Nueva mudanza la casa de la calle Itacolomy

Dr. Plinio con Don Duarte y el grupo de El Legionario

                     Dr. Plinio con Don Duarte y un grupo de redactores de El Legionario

Doña Lucilia participó profundamente del pesar que esta sucesión de hechos habrían de causar a su hijo, pero no por eso dejó de tener esperanzas en el Sagrado Corazón de Jesús. “A fin de cuentas —pensaría ciertamente— las vías de la Providencia son inescrutables, y Dios no dejará de sacar provecho de estas pruebas”. Al menos al Dr. Plinio le quedaría más tiempo para dedicarse a la vida intelectual y al apostolado, y para estar junto a su madre, tan saudosa de su “filhão querido” cuando éste se ausentaba.
Y así fue. Asumió la cátedra de Historia de la Civilización en el Colegio Universitario de la famosa Facultad de Derecho del Largo de São Francisco, así como, más tarde, las cátedras análogas de las Facultades de Filosofía, Ciencias y Letras de São Bento y Sedes Sapientiae (posteriormente incorporadas a la Universidad Católica). De esta manera, el Dr. Plinio se entregó a fondo a los estudios históricos y a las actividades de las Congregaciones Marianas, pudiendo también dedicar más tiempo al semanario católico Legionário, del cual ya era director, y que en los años siguientes alcanzaría amplia repercusión nacional.
Sin embargo, el tiempo libre para hacer compañía a doña Lucilia se irá haciendo cada vez más escaso con el transcurso de los años, lo que ella aceptará con toda la resignación de un alma auténticamente católica.
Después de todos esos vaivenes, era necesario, por fin, cuidar de la decoración del hogar, o mudarse para una residencia mejor. Doña Rosée había encontrado una casa en buenas condiciones, próxima a la suya, y fue radiante de alegría a darle la noticia a doña Lucilia. Un poco más pequeña que la de la calle Marqués de Itú, pero mucho mejor arreglada por el propietario —persona de indiscutible buen gusto— la residencia era un verdadero encanto, decorada con unos bonitos papeles de pared y con vitrales de buena calidad, y el alquiler era apenas un poco más caro que el anterior (50 mil reis de diferencia). Por todo eso, se mudaron para allá. El nuevo hogar —en la calle Itacolomy nº 625— en el barrio de Higienópolis, mucho más digno que el anterior, agradó enormemente a doña Lucilia. Doña Rosée se encargó de la decoración, de forma que, en poco tiempo, estaba todo listo y muy adecuado al modo de ser de su madre.
Los hábitos de doña Lucilia variaban de acuerdo con la casa y con el ambiente. Entre los diversos recuerdos de su paso por aquella residencia, se cuenta que, entre las habitaciones del piso superior, había escogido una para cuarto de estar, donde todas las tardes tomaba el té con tranquilidad y distinción, servido en una bandeja preparada con esmero por una fiel empleada portuguesa.

Los desvelos de doña Lucilia por el “filhão enfermo”

Doña Lucilia, aunque no descuidase en nada las prescripciones médicas, nunca imponía un tratamiento a quien tenía edad para mandar en sí mismo. El desvelo por su hijo no disminuiría; al contrario, se extremaría a lo largo de los años, representando para él un auténtico reposo y un estimulante consuelo en medio de la lucha que conducía por la ortodoxia católica. De eso es ilustrativo el siguiente episodio:
Un día, el Dr. Plinio fue atacado por una fortísima indisposición. Doña Lucilia se dio cuenta inmediatamente, y con su matizada voz le preguntó:
doña_lucilia— Filhão, estás indispuesto, ¿no?
La pregunta, muy afectuosa pero incisiva, dejaba claro que ella había notado su estado y no era posible esconderlo. El Dr. Plinio respondió con aquella franqueza filial, contrario armónico de la suavidad materna:
— Mi bien, realmente estoy indispuesto, pero detesto medicarme. Yo no quería decir nada para evitar que usted insistiese en que tomara remedios y, lo peor de todo, que me recomendase alguna dieta. Por eso no le quiero decir no, pero sobre todo no quiero decirle sí…
La situación era bastante difícil para doña Lucilia. Quería ayudar a su hijo, pero no deseaba contrariarlo. Ella no perdió la calma y se aproximó a la cama colocándole la mano sobre su frente para ver si tenía fiebre.
En ese pequeño gesto casero ya estaba dado el primer paso para la cura, pues el frescor de sus delicadas manos transmitía una benéfica serenidad, reflejo de su paz de alma que ninguna aflicción conseguía perturbar.
Ella le dijo entonces:
— Tienes fiebre.
El Dr. Plinio ciertamente pensó: “Ahora me va a poner el termómetro, y éste va a marcar 38° o 39°. Se va a preocupar y voy a meterme en un engranaje que detesto…”
Dicho y hecho. Con sus pequeños pero ágiles pasos, ella salió del cuarto, regresando
instantes después con el fatídico instrumento. El Dr. Plinio se lo colocó para no contrariarla y, pasado el tiempo necesario, controlado minuciosamente en el reloj por doña Lucilia, se lo devolvió a su madre. En la penumbra del cuarto, ella miró con cierta dificultad la temperatura. Pero, en vez de proferir una sentencia, como hacía cuando él era niño, apenas le dijo:
— No es nada. ¿Qué quieres hacer, hijo mío?
Apartada la tortura, para alivio suyo, él respondió:
— Mi bien, quiero pasar el tiempo acostado y quieto.
Doña Lucilia, entonces, trayendo una silla de su cuarto, se sentó al lado de la cama de su hijo y tranquilamente se puso a rezar. Se quedó así algunas horas, hasta llegar la noche. En cierto momento, el Dr. Plinio le dijo:
— Mi bien, estoy con mucha hambre y usted ciertamente querrá que yo coma algo.
— Dime lo que quieres, que tu madre te lo trae — fue su pronta respuesta.
En seguida ella misma salió para preparar el plato que su hijo había pedido. Llevó la comida al cuarto, se empeñó en servírselo, y al final dijo:
— Otra vez no le escondas nada a tu madre, porque ella lo va a notar, pero no te va a imponer nada. La salud que, a ruegos de Nuestra Señora, la Providencia le había dado al Dr. Plinio, era excelente; y así, a la mañana siguiente ya estaba bien. Al levantarse fue al cuarto de doña Lucilia, que le pregunto:
— Filhão ¿cómo estás?
Y la vida de todos los días recomenzó.
Muchos años más tarde, el Dr. Plinio, al referirse a este pequeño episodio, comentó
que sólo cuando su madre le hizo el pedido de no esconderle nada notó
cómo para ella aquel pequeño mal no era una bagatela. Si la enfermedad se hubiese agravado, doña Lucilia habría cuidado de él con extremos de celo, hasta el fin. Y concluyó el Dr. Plinio “es probable que si yo muriese, ella también muriera. Una cosa es absolutamente cierta: ella preferiría morir a continuar viviendo”.

Una prueba más de confianza

Dr. Plinio homenajeando a Anchieta en la Constutuyente

                Dr. Plinio homenajeando a Anchieta, cuando era diputado  en la Constutuyente

Las rentas personales de doña Lucilia eran escasas. En cuanto a su hijo, sólo disponía de la remuneración de diputado, la cual, aunque bastase para todo, cesaría en breve, pues, una vez promulgada la nueva Constitución, el mandato llegaría a su fin.
Más que nunca, doña Lucilia confió sus necesidades y preocupaciones al manso y humilde Sagrado Corazón de Jesús, en el cual siempre había encontrado alivio y consuelo.
Como se había reabierto el Curso Anexo a la Facultad de Derecho de la Universidad de São Paulo, surgió una vacante para la cátedra de Historia de la Civilización. Entre los de la generación del Dr. Plinio, nadie más apto que él para tal cargo.
El magisterio le proporcionaría evidentes ventajas para el apostolado, pues de aquella tribuna podría transmitir a sus alumnos una visión de la Historia desde el punto de vista católico. Su profundo conocimiento de la materia y su prestigio como líder católico facilitaron la designación.
Apenas se enteró del nombramiento, doña Lucilia llamó por teléfono a su hijo para darle la buena noticia. El mismo día el Dr. Plinio escribía:
Mi querida Mãezinha
Bien puede imaginarse la gran satisfacción que me dio su llamada telefónica de hoy, no solamente por la excelente noticia de que fue portadora, sino también por la oportunidad de mitigar las saudades acumuladas desde hace tantos días. Parece que, por fin, Nuestra Señora está permitiendo que nuestra vida tome un rumbo de relativa estabilidad. Mi salario como profesor del Colegio Universitario sería suficiente para continuar dándole un conto (Un “conto” equivalía a un millón de reis, moneda de la época en Brasil, anterior al cruceiro), reservando para mí quinientos mil reis mensuales, cosa que, hace ya muchos años, no estoy habituado a gastar. Gracias le sean dadas a Ella, que, de tal manera se ha mostrado Madre mía y nuestra. ¡Y es
exactamente en el Mes de María que aparece la buena noticia! Cuento con pasar el domingo ahí, embarcando el mismo día, pues las votaciones llegaron a su período crítico. En fin, aún así parece y espero ardientemente que, hasta el fin de semana como mucho, eso estará resuelto. Después vendrá la discusión de la redacción, y el punto final que espero con tanta ansiedad.
¿Cómo está el frío allí? ¿Y usted?
Bendígame, y rece mucho a Nuestra Señora por el hijo que mucho la quiere y le pide la bendición.
Plinio

Estas breves líneas fueron portadoras de dos alegrías: una era el anuncio de que el Dr. Plinio pasaría el domingo en São Paulo; otra era la perspectiva del próximo fin de los trabajos de la Constituyente y de su regreso definitivo, lo que producía a doña Lucilia un júbilo mayor que todos los sinsabores por los que atravesaba.
Era imposible que pasara desapercibido el especial afecto recíproco entre doña Lucilia y su hijo, que trasluce en esta como en tantas otras cartas. A pesar de que el espíritu de Hollywood había invadido ampliamente la sociedad, diseminando poco a poco una mentalidad egoísta y pragmática, no faltaría quien se en cantase al comprobar los océanos de ternura y bienquerencia que desbordaban de esa convivencia entre madre e hijo. Un pequeño episodio, que tiene además su lado pintoresco, nos puede dar una idea de ello.

Un amargo cáliz bebido con resignación

doña_lucilia

                                                   Palacete Robeiro dos Santos

Gracias a un brillante e ingente esfuerzo, don Antonio había acumulado a lo largo de su existencia un considerable peculio. Pero en los últimos años de vida de doña Gabriela, algunos reveses financieros perjudicaron a fondo la fortuna de la familia.
Ya antes don João Paulo había sufrido algunos fracasos que lo habían obligado a vender una fábrica de cuchillos donde había invertido casi la totalidad de su capital. A causa de esto, intentó recuperar sus finanzas con el ejercicio de la abogacía en la entonces distante ciudad de São José do Río Preto, en el interior de São Paulo.
En la misma época se incendió un edificio, propiedad de doña Lucilia. El accidente ocurrió al día siguiente del vencimiento del seguro, que no había sido renovado por quien estaba encargado de hacerlo, perdiendo ella así un patrimonio que le habría asegurado una razonable estabilidad en cualquier circunstancia.
Ante tantos infortunios, doña Lucilia se mantuvo enteramente tranquila. Conservando siempre el dominio de sí, no salía de sus labios la más mínima expresión de inconformidad o desaliento. Nada era suficiente para destruir su indefectible confianza en la Providencia, con cuyos designios ella se conformaba con docilidad.
Con la muerte de doña Gabriela se hacía necesario dividir la herencia entre los hijos, viéndose ellos en la necesidad de vender el palacete Ribeiro dos Santos.
El verse obligada a dejar aquella residencia impregnada de tantos y tan entrañables recuerdos, fue para doña Lucilia otro duro golpe soportado con resignación cristiana. A aquellas paredes estaba ligada la historia de la familia, y abandonarlas representaba un sufrimiento mayor que la difícil situación económica por la cual aún tendría que pasar. Sin una queja o lamentación, bebió con pequeños tragos el amargo cáliz: hacer el inventario, ir despidiendo poco a poco a los criados, que tan fiel y dedicadamente habían servido a la familia a lo largo de los años, y dividir con los hermanos el mobiliario…
Ciertamente, antes de desmantelar la casa, doña Lucilia recorrió una vez más las diversas salas y salones, recordando —casi se diría meditando— tantos y tantos hechos, ya jubilosos, ya trágicos, allí ocurridos desde el momento en que, aún joven, había transpuesto por primera vez sus umbrales. Era un capítulo de su vida que concluía dolorosamente.
Para ella, este período de pruebas estaba lejos de terminar. En ese año de 1934, el Dr. Plinio, todavía metido en los trabajos y luchas de la Constituyente, se mudó con su madre para una nueva residencia, situada casi al final de la calle Marqués de Itú, en el barrio de Higienópolis. Llevaron consigo los muebles que les habían tocado en herencia. Pero… ¡qué diferencia en relación al vetusto y acogedor palacete!

Fallecimiento de Doña Gabriela

Cuadro de Doña Gabriela

Cuadro de Doña Gabriela

A finales de 1933, el estado de doña Gabriela se agravó de forma preocupante.
No tardaría en extinguirse la luz de esa venerable dama, cuya presencia había comunicado tanto brillo a la sociedad paulista. Doña Lucilia no sería ella misma si no envolviese con su filial cariño y con su dedicación incansable a la madre a quien tanto amaba. En el palacete Ribeiro dos Santos, el cuarto de doña Lucilia quedaba a una buena distancia del aposento de doña Gabriela. Esta última tenía un ama de llaves muy buena y dedicada, que dormía en una dependencia contigua para servirla cuando la necesitase.
Doña Lucilia, no obstante, llevada por su solicitud, mandó instalar un timbre eléctrico en su propio cuarto, que podía ser accionado desde la cabecera de la cama de doña Gabriela. De esta manera, si hubiese alguna emergencia, podría atenderla con celeridad, procurando suplir con su presencia cualquier dificultad que el ama de llaves no supiese resolver. Sin embargo, ni el más profundo amor filial es capaz de impedir lo inevitable… El 6 de enero de 1934 falleció la gran dama.
Doña Lucilia, a pesar del dolor que le invadía el alma, pues la muerte de su madre la había afectado profundamente, no dejó de cumplir la penosa tarea de recibir, al lado de sus hermanos y de otros familiares más próximos, las manifestaciones de pesar de las personas amigas, hasta el momento en que las fuerzas le faltaron y se vio obligada a recogerse en sus aposentos.
Acostada en la cama, con la fisonomía envuelta en un velo de tristeza, se entregó a la oración, a fin de encontrar un consuelo espiritual en el Sagrado Corazón de Jesús y alcanzar de Él el eterno descanso de su tan querida madre. Fue así como, algunos instantes después, la encontró su hijo, cuando se dio cuenta de su ausencia en el salón.
Viendo su abatimiento intentó consolarla con palabras de afecto y dulzura, como sólo él sabía decir a su madre. Sin embargo, en medio de todas aquellas adversidades, doña Lucilia mantuvo continuamente una actitud de entera serenidad y compostura, sin permitir que la emoción, por mayor que fuese, le quitase el dominio de los sentimientos.
La Providencia le reservaba otros sufrimientos, que la acrisolarían aún más poniendo a prueba su confianza en Dios.