Auténtica luchadora

Doña Lucilia poseía convicciones firmes, y lo que ella consideraba como verdadero provenía de una reflexión calmada y minuciosa, tras haber visto y examinado en las cosas de la vida hasta qué punto aquello correspondía a grandes horizontes y era opuesto al mal.

Si mi formación como luchador, y todo cuanto pueda haber en mí de bueno, se debe a algo en lo que la acción profundamente católica de mi madre estuvo presente, entonces debo narrar un poco como era ella en cuanto luchadora.

Distancia calmada, fría y cortés con los malos…

La idea que generalmente se tiene del luchador es la de un individuo rabioso: Ve algo con lo que no está de acuerdo y enseguida estalla de ira. Y cuando está realmente ardiendo de ira, es que está en el auge de su condición de luchador. Entonces entra en
la lucha por impulso, por atracción, y encuentra el deleite de ser un luchador en el hecho de dar rienda suelta a la rabia que lo domina. Todo esto era lo contrario del modo de ser de Doña Lucilia como luchadora.
Ella era una persona de convicciones firmes. Es decir, lo que mamá tenía como algo verdadero era fruto de una reflexión tranquila y minuciosa después de haber visto – al examinar las cosas de la vida – en qué medida eso correspondía a grandes horizontes y era opuesto al mal. Así como ella amaba el bien y quería que todo mundo lo practicara, detestaba el mal y deseaba que todo mundo lo evitara.
Cuando una persona era adepta al mal o secuaz de él, ella no hervía de ira contra ella, pero consideraba el mal que había en esa persona con toda lógica: “Tal persona hizo esto o piensa de esa manera. Lo que hizo, dice o piensa es malo por estas y estas otras razones tomadas de la doctrina católica, de la experiencia de la vida, etc. Si esto es así, tengo una posición opuesta a esa persona, y absolutamente no voy a establecer
relaciones próximas con ella, no la haré mi amiga, pero viviré a una distancia calmada, fría y cortés de esa persona. “Evitaré altercados y discusiones, a no ser cuando mi obligación sea luchar e indicar lo que está errado. Entonces hablaré y estableceré la discusión. De lo contrario me mantendré en una calma perfecta, pero a mi alrededor haré todo cuanto pueda para que tal idea no sea aceptada, tal ejemplo no sea aprobado, tal modo de proceder no se repita, pero hablando con calma respecto de esa persona: Ella tiene tales cualidades, pero, pobrecito, posee tal defecto. Y ese defecto tiene tales y tales consecuencias, por lo que ocurre que él está expuesto, de un momento para otro, a hacer tal o cual acto ilícito”.
 “Como no se puede hacer una acción ilícita ni desear el mal, tengo que mantenerme apartada de esa persona. La saludaré amable y cortésmente, no la maltrataré, pero estableceré una distancia fría. Si se quiere, una distancia como la luz de neón que ilumina pero no acalora. Y entre esa persona y yo queda un espacio, pero un espacio
frío que demuestra distancia y dentro del cual se lee por todos los lados la palabra no, no y no”.
Ese era el sistema que ella empleaba y yo me habitué desde muy temprano a ver ese sistema.

…que se vengaban de ella aislándola

Ella llamaba mi atención respecto de aquel o de aquel otro, para irme formando con el fin de que yo comprendiera cómo eran las cosas. En el modo de ella hablar yo comprendía la calma que debería tener ante el mal, pero también la irreductible frialdad y hostilidad ante quien no se convierte y no cambia de conducta. Y debido a eso también una distancia, que ponía entre esa persona y yo un vacío. Y ese vacío hacía que el otro quedase enemigo mío.
Doña Lucilia, siendo una señora –la vida de las señoras en aquel tiempo era muy ceremoniosa y más reverente – no era inclinada a polémicas y vivía en la tranquilidad de la vida de familia, pero la venganza de los malos contra ella era el aislamiento.
Entonces, cuando ella tomaba una actitud sistemática contra un defecto, las personas que tenían aquel defecto se aislaban de ella, retribuyendo así del mismo modo la actitud de ella. Esto mi madre lo veía perfectamente pero le parecía enteramente normal.
Si ella estaba de un lado y el otro se ponía en el lado opuesto sin derecho ni razón para hacerlo, pero lo hizo, ella como que decía “quédese allá que yo permanezco aquí y serviré a Dios de este lado, y usted servirá al demonio del lado de allá”.
Obsérvese la fotografía de ella que fue tomada en París, en la que está relativamente joven, sentada en un banco de jardín y posando levemente su rostro sobre la mano. Doña Lucilia está pensativa, haciéndose un juicio respecto a alguna cosa o sobre alguien. Está entre un sí y un no, un rechazo o una aceptación. Va a concluir algo y a trazarse una norma para su vida. Nótese la serenidad con que está ahí, la tranquilidad, la dignidad. Pero también la intransigencia: no cambiará. La resolución tomada por una razón precisa la conservará durante la vida entera. Fue así como yo la conocí hasta el
fin de sus queridos e inolvidables noventa y dos años de vida.

Poner a los adversarios en el suelo de manera amable

Por temperamento no soy una persona violenta; soy muy tranquilo e incluso afectuoso. Pero tuve que aprender de ella que, aunque afectuoso, es necesario ser irreductible. Y eduqué mi temperamento calmado en la batalla de quien se dedicó a un ideal, que vive para él, lucha contra quien lo ataque y hace todo a favor de quien lo apoye; el mundo se divide entre buenos y malos, acertados y desacertados, católicos y anticatólicos. Y es necesario tomar posición y después enfrentar. Pero enfrentar con amabilidad siempre que sea posible; y si no se puede enfrentar con amabilidad, enfrentar con fortaleza, lo que naturalmente, en mis tiempos de niño, de estudiante y posteriormente de hombre ya maduro se hacía con mucho más vigor del que se usaba entre señoras.
¿Y a través de qué medio? Aprendiendo a ser lógico, a raciocinar de tal manera que, puesto un raciocinio, el adversario no sepa cómo refutarlo.
He escrito innumerables cosas en mi vida y, con cierta frecuencia, las personas con las que entro en desacuerdo me responden, pero muchas veces ni siquiera entran en la discusión porque pronto se dan cuenta de que van a ser derrotadas. Y si comienzan a discutir, yo, con mucha calma, de un modo siempre amable, invoco el buen sentido. Supe recientemente que una alta personalidad del mundo católico brasileño, queriendo decir que yo le hacía una zancadilla, afirmó: “Plinio es así. Escribe un artículo contra una persona que comienza a leerlo. Un artículo tan amable que ella hasta se siente agradada. Pero cuando llega al final, la persona está postrada en el suelo porque se quedó sin argumentos. Él serruchó el piso debajo de nuestros pies. Y no queda otra alternativa que quedarse quietos porque ya no hay nada qué argumentar”.
Me parece que es el modelo perfecto de la cortesía y la combatividad. Echar al suelo de modo amable, y asunto terminado.

(Extraído de conferencia de 26/2/1994)

Un torrente de afecto como un caudal de luz

Doña Lucilia trataba a su hijo, desde su primera infancia, con mucho respeto, con una sonrisa bondadosa y un torrente de afecto. Por estar siempre vuelto hacia los aspectos más altos de las cosas, el niño Plinio era rechazado por sus compañeros y vivía aislado. Ese aislamiento profundo sólo encontraba alivio en su bondadosa madre. Doña Lucilia era su apoyo.

Si considero las gracias más antiguas que recuerdo haber recibido – entonces, un niñito de dos o tres años –, la primera impresión fue una profunda sensibilidad hacia mi madre. Una sensibilidad que se extendía desde la persona de ella hacia todo lo que fuera más o menos de la misma forma. Muy sensible, por ejemplo, a la compasión que sentía que ella tenía por mí, por el hecho de ser pequeñito, débil, muy enfermizo en mi primera infancia; después, a fuerza de tratamientos, eso cambió, gracias a Dios. Yo notaba su pena amorosa, llena de respeto, con una sonrisa bondadosa, afectuosa y una especie de torrente de afecto, que sentía casi físicamente como un caudal de una luz dulce, que entraba en mí y venía de ella.

Afecto, cortesía, respeto

Eso terminaba constituyendo una especie de regla de tres, por la cual yo me volvía muy sensible a toda especie de compasión hacia los que sufrían. Eso era un reflejo: lo que mamá sentía por mí yo lo tenía con el sufrimiento de los otros; me sensibilizaba profundamente, ponía atención, tenía mucha lástima. Esas disposiciones no eran de una compasión común. Yo tenía mucha facilidad de ver metafísicamente cómo era eso. Entonces, aplicaba a un caso concreto y de ahí pasaba a la metafísica, a la compasión, la misericordia en sí misma, vista en su aspecto más alto, y vibraba con esto profundamente.
De ahí también mucha afectividad. Yo era muy propenso a tratar a todos con afecto, cortesía, respeto, a pensar que me tratarían con esa mansedumbre también, y eso se configuraba para mí como un gozo plateado que constituía la luz de mi infancia.
También sentía una especie de caricia de las cosas bonitas, que fueran de belleza delicada, elevada, que atraían hacia un ambiente superior, hacia algo más elevado, no de un valor social, sino moral. Eso me atraía enormemente. Pero, asimismo, en los contornos de esto el valor social, en la medida en que percibía que el valor social superior exigía un cierto valor moral, sin el cual aquello era una frustración y una vergüenza. Entonces, un respeto por ese valor moral comprendido en esto.

Lo metafísico y el arquetipo de cada cosa

Se tiene una idea mejor de esto conociendo mi afinidad con Versalles. Cuando tenía casi cuatro años, me llevaron al Palacio de Versalles, donde hubo algunas escenas que ya he tenido oportunidad de relatar. Ese gesto de agarrarme al carruaje era porque todo eso representaba un valor moral relacionado con lo social. Recuerdo que en el exterior de la puerta del carruaje había una de esas escenas francesas tan apacibles; un paisajito, un pastor, una pastora, que a mi vista de niño se configuraba como la cosa más inocente posible, con aquellos colores, unas auroras, unos ríos muy delicados; la naturaleza toda muy delicada con personajes que, a su vez, tomaban actitudes muy corteses hacia los demás. Cubierta por un excelente barniz, aquella pintura tomaba un aspecto tal que mi alma se encantaba, por causa de una noción de delicadeza, que era el modo propio de mi alma. Yo pensaba: “¡Cuántas dulzuras hay en esto!” ¡Cómo está Jesucristo en todo esto!”
Así yo veía también en las cosas de la Iglesia, de la Religión, en la imagen del Corazón de Jesús de mi casa. Y creo que son fenómenos de mística ordinaria, mezclados con una ayuda de la gracia para ver el aspecto metafísico, en dosis que no sé bien cuáles son. Visto lo metafísico y
lo arquetípico, entraba una puntica de sobrenatural, de una consolación sensible asociada a todo esto.

Ver las cosas por los aspectos más elevados

Recuerdo, por ejemplo, que mamá, mi abuela, mi padre y otras personas de la familia fueron a una especie de réveillon en Paris, por el Año Nuevo. Y Doña Lucilia vino trayendo cotillons, objetos que distribuían para que las señoras los llevaran en la mano mientras bailaban. Ella no danzó, pero los trajo. Al llegar al hotel, amarró algunos cotillons al pie de mi cama. Al despertar de madrugada y percibir que algo estaba amarrado ahí, yo pensé: “¡Otra de mamá!” En este “otra de mamá” estaba la idea de una nueva expresión de su cariño. Me volví hacia el otro lado y me dormí. Cuando desperté por la mañana, vi los cotillons y concluí: “Ya veo. Aunque indispuesta, fue a hacerle compañía a mi papá, y volvió más indispuesta aún; y allá estaba pensando en mí, en medio de la fiesta, y cuando volvió tarde, cansada, estuvo de pie junto a mi cama amarrando esto y sonriéndome, a mí que dormía, recreándose con mi sorpresa a la hora de despertar.”
El cuarto de ella quedaba al lado del mío. Me levanté y fui directamente a sus habitaciones a jugar con ella, despertándola sin consciencia alguna de estarla incomodando. Había en todo eso algo a manera de un globo lleno de gas que tendía a subir, haciéndome ver las cosas por los aspectos más altos, continuamente y por cualquier motivo.

Discerniendo lo que se oponía a las cosas elevadas

En ese sentido, hay otra reminiscencia de mi infancia. Una escena muy confusa, más o menos así: El barco en el que viajábamos era italiano, Duca d’Aosta. Al verlo parado,  o sé dónde, tuve la impresión de que había alguna máquina funcionando para sacar de la embarcación cantidades de agua. Yo veía aquel chorro de agua y pensaba: “La vida es así: es un agua que está saliendo, saliendo, pero al final acaba… ¡Qué bonito es ese chorro!, pero ¡cómo es bueno que comience, dure y acabe!” Había algo arquetípico al respecto, que iba más allá de la idea de un niño de cuatro o cinco años. El tiempo libre que tenía, lo reservaba para reflexiones como esa. No hablé con nadie al respecto, porque me di cuenta de que sería mal visto. Luego vino la sensación de soledad frente a lo admirable, pero mal visto por todos lados, que, por lo tanto, debería florecer, secarse y marchitarse. Y así pasaron los veranos, los inviernos, los manantiales y los otoños, sucediéndose unos a otros y agregando soledades a soledades solo en presencia de Dios. Esta idea me venía mucho al espíritu. A lo que se añadía una noción confusa de que algo no me quería, y que se presentaba por formas de trato que me agredían.
Volviendo de Génova a Brasil, en cierto momento una persona de mi familia se me acercó con aires de burla. Pensé conmigo mismo: “Ya viene este hombre aquí… ¿Pero por qué está riendo? No hay nada de chistoso”. Se acercó con risas, y yo permanecí serio. Después, me agarró y me colocó encima de un barril que estaba en la cubierta y me dijo: “Toca el acordeón”. Comencé a tocar para evitar complicaciones, pero pensando: “¿De qué se está riendo? Eso no me produce ninguna gracia; ¿por qué está burlándose de mí? Yo estoy serio aquí ¿Por qué se está riendo?” Y después me levantaba y me bajaba. Yo sentía algo que más tarde llamaría espíritu revolucionario. Así, a un discernimiento de esas cosas elevadas se unía un discernimiento más fino, relacionado con lo que se oponía a esas cosas elevadas. Era ya un despuntar de la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución, que comenzaba en mi plena inocencia.

Transatlántico italiano Duca D’Aosta, con el cual regresó Doña Lucilia a Brasil

Transatlántico italiano Duca D’Aosta, con el cual regresó Doña Lucilia a Brasil

Niño que raciocinaba hasta el último punto

En todo esto había alguna cosa que era la inocencia del católico que no pecó, de la gracia bautismal, y además una continua acción de la gracia extendiendo los límites de esa inocencia, haciendo notar cosas que después irían en cadena hasta ver la Revolución y la Contra-Revolución. Más o menos todo me llevaba a eso.
También sentía un abismo que comenzaba a abrirse entre los de mi edad y yo. Porque,  pesar de ser algo sensible y no lógico, era siempre conforme a la lógica; yo raciocinaba hasta el último punto. Esas cosas que veía eran premisas evidentes de las cuales yo sacaba consecuencias. Pero percibía que mis compañeros de edad no querían saber de eso, ni siquiera querían mirar, y estaban en otra clave; por tanto, yo tendría que relacionarme con ellos desde la rodilla hacia abajo, para que pudiéramos convivir.
Tentación de orgullo, gracias a Nuestra Señora no tuve. Al contrario, me sentí hasta disminuido por ser diferente de los demás, quedando medio al margen, y haciendo, pues era necesario, un acto de humildad para ser fiel a todo eso. Sin embargo, a la vez iba sintiendo el aislamiento y la necesidad de tener una profunda vida interior, pues sabía que era muy buena, muy conforme a la Religión, muy lógica, pero que no era visible a nadie. Con todo, yo pensaba lo siguiente: “Quien rechaza esas cosas podría decirse mi amigo, pero yo no acepto esa amistad, ella no es válida porque yo soy así. Y si quieren de mí un tercero que no soy yo, el niño juicioso, recto, educado, agradable, pero sin nada de todo esto – es así que tengo que mostrarme para convivir con ellos –, entonces en realidad no gustan de mí, pues tengo que usar una máscara para vivir entre ellos.” No es la máscara de la hipocresía, sino de la diplomacia.

La ferme, un regalo muy bonito

En cierta ocasión, en Navidad, recibí de un tío un regalo muy bonito. Era una caja venida de Francia, intitulada “La ferme”. Al abrirla, uno se encontraba con la escena de una hacienda común. Después, levantando otra tapa, se veía junto a la hacienda una aldeíta encantadora, francesa, con todo cuanto hay en una especie de villa cercana a una hacienda: la iglesita, los campesinos, aquellos montes de heno tan característicos, el perrito, la campesina, un riachuelo pintado en el suelo con su puentecito, pequeñas enredaderas con fruticas rojas pintadas en las ventanas de las casas…
Hasta hoy, al narrar, siento aún la repercusión del encanto que me causaron esas cosas. En el medio, había un hombre muy derecho, elegante, con un abrigo negro muy bien cortado y un sombrero de copa gris – lo que era el auge de la elegancia –, con guantes en las manos, saludando a alguien; era un saludo perpetuo, invariable e inmóvil, pero con tanta distinción y afabilidad que yo quedaba encantado. Y pensaba cómo sería bueno conocer a ese hombre y saludarlo del mismo modo, y conversar con él. Intercambiaríamos ideas sobre asuntos muy agradables, muy elevados y dulces…
Pero si yo quisiera conversar sobre eso con mis compañeros, caerían en carcajadas. De ahí, un aislamiento profundo que sólo encontraba consuelo en mamá, con quien no
hablaba de esas cosas, pero yo sabía que ella las sentía. Así, Doña Lucilia era mi apoyo.

(Extraído de conferencia de 20/6/1987)

Gravedad, levedad y distinción

Desde sus tiempos de jovencita, Doña Lucilia mantenía una idea de sublimidad de la vida, que era vista en sus aspectos religiosos por dos lados: la Iglesia y la Civilización Cristiana. Ella quería vivir católicamente en el orden temporal, forzando a ese orden vivir en osmosis con la influencia de la Iglesia.

La fotografía de Doña Lucilia, tomada en París, retrata una característica señora de buena sociedad, de finales de la Belle Époque. La Belle Époque terminó con la Primera Guerra Mundial, que estalló un año o dos después de que mi madre volviera al Brasil.

Seriedad y espíritu de oración

Hay una diferencia enorme entre el porte, el peinado, el traje que ella usaba, propios de la Belle Époque, y lo que vino después con la americanización de la moda. En esta fotografía la moda todavía es intensamente europea; ese vestido debió haber sido encargado a algún costurero francés; y el estilo, el modo de estar ella sentada, son característicos de la Belle Époque, hasta rozando un poco con el romanticismo. El vestido es distinguido, de valor elevado, pero sin ostentación de riqueza. En fin, es el orden temporal sustentando y viviendo en sana harmonía con la virtud católica.
Con una mirada muy firme, enteramente seria; de una seriedad poco común. La posición de la cabeza indica a una persona que está reflexionando con seriedad durante una solemnidad social, lo que en aquel tiempo era muy normal. Sin embargo, una vez pasada la Primera Guerra Mundial esa actitud quedaría ridícula; una persona no pensaría con esa seriedad ni estando sola, porque la época de la seriedad había terminado.
En esta fotografía trasparece un pensamiento profundo, de quien está haciendo oración, en el sentido propio de la palabra, que es
elevatio mentis in Deum. No es apenas hacer súplicas, sino también considerar las cosas a la luz de la Religión Católica.
Se nota mucho en esta fotografía todo del espíritu de aquel tiempo, pero es el espíritu de una persona que pertenece enteramente al orden temporal. Mirando hacia ella no se conseguiría decir: “¡Qué magnífica terciaria franciscana!” Porque no era una terciaria franciscana, sino una señora de sociedad participando de un acto social.

Vivir católicamente en el orden temporal

El sofá en que está sentada Doña Lucilia es un mueble que se usaba en las terrazas, jardines, etc. El fotógrafo la representa como si ella estuviera al aire libre, poniendo al fondo una mezcla entre tempestad y luz clara. Un recurso que no se usó más después de la guerra, porque esa combinación tiene cualquier cosa de grandioso, de trágico, de dramático, que explica totalmente la personalidad de ella.
A propósito, se nota que el fotógrafo era muy bueno, porque su cabeza está presentada en función de esas nubes, exactamente como debía estar. Eso debe ser un tablero movible, puesto exactamente ahí para que pareciera natural, pero en realidad era artísticamente intencional.

Se supone con todo esto, una señora profundamente católica sumergida en la esfera temporal, integrante de esa esfera, que no piensa en hacer otra cosa sino vivir católicamente en el orden temporal, forzando a ese orden a que se encuentre en osmosis con la influencia de la Iglesia.
Terminada la guerra, todo fue cambiando, comenzando por el corte de cabello de las mujeres
à la garçonne. Después, el uso de joyas ostensivamente falsas: perlas del tamaño de bolas, que ni el Sha de Persia tenía, y que ni siquiera existen en el orden natural. Cosas de ese género. Los vestidos con la falda hasta la altura de la rodilla. Y, sobre todo, después de la Primera Guerra Mundial una persona nunca se sentaría en el sofá con esa dignidad; ni tomaría ese aire pensativo y, al mismo tiempo, de grande dame, con tanta levedad. Gravedad, levedad y distinción son cualidades muy difíciles de conjugar. Entretanto, están unidas en ella.

Idea de sublimidad de la vida

Podríamos imaginar un accidente donde alguien muriera cerca, y ella portando esos trajes; inmediatamente se arrodillaría, haría algún homenaje al cadáver, sacaría su rosarito y comenzaría a rezar. Quedaría perfectamente bien.
Cuando hablé de la profundidad de espíritu que mamá manifiesta ahí, en realidad yo quería referirme a su notable elevación de alma. De ahí que ella no era la candidata propia para una conversación burlona. Pero, después de la
Belle Époque la conversación era sólo de bromas. Y si no fuera broma, no era social.
En mamá había un misterio por donde se notaba que su alma era mucho mayor que su entorno. Y que, por tanto, ella vivía una vida de alma mucho mayor que la vida social retratada en esa fotografía. Sin duda, ella vivía por completo en su medio, que la asumió también enteramente, pero que le sobraba mucho.
Y lo que sobraba era ese tal misterio, o sea, una cierta idea de sublimidad de la vida que ella conservaba desde tiempos de jovencita, cuando la existencia se veía en sus aspectos religiosos; por así decir, por dos lados: la Iglesia y la Civilización Cristiana.
La Civilización Cristiana del tiempo de su juventud era muy distinta a la de la época de esta fotografía. Ahí ya decayó mucho. Cuando ella era muchacha, mocetona, era considerado bonito que la persona fuese muy religiosa, católica, seria, recta. Era el modo de ver la vida en su tiempo. Las madres de familia, muy dedicadas; las hijas tenían locura por la madre; los hijos eran el bastón en la vejez de los padres. Por eso mamá respetaba mucho, a la manera católica, las personas de su familia a quienes atribuía esas virtudes. Aunque no siempre tuvieran dichas virtudes, ella creía que las tenían, por causa de su gusto en admirar.

(Extraído de conferencia de 20/4/1991)

La bondad de Doña Lucilia

En Doña Lucilia había una apetencia de espíritu de lo sobrenatural, porque ella quería tener su principal relación con Dios, y todos los otros afectos de ella provenían de este primer afecto. En el fondo, a quien ella más amaba era a Nuestro Señor Jesucristo. Su bondad la llevaba a considerar a las personas con mucha elevación, rodeándolas de dulzura y afecto.

Doña Lucilia fue la última simiente del árbol de la Edad Media que, al caer al suelo, hizo germinar el futuro. Ella es un alma profundamente medieval, pero no en cuanto a una síntesis del pasado. Era llamada a ser, sobre todo, un comienzo del futuro.

Una bondad que ultrapasa la medieval

Por ejemplo, en lo tocante a la bondad. No se puede decir que su bondad fuese estrictamente medieval. La Edad Media está allí adentro, pero es una bondad que ultrapasa la medieval, es un desarrollo de la que existía en aquel período histórico. La bondad de Doña Lucilia es hecha de una elevación de espíritu que multiplica la bondad por la bondad. Me cuesta concebir cómo es que existía en la Edad Media la bondad desde este punto de vista. En mamá había una tendencia, una apetencia del espíritu para un contacto con Dios, porque ella quería tener su principal relación con un Ser tan elevado, noble y sublime, y todos sus otros afectos eran provenientes de ese primer afecto. En el fondo, lo que ella amaba era a Nuestro Señor Jesucristo.
Esto conducía a que toda la bondad que ella tenía fuese constituida de un modo de considerar a los otros con una elevación muy alta, rodeando de dulzura y afecto la persona a quien ella consideraba. Este afecto descendía de esa eminencia, por así decir, casi raptando a la persona hacia una esfera sobrenatural muy elevada también.
Tomemos, por ejemplo, el cántico Anima Christi. Existe casi una diferencia entre las palabras y el tono de voz con aquello que debe ser cantado, por un lado, y la música, por el otro. Porque hay algo de arrebatado en el estilo ignaciano de este cántico. ¡Pero existe al mismo tiempo una ternura llevada a una elevación, a una cosa que es el extremo en su género! De la elevación de quien considera la sublimidad de Nuestro Señor Jesucristo y casi la debilidad de Él.

En el Anima Christi existe una especie de compasión con que es tratado Nuestro Señor, pero, de otro lado, un arrebatamiento. Hay en eso una mezcla de veneración muy profunda y respetuosa, y de ternura que, tomando en consideración la grandeza del Redentor, pero también como llagado, tiene casi recelo de expresarse, por miedo de tocarlo de un modo insuficientemente delicado. Pero en el fondo y en el centro está la evocación de la Persona de Él y de los sentimientos que esa Persona despierta. Así, ese cántico de algún modo lo describe.

El Sagrado Corazón de Jesús era la cima de su amor

Había todo eso en el modo de ser de mamá, por donde el Sagrado Corazón de Jesús era el ápice, la cima de su amor. Eso daba la marca medieval de ella. Porque, aunque la devoción al Sagrado Corazón de Jesús no hubiese nacido en la Edad Media, ella llevaba la ternura del medieval hacia Él hasta el último punto. Es bonito que Nuestro Señor haya aparecido en Paray-le-Monial, cuyos orígenes se remontan a la Orden de Cluny. La consideración de todo esto me llevaba a respetarla profundamente y, al mismo tiempo, a tener hacia ella una ternura la más delicada posible. Pero con la sensación de que todo cuanto yo hiciese no bastaba, pues ella estaba arriba de eso.
Cuando Doña Lucilia murió, sentí un doble lanzazo: de un lado, la noción de que una persona así acababa de ser, inexorablemente, “deshecha” por la justicia divina… Porque la muerte es eso. Los dos elementos constitutivos del ser humano, el alma y el cuerpo, son separados. Por tanto, en ese sentido deshecha. Por lo demás, si no fuese la resurrección, sería un absurdo. Me acordaba de una cancioncilla que se entonaba cuando las Hijas de María hacían procesión en la iglesia de Santa Cecilia: “Misteriosa justicia nos prende, sólo por hijos de la culpa de Adán; mas la ley quebrantada la anuló tu santa y feliz Concepción.” Es decir, realmente es una misteriosa justicia.
De otro lado, su irreparable ausencia. Porque encontrar otra persona así… Puede tener la linterna de Diógenes que no descubre nada…

Reveses y pruebas

Poco antes de ser acometido de diabetes (En diciembre de 1967, como consecuencia de una grave crisis de diabetes, el Dr. Plinio tuvo una gangrena en su pie derecho, siendo sometido a una cirugía en el Hospital Sirio Libanés en San Pablo, para descubrir la infección), estábamos cenando, solos ella y yo en casa. Hablábamos, pero lo mejor de la conversación era su presencia. Por tanto, yo estaba manteniendo la prosa casi por educación, pero de hecho embelesado fantásticamente con ella. Me acuerdo de haber pensado en esto: cómo sería difícil una madre y un hijo quererse tan bien en el mundo de hoy. Y me venía al espíritu la idea: “Esta salita de cenar es en el fondo, una especie de torreoncito donde Nuestra Señora aún conserva un pequeño resto, pero en mamá ¡un resto solar! ¿Será que está en los designios de la Providencia permitir que todo esto se disuelva con una anticipación relativamente grande de los acontecimientos previstos en Fátima?

Mamá fallece; de repente yo muero también, todo esto aquí es vendido, se dispersa, y es otra buena cosa más que desaparece en el mundo…”
Cuando me apareció la infección en el pie me acordé inmediatamente de lo que había pensado. Pasé los días en casa haciendo todo lo posible para que ella no percibiese la
gravedad de mi estado de salud. En cierta ocasión mamá estaba sentada junto a la mesa del comedor, yo pasé por el hall y tuve una caída sin que ella lo viese. La empleada me dijo en un tono medio atrevido y sublevado:
– Pero ¿qué es lo que tiene? ¡Cuéntele de una vez sobre el estado en que se encuentra! Yo manifesté mi disgusto y afirmé:
– ¿No está viendo que no quiero disgustarla?
– Pero así, ¿hasta ese punto?
– Hasta ese punto. Quien gradúa eso soy yo.
Entré en la sala pensando: “Lo que había previsto se está realizando. Esto que tengo aquí es una gangrena.” Mandé llamar a los médicos y entré en un túnel. Pensé: “Un vendaval me va a tomar y ella morirá por estos días…”
Quedaba transido de pena al pensar lo que podría suceder si yo muriese antes que ella. Y me ponía el siguiente problema: ¿Recomiendo que no le digan que fallecí? Porque el problema se establecía. Es decir, para que no le comunicaran que yo había muerto tenía que entrar por el camino de las mentiras. Mas ella, en el estado en que se encontraba, ¿tenía derecho a la verdad?
Pero, de otro lado, si Dios la quería probar, ¿tenía yo el derecho de ahorrarle esa prueba? Es decir… ¡una cosa tremenda!

La silla de ruedas de Doña Lucilia

Cuando me avisaron que ella estaba muriendo, yo acababa de desayunar y de leer el periódico. Me dirigí al cuarto de ella tan rápido cuanto mis condiciones físicas lo permitían y, al llegar, ella ya estaba muerta. Lloré mucho y, al fin de cuentas, fui a mi cuarto. Inexplicablemente, – creo que fue una gracia obtenida por ella – me invadió una paz, una tranquilidad que era casi una alegría.
Fui al cementerio para el entierro, pero no me atreví a ir hasta la sepultura. Al día siguiente partí a nuestra Sede, en Amparo, volviendo de allá para la Misa del séptimo día durante la cual se dio el fenómeno de un rayo de sol sobre unas orquídeas, que
tomé como siendo la señal pedida por mí a Nuestra Señora de que mamá no estaba más en el Purgatorio.

Me acuerdo, por ejemplo, de una bagatela. A mí me desagradaba mucho la silla de ruedas de ella. A mí me hubiera gustado que mamá caminase. El pasito de ella era una de las muchas cosas que me encantaban. ¡Cómo ella conseguía caminar con gravedad y con un pasito rápido! Doña Lucilia era muy grave en lo que ella hacía, pero rápida en el andar. No sé cómo ella conciliaba eso. A pesar de lo antigua y de ya no usarse más sillas de ruedas de aquel tipo, por ser más altas tenían más dignidad que las de los modelos recientes. Y yo no quería verla metida en esas sillas mucho mejores, pero menos dignas. Entonces conseguí esa misma, en la que mamá, quedaba más alta.
Cuando ella murió, mandé devolver la silla de ruedas a la Santa Casa y pagar el  alquiler. Unos cinco días después, comencé a sentir “saudades” de la silla de ruedas y ordené preguntar a la Santa Casa si podían vendérmela.
Son recuerdos que me dicen mucho. Aunque el retroceso del tiempo, en este caso, no mejore la perspectiva, ni me lleve a quererla mejor por causa de eso, por algunos lados invita a una actitud más admirativa con relación a mamá.

(Extraída de conferencia de 20/4/1991)