La II Guerra Mundial: fin de una era

cap10_004A lo largo de los años que transcurrieron entre las dos conflagraciones mundiales, doña Lucilia pudo observar con tristeza cómo la nueva mentalidad liberal e igualitaria, difundida en todo el mundo civilizado, no hacía sino acentuarse, arrastrando a la humanidad en una alegre farándula, hacia el abismo de tragedias de las que la Segunda Guerra Mundial sería apenas el preludio. Mientras, por un lado, el progreso material crecía de modo embriagante y ofrecía a los hombres la perspectiva ilusoria de una felicidad sin límites al margen de la Ley de Dios, por otro, el abandono de los sagrados preceptos de esta misma Ley abría camino a hecatombes de consecuencias incalculables. Esto fue lo que el Dr. Plinio, en entera consonancia con la mentalidad de su madre, había previsto en 1929, diez años antes de estallar la guerra. En aquella ocasión escribía él en una carta a un amigo:

Mi querido [Fulano]
Cada vez se acentúa más en mí la impresión de que estamos en el umbral de una época llena de sufrimientos y de luchas. Por todas partes el sufrimiento de la Iglesia se hace más intenso y la lucha se aproxima más. Tengo la impresión de que las nubes del horizonte político están bajando. No tarda la tempestad, que deberá tener como simple prefacio una guerra mundial. Pero esta guerra esparcirá por el mundo entero tal confusión, que surgirán revoluciones por todas partes, y la putrefacción del triste “siglo XX” alcanzará su auge. Entonces surgirán las fuerzas del mal que, como los gusanos, sólo aparecen en los momentos en que culmina la putrefacción. Todo el “bas-fond” (Expresión francesa para designar a los estratos más corrompidos de la sociedad.) de la sociedad saldrá a la superficie, y la Iglesia será perseguida por todas partes. Pero… “Et ego dico tibi quia tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam mean, ET PORTAE INFERI NON PRAEVALEBUNT ADVERSUS EAM” (Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella” Mt. 16, 18). Como consecuencia, tendremos “un nouveau Moyen Age” (Una nueva Edad Media.) o tendremos el fin del mundo. Esta es nuestra principal tarea: prepararnos para la lucha, y preparar a la Iglesia, como el marinero que prepara el navío antes de la tempestad.

cap10_007De hecho, precisamente diez años después, estalló la Segunda Guerra Mundial.
Uno de sus efectos más funestos será, en los años subsiguientes a ella, el empeño que pondrán las clases dirigentes de todo el mundo en impedir cualquier conflicto de ideologías, temerosos de la explosión de una nueva guerra, que sería ciertamente mucho peor que la anterior. Ese estado de espíritu abrirá las puertas a la aceptación de todas las renuncias en cuestiones doctrinarias, siempre que con ello se eviten polémicas y enfrentamientos.
Así, la Humanidad renunciará a la búsqueda de la verdad y a la lógica, bases de la razón, para correr tras la huidiza posición del término medio. El “lumen rationis” ( Luz de la razón) se apagará progresivamente dando origen a la “civilización del instinto”,expresada por completo, en sus principios y en sus formas de vida, por la Revolución de la Sorbona.
No es necesario decir cuánto se oponía doña Lucilia a ese modo de ser, que se propagaba por todas partes como un gas entorpecedor y contaminaba las mentes, obnubilándoles la razón. En esta íntegra dama las potencias del alma se regían por un perfecto equilibrio jerárquico. La inteligencia, iluminada por una ardiente fe, gobernaba por entero a la voluntad, y ésta a la sensibilidad. De ahí la firmeza de principios que la llevaban a una perfecta intransigencia en relación al mal, manteniendo siempre un temperamento sereno y benévolo en relación a aquellos que conservaban algo de bueno. Esto, más que nada, es lo que podemos admirar en doña Lucilia en este  período histórico.

La derrota de Francia y la toma de París

Doña Lucilia seguía paso a paso el desarrollo de los acontecimientos y de las convulsiones que sacudían al mundo en aquella conturbada época, pues percibía claramente la importancia de éstos para el futuro de la Iglesia y de la Civilización Cristiana. Así, durante la guerra, después del cobarde aplastamiento de Polonia por los nazis mancomunados con los comunistas, y ante la indecisión de las grandes potencias europeas, los ejércitos germánicos volvieron sus cañones destructores contra Francia. En un ataque fulminante, la avasalladora ola de fuego y acero de los nazis hizo retroceder a las tropas francesas en desorden, obligando al Gobierno a abandonar París. La capital estaba amenazada por un feroz e implacable bombardeo que destruiría un gran numero de reliquias de la Cristiandad, si es que no borraba del mapa aquella joya de la Civilización. ¿Cuál sería la suerte de la cap10_005“Ciudad Luz”?
Bien sabemos lo que Francia significaba para doña Lucilia. Y, dentro de Francia, París, que ella había conocido en plena Belle Epoque, en su reluciente esplendor. Una eventual destrucción de la ciudad significaría no sólo la liquidación de edificios grandiosos por sus líneas arquitectónicas, sino también la pérdida de las incomparables obras de arte que ellos contenían. Sería la extinción del farol del buen gusto y del charme en el mundo. Doña Lucilia, que consideraba todo en su aspecto más elevado y por el lado sobrenatural, estaba segura de que los valores de Francia tenían su origen, en último análisis en lo alto del Calvario, donde el Divino Redentor sufrió y murió por nosotros.
La ruina de tal maravilla constituía para ella un sacrilegio. Por eso empezó a escuchar por la radio las noticias de la guerra, a fin de seguir de cerca cómo se jugaba el destino de París.
Después de un período de incertidumbre, la ciudad fue al final respetada, lo que le produjo una gran alegría. No obstante, la dejó entristecida el hecho de que Francia hubiera caído bajo la dominación nazi. A cierta altura de estos acontecimientos, doña Lucilia fue a pasar algunos días en Águas da Prata. Una ironía del Dr. Plinio, en una carta, nos hace ver cómo ella mantenía una posición definida y categórica contra el nazismo.

São Paulo, 1 de junio del 40
Mãezinha de mi corazón, Finalmente está llegando a su término la larga temporada de “castigo” en Prata que se impuso usted… o mejor, que nosotros le impusimos.
Espero que el próximo jueves ya esté de vuelta en el nido.
Mi pie ya está casi bien, aunque todavía no enteramente restablecido.
Tengo cierta desconfianza de que un músculo de la parte de atrás de la rodilla también sufrió una torcedura. Espero, sin embargo, que cuando la vaya a abrazar ya esté andando con paso ligero.
He pensado mucho en usted, al leer los desoladores triunfos alcanzados por su “amigo” Hitler.
Katucha obtuvo una medalla y es la primera en francés. Por lo demás, gracias a Dios, todo marcha satisfactoriamente. Mándele saludos a doña María, y acepte con mil y mil besos afectuosísimos todas las saudades del hijo respetuoso que le pide la bendición.
Plinio

En otra misiva, en que relata con todo lujo de detalles su vida diaria en Santos para que doña Lucilia lo siga con el pensamiento, el Dr. Plinio hace, de nuevo, una alusión de paso a la cuestión del nazismo.

cap10_006Mãezinha de mi corazón,
Dada la facilidad con que se llama por teléfono desde aquí para São Paulo, he cedido a la tentación de substituir las cartas por llamadas.
Esta es pues la primera carta que le escribo. La estadía ha sido excelente. El hotel, aunque fino como conviene, tiene el mérito inapreciable de no ser de nuevos ricos. La comida es buena y el aire del mar me abre mucho el apetito. A medianoche comemos siempre tarta de manzana con chantilly.
En materia de paseo, fui al fuerte de Itaipú, al caño de S. Vicente, al puente colgante, a la punta de la playa, al cerro de Sta. Terezinha, al Monte Serrat, a la Bertioga, a Guarujá… en fin, es imposible aprovechar mejor.
Noté que el reposo me hizo mucho bien.
¿Y usted cómo está, mi amor? ¿Cómo está nuestro “higadorio”? ¿Todavía entumecido por Hitler?
Aún no sé cuándo volveré: tal vez el lunes o el miércoles. Tengo más saudades de usted de lo que se puede imaginar. Con mil y mil besos afectuosísimos, le pide la bendición el hijo respetuoso que la quiere inmensamente.
Plinio

Días de descanso… pero de ausencia

doña_luciliaDoña Lucilia se preocupaba mucho por la salud de su hijo debido a su intensa actividad: apostolado, dirección del Legionário, despacho de abogado, magisterio, conferencias, discursos, palestras. Aunque el Dr. Plinio fuese muy robusto, gracias a los cuidados que su madre le había dispensado en la infancia, estaría siempre expuesto a alguna súbita indisposición por el cansancio resultante de tanta actividad. Por eso le recomendaba salir de São Paulo para descansar algún tiempo, a pesar de que para ella sus ausencias fuesen tan penosas.
Pero, para tener certeza de que esos períodos serían bien aprovechados y de un reposo regenerador, le pedía con afecto que no dejase de escribirle, contándole su vida diaria. Así, al menos para contentarla, él se sentiría obligado a hacer algún paseo y distraerse.
Para tranquilizarla, el Dr. Plinio seguía filialmente sus orientaciones, siempre que alguna necesidad urgente de la causa católica no exigiese lo contrario. Estando en el Gran Hotel de Guarujá, en el verano de 1939, se expresaba así en una carta a doña Lucilia, el 22 de febrero:

¡Mãezinha del corazón!
Le escribo a las diez y media de la noche, después de haber pasado un día singular, pero delicioso: me levanté a las cuatro y media(!), fui a esperar a las seis de la mañana, en Santos, a un gran barco italiano cuyo nombre no recuerdo, pero que es lo más suntuoso que he visto; asistí a la Misa celebrada por el famoso Jesuita P. Laburu, vasco, amigo mío, que vino de Roma, de paso para Argentina; una de las mayores celebridades mundiales en telepatía, hipnotismo, etc. Allí comulgué con José, tomamos un delicioso desayuno, y nos quedamos conversando hasta las nueve y media. Después volví en coche a Guarujá, leí los periódicos, tomé un baño de más o menos una hora o una hora y cuarto, almorcé, caí en la cama a la una y media y me dormí con un sueño profundo hasta las seis y media exactamente. Me levanté, me quede en la terraza hasta las ocho y cuarto, cené muy bien,
caminé por la playa, y ahora estoy mitigando las saudades que son muchas. Me encontré aquí con Ilka y con Zito, que vinieron a verme un instante al hotel. Fueron a São Paulo y deben volverse el viernes (…) El hotel está casi vacío, ¡y está delicioso! ¿Y usted cómo está? ¿Y Papá? ¿Y la queridita Katuchinha? (Maria Alice, la nieta de doña Lucilia). Le voy a escribir. Si me llegan cartas al despacho, al Legionário o allí, mándemelas.
Con un afectuoso abrazo a Papá, 1000000…..0 de besos para usted de su hijo respetuoso, que le pide la bendición y la quiere más de lo que es posible decir,
Plinio

La lectura de estas líneas hacía que doña Lucilia se sintiese consolada por saber que su hijo estaba descansando bien, y recompensada por las grandes saudades que su ausencia le producía.

A veces, el Dr. Plinio iba a un balneario hidromineral en el interior paulista, Águas de São Pedro, a fin de distraerse. Desde allí escribió en cierta ocasión a su madre.

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doañ Lucilia ante el cual rezaba mucho por sus hijos

Luciña de mi Corazón
Ahí va la carta que usted esperaba. Va con retraso, corta y llena de saudades.
Estoy descansando mucho, paseando y comiendo bien: vegetando, en fin, que es lo que necesitaba. (…) ¿Cómo esta usted? ¿Y Papá? ¿Adolphinho ya está bien? Dígale que es una pena que no esté aquí.
Mil besos para usted, abrazos para Papá. Del hijo que la quiere a más no poder, y le pide la bendición.
Plinio

Otras veces, estos viajes eran destinados por el Dr. Plinio para una intensa actividad, que la tranquilidad de un confortable hotel a la orilla del mar hacía más propicia. Por el carácter “telegráfico” de las misivas de su hijo, doña Lucilia percibía que esta vez el descanso había quedado muy distante. Tal es el caso de una bella postal con un paisaje marítimo, enviada en mayo de 1939 desde Guarujá:

Mãezinha querida
Con mil saudades la beso respetuosamente y pido su bendición.
Me está gustando muchísimo.
Del hijo que la quiere inmensísimamente.
Plinio

Eran pocas palabras, pero desbordantes de amor filial. Doña Lucilia, al recibir la tarjeta, quizá la debe haber depositado, hasta la vuelta de su hijo, a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto a la que pasaba ratos más largos durante sus ausencias.

Un afectuoso engaño

Lucilia_correade_oliveira_002Si doña Lucilia se condolía tanto de las víctimas de una guerra en tierras remotas, se compadecía mucho más de aquellos que le eran más próximos. Aunque esas cualidades reluciesen en ella discreta pero vigorosamente, todos los afectos de su corazón se mantuvieron siempre subordinados a una constante elevación de espíritu y amor a Dios, fuente de las virtudes que practicaba.
El modo como trataba a uno de sus parientes lejanos, que había tenido la desgracia de quedarse ciego siendo aún niño debido a una impericia médica, es un ejemplo de esos atributos.
El hecho de ser él ateo declarado hacía que doña Lucilia tuviese todavía más pena del infeliz. Por eso no perdía la oportunidad de hacerle algún bien, con la intención de tocar su alma.
Con frecuencia lo recibía para almorzar o cenar, y en esas circunstancias lo entretenía largas horas. Acto de caridad del cual también participaban don João Paulo y el Dr. Plinio.
Sabiendo que su pariente tenía muy buen apetito, y conociendo su moderación, doña Lucilia convino con la empleada que, cuando ella le hiciese una señal, se acercase con la bandeja y, sin que él lo notase, le sirviese un poco más. Ahora bien, él tenía el hábito de recorrer con el tenedor los bordes y toda la superficie del plato, en busca de los alimentos. De repente, cuándo creía haber terminado, encontraba, con evidente agrado, ¡otra porción de comida! Doña Lucilia procedió así hasta la avanzada vejez de ese pariente, satisfaciendo no sólo sus gustos gastronómicos, sino también disponiéndose para la conversación que más le agradase. Era la solicitud llevada al último extremo.

Pobre, ¡no hagas eso…!

En doña Lucilia, ese deseo de hacer el bien era tan grande que abarcaba hasta a los seres más insignificantes.
En la casa de la calle Itacolomy el comedor daba hacia una entrada de coches que iba hasta el fondo de la residencia. La separaba del terreno vecino un muro no muy alto, cubierto con hiedra para darle al sitio un aspecto más agradable. Un día, durante la comida, el Dr. Plinio notó un movimiento extraño encima del muro, debajo del follaje. Sorprendido, le dijo a doña Lucilia:
— Mamá, mire qué cosa más rara aquel movimiento allá.
Ella no dijo ni sí ni no, y esquivó la respuesta. Pero su hijo quería saber qué era y volvió a insistir.
Doña Lucilia dijo apenas:
— Sí, ya había notado algo.
— Pero yo lo estoy notando sólo ahora — respondió él más categórico.
Dirigiéndose a la empleada que servía la mesa, el Dr. Plinio dijo:
— Ana, vea qué es lo que hay en aquel muro.
Doña Lucilia permaneció silenciosa. La criada se rió y dijo con su acento portugués:
— “Seu doutôire” (en acento cerrado y muy popular: “señor doctor”), ¿usted no se ha dado cuenta? Doña Lucilia le está escondiendo algo.
— ¿Qué me está escondiendo doña Lucilia?
— Es una gata que tiene sus crías allí.
El Dr. Plinio quedó desagradado —¡nunca con doña Lucilia!— con la idea de un muro lleno de gatitos andando de un lado para otro. En poco tiempo los gatos habrían crecido y el jardín estaría superpoblado de esos simpáticos animales. Cuando menos se esperase empezarían a entrar en la casa. Si fuesen uno o dos, pasaría, pero una cría entera…
Inmediatamente, con decisión, le dijo a la criada:
— Coja una escoba, o la manguera de regar el jardín, y eche a la gata con todos los gatitos fuera del terreno de la casa.
Doña Lucilia, con pena de la gata, se volvió hacia su hijo y ligeramente afligida le dijo:
— ¡Ah, pobre! No hagas eso. ¿No ves que ella puede perder alguna de las crías y no encontrarla más?
Era el corazón maternal de doña Lucilia que se sentía como que herido ante tal perspectiva. No obstante, su hijo intentó argumentar:
— Mamá, ella no tiene raciocinio. Pierde una cría como uno de nosotros pierde un cabello.
Pero doña Lucilia quería, más que hacer un silogismo, tocarle los sentimientos:
— ¡Pobrecita! No hagas eso.
“Pobrecita” era dicho con tanta bondad y tanta pena, que el Dr. Plinio no resistió y dijo a la criada:
— Ana, cuide a esa gata y llévele leche todos los días.
Aquella gata, ser irracional, no podía tener conocimiento de su propia existencia. Pero, ya que sobre ella se había posado la compasión llena de dulzura de doña Lucilia… en vez de un chorro de agua, habría leche para toda la gatería.

Visita del Almirante Yamamoto

Dr. Plino con la redacción de El Legionario con el Almirante Yamamoto

Dr. Plino con la redacción de El Legionario con el Almirante Yamamoto

Tras asumir la dirección del Legionário, el Dr. Plinio lo fue ampliando progresivamente y comenzó a abordar en él temas de una envergadura y profundidad cada vez mayores. En poco tiempo, lo transformó de una pequeña hoja quincenal de parroquia en un prestigioso semanario, con repercusión internacional, y órgano oficioso de la importante Archidiócesis paulistana. De tal manera fue así, que era honroso para las mayores personalidades del mundo católico, de paso por São Paulo, hacer una visita al periódico.
En 1938 estuvo en la ciudad el famoso Almirante Yamamoto, veterano de muchas batallas en los ignotos y lejanos mares del Extremo Oriente, y líder católico de destaque en Japón (Esteban Shinjiro Yamamoto, descendiente de Samurais, nació en 1878. A los 17 años fue bautizado en la Religión Católica. Combatió en la Guerra Ruso-Japonesa y en la Primera Guerra Mundial. A fines de ésta última, participó como intérprete de la Conferencia de Paz, ocasión ésta en que era Agregado Militar en París. Fue preceptor del Príncipe Hirohito, acompañándolo en diversos viajes al exterior, inclusive cuando éste ya era Emperador del Japón. Ocupó el cargo de Primer Ministro en 1922, dedicándose especialmente a la recuperación del país, después del trágico terremoto que destruyó casi por completo las ciudades de Tokio y Yokohama. Como líder católico promovió la divulgación de la literatura y del movimiento de jóvenes católicos. En 1938, tras el comienzo de la Guerra Chino-Japonesa, fue enviado al Vaticano, así como a otros países de Europa y de las Américas, inclusive a Brasil, con la misión de explicar al mundo católico el motivo de la guerra. Consiguió mejorar las relaciones de Japón con varios países. No se le debe confundir con otro Almirante Yamamoto, Yamamoto Izoroku, comandante de las Fuerzas Combinadas japonesas en la Segunda Guerra Mundial).

cap9_022

        Dr. plinio con el Almirante Yamamoto

Al llegar a São Paulo, entró en contacto con el Dr. Plinio y el Legionário. A fin de retribuirle la amable visita, el Dr. Plinio lo invitó a cenar en su casa, seguro de que doña Lucilia tendría mucho gusto en recibirlo. Ella manifestó el deseo de que también estuviese presente doña Rosée, cuya brillante y ligera conversación ciertamente agradaría a los presentes.
Descendiente de samurais —una de las categorías de la nobleza del Imperio del Sol Naciente—, hombre de veras fino y de gran cultura, poseía todo un conjunto de cualidades que le conferían una personalidad peculiar, profundamente marcada por la nota católica, aunque muy diferente de los estilos occidentales.
Acompañado de una alta personalidad del cuerpo consular nipón en São Paulo, el insigne invitado se presentó con puntualidad militar en la casa de doña Lucilia, que le acogió con la amabilidad característica de las damas de la antigua sociedad paulista.
La conversación, siempre en francés, se desarrolló de modo espontáneo alrededor de recuerdos religiosos, militares y sociales del ilustre visitante. Como había participado en innumerables acciones navales no fue difícil hacerle contar algunas de las hazañas que, con toda justicia, le habían cubierto de gloria. Bastó levantar el tema para que su enigmática mirada almendrada se encendiese, por detrás de una impasible expresión fisonómica.
— ¡Ah, batallas! ¡Son una cosa muy bonita!
El Dr. Plinio preguntó amablemente:
— Pero, Almirante, usted participó de varios combates navales, ¿no?
— Sí, innumerables.
— ¿No le importaría describir el episodio culminante, más bonito, más arriesgado
de las guerras en las que participó? — propuso el Dr. Plinio.
El almirante se sintió a gusto al comprobar el interés real de su anfitrión, sobre todo porque se había entregado en cuerpo y alma a la profesión de la guerra, y sabía ver en ella el lado grandioso.
— Cómo no, profesor, con mucho gusto, respondió.
En medio de su entusiasmo por el combate, el visitante tal vez no se dio cuenta de que los gustos y las preferencias de doña Lucilia no se inclinaban especialmente hacia ese lado. Ella, que consentiría en la inmolación de su propio hijo en una lucha en defensa de la Santa Iglesia, no podía dejar de condolerse por la suerte de tantos infelices, muertos en una guerra terrible, desprovista de significado religioso. Un cierto suspense invadió a la asistencia, pero como la conversación era para agradar al visitante, nadie le interrumpió, prosiguiendo él su relato:
— Fue en la batalla de Tsushima, durante la guerra Ruso-Japonesa, en 1905, cuando hundimos al gran acorazado ruso Zarevich.
— ¿Cómo se dio ese hecho? — preguntó el Dr. Plinio.
— Ah, usted no se lo imagina, ¡qué maravilla! El acorazado, uno de los mejor equipados del mundo, orgullo de la marina de su país, era el buque insignia de la flota que combatíamos. Fue una batalla terrible, con decenas de navíos hundidos… La fisonomía de doña Lucilia se iba volviendo cada vez más seria y consternada al oír aquellas palabras. El Almirante Yamamoto, sin fijarse en su reacción, continuó tranquila y alegremente:
— Aquel enorme acorazado pasó por delante del navío que yo comandaba en una posición en la que no podíamos perder la oportunidad… ¡Nuestros tiros fueron certeros! Después de bombardearlo, se inclinó de tal modo que la popa se hundió y la proa quedó en el aire. Lo vimos casi enteramente vertical. Doña Lucilia seguía la narración paso a paso, compadecida por el terrible sufrimiento de aquellos pobres marineros que iban a ser tragados por las profundidades de los mares. Llegando a ese punto, ella preguntó apenada:
— ¿Y qué sucedió entonces?
Entusiasmado, el Almirante concluyó:
— Señora mía, ¡se hundió completa y directamente!
— ¡Ah! — exclamó doña Lucilia, con un ligero sobresalto.
Aunque el tema agradase sobremanera al heroico combatiente, su fuego se encendió aún más cuando el Dr. Plinio condujo la conversación hacia la lucha doctrinaria interna en los medios católicos, que ya entonces iba mar alto en todas partes. ¿Quién lo habría de decir? Al describir los síntomas de indisciplina y deslealtad que había notado en los círculos católicos de su país, la indignación del valiente oficial se volvió candente. Se puso de pie enrojecido, y comenzó a hablar alto. Sus interlocutores, por supuesto, le dejaron discurrir a su gusto, hasta que, tranquilizado, pasó espontáneamente para otro tema.
Terminada la cena, Yamamoto se despidió cortésmente de doña Lucilia, llevándose ciertamente para su distante tierra natal el recuerdo de aquella distinguida y afable señora.
Años más tarde, al tener noticia de su muerte, doña Lucilia quedó muy entristecida y rezó fervorosamente por su eterno descanso, pues no era sólo el Japón quien perdía un guerrero de valor sino, sobre todo, la Iglesia, que veía sus filas privadas de un intrépido militante.