En ausencia del “filhão”¹

Doña Lucilia conservó hasta su extrema vejez un orden en todas las cosas que hacía. No dejaba nada para el día siguiente, ni adelantaba algo sin necesidad. A pesar de que siempre ocupaba bien su tiempo, sentía un gran aislamiento cuando no tenía la compañía de su hijo.

Cuando me ausentaba de casa con ocasión de algún viaje, yo notaba que el día de Doña Lucilia continuaba siempre el mismo. Aunque en la antigua São Paulo fuese un hábito levantarse muy temprano, en su familia siempre fue costumbre despertarse y acostarse tarde. Además, contribuía a ese hábito el hecho de que ella padecía de una enfermedad del hígado, y le hacía muy bien permanecer en reposo.

Todo muy ordenado, sin ningún capricho

cap12_041Al levantarse, ella pasaba a una toilette hecha sin ninguna lentitud excesiva y sin prisa. En su vida de ama de casa no tenía ninguna razón para apresurarse. Mi madre era del tiempo en que las cosas solo se hacían deprisa cuando había una razón que obligase a eso. La regla era la lentitud, y la prisa era un castigo que las circunstancias imponían. Todo lo que hacía era muy ordenado, no tenía caprichos.

Por ejemplo, ella me contó que todas las partes de su toilette –ella tenía cabello largo–, a la hora de lavar la cabeza, peinar el cabello, vestirse, eran ejecutadas según una misma secuencia. No variaba ni interrumpía nunca. Enseguida, Doña Lucilia rezaba un poco e iba a almorzar. Después del almuerzo se dirigía al comedor. Era una costumbre en su familia –que vigoraba en la antigua São Paulo– hacer la sala de estar en el comedor. Las casas de hoy son diferentes. El comedor es una sala, la sala de estar es otra. En su tiempo, los comedores eran siempre un poco más grandes que lo necesario para la mesa y algunos muebles, y las personas se quedaban allí después de la comida, prosiguiendo cómodamente las conversaciones. Cuando estaba sola, mi madre continuaba sentada allí.

Las tardes de Doña Lucilia

imageMás o menos a la hora en que yo acostumbraba a salir, ella se levantaba e iba a mi sala de trabajo. Todo eso variaba, porque necesitaba entrar en las salas, ver una y otra cosa, etc. La residencia era grande, con empleadas en cantidad suficiente, no daba mucho trabajo, pero a Doña Lucilia le gustaba todo muy bien arreglado. Nunca dejaba para otro día una tarea propia de aquel día, pero también nunca adelantaba

una cosa que pudiese ser dejada para el día siguiente. Todas las tareas eran ejecutadas a su hora, hasta el momento de la merienda en el comedor, entre las cinco y cinco y media de la tarde. Habitualmente, a esa hora entraba allí una luz del sol muy bonita. Mi madre se quedaba tomando aquel sol y contemplando los árboles de la Plaza Buenos Aires, que también tenía una vegetación muy hermosa, frondosa, bien cuidada; hoy está menguando con la polución. Más tarde, hacía nuevas oraciones hasta la hora de la cena, tomada en silencio. Ella se las arreglaba para

tener el tiempo lleno, rezar bastante, conservar todo en orden y no sentir melancolía. Ese era el modo en que ella vivía.

Alegría por el regreso del hijo

plinio_facultad_derechoEn el período en que fui diputado[2], yo pasaba los días de semana en Río de Janeiro. Como no había aviones en ese tiempo, el viernes en la noche tomaba un tren para São Paulo y llegaba el sábado temprano. Comulgaba, después iba a casa y me quedaba con mi madre hasta el domingo en la noche, cuando viajaba de nuevo a Río. Cuando terminó mi mandato, ordené que preparasen cajas con los objetos que yo había llevado a Rio, y todo fue traído de vuelta a São Paulo. Las cajas llegaron antes que yo, porque deseé ver salir todo de Río, a fin de evitar que alguna cosa se quedase

atrás y desapareciesen libros, papeles, ropas, una serie de cosas que no podía perder. Al entrar en casa, mi madre me hizo mucha fiesta, con todas las formas de agrado posibles. Y conversando conmigo, dijo: “Filhão, quedé tan contenta al ver las primeras cajas que llegaron, que yo, ya anciana –ella tenía unos 60 años–, hice una cosa infantil. Cuando la empresa de transporte las dejó en casa, como no tenía fuerza para moverlas, besé cada una de ellas con alegría, porque sentí que eras tú que estabas comenzando a volver.” Percibí, en su alegría, el aislamiento en que ella estaba.

Ese era el sistema de vida de Doña Lucilia hasta su muerte, ocurrida cuando tenía 92 años. En su extrema vejez había el mismo orden en todas las cosas que hacía.

 (Extraído de conferencia del 19/1/1983)

1 En portugués, aumentativo afectuoso de hijo, con el cual Doña Lucilia llamaba al Dr. Plinio.

2 Durante la Asamblea Nacional Constituyente de 1934 en Brasil.

 

Discernimiento luciliano por connaturalidad

Llamada a conocer y amar por connaturalidad todas las cosas, Doña Lucilia poseía una profunda riqueza de alma, por la cual su discernimiento, su inteligencia y su afecto abarcaban un campo muy vasto.

Por más modesta que sea una madre, desde que ella lo sea en toda la fuerza del término, la condición materna envuelve elementos indiscutibles de realeza. Como, a propósito, la del padre también. La realeza de un rey y de una reina son indisociables de la condición de padre y de madre.

Patrocinio y realeza sobre las almas

imageDios le dio a Nuestra Señora el imperio del Cielo y de la Tierra, así como de todo el universo, pero por una razón análoga a esta, Él quiso que debajo de su poder hubiese sub-imperios y sub-reinos.

Los Ángeles de la Guarda, por ejemplo, ejercen un papel como ese en favor de cada uno de los países que gobiernan. Y esa realidad, de hecho, se opone al modo restrictivo de considerar esos embajadores divinos como meros escudos defensores contra los peligros. El ángel custodio es el modelo ideal, el arquetipo de la nación, la cual modela según él propio, pues tiene con ella una cierta connaturalidad que no tendría con otra nación quizás hasta más amada por Dios. Ese ángel amaría aquella nación, por ejemplo Luxemburgo, de un modo determinado por causa de esa connaturalidad. Como resultado, él conduce las cuestiones de Luxemburgo tomando en consideración esa connaturalidad que Dios estableció cuando lo creó, y después cuando, por el curso de la Historia, se formó Luxemburgo. Fue una formación, un juego ordenado de factores deseados por Dios. Y esto constituye una especie de parentesco espiritual, que da la idea entera del Ángel de la Guarda, como el padrino que educa, forma y orienta. Así también deberían ser determinados santos con ciertas almas, más aún cuando ellos son llamados a llenar, en el Cielo, los lugares que los bandidos de los demonios dejaron vacíos. Además, imagino que esos bienaventurados se ocupan del cuidado de las almas y de los pueblos que quedaron sin protección de los ángeles infieles, según una destinación y una distribución de los designios y de los planes de Dios eventualmente un tanto retocada.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es image-7.pngUna serie de cosas que conocí sobre los ángeles me parece que caminan en esa dirección, y creo que el patrocinio de los santos sobre alguien es muy parecido con el papel del ángel que dirige o tiene un patronato sobre determinados pueblos. Por ejemplo, se sabe que San Miguel Arcángel es el patrono oficial de la Iglesia Católica, pero San José también lo es, a títulos diferentes. Vemos, por lo tanto, que en esa tarea caben desmembramientos armónicos que aumentan la belleza del plan de Dios.

A mi modo de ver, esto se da muy especialmente con las familias de almas de las Órdenes Religiosas, sobre cuyos miembros el Fundador, si practicó las virtudes en grado heroico, tiene un patrocinio de esa naturaleza.

¿Quién sería capaz de negar que San Benito es patrono y protector de los benedictinos? No es posible. Pues bien, lo mismo se da con los franciscanos, los dominicos, los jesuitas, y así por delante. Todos esos patrocinios se ejercen. Entonces, el Fundador junto con su ángel de la guarda y los de aquella Orden Religiosa se agrupan según ciertos designios de Dios para ampararla. Así comprendemos que exista un juego interior en las preferencias de la personalidad de una persona llamada a patrocinar una familia de almas determinada, y que esas preferencias estén en consonancia con las de esa familia de almas.

Doña Lucilia conocía y amaba por connaturalidad

imageDicho esto, ¿cómo eran las preferencias de Doña Lucilia? Mi madre tenía una inteligencia y una instrucción muy comunes, propias a las señoras de sociedad de su tiempo. Sin embargo, ella tenía una riqueza de alma muy grande, procedente del amor y del conocimiento de las cosas por connaturalidad, por medio de la cual su inteligencia y afecto abarcaban un campo muy vasto. Ella discernía en las almas de los otros pueblos y naciones aquello que podía ser visto como sutil, refinado y, por eso, despertando en ella una forma de afectividad más penetrante, más sutil, que se transformaba en cariño, en deseo de sacrificarse, de ayudar y de favorecer, tendiente a ver lo mejor de las personas en aquellos lados por donde estarían especialmente expuestas a sufrir los golpes de la brutalidad, de la maldad, de la dureza y de la crueldad humana, en todos sus aspectos. Sin duda, quien tiene lados de alma tiernos, preciosos, más desarrollados y diferenciados, sufre más con los golpes que recibe y está más sujeta a brutalidades inopinadas porque, por su bondad, es normalmente desarmada y, en consecuencia, necesita de un auxilio.

Entonces, tomando como ejemplo a Francia, yo analicé mucho el alma de mi madre y las reacciones de su espíritu en lo referente a esa nación, y percibí que ella sentía, por connaturalidad, que Francia tenía y representaba–en el horizonte de ella y, bajo cierto aspecto, del mundo también– una cosa que tenía el mayor valor: era la delicadeza de sentimientos. Y al poner esos lados de la dulzura del alma humana muy en evidencia, Francia creaba una convivencia y un tipo humano que alcanzaba, bajo cierto punto de vista, su perfección. A la par de eso estaba el sentido de la medida, de la cordialidad, de la suavidad y del charme que tanto se elogian en el espíritu francés. A propósito, mi madre era muy sensible al charme, el cual ejercía un papel enorme en su vida. En lo que podía caber en una señora de noventa y dos años de edad, ella tenía mucho charme. Por ejemplo, los álbumes con fotografías de las joyas de Fabergé. Aunque Fabergé no fuese directamente francés, sino solo descendiente muy remoto de protestantes franceses asentados en Dinamarca, algo de sangre francesa quedó en él y se imprimió en su arte. Yo tengo la certeza de que, si Doña Lucilia conociese los álbumes de Fabergé, vería en ellos una expresión de algo que debería estar en todas las almas, para el bien de todos los pueblos, y en Francia vino a la luz para el bien del género humano entero y este debería hacer, frente a esa nación, lo que ella hacía: admirar, dejarse penetrar y modelar por aquello.

En ese sentido, ella interpretaba la ofensiva alemana contra Francia como la agresión de la brutalidad militarista contra el charme francés. Un poco antes de la I Guerra Mundial, mi madre conoció la Alemania de los cascos de acero, ya toda tendiente a la ofensiva contra la douce France, ¡cosa que no podía ser, era un crimen como el de matar a la humanidad! Además, algunos alemanes habían sido muy brutos con ella, de un modo inimaginable, inclusive los médicos y enfermeros que la trataron durante su convalecencia en esa nación. Como consecuencia de la operación, mi madre también quedó limitada en su desplazamiento y, durante algún tiempo, para no permanecer en el hotel, usaba la silla de ruedas y salía con la familia a contemplar el Rin, a ver esto o aquello, pues le hacía mucho bien, y las personas que pasaban por la calle paraban y se reían al verla en esa situación. ¡Es algo inimaginable!

Me acuerdo también de un hecho, comentado en otras ocasiones, de la sopa de sesos que ella fue obligada a tomar y casi se murió por la alergia que tenía. Ahora, todo eso mezclado con la noticia de que el Káiser quería invadir el territorio brasileño, e incluso otras cosas, le daban una noción de mucha dureza de alma. Fue un viaje infeliz. Aquello quedó tan radicado en su espíritu, que nunca consiguió quitarse esa idea, no hubo remedio.

Entonces, Doña Lucilia acompañó la Guerra Mundial bajo ese prisma, casi de Cruzada, a favor de la delicadeza humana contra la brutalidad. ¿Eso era un apego? ¡No! Esa era la connaturalidad de sus altas cualidades y del modo superior con que ella veía las cosas. Y creo que la Providencia la modeló para ser así. De la misma forma, mi madre tuvo mucha pena y toda especie de solidaridad por Luis XVI y María Antonieta, pero, sobre todo, ella veía en las monarquías y en las aristocracias el lado raffiné, el lado amable, bondadoso y cortés, mientras en el partido del Terror ella constataba el lado bruto, sanguinario y estúpido. Era, una vez más, la ferocidad humana naciendo bajo otro aspecto, el igualitario, más execrable aún que la mera dureza del alma alemana.

Mi madre tenía, por lo tanto, horror a aquellos que quebraron el Antiguo Régimen, en el cual ella no veía un régimen de opresión, sino, por el contrario, de la douceur de vivre, del refinamiento. ¡Y tenía toda la razón!

Diversas naciones comprendidas bajo la mirada luciliana

WhatsApp Image 2024-09-11 at 12.16.34Ante la fuerza de España, del garbo y de la gracia española, en que ella podía ver algo de contundente, mi madre no tenía la misma reacción que frente a la brutalidad arriba mencionada. Ella sabía ver el lado heroico, batallador, garboso, y le gustaba mucho, comentaba más de una vez, le parecían interesantes las costumbres regionales españolas y cosas de ese género; sin insistencia, sin mucha rigidez, pero era francamente muy receptiva.

Por Portugal, mi madre tenía una gran propensión, pero afrancesada; es decir, destilando el labriego de pie en el suelo, del cual sonreía como de un oso grande, bueno en el fondo. Ella apreciaba la cultura portuguesa, la Torre de Belém, los aspectos dulces del alma portuguesa, sintiéndolos, por algún lado, enteramente armónicos con el alma francesa. Además, para Doña Lucilia había una riqueza de esa afectividad en el portugués que, así, nunca la vi elogiar en Francia. Yo no sé si ella sabía hacer esa distinción, pero eso afloraba especialmente en el modo de ella ser brasileña. En efecto, Portugal era una especie de tintura madre de Brasil, de donde venía todo eso como de una naciente, pero aquí terminó desarrollándose mucho más. Se entiende, entonces, el gusto y la protección de Doña Lucilia por Portugal; hasta diríamos que era una protección un poquito sonriente y compasiva, tomando en consideración el enorme modelo de Francia.

cropped-sdl-pe-d.jpgEn materia de trajes, mi madre era pormenorizadísima, exigentísima. La moda francesa, por ejemplo, es muy rigurosa y exige los últimos pormenores. Mi madre tenía esa exigencia llena de bondad, sin jansenismo ni maldad, porque veía en aquel amor al primor y a la perfección un deseo de hacerse agradable. Como una dueña de casa que exige a la cocinera todo el cuidado en la elaboración de cierta receta, para recibir perfectamente bien a los huéspedes. En su desvelo hacia nosotros, cuando éramos aún pequeños, mi madre a veces nos hacía juguetes. Ella pasaba hasta las dos o tres de la mañana pintando figuritas de papel y cosas así, con esmeros y cuidados únicos. Cierta vez mandó a hacer para Rosée, donde un carpintero, una casa de muñecas toda idealizada por ella, con primores de detalles, un pequeño mobiliario comprado en casas de juguetes, cortinitas, todo con un estilo enteramente afín.

Noten cómo de toda esa exigencia manaba afecto; era hecha con dulzura, para producir dulzura. Incluso ahí entraba la douceur de vivre. ¿Cómo veía mi madre la relación entre Francia y la Iglesia? Me da la impresión de que ese problema nunca se puso para ella con esa claridad, pero la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y todo lo entrañadamente católico en su alma, se daba porque ella sentía, por connaturalidad, el océano superlativo y trascendente de todo lo que ella amaba en Francia, del mismo modo como lo sentía en el Sagrado Corazón de Jesús y en la Iglesia Católica; de ahí su enorme afecto por la Iglesia, al punto de serle imposible imaginar cómo podía ser una vida o un alma fuera de la Santa Iglesia; ¡era algo inconcebible! Esas cosas no se ponían para ella así tan claramente, pues, en general, almas como la de mi madre no son muy explicitadoras, pero se comunican, sobre todo, por connaturalidad más que por explicitación. Por ejemplo, su modo de hablar y sus inflexiones de voz contenían definiciones que ella no sabría explicitar, pero estaban en su naturaleza, iluminada por la gracia, y todo eso era transmitido muy ordenadamente.

Bondad brasileña que imperaba en el alma

Mi madre era brasileña de la siguiente manera: el padrón del brasileño, para ella, era su padre, además de ser el padrón del hombre justo, según Nuestro Señor Jesucristo, virtuoso y bueno. Mi madre tenía para con él un encanto, una confianza y una admiración total.

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D. Antonio, papá de Doña Lucilia

En su padre, Doña Lucilia realzaba ciertos aspectos muy varoniles, únicamente como moldura, pues resaltaba con más énfasis esa bondad de alma, de la cual ella contaba hechos insignes. Para mi madre, la nación brasileña entera era así, y él era, por lo tanto, el caso más característico y agudo de personas que había a borbotones en Brasil; personas como él eran desinteresadas, de vistas largas, amenas, generosas y tenían un mecanismo de interrelaciones psicológicas colosal, abierto para todos los países del mundo, más que Francia. A propósito, en ese punto, mi madre tenía cierta restricción con Francia, pues le parecía la actitud de esa nación, en relación con los demás países, un tanto mezquina y ácida, la cual se acentuó con el paso del tiempo.

Ahora bien, de un modo vago, Doña Lucilia veía un futuro medio misterioso, providencial y enorme para Brasil, que se medía igualmente por la homogeneidad de  a fe, por la inmensidad del territorio, por lo misterioso de las florestas y de los ríos. Y en todo ese conjunto, ella sentía que esa forma de bondad –superlativa aquí, más que en cualquier otro país– era la gran cualidad humana e, inclusive, la gran cualidad religiosa. Ahí está la explicación de la psicología de ella. Y me da la impresión de que es enteramente conforme a la Moral y a la Doctrina Católica, vista en sus ángulos más amplios. En lo que dice respecto a mí, mi madre percibía que había una consonancia en ese punto, ya desde mi infancia, por el cariño que yo le tenía.

Yo nací muy débil, y ella hizo esfuerzos no sé de qué tamaño para hacerme robusto y darme salud. ¡Lo que ella hizo fue simplemente colosal! Y ella sentía la plenitud con que yo correspondía a eso. Inclusive, delante de mis actitudes polémicas con relación a parientes que ella estaba habituada a admirar, a ella le gustaba mucho verme defender la Religión. Con eso, me parecía que yo completaba su alma, habituándola a admirar esa combatividad. Infelizmente, a veces hay entre nosotros frialdades, reservas, emulaciones y ausencias de perdón, omisiones, etc., con las cuales nos endurecemos y nuestra convivencia se vuelve lo que no debería ser. Además, la tibieza es, en parte causa y en parte efecto de eso. No se puede negar. Ahora bien, toda la acción de Doña Lucilia sobre las almas es tratarlas con esa bondad, con el fin de que se vuelvan buenas entre sí. Además, las gracias que mi madre obtiene y el efecto de su presencia espiritual sobre nosotros van continuamente en esa dirección. No hay un minuto en que ella no transmita ese mensaje.

(Extraído de conferencia del 18/1/1986)

Ambientes impregnados de una presencia regia y maternal

Doña Lucilia era una señora proporcionada a la relación con una reina, pero también con el más desafortunado, infeliz y menguado de sus hijos. Su sepultura en el Cementerio de la Consolación y los ambientes de su apartamento parecen estar impregnados de su presencia.

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El»Quadrinho»

Viendo fotografías aisladas de damas de la corte británica en el cortejo o en la tribuna de la nobleza, durante la coronación de la actual Reina, me dio la impresión de que una u otra podría ser la soberana, pues, como es propio de la presencia de la soberana comunicar algo regio a aquellos con quien ella trata, aquellas eran damas conforme a la Reina.
En esa perspectiva yo consiento, de muy buen grado, en atender el pedido de tratar sobre el
“Quadrinho”(1); sobre el ambiente donde mi madre vivió sus últimos años, es decir, el apartamento del primeiro andar (2); y también las gracias que se sienten en el Cementerio de la Consolación, junto a su tumba.

Digna ante la realeza y en la intimidad

No hay sobre la faz de la Tierra alguien más empeñado en elogiar el “Quadrinho” que yo. Allí mi madre no tiene nada de regio, ni debería tenerlo, pero estaría bien en un ambiente donde hubiese una reina. Ella está retratada en trajes domésticos, y se comprende que junto a una noble tuviese un traje de gala. Si estuviese con una reina en la intimidad, ella no necesitaba ser diferente para estar consonante con la majestad real.
¡Cuán atenta y respetuosa, cuán transformada en dedicación, en afecto, en respeto, en embebecimiento, en deseo de colocarse en el debido nexo y en la debida proporción con la
soberana que estuviese allí presente!WhatsApp Image 2024-04-20 at 14.10.41
Tal vez alguien podría preguntarse: ¿Será que una joya o un vestido de seda no le añadiría algo? Yo creo que esa es una pregunta tonta, pues eso iría bien para otra circunstancia, pero no sería necesario para aumentar su dignidad; son cosas diferentes. Caso las circunstancias lo impusieran, la indumentaria sería otra, no hay duda; allí mi madre está en la intimidad de la casa y su dignidad no necesitaba ser aumentada en nada. Sin embargo, si viniesen a avisarle que en su casa estaba una reina, sin duda alguna ella se apresuraría en
adornarse y ponerse su mejor traje de gala. Cuando la noble entrara, mi madre estaría con aquella misma naturalidad. Por lo tanto, en el glorioso cortejo de las damas nobles, habría un lugar para la señora del “Quadrinho”, pues allí ella está en perfecta proporción con la realeza.

Afabilidad de la señora del Quadrinho 

¡Noten, también, la afabilidad maternal! Se diría: “¿Entonces es una matriarca?” No propiamente. En el “Quadrinho”, mi madre no parece tener en vista la excelencia, el resplandor estupendo de aquello que un día ella alcanzaría por medio de sus oraciones. Sin embargo, parece haber visto a cada uno introducido en aquella misma intimidad, tratando con ella, con su distinción propia, en las distancias y hasta en las caricias, en el calor de la intimidad. Si ella, no obstante, era una señora puesta en proporción a la relación con una reina, tampoco quedaría más grande ni más pequeña al tratar con el más desafortunado, infeliz y menguado de sus hijos. Tomemos en consideración una imagen piadosa de la Santísima Virgen, por ejemplo, Nuestra Señora de las Gracias. Imaginemos que, en el momento en el cual Ella se fijase en nosotros –como se fijó en Santa Catalina Labouré–, Dios quisiera hacernos conocerla mirándolo a Él. Pues bien, ante el esplendor y la majestad de Dios, su Divino Hijo, Ella sería la misma. Si Judas Iscariote se le hubiera acercado – arrastrándose por el piso, vertiendo sangre, pus y mal olor– y dijera “Yo no tengo el valor de miraros…”, me da la impresión de que Nuestra Señora diría “Hijo mío”, incluso si él le fuera a hablar inmediatamente después de que Ella hubiera asistido al cierre del sepulcro de Nuestro Señor y de estar todo consumado.
Ahora bien, tomemos en consideración también la tumba del Cementerio de la Consolación. A mí me parece muy bonito el hecho de que, todo cuanto se tiene presente al ver el “Quadrinho” se vuelve, de algún modo, sensible a nosotros estando delante de su sepulcro. Sin embargo, yo no sería favorable a la idea de poner el “Quadrinho” allá, pues, por sus expresiones propias, la atmósfera que impregna el lugar es capaz de decir cosas que el 2331“Quadrinho” no dice. Noten que se trata de una tumba convencional, de un buen granito, con una cruz recostada sobre la piedra que la recubre. No hay nada en la naturaleza de aquel material que sugiera las impresiones que se tienen allí.
Alguien preguntará: “¿Por qué Ud. no mandó a hacer una cosa que sugiriera esas impresiones?” Yo no tenía ningún elemento para creer que debería ser diferente, y que a los ojos de los hombres ella fuera otra cosa más que una señora de familia tradicional, sepultada en el Cementerio de la Consolación.
Mi sistema, en esos asuntos, es andar paso a paso, mientras no haya indicios para suponer que algo va a suceder, y como no había datos, entonces actué de acuerdo con los convencionalismos.
El resultado fue bueno, porque el encanto que se siente allá no tiene explicación, y si el granito fuese rosado o de otro color más festivo, se diría: “De lejos vimos el granito maravilloso”. Y no es así. El granito oscuro es digno y serio, no es sino eso.

Ambientes impregnados de la presencia de Doña Lucilia

Analicemos ahora su residencia. Yo noto en el apartamento la misma atmósfera del “Quadrinhoy de la sepultura. Los salones, el comedor y el hall poseen un ornato que contribuye, a su modo, a expresar mucho de su alma. En esos ambientes figuran objetos antiguos de la familia de mi madre, con los cuales ella se sentía muy auténtica y muy a gusto. Con excepción de la silla mecedora, que está ligada al pasado de la familia, los demás muebles fueron mandados a hacer por mi padre en el Liceo de Artes y Oficios, cuando yo aún era niño, y son de un estilo usado en la Belle Époque (3), antes de la Primera Guerra Mundial. Aquel estilo artístico se encuentra caracterizado en la altura de loscap12_017
estantes.
Doña Lucilia tenía un reloj inglés fabricado en madera –modesto, digno, bueno– y también un pequeño escritorio acoplado a él. El sofá, yo lo mandé a hacer posteriormente, pero no es moderno. Las cortinas datan del tiempo de mi madre y también son cortinas convencionales. Cuando se entra en alguno de esos ambientes, se tiene la impresión de que ella está presente. Me parecen aún más expresivos los dos salones contiguos, en uno de los cuales está la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, delante de la cual ella rezaba tanto.
La mesita redonda junto al sofá de la sala de trabajo no existía en el tiempo de mi madre, porque era donde yo me quedaba conversando con ella. Sin embargo, cuando ella ya no estaba, yo mandé colocar allí ese mueble junto con un abatjour para llenar –¡pobre llenar!– su ausencia, mientras yo leía un poco, recostado durante las siestas. En fin, da la impresión de que todo está impregnado de su presencia.

(Extraído de conferencia del 28/9/1981)

Notas
1) En portugués, diminutivo de cuadro. Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos, con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.
2) En portugués, segundo piso del edificio donde vivían el Dr. Plinio y sus padres.
3) Del francés: Bella Época. Período entre 1871 y 1914, durante el cual Europa experimentó profundas transformaciones culturales, dentro de un clima de alegría y brillo social.

Afecto, mansedumbre generosa y firmeza inquebrantable

La relación del Dr. Plinio con su madre era toda hecha de afecto, y tenía como presupuesto una mezcla de admiración y esperanza, que producía una íntima unión de almas. Dentro de esa clave imponderable sobresalía en Doña Lucilia una mansedumbre generosa, llevada hasta lo increíble, al lado de una firmeza inquebrantable cuando se trataba de principios.

Para comprender mejor el afecto existente entre Doña Lucilia y yo, es necesario ver cómo
era el lenguaje y la vida de familia en la intimidad, en el ambiente donde vivíamos; porque ese es un asunto lleno de matices, y cada país, así como cada estado y ciudad de Brasil, tiene uno.

La esencia del afecto: admiración y esperanza

3p200Entre nosotros había un presupuesto de que el afecto era un acto de admiración o, por lo menos, de esperanza. Admiración de mi parte hacia ella y de esperanza de ella hacia mí. El afecto era un sentimiento muy digno de elogio que no se malgastaba concediéndolo a cualquiera, precisamente porque es la afirmación de una cualidad o de la esperanza de que alguien llegue a tener esa cualidad. Esa era la esencia del afecto. Pero, al mismo tiempo, era la afirmación de una consonancia del bien que se espera o se reconoce en el otro, con el bien que se siente en uno mismo. Era, por lo tanto, la afirmación de una íntima unión de almas.
Todo esto se manifestaba por el modo intensamente afectuoso con que yo la trataba, en donde eran abundantes las palabras muy cariñosas y simbólicas que repercutían en ella de manera suave, pero profunda, dejándola tan complacida, que mi padre —por naturaleza muy bromista— le decía, imitando un poco el acento portugués: “¡No te derritas!”.
Me acuerdo de algunas expresiones que yo usaba. Por ejemplo, a veces me dirigía a ella llamándola de
Lady Perfection (1), a lo que ella respondía con toda naturalidad, como si no hubiese oído o como si yo la hubiese llamado de “mamá”. Otro título que usé durante mucho tiempo, teniendo en vista su aspecto afrancesado y distinguido, fue el de “marquesita”.
Otras veces yo la llamaba de “manguinha” (2), como en el tiempo de mi infancia, con un afecto especial, para recordar aquellos tiempos. Además, “querida mía”, “mi bien”, ¡a torrentes! No es necesario decir que nunca la llamé de tú. ¡Nunca! Ni me pasó por la mente. Siempre era “Usted”. Me daba la impresión de que tendría que confesarme si la llamara de “tú”.
A veces le decía que no conocía madre igual a ella. Evidentemente la besaba también, cogía su mano y le daba palmaditas, la abrazaba, etc., muchas veces. Yo notaba que ella quedaba muy conmovida y recibía todo eso con complacencia, pero con una cierta discreción que no sé describir bien. Era como si ella, sin apagar la luz, pusiera un abat-jour (3). Era el sistema usado por ella —comprensible y muy adecuado, a mi modo de ver— y con el cual yo afinaba.

Significado de los puntos suspensivos usados en las cartas

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El «Quadrinho»

Quien lee las cartas que mi madre me escribía, nota que ella usaba muchas veces puntos suspensivos. Doña Lucilia hacía esto sin pensar, con la naturalidad de una madre, pero esos puntos suspensivos correspondían a un modo de hablar de ella; era como un pasar al papel su manera de expresarse.
Tenía una voz muy aterciopelada, suave, enormemente matizada. Los matices de su voz le servían muchísimo para expresar cada idea, cada pensamiento, cada expresión, lo cual ella acompañaba cambiando ligeramente la posición de la cabeza y con movimientos de manos muy discretos, pero expresivos. Ahora bien, Doña Lucilia tenía un hábito interesante, que tal vez no exista en otras personas y solo lo noté en ella; decir algo y quedarse un momento, discretamente, con los ojos puestos en el interlocutor para ver qué repercusión había causado aquello, como que acentuando con la mirada lo que ella había dicho, de manera a llegar al grado de repercusión que le parecería normal, proporcionado.
Eso que era, por así decir, los últimos timbres de sus palabras, en las cartas ella lo representaba con los puntos suspensivos. De manera que donde hay puntos suspensivos, era eso que cuando ella hablaba hacía con su mirada.
Por lo tanto, no significa que era una persona reticente para nada. Muy por el contrario, su pensamiento se expresaba con mucha franqueza y claridad. Sino que eran los imponderables que constituían una especie de aureola en torno de lo que decía.
A propósito, una de las cosas interesantes del Quadrinho (4), es retratar la actitud que tomaba cuando acababa de decir algo y miraba. Eso contribuye para dar la expresión que tiene el Quadrinho.
Aunque todo eso tuviese en ella el significado que estoy mencionando, es necesario decir, para la glorificación de la Civilización Cristiana, que era un pequeño fragmento del pasado. El arte de la conversación antiguamente era muy así. Hoy las personas casi no cambian de tono de voz, son monótonas con frecuencia, y no saben utilizar la mirada; miran al interlocutor como podrían fijar la vista en una pared blanca. La mirada no tiene más el papel que tuvo otrora. Por lo tanto, ese predicado en Doña Lucilia era la iluminación por la presencia, por la fidelidad a la gracia, de un modo de ser de la Civilización Cristiana, o sea, una tradición.

Disposición de ser como un cordero que se deja sacrificar

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…este aspecto aparece mucho en una fotografía tomada en la Escuela Caetano de Campos…

Uno de los aspectos que me encantaba en Doña Lucilia, ante todo, erala elevación de alma, que constituía la clave donde esas cosas se daban. Porque todo cuanto estoy diciendo, puesto en almas menos elevadas, redundaría en banalidades. Su elevación de alma colocaba todo en un pináculo, y daba la clave de la belleza de las cosas íntimas que estoy contando. Dentro de la clave de esa elevación de alma, toda ella imponderable, me encantaba una mezcla de mansedumbre generosa llevada hasta lo increíble, al lado de una firmeza inquebrantable cuando se trataba de principios. La yuxtaposición de esos contrastes armónicos realmente me atraía en el más alto grado. ¡Nadie puede tener idea de lo que era la mansedumbre de mi madre! Vivía, evidentemente, en una familia educada y que no iba a tratarla con brutalidades. Pero la educación no impide la ingratitud, la incomprensión y, por lo tanto, no evita muchas decepciones. La educación es un barniz para el cual no importa la calidad de la madera. Doña Lucilia pasaba a veces por situaciones realmente difíciles de imaginar. Invariablemente, con el propósito de nunca replicar, nunca redargüir de un modo desagradable o ácido, impertinente —lo cual quedaba bien en su papel de madre de familia—, ella presentaba siempre una explicación de lo que hacía, con lógica y afabilidad; y si no servía de nada, se quedaba callada sin acidez. Poco después retomaba las relaciones en el mismo nivel anterior, desde que la otra persona quisiera. Mi madre hacía eso con tal disposición de ser como una víctima o un cordero que se deja sacrificar, porque quiere sufrir sin reaccionar, y por juzgar que debe hacer ese apostolado de mansedumbre, que no conozco verdaderamente cosa igual, o que siquiera se parezca de lejos con eso.
Dentro de esa actitud venía la firmeza de principios. Ella era así, les gustara o no, porque así se debe ser. Esa es la voluntad de Dios, ese es el pensamiento de la Iglesia y, por lo tanto, no se cambia. Por lo tanto, adaptarse a otros principios para evitar el sufrimiento de la incomprensión, ¡nunca! Ella era enteramente ella, con dignidad, a pesar de serlo con mansedumbre. Para mí, que la conocí tan de cerca, este aspecto aparece mucho en una fotografía tomada en la Escuela Caetano de Campos, en la Plaza de la República, mientras asistía a una conferencia mía. Mi madre está allí en una actitud de quien presencia una sesión con cierta solemnidad, pero no pierde el propósito de mantener una mansedumbre inalterable, una dulzura como no se puede imaginar; lo cual se expresaba por cierta melancolía que ella hacía notar. No obstante, si las personas fuesen indiferentes a esa melancolía, continuaba con la misma dulzura y del mismo modo.
Debo decir que este fue uno de los medios más vigorosos de cautivar mi afecto, porque eso me encantaba más allá de cualquier expresión y me hacía pensar, naturalmente, en Nuestro Señor Jesucristo y en Nuestra Señora. Incluso porque mi madre, de vez en cuando, elogiaba a Nuestro Señor por eso. En el modo de elogiarlo, sin darse cuenta, hacía trasparecer cómo ella lo imitaba. No era su intención, pero por una especie de santa inadvertencia o santa ingenuidad, sin percibirlo, ella se elogiaba hablando de Nuestro Señor Jesucristo.

(Extraído de conferencia del 24/5/1980)
1) Del inglés: Señora Perfección.
2) “Mãezinha” en portugués: diminutivo de mamá, modificado por el Dr. Plinio en su infancia.
3) En francés: pantalla de lámpara.
4) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.