuena para poder juntos comentar las cosas, para sentir y pensar la misma cosa; sobre todo, para admirar juntos, es lo que más le da felicidad.

Comentando sobre mi propio país lo hago con admiración, como hace poco y tantas veces he discurrido sobre otros países. Hablo como brasileño, propicio hasta a admirar lo que Dios hizo en el propio brasileño. Ese gusto en tener afinidades en la admiración y de intercambiar es el propio bienestar del brasileño. Es el punto por donde él se siente realizado.

En otros pueblos, he notado el siguiente movimiento de alma: “Tú eres diferente y yo no siento alegría por lo que eres; me voy a diferenciar de ti cuanto sea posible”.

En la pelea de gallos se ve eso. Antes de entrar en conflicto, comienzan a dar vueltas y a mirarse, desafiándose, como si se dijese uno al otro: “No quieras pasarme por delante ni ser superior a mí, ni apoderarte de lo que es mío, porque yo reacciono como una fiera. ¡Mira bien!”

Esta no es la posición brasileña de ningún modo: “Esa cualidad es mía y no tuya, y yo me alegro con eso.” No. Es lo contrario: “Mira, ¿vamos a admirar, a intercambiar? ¡Qué agradable es admirar juntos! Cómo me gusta que tengas esa cualidad. Pero yo también tengo tal otra así, ¿no te gusta? ¿También te gusta? ¡Qué bueno! Amemos a Dios que creó todo eso.”

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Esto forma lo que el ambiente nacional tiene para construir con una nota brasileña, en un territorio nuevo, un mundo nuevo hecho de contribuciones de toda especie de pasados, para un futuro de síntesis. Aquí está Brasil.

Tal realidad explica cómo Doña Lucilia, siendo tan brasileña como era, recorría los horizontes de la historia del pasado a partir de los barnices franceses, que la educación dada en la São Paulo de aquel tiempo había impreso sobre su personalidad. Y que, sin la menor ilusión de ser una francesa, tenía mucho de afrancesado en su modo de ser; eso se nota inclusive en los muebles de su casa.

Mi madre me enseñó esa capacidad, esa tendencia a admirar y a ver en todo lo que hay de maravilloso, no como la actitud de un tonto que ve prodigios donde no los hay. Se trataba de la posición de saber apreciar las maravillas, alegrarse y satisfacerse con ellas, asimilando de todos lados.

Esa señora afrancesada contrató para sus hijos a una gobernanta alemana, pero quiso que aprendiesen también inglés y supiesen bien el portugués. De ahí se originó una formación no inventada por ella, sino propia al ambiente en el cual fue criada.

Ella realizaba todo eso con sonoridades, con ecos que, para mi corazón de hijo, solo ella poseía. Con todo, era un estilo general de la São Paulo naciente, que comenzaba a recibir extranjeros con un abrazo, con una sonrisa, siendo influenciado e influenciando católicamente.

(Extraído de conferencia del 3/11/1979)

  1. Del portugués: formación. ↩︎
  2. Denominación de la última letra del alfabeto hebreo, que tiene forma de cruz. Basándose en el capítulo 9 de la profecía de Ezequiel, el Dr. Plinio empleaba ese término, a fin de indicar una señal marcada por Dios en las almas de las personas especialmente llamadas a rezar y actuar en favor de la Iglesia y de la implantación del Reino de María. ↩︎
  3. El Dr. Plinio se refiere a las colonias portuguesas que, a mediados del siglo XX, sufrieron la influencia soviética. ↩︎

Mi esposo entró en desesperación, quedó atemorizado

 … el médico se asustó y dejó también a mi esposo muy asustado. Por su edad, el índice era muy elevado, más del doble de lo normal. Y el doctor dijo que tenía un cáncer terminal, sin cura.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

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María de Fátima con su esposo y sus hijas en una casa de los Heraldos

Un relato más de un favor alcanzado por intermedio de Dña. Lucilia nos ha sido enviado por María de Fátima Silvino Maro y su marido, Emanuel Nazareno da Silva Santos, de Miracatu, estado de São Paulo.

«En el 2014 mi esposo tuvo problemas de salud. Estaba sintiendo algunas molestias y cuando fue al médico éste le pidió exámenes de rutina, entre ellos uno del PSA, que diagnostica el cáncer de próstata».

Al llegar los resultados de los análisis «el médico se asustó y dejó también a mi esposo muy asustado. Por su edad, el índice era muy elevado, más del doble de lo normal. Y el doctor dijo que tenía un cáncer terminal, sin cura».

Ante la trágica noticia el matrimonio quedó muy abatido: «Mi esposo entró en desesperación, quedó atemorizado, sin saber qué hacer».

Unos días después María de Fátima y Emanuel les dieron la notica a sus hijas, en aquella época estudiantes del Colégio Arautos do Evangelho.

«Cuando llegaron a casa, a pesar de que estábamos muy nerviosos, hablamos con ellas. Los cuatro lloramos mucho. Pero en medio de toda esa aflicción, una de las hijas solamente dijo: “Papá, no te preocupes, ten confianza. Ahora tenemos a Dña. Lucilia, ella va a interceder por ti, basta que pidas con fe. Ella nos va a ayudar”. Entonces sacó de su mochila escolar esa foto que es conocida y me la entregó diciéndome: “Mamá, rézale a Dña. Lucilia para que cure a papá”».

Y, a pesar del gran abatimiento de Emanuel, María de Fátima confió en que la señora del cuadrito iría a remediar la situación: «Yo, en mi fe, cogí aquella foto de Dña. Lucilia y la puse entre la funda y la almohada de él. Cada vez que le cambiaba la funda volvía a poner la foto de nuevo».

«Gracias a Dña. Lucilia hoy mi esposo está curado»

Poco a poco se fue calmando y la característica paz que esa bondadosa dama irradia fue haciéndose cargo de la situación:

«Nos fuimos tranquilizando con el paso de los días y buscamos un urólogo para que le hiciera una mejor valoración. Cuando llegamos a la consulta, el médico conversó calmamente con mi esposo, diciéndole que podía ser un error del laboratorio, pero que si fuera una enfermedad debería tener paciencia, porque para todo había solución».

Enseguida, algo parecía que había cambiado en su cuadro clínico: «El médico ya inició un tratamiento, recetó algunos medicamentos para aliviar los dolores y programó nuevos exámenes».

Doña Lucilia había atendido las oraciones hechas por las hijas y la esposa de Emanuel: «Aquel índice disminuyó. Y el médico pensó que tal vez no fuera cáncer, sino una inflamación acentuada. Y siguió con el tratamiento».

Tras cada examen «esas cifras iban disminuyendo, disminuyendo, disminuyendo… y terminó, gracias a Dios. Gracias a la intercesión de Dña. Lucilia hoy mi esposo está curado. Realiza un examen de rutina todos los años y ya no aparece nada».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, noviembre 2020)

Dios no abandona a quien en Él cree

Para Doña Lucilia y sus hermanas, su padre, el Dr. Antonio, era considerado como un verdadero patriarca. Hechos de su vida fueron narrados por ellas diversas veces, mostrando siempre que su dignidad venía de la confianza que depositaba en Dios.

El Dr. Antonio, mi abuelo, tenía tres hijas¹ muy parecidas, pero muy diferentes entre sí, como es común que suceda entre hermanos.

Cada una, a su modo, tenía una veneración única por su fallecido padre, un amor y unas saudades sin límites.

Padre y patriarca

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Última fotografía de D. Antonio

Cuando eran jóvenes, su padre era el confidente con el cual ellas se abrían en todas las ocasiones; él comprendía bien sus almas y encontraba una salida para todas las dificultades que les apareciesen. Cuando el caso no tenía solución, él las consolaba, indicándoles la postura de alma serena, la compostura que se debería tener frente a las ocasiones difíciles de la vida.

Las tres contaban hechos sobre la vida de su padre y lo tenían como un patriarca. Cualquiera de los casos contados aisladamente no agotaba lo que ellas querían decir.

La más expansiva de las tres hermanas, en cierto sentido, era Doña Yayá. Una que otra vez yo la visité cuando ya se encontraba en edad avanzada –ella murió más anciana que Doña Lucilia–, estaba enteramente lúcida, pero con cierta distancia de la realidad.

Sabiendo que yo escribía –que tenía libros publicados, artículos–, en una conversación me hacía dos o tres insinuaciones de que yo debería escribir sobre la vida de su padre, porque era una vida admirable, y que, si yo quisiese, ella podía contarme todo, yo tomaba nota y después escribía ese libro.

Veo, de hecho, que es una cosa que, si la hubiese hecho, ¡habría dejado a Doña Lucilia con una alegría indecible! Necesité de razones muy serias para no hacerlo. De lo contrario, solo para dar a Doña Lucilia ese contento y atender al respeto filial de las hijas de él, etc., yo habría hecho alguna cosa.

No daba para hacer una gran biografía, pero habría hecho algo.

El fin del día en la pequeña Pirassununga

Voy a escoger un hecho que ellas no presenciaron, porque no habían nacido, pero les gustaba mucho contar. La madre de ellas, Doña Gabriela, esposa del Dr. Antonio, contaba que ellos vivían en Pirassununga cuando él era abogado recién graduado. Era costumbre en las ciudades del interior del antiguo Brasil que las casas fuesen abalconadas, o sea, tenían una especie de sótano habitable abajo, y el piso de arriba, que era mejor, constituía un balcón en relación con la calle.

Las familias cenaban muy temprano, aún a la luz del día, y después iban a las ventanas de la casa a ver pasar a la gente y saludarse. Era la gran novedad del lugar.

No piensen en una calle muy movida. Pirassununga era minúscula en aquel tiempo y uno que otro pasaba de vez en cuando. Mi madre decía que se avistaba a la persona que llegaba a lo lejos, a lo lejos, a lo lejos…

Y después de su partida, se podía aún acompañar con la mirada. Cuando el transeúnte se aproximaba, si era conocido, él se quitaba el sombrero y se saludaban. A veces paraban, intercambiaban unas palabras… Después seguían adelante.

Admiración de los familiares por la confianza en la Providencia

Dña. Gabriela y Dr. Antonio, padres de Doña Lucilia

Cierto día, el Dr. Antonio estaba conversando con mi abuela, solos, junto a la ventana. Sus hijos todavía eran poco numerosos. Él le dijo a mi abuela a cierta altura de la conversación:

Sinhara², ¿nuestra despensa está bien llena?

Ella dijo:

– ¡Sí, está!

– ¿Tiene bastantes alimentos?

– ¡Sí, los tiene! La vida era baratísima. Entonces

él dijo:

– Por lo menos eso. Porque, mira, yo solo tengo esta moneda… los clientes están muy raros, no he recibido dinero. Y necesitamos tener bien la despensa, porque si falta dinero y comida, yo no tengo. Ve haciendo multiplicar la comida como puedas.

En ese momento se ve venir arrastrándose un mendigo hacia ellos,

que dice:

– ¡Soy tuberculoso!

Y realmente tenía un aspecto muy enfermo y pobre. Con el sombrero en la mano, dijo:

– ¡Soy tuberculoso! Necesito comprar un remedio muy caro. No tengo dinero. ¡Si Uds. me quieren dar algo para comprar ese remedio, yo, de buen grado, les agradecería mucho! Mi abuelo sacó la moneda y la lanzó en el sombrero del mendigo. Mi abuela quedó pasmada, pero al mismo tiempo tomada de admiración por la confianza en Dios que él revelaba.

Cuando el mendigo partió, mi abuela dijo:

– Pero, Totó – así era su sobrenombre –, ¿qué hiciste?

Él dijo:

– Confié en Dios. Vas a ver que el dinero no tarda en llegar.

De hecho, cuando anocheció, aquel mismo día, un hombre tocó el timbre. Era un cliente, que quería confiarle una causa que sería muy rentable para mi abuelo. El Dr. Antonio, entonces, pidió una parte de los honorarios por adelantado y, por gozar de muy buena fama como abogado, el cliente le concedió el pedido. Cuando el hombre se retiró, él entró en la sala de estar de la casa, mostró el

valor a mi abuela y dijo:

Sinhara, ¡mira, para quien cree en Dios!

Y él elaboró, no en esa ocasión, sino más tarde, un versículo así… cuatro estrofas de las cuales no me acuerdo bien, tal vez en un momento me venga completo a la memoria… Era algo así:

“Quien tiene a Dios vuelto su corazón, nada debe temer. Porque Dios no abandona a la criatura que sabe en Él creer.”

Era la idea de la confianza en Dios, en quien se debería creer. Esto, que es un hecho interesante, ¡a ellas les parecía fenomenal!

(Extraído de conferencia del 11/1/1986)

1) Lucilia, Eponina (Yayá) y Brasilina (Zili).

2) En el Brasil antiguo, trato dado por los esclavos a su señora. El Dr. Antonio lo utilizaba para, de un modo afectuoso, dirigirse a su esposa, Doña Gabriela.

El «unum» de la Iglesia estampado en las almas santas

Así como en la Iglesia hay un «unum» hacia el cual convergen todas sus perfecciones, también las almas santas tienen sus peculiaridades, pero hay algo en ellas que es la síntesis de todas las virtudes.

Todas mis admiraciones convergen hacia un punto: la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Ella contiene todas las perfecciones y bellezas, es la fuente de todo lo bueno, noble y grandioso. Incluso en las tristezas y en las miserias sin calificación de los días de hoy, la belleza del universo es la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. ¡He aquí la gran verdad!

El unumen la Iglesia y en las almas santas

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Carlomagno – Iglesia Abacial de Saint-Florent du Mont-Glonne – Saint Florent le Veil – Francia

La perfecta armonía entre las esferas espiritual y temporal es uno de los puntos luminosos de la Iglesia Católica. Ella es la síntesis, y todo cuanto el espíritu pueda imaginar de elogioso, sin ningún miedo, puede ser aplicado a ella. Así como en la Iglesia hay un unum hacia el cual convergen todas sus perfecciones, también las almas santas tienen sus peculiaridades, pero hay algo en ellas que es la síntesis de todas las virtudes.
Imaginemos que nos fuese dado conocer a alguno de aquellos hombres antiguos que llenaron de admiración los tiempos de otrora. Por ejemplo, Carlomagno. Incluso sus adversarios –enemigos de la Iglesia Católica, por lo tanto–, cuando se referían a él, lo hacían con respeto. Él poseía una serie enorme de cualidades, pero había una que condensaba en sí todas las otras: ¡él era Carlomagno! Por así decir, su coraje era un coraje “carolingio”. En él había un núcleo de todas las cualidades que era ser él mismo, y todas sus otras cualidades eran como los pétalos de una flor, porque la flor propiamente era él.
Así es en la Iglesia Católica. Todas las almas deben tener su peculiaridad, y en eso está una de las grandezas de la obra de la Creación. Con todo, se puede decir que ciertas cualidades son comunes a algunos santos. Por ejemplo, santos pertenecientes a una misma Orden Religiosa. A pesar de tener características personales, no deja de ser verdad que ellos tienen, de un modo sobresaliente, algo en común que los diferencia de las demás órdenes. Por ejemplo, unos son jesuitas, otros franciscanos. Ahora bien, un alma como la del Bienaventurado Palau tuvo, de un modo muy especial, un amor a la Iglesia Católica hasta el punto de desposarse de modo místico con ella, como el propio Nuestro Señor Jesucristo. Él le consagraba, por lo tanto, un amor tan singular a la Santa Iglesia, que hacía de él su héroe y su cantor. 

Síntesis de virtudes en el alma de Doña Lucilia

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Mi madre, por ejemplo, era la síntesis completa que conocí de la seriedad de espíritu, de la misericordia, de la firmeza y de la bondad. Esas varias cualidades se reunían en ella para formar, digamos, un unum: ser Lucilia Corrêa de Oliveira. No hay una persona que yo haya conocido en cuya alma esas varias cualidades se registraban más, y a veces en cositas insignificantes. Un hecho minúsculo muestra el conjunto de esas cualidades. Se dio con una gata que estaba criando a sus gaticos en uno de los muros de nuestra casa. Era un inmueble pequeño. En el fondo del comedor había un muro que daba hacia un pasaje donde se guardaba un automóvil, y para cubrir ese muro y quedar así con un aspecto más agradable, el propietario de la casa de la cual nosotros éramos apenas inquilinos –una persona de muy buen gusto–, plantó una enredadera para cubrir el muro y quedar así más agradable a la vista. Era un muro muy bajo y yo no le daba mayor atención, ni a la enredadera.

Un día, durante el almuerzo, vi en la parte superior del muro un movimiento raro por debajo del ramaje, y dije:
– Mamá, vea qué raro ese movimiento encima del muro.
Con aquella dulzura que la caracterizaba, ella no dijo ni sí ni no, pasó por encima del tema, prefiriendo no tratarlo, pero yo quería saber qué había allí.
Ella me respondió:
– Sí, ya noté algo…
Yo dije:
– Pero estoy notándolo solo ahora.
Y dije a una criada portuguesa llamada Ana, que nos servía:
– Ana, vaya a ver qué hay en ese…
Miré a mi madre y la noté sin saber qué hacer. La criada se rio y dijo:
– Doctor, ¿Ud. no se dio cuenta de qué es? Doña Lucilia le está escondiendo algo…
– ¿Qué me está escondiendo ella?
– Es una gata que tiene sus crías ahí.
Yo no me indigné con mi madre, pero me indignó la idea de tener un muro lleno de gaticos andando de un lado para otro. De repente uno saltaba dentro del comedor. A mí me
gustan mucho uno o dos gaticos, más que eso, no.
– Coja una escoba, o una manguera para regar el jardín y saque a esa gata con todas sus crías, hasta que el último gatico esté fuera del terreno de la casa.
Mi madre se volvió hacia mí:
– ¡Ah, pobrecita! No hagas eso. ¿No ves que la pobre después puede perder uno de sus hijitos, dispersarse por ahí y nunca más encontrarlo?
– Mamá, ella no tiene raciocinio.
Ella pierde un hijo como uno de nosotros pierde un cabello.
Doña Lucilia, queriendo tocar más mi sentimiento que mi raciocinio, dijo:
– ¡Pobrecita! No hagas eso.
La palabra “pobrecita” estaba cargada de tanta bondad, tanta pena y tanto afecto, que yo le dije a la criada:
– Ana, cuide de esa gata y llévele leche todos los días.
Por lo tanto, era un pedido al cual yo iba a responder naturalmente “no”, pero mi madre me pidió de tal modo, que yo sería capaz de decir mil veces “sí”.
Es mucho más fácil comprender a un gato que tener compasión de él, pues es un ser irracional. Él no sabe que existe, no sabe nada, es un animal. Pero, como sobre él bajó la pena de Doña Lucilia, se pudo hallar una solución. Tener lástima de esa forma era tener tanta dulzura en el corazón que el gato recibía, en vez de un chorro de agua, la leche para todas sus crías.
A propósito, para ser bien positivo con respecto a ese hecho –una niñería–, yo recibí un pequeño premio con eso. Yo era muy joven, tenía unos 24 o 25 años más o menos, y nunca tuve tiempo para prestar atención en gatos. Sin embargo, con aquella gata y sus crías, comencé a observarlos y percibí cómo es un animal interesante, y pude sacar de ahí varios principios.

(Extraído de conferencia del 10/12/1993)

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