La reprensiones de Doña Lucilia

Las virtudes de Doña Lucilia, modelo de dulzura y suavidad, así como de firmeza y de intransigencia, se manifestaban también en el modo como ella reprendía a su hijo Plinio.

Cuando yo tenía más o menos once años, pasé por un período de la vida en el que infelizmente me comporté mal, practicando acciones que no debería haber practicado.
Y sucedió que, por un conjunto de circunstancias en las cuales veo el dedo de la Providencia, esas acciones me causaron resultados muy funestos.(Dr. Plinio se refiere a un episodio con el boletín de calificaciones del Colegio San Luis. Un profesor había equivocado una calificación, y el niño Plinio quiso enmendarla sin consultar a sus superiores. Doña Lucilia creyó en un principio que Plinio había falseado la nota. ver más)

Lógica y afecto

Mi madre, que era al mismo tiempo un modelo de dulzura y de suavidad, pero también de firmeza y de intransigencia, tomó conocimiento de esas actitudes mías y se disgustó mucho. Doña Lucilia tenía una manera de reprender que era única. Ella estaba habitualmente enferma – sufría mucho del hígado, aunque haya muerto muy anciana – y permanecía, con frecuencia, recostada en una especie de sofá, y desde allí me llamaba, con una voz fuerte, muy sonora: “¡Plinio!” Cuando oía “Plinio” – pronunciado con una “i” un poco arrastrada, con un timbre aterciopelado, donde había un cariño y un afecto difíciles de describir –, yo iba prontamente y me quedaba muy cerca de ella.
Ella pasaba su mano alrededor de mi cintura, me miraba de frente y me decía:
– Hijo mío, ¿será verdad que hiciste tal cosa así?
– ¡Sí, señora, yo lo hice!
Ella tenía una mirada que, como su voz, cambiaba de intensidad extraordinariamente.
Y mirándome, agregaba:
– Pero, ¿cómo pudiste hacer tal cosa? Esa actitud tiene esto y aquello de malo…
Siempre con lógica y con afecto al mismo tiempo.
Yo iba prestando atención en aquello, encantado con todo: su voz, sus ojos, su cariño, su sabiduría y su intransigencia, ¡la cual me encantaba! Al final de la reprensión, ella me decía:
– Bien, hijo mío, ¿tú le prometes a tu madre que no harás eso nunca más?
– Sí, señora, lo prometo.
Pero yo estaba extasiado de admiración, de arrepentimiento y de afecto.
Entonces ella decía:
– Está bien, entonces dale un beso a tu madre.
Yo le daba un beso en la frente, ella me cubría, literalmente, de cariños,
y yo salía “en las nubes” porque había recibido una reprimenda. Esas eran las reprensiones de mamá.

Amenaza de ser mandado al “Caraça”

Sin embargo, cuando sucedió el episodio del boletín, no fue así. Ella me recibió fría, sentada en una mecedora, me puso de pie delante de ella y me dijo:
– ¿Esto fue así?
Yo respondí:
– Fue así.
– Pero, ¡explíqueme esto!
Y me amenazó con mandarme a un internado que había en aquel tiempo en Minas Gerais, el Caraça, que era un Colegio muy bueno, paradigma de aquel Estado de Brasil, pero en San Pablo, no sé por qué, tenía la fama de ser una cárcel para niños.
Lo peor que le podía suceder a alguien era ser mandado al Caraça. Yo recuerdo a mi madre diciéndome:
– Yo voy a averiguar, y, si fuese el caso, ¡tú tendrás que ir al Caraça! Y no cuentes con mi bondad ni con mi perdón, a no ser después de que hayas pasado un año en el Caraça y yo verifique que mejoraste. Antes de eso, no.
¡Quedé aterrado! No sólo por ser mandado al Caraça, sino por haber merecido de mi madre aquella censura.
Yo me sentí expulsado de aquel paraíso de sabiduría y cariño que era ella, y sentí temor por mi unión con ella. Esto me atemorizó verdaderamente. Pensé: “¡Dios mío!, ¿cómo va a ser eso?” Yo tenía cierta piedad en aquel tiempo, pero ninguna devoción a
Nuestra Señora.

Meditando cada palabra de la Salve

Cierto día, fuimos a la Iglesia del Corazón de Jesús y yo me puse, casualmente, delante de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora que se encuentra allá. Entonces le pedí a Ella que resolviese mi problema, rezando una Salve. No tuve ninguna aparición, ni visión, pero experimenté la impresión inefable de que María
Santísima daba valor y sentido a cada una de las palabras de la Salve. Fui, así, meditando y comprendiendo cada término: “Dios te salve Reina…” Pensé: “Ella es Reina y si quiere resuelve mi asunto.” “Madre de misericordia…” “¡Dios mío! – exclamé – ¡Incluso más que mi mamá!” “Vida, dulzura…” “Sí, estoy viviendo con esto, ¡y qué suave es!” “¡Esperanza nuestra, salve!” “¡Ya estoy esperanzado!” “A ti clamamos los desterrados hijos de Eva…” Concluí: “Es justamente lo que estoy haciendo; estoy aquí, desterrado y clamando.” “A ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.” “¡Es mi caso enteramente!” “Ea, pues, Señora, abogada nuestra…” “¿Vieron? – pensé. Ella es abogada. Lo que yo necesito es a alguien que abogue por mi causa junto a Nuestro Señor Jesucristo. Ya que Él es puro y perfecto, no me atrevo
a acercarme a Él después de lo que hice. Pero Ella es mi abogada, Ella arreglará el caso.” “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.” Como dije, sin ninguna visión o revelación, tuve toda la impresión de que la Santísima Virgen miraba hacia mí y me decía sonriendo: “Hijo mío, yo te libro de esta cueva, y arreglo tu caso.” En el relámpago de aquella crisis, entendí cuál era la gravedad del pecado, y en el perdón de Nuestra Señora comprendí bien lo que es la misericordia hacia los que recurren a Ella.
Gracias a Dios, hasta hoy, y espero que hasta el final de mi vida eso no se borre de mis ojos: la armonía entre la severidad y la justicia llevadas hasta su último rigor, y la misericordia llevada hasta su última ternura y al extremo de su esplendor.
No sé decir otra cosa para mostrar como la misericordia y la justicia se complementan, que contar como eso se verificó a lo largo de mi vida. Con mis 63 años, tengo tanta certeza de lo que es la justicia de Dios que, si no fuese por Nuestra Señora, yo me desanimaría. Estoy tan seguro de lo que es la misericordia que el Altísimo concede por medio de María Santísima que, por causa de Ella, espero todo, y espero morir con confianza.
(Extraído de conferencia de 6/4/1972)

Bondad e intransigencia oriundas de una única fuente

se diría que esa afabilidad y afecto llevarían a Doña Lucilia a condescender incluso con relación al mal. Quien así lo juzgase se equivocaría…

 

Madre llena de dulzura, pero intransigente con el mal. Doña Lucilia en junio de 1906

Lo que más resaltaba en Doña Lucilia era un extraordinario misterio por el que su espíritu maternal la llevaba a querer bien a todos y cada uno. Bastaba que alguien se acercase a ella con confianza y el alma abierta, para que se sintiese tomado por su bondad envolvente y por aquel magnífico modo de ser, calificado por el Dr. Plinio de «aterciopelado». Ella trataba a los demás con una dulzura y un deseo de agradar verdaderamente cautivantes. No obstante, se diría que esa afabilidad y afecto llevarían a Doña Lucilia a condescender incluso con relación al mal. Quien así lo juzgase se equivocaría, pues esta bienquerencia no significaba liberalismo, sino al contrario, ya que era muy radical pero de una radicalidad que tenía como corolario el amor a los buenos llevado hasta las últimas consecuencias, porque ella amaba a Dios. Y, en consecuencia, esto la llevaba a tener también un verdadero odio al mal. ¿En qué consistía ese odio al mal? La esencia de la combatividad de Doña Lucilia partía de un principio profundísimo de amor a Dios: Él es el Ser supremo, el Creador y Redentor, y debe ser amado sobre todas las cosas. Siendo así, en todo el orden de la Creación nada hay tan opuesto a Dios como el pecado, ya que es el acto de la criatura inteligente, ángel u hombre, que se rebela contra Dios, proclama otra ley, adversa a la divina y, en el fondo, se pone en pie de igualdad con Él. Eso causaba en el alma de Doña Lucilia un verdadero choque y, de inmediato, dolor al ver que Dios, tan bueno y superexcelente, no recibía todo el amor y devoción merecidos. Por eso, ella quería por todos los medios, que aquella alma se convirtiese y entrase de nuevo en armonía con Dios, arrepintiéndose de la ofensa que le había hecho.
Así es exactamente como Dios actúa con nosotros: Él nos ama con un amor extraordinario y, una vez que hemos cometido una falta, no quiere otra cosa sino perdonarnos y restituirnos todo lo que hemos perdido; y puede, incluso en el momento de la muerte, concedernos una gracia para que nos arrepintamos y salvemos nuestra alma. Pero no transige con el mal ni acepta defectos, porque Él es la Causa íntegra, sin ninguna mancha, y si morimos en pecado mortal, seremos condenados. Una imagen de esa intolerancia divina es el armiño, animalito tan puro que no soporta ensuciarse; cuando se ve rodeado por una barrera de fango, no huye para no mancharse y puede cazarse con facilidad. En este sentido, el Autor (Mons. João S. Clá Dias) sustenta que Doña Lucilia era «armínea»: ella se encantaba con la inocencia y experimentaba una repulsa interior y verdadera indignación contra lo que iba en sentido opuesto. Esto se explica por el hecho de estar tan profundamente unida al Sagrado Corazón de Jesús que hacía que, para ella, la ley de la bondad y la ley de la verdad fuesen sólo una. O sea, el punto de partida de su amor maternal era el mismo de los Mandamientos y, por tanto, cuando se trataba de principios, revelaba una radicalidad total: permanecía firme en su moralidad, sin ceder en nada, ni siquiera un milímetro, conforme comentó una vez el Dr. Plinio: «Esa energía tenía algo de afín con su bondad; y era la energía inquebrantable de la que daba pruebas en ciertas ocasiones: “On ne passe pas! —¡De aquí no se pasa!”». Tal intransigencia trasparece en el episodio del nacimiento de su segundo hijo, Plinio, en que se vio ante una seria amenaza de muerte justo cuando se acercaba el momento de dar a luz. Un médico ateo, que sabía que iba a ser muy arriesgado el nacimiento del niño, le dijo:
— Su parto será peligroso y usted tiene que elegir: o vive usted o vive el niño. ¿Usted prefiere salvar su propia vida?
Ella tuvo un sobresalto y, levantando la cabeza, miró al médico y respondió:
— Doctor, ¿usted tiene valor para proponerme eso? ¡Esa pregunta no se le hace a una madre católica! Usted ni siquiera debería haberla pensado. Si alguien tiene que morir, seré yo, ¡es evidente que el niño tiene que nacer! ¡Mi hijo por encima de mí! ¿Qué era eso? ¿Afecto por el hijo? Sí, pero sobre todo una absoluta fidelidad a la Ley de Dios: ¡lo que aconseja la moral es eso y hay que observarlo! De ninguna manera quería que el niño muriese en su lugar, y aconteció que sobrevivieron tanto la madre como el hijo.

Deje, que yo me las arreglo. Una caricia suya nunca la cohibiré…

Doña Lucilia en París, en 1912,
fotografiada con el mencionado traje de gala

Así podríamos citar otros hechos que manifiestan su radicalidad, como lo que ocurrió durante la inauguración del Teatro Municipal de São Paulo, el 12 de septiembre de 1911, varias veces narrado por el Dr. Plinio. Como Doña Lucilia iba a asistir al evento, quiso prepararse con antelación y prefirió hacerse un peinado con una peluquera. En aquellos tiempos, peinarse podría durar, a veces, algunas horas. Doña Lucilia se tomaba esta tarea con una seriedad religiosa, casi como si estuviera en una ceremonia. Por la noche quiso despedirse de sus hijos antes de ir al teatro. Ya arreglada, con un bonito traje blanco, el mismo con el que, más tarde, fue fotografiada en París, y muy bien peinada; pero, para complacer a Plinio que tenía ganas de besarla, lo cogió en brazos. Él, contentísimo, sin darse cuenta de que ella estaba vestida con un traje de fiesta, pues era muy pequeño, empezó a acariciar sus cabellos, deshaciendo el peinado, y hasta el propio vestido sufrió algunos daños. El Dr. Juan Pablo estaba esperando, afligido por el horario, y al ver la escena se quejó horrorizado:
— ¡Señora, ponga a ese niño en el suelo, porque le está estropeando todo el peinado!
Entonces ella, con calma pero muy incisiva, le respondió:
— Deje, que yo me las arreglo. Una caricia suya nunca la cohibiré…
Y Doña Lucilia dio el asunto por terminado, porque un principio es un principio: nunca impediría que un hijo la acariciase, aunque con eso le deshiciesen el peinado. Continuó abrazando a su hijo y sólo después de mucho manifestarle su afecto, volvió al tocador, se arregló un poco el ca-bello y salió. Plinio se dio cuenta casi inmediatamente que no debería haber hecho eso; pero, percibiendo la dulzura de la respuesta, pensó: «Esto sí que es bondad, ¡esto es ser madre!» Se podría decir que es algo sin importancia; sin embargo, es un suceso capaz de marcar tan intensamente la vida de un niño que su recuerdo permanezca en el tiempo hasta el momento de su muerte. Plinio, efectivamente, no lo olvidó, hasta el punto de, setenta años después, todavía guardar en su alma una viva memoria del hecho.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 132 ss.

Doña Lucilia comentada por Dr. Plinio

«Toda la vida me gustó muchísimo tratar con personas cuya disposición de alma fuese afable, luminosa, suave, cordial, orientada hacia toda forma de bien, de generosidad y de bondad. Eran virtudes católicas, que notaba, por discernimiento, en la Iglesia y en los verdaderos hijos de la Iglesia, hasta llegar a encantarme, deleitarme y extasiarme». Plinio Corrêa de Oliveira

Continuando de la mano de Mons. João de su obra El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Ofrecemos las siguintes líneas.

Doña Lucilia comentada los sábados por la noche

«Salón Azul» de la residencia del Dr. Plinio donde hacía las reuniones de «Conversación de Sábado por la Noche»

Sin duda, tal bienestar se notaba especialmente en el trato con aquella que había sido para él como un espejo del espíritu de la Iglesia: su madre Doña Lucilia, que así describió en una Conversación de Sábado por la Noche (Así se llamaba unas de las reuniones que el Dr. Plinio hacía con un grupo reducido de sus discípulos en su propia vivienda): «En cierto sentido, se mostraba excepcionalmente inteligente, con una forma de inteligencia vinculada a la compasión y a la ayuda, con una noción muy clara de todo lo que pudiera contundir o hacer sufrir a alguien. Por una pregunta o por la primera mirada que ella dirigía a alguna persona, intentaba ver cuál era el punto dolorido, lo notaba enseguida y ponía un cuidado extraordinario para no tener una distracción durante la conversación, hacer alguna referencia que pudiera hacer sufrir a esta persona de alguna manera. También sabía cuál era el género de compasión que debía manifestar para atender a ese sufrimiento, y lo expresaba mucho más por la mirada y por las actitudes que propiamente por las palabras».
Pero ¿quiénes eran las personas sobre las que tanto incidían la dulzura y la delicadeza de la madre del Dr. Plinio? En otra conversación así lo explicó: «Ella tenía una forma de
ser madre, un amor materno propenso a tener mil hijos, a englobar un número indefinido de personas. Por su extrema dadivosidad, tengo la impresión de que si dispusiera de todos los bienes de un Rockefeller o de un zar de Rusia, acabaría arruinándolos, por la gran propensión que tenía para dar». Pero quiso aclarar un pormenor: aunque la bondad de Doña Lucilia se manifestase preponderantemente en la asistencia a los necesitados, no se agotaba apenas en esta forma de hacer el bien. «Ella daba por la alegría de ver que alguien recibía lo conveniente y hasta lo superfluo. Su gozo consistía en ver que la persona se alegraba».

El Dr. Plinio comentó también que esta tendencia que tenía Doña Lucilia de beneficiar a los demás se aplicaba incluso a quienes tenían mucho más que ella, y a pesar de que, tal vez, no tuviera ninguna relación con ellos.Y puso un ejemplo hipotético: «Digamos que si supiera que existía en Groenlandia una ricachona que quisiese mostrar unas orquídeas de Brasil a unas amigas, si Doña Lucilia tuviese los recursos suficientes para hacerle llegar estas flores a la ricachona, sin ningún tipo de retribución, ¡ella se quedaría muy contenta! Pues su alegría de recibir era mucho menor que la alegría de dar».

Su bondad era acuerdo con la bondad de Nuestro Señor Jesucristo

¿De dónde provenía tanta bondad y bienquerencia? ¿Cuál era el origen de estas virtudes tan opuestas a la mentalidad reinante en aquel brutal y egoísta siglo XX, del que tuvo que recorrer tantas décadas? Explicó esta cuestión también en una Conversación de Sábado por la Noche: «No era la dulzura de una persona que tiene buen genio y trata bien a los demás por ese motivo. Ella lo tenía, pero había algo mucho más alto: un humor afable y acogedor, como penetrado por un rayo de luz que modelaba su bondad de acuerdo con la bondad de Nuestro Señor Jesucristo. Yo notaba perfectamente que se trataba de algo comunicado por Él a ella, de la misma forma que si alguien tomase un rayo de sol y lo lanzase sobre un alma, colmándola con sus efectos».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte V pp. 107 ss.

Una profunda seriedad de espíritu

Analizando el modo de ser de su madre y cómo lo atendía en esa necesidad, Plinio formó en su mente una noción que no sabía expresar por ser muy pequeño, pero que, en el fondo, se resumía en lo siguiente: «¡Madre, madre lo que se dice, para mí es ésta!»
Y de esa percepción, llegó a una conclusión: «¡Cómo ella es seria! No se tomó mi aflicción como una cosa de niñito, sino que percibió cuánto estaba sufriendo de verdad. Aquel dolor, de hecho, lo sentía. Y mamá, por haberlo notado, hizo un sacrificio serio, pues sufrió al socorrerme. Ella era tan seria que ocultó su sufrimiento y fingió

Señora de espíritu grave, serio y profundo, en cuya fisonomía transparecía gran bienquerencia

divertirse con sus propias narraciones, sólo para hacerme el bien. Ella fue seria: quería de verdad remediar mi caso. Su actitud significa mucha misericordia y, sobre todo, ¡mucho amor!» Para que comprendamos bien este espíritu de consecuencia, seriedad y gravedad de Doña Lucilia, es preciso tener en consideración el Primer Mandamiento de la Ley de Dios, que ella practicaba con extraordinaria perfección. En efecto, mucho más que simplemente no reír, la seriedad es una cualidad de alma conducente a dar a cada cosa el debido valor, teniendo una impostación27 interior por la cual el espíritu jerarquiza sus concepciones y sus quehaceres. Por tanto, habiendo dentro de la Creación tres pináculos: la figura adorable de Nuestro Señor Jesucristo, la figura venerabilísima de Nuestra Señora y, después, la figura divina de la Santa Iglesia, la virtud de la seriedad consiste, esencialmente, en dar la adecuada atención a estos tres pináculos, tributando a Dios lo que es de Dios, y a las cosas secundarias, lo secundario.
Siendo así, del amor fervoroso y lleno de llamaradas, aunque suave y calmo, de Doña Lucilia al Sagrado Corazón de Jesús y a todo lo que era conforme a Él, resultaban su intransigencia y radicalidad. Esa seriedad la llevaba también a tener una fisonomía siempre controlada, pero nunca tensa; con una sonrisa nada mundana ni superficial, y sí de profunda bienquerencia, por amor de Dios. Mirando el alma de Doña Lucilia y viendo cuánto era seria, el Dr. Plinio tuvo su primer encanto en relación con la seriedad. He aquí uno más de sus recuerdos: «Ella tenía un sentir profundo de la transcendencia de las cosas y un algo que no se sabe bien hasta qué punto hacía parte de la “transesfera” (el Dr. Plinio utilizaba el término «transesfera» para significar «la suprema y majestuosa resonancia de nuestras acciones en Dios, y la resolución paterna y solar del mismo Dios». En definitiva, hablar de «transesfera» es referirse a todo aquello que está, por así decir, «más allá de la esfera», o sea, por encima de nosotros: es el enlace que conecta el resto de la Creación a Dios o que conduce a Él), y hasta qué punto era sobrenatural; ese algo llamaba su atención con frecuencia y vivía inmersa dentro de ello. Hablaba poco respecto de este asunto, pero nunca me fue posible acercarme a ella o tener cualquier encuentro con ella, sin sentir intensamente la presencia de su espíritu en esa zona de lo “transesférico” y de lo sobrenatural; y sin dejar de notar que el modo por el cual ella veía el mundo, las relaciones humanas, los hechos que pasaban a su alrededor, la vida humana en general, era focalizado en esa región elevada. Eso me ayudó mucho en la formación de mi espíritu. Ella me formó, no a través de consejos explícitos, sino primero por un modo de ser atrayente y convincente, que auxilió enormemente a mi inocencia a discernir, en función de ella y de lo que yo sentía que eran sus pensamientos, la clave más alta de las cosas. Ella fue, por así decir, el fuego, la llama que encendió en mi alma esa visualización. La seriedad y su valor moral venían de ahí. En cualquier acción buena ella veía un mérito tan grande y, de otro lado, en cualquier acción mala, una vergüenza tan grande, que era llevada a considerar la oposición entre el bien y el mal, la verdad y el error, el pulchrum y lo feo, como un valor propio a llenar la vida. Y mucho de la seriedad de mi alma se debió a ella».
Los contactos de un hijo con su madre son incontables, y el Dr. Plinio convivió con su madre nada menos que sesenta años. Ahora bien, él afirma aquí ¡nunca haberse dado una sola ocasión en la cual se aproximase de ella y no percibiese, en su interior, la presencia de esa contemplación de un horizonte «transesférico» y sobrenatural! Analizándola con discernimiento de los espíritus, él comprendió cómo la seriedad y la sabiduría se identifican en gran medida, conforme explicitó en cierta ocasión: «La seriedad es la posición temperamental de quien, con inteligencia, fue sabio e hizo de su inteligencia lo que debía hacer; tal seriedad no es sino uno de los modos de ser de la sabiduría».

Un escalón para la devoción a Nuestra Señora

La convivencia con Doña Lucilia fue para Plinio un oasis. Con ella aprendió, además de la elevación, la donación de sí mismo llevada a las últimas consecuencias. El siguiente comentario expresa cuánto ella fue de un auxilio extraordinario, sin el cual no habría llegado a la práctica de la virtud: «Un beneficio profundísimo que recibí de ella, y no sé lo que sería de mí —naturalmente Nuestra Señora es mi Madre y Ella habría de proveer por mí— si no lo hubiese recibido, fue el de creer, por haberla conocido, que sí es posible el grado de afecto y de dedicación que ella poseía. Y también el grado de desprendimiento de alma y de deseo de dirigirse hacia las cosas superiores que la caracterizaban. Quien conoció esas dos cualidades se vuelve propenso a elevar su alma ad maiora, y adquiere la convicción de que, amando de hecho a Nuestro Señor Jesucristo y a Nuestra Señora, se es capaz de una dedicación y de un afecto como el de ella. Y nada es más antiaxiológico que imaginar el mundo constituido irremediablemente por superegoístas. Además, si el alma llega a creer en el error de que eso es inevitable, la vida recibe una carga de amargura, de decepción y de non sens, de una brutalidad indecibles…»
La Providencia dio a Plinio una robusta noción del ser, así como un inusual sentido del bien y del mal; lo dotó también del discernimiento de los espíritus, del don de sabiduría y de los demás dones del Espíritu Santo en alto grado; infundió en su alma la lógica, a través de una gracia mística recibida algunos años más tarde. Sin embargo, nada de eso habría fructificado si no le hubiese sido concedida una madre que representase la bondad del Sagrado Corazón de Jesús y de Nuestra Señora. Un hecho ocurrido con Doña Lucilia demuestra bien, por la reacción que produjo en el alma del pequeño Plinio, cuál era la naturaleza de la influencia que ejercía sobre su hijo. Teniendo él siete u ocho años de edad, este episodio de tinte trágico constituyó, dentro de la «topografía de la infancia», una especie de montaña.
En un periodo en que el romanticismo del siglo XIX estaba desapareciendo y daba lugar a la vida despreocupada de la Belle Époque, el drama que será relatado tuvo aún cierta connotación romántica. Plinio estaba en casa, jugando o contemplando y, de repente, se divulgó la angustiosa noticia de que Doña Lucilia había sufrido un accidente cuando estaba fuera de casa. En efecto, había ido a un dentista de la Rua São Bento, en el mismo edificio donde quedaba el bufete de su esposo, el Dr. João Paulo, y al bajar una escalera, sedesequilibró, e intentando apoyarse en la barandilla, acabó por sufrir una luxación en el hombro.

Plinio y Rosée

La aflicción del pequeño Plinio pronto desapareció con las caricias de la madre

Plinio se sobresaltó enormemente cuando le susurraron al oído que Doña Lucilia iba a llegar bajo los efectos del cloroformo, lo que dejaba a la persona un tanto anestesiada, pues colocar el hombro en su lugar era un proceso extremamente doloroso. Por eso, además, sería trasladada en ambulancia. En una época en que todavía se usaban mucho los caballos, bien se puede imaginar el drama que sería, para un niño inocente, verla llegar en aquel vehículo extraño. Enseguida, los familiares lo dejaron a solas y comenzaron a arreglar el cuarto, andando de un lado para otro, con mucha prisa.
Por teléfono llegaban las noticias: «¡Ya salió del hospital!» «¡Ya debe estar llegando!» Y Plinio, en vez de tranquilizarse porque ya estaba viniendo, se afligía cada vez más. Para él significaba una verdadera desdicha; caso ella llegase a fallecer, sería literalmente el fin del mundo, o peor, ¡porque se quedaría en un mundo del cual ella habría desaparecido! Y tal fue la dilaceración nerviosa por la que pasó, que varias veces, mientras esperaba, salía corriendo desde el fondo de la sala donde estaba, daba un salto y un puntapié en la puerta y volvía corriendo. Puede imaginarse la fisonomía de consternación que tendría ante lo sucedido, pues alguien le llegó a decir:— No aparezca así, porque, si su madre le ve con esa cara de angustia, va a sufrir más aún.

Por fin, ella llegó. Plinio de hecho, no apareció, y esto fue más pungente y aumentó más su tormento; si la hubiese visto, se habría calmado. Pero solamente oyó la agitación de la ambulancia y, a cierta distancia, los pasos de los que la llevaban por el pasillo. Después vio a los médicos, con aquellos grandes bigotes, aún de la época del Káiser, pidiendo yeso y agua caliente… ¡Todo daba la impresión de tragedia! Al final, autorizaron a Plinio a visitarla. Él se acordaría siempre de aquel contacto que tuvo con Doña Lucilia. Le habían dicho que tomase mucho cuidado al abrazarla y que no se lanzase sobre ella, pues todavía se estaba sintiendo mal y sufría un dolor insoportable.
Fue, entonces, introducido silenciosamente en el cuarto y apenas conseguía verla a distancia, desde la puerta: ella estaba acostada en la cama sobre su lado derecho, teniendo el otro enyesado, y con la cabeza puesta en la almohada, muy pálida, pero con una resignación completa. Había una lamparita azul en la cabecera y él escuchó un gemido, tan suave y tan ordenado, que era como la pulsación de un corazón. Y pensó: «¡Qué orden y qué dulzura!»
Cuando ella percibió, en medio de aquella penumbra azul, la presencia del niño, extendió el brazo e hizo una señal:
— Filhão (Desde que el Dr. Plinio era pequeño, Doña Lucilia acostumbraba a llamarlo con el cariñoso título de filhão, derivado de filho, que significa, en castellano, hijo), ¿eres tú?
Él se acercó a la cama y la besó en el rostro muchas veces, mientras ella lo abrazaba y acariciaba. Después, antes de que él pudiese preguntarle cualquier cosa, ella se adelantó para indagarle:
— Hijo mío, ¿estás mejor de tu resfriado? ¿Estás teniendo cuidado con el relente y las bebidas frías?
Entonces, Plinio se dio cuenta de que, en medio de aquel dolor, ¡su madre todavía encontraba la serenidad suficiente para preocuparse más con su estado de salud que consigo misma! Era, por lotanto, una bienquerencia sin pretensión, nada egoísta, realizada, eso sí, ¡en función del amor de Dios! Aquel trato sublime marcó el alma de Plinio y, mientras se retiraba, pensaba: «¡Hay entre ella y yo una interpenetración profunda! ¡Mi alma está en la más íntima unión y afinidad con la suya! Lo que le afecta a ella, me afecta a mí, porque yo soy una prolongación suya; lo que golpea allí, duele allí y aquí, ¡pues yo lo siento como si fuese en mí!»
Se observa en todos estos episodios de su primera infancia, que ella había sido creada para ser, junto a su hijo, una especie de escalón para llegar hasta Dios y, al mismo tiempo, un soporte para que él comprendiese después con facilidad la devoción a Nuestra Señora. Era como la orla del manto de Nuestra Señora que llegaba hasta el niño. Así, cuando a los doce años, en una época difícil de su vida, se arrodilló a los pies de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora, diciendo: «¡Sálvame, Reina de misericordia!», aquella confianza plena tenía como base el amor y la comprensión que había tenido del espíritu materno de Doña Lucilia: «Si mi madre es como es: ésta, que es la Madre de las madres, la Madre de toda la humanidad, ¡¿cómo será?!» «El hecho de experimentar esta paciencia de mi madre me estaba preparando algo muchísimo mayor: la devoción a la Santísima Virgen. Y cuando rezo la Salve Regina o el Memorare, tengo la impresión de hacer con Ella un poco lo que hacía con mamá. No en el sentido físico de la palabra, sino diciéndole cosas que abran su misericordia como mis dedos abrían los ojos de mi madre, convencido de que la súplica de un hijo afligido es oída y que puedo explicarle mis problemas con confianza, pues nunca seré mal recibido. De una manera o de otra, en los días siguientes a estos hechos, yo iba haciendo comparaciones entre mis padres y las personas mayores que veía, y pensaba: “Como ella, nadie. Si yo soy bueno, ¡ella será para mí un mar de bondad! Pero esa bondad, ¿viene de ella? ¡No! Veo que esto también existe, a la manera de relámpagos, en otras personas, pero en ella permanece de modo estable. Si existe en varias personas, significa que la fuente de la bondad no está en ella. Entonces, ¡necesito descubrirla!” Y me venía una cierta idea confusade que mamá era apenas una gota de agua dentro de un océano… Después comprendí que esa fuente era Nuestro Señor Jesucristo».
Por el contrario, un niño que se desarrolla en un ambiente en el cual son frecuentes los choques y las cargas temperamentales de indignación, al ser tratado con violencia adquiere, ya antes del uso de razón, una serie de instintos y costumbres embrutecidos que hace que a partir del momento en que toma conciencia de sí, concluya que es necesario reaccionar contra todo aquello: «Pero… ¡qué cosa más absurda! ¿La humanidad es esto? Voy a tener que defenderme y ser bruto también, porque si no, llevaré las de perder».Y así, a medida que el niño va creciendo, empieza a proyectar en cualquier autoridad aquella fisonomía de cólera que manifestaba su padre o su madre, creando así, la idea de un Dios irascible y sin razón. Más tarde, si comete una falta, tendrá una dificultad enorme en dirigirse a la Santísima Virgen pues, si su propia madre es una persona violenta, con repentes turbulentos, ¿qué idea se hará de Nuestra Señora? Y a continuación se dejará llevar por la siguiente idea: «Me da miedo rezarle, no sea que me caiga un rayo de allí arriba… Ya no tengo más solución, ¡todo está acabado!» Y, sin embargo, ¡la verdadera solución se encuentra precisamente en confiar en la Santísima Virgen y en Nuestro Señor Jesucristo!

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 124 ss.