“¿Hijo mío, por qué no vienes a conversar conmigo por la noche?”

cap10_022

Dr. Plinio con el Grupo de «El Legionario»

En cierta ocasión, doña Lucilia le hizo a su hijo una tentadora propuesta: pedía un cambio de horarios que, en el fondo, era un pequeño “robo” de tiempo a favor de ella y en perjuicio de los muchachos del sexto piso…
— Hijo mío —le dijo afablemente— tú que tienes tan buen apetito, siempre cenas y comes en casa, para hacerme compañía. ¿Por qué no inviertes tu programa? Cena fuera con tus amigos y… por la noche ven a conversar conmigo.
Era la dulce propuesta de un plan, ideado ciertamente en las incontables horas de soledad, en que el afecto por el hijo batallador desbordaba en deseos de estar juntos.
La sugestión traía implícita una perplejidad, pues no entendía claramente por qué motivo su hijo le dedicaba tanto tiempo a los amigos. Ya que ella gustaba tanto de conversar con él, bien podía ser favorecida con algunos minutitos más…
Pero la causa católica exigía de él una actitud inflexible. El Dr. Plinio dio una respuesta, la más amable y afectuosa posible, pero dejando el asunto en el aire. Y, aunque apenado, no hizo el cambio que ella deseaba. Doña Lucilia, tranquila y en paz, continuó todas las noches su paciente vigilia mientras esperaba su vuelta.
Don João Paulo, que siempre tuvo el hábito de acostarse temprano, le preguntaba a veces a su esposa por qué no se recogía también. Ella respondía con alguna amable evasiva y continuaba esperando la “conversación” con su hijo. En una nota enviada desde Santos por el Dr. Plinio, éste pintorescamente se refiere a la actitud que su padre tomaba a respecto de aquellas conversaciones en horas tardías:
30-VI
A la querida Mãezinha, con un largo y saudoso beso, le mando muchos recuerdos.
Dígale a papá que ahora, en el momento en que escribo, son las doce y media de la noche, hora de nuestra conversación y de sus refunfuños. Mándele un abrazo,
Plinio
Nota
Agradézcale a la tía Yayá su excelente pan. Le mandé hoy un telegrama
a tía Zilí.

El Vaticano apoya al Dr. Plinio

cap10_021Hacía ya cierto tiempo que la Santa Sede venía dando señales inequívocas de que aprobaba el libro-bomba del Dr. Plinio, En Defensa de la Acción Católica.
Entre otros hechos de indudable significado, se destacaban dos que valían por un testimonio de confianza del Papa: en breve espacio de tiempo fueron elevados al episcopado dos sacerdotes que públicamente lo apoyaban. A este respecto, afirmaría más tarde el Dr. Plinio: “Nuestra alegría subió al cielo como un himno. Una estrella se encendía, brillando en la noche de nuestro exilio, sobre los destrozos de nuestro naufragio.”
Esas dos sorpresas no fueron las mayores. Un día, tuvo la alegría de recibir una carta enviada por la Santa Sede, en nombre de Pío XII:

Palacio del Vaticano, 26 de febrero de 1949.
Preclaro Señor,
Movido por tu dedicación y piedad filial, ofreciste al Santo Padre el libro “En Defensa de la Acción Católica”, en cuyo trabajo revelaste un primoroso cuidado y una persistente diligencia.
Su Santidad se regocija contigo porque explicaste y defendiste con penetración y claridad la Acción Católica, de la cual posees un conocimiento completo, y a la cual tienes un gran aprecio, de modo que se hizo claro para todos cuán importante es estudiar y promover esta forma auxiliar del apostolado jerárquico.
El Augusto Pontífice hace votos de todo corazón para que de este trabajo tuyo resulten ricos y maduros frutos, y recojas no pequeños ni pocos consuelos; y como prenda de ello, te concede la Bendición Apostólica.
Entre tanto, con la debida consideración, me declaro muy tuyo afectísimo.
J.B. Montini, Sustituto.

En esta carta, firmada por el Substituto de la Secretaria de Estado de la Santa
Sede futuro Pablo VI ¡el libro del kamikaze era alabado y recomendado por el
propio Papa! Esta vez todo quedaba claro.

“¡De tanto pensar en Itaicy, tengo la impresión de conocerlo!”

Entre las crecientes actividades del grupo, al cual se habían sumado nuevos elementos, estaba un retiro anual, que el Dr. Plinio nunca se perdía, ni siquiera en medio de las más absorbentes ocupaciones. De uno de estos, realizado en el Seminario de los Jesuitas en Itaicy, en el año de 1949, escribe él a su madre, en una carta desbordante de cariño:

cap8_017Luzinha, mi flor,
Aquí van los tan anhelados garabatos, para decirle que estoy bien, y
pasando una temporada excelente.
En efecto, el lugar es admirable, el clima bueno y la comida óptima.
El pobre sacerdote es el que por cierto, prematuramente ya está con el
cerebro medio licuefacto. Es francés de la zona de Lourdes, y quizás es
por esto que tiene un aspecto de españolazo corpulento y jovial, cabellos
de plata, muy amable. Pero durante la prédica abre paréntesis para
“des radotages” (Expresión en francés para designar afirmaciones desprovistas de sentido) que muestran que está con el espíritu medio “ramolli” (Esclerosado).
¿Y usted, mi flor, cómo está? ¿Y Papá? Si hay telegramas, mándemelos con Adolphinho.
El resto de la correspondencia que se quede ahí. No quiero molestias.
Un abrazo para Papá.
Para usted, mi Marquesita, mil y mil besos del hijo que le pide la bendición.
Plinio

En respuesta, doña Lucilia le cuenta la visita que había hecho a la fräulein Matilde, en aquel entonces hospitalizada. Manifiesta así, una vez más, a la antigua institutriz de sus hijos, la gratitud por la formación que les dio. Casi al final de la carta revela cuánto estaba presente su hijo en sus pensamientos, de tal manera que le parecía conocer los lugares a donde él iba, sin haberlos visto nunca.

São Paulo, 14-4-949
¡Mi filhão querido!
Tu cartita tan tierna y tan buena, fue recibida con el máximo cariño, alegría y… ¡mil gracias!
Espero en Dios que, con tus buenos amigos, sigas gozando de este buen reposo para ti y para el teléfono.
Fui ayer con Rosée a visitar a la Fräulein Matilde en el hospital Sta. Catalina y a llevarle unas flores de tu parte. Se quedó muy satisfecha y me pidió que te dijera muchas cosas buenas en su nombre, que te repito con tu habitual ¡tá-tá-tá, y tá-tá-tá!
cap14_028En cuanto a las obras del pintor, todo está paralizado. Estuve ahí ayer con Rosée, a quien le pareció buena la pintura, y él estaba dándole en ese momento la segunda mano al baño. Pintó las piezas de arriba de las ventanas, sobre las cortinas. Con unos ladrillos sueltos, que encontró, cubrió la pared del baño. No pintó las puertas y ventanas porque no entró en tu presupuesto, y también porque no va a trabajar más esta semana. ¡El pobre!… ¡Está sin recursos y ayer pidió dinero para comer! ¡Siento mucho que encuentren todo tan atrasado! Te mando el presupuesto hecho para las baldosas de la cocina, que me pareció muy alto. En fin, creí más prudente esperarte, para que le des la respuesta. Es mejor que no te preocupes más con esto, por ahí. Hoy fui con tu padre a Misa, y comulgué en la iglesia de Sta. Cecilia. Fuimos después a la de la Buena Muerte, donde hicimos la guardia del Santísimo. “Caímos” allá en una suscripción para el ropaje de Mons. Aguinaldo, que antes de terminado el sufragio, ya “todo de rojo”, se paseaba de un lado para otro tan satisfecho que daba gusto verle.
Acabaste, por fin, pidiéndome la correspondencia que te envío. Dios permita que no traiga motivos para dolores de cabeza.
Las saudades son tantas que, de tanto pensar en Itaicy, ¡tengo la impresión de conocerlo!
Doy gracias a Dios por las buenas noticias traídas por Adolphinho, pero… ¡deseo que vengas pronto! Me haces de veras ser una gran egoísta… mea culpa.
Saludos a todo el buen grupo, y recibe con mis bendiciones, saudosos abrazos, y muchos besos de tu madre extremosa,
Lucilia.

¡Tu reloj es Plinio!

cap12_002Con el transcurso de los años, la soledad de doña Lucilia se acentuaba. Poco a poco las personas de su tiempo iban siendo arrastradas por la vorágine de la vida. Como ella continuaba siempre igual a sí misma, se establecía un distanciamiento inevitable en relación a las generaciones que iban surgiendo: éstas, tenían los ojos vueltos hacia la modernidad; ella había colocado los suyos en la eternidad.
Además, una progresiva dificultad de audición aumentaba su aislamiento. Pero su entera conformidad con la voluntad de Dios la ayudaba a soportar resignadamente esos sufrimientos.

Un consuelo le quedaba, y no pequeño. Era el creciente afecto de sus hijos, que procuraban aliviarle así el peso de la cruz. Doña Lucilia lo retribuía empleando todo su tiempo no sólo en “aconsejar y perfeccionar”, sino también en rezar cada vez más por ellos.
Una vez, cuando la familia terminaba de almorzar, llegó doña Yayá, una de sus hermanas. Al entrar, dijo en un tono de mucha intimidad:
— ¿Pero vaya? ¿Todavía estáis almorzando? ¡Yo ya terminé hace mucho tiempo!
Doña Lucilia hacía las comidas más tarde para acompañar al Dr. Plinio, pues él tenía un horario que no era el del común de las personas. Por eso, doña Yayá agregó en seguida:
— Lucilia, tú podrías coger los relojes que hay en esta casa y guardarlos todos.
— Pero ¿por qué, Yayá? — indagó calmamente doña Lucilia.
Porque tu reloj es Plinio. Siempre tomas sus horarios como punto de referencia: es la hora de Plinio levantarse, la hora de Plinio salir, la hora de Plinio volver, la hora de Plinio comer… ¡De manera que el reloj para ti no vale nada!
El comentario de su hermana correspondía a la realidad, en buena medida, por lo que doña Lucilia lo tomó con entera naturalidad, respondiendo apenas con una sonrisa afable, como quien dice: “Realmente es así”.
A semejante madre, que llevaba la estima por su hijo hasta el punto de regular su horario por el de él, le costó mucho un período durante el cual él tuvo que ausentarse innumerables noches seguidas.

Expectativa ansiosa

Sucedió que, a causa de ciertas exigencias de la ley de inquilinato, le fue necesario al Dr. Plinio vivir durante algún tiempo en una casa de su propiedad, situada en la calle Timbiras. Por este motivo, ya no regresaba a la calle Vieira de Carvalho después de las reuniones con los miembros del “Grupo del Legionário”, en aquella época realizadas en la sede de la calle Martim Francisco nº 665, en el barrio de Santa Cecilia ( En la planta baja de esta casa, el Dr. Plinio y sus compañeros de lucha empezaron a reunirse, desde febrero de 1945). Quedaron así suspendidas, mientras duró esa separación forzada, las “conversaciones de medianoche” con doña Lucilia.
Para hacerle menos penosa a su madre la falta de su compañía, el Dr. Plinio la llamaba por teléfono todas las noches. Esas llamadas, no obstante, eran en horas diferentes. Un día don João Paulo le describió a su hijo la escena:
— Tendrías que ver a tu madre por la noche, a la espera de tu llamada.
— Pero, ¿cómo?
— ¡Ah!, para ella tu llamada telefónica es el acontecimiento de la noche. Un buen rato antes de que tú llames, se sienta en una poltrona al lado del teléfono y se pone a rezar, a la espera. Porque, cuando suena el aparato, quiere atender al primer toque. Se queda, así, en esa expectativa, un tiempo enorme.
Al oír estas palabras, el Dr. Plinio sintió una profunda emoción. Notó la gran elevación de alma de su madre, que perfumaba con especial cariño todas las acciones que orlaron, a manera de miríadas de estrellas, su serena, noble y virtuosa peregrinación por esta tierra de exilio.

En lo alto de una ventana, un halo plateado…

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edificio de la calle Vieira de Carvalho donde el Dr. Plinio vivió con sus padres en el 4º piso y se reunía con sus amigos de lucha en el 6º

Una vez pasados los meses durante los cuales el acontecimiento de la noche para doña Lucilia era la llamada telefónica de su hijo, podemos imaginar bien con qué discreta expectativa empezó ella otra vez a esperar su regreso para la habitual “conversación”. Pero, a pesar de que las actividades del Dr. Plinio en el Movimiento Católico habían sido reducidas a su mínima expresión, como resultado del ostracismo a que estaba relegado, su tiempo disponible quedó todavía más escaso. La consolidación del pequeño “Grupo del Legionário” (El periódico circuló hasta la última semana de diciembre de 1947) exigía de él una dedicación total, en perjuicio de la convivencia con su tierna madre.
En agosto de 1948 transfirió la sede del grupo al sexto piso de la calle Vieira de Carvalho nº 27 (Entre los discípulos del Dr. Plinio, el lenguaje corriente consagró la palabra “grupo” para designar al conjunto formado por ellos). Todas las noches, después de la reunión en dicho lugar, bajaba con sus compañeros de lucha para el Fasano, restaurante situado justo en frente, al otro lado de la calle. Iban a comer algo antes de la medianoche, hora en que comenzaba el riguroso ayuno eucarístico de aquel tiempo. Doña Lucilia se quedaba en el cuarto piso, esperando su regreso pacientemente, en el salón. Mientras las horas pasaban, desgranaba las cuentas de su rosario, rezaba sus novenas o permanencia absorta en reflexiones, siguiendo a su hijo con el corazón.

«Ocupábamos, muchas veces, una mesa cercana a una de las ventanas del restaurante,”
contaba el Dr. Plinio. “Ella sabía la hora en que estaríamos ahí y, desde la ventana del apartamento, miraba en nuestra dirección…” La conversación en el Fasano, atrayente y elevada, se prolongaba después en la calzada, hasta que todos se dirigían a sus casas. Pero, muy a la manera brasileña, la despedida se prolongaba con un comentario de éste, un dicho de aquél… Así, mientras la charla se extendía, el Dr. Plinio, levantando maquinalmente los ojos hacia el edificio de enfrente, divisaba, en una de las ventanas un halo de cabellos plateados enmarcando una fisonomía rebosante de afecto.
“Todas las noches la veía siempre en el mismo lugar, mirando al grupo que conversaba en la puerta del Fasano,” recordaba el Dr. Plinio. “No sé por qué ella mantenía el salón oscuro, tal vez para no aparecer, y los reflejos de la luz de la calle hacían brillar furtivamente sus cabellos plateados. ¡Aquella figura me conmovía a tal punto que yo no sabría expresarlo! Aún hoy, cuando paso por la calle Vieira de Carvalho, miro con muchas saudades hacia aquella ventana.”
Así se quedaba ella, a la espera de que su hijo subiera para poder conversar un poco, mezclando con las alegrías de la convivencia sus cuidados para con él y sus amigos. Una vez, al comentar lo mucho que le gustaba verlos en la calzada, aprovechó para aconsejarle que no se distrajeran, pues había notado que un coche casi había atropellado a uno de los muchachos, que estaba demasiado cerca de la calle.

A las puertas de la ancianidad

cap10_028El 22 de abril de 1946, doña Lucilia completaba 70 años…
En la vida humana, 70 años constituyen un hito. Ahí aparecerán, como que cristalizadas, todas aquellas preferencias y modos de ser que orientaron el desarrollo de una existencia. En aquellos que procuraron seguir el camino de la virtud, reluce entonces como nunca en la fisonomía, en las palabras, en los gestos, en los actos, en la acción de presencia la “suma de las edades” : la inocencia bautismal, los sueños de la infancia, las esperanzas de la adolescencia, el vigor de la juventud, la fuerza y la estabilidad de la edad madura, el perfume de una vejez florida, a la que ahora se añadirían los reflejos de plata de la ancianidad, todo ello modelado por los sufrimientos que a lo largo de la vida tallaron su alma, transformándola en una especie de diamante a los ojos de Dios.
En esta talla, es el caso de recordarlo, no faltó ni siquiera aquel tipo de sufrimiento que su antigua situación nunca le haría prever: las dificultades financieras, después de la muerte de doña Gabriela. Sin embargo, si doña Lucilia hubiera sido una persona con éxito tal vez no habría alcanzado la altura espiritual a la que llegó. Por ejemplo, si la familia hubiera sido muy feliz en los negocios y doña Lucilia se encontrara, por lo tanto, en la plenitud de la fortuna, algo habría faltado en su vida: el valor de la posición que había heredado de sus mayores, sustentada con gran categoría en medio de las dificultades. Es más o menos como ciertos castillos: cuando quedan deshabitados y en ruinas tienen mayor grandeza que muchos otros conservados intactos. Bajo cierto punto de vista, Job, leproso en su muladar, era más magnífico que Salomón en el esplendor de su gloria. De otro lado, en doña Lucilia se había quintaesenciado aquella afectividad brasileña colocada en términos afrancesados —un afecto delicado, educadísimo y noble hasta en la mayor intimidad— y que conservaba cualquiera que fuese la situación, de tal manera que ella era la versión al vivo de Madame de Grand Air (Grave, distinguida y bondadosa marquesa, personaje de las aventuras de Bécassine).
¡Cuán expresivo era aquel modo de dirigirse al Dr. Plinio para pedirle algo!: “¿Filhão, quieres coger para tu madre aquel objeto?” Nunca de forma brusca, sino siempre afable y distinguida.
Un cierto aire de gravedad señorial, propio de una dama paulista de los antiguos tiempos, traslucía en todas sus actitudes, hasta cuando andaba dentro de casa, yendo a una sala, por ejemplo, para buscar una costura. Este aspecto de su personalidad formaba un opuesto armónico con la suavidad, que en su vida ocupaba un lugar preponderante.
Usaba una mecedora traída de los Estados Unidos por un tío suyo. Cuando se levantaba, prefería no ser ayudada. Lo hacía por sí misma y como un monumento.
Caminaba con su paso característico, en general ágil y discreto, a veces pausado y solemne, y desaparecía en sus aposentos…

Una insigne piedad

Oratorio del Sagrado Corazón de Jesús que estaba en el cuarto de Doña Lucilia

Oratorio del Sagrado Corazón de Jesús que estaba en el cuarto de Doña Lucilia

Durante aquellos 70 años nunca desfalleció en doña Lucilia el amor a Nuestra Señora, cuya omnipotente intercesión junto al Sagrado Corazón de Jesús comprendía tan bien. Desde su nacimiento, María Santísima velaba por ella, pues, como ya vimos, doña Gabriela le había escogido como madrina a la Virgen de la Peña.
Había en su cuarto, en el mismo oratorio de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, otra más pequeña de Nuestra Señora de las Gracias. En el lado izquierdo de la cama, suspendido en la pared, otro oratorio de madera abrigaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción. Como era de esperar, tratándose de una persona tan devota de la Santísima Virgen, tenía lugar de destaque en su piedad —desde la más remota juventud— la recitación del Santo Rosario. Su devoción mariana relucía, sobre todo, durante el mes de mayo, ocasión en que adornaba con flores algunas imágenes de Nuestra Señora que había en la casa. Doña Lucilia pertenecía a la Asociación de Madres Cristianas y participó de algunos retiros —bien podemos imaginar con qué recogimiento, seriedad y amor— promovidos por la entidad. Otro testimonio de sus constantes oraciones nos lo proporcionan los muchos devocionarios que, con cuidado, guardaba en una gaveta de su cuarto para tenerlos a mano cuando lo deseara.
El paso del tiempo no había hecho disminuir su deseo de comparecer a las solemnidades religiosas para poder satisfacer los mejores anhelos de su insigne piedad, a pesar del esfuerzo que el peso de sus sufridos 70 años le exigía.
En una carta escrita al Dr. Plinio, el 26 de junio de 1946, terminaba diciendo:

Fui ahora, por la noche, a la novena del Sagrado Corazón de Jesús en la iglesia de Santa Cecilia y deseo volver mañana, y, si Dios me ayuda, como todos los años, iré a la Misa, comulgaré, e iré a la procesión del día 28, pasado mañana por la tarde. Seguí también parte de la de Corpus, que estuvo concurridísima, y en la plaza de la Catedral recibimos la bendición. A la vuelta, extenuada, me metí en la cama hasta el día siguiente.
Bien, queridísimo, cansada y con sueño, me despido mandándote con mis más afectuosas bendiciones, muchos besos, abrazos y saudades.
De tu mamá extremosa
Lucilia

Cuando doña Lucilia le envió esta carta, el Dr. Plinio se encontraba en São Sebastião, en el litoral paulista, para tratar de las disposiciones testamentarias de su amigo José Gustavo, fallecido poco tiempo antes.

cap12_010

En el lado izquierdo de la cama, suspendido en la pared, otro oratorio de madera abrigaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción.

Se desencadena la tormenta

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Prefasio del libro «En Defensa de la Acción Católica» del Nuncio Apostólico, Mons. Benito Aloisio Masella

El libro lanzado por el Dr. Plinio en junio de 1943 —en un gesto de holocausto que él mismo calificó de kamikaze — explotó como una bomba y dividió los campos, denunciando, a  los ojos de los que tenía buena fe, los errores diseminados en muchos ambientes del movimiento Católico. Los elementos alcanzados por la mencionada obra, no tuvieron cómo refutar la valiente denuncia del Dr. Plinio. Apelaron entonces a la calumnia, acusándole de haber incurrido en diversos errores doctrinarios sin decir cuáles y de no ser sumiso a la autoridad de los obispos. Esto a pesar de que el libro estuviese prologado por el Nuncio Apostólico, representante del Papa en Brasil y, por lo tanto, bien visto por la Santa Sede.
Como si la detracción contra el autor no bastase, esos elementos pasaron a la persecución abierta, con la intención de neutralizar cualquier acción suya. Arrancaron de sus manos los medios de apostolado, y llegaron al extremo de perjudicarle económicamente haciéndole perder los mejores clientes de su despacho de abogado, como era el caso de la Curia Metropolitana de São Paulo y de las órdenes del Carmen y de San Benito.cap10_016
El Dr. Plinio fue destituido de todos los cargos que poseía en la Archidiócesis, uno tras otro, incluso de la presidencia de la Junta Archidiocesana de la Acción Católica. Se deshicieron, así, innumerables vínculos que mantenía hasta entonces con personalidades eclesiásticas o seglares adeptas de las nuevas doctrinas. Del mismo modo, cesaron casi por completo las numerosas invitaciones para dar discursos y conferencias en reuniones católicas. En una palabra, un pesado ostracismo se abatió sobre él. Apenas le permaneció fiel el pequeño grupo de redactores del Legionário, el semanario archidiocesano del cual era director. Más tarde, las circunstancias le llevarían a renunciar también a este cargo.

“Qué contraste entre nuestra vida y la de ellas…”

Nuncio Apostólico Mons. Benito Aloisio Masella

Nuncio Apostólico Mons. Benito Aloisio Masella

En medio de esos acontecimientos, el Dr. Plinio invitó a almorzar en su casa a un sacerdote amigo suyo, el cual no sólo comulgaba de las mismas ideas sino que también apoyaba abiertamente al “Grupo del Legionário”. Después de la comida, dejaron la mesa y continuaron conversando sobre los últimos acontecimientos del caso En Defensa. Junto a una ventana, doña Lucilia le enseñaba principios de costura a su nieta Maria Alice, en aquel entonces ya adolescente. Aquella escena de intimidad familiar daba la impresión de una vida tranquila, de quien ignoraba la tempestad que se cernía.
Dirigiéndose al sacerdote, el Dr. Plinio comentó:
— Qué contraste entre nuestra vida y la de ellas, ¿no?
— Es para que ellas puedan continuar siendo así que nosotros conducimos esta lucha… respondió él.
Era la constatación de que, con la diseminación de los errores denunciados por En Defensa y las consecuentes transformaciones religiosas y sociales, aquella tranquilidad, o mejor, aquella concepción de la existencia familiar, toda impregnada de espíritu sobrenatural, corría el riesgo de desaparecer. Doña Lucilia, aunque consciente de la situación ¿tenía entera comprensión de lo que pasaba? Ya vimos en páginas anteriores cómo había  discernido, en una diminuta noticia de periódico, la difusión de estos errores en Brasil. Vimos también cómo, desde la infancia del Dr. Plinio, ella deseaba el desarrollo y la irradiación de su personalidad y entreveía que, de alguna manera, ésta alcanzaría grandes proporciones.
Sus esperanzas sobre el futuro poco común de su hijo, alimentadas por su intuición de madre, se habían realizado en parte, cuando, todavía muy joven, él se convirtió en líder de las Congregaciones Marianas y del propio Movimiento Católico. Pero, ¿y ahora?
Doña Lucilia nota el cambio en la situación de su hijo.
Tras haber seguido paso a paso la brillante ascensión de su hijo como líder católico, doña Lucilia asistía ahora afligida a la destrucción de toda la obra a la cualbél había consagrado lo mejor de su vida, y cuyo único objetivo era la victoria debla Iglesia sobre el mal.
Al lo largo de varias conversaciones con su madre, el Dr. Plinio le iba narrandoblo que sucedía, describía las vicisitudes, así como las consecuencias que de ahí resultaban para el futuro de la Iglesia. No dejaba tampoco de ponerla al par de la difícil situación financiera en la que había sido lanzado, debido a la pérdida de su mejores clientes.
Ella veía todo eso con su habitual serenidad, sin la menor manifestación de acidez o de resentimiento en relación a aquellos que desencadenaban tal persecución contra su hijo.
Con resignación cristiana, doña Lucilia midió las consecuencias de esos hechos en su situación personal. Antes era la madre de aquel que había sido el diputado más joven y más votado de Brasil, polo de pensamiento de la opinión pública católica y hasta de la no católica; de aquel idealista ante el cual se había abierto la perspectiva de brillantes victorias, hasta el triunfo final de la Iglesia sobre sus enemigos. Ahora se convertía en la madre de un hombre al cual el éxito había dado la espalda y que pasaba a vivir casi completamente aislado. Sin embargo, a doña Lucilia le quedaba un consuelo, y eso era lo más importante: ya fuera en el apogeo del prestigio, ya en medio de la persecución, su querido filhão continuaba siempre siendo el mismo.

Nada puede quebrantar a Plinio

Otro sufrimiento afligía a doña Lucilia: no poder hacer nada en favor de su hijo, a no ser cap10_007auxiliarlo por medio de la oración. No obstante, algunos hechos que de vez en cuando le llegaban a los oídos por medio de ésta o aquélla persona conocida, la llenaban de consuelo, pues, le revelaban cómo, en medio de tantas tribulaciones, nada abatía el ánimo de su hijo.
Un día, por ejemplo, el Dr. Plinio volvía en balsa de Guarujá hacia Santos, con destino a São Paulo, en compañía de su cuñado, Antonio de Castro Magalhães. A pequeña distancia de ellos estaba sentado un matrimonio, de mucho realce en la sociedad paulista de aquella época. Al reconocerlo sonrieron con amabilidad, dando muestras de querer entablar conversación con él. El Dr. Plinio conocía al marido hacía mucho tiempo, pero nunca había sido presentado a la esposa, razón por la que creyó ser más atento no tomar la iniciativa de acercarse al matrimonio para saludarlo personalmente. Juzgó su deber conservar esa actitud de reserva aún cuando la esposa le saludó también de modo amable, y por eso permaneció en el lugar en que se encontraba, conversando con su cuñado. A cierta altura, el marido no se contuvo más y, dejando a la esposa, se levantó y fue alegremente a hablar con el Dr. Plinio. La gentil actitud del eminente matrimonio dejaba ver cómo se mantenía intacto en la sociedad paulista el prestigio del intrépido batallador.
Antonio notó perfectamente lo que había de reservado en la cortesía del Dr. Plinio y, al encontrarse después con doña Lucilia, le contó ese pequeño episodio.
Cuando, de noche, ella estuvo con su hijo para la “conversación” habitual, el tema fue éste. Llena de alegría, ella entonces le contó el comentario de su yerno: “¡Nada puede quebrantar a Plinio!”

Serenidad a toda prueba

sdlEn razón de ese modo de ser, ninguna circunstancia, por peor que fuese, lograba perturbar la paz de alma de doña Lucilia. Un día, en la tranquila São Paulo de aquel entonces, una tragedia conmovió a la ciudad entera. Debido al incendio de un autobús en la Avenida Angélica, murieron entre las inclementes llamas muchos de los pasajeros. El vehículo era de la línea “Avenida”, la misma que el Dr. Plinio solía tomar para ir a su despacho de abogacía.
Cuando se entero del pavoroso accidente, el primer pensamiento de doña Lucilia fue que su hijo podía ser una de las víctimas.
Si para un corazón materno no hay nada más angustioso que la perspectiva de la muerte de un hijo, fue incalculable la aflicción que se apoderó del espíritu de doña Lucilia. Pero se acogió confiante a la protección del Sagrado Corazón de Jesús, delante de cuya imagen se puso a rezar a la espera de alguna información segura. Doña Rosée, siempre muy expedita, en seguida empezó a tratar de localizar a su hermano. Telefoneó a varios amigos para averiguar si tenían noticias más exactas y les pidió que comprobaran la identidad de las víctimas. Ahora bien, justamente ese día uno de los amigos del Dr. Plinio del “Grupo del Legionário”, José Gustavo de Souza Queiroz, estaba hospitalizado con una grave enfermedad que acabaría llevándoselo de esta vida poco tiempo después.
El Dr. Plinio había abreviado sus ocupaciones en el centro de la ciudad para hacerle una larga visita. Sin embargo, se había olvidado de dejar aviso en casa. Al final, alrededor de las ocho y media de la noche, llegó sin tener la menor idea de la situación que reinaba en el hogar. Al doblar la esquina de la calle Sergipe divisó a su sobrina Maria Alice junto al portón de la casa, andando inquieta de un lado para otro. Ella y doña Rosée salieron a su encuentro y, todavía sobresaltadas, le contaron lo ocurrido.
Calculando la angustia de doña Lucilia, el Dr. Plinio entró deprisa en la casa. La encontró afligida pero tranquila, sentada en la mecedora. La abrazó y la besó como de costumbre y le preguntó cómo se sentía después de esa atroz tribulación. Con la suavidad de siempre, doña Lucilia respondió: — Hijo mío, ¡qué alegría verte de nuevo! Estaba aprensiva, pero confiaba en que no te había pasado nada… Ahora voy a acostarme, porque la preocupación
me afectó el hígado y no me estoy sintiendo bien.
Después de un día de tanto sufrimiento no partió siquiera una queja de doña Lucilia. Con el alma en paz se fue a su cuarto, dando gracias a Dios por tener a su hijo junto a sí.