Consejo Singular

Poco tiempo después de la entrada de Plinio en el Movimiento Católico, los dirigentes de cap8_008las Congregaciones Marianas no tardaron en notar en él excelentes cualidades de oratoria. Comenzaron a invitarle con cierta frecuencia a hacer discursos y conferencias, y se divulgó rápidamente por todas partes su fama de buen orador.
Naturalmente, Plinio llevaba a doña Lucilia a algunas de esas solemnidades, y ella debe haber experimentado las alegrías de las madres que ven a sus hijos hablar en público. Sin embargo, aunque le gustase oírlo dar discursos, nunca le elogiaba, porque tenía horror de que cediese a la tentación de vanidad o de orgullo. Y, por eso, no dejó de darle repetidas veces un singular consejo:
— Filhão —le decía cuando Plinio la cogía del brazo al regresar a casa— por poco que hables, tus palabras nunca serán suficientemente breves. Cuando pienses que es hora de terminar, ya habrá un buen número de personas en la sala preguntándose cuándo vas a acabar el discurso. Cuanto menos hables, más agradarás.
El hijo, siempre amante de los consejos de su madre, lo guardó para sí; y de ahí en adelante nunca más se olvidaría de esa sabia recomendación al hacer uso de la palabra en público.

De la tentación, “tratar de huir y a leguas, agarrándose a un crucifijo”

doña_luciliaPoco después del ingreso de Plinio en las filas del Movimiento Mariano, las actividades apostólicas empezaron a tomarle todo el tiempo disponible.
Doña Rosée iba con su marido y su hija a pasar largas temporadas en la finca de Cambará, y algunas veces doña Lucilia los acompañó. Famosa por su fecunda tierra roja, aquella región estaba en franco desarrollo. Aunque los tupidos matorrales exigiesen denuedo y tenacidad por parte de los exploradores que por allá se aventuraban, los riesgos eran recompensados en seguida por la generosidad del suelo, que pródigamente colmaba de frutos a aquellos que lo herían con el hierro del arado.
Consciente de las dificultades que siempre acarrea el comienzo de la explotación de una hacienda, doña Lucilia estimulaba al matrimonio en sus meritorios esfuerzos y, sobre todo, les animaba a confiar en la protección divina que provee y asiste en todo.
Sin embargo, si su dedicación maternal la movía a acompañar a su hija a tan inhóspito lugar, la mitad de su corazón se quedaba en São Paulo, donde había dejado a su hijo entregado a las batallas de la vida: estudios universitarios, empleo, servicio militar y, además, a la presión ejercida por el ambiente para hacerlo entrar en la farándula de la llamada “modernidad”, hoy tan pasada de moda.
Sin embargo, en aquellos lejanos años, el brillo fatuo de esa “modernidad” ofuscaba de tal modo a los hombres, que éstos no veían el abismo en el cual acabarían precipitándose.
El demonio, para tentar más fácilmente a la humanidad, hacía relucir de manera especial todo lo que representase una ruptura con la Civilización Cristiana, creando así la ilusión de que el progreso sería fruto del abandono de la Fe. No romper con los Mandamientos equivalía a perder irremediablemente el tren del futuro… Así, el error y el mal se presentaban con extrema jactancia. Doña Lucilia era para sus hijos una estrella que brillaba durante la noche, indicándoles el camino recto y cierto, conduciéndolos a puerto seguro. Con su presencia, la insidiosa acción del espíritu de las tinieblas disminuía de intensidad.
Por su modo de ser, les recordaba continuamente que la felicidad no está en la agitación y en la búsqueda desenfrenada de las riquezas y del placer, sino en el sereno gozo de la paz de conciencia, que solamente puede dar el cumplimiento de la Divina Ley.

Una carta, escrita desde Cambará, deja entrever el recelo de que sus ausencias debilitasen la vigilancia y la resistencia de su hijo, estimulándolo a no ceder a la atracción de los fulgores engañosos de Satanás, denominado por ella “Mefistófeles”.

5011_M_fa921190a

¡hay que tratar de huir y a leguas, agarrándose a un Crucifijo!

Cambará, 16-5-929
¡Hijo querido!
La carta que me enviaste ayer me dejó muy aprensiva, como bien puedes imaginarte, pues aunque tenga gran confianza en tus sentimientos y en tu fe, tentación siempre es tentación, y por eso es necesario que te acuerdes que todos sabemos y conocemos quién es Mefistófeles y, por lo tanto, ¡hay que tratar de huir y a leguas, agarrándose a un Crucifijo! Y lo más interesante es que, para “obrar”, se aprovecha de mi ausencia… ¡le gusta la sombra! Dile (se refirer a  una persona con la que estaba Plinio)  que estás en una época muy especial de tu vida, de la cual puede depender tu futuro, y en la cual necesitas usar toda tu energía para aguantar el ejercicio militar que, dada tu aversión al ejercicio en general, y la consiguiente falta de hábito, te cansará mucho, además de las cuatro asignaturas por preparar, y también tu empleo, y que por lo tanto, le pides que postergue esas invitaciones para más tarde, y que, entre nosotros, ¡¡¡“Dios permita en su infinita misericordia” que queden para las “calendas griegas”!!! Aún no recibí carta de Mamá, de quien estoy con muchas saudades. Tu padre se fue de aquí, ¡lamentando no poder quedarse más! Siento inmensamente que no puedas pasar aquí unos días con nosotros… principalmente por la noche, siento una falta enorme de mi filhão querido. ¿Has ido a los ejercicios militares y a las clases de Derecho? Y la venta del empleo, ¿no dio buen resultado? Y Nova, ¿está más civilizado? ¡Y Frau Ida!… ¿aún llora por la falta de Popadinchen, o ya se consoló con Herr Plinio? Con mucho dolor de corazón ya decidí que la pequeña se debe quedar, en vista de que está aprovechando bien el cambio de clima, ya está más gordita y más coloradita.
Bien, “queridão”, pasados los quince días iré con la primera buena compañía que vaya hacia allá.
Besos a la abuela, abrazos a los de la familia. Con mi bendición te beso y te abrazo mucho y mucho. De tu mamá extremosa,
Lucilia

Trasponiendo el umbral de los 50 años

doña_lucilia

                           Doña Lucilia a los 50 años

Alegrías, dolores y aprensiones
Veintidós de abril de 1926. Doña Lucilia cumple cincuenta años. Nunca esperó alcanzar esa edad pues, debido a su frágil salud, tenía continuamente la sensación de que, en cualquier momento, podría fallecer. En realidad, todavía viviría 42 largos años más.
Para conmemorar la feliz fecha, se reunieron en el palacete Ribeiro dos Santos sus familiares más allegados; pero, en contraste con la atmósfera de alegría general, ¡cuán diferentes eran las reflexiones de su corazón! La vida le había dado ya bastantes decepciones, y hacía mucho que ella no conservaba ninguna ilusión.
Estaban inmersos en el pasado los añorados y tranquilos días de su infancia en la apacible Pirassununga de antaño; la radiante juventud en la “São Paulinho” de la Belle Epoque; la fundación de su hogar, en medio de las incertidumbres del inicio del siglo XX; el nacimiento de sus hijos; la operación en Alemania; los agradables días en París y la educación de Rosée y Plinio… En fin, cuántas alegrías, pero también ¡cuántos dolores y tristezas! Con la mirada serena y la conciencia tranquila, doña Lucilia podía decir con San Pablo al final de cada etapa de su existencia: “Bonum certamen certavi”, “he combatido el buen combate”. Pero faltaba mucho aún para poder afirmar: “Cursum consummavi, fidem servavi”, “he terminado mi carrera, he guardado la Fe” (II Tim. 4, 7.) pues lo más difícil estaba todavía por ser recorrido.
El mundo que la había visto nacer, impregnado de las últimas fragancias de la Civilización Cristiana, había dejado de existir. Y ella, fiel al ideal que había abrazado —el reinado del Sagrado Corazón de Jesús— se encontraba casi completamente aislada en una sociedad cada vez más distante de los divinos preceptos y entregada desenfrenadamente al goce de la vida.
¿Qué desagradables sorpresas le reservaría aún el futuro?
Le preocupaba sobremanera el rumbo que tomarían sus hijos. A medida que iban madurando, los peligros necesariamente aumentaban y, con ellos, las aprensiones maternas.

El matrimonio de su hija

Reosée en el día de su matrimonio

           Reosée en el día de su matrimonio

¡Cuántas circunstancias hay, en la vida de todos, en las cuales se mezclan el dolor y la alegría! Fue lo que sucedió con doña Lucilia al aproximarse el día del matrimonio de su hija con Antonio de Castro Magalhães, activo hombre de negocios, hijo de unos acomodados agricultores de Minas Gerais. Para darle esplendor a la fiesta de bodas, doña Lucilia no ahorró ningún esfuerzo.
Sin embargo, en medio del júbilo de aquella fecha (23 de febrero de 1927), la tristeza de la separación ya oprimía su maternal y solicito corazón, pues para ella nada era mejor que estar en compañía de los seres amados: “¿Qué será de mí cuando Rosée se vaya lejos y, si yo vivo un poco más, tú también hagas tu nido?” Expresivas palabras escritas por doña Lucilia en una carta a Plinio, al año del matrimonio de su hija.
Algún tiempo después, Plinio y su cuñado compran la hacienda Santa Alice, en Cambará, al norte del Estado de Paraná, terreno muy fértil y con un futuro prometedor, que Antonio pasó a dirigir debido a su experiencia en las cosas del campo, pasando allí largas temporadas con su esposa. A pesar de que la hacienda distaba 500 Km. de São Paulo, le fue posible a doña Lucilia visitarla, pues una vía férrea unía Cambará con la capital paulista.

En el oratorio, una carta

Cuando Plinio ingresó en la Facultad de Derecho, una de las preocupaciones que más pesaban en el espíritu de doña Lucilia era la de su fidelidad a la Iglesia Católica. Muchos jóvenes de los medios sociales que ella conocía no habían tenido el valor de enfrentar la presión de los compañeros y del ambiente, y terminaron por abandonar la práctica de la religión hasta llegar a perder la fe.
En el transcurso de los meses, sin embargo, constató con gran alegría que su hijo permanecía firme en su adhesión a los buenos principios. Pero aún temía: ¿cómo enfrentaría Plinio la ardua lucha de la vida? Talento y madurez no le faltaban; pero de ahí a saber si alcanzaría éxito en sus realizaciones, siguiendo la estela de sus ilustres antepasados, era otra cuestión. Por eso procuraba aconsejarlo y guiarlo, sin entrometerse no obstante en su vida particular. Poco después de entrar en la Universidad, Plinio consiguió un empleo en el Patronato Agrícola a través de su tío, don Gabriel, entonces Secretario de Agricultura de São Paulo. Doña Lucilia, considerando que esos eran los primeros pasos de su hijo hacia un brillante porvenir, empezó a pedir con fervor al Sagrado Corazón de Jesús que lo protegiese y le proporcionase éxito en el empleo.
Testimonio de que sus oraciones estaban siendo atendidas fue una carta enviada a don Gabriel por el distinguido hombre de letras don Eugenio Egas, director del Departamento Agrícola en donde Plinio trabajaba, y en la que pedía que el joven no fuese transferido a otro sector, pues le haría mucha falta. La carta era tan elogiosa que don Gabriel se la entregó a doña Lucilia, seguro de darle una alegría, y ella, en señal de gratitud, la guardó en su oratorio junto a la imagen del Sagrado Corazón, donde la conservó durante largos años.
He aquí el texto:

Don Gabriel, tío del Dr. Plinio

     Don Gabriel, tío del Dr. Plinio

Patronato Agrícola, 20-VI-27
Apreciado don Gabriel, llegó a mi conocimiento que su sobrino Plinio va para las Carreteras. Para el Patronato es un desastre. El joven es excelente, puntual, correcto y como sabe lenguas nos presta un gran servicio, cuando somos buscados por alemanes, austríacos y semejantes.
No le traslade, se lo pido encarecidamente. La cuestión del sueldo, una vez que usted, amigo mío, traslade al Sr. Renato Abate (que de poco sirve, por ser estudiante de medicina y no tener horario aprovechable) no tiene importancia, pues el presupuesto en
vigor tiene dinero para pagarle, en la base de los 525 mil reis. Sea como sea, tengo que decirle que Plinio representa las bellas cualidades de dos familias de Tradición: Corrêa de Oliveira y Ribeiro dos Santos.
Mi despacho va a sufrir con la salida de un funcionario tan fino, correcto, educado y celoso. Por lo demás, él es estudiante de derecho, por lo que el ambiente del Patronato le es propicio. ¿Qué va a hacer entre ingenieros? Esperando, amigo, que no nos prive del trabajo de ese distinguido joven, me suscribo como sabe,
Su viejo amigo
Eugenio Egas

Uno de los mayores sufrimientos de mi vida

Plinio en el día de su graduación como abogado

Plinio en el día de su graduación como abogado

Poco después, doña Lucilia, con sumo agrado, vio llegar el día de la graduación de su hijo.
La ceremonia de entrega de los diplomas, que conservaba aún restos de las antiguas tradiciones de las universidades medievales, se revestía de gran solemnidad. Máxime tratándose de la Facultad de Derecho del Largo de São Francisco, una de las más antiguas de Brasil.
El acto se desarrollaba en el Aula Magna de la Facultad, en presencia de todo el cuerpo docente, que comparecía revestido de toga —traje talar cuyo origen remonta a la Edad Media— de autoridades del Estado y de los familiares de los graduandos. Los alumnos debían vestirse de gala, o sea, con el tradicional frac, resto mutilado y sobrio de las vistosas casacas del Ancien Régime. Era justo que, en un momento tan importante en la vida de un hombre, él fuese honrado públicamente por sus méritos en un acto al cual el protocolo confería su debida gravedad.
Desde su infancia, Plinio sentía un desinterés sistemático por las visitas al sastre, debido al sumo fastidio que le suponía tener que probarse la ropa. Y, a pesar de las repetidas advertencias de doña Lucilia, se mandó hacer el frac con un poco de atraso, siendo que no podía comparecer sin él a la ceremonia de graduación.
Llegado el día de la solemnidad, la ropa encargada no estaba lista. Doña Lucilia se quedó preocupada, pues conocía la displicencia de su hijo por esos actos un tanto laicos, y temía que llegase atrasado, o que incluso ni compareciese, lo cual podía interpretarse como falta de interés por el importante evento.
Por la mañana, ella lo llamó y le preguntó:
— Filhão, ¿tu frac no ha llegado todavía del sastre?
— No, mamá; pero prometió entregármelo a la una de la tarde.
Ahora bien, la ceremonia estaba marcada para las dos, y cualquier imprevisto que sucediese imposibilitaría la presencia de Plinio. Como era natural, doña Lucilia se empezó a angustiar pues, siempre previsora, no podía dejar de considerar como probable la peor hipótesis.
— Pero hijo mío, ¿no ves que si el sastre se atrasa llegarás tarde a la ceremonia?
En aquellas circunstancias no había otra cosa que hacer sino esperar, y él intentó
tranquilizarla:
— No, mãezinha, esas cosas suelen salir bien, porque el sastre tiene mucha experiencia
y lo mas seguro es que me lo entregue como prometió.
Ella no dijo nada más. El tiempo fue pasando y… el sastre no aparecía. A la hora de salir para la Facultad de Derecho, como Plinio no estaba listo, les recomendó entonces a doña Lucilia y a doña Rosée que fuesen antes para coger un buen lugar, pues él iría un poco después.
Más o menos a la hora marcada comienza la ceremonia. La orquesta ejecuta el Himno Nacional y el Director de la Facultad declara abierta la sesión. Uno de los alumnos da las gracias en nombre de todos y pronuncia su discurso, señalando la gravedad de la situación del país y la responsabilidad que asumían los licenciados de batallar por los intereses de la nación. Un joven profesor, que apadrina a los graduandos, es homenajeado tras decir elocuentes palabras de estímulo a los nuevos hombres de leyes que iban a iniciar su camino en la vida profesional.
Y va transcurriendo el solemne acto hasta que llega el tan esperado momento de la entrega de los diplomas. Cuidadosamente enrollados, cual preciosos pergaminos, de cada uno colgaba una cinta lacrada con el sello de la Facultad.
Plinio aún no había llegado. Y doña Lucilia estaba naturalmente preocupadísima por el hecho de que no estuviera allí a tiempo.
cap8_039La entrega de los diplomas se hacía por orden alfabético. El rector saludaba personalmente a los graduandos y les dirigía unas palabras de felicitación a los que en especial se habían destacado, lo que hacía la ceremonia bastante larga. Y de la letra A a la letra P aún había un cierto margen de tiempo. Pero a medida que los nombres iban siendo anunciados y el turno de la P de Plinio se aproximaba, aumentaba la preocupación de doña Lucilia, quien lanzaba miradas discretas y escrutadoras hacia la puerta de entrada con la esperanza de ver llegar a su hijo. A Rosée, que tenía mucha vivacidad, se le ocurrió además levantar la hipótesis de que Plinio hubiese sufrido un accidente de automóvil, pues, por el atraso, debía haber obligado al conductor a correr mucho. La mera posibilidad acentuó todavía más la aflicción de doña Lucilia.
Cuando estaban aplaudiendo al licenciado cuyo nombre antecedía al de Plinio, éste último entró en la sala y tomó asiento en su lugar. El alivio de doña Lucilia fue inmenso. El nombre fue proclamado: Plinio Corrêa de Oliveira. Se levantó y fue a recibir el diploma, saludó al Rector y a los profesores, y después, siendo costumbre que los abogados saludaran a sus padres y a los familiares presentes, se dirigió hacia donde estaban doña Lucilia y los demás parientes. A pesar de la angustia que había pasado, ella no dejó traslucir nada ni le hizo la más mínima observación, por lo que su hijo no pudo imaginar que ella hubiese tomado aquello como una tragedia.
Terminada la solemnidad volvieron juntos a casa, donde estaba preparada una fiesta para él y para uno de sus primos, con el cual había realizado los estudios y que también se había graduado aquel día. Cuando disminuyó la efusión de los saludos y de las felicitaciones del primer momento, el viejo mesonero Luis se aproximó al Dr. Plinio y le dijo con su voz cantarina:
— Sr. Plinio, doña Lucilia quiere hablar con usted. Está en su cuarto.
El Dr. Plinio se dirigió inmediatamente para allá, preguntándose qué podría ser: “¿Estará enferma? No parece. ¿Qué será? ¿Algún disgusto?”
Cuando entró en el cuarto, doña Lucilia, para asombro de su hijo, cerró la puerta y se arrodilló delante de él. Plinio, con palabras de afecto, intentó en vano levantarla. Por fin, ella le dijo con mucha gravedad:
— Hoy pasé por uno de los mayores sufrimientos de mi vida, y quiero pedirte, por el amor a Dios, que nunca más hagas esto con tu madre, nunca más repitas un corre-corre como éste y te atrases en actos solemnes. ¡Cuándo se ha visto!… Estaban presentes tus profesores, estaban presentes tus compañeros, estaba presente la Facultad entera y ¡sólo tú llegaste atrasado! ¿Qué van a decir? La hipótesis levantada por doña Rosée de que hubiera tenido un accidente en el camino, no se le apartaba de la mente, y  prosiguió:
— Me vas a prometer que jamás correrás tanto con el coche, para que no sufras un accidente, cosa que me da muchísimo miedo. Hijo mío, ¿me lo prometes? el Dr. Plinio, para tranquilizarla, rió y bromeó un poco, pero ella se mantuvo irreductible e insistió:
— No estoy bromeando, es muy serio. Y tienes que hacerme la promesa de nunca más correr así con el coche, para que no tengas ningún accidente ¿me lo prometes?
El Dr. Plinio, ya conocedor de aquellas serenas intransigencias, se vio obligado a ceder y lo hizo de buen grado. Sólo después de esto, ella se levantó. Tranquilizada, le bendijo, le besó y fueron sin más a participar de la fiesta, que transcurría con alegría. Muchos años después, al recordar aquel día de la graduación de su hijo, ella aún comentaba:
— ¡Ah! qué agonía pasé aquella tarde…

Deber de gratitud

cap8_017A partir de 1928, Plinio se entregó por completo a las actividades del Movimiento Católico. En 1929 fundó la Acción Universitaria Católica, AUC, que reunía a estudiantes católicos de diversas escuelas superiores.
Doña Lucilia aceptó, en esa ocasión, el sacrificio de algo extremamente precioso: una buena parte de la inefable convivencia con su hijo. En los años siguientes, con el desarrollo de su actuación, ese alejamiento no haría sino aumentar. A pesar de ello, por un interesante intercambio de cartas entre madre e hijo, en julio de 1930, se puede entrever cómo la inevitable disminución de los encuentros entre ambos solo contribuyó para el crecimiento de la mutua bienquerencia. En ese mes, Plinio viajó con Mons. Pedrosa(Párroco de la iglesia de Santa Cecilia, el mismo que dio a Rosée y a Plinio el curso preparatorio de Catecismo para la Primera Comunión.), en automóvil, para Río de Janeiro, a fin de establecer contacto con líderes católicos de la capital federal. De allá le escribió dos afectuosas cartas a doña Lucilia, la primera de las cuales, fechada el día 15, narra todas las peripecias del trayecto. De paso por el Santuario de Nuestra Señora Aparecida (Patrona de Brasil), rezó por su madre, encendió una vela por doña Gabriela cuya salud exigía cuidados especiales debido a su avanzada edad y otra por el resto de los familiares. Además de contarle todas las visitas que hizo a parientes y conocidos, elogia el espléndido tratamiento que le dispensaba Mons. Pedrosa.
Y lamenta sólo una cosa: la ausencia de su “queridísima mãezinha”, pues dice él “a todos los numerosos placeres que Dios me ha dispensado en este viaje, se añade constantemente el disgusto de no gozar de su compañía para apreciarlos mejor”. Y más adelante vuelve a afirmar: “Como ya le dije, la única cosa que empaña mi alegría es la saudade de mi mãezinha. Por lo demás, mi alegría es completa. Esto es una delicia”.
Doña Lucilia debe haber estado preocupada mientras no tuvo noticias de su hijo pues, según el concepto antiguo, un viaje era siempre peligroso, lleno de sorpresas. Apenas recibió la esperada carta, la respondió. Desde las primeras líneas salen a relucir los sentimientos de gratitud que caracterizan a las almas nobles.

Plinio con Monseñor Pedrosa

                       Plinio con Monseñor Pedrosa al centro

São Paulo, 17-7-930
¡Hijo querido de mi corazón!
¡Con qué placer, con qué satisfacción, leí y releí tu carta tan ansiosamente esperada! Llena de reconocimiento, ya he dado gracias a Dios en una oración por las buenas noticias de que es portadora. Realmente, no sé cómo agradecerle a nuestro buen Monseñor todo el cariño y desvelo que te ha dispensado, y espero en Dios, hijo mío, que sabremos demostrarle que le somos gratos por todo lo que ha hecho por nosotros. Mira a ver si puedes serle de alguna utilidad, y no pierdas las ocasiones de mostrarte agradecido y afectuoso con él. Te agradezco inmensamente las oraciones hechas en mi intención en el Santuario de Ntra. Sra. Aparecida, y espero que hayas alcanzado por Su intermedio muchas gracias y bendiciones. He sentido una falta enorme de ti, querido, pero aún así, me alegro de que hayas podido hacer este paseo, y de que estés apreciando debidamente este bello Río, y siento de verdad que no te puedas quedar unos dos días más.
Hemos tenido mucha lluvia, y un frío intenso, y sé que allí también la temperatura cayó y ha llovido, y siento que no conserves una impresión del Río “verde y azul” como se muestra cuando está el tiempo bueno.
¿Viste a tu tía Sinhá (María Eugenia da Cunha Rego Barros, hija del Barón de Goiana y esposa del Consejero
João Alfredo), al Padre Luiz (El Canónigo D. Luiz Cavalcanti, primo de don João Paulo. Ejercía su ministerio en
Río) y a Mary (Hija de Dª Julieta Falcão Sampaio Vianna)?
Te estoy preguntando tantas cosas que, espero en Dios, podré tener el placer de saberlas de viva voz pasado mañana; ¿no es exacto? Como siempre, he rezado mucho por ti, pero de todas maneras, te recomiendo una vez más, mucho juicio, mi “pinbinsh”.
Saluda mucho de mi parte a Monseñor Pedrosa y a su hermano.
Recuerdos de todos en casa.
Con mis bendiciones, te envío echándote de menos, muchos besos y abrazos. De tu mamá extremosa,
Lucilia
Nota: Para tu buen y feliz gobierno, guarda bien los consejos y observaciones de tu buen padrino.

El mismo día 17, Plinio echaba al correo una segunda carta para su madre, contándole otras impresiones sobre Río de Janeiro:
Queridísima Mãezinha
[Pasé] un día lleno de las más agradables impresiones.
Fui por la mañana a la Biblioteca Nacional, donde pude ver una organización admirable, y un conjunto de libros antiguos, verdaderamente imponentes. Admiré, entre otras preciosidades bibliográficas, la primera edición de Os Lusíadas y una Biblia de 1480 ó 90 más o menos.
Después de un excelente almuerzo en el Heyme, fui a la Gruta da Imprensa en coche. Es la cosa más bella que haya visto, en materia de panoramas. Fui, después, a una larga, larguísima pero agradabilísima reunión de católicos ilustres. Cené espléndidamente y fui a visitar al primo P. Luis. Lo encontré muy bien, pero envejecido. Me agradó mucho, etc.
Hice, después, un giro por la Av. Central y estoy de vuelta ahora, las doce más o menos, después de un helado de damasco en una confitería con sillas en la calle.
¿Cómo está mi mãezinha, de quién estoy tan saudoso?
Recuerdos a todos y 1000000000000000000000000 de besos de su hijo que, con el más cariñoso respeto, le pide la bendición
Pigeon (pichón en francés).