Un hijo engendrado en la extrema ancianidad

Durante décadas, en la sobriedad y el silencio de su alma, el Dr. Plinio conservó toda la veneración que sentía por Doña Lucilia. Hasta que el afecto entusiasta de un hijo, engendrado según la ley del espíritu, pudo discernir el lumen de su alma y convertirse en el abanderado de su figura.

En la Historia, hay almas especialmente amadas por Dios, a quien Él pide grandes sacrificios, uno de los cuales es morir sin haber visto el resultado de aquello que hicieron. A estas almas, sometidas a tan largas esperas y grandes perplejidades, la Santísima Virgen, a veces les obtiene favores de Dios que las reconfortan, en forma de presentimientos proféticos.

En una expectativa serena…

Se veía que Doña Lucilia esperaba algo de la vida, no en el orden del placer o de la realización personal, sino una cierta reciprocidad de mentalidades, de afinidad de pensamientos, de temperamentos, de modos de ser. Su temperamento estaba ávido de abarcar un amplio afecto, una amplia consonancia con un enorme número de personas. Sin embargo, la Providencia no le dio eso.

Mi madre tenía el deseo de hacer el bien a innumerables jóvenes a los que, por diversas razones, no conocía. Este amor estaba muy centrado en mí, en mi hermana, la nieta y el biznieto, pero con algo que iba mucho más allá.

Llegó con esta expectativa al final de una larga vejez, tranquila, un tanto triste, pero de una tristeza luminosa, noble, sin agitación, sin histerias ni angustias. Caminaba hacia las sombras de la muerte con total serenidad y en el fondo con la certeza de que eso un día llegaría.

…sustentada por una confianza

Debido a las circunstancias inherentes a una familia poco numerosa, cuyos miembros estaban absorbidos por las preocupaciones contemporáneas, mi madre pasó largos periodos de soledad hacia el final de su vida, especialmente tras la muerte de mi padre.

Cuando sufrí la crisis vertiginosa de la diabetes1 y la consiguiente intervención quirúrgica en el pie con el inicio de gangrena, se produjo un derrumbe de mis resistencias, minadas por la enfermedad, pero también por disgustos y problemas trascendentales aplastantes. Todo ello me dejaba en un estado de marcada fatiga, por lo que me resultaba muy difícil mantener conversaciones largas, y hablar con ella requería un gran esfuerzo porque tenía la audición y la vista muy mermadas.

Es comprensible que no pudiera hacerle compañía. Por eso, durante mi convalecencia, sólo la dejaba entrar en mi habitación una vez al día, por la noche, justo antes de acostarse. En esas ocasiones, así que llegaba, la colmaba de agrados y gentilezas.

Estaba confiada a una enfermera, que cumplió con competencia un mero servicio profesional, pero sin el afecto propio de un hijo.

Durante el día mi madre pasaba horas en el comedor, sola, tomando el sol. Incapaz de leer un libro ni escuchar música, puede imaginarse sus soliloquios. Debía de ser un final de vida muy triste para alguien que realmente sufría la soledad, caminando contra el viento durante 92 años.

Incluso en esta hora extrema, fue sustentada por una confianza heroica, de modo que nunca perdió la certeza de obtener lo que anhelaba. Por eso, en el fondo, en medio de ese sufrimiento, mamá tenía esta idea: “Al final, algo se hará realidad”. Tengo la impresión de que ella presentía que sus hijos vendrían en gran cantidad. De hecho, vinieron después de su muerte, pero ella los esperaba en vida y eso la animaba. 

Una mirada que dejaba transparecer la constancia de toda una vida

Todo eso podía notarlo en sus ojos. Soy muy sensible a las miradas, porque dicen más que las palabras. Así, en ellos, varias veces la contemplaba ora acogedora, ora risueña; seria, pensativa en tal circunstancia; afable, acariciante en otra. Su mirada sufriente era una síntesis de todas las demás y la que más me conmovía. Cuántas veces la comparé con la llama de una lamparilla, cuya discreta llama se muestra en proporciones variadas, a la manera de expresiones fisonómicas. A veces es triunfante, alcanzando la plenitud de sí misma; a veces se encoge y se vuelve casi tan pequeña que dan ganas de advertirle: “¡Cuidado, te vas a apagar!”. Pero después renace y se muestra tranquila, estable, normal durante toda la noche. De vez en cuando, un estallido. Es un “dolor”, un “sufrimiento” que engendra una chispa con una vida efímera, que se eleva en el aire desapareciendo. La llama permanece impávida en su prisión y en su trono, en su gloria y en su dolor, en su recinto rojo de cristal dentro del cual brilla junto al aceite, que es el afecto del que se alimenta.

De hecho, como la lamparilla ardiendo junto al Corazón Eucarístico de Jesús presente en el sagrario, así fue mamá a los pies de las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y de Nuestra Señora de las Gracias. Y en el torbellino de mi vida, ella era, en la oscuridad, la llama que no se apagaba, una luz continua que brillaba, siempre ella misma.

Yo pensaba: “Yo conocí todo esto, pero no sé si seré capaz de describírselo a alguien, porque quien no lo ha visto no sabe realmente lo que es, y no hay descripción que pueda dar una idea exacta de ello”.

¡Sus amigos son muy atentos y considerados conmigo!

No se me ocurría pensar que sería llamada a desempeñar una misión post mortem2 con los miembros de nuestro Movimiento. Aunque varios de ellos le habían mostrado atenciones y amabilidades, dejando entrever que habían notado en ella algo de lo que yo veía, la actitud de otros me hacía suponer que moriría sin ver cumplidos sus anhelos maternales.

En los últimos meses de su vida, mi casa empezó a ser frecuentada por los miembros más jóvenes del Grupo que venían a visitarme durante mi convalecencia. Así que empezó a entablar contacto con ellos, recibiéndoles en la sala de visitas, el “Salón Azul”, donde conversaban.

No acompañé esas visitas muy de cerca porque estaba en cama y mi habitación estaba lejos de la sala de visitas. Era consciente de la presencia de algunos de estos jóvenes allí que, cuando venían a visitarme, la saludaban. Pero pensé que sólo eran esos antiguos saludos formales: “Se  ñora, buenas tardes, ¿cómo está?”. Así que no le di importancia.

Cuarto del Dr. Plinio

Sin embargo, me llamó la atención cómo, mientras recorría el pasillo en su silla de ruedas para hablar conmigo y luego continuaba hacia su aposento, su cuerpo estaba más erguido y ella mucho más animada que antes. Pensé: “Quizá sea porque sabe que estoy fuera de peligro y eso le da alivio, un cierto ánimo”.

Más tarde, me enteré de la inmensidad de agrados que le hacían, de las flores que le llevaban, de las conversaciones que mantenían, de cómo les invitaba a tomar el té y de todo lo que les contaba sobre mi pasado. Cuando vemos las fotografías que se hicieron de ella en aquella época, por ejemplo, la que dio origen al “Quadrinho3, aunque se nota una cierta tristeza, está más animada y alegre.

Más de una vez, mamá me dijo muy complacida: “Tus amigos tienen conmigo una atención y consideración como nadie”. Veía que esos encuentros le producían una gran satisfacción porque, aunque no tenía la fuerza de expresión necesaria para hacerlo explícito, podía ver en ellos un factor en la línea de lo que siempre había esperado en la vida, que no encontraba en otras personas.

No podía imaginar que la fuente de la que brotaría el apostolado suyo se encontraba en este punto en el que todo parecía tender a su fin.

Mientras mi actitud era de total sobriedad, guardándolo todo dentro de mi alma, con mucha veneración, pero en silencio, sin comentar nada, allí estaba burbujeando algo del futuro.

El afecto entusiasmado de un hijo

De hecho, en esas ocasiones mi madre conoció a alguien que fue el primero en enarbolar —con la libertad que no tiene un hijo— el estandarte de su figura: mi querido João4. Absolutamente no me hacía idea, de hasta qué punto él había sido el elemento motor del movimiento de cariño y respeto que la rodeó en sus últimos meses de vida, durante mi enfermedad. Era el afecto entusiasmado de un hijo que, según la ley de la carne, ella no tuvo, pero que, según la ley del espíritu, engendró en su extrema vejez.

João me contaba que había conocido a mamá y que se encantó mucho por ella, recibiendo beneficios espirituales en su trato con ella, de los que intentaba hacer partícipes a otros miembros de nuestro Movimiento. Un día tuvo la curiosidad de ver cuál era su actitud en su aislamiento, si tenía alguna expresión que indicase un desfallecimiento o algo parecido.

Junto al comedor está el “Salón Azul” y separando los dos ambientes hay una puerta con cristal transparente cubierta por una de esas cortinitas llamadas brise-bise. João se acercó sigilosamente hasta la puerta y abrió un poco el brise-bise, sin que mi madre se diera cuenta. Con compostura y, en un momento dado, usó el pañuelo, doblándolo de forma tan ordenada, y colocándolo en su regazo con tanta distinción, que este gesto, tan simple en sí mismo, le emocionó. En la soledad y en la prueba, todo lo hacía con la dignidad con la que una persona deja sentir su perfume espiritual, indicando, dentro de la aridez, la verticalidad de un alma recta.

João discernió esto en ella y supo verla con los ojos con los que yo la veía, dándose cuenta del lumen de su alma que otros no notaban. Por eso, él fue, aún en vida de Doña Lucilia, el impulsor del movimiento en torno a ella. Y esto se debe a un pasado de fidelidades que otros no tenían.

Algún tiempo después, esos perfumes que se acumularon en el alma de mi querido João comenzaron a extenderse como incienso y a aromatizar el ambiente.

De hecho, él fue el gran fotógrafo de los últimos meses de mi madre y el responsable de la multiplicación y difusión de sus fotografías.

Aurora que confirmaba las esperanzas

Haciendo la relación con todo lo que ocurrió después, tengo la impresión de que antes de cerrar los ojos ella presintió más o menos lo que estaba por venir, y de ahí ese contentamiento que precedió poco antes de su muerte.

Salón Azul

En los últimos días de su vida, mamá pudo vislumbrar un poco la aurora de algo que se prolongaría más tarde. Y así recibió la confirmación de que no se había equivocado.

Cuando cerró los ojos a esta vida y los abrió a la eternidad, Doña Lucilia entendió que aquellos —hablo en plural para ser discreto— por ella conocidos al final de su vida le traerían el objeto de su espera.

Tuve una muestra de esto en un episodio inolvidable para mí. Había pedido a la Santísima Virgen, en consideración a la fiel dedicación por mi madre, la gracia de recibir alguna señal de que ella había salido del purgatorio. Y, en la misa del séptimo día, se me concedió de la forma más encantadora posible: un rayo de luz incidió sobre una orquídea, iluminándola por completo, y luego se alejó. Me daba la impresión de mamá recorriendo el pasillo de mi departamento, acercándose a mí y luego continuando para no interrumpirme.

Creo haber sido ese hecho una forma de darme a entender, tras su muerte, que había visto el triunfo y agradecía por ello.

Y así, sin que nadie lo pudiese imaginar, su misión comenzaría en la sepultura, junto a la que se inició su convivencia personal con cada uno de los que acudían a visitarla para pedirle gracias. Y, una vez más, fue João el gran “culpable” de que tantas personas acudieran allí, para suplicar su intercesión. Por tanto, él tiene un papel especial en el momento de ese agradecimiento, porque todo lo que ella esperaba se instituyó magníficamente.

Socorro en circunstancias inimaginables

Desde entonces, su acción se ha vuelto intensa, lo que significa mucho con relación al futuro, porque una cosa no nace de tan poco para expandirse hasta donde lo ha hecho, sin tender a mucho más.

João Clá en 1967

En mi opinión, doña Lucilia es para mis discípulos lo que ella es para mí, es decir, una especie de reducción al mínimo —porque todo comparado con Nuestra Señora es mínimo— de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Un socorro en todo, de todas las maneras, actuando inesperadamente, de las formas más inimaginables, discreto y con un estilo propio de ella, que era su manera de convivir en vida. A medida que aumenten las pruebas, también aumentarán nuestras oportunidades de pedir su intercesión, tendiendo hacia lo más insigne. Así es como yo lo veo.

Podemos decir que hubo tres fases en la vida de mamá: una prehistoria, en la que su acción fue percibida y sentida en toda su amplitud sólo por mí; después, su acción sentida en los últimos años de su vida por João Clá y algunos otros; por último, la expansión que tuvo lugar en amplitud en el Cementerio de la Consolación donde, en las horas más diversas, siempre se ve a alguien de pie junto a su tumba. ¿Está rezando? No se sabe. Lo cierto es que se está calmando, porque mamá, evidentemente por orden de la Santísima Virgen, por quien pasan todas las gracias de Nuestro Señor Jesucristo, fuente de la gracia, ejerce una acción temperamental sobre aquellos que recurren a ella.

Allí se hacen sentir la misma acción dulcificante, alentadora de los temperamentos, orientadora de las formas de ser, dando confianza y estímulo, y que, en vida, ¡me hicieron muchísimo bien! Yo veía una conexión entre el Sagrado Corazón de Jesús, del que era muy devota, y esta disposición, esta característica forma de ser de su alma.

Traspasando los umbrales de la muerte

El Dr. Plinio en una visita al túmulo de su madre, en agosto de 1987

En un momento dado, sentí algo que no puedo definir, pero era como si, por encima de los umbrales de la muerte y de todo lo que se había puesto para cubrir esa lamparilla, a punto de entrar a la tumba hasta el día del Juicio Final, ella siguiera brillando para mí, y me di cuenta de que ella me acompañaba. Entonces, ¡qué alegría al ver, en el fondo de una gran mirada andaluza5 , vivaz —y de tantas miradas nacidas de ésa—, ¡que ella también estaba viva! Noto en ella el mismo crepitar, el mismo movimiento de una lamparilla, y me di cuenta de cómo se prende un incendio, no de llamas destructivas, sino de lamparillas durante la noche, hasta que llegue el momento de encender fuego en el mundo.

Que la Santísima Virgen establezca el momento en que las lamparillas —y aquí no considero sólo a los jóvenes ojos que se abrieron hace algunos años a tanta luz, sino a todos aquellos que me acompañan en este camino— enciendan ese fuego para que podamos decir: “Emitte Spiritum tuum et creabuntur, et renovabis faciem terræ!”6

Madre mía, enviad a vuestro Esposo, el Divino Espíritu Santo, en aquello que tiene de sublimemente coruscante, el espíritu que ha puesto en Vos, como Vuestro Esposo, y todas las cosas serán recreadas. Entonces, oh Madre, Vos reinaréis y se renovará la faz de la tierra

(Recopilación de conferencias de 1979 a 1993)

  1. A finales de 1967, permaneciendo convaleciente hasta marzo de 1968. ↩︎
  2. Del latín: Después de la muerte. ↩︎
  3. Pequeño cuadro al óleo que agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos, basado en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎
  4. Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, fiel discípulo y secretario personal del Dr. Plinio durante más de cuatro décadas; en aquella época, laico. ↩︎
  5. Ídem. ↩︎
  6. Del latín: “Envía tu Espíritu creador y renovarás la faz de la Tierra” (Sl. 103,30)  ↩︎

¡Mi hermana le ama a usted! ¿Por qué yo no?

“Quiero tenerle más devoción a usted, más confianza, y difundir los favores obtenidos a través de usted”

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

Cual suave bálsamo que cura y reconforta los corazones, la devoción a Dña. Lucilia va poco a poco abriéndose paso en las almas. Unas veces, esta devoción nace en un momento de aflicción; otras, después de comprobarse la eficacia de una ayuda; en otras, tras pedir explícitamente la gracia de honrarla de una manera más eficaz.

María Geralda de Freitas Viana Faria forma parte de esta última categoría de almas. Conoció la devoción a Dña. Lucilia a través de su hermana, Ana Lucía de Freitas Viana Robson, gran devota suya desde hacía años. Ahora bien, Magê —como se la conoce cariñosamente— no sentía la misma afinidad, ni, quizá, la misma necesidad de una intercesión especial. En el momento en que atravesaba un drama familiar, por la grave enfermedad de su hermana Ana Lucía, fue cuando encontró en Dña. Lucilia una puerta siempre abierta para obtener auxilio. Ella misma nos cuenta este cambio:

Magê y su hermana, Ana Lucía, junto a un portarretrato de Dña. Lucilia

«Mi hermana tuvo un tumor cerebral de tres centímetros que le extirparon, pero el posoperatorio fue muy confuso, muy complicadoYa no reconocía a nadie, no entendíamos nada de lo que decía y esto hacía sufrir mucho a la familia».

Providencialmente, Magê asistió a algunos programas que la hicieron reflexionar. Narra ella:

«Aquella semana vi un vídeo muy importante acerca de los “milagros” de Dña. Lucilia. Me quedé impresionada, ¡impactada! Una amiga entonces me envió un audio de una mujer que contaba que no conocía a Dña. Lucilia, pero había escuchado que hacía muchos “milagros”. Después de ver ese vídeo y oír ese audio, no dejaba de pensar: “Doña Lucilia, me gustaría tener más fe en usted. Y mi hermana, tan devota de usted… Haga ese ‘milagro’ que estamos esperando, que le den el alta del hospital. Tiene que salir del hospital hablando, entendiendo, interactuando con su familia, con la gente…”.

»También le dije a Dña. Lucilia: “Quiero tenerle más devoción a usted, más confianza, y difundir los favores obtenidos a través de usted”. Era como si necesitara aquella gracia para creer más. “Hay tanta gente que recibe gracias pidiéndoselas a usted. ¿Por qué yo no? ¡Mi hermana le ama! ¿Por qué yo no?”».

Una grata sorpresa

Sin que se hubiera dado cuenta, la devoción a Dña. Lucilia ya había nacido en su corazón. Hizo esa sencilla oración, y en el rezo del rosario del día siguiente completó su petición: «En las jaculatorias pedía: “¡Doña Lucilia, ayudadnos!”. Y, para gran sorpresa nuestra, por la mañana mi sobrina, hija de Ana Lucía, que estaba en el hospital, me llamó y me dijo: “Tía, espera un momentito que hay una persona que quiere hablar contigo…”».

Magê cuenta, asombrada, que su propia hermana era la que se puso al teléfono: «Hablaba con normalidad, sin enredar las palabras, reconociendo a su hija, reconociéndome a mí. ¡Me quedé muy emocionada! Y le dije: “¿Sabes quién te hizo ese milagro? ¿Quién lo consiguió muy cerquita de la Santísima Virgen? ¡Doña Lucilia, de quien tú, hermana mía, eres tan devota!”».

E interpretó muy bien el mensaje de Dña. Lucilia contenido en aquella sonrisa: «Me dio esa gracia como si dijera: “Magê, mucha fe, mucha fe en mí, porque estoy aquí muy cerquita de Nuestra Señora y consigo de Ella muchas gracias para vosotros, mis queridos hijos”».

Sin duda, la obtención de este favor inició una nueva etapa de gracias para Magê y su familia, en la que la protección y el maternal auxilio de Dña. Lucilia estarán cada vez más presentes.

Finaliza su relato llena de gratitud: «Es imposible no emocionarse al dar este testimonio de una gracia más alcanzada por intermedio de Dña. Lucilia. Lo agradezco por la vida de los Heraldos, por la vida de Mons. João Clá Dias, de todos los Heraldos que conocemos, de los sacerdotes, de todos los que rezaron por mi hermana. ¡Muchas gracias!». 

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, agosto2024)

Reversibilidades deleitables

Las franjas de luz coloridas del arcoíris pueden ser comparadas al alma que practica, con autenticidad y hasta de modo insigne, virtudes a veces diametralmente opuestas. El Dr. Plinio pudo contemplar muchas veces reversibilidades así en Doña Lucilia.

Para atender a un pedido de tratar respecto a la reversibilidad de las virtudes en el alma de Doña Lucilia, comienzo por explicar en qué sentido empleo ese término. El ejemplo más cómodo para expresar eso son los colores del arcoíris.

Reversibilidades de alma, como la luz blanca y los colores del arcoíris

Comedor del departamento de Doña Lucilia

Nadie puede describir el fenómeno que se da en el arcoíris diciendo lo siguiente: “Las pobres gotas de agua, que fluctuaban en el aire, fueron traspasadas por una luz; esa luz sufrió un castigo, se reventó, se deshizo en colores diversos; ¡de ahí surgió el arcoíris!” Sería una tontería.

Es propio de la luz, que es una, abrirse en varias luces. No hay una ruptura, una dilaceración, y sí una abertura noble.

Imaginen que hubiese una persona dotada de una lupa de gran potencia. No estoy pensando en ningún telescopio del tipo de Cabo Cañaveral1 ni nada de gran porte, sino una lupa pequeña, pero potentísima. Supongamos que la lupa, por reglas científicas aún no explicadas, tuviese el don de atraer, de hacer converger las luces del arcoíris, de manera que entrasen en ella y salieran, de un lado a otro, blancas como es la luz del sol.

Entre la luz antes y después de constituido el arcoíris, hubo una reversibilidad. Es en este sentido que empleo la palabra cuando hablo de las reversibilidades de las virtudes en el alma de mi madre. ¿Cómo se puede notar esa reversibilidad en un alma? Cuando ella practica una virtud o mucho después, de modo auténtico, real, a veces insigne, practica una virtud opuesta a aquella, pero simétrica –las virtudes nunca son enemigas unas de las otras; ellas pueden decirse adiós de lejos, pero son aliadas y amigas–, entonces, en ese caso se dice que hay una reversibilidad.

Y nuestro espíritu, ávido de unum, exclama: “¡Oh, unum! ¡Cómo es bello que la misma alma tenga virtudes opuestas, no contradictorias, como las franjas de luz del arcoíris!

Una especie de fondo común de todos los actos de virtud

Durante toda la vida yo vi en el alma de mi madre dos aspectos. Uno era la virtud lanzando un dardo hacia lo alto, pero al llegar arriba, se piensa en otra línea que podría haber ido del punto de partida hacia otro lado. El alma realiza aquello y vuelve al punto inicial.

Con la profundización del análisis psicológico de mi parte, tal vez con el progreso de su alma también –ella no se quedó viviendo el tiempo entero parada, ella profundizó– o con el propio curso del tiempo, yo pasé a notar en ella otra cosa: cuando ella practicaba ciertos actos de virtud, no iba a practicar después otro acto para poder hacer la reversibilidad. Sino que el acto de virtud opuesto estaba como durmiendo en la raíz de aquel que fue practicado. Y había una especie de fondo común de todos los actos de virtud en una reversibilidad interna, continua y suave, que formaba el unum de ella; algo propio al espíritu humano, aunque no hay palabras para expresarlo.

En esta perspectiva, podemos decir que yo pasé a considerarla apreciando eso, incluso en las acciones más triviales de la vida. Yo observaba ese modo de ser en ella, por ejemplo, hasta en las preocupaciones o cuando ella pasaba de los grandes pensamientos a las pequeñas cosas.

Nada es niñería para quien sabe admirar

Detalle del cuarto de Doña Lucilia

En la calle donde yo vivo hay árboles que forman una ojiva frondosa, pero dejan ver el sol. A mi madre le gustaba mucho ver los rayos del sol entrando por la ventana del comedor.

Ella comentaba una serie de cosas con respecto a ellos, utilizando sin pretensiones palabras caseras, comunes, pero por donde yo percibía que ella veía aquello con una elevación de alma muy grande.

Mientras ella estaba contemplando eso, supongamos que entrase el té, llevado por una empleada. Como grandeza eso no puede ser más menudo: el sol y una bandeja de té constituyen los dos extremos de un arco.

Si entrara en ese momento también una pariente a visitarla, ella diría: “Fulana, ¿cómo te va? ¿Y este y aquél?” Se interesaría por la vida de la visitante. Da la impresión de que algo del sol contemplado iluminaba la niñería, y nada era niñería, porque era visto por quien sabía admirar el sol de esa forma.

Ella tenía una gaveta en su mesa de toilette, que quedaba en su habitación. Allí guardaba un mundo de pequeños objetos que las señoras acostumbran a tener. No eran de toilette, sino libros de oración, medallas, fotografías, cartas, recuerdos de toda especie. Y a ella le gustaba tener todo bien dispuesto, aunque no una disposición dura, cepillada con cepillo de acero, sino hecha con cepillo de tortuga…

Había en ella una peculiaridad minúscula: ella era rápida al andar, sin embargo, generalmente lenta en el actuar. Y de vez en cuando hacía algo con un poco de prisa y dejaba las cosas desordenadas –eso cuando aún caminaba y ejercía los quehaceres de una ama de casa–. Tenía razón, porque tendría tiempo para arreglarlas después.

Habiendo ella ido a la despensa, a la cocina, dado cualquier orden, atendido una llamada, yo la veía volver al cuarto y, digamos que yo estuviera en mi sala de trabajo, no la llamaba, sino que iba atrás para hablar con ella.

La encontraba sentada en una silla de paja que le gustaba mucho – son, de hecho, muy bonitas–, tocando los objetos. Conversaba con ella, que me prestaba atención, pero con cierto esfuerzo, principalmente en sus últimos diez o quince años de vida, cuando su audición fue bajando y la facilidad de hablar, de concatenar las ideas fueron también disminuyendo. Y yo, naturalmente apresurado al hablar… En fin, ajustábamos las velocidades.

Ella iba al mismo tiempo organizando la gaveta y yo analizando sus gestos. A veces ella dudaba un poco y me preguntaba: “¿Queda mejor así o así?” Cuando acababa, me miraba contenta y cerraba la gaveta.

Eran reversibilidades deleitables de apreciar en el alma de ella. 

(Extraído de conferencia del 21/4/1981)

  1. El Dr. Plinio hace referencia a los potentes telescopios del Centro Espacial Kennedy, localizado en Cabo Cañaveral, región costera de los Estados Unidos conocida como Space Cost (Costa Espacial), desde donde se lanzan al espacio la mayoría de las naves espaciales norteamericanas.  ↩︎

Alejados de Dios y de su Iglesia

Esta es una historia de una restauración espiritual, se la vamos a contar desde el principio, es decir, dándole a conocer la situación en la que vivían Thaís Lira y su esposo, Clovis Arruda, antes de que Dña. Lucilia interviniera de forma decisiva en sus vidas.

Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

Natural de Manaos (Brasil), así como su marido, Thaís sufría de depresión desde los 15 años, problema agravado por el relativismo religioso en el que estaba inmersa, según ella misma lo narra: «Lamentablemente, no tuve una vida muy buena, porque creía que todas las religiones eran ciertas. Incluso llegué a frecuentar un templo budista y someterme a tratamientos esotéricos, en busca de una curación para la depresión».

Habiéndose licenciado en Derecho, Thaís se presentó a las oposiciones e ingresó en la Policía Civil de Amazonas. No obstante, el contacto con la delincuencia empeoró aún más su estado: «Tuve que tomar medicación e inicié un tratamiento psicológico».

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Por otra parte, su vida matrimonial no era modélica: «Nunca fuimos católicos vigorosos, teníamos muchos conceptos erróneos sobre el matrimonio. No creía que fuera importante tener hijos y mi esposo concordaba conmigo».

Llevaban, pues, una vida prácticamente alejada de Dios y de su Santa Iglesia; entonces su marido recibió una ventajosa oferta de trabajo en Recife y allí se mudaron. Thaís estaba decidida a cambiar de profesión: «En Recife, empecé mis estudios para la carrera diplomática, que siempre quise hacerla. Para curar la depresión busqué tratamientos psiquiátricos, pero ninguno funcionó. También traté de ser mejor católica, pero tampoco lo conseguí».

El encuentro con los Heraldos del Evangelio

En 2013, nuevamente por motivos profesionales de su esposo, se trasladaron a la ciudad de Cotia, en otro estado brasileño, São Paulo. Sin que ella lo supiera, la Divina Providencia la conducía hacia la solución de sus problemas: «En Cotia obtuve mi curación. En medio de toda esta oscuridad, recibí la visita de una pareja de Heraldos».

Desde hacía mucho tiempo, la familia de Thaís daba una contribución para las actividades evangelizadoras de los Heraldos del Evangelio; sin embargo, nunca le había interesado conocer más de cerca la institución. Continúa su relato: «Teníamos mucha simpatía por los Heraldos, y recuerdo que, al hojear sus revistas, me decía a mí misma: “¡Se les ve tan contentos! ¿Realmente existe esto? Si existe, ¡está bastante lejos de mí! No hay cómo formar parte de esto…”. Sencillamente pensaba que no era algo para mí».

Además de animarla en la práctica de la fe, esa visita dejó dos buenos recuerdos en su vida. El primero, una colección de la obra El don de sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira, escrita por Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, que los heraldos le regalaron; la segunda, ella misma nos lo cuenta: «Después de recibir la visita de esa pareja, empecé a sentirme mejor, a sentirme curada de la depresión, y ya no necesité mis medicamentos».

Buscando respuestas contra el comunismo

Libre de la incómoda depresión, Thaís se sentía más a voluntad para continuar sus estudios. Tenía curiosidad por conocer los orígenes del comunismo, porque su madre le decía que se trataba de algo perverso. Investigó y enseguida llegó a la conclusión de que «provenía de una obra maligna», según sus palabras.

Profundizando en sus estudios, tomó conocimiento de las apariciones de Nuestra Señora de Fátima, en las que la Santísima Virgen alertaba a la humanidad sobre los peligros del comunismo. Deseaba ardientemente seguir sus consejos y peticiones, como, por ejemplo, la comunión reparadora de los cinco primeros sábados. Al mismo tiempo, oyó hablar de la devoción de los primeros viernes de mes, en desagravio al Sagrado Corazón de Jesús, y sintió que necesitaba urgentemente cambiar de vida.

Hacia la conversión, por un camino de dolor

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Las vías de la Providencia son a menudo misteriosas para el entendimiento humano. A veces, los momentos de mayores dificultades y dramas son los esperados por Dios para realizar una bondadosa intervención. Con Thaís y su esposo no fue diferente. Les sobrevino una enorme dificultad económica, que los llevó a cambiar nuevamente de residencia, instalándose esta vez en Juiz de Fora, donde podían contar con el apoyo de sus familiares.

Para Thaís, el primer paso de su anhelado cambio de vida era hacer una buena confesión. Por lo tanto, fue a una iglesia con esta intención. Desafortunadamente, el sacerdote disponible la trató con hosquedad y ni siquiera le permitió que terminara de decir sus faltas. Narra ella: «Me quedé muy triste. Fui al sagrario y allí lloré mucho, hasta el punto de que mis lágrimas cayeron en el banco de la iglesia».

Junto al Santísimo Sacramento, Thaís encontró lo que necesitaba. Sintiendo una vigorosa presencia sobrenatural, su corazón se llenó de la fuerza necesaria para un verdadero cambio de vida hacia la santidad. Y, entonces, le pidió perdón al Señor, con mucha sinceridad, por haber abandonado la Iglesia.

Así expresa lo que pasaba en su interior cuando regresó a casa: «Mi esposo y mis padres estaban muy asustados, porque yo lloraba demasiado. Y la razón era que había percibido lo mucho que se vilipendia a la Iglesia en nuestros días, y me reprochaba: “Nunca he hecho nada por la Iglesia. No soy una católica de verdad”. Estaba muy, muy triste, y pensaba: “¿Cómo voy a consolar a Nuestra Señora si no consigo confesarme? Para hacer la devoción de los primeros cinco sábados necesito confesarme durante cinco meses consecutivos».

Un consejo decisivo

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Durante este período de perplejidad fue cuando Thaís recibió un consejo que sería decisivo en su vida. Prosigue su relato: «Me llamó una persona de Manaos, era un viejo amigo, y me habló de la consagración a la Virgen como esclavo de amor. Entonces le comenté lo que me había pasado y le pregunté: “¿Dónde puedo confesarme?”. Él me respondió: “Ve si los Heraldos del Evangelio están en Juiz de Fora. En los Heraldos seguramente hallarás tu confesión”».

Un poco reticente y todavía pesarosa por lo que le había sucedido, Thaís no siguió el consejo de su amigo. Sin embargo, poco después su propio párroco le informó por casualidad de que los Heraldos tenían una iglesia muy bonita en Juiz de Fora y le instó a visitarla.

Aunque un poco reluctante, Thaís decidió ir: «Era sábado. Nada más entrar, me quedé impresionada al ver la cantidad de niños que había jugando en el patio. Uno de ellos llevaba un rosario con gran devoción. ¡Me impresionó bastante ver a un chico tan joven con el rosario en la mano!».

A pesar de esta primera impresión favorable, todavía pensaba: «Si alguien me trata mal aquí, desistiré y seguiré mi fe sola». Pero la Virgen le preparaba algo distinto: «Me recibió una mujer muy simpática, cooperadora de los Heraldos, que me escuchó, me consoló y me llevó a un sacerdote, para que pudiera confesar. También me impresionó la belleza de la iglesia, cómo todo en ella —¡hasta los bancos!— propiciaba nuestra concentración en la misa y en las oraciones».

El primer encuentro con Dña. Lucilia

Admirada por la paternal solicitud del sacerdote, Thaís hizo, finalmente, la tan anhelada confesión, de la que salió aliviada y con la firme decisión de comenzar una nueva vida. En consecuencia, quiso empezar de inmediato la preparación para consagrarse como esclava de amor a Nuestra Señora. El primer paso era adquirir el Tratado sobre la verdadera devoción a la Santísima Virgen, de San Luis María Grignion de Montfort.

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«Cuando fui a comprar el libro y un rosario, conocí a Dña. Lucilia a través de una fotografía suya impresa en un azulejo, y me llamó la atención lo rosáceo de su chal. Pensé: “¡Vaya, qué bonito es ese chal! ¡Es tan rosáceo! ¿Quién es esta señora?”. Llegué a tenerle un poco de miedo, porque ella tenía una majestad increíble, una mirada verdaderamente soberana. También noté su elegancia y, a pesar del miedo, me sentía muy atraída. No entendía muy bien por qué los Heraldos tenían tantas fotografías suyas, pero al mismo tiempo pensaba: “Bueno, ahora no entiendo esta devoción, pero sé que debe ser algo muy bueno”. ¡No puedo marcharme de este lugar! Aquí es donde debo estar».

Un sueño alentador

Prosigue Thaís: «Un día, la cooperadora que tan amablemente me había recibido en mi primera visita a los Heraldos me contó que había soñado conmigo. Me visitaba en una habitación donde estaba Dña. Lucilia, sujetando un bebé que era mi hijo. Y Dña. Lucilia le ponía al bebé en sus brazos, mientras yo descansaba en una cama. Tuvo este sueño justo cuando me conoció, pero temía contármelo en esa ocasión, porque sabía que yo no quería ser madre.

A la izquierda, Thaís y su esposo después de consagrarse a la Virgen; a la derecha, bautizo de Plinio José, su hijo, en la iglesia de los Heraldos de Juiz de Fora

»En ese período en el que yo estaba conociendo más a la Iglesia, un sacerdote me aconsejó que le rezara a Dña. Lucilia, que leyera su historia, pero nunca fui tras ello. También me dijo que me convenía ser madre, pues eso sería mi curación».

«Quiero ser madre, para agradar a Dios»

Pero «ser madre» era lo que Thaís no quería. Entonces, ¿cómo solucionar el problema? Nos cuenta: «En el aniversario del fallecimiento de Dña. Lucilia, el 21 de abril, asistí a misa y en esa ocasión le pedí el deseo de ser madre. No pedí ser madre, porque no tenía el deseo de ser madre. Así que le pedí el deseo: “Doña Lucilia, deme el deseo de ser madre”».

Vencida por la gracia, Thaís le dio a Dña. Lucilia la oportunidad de actuar en su corazón, y tiempo después pidió decididamente la gracia de ser madre: «Doña Lucilia, quiero ser madre, quiero agradar a Dios». No obstante, pasaron los meses sin que hubiera indicios de un embarazo.

En la Semana Santa siguiente, Thaís tuvo una fuerte inspiración. Estaba sentada en el primer banco de la iglesia, durante una de las ceremonias. De repente, mirando a la imagen de Nuestro Señor Jesucristo flagelado, recordó un terrible episodio ocurrido muchos años antes: «Me acordé de que me había echado una maldición sobre mí misma. Debido a las ideas feministas que tenía, me dije que no permitiría que Dios engendrara un niño en mi vientre. Cuando recordé esto, me desesperé. Se lo conté a un sacerdote, me confesé y me dijo: “Hija mía, Dios toma eso muy en serio. Pero vaya a rezar a los pies de la Virgen Dolorosa, converse con Ella”.

»Entonces recé ante la Virgen Dolorosa; también le recé a Dña. Lucilia, pidiéndole nuevamente la gracia de la maternidad. Y le dije a Nuestra Señora que, como muestra de confianza de que obtendría este favor a través de Dña. Lucilia, elegiría ya el nombre de mi hijo: si era niña, María Lucilia; si fuese niño, Plinio José. Asimismo le pedí que el niño se hiciera en el futuro monja o sacerdote, porque quería mucho darle esa alegría a Dios, y podría salvar muchas almas».

Y Thaís no tardó en conseguir lo que había pedido: en el siguiente aniversario del fallecimiento de Dña. Lucilia, ¡estaba, por fin, esperando su primer hijo!

Una prueba más, una ayuda más

Plinio José nació el 27 de diciembre de 2022. Sin embargo, pocos días después Thaís y Clovis fueron sometidos a una terrible prueba. Narra ella: «Una semana después del nacimiento de mi hijo, tuve un accidente cerebrovascular (AVC) y entré en convulsión. Mi marido cuenta que, cuando me vio, empezó a llamar a Dña. Lucilia, gritando: “¡Doña Lucilia, ayúdame, ayúdame!”».

La familia reunida junto al cuadro de Dña. Lucilia

Llevada rápidamente al hospital, recibió el tratamiento adecuado. En medio del terrible sufrimiento resultante del AVC, nunca dejaba de rezarle a Dña. Lucilia. ¿Pidiéndole qué? ¿Alivio de sus dolores? No, pidiendo algo mucho más importante, que demuestra cuán eficazmente restauradora era su conversión: «Le pedí a Dña. Lucilia que no me dejara quejarme, que me ayudara a ofrecer mis dolores por la Santa Iglesia».

Gracias a la intercesión de su protectora, a los quince días Thaís ya se había recuperado y pudo estar nuevamente con su hijo. El AVC le dejó pocas secuelas, que en nada comprometen su vida diaria.El camino hacia la unión con Dios y hacia el seno de la Iglesia fue doloroso, pero hoy Thaís y Clovis le agradecen a Dios no haberles ahorrado sufrimientos, pues a través de éstos pudieron entrar en la lista de los hijos que Dña. Lucilia maternalmente ampara bajo su manto. 

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2024)

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