Libro de Doña Lucilia

El libro ‘Doña Lucilia’ representa una colaboración internacional entre la Libreria Editrice Vaticana y los Heraldos del Evangelio, publicado en cuatro idiomas. 

 

Doña Lucilia

8154xQ-jMkL._SY425_Tenemos la alegría de informales que ya está disponible en Amazon, versión español, el libro “Doña Lucilia” de autoría de Mons. Joao Clá S. Dias, EP. Esta obra, la más exhaustiva sobre la vida de Doña Lucilia Ribeiro dos Santos Corrêa de Oliveira, se erige como un paradigma de las virtudes cristianas en el ámbito de la maternidad y la vida familiar. La edición en español invita a los lectores a explorar la cultura, educación y elevadas virtudes de esta distinguida dama brasileña.

Según el prefacio del renombrado P. Antonio Royo Marín, OP, «este libro se trata de una auténtica y completísima Vida de Doña Lucilia, que puede parangonarse con las mejores «Vidas de Santos» aparecidas hasta hoy en el mundo entero.

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Un paseo por las tiendas de juguetes

Al visitar las tiendas de juguetes con ocasión de la Navidad, sin distinguir con claridad desde el primer instante, dos tendencias se le presentaban al niño Plinio: una, la de gozar la vida; otra, la de cargar la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Con el paso del tiempo, los hechos se impusieron, comenzó a batallar y pasó a desarrollar una lucha raciocinada contra la Revolución.

En las proximidades de la Navidad, Doña Lucilia nos llevaba a mi hermana y a mí, junto con la Fräulein (1) Matilde, a merendar en la Casa Mappin (2).

Un misterio de la Navidad…
plinio_pequeñoEra un té en el sistema inglés, con tortas, helado –a los niños les gusta el helado superlativamente– y sándwiches con jamón importado. También había una cosa bastante simple que me gusta mucho y era preparada con esmero en el Mappin: pan tosta do con mantequilla, hecho de tal manera que el pan todavía estaba suave, la mantequilla se derritiese toda y penetrase en él, dando un sabor especial al conjunto; y música tocando.
Nosotros nos sentábamos, generalmente, en un lugar desde donde podíamos contemplar la vista al fondo, con las ventanas grandes abiertas, por las cuales entraba un viento fuerte. ¡Y yo era un entusiasta de los ventarrones! Días después de ese té, dábamos una vuelta por las tiendas de juguetes, para que mi hermana y yo escogiésemos los regalos. Ya estábamos grandecitos, sabíamos que no existía Papá Noel. Entonces escogíamos nuestros regalos, pero a pesar de todo, no sé por qué no nos eran dados en ese momento. Doña Lucilia mandaba a comprar los regalos y quedaba acordado que serían entregados en nuestra casa. Hacía parte de los misterios de la Navidad.
Es posible que mi madre los llevase, sin que yo me diera cuenta. Toda la vida fui muy distraído, sobre todo con las personas en quien confío. ¡Y con ella yo tenía océanos de confianza!

Desarrollo de una veta militarista

4ad73155-fe30-4183-b3c6-2d57720b9490Entre las tiendas de juguetes, había una de alemanes llamada “Casa Fuchs” –Fuchs es una palabra alemana que quiere decir zorro–, donde exponían regalos que me dejaban entusiasmado. Como ya iba desarrollándose mucho en mí una veta militarista, los soldaditos de plomo me encantaban.
Pero ellos tenían también cajas con ciertos materiales para “construir casas”. Creo que eran juguetes norteamericanos. Se trataba de una masa con varios colores, con la cual un niño podía imaginar y construir una casa. El olor de esa masa y de las ramas de los pinos, con las cuales los de Fuchs adornaban por dentro la
tienda, me quedaron como dos aromas característicos de Navidad. Esas cosas despertaron en mí un deseo desmedido de gozo de la vida, de llevar una existencia placentera, con dinero, haciendo lo que yo quería, sin ningún sacrificio, sin pecado, pero deliciosa en todo. Y como justamente no entraba allí ningún consentimiento en el pecado, yo creía que todo eso era muy bueno y podía entregarme a aquellos placeres como quisiese. De donde resultaba un deseo de vida lujosa, pero no de un lujo cualquiera; ¡el lujo de un Gran Duque! Bien entendido, en mis proyectos entraban viajes a Europa. Tenía también la idea de viajar a Estados Unidos, pero debo confesar que la Estatua de la Libertad me causaba un horror poco descriptible. Además, yo me hacía una idea de Estados Unidos en cuanto nación protestante, no tenía noción de la existencia de tantos católicos ya en aquel tiempo, por causa de la inmigración  italiana, irlandesa y otra serie de factores.
Ahora bien, cerca de mi casa había una iglesia protestante, y yo soñaba con dar un tiro de cañón y derrumbar la torre de aquel templo herético. Se puede imaginar que nada de eso aumentaba en mí el deseo de ir a Estados Unidos. Excepto dos cosas que siempre me fascinaron: las Cataratas del Niágara y los Grandes Lagos. El resto, mucho menos. ¡De los rascacielos yo sentía una fobia que no hay palabras!

Delante de dos caminos

Así, yo veía abrirse delante de mí dos caminos diferentes, fuera del pecado: uno, el de gozar la vida; otro, cargando la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, sufriendo persecución, siendo detestado, odiado, ignorado, puesto de lado por los otros. Esas dos tendencias no llegué a distinguirlas enseguida. Sin embargo, los hechos se impusieron para mí, porque comenzó la batalla dentro del colegio. Entonces, pasé a desarrollar una lucha raciocinada, política, en aquel ambiente, para disputar un lugar al sol, que el silencio bellaco y el abandono me negaban. Se inició, por lo tanto, una táctica propiamente de un político, con habilidades mayores o menores –no me tengo en cuenta de gran político–, para solo voltear patas arriba la política que se hacía contra mí. Entraba hasta un tanto de guerra psicológica, la cual yo ni siquiera sabía que existía, pero que, palpando, iba percibiendo: tal cosa se hace así, tal otra de esa forma, etc. Entonces, alteré en parte la situación. Pero en esa ocasión tenía contra mí a toda la Revolución y ya había formado el ideal de la Contra-Revolución. ¡Le torcí el cuello a la bruja, no pensé en la vida de Gran Duque, y tomé la cruz de Nuestro Señor Jesucristo!

(Extraído de conferencia del 5/6/1991)

1) En alemán: señorita. Gobernanta del Dr. Plinio.
2) Situada en el centro antiguo de São Paulo

 

Amor abarcador y acogedor

La bondad era la virtud que representaba el pináculo del alma de Doña Lucilia. Sin embargo, no era una bondad filantrópica, sino sacral, donde primaba el amor
a la jerarquía y a todo lo divino. Eso no disminuía en nada ni debilitaba en ella el amor por lo pequeño, lo débil y flaco, por todo cuanto merecía protección.

Teóricamente hablando, el orden del universo es una cosa y la jerarquía es otra. La primera es la disposición bella, sabia y santa con la cual Dios puso todas las cosas en el Universo. La segunda es la graduación de esa disposición.

Sin embargo, Santo Tomás nos enseña que no sería posible la existencia del uno sin el otro, pues el orden del universo es jerárquico, de manera que quien ama el orden del universo ama la jerarquía y viceversa. Doña Lucilia favorecía a ambos simultáneamente. Y sin hacer una distinción muy clara, más implícita que explícitamente tenía un modo de alabar o elogiar ciertas cosas, donde se percibía al mismo tiempo el amor al orden del universo y a la jerarquía, que iban entrelazados. De manera que yo puedo sacar la siguiente conclusión: Doña Lucilia me enseñó a amar todo eso, amando en cada cosa a todas las otras.

Amor, dulzura y cariño que acoge a los pequeños

3p197bGeneralmente, cuando mi madre tenía oportunidad de estar delante de un pajarito bonito, ya sea suelto, sea en una jaula, con mucho agrado se detenía en su análisis. Y bien entendido, si notase que faltaba alpiste en la jaula, enseguida mandaba a comprar en algún almacén cercano y a poner el alimento para que el ave comiese hasta hartarse; además, mandaba a renovar el agua, a limpiar la jaula, podía incluso enternecerse en la consideración del pajarito. En ese gesto, por ejemplo, se notaba que su amor por todo cuanto era pequeño, débil y flaco, todo cuanto merecía protección, estaba contenido en el amor materno manifestado a sus hijos. Por lo tanto, a priori y a fortiori, estaban sus hijos.
Para tener una idea de eso, imaginemos una sala con muchos espejos paralelos que se reflejan los unos en los otros, una especie de ping-pong de luces de dentro de un espejo a otro, y de este para el primero, y los juegos de luz que mudan, por la inflexión de la sala. Así era el amor de ella a varios títulos. 
La impresión que me daba cuando me acercaba a Doña Lucilia, era la de que emanaba de ella cierta dulzura a la manera de un círculo, un halo que la envolvía toda, y se expresaba en un cariño y en una sonrisa invisible llena de acogida, de protección y de alegría, por el hecho de aquella persona ser de esa forma.
Dice el Evangelio que, cuando Nuestro Señor encontró al joven rico (cf. Mt 19, 16-30), habiéndolo visto, lo amó. Ese querer bien venía, por lo tanto, en su primer movimiento, de la mirada. Él miró, vio y lo quiso bien. Y eso para mostrar cómo es, por así decir, el mecanismo de formación de la amistad, del afecto, del respeto. En mi madre, la alegría por tener un hijo bueno se manifestaba por esa acogida, por esa mirada.

¡En ella puedo confiar sin límites!

cropped-capv001.jpgAhora bien, al lado de esa dulzura surgía mucha seguridad de su sinceridad. Pero era una certeza tal, que si alguien dijese: “¡Oh, qué sinceridad!”, yo quedaría chocado, porque estaría diciendo una cosa evidente. Lo obvio no se dice. Así era su sinceridad.
Otra cosa relevante era su estabilidad. Delante de las incomprensiones más rotundas, su modo de ser no mudó hasta morir, fue siempre el mismo. Y eso llevaba a la persona que se acercaba a ella a entregarse y a la quietud: “En ella puedo confiar sin límites. Ella no se va a complicar conmigo por causa de un capricho, de una manía, de un interés grande o pequeño, mezquino o hasta generoso, a no ser que yo haga el mal.” Todo eso traía una especie de estabilidad que, mezclada con la dulzura, con el cariño, con la capacidad de atracción, tenía una belleza imponderable que yo no sabía en qué resultaba. No era tanto de sus trazos, sino una belleza que parecía irreal. No es propio de las cosas concretas, terrenas, materiales, ser bonitas de esa manera. Bien se podía suponer que algún ángel proyectase sobre ella algo de su propia luz. Podría imaginar alguna otra hipótesis de ese género, pero es muy difícil entrar en afirmaciones delante de una materia tan bonita, pero también tan misteriosa.

Bondad y sacralidad en el alma de Doña Lucilia

Tomemos, por ejemplo, aquel vestido de gala con el cual Doña Lucilia se hizo tomar fotos en París. Es un vestido bonito que, si no fuese usado por ella, sino por otra persona, perdería mucho. Ella añadía su qué de inexplicable a ese vestido. Es decir, mi madre transmitía cierta forma de armonía y de belleza que la criatura terrena no tiene. De ahí resulta la sensación de un hada. Es verdad que no existen las hadas, pero la Providencia puede dar esa impresión a la criatura terrena.
¿Cuál era la virtud que representaba el pináculo del alma de Doña Lucilia? Sin duda alguna, la bondad era la nota característica de su forma de ser. Pero es preciso entender bien esa palabra, pues las personas hoy en día la consideran de un modo abusivo y errado, como una filantropía a veces hasta mala. Con ella no era así. En ella, la bondad se conjugaba con la sacralidad, que es el pináculo del amor a la jerarquía. Porque cuando amamos la jerarquía, amamos con mayor intensidad lo más alto y, por lo tanto, por encima de todo, aquello que dice respecto a Dios, a sus ángeles, a sus santos, a su Iglesia gloriosa, militante y penitente, al culto divino. Eso es sagrado, es sacral. Y ella amaba todo eso más que las otras cosas. En ella, evidentemente, esa sacralidad se extendía también a personas; como acabo de decir, sobre todo a las personas sagradas y a otras cosas de ese género.

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(Extraído de conferencia del 2/4/1993)
 

Modo de ser de Doña Lucilia

Con base en fotografías, el Dr. Plinio comenta algunos aspectos de Doña Lucilia: el cariño y el afecto hacia su hijo, los cuales lo acompañaron hasta el fin de la vida de ella; la disposición a la piedad y al vuelo de espíritu; la dulzura, la alegría, la vigilancia, la compostura y la suavidad en medio de la lucha y del dolor.

 

Recibí de regalo un álbum de fotografías de mi madre, que abarca las etapas sucesivas de una vida presentada mucho antes de que yo hubiera nacido, y que después se va desarrollando hasta el momento en que soy mostrado en sus brazos, donde hay una sonrisa en la cual reconozco mil otras sonrisas. Existe un cariño y un afecto, en el cual constato el mismo cariño y el mismo afecto que me acompañaron hasta el fin de su vida.

Elevación de alma, piedad, sufrimiento y lucha

sec3b1ora_doc3b1a_lucilia_024.jpgLas fotos registran también la continuación de esa vida. En la que mi madre me sostiene en sus brazos, ella está risueña, alegre. Pero en la de París se encuentra muy preocupada. En todas las fotografías anteriores, desde la primera, está presente el pensamiento; hay elevación de alma, disposición a la piedad, vuelo de espíritu. Pero se salta de repente de la época en que estoy tan pequeño y mi madre aún joven a la edad en la cual ella ya pasó por una gran prueba: la cirugía hecha en Alemania, precedida por una larga fase de enfermedad dolorosísima. En aquel tiempo, no había anestésicos como en nuestros días, de manera que ella sintió dolores lancinantes. Ella me dijo una vez que tenía el deseo de, en la cabina del navío que la llevó a Europa, quedarse de pie en la cama y agarrarse a la pared, tal era el dolor. En determinado momento los padecimientos fueron tales que el capitán del navío llegó a mandar a preparar un ataúd para ella. De repente, todo eso pasa y ella se encuentra en una de esas fases decisivas de la vida espiritual en que la persona ya no es joven, pero tiene fuerza, énfasis. Nada en ella conoce aún las suavidades del crepúsculo. Está en la punta de la vida. En la fotografía siguiente se nota algo que, sin haberse quebrado, alcanzó una zona de tranquilidad indicativa de una vejez que comenzó. Ella está más sonriente, más complaciente, prestando mucha atención a lo que pasa. Me acuerdo perfectamente de lo que se trata: la inauguración de las máquinas del Legionario en el primer piso del predio de la Legión de San Pedro, de la Congregación Mariana de Santa Cecilia. Era un acontecimiento de mucha importancia, con la presencia del Arzobispo Don Duarte, del Obispo de Sorocaba, Don José Carlos Aguirre, y de señoras de la alta sociedad de São Paulo. Doña Lucilia estaba muy complacida con lo que ocurría. Al contrario de la fotografía anterior, en que ella aún se encontraba en la batalla.

El cuerpo cada vez más debilitado, pero el alma volando hacia arriba

cropped-sec3b1ora_doc3b1a_lucilia_034.jpgEn otras ocasiones, se nota que el anochecer comenzó a proyectar sus primeras suavidades. Pero, en el fondo, se percibe que la lucha y el dolor continúan. En la fotografía, por ejemplo, del cierre de una Semana de Estudios, en la Escola Caetano, en la Plaza de la República, la actitud de mi madre es de un cuerpo con menos fuerza, pero la mirada está atenta, y mucho. Y ella permanece vigilante en toda su posición, su compostura, incluso encontrándose entre sus íntimos, pues estaba entre su sobrino y su señora. Probablemente el conferencista era yo. Pero ella estaba atenta, procurando analizar todas las cosas. Inclusive, si fuese para darme un consejo, después ella me lo daría. En otra fotografía, el tiempo ya caminó más y alguna cosa del alma va como distinguiéndose del cuerpo y separándose. El cuerpo está cada vez más affaissé (1), pero el alma está volando hacia arriba. La extrema vejez comporta sonrisas. En esta ocasión, Doña Lucilia estaba jugando con el bisnieto, mostrándose muy interesada en el asunto. El Quadrinho (2) nos dio el último brillo, el último lance de aquel modo de ser, de aquella mirada, de aquella dulzura, de todo aquello que parece haber sido hecho para encantar a mi João (3) y, a través de él, maravillar a todos los que siguieron sus pasos, en el camino seguido por mí. Todo eso no puede dejar de complacerme enormemente. Yo le pido a mi madre, cuya alma no tengo duda de que está en el Cielo, que rece por todos nosotros, a fin de que nos mantenga siempre más unidos, más vueltos hacia Nuestra Señora y caminando hacia aquel punto terminal, que es la bienaventuranza eterna, hacia donde ella nos precedió.

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(Extraído de conferencia del 29/6/1987)

1) Del francés: declinado, debilitado.
2) Cuadro al óleo, que mucho le agradó al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.
3) El Dr. Plinio se refiere a Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, su fiel discípulo y  secretario personal durante más de cuatro décadas.