El Sagrado Corazón de Jesús “será tu salvaguardia y protector”

Pocos días después, aún desde Cambará, doña Lucilia escribe otra misiva a su hijo, tras una fuerte crisis del hígado durante la cual doña Rosée la trató con desvelo. Plinio, además de estar estudiando en la Facultad de Derecho, había comenzado a hacer la “línea de tiro”, el servicio militar. Doña Lucilia manifiesta con afecto el deseo de verlo de uniforme, le pregunta por sus estudios y su salud, pero no toca el asunto que tanto le preocupaba en la carta anterior. Había colocado sus aflicciones a los pies del Sagrado Corazón de Jesús, confiando en que Él no dejaría de proteger al “hijo querido de su corazón”.

Cambará, 23-5-929

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

¡Hijo querido!
Con tantas saudades de ti, tan deseosa de una conversación contigo, y sin embargo hace días que no te escribo, porque tuve una recaída fuerte de hígado que me retuvo algunos días en la cama, donde fui tratada por tu hermanita ¡con un cariño y dedicación que me hicieron bien al corazón! Estoy aún con el hígado muy inflamado y me siento abatida, incluso a consecuencia de la larga y fuerte dieta que tengo.

24-5-929
Interrumpí ayer ésta, porque Rosée tuvo tres visitas hasta la noche, y, una cosa extraordinaria que tengo que contarte, fui ayer al circo que está cerca de casa, en donde
asistí a medio espectáculo, y fui y volví en automóvil muy despacio, y allá di unas buenas carcajadas. Hoy estoy mucho mejor, pero ¡aún con miedo del regreso!
¡La Sorocabana (La compañía de trenes) salta y corcovea tanto que da la impresión de que “sin querer”, se está domando un caballo bravo!
Te envié una larga carta certificada, en respuesta a aquella en la que me hablabas de la cena en el Club Comercial y, por lo que veo, no la recibiste, lo cual me disgustó mucho. ¿En qué quedó esta última propuesta de venta del empleo? Estoy ansiosa por verte uniformado… y “entusiasmado” por las marchas y contramarchas.
¿Has estudiado mucho? Hace cuatro días que no recibo cartas de ahí, ¿será posible que estés de nuevo con alguna gripe en la garganta? ¡Dios no lo permita! Quiero encontrarte muy fuerte, y guapetón. ¡Me agradó mucho, inmensamente, saber que, cuando tienes saudades de mí, rezas delante de mi oratorio! ¡Yo también rezo tanto por ti, y el Sagrado Corazón de Jesús, nuestro amor, será tu salvaguarda y protector!,
hijo querido de mi corazón. Espero ir con Toni el lunes, pero preferiría que él quisiese ir el miércoles, para que mi hígado se acomode un poco más antes de embarcar de nuevo. Mándanos con urgencia noticias de Gabriel. (…) ¿Cómo está tu abuela?
Le escribí hace tres días a ella y a Zilí, que me respondió.
Dale de mi parte un buen abrazo a nuestra Frau, y dile que vuelvo con Popadinchen.
Un abrazo a tu abuela.
Recibe con mi bendición, muchos y muchos besos de tu mamá muy “saudosa” y extremosa,
Lucilia

Consejo Singular

Poco tiempo después de la entrada de Plinio en el Movimiento Católico, los dirigentes de cap8_008las Congregaciones Marianas no tardaron en notar en él excelentes cualidades de oratoria. Comenzaron a invitarle con cierta frecuencia a hacer discursos y conferencias, y se divulgó rápidamente por todas partes su fama de buen orador.
Naturalmente, Plinio llevaba a doña Lucilia a algunas de esas solemnidades, y ella debe haber experimentado las alegrías de las madres que ven a sus hijos hablar en público. Sin embargo, aunque le gustase oírlo dar discursos, nunca le elogiaba, porque tenía horror de que cediese a la tentación de vanidad o de orgullo. Y, por eso, no dejó de darle repetidas veces un singular consejo:
— Filhão —le decía cuando Plinio la cogía del brazo al regresar a casa— por poco que hables, tus palabras nunca serán suficientemente breves. Cuando pienses que es hora de terminar, ya habrá un buen número de personas en la sala preguntándose cuándo vas a acabar el discurso. Cuanto menos hables, más agradarás.
El hijo, siempre amante de los consejos de su madre, lo guardó para sí; y de ahí en adelante nunca más se olvidaría de esa sabia recomendación al hacer uso de la palabra en público.

De la tentación, “tratar de huir y a leguas, agarrándose a un crucifijo”

doña_luciliaPoco después del ingreso de Plinio en las filas del Movimiento Mariano, las actividades apostólicas empezaron a tomarle todo el tiempo disponible.
Doña Rosée iba con su marido y su hija a pasar largas temporadas en la finca de Cambará, y algunas veces doña Lucilia los acompañó. Famosa por su fecunda tierra roja, aquella región estaba en franco desarrollo. Aunque los tupidos matorrales exigiesen denuedo y tenacidad por parte de los exploradores que por allá se aventuraban, los riesgos eran recompensados en seguida por la generosidad del suelo, que pródigamente colmaba de frutos a aquellos que lo herían con el hierro del arado.
Consciente de las dificultades que siempre acarrea el comienzo de la explotación de una hacienda, doña Lucilia estimulaba al matrimonio en sus meritorios esfuerzos y, sobre todo, les animaba a confiar en la protección divina que provee y asiste en todo.
Sin embargo, si su dedicación maternal la movía a acompañar a su hija a tan inhóspito lugar, la mitad de su corazón se quedaba en São Paulo, donde había dejado a su hijo entregado a las batallas de la vida: estudios universitarios, empleo, servicio militar y, además, a la presión ejercida por el ambiente para hacerlo entrar en la farándula de la llamada “modernidad”, hoy tan pasada de moda.
Sin embargo, en aquellos lejanos años, el brillo fatuo de esa “modernidad” ofuscaba de tal modo a los hombres, que éstos no veían el abismo en el cual acabarían precipitándose.
El demonio, para tentar más fácilmente a la humanidad, hacía relucir de manera especial todo lo que representase una ruptura con la Civilización Cristiana, creando así la ilusión de que el progreso sería fruto del abandono de la Fe. No romper con los Mandamientos equivalía a perder irremediablemente el tren del futuro… Así, el error y el mal se presentaban con extrema jactancia. Doña Lucilia era para sus hijos una estrella que brillaba durante la noche, indicándoles el camino recto y cierto, conduciéndolos a puerto seguro. Con su presencia, la insidiosa acción del espíritu de las tinieblas disminuía de intensidad.
Por su modo de ser, les recordaba continuamente que la felicidad no está en la agitación y en la búsqueda desenfrenada de las riquezas y del placer, sino en el sereno gozo de la paz de conciencia, que solamente puede dar el cumplimiento de la Divina Ley.

Una carta, escrita desde Cambará, deja entrever el recelo de que sus ausencias debilitasen la vigilancia y la resistencia de su hijo, estimulándolo a no ceder a la atracción de los fulgores engañosos de Satanás, denominado por ella “Mefistófeles”.

5011_M_fa921190a

¡hay que tratar de huir y a leguas, agarrándose a un Crucifijo!

Cambará, 16-5-929
¡Hijo querido!
La carta que me enviaste ayer me dejó muy aprensiva, como bien puedes imaginarte, pues aunque tenga gran confianza en tus sentimientos y en tu fe, tentación siempre es tentación, y por eso es necesario que te acuerdes que todos sabemos y conocemos quién es Mefistófeles y, por lo tanto, ¡hay que tratar de huir y a leguas, agarrándose a un Crucifijo! Y lo más interesante es que, para “obrar”, se aprovecha de mi ausencia… ¡le gusta la sombra! Dile (se refirer a  una persona con la que estaba Plinio)  que estás en una época muy especial de tu vida, de la cual puede depender tu futuro, y en la cual necesitas usar toda tu energía para aguantar el ejercicio militar que, dada tu aversión al ejercicio en general, y la consiguiente falta de hábito, te cansará mucho, además de las cuatro asignaturas por preparar, y también tu empleo, y que por lo tanto, le pides que postergue esas invitaciones para más tarde, y que, entre nosotros, ¡¡¡“Dios permita en su infinita misericordia” que queden para las “calendas griegas”!!! Aún no recibí carta de Mamá, de quien estoy con muchas saudades. Tu padre se fue de aquí, ¡lamentando no poder quedarse más! Siento inmensamente que no puedas pasar aquí unos días con nosotros… principalmente por la noche, siento una falta enorme de mi filhão querido. ¿Has ido a los ejercicios militares y a las clases de Derecho? Y la venta del empleo, ¿no dio buen resultado? Y Nova, ¿está más civilizado? ¡Y Frau Ida!… ¿aún llora por la falta de Popadinchen, o ya se consoló con Herr Plinio? Con mucho dolor de corazón ya decidí que la pequeña se debe quedar, en vista de que está aprovechando bien el cambio de clima, ya está más gordita y más coloradita.
Bien, “queridão”, pasados los quince días iré con la primera buena compañía que vaya hacia allá.
Besos a la abuela, abrazos a los de la familia. Con mi bendición te beso y te abrazo mucho y mucho. De tu mamá extremosa,
Lucilia

Deber de gratitud

cap8_017A partir de 1928, Plinio se entregó por completo a las actividades del Movimiento Católico. En 1929 fundó la Acción Universitaria Católica, AUC, que reunía a estudiantes católicos de diversas escuelas superiores.
Doña Lucilia aceptó, en esa ocasión, el sacrificio de algo extremamente precioso: una buena parte de la inefable convivencia con su hijo. En los años siguientes, con el desarrollo de su actuación, ese alejamiento no haría sino aumentar. A pesar de ello, por un interesante intercambio de cartas entre madre e hijo, en julio de 1930, se puede entrever cómo la inevitable disminución de los encuentros entre ambos solo contribuyó para el crecimiento de la mutua bienquerencia. En ese mes, Plinio viajó con Mons. Pedrosa(Párroco de la iglesia de Santa Cecilia, el mismo que dio a Rosée y a Plinio el curso preparatorio de Catecismo para la Primera Comunión.), en automóvil, para Río de Janeiro, a fin de establecer contacto con líderes católicos de la capital federal. De allá le escribió dos afectuosas cartas a doña Lucilia, la primera de las cuales, fechada el día 15, narra todas las peripecias del trayecto. De paso por el Santuario de Nuestra Señora Aparecida (Patrona de Brasil), rezó por su madre, encendió una vela por doña Gabriela cuya salud exigía cuidados especiales debido a su avanzada edad y otra por el resto de los familiares. Además de contarle todas las visitas que hizo a parientes y conocidos, elogia el espléndido tratamiento que le dispensaba Mons. Pedrosa.
Y lamenta sólo una cosa: la ausencia de su “queridísima mãezinha”, pues dice él “a todos los numerosos placeres que Dios me ha dispensado en este viaje, se añade constantemente el disgusto de no gozar de su compañía para apreciarlos mejor”. Y más adelante vuelve a afirmar: “Como ya le dije, la única cosa que empaña mi alegría es la saudade de mi mãezinha. Por lo demás, mi alegría es completa. Esto es una delicia”.
Doña Lucilia debe haber estado preocupada mientras no tuvo noticias de su hijo pues, según el concepto antiguo, un viaje era siempre peligroso, lleno de sorpresas. Apenas recibió la esperada carta, la respondió. Desde las primeras líneas salen a relucir los sentimientos de gratitud que caracterizan a las almas nobles.

Plinio con Monseñor Pedrosa

                       Plinio con Monseñor Pedrosa al centro

São Paulo, 17-7-930
¡Hijo querido de mi corazón!
¡Con qué placer, con qué satisfacción, leí y releí tu carta tan ansiosamente esperada! Llena de reconocimiento, ya he dado gracias a Dios en una oración por las buenas noticias de que es portadora. Realmente, no sé cómo agradecerle a nuestro buen Monseñor todo el cariño y desvelo que te ha dispensado, y espero en Dios, hijo mío, que sabremos demostrarle que le somos gratos por todo lo que ha hecho por nosotros. Mira a ver si puedes serle de alguna utilidad, y no pierdas las ocasiones de mostrarte agradecido y afectuoso con él. Te agradezco inmensamente las oraciones hechas en mi intención en el Santuario de Ntra. Sra. Aparecida, y espero que hayas alcanzado por Su intermedio muchas gracias y bendiciones. He sentido una falta enorme de ti, querido, pero aún así, me alegro de que hayas podido hacer este paseo, y de que estés apreciando debidamente este bello Río, y siento de verdad que no te puedas quedar unos dos días más.
Hemos tenido mucha lluvia, y un frío intenso, y sé que allí también la temperatura cayó y ha llovido, y siento que no conserves una impresión del Río “verde y azul” como se muestra cuando está el tiempo bueno.
¿Viste a tu tía Sinhá (María Eugenia da Cunha Rego Barros, hija del Barón de Goiana y esposa del Consejero
João Alfredo), al Padre Luiz (El Canónigo D. Luiz Cavalcanti, primo de don João Paulo. Ejercía su ministerio en
Río) y a Mary (Hija de Dª Julieta Falcão Sampaio Vianna)?
Te estoy preguntando tantas cosas que, espero en Dios, podré tener el placer de saberlas de viva voz pasado mañana; ¿no es exacto? Como siempre, he rezado mucho por ti, pero de todas maneras, te recomiendo una vez más, mucho juicio, mi “pinbinsh”.
Saluda mucho de mi parte a Monseñor Pedrosa y a su hermano.
Recuerdos de todos en casa.
Con mis bendiciones, te envío echándote de menos, muchos besos y abrazos. De tu mamá extremosa,
Lucilia
Nota: Para tu buen y feliz gobierno, guarda bien los consejos y observaciones de tu buen padrino.

El mismo día 17, Plinio echaba al correo una segunda carta para su madre, contándole otras impresiones sobre Río de Janeiro:
Queridísima Mãezinha
[Pasé] un día lleno de las más agradables impresiones.
Fui por la mañana a la Biblioteca Nacional, donde pude ver una organización admirable, y un conjunto de libros antiguos, verdaderamente imponentes. Admiré, entre otras preciosidades bibliográficas, la primera edición de Os Lusíadas y una Biblia de 1480 ó 90 más o menos.
Después de un excelente almuerzo en el Heyme, fui a la Gruta da Imprensa en coche. Es la cosa más bella que haya visto, en materia de panoramas. Fui, después, a una larga, larguísima pero agradabilísima reunión de católicos ilustres. Cené espléndidamente y fui a visitar al primo P. Luis. Lo encontré muy bien, pero envejecido. Me agradó mucho, etc.
Hice, después, un giro por la Av. Central y estoy de vuelta ahora, las doce más o menos, después de un helado de damasco en una confitería con sillas en la calle.
¿Cómo está mi mãezinha, de quién estoy tan saudoso?
Recuerdos a todos y 1000000000000000000000000 de besos de su hijo que, con el más cariñoso respeto, le pide la bendición
Pigeon (pichón en francés).

Consejo singular

Concentración de los participantes del Congreso en la Plaza de la Catedral

Concentración de los participantes del Congreso del Movimiento Católico en la Plaza de la Catedral

Poco tiempo después de la entrada de Plinio en el Movimiento Católico, los dirigentes de las Congregaciones Marianas no tardaron en notar en él excelentes cualidades de oratoria. Comenzaron a invitarle con cierta frecuencia a hacer discursos y conferencias, y se divulgó rápidamente por todas partes su fama de buen orador.
Naturalmente, Plinio llevaba a doña Lucilia a algunas de esas solemnidades, y ella debe haber experimentado las alegrías de las madres que ven a sus hijos hablar en público. Sin embargo, aunque le gustase oírlo dar discursos, nunca le elogiaba, porque tenía horror de que cediese a la tentación de vanidad o de orgullo. Y, por eso, no dejó de darle repetidas veces un singular consejo:
— Filhão —le decía cuando Plinio la cogía del brazo al regresar a casa— por poco que hables, tus palabras nunca serán suficientemente breves. Cuando pienses que es hora de terminar, ya habrá un buen número de personas en la sala preguntándose cuándo vas a acabar el discurso. Cuanto menos hables, más agradarás. El hijo, siempre amante de los consejos de su madre, lo guardó para sí; y de ahí en adelante nunca más se olvidaría de esa sabia recomendación al hacer uso de la palabra en público.

De la tentación, “tratar de huir y a leguas, agarrándose a un crucifijo”

Poco después del ingreso de Plinio en las filas del Movimiento Mariano, las actividades apostólicas empezaron a tomarle todo el tiempo disponible. Doña Rosée iba con su marido y su hija a pasar largas temporadas en la finca de Cambará, y algunas veces doña Lucilia los acompañó.

plinio_uniforme

Plinio en el servicio militar, el primero de la segunda fila, de izquierda a derecha

Famosa por su fecunda tierra roja, aquella región estaba en franco desarrollo. Aunque los tupidos matorrales exigiesen denuedo y tenacidad por parte de los exploradores que por allá se aventuraban, los riesgos eran recompensados en seguida por la generosidad del suelo, que pródigamente colmaba de frutos a aquellos que lo herían con el hierro del arado. Consciente de las dificultades que siempre acarrea el comienzo de la explotación de una hacienda, doña Lucilia estimulaba al matrimonio en sus meritorios esfuerzos y, sobre todo, les animaba a confiar en la protección divina que provee y asiste en todo.
Sin embargo, si su dedicación maternal la movía a acompañar a su hija a tan inhóspito lugar, la mitad de su corazón se quedaba en São Paulo, donde había dejado a su hijo entregado a las batallas de la vida: estudios universitarios, empleo, servicio militar y, además, a la presión ejercida por el ambiente para hacerlo entrar en la farándula de la llamada “modernidad”, hoy tan pasada de moda. Sin embargo, en aquellos lejanos años, el brillo fatuo de esa “modernidad” ofuscaba de tal modo a los hombres, que éstos no veían el abismo en el cual acabarían precipitándose. El demonio, para tentar más fácilmente a la humanidad, hacía relucir de manera especial todo lo que representase una ruptura con la Civilización Cristiana, creando así la ilusión de que el progreso sería fruto del abandono de la Fe. No romper con los Mandamientos equivalía a perder irremediablemente el tren del futuro… Así, el error y el mal se presentaban con extrema jactancia.
Doña Lucilia era para sus hijos una estrella que brillaba durante la noche, indicándoles el camino recto y cierto, conduciéndolos a puerto seguro. Con su presencia, la insidiosa acción del espíritu de las tinieblas disminuía de intensidad. Por su modo de ser, les recordaba continuamente que la felicidad no está en la agitación y en la búsqueda desenfrenada de las riquezas y del placer, sino en el sereno gozo de la paz de conciencia, que solamente puede dar el cumplimiento de la Divina Ley.
Una carta, escrita desde Cambará, deja entrever el recelo de que sus ausencias debilitasen la vigilancia y la resistencia de su hijo, estimulándolo a no ceder a la atracción de los fulgores engañosos de Satanás, denominado por ella “Mefistófeles”.

Cambará, 16-5-929
plinio¡Hijo querido!
La carta que me enviaste ayer me dejó muy aprensiva, como bien puedes imaginarte, pues aunque tenga gran confianza en tus sentimientos y en tu fe, tentación siempre es tentación, y por eso es necesario que te acuerdes que todos sabemos y conocemos quién es Mefistófeles y, por lo tanto, ¡hay que tratar de huir y a leguas, agarrándose a un Crucifijo! Y lo más interesante es que, para “obrar”, se aprovecha de mi ausencia… ¡le gusta la sombra! Dile 8 que estás en una época muy especial de tu vida, de la cual puede depender tu futuro, y en la cual necesitas usar toda tu energía para aguantar el ejercicio militar que, dada tu aversión al ejercicio en general, y la consiguiente falta de hábito, te cansará mucho, además de las cuatro asignaturas por preparar, y también tu empleo, y que por lo tanto, le pides que postergue esas invitaciones para más tarde, y que, entre nosotros, ¡¡¡“Dios permita en su infinita misericordia” que queden para las “calendas griegas”!!!
Aún no recibí carta de Mamá, de quien estoy con muchas saudades. Tu padre se fue de aquí, ¡lamentando no poder quedarse más! Siento inmensamente que no puedas pasar aquí unos días con nosotros… principalmente por la noche, siento una falta enorme de mi filhão querido. ¿Has ido a los ejercicios militares y a las clases de Derecho? Y la venta del empleo, ¿no dio buen resultado? Y Nova, ¿está más civilizado? ¡Y Frau Ida!… ¿aún llora por la falta de Popadinchen (Se refiere a su nieta, Maria Alice), o ya se consoló con Herr Plinio? Con mucho dolor de corazón ya decidí que la pequeña se debe quedar, en vista de que está aprovechando bien el cambio de clima, ya está más gordita y más coloradita. Bien, “queridão” (En portugués, aumentativo de “querido”), pasados los quince días iré con la primera buena compañía que vaya hacia allá.
Besos a la abuela, abrazos a los de la familia. Con mi bendición te beso y te abrazo mucho y mucho. De tu mamá extremosa,
Lucilia