Un viaje marcado por el dolor

«¡Doña Lucilia, madre mía, no me dejes, por favor!». Se giró hacia el altar, donde hay una imagen de la Virgen del Carmen, y mirándola dijo: «No quiero irme igual a como he llegado».

Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

Ligia María Rojas Zúñiga, de Costa Rica, narra dos favores obtenidos por Nuestra Señora del Carmen, gracias también a la intercesión de Dña. Lucilia, que respondió de modo superabundante a sus oraciones.

Cooperadora de los Heraldos del Evangelio en su país, Ligia fue a Brasil en julio de 2022 para participar en el congreso internacional que se realiza todos los años. Sin embargo, cargaba con dos cruces que afligían su espíritu y hacían que emprendiera ese viaje con temor. Sigamos su relato:

Da. Ligia (al lado de la imagen de San José) con los cooperadores de Costa Rica, visitando una de las casas de los Heraldos del Evangelio en São Paulo

«Tenía una lesión grave en el pie derecho, debido a problemas de mala circulación sanguínea, que sufro desde el 2000. Había sido tratada en varias ocasiones; con el tratamiento y los vendajes se cerraba la herida, pero después se volvía a abrir. Cuando le conté al médico que haría un viaje a Brasil, intentó disuadirme, porque un vuelo de varias horas a gran altura era peligroso para cualquiera en mis condiciones. Sin embargo, le dije que ya lo tenía todo preparado y que viajaría bajo mi propia responsabilidad.

»La víspera de la salida, la enfermera me curó la herida, me puso una venda y me indicó que no me la quitara mientras estuviera fuera del país.

»Consciente del riesgo del viaje y del posible impacto que podría tener en mí, le rogué a Dña. Lucilia, nuestra madre, que intercediera por mí. Durante las horas de vuelo les pedí a ella y a Nuestra Señora que todo saliera bien durante el viaje y el regreso a casa».

Una curación espiritual…

Ligia llegó a Brasil bien dispuesta y pudo seguir el programa del grupo de cooperantes en São Paulo. Durante la visita a la casa Monte Carmelo —de la rama femenina—, sintió el auxilio de Dña. Lucilia y, por su intercesión, el de Nuestra Señora del Carmen, curándola de una profunda angustia que sentía en su interior.

Al entrar en la iglesia, le invadió una enorme emoción y enseguida le surgió una súplica: «¡Doña Lucilia, madre mía, no me dejes, por favor!». Se giró hacia el altar, donde hay una imagen de la Virgen del Carmen, y mirándola dijo: «No quiero irme igual a como he llegado».

Y continúa: «Mi petición en ese momento era únicamente espiritual. Durante mucho tiempo había cargado con un dolor en mi corazón. En concreto, desde 2016 —cuando hice el curso de consagración según el método de San Luis María Grignion de Montfort— meditaba sobre el trasfondo maligno que existe en cada persona. Intenté varias veces hablar de esto con un sacerdote, pero no logré que ninguno entendiera mi situación, o quizá no supe explicar lo que sentía».

Abrumada por la pena, Ligia le pedía a la Señora del Carmen ayuda para ella y su familia, llorando hasta sentirse aliviada. Entonces notó que una rosa del arreglo floral que decoraba la imagen se había desprendido y caído sobre el altar. Le pidió a una hermana que estaba allí cerca el favor de que se la alcanzara. Ésta se la entregó diciéndole: «Grandes cosas tiene la Virgen María para usted».

Altar de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, Caieiras (Brasil); en el destacado, la rosa recogida por Ligia

…y otra corporal

Profundamente conmovida, Ligia visitó ese día otras iglesias y casas de los Heraldos. Prosigue su narración: «Al día siguiente, el viernes 21 de julio, cuando empezaba el congreso, me acordé de las instrucciones del médico y, al sentir punzadas en el pie, le rogué a la Virgen que me concediera la gracia de volver a Costa Rica sin tener que recurrir a ninguna clínica. Cogí un pétalo de aquella rosa y lo coloqué entre las vendas. Confiando en Nuestra Señora, salí hacia la sesión inaugural del congreso; ya no sentía molestia alguna.

»Tuve otra sorpresa el sábado: me encontré con un sacerdote heraldo que no había podido atenderme cuando estuvo en Costa Rica, pero que ahora estaba dispuesto a hablar conmigo, aprovechando un receso entre las sesiones del congreso. ¡Fue una maravillosa oportunidad! Sin embargo, cuando quise contarle lo que me había apenado tanto, me di cuenta de que la Virgen ya me había quitado toda mi tristeza de tanto tiempo: no tenía nada que contarle, el dolor interior había desaparecido.

»El domingo por la tarde comencé a sentir como si algo me punzara el pie. Por la noche había querido quitarme la venda, pero tenía miedo. El lunes compré lo necesario y me dispuse a cambiarme el vendaje. Pero cuando retiré las gasas vi con sorpresa que la herida abierta del pie estaba seca. La superficie estaba enrojecida, pero no desprendía ningún líquido ni fluido.

»Cuando regresé a Costa Rica, mi familia y amigos notaron algo diferente en mí. De hecho, durante el viaje había sido sanada de dos males: el del corazón y el la de la mala circulación sanguínea, la cual padecía desde hacía veintidós años. Mi médico confirmó el “milagro”, tras examinar mi pierna y comprobar que la herida se había cerrado y cicatrizado».

Así concluye su relato: «Ahora, un año después de todo lo que pasó, estoy sana. Desde entonces, he dado infinitas gracias a Dña. Lucilia y a Nuestra Señora por permitir que cayera la rosa, por haberme inspirado a colocar el pétalo en las gasas, por mediar para que Dios manifestara su gloria y me curara física y espiritualmente».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, febrero 2024)

 

¡Doña Lucilia, ten piedad de él!

Afligidos, Rose y Antonio veían que el tiempo pasaba sin ningún signo de mejoría: João seguía con los ojos herméticamente cerrados…

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

En la ciudad de Belo Horizonte (Brasil), Dña. Lucilia socorrió al pequeño João Rafael, un niño de 5 años, hijo de Rose Cristina y Antonio Ferreira Soares.

João Rafael en el hospital con su padre

Cierta noche, le entró en un ojo una mota de polvo. Lo cerró y se quedó dormido. A la mañana siguiente el niño no podía abrir los ojos, ni siquiera con la ayuda de sus padres. Sin comprender lo que le ocurría, lo llevaron al hospital. Tras varias pruebas infructíferas, la médica de guardia decidió esperar dos días para realizar un control más detallado.

Afligidos, Rose y Antonio veían que el tiempo pasaba sin ningún signo de mejoría: João seguía con los ojos herméticamente cerrados, chocándose con los muebles y las paredes de la casa. Su estado empeoraba por el hecho de que padecía autismo y, por tanto, con mayor riesgo de no volver a abrir los ojos nunca más. «Cada día que pasaba, nuestra angustia aumentaba», nos decía Antonio.

El día señalado, llevó nuevamente al pequeño al hospital, a fin de someterlo a un procedimiento con anestesia local, para analizar sus globos oculares. A pesar del dolor que le provocaban las inyecciones, João continuó sin abrir ninguno de los ojos. Una vez finalizado el examen, los médicos confirmaron que no había ninguna anomalía en los globos oculares… Sólo quedaba esperar a que el niño abriera los ojos en algún momento.

Transcurridos unos días más de esta angustiosa perspectiva, Rose y su esposo fueron el domingo a la casa de los Heraldos de Belo Horizonte para asistir a la santa misa. Cuando terminó, le explicaron al sacerdote celebrante la situación en la que se encontraba João Rafael y le pidieron que le diera una bendición. Al bendecirlo, el sacerdote dijo esta breve oración: «¡Doña Lucilia, ten piedad de él! Por favor, no dejes que se quede así. ¡Intercede por él, madre mía!». Y trazó una cruz en la frente del pequeño enfermo.

João Rafael ya totalmente recuperado

Después de la bendición, la familia se marchó. Habiendo andado unos cien metros, Rose avistó unos pajaritos y le dijo a su hijo: «¡João, mira los pajaritos que están cerquita de ti!». Al oír esto, abrió uno de sus ojos. Rose narra emocionada: «¡Lo abrió en ese momento! ¡Fue un “milagro” instantáneo!».

Estaban asombrados, pues nadie se esperaba que la petición fuera atendida de manera tan inmediata. Dos días después, João Rafael logró abrir el otro ojo y todo volvió a la normalidad, sin secuelas.

Cuando Rose le contó al sacerdote la feliz noticia, éste aprovechó la oportunidad para darle un consejo: «¡Ahora, usted, en agradecimiento a Dios, procure ser una gran santa!».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, diciembre 2023)

Permuto de influencias pasadas rumbo a un futuro de síntesis

El Dr. Plinio recibió de Doña Lucilia una formación de acuerdo con el estilo de la São Paulo de otrora, basado en el intercambio de influencias con las naciones extranjeras. Desarrollándose en ese ambiente y favorecido por un especial discernimiento, él desvendó aspectos peculiares del alma brasileña.

Soy brasileño por todos lados. No tengo en mis venas otra sangre además de la portuguesa, unas tres o cuatro gotas lejanas de sangre española y un poquito de indio.

El papel de barniz con relación a la madera

Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira
Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira

Mi padre era sobrino del Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira, en cuyas memorias consta que seis u ocho generaciones vivieron en Pernambuco después de que el primer portugués de la estirpe llegó a Brasil. Era, por lo tanto, brasileño en su propia raíz.

Mi madre era una auténtica brasileña. El antepasado portugués más cercano era su bisabuelo, el Alférez Joaquim Ribeiro dos Santos, primero de la familia en venir a Brasil, por línea masculina. Su  ancestralidad materna estaba compuesta de paulistas, cuyo linaje se perdía en los primeros tiempos del Brasil colonia. De manera que mi madre era una paulista al pie de la letra y brasileña al cien por ciento.

Así, analizando mi propia familia, es el caso de preguntar: ¿correspondemos a la noción habitual de “brasileño”? El objetivo no es tratar de mi madre ni de su hijo, a no ser para tomar cierta idea corriente y ver hasta qué punto confiere o no con la realidad.

¿Cómo es un brasileño?

Es necesario especificar dos puntos: en primer lugar, mi madre y yo somos católicos, apostólicos y romanos. Y como todo buen brasileño o todo buen miembro de cualquier pueblo, se llega a lo más característico de su patria cuando se es enteramente católico, pues es propio a nuestra Religión el dar brillo a los caracteres nacionales, haciendo el papel de barniz en relación con la madera.

El piso de la Sala de los Alardos1, en la Sede del Reino de María, por ejemplo, se compone de maderas brasileñas, y el thau2 del león es hecho del famoso palo-brasil, que dio nombre a nuestra nación. Ahora bien, no se podría elogiar ese parquet, sin enaltecer el barniz que lo recubre, porque la madera como que solo realiza su propia fisionomía después de ser cubierta de barniz.

Barnizada queda diferente, como también el barniz cuando está en su recipiente. Nadie, al conocer solo la madera o solo el barniz, podría imaginar que la junción de ambos quedase tan bonita.

Pues bien, eso es lo que la Religión Católica hace con las varias naciones. Ella –cuyo foco de irradiación es la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana–, es hecha para ser vivida entre los hombres, los cuales, por su naturaleza, constituyen las naciones. Así, el “líquido” sagrado de la Iglesia pasado sobre el “alma” de cada nación, produce el efecto del barniz en la madera: resalta todas sus características y toda su belleza.

He aquí, por lo tanto, el primer punto para especificar: que no tratemos de Brasil visto al natural, sino de él en cuanto “barnizado”.

Viajando por diversos Estados de Brasil

La segunda especificación es la siguiente.

sala de alardo SRMEn cierta ocasión, durante una conferencia para cerca de doscientas cincuenta personas, pedí que levantaran el brazo aquellos que estuviesen seguros de no tener ninguna otra sangre a no ser la brasileña, por lo menos hasta el tatarabuelo. El resultado fue menos del diez por ciento del auditorio… Los demás tenían proporciones de sangre extranjera: sin embargo, todos se consideraban brasileños.

Así siendo, ¿qué es el Brasil y qué es ser brasileño? Sin duda, hay zonas de Brasil muy brasileñas: el Norte, el Nordeste, Minas Gerais, Goiás, Mato Grosso, casi no tienen inmigraciones. Por su parte, Río de Janeiro y São Paulo son muy cosmopolitas.

En el sur, a medida que nos distanciamos de São Paulo, el factor alemán va preponderando. En Río Grande del Sur encontramos una inmigración italiana considerable y un tipo de brasileño sobre cuya piel soplan los vientos de las pampas. El gaucho es ligeramente españolizado en sus maneras.

Cuántas veces, viajando por diversos Estados de Brasil, me complacía en mirar el movimiento de la calle por la ventana del hotel, analizar cómo las personas se encontraban, conversaban, mientras yo hacía comparaciones.

Por ejemplo, estando en Belo Horizonte, veía a los mineiros saludarse. Ellos tenían en vista la amistad, pero con discreción, sin llamar la atención; el encuentro era cordial, pero poco teatral, con las manos que se apretaban y el tono bajo de voz: “¿Cómo le va?” Y si tuviesen algo de política para hacer, ya salía allí mismo…

En Río Grande del Sur el tenor de alma era diferente. Los gauchos, al avistarse, ya venían de lejos conversando, con los brazos abiertos: “¡Oh, querido amigo!”, y se abrazaban haciendo resonar el tórax.

Elemento fundamental de la brasilidad: permutar influencias

Sin embargo, por encima de eso hay una característica del alma del brasileño que no he visto que sea comentada.

Se dice que el brasileño tiene la manía de la imitación y vive con los ojos puestos en lo que se hace afuera. Eso tiene su buena parcela de verdad. Pero lo que ocurre es un intercambio. Al mismo tiempo en que recibe una influencia, ejerce otra: moldea a su interlocutor, de manera que este se deje abrasilerar sin percibirlo. Tiene tanto gusto en imitar cuanto en influenciar. Y lo que él da, penetra más o con tanta profundidad en el alma cuanto aquello que recibe.

Esa prodigiosa capacidad de intercambiar, de permutar influencias, es un elemento fundamental de la brasilidad, la cual ejercemos de modo inconsciente, y corresponde, de un modo providencial, a las circunstancias de nuestro territorio: tan inmenso que la pura estirpe descendiente de Portugal no llegaría a llenarlo, a no ser a lo largo de siglos y siglos.

Era bueno, por lo tanto, que el primer pueblo que viniese a establecerse aquí fuera el organizador del lugar y diera las notas iniciales a partir de las cuales la “música” del país proseguiría. Pero, además, que todos los pueblos de la Tierra fuesen fraternalmente invitados a venir a habitar aquí, desde que continuasen en la línea iniciada. Era el compromiso de la hospitalidad: “Vengan para ser de los nuestros, no para ser heterogéneos. Traigan sus riquezas, sus características. Estamos dispuestos a recibirlos, ¡y con cuánta simpatía y buena voluntad! Sin embargo, hay una condición: nosotros también tenemos que dar. ¡Reciban!” No hay quien no piense que eso es muy equitativo.

Esas explicaciones ayudan a los brasileños a comprenderse frente a la inmigración, y a los hijos de inmigrantes a entenderse y sentirse frente a Brasil, para querer sentirse influenciados. Ayudan de igual modo los extranjeros, que para alegría nuestra viven en Brasil, a hacer esta operación, estando en este país por un tiempo indeterminado.

En todos –y eso es típico del brasileño– ya estaba eso concertado de manera subconsciente. No es propuesto como contrato a nadie, no es un pacto explícito. Es un modo de ser tan implícito que me tomó tiempo el explicitarlo por entero.

Como punto de partida de la inocencia y de la historia mental de este pueblo, tenemos esa característica que posee sus raíces en la mentalidad y en la psicología portuguesas. Todo eso nació de Portugal y nos alegramos que sea así. Miramos la Torre de Belén, por ejemplo, y encontramos allí nuestras resonancias y consonancias.

Penetración del gobierno del aceite de oliva

Benedito_Calixto_-_Fundação_de_São_Vicente,_1900Menciono ahora otro trazo del brasileño. Yo considero el negro y el mestizo de negro, así como también el indio y quien de él desciende, auténticamente brasileños. Ahora bien, este pueblo, cuyas raíces nativas son tan próximas en algunas de sus estirpes, no tiene una relación grosera consigo mismo ni con otros, y cuando ve o siente un trato agresivo, queda chocado. De manera que, si quieren repeler a un brasileño, basta emplear la brutalidad.

El trato de ellos es suave, manso, cordial. Pero… ¡circulen por donde tengan la vía, no se metan en contravía, porque todo se trastorna! Escomo peinarse el cabello por el lado equivocado. ¡Tengan cuidado!

¿Cuál es la raíz portuguesa en este aspecto?

En el siglo XIX, reputaban como un verdadero imperio colonial, el británico. Inglaterra poseía bancos, iglesias protestantes, políticos y militares acantonados en todas sus colonias, en puntos estratégicos y haciendo comercio; si hubiese un problema, se formaba una pelea. Era la fuerza del “león” británico colocada para garantizar el buen correr de todo. ¿El imperio era estable? Sí, porque el “león” era sólido. Sin embargo, bastó que él abriese un tanto sus garras, que sus colonias quisieron ser independientes.

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Por su lado, el colonialismo portugués no componía un imperio, era únicamente media docena de colonias, que daban la impresión de algo débil, de una nación decadente. La monarquía y, más tarde, la república portuguesa, mandaba gobernadores que, de modo patriarcal, regían las colonias y nadie ni siquiera tenía conocimiento exacto de que era lo que ellos hacían o no. Cada colonia crecía como una flor o como una coliflor.

Si no fuese por la influencia rusa3, las colonias portuguesas no se habrían vuelto independientes por esfuerzo propio, porque los colonizados amaban a sus colonizadores. ¿Cuál era la razón?

La colonización de los portugueses era hecha a la manera de la acción que Brasil ejerce sobre los no brasileños. Con los africanos, con los de la India, en Macao, por toda parte, ellos penetraban como el aceite: se pone una gota y el aceite no rasga y no dilacera la hoja de papel; solamente se vuelve transparente y se extiende en toda su capacidad de extensión.

Ese era el colonialismo de Portugal: la penetración del gobierno del aceite. En el fondo, ¿cuál fue el más fuerte? ¡No fue el del león sino el del aceite!

Alguien preguntará: “Dr. Plinio, ¿y Brasil? Si es así, ¿por qué no quedó unido a Portugal?”

Me limito a decir una cosa: mucho más de cien años después de la independencia, Brasil restableció una situación en la cual el ciudadano portugués tiene todos los derechos del brasilero, y este, todos los derechos del portugués. Es algo que los que proclamaron la independencia no entenderían.

O sea, por encima de las rivalidades propias de la independencia, prevaleció un sentido de unión tal, que da la impresión de aumentar con el paso del tiempo. Creo que no existe, en el mundo entero, una ex colonia de Portugal como Brasil. Es el don de ese intercambio, es un estilo, un modo especial de ser, de disponer.

Quien admira, asimila y lucra más

¿Cuál es el fundamento de ese intercambio?

San jose de anchieta y padre noriegaEl alma nacional es admirativa, por eso es capaz de asimilar; quien de buen grado admira lo que los otros tienen, asimila y lucra más.

Lo que más busca encontrar el brasileño son afinidades. Cuando él entra en contacto con almas con las cuales consuena para poder juntos comentar las cosas, para sentir y pensar la misma cosa; sobre todo, para admirar juntos, es lo que más le da felicidad.

Comentando sobre mi propio país lo hago con admiración, como hace poco y tantas veces he discurrido sobre otros países. Hablo como brasileño, propicio hasta a admirar lo que Dios hizo en el propio brasileño. Ese gusto en tener afinidades en la admiración y de intercambiar es el propio bienestar del brasileño. Es el punto por donde él se siente realizado.

En otros pueblos, he notado el siguiente movimiento de alma: “Tú eres diferente y yo no siento alegría por lo que eres; me voy a diferenciar de ti cuanto sea posible”.

En la pelea de gallos se ve eso. Antes de entrar en conflicto, comienzan a dar vueltas y a mirarse, desafiándose, como si se dijese uno al otro: “No quieras pasarme por delante ni ser superior a mí, ni apoderarte de lo que es mío, porque yo reacciono como una fiera. ¡Mira bien!”

Esta no es la posición brasileña de ningún modo: “Esa cualidad es mía y no tuya, y yo me alegro con eso.” No. Es lo contrario: “Mira, ¿vamos a admirar, a intercambiar? ¡Qué agradable es admirar juntos! Cómo me gusta que tengas esa cualidad. Pero yo también tengo tal otra así, ¿no te gusta? ¿También te gusta? ¡Qué bueno! Amemos a Dios que creó todo eso.”

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Esto forma lo que el ambiente nacional tiene para construir con una nota brasileña, en un territorio nuevo, un mundo nuevo hecho de contribuciones de toda especie de pasados, para un futuro de síntesis. Aquí está Brasil.

Tal realidad explica cómo Doña Lucilia, siendo tan brasileña como era, recorría los horizontes de la historia del pasado a partir de los barnices franceses, que la educación dada en la São Paulo de aquel tiempo había impreso sobre su personalidad. Y que, sin la menor ilusión de ser una francesa, tenía mucho de afrancesado en su modo de ser; eso se nota inclusive en los muebles de su casa.

Mi madre me enseñó esa capacidad, esa tendencia a admirar y a ver en todo lo que hay de maravilloso, no como la actitud de un tonto que ve prodigios donde no los hay. Se trataba de la posición de saber apreciar las maravillas, alegrarse y satisfacerse con ellas, asimilando de todos lados.

Esa señora afrancesada contrató para sus hijos a una gobernanta alemana, pero quiso que aprendiesen también inglés y supiesen bien el portugués. De ahí se originó una formación no inventada por ella, sino propia al ambiente en el cual fue criada.

Ella realizaba todo eso con sonoridades, con ecos que, para mi corazón de hijo, solo ella poseía. Con todo, era un estilo general de la São Paulo naciente, que comenzaba a recibir extranjeros con un abrazo, con una sonrisa, siendo influenciado e influenciando católicamente.

(Extraído de conferencia del 3/11/1979)

  1. Del portugués: formación. ↩︎
  2. Denominación de la última letra del alfabeto hebreo, que tiene forma de cruz. Basándose en el capítulo 9 de la profecía de Ezequiel, el Dr. Plinio empleaba ese término, a fin de indicar una señal marcada por Dios en las almas de las personas especialmente llamadas a rezar y actuar en favor de la Iglesia y de la implantación del Reino de María. ↩︎
  3. El Dr. Plinio se refiere a las colonias portuguesas que, a mediados del siglo XX, sufrieron la influencia soviética. ↩︎

Mi esposo entró en desesperación, quedó atemorizado

 … el médico se asustó y dejó también a mi esposo muy asustado. Por su edad, el índice era muy elevado, más del doble de lo normal. Y el doctor dijo que tenía un cáncer terminal, sin cura.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

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María de Fátima con su esposo y sus hijas en una casa de los Heraldos

Un relato más de un favor alcanzado por intermedio de Dña. Lucilia nos ha sido enviado por María de Fátima Silvino Maro y su marido, Emanuel Nazareno da Silva Santos, de Miracatu, estado de São Paulo.

«En el 2014 mi esposo tuvo problemas de salud. Estaba sintiendo algunas molestias y cuando fue al médico éste le pidió exámenes de rutina, entre ellos uno del PSA, que diagnostica el cáncer de próstata».

Al llegar los resultados de los análisis «el médico se asustó y dejó también a mi esposo muy asustado. Por su edad, el índice era muy elevado, más del doble de lo normal. Y el doctor dijo que tenía un cáncer terminal, sin cura».

Ante la trágica noticia el matrimonio quedó muy abatido: «Mi esposo entró en desesperación, quedó atemorizado, sin saber qué hacer».

Unos días después María de Fátima y Emanuel les dieron la notica a sus hijas, en aquella época estudiantes del Colégio Arautos do Evangelho.

«Cuando llegaron a casa, a pesar de que estábamos muy nerviosos, hablamos con ellas. Los cuatro lloramos mucho. Pero en medio de toda esa aflicción, una de las hijas solamente dijo: “Papá, no te preocupes, ten confianza. Ahora tenemos a Dña. Lucilia, ella va a interceder por ti, basta que pidas con fe. Ella nos va a ayudar”. Entonces sacó de su mochila escolar esa foto que es conocida y me la entregó diciéndome: “Mamá, rézale a Dña. Lucilia para que cure a papá”».

Y, a pesar del gran abatimiento de Emanuel, María de Fátima confió en que la señora del cuadrito iría a remediar la situación: «Yo, en mi fe, cogí aquella foto de Dña. Lucilia y la puse entre la funda y la almohada de él. Cada vez que le cambiaba la funda volvía a poner la foto de nuevo».

«Gracias a Dña. Lucilia hoy mi esposo está curado»

Poco a poco se fue calmando y la característica paz que esa bondadosa dama irradia fue haciéndose cargo de la situación:

«Nos fuimos tranquilizando con el paso de los días y buscamos un urólogo para que le hiciera una mejor valoración. Cuando llegamos a la consulta, el médico conversó calmamente con mi esposo, diciéndole que podía ser un error del laboratorio, pero que si fuera una enfermedad debería tener paciencia, porque para todo había solución».

Enseguida, algo parecía que había cambiado en su cuadro clínico: «El médico ya inició un tratamiento, recetó algunos medicamentos para aliviar los dolores y programó nuevos exámenes».

Doña Lucilia había atendido las oraciones hechas por las hijas y la esposa de Emanuel: «Aquel índice disminuyó. Y el médico pensó que tal vez no fuera cáncer, sino una inflamación acentuada. Y siguió con el tratamiento».

Tras cada examen «esas cifras iban disminuyendo, disminuyendo, disminuyendo… y terminó, gracias a Dios. Gracias a la intercesión de Dña. Lucilia hoy mi esposo está curado. Realiza un examen de rutina todos los años y ya no aparece nada».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, noviembre 2020)