El unum de Doña Lucilia

Cuando dos almas llegan a conocerse a fondo en esta Tierra, cada una sabe discernir el unum de la otra. Ese conocimiento es simple, abarcador y completo. Sin embargo, puede haber épocas en la vida espiritual en que esa visión se apaga un tanto y la persona ya no discierne el unum con tanta claridad. Fue lo que pasó con el Dr. Plinio, en su juventud, con relación a Doña Lucilia. 

Al convivir con una persona cuya alma está tocada de un modo particular por la gracia, siento que se da entre ella y yo algo de lo que pasaba conmigo hacia mi madre. Percibo que esa persona no me ve por pedazos, como si considerase separadamente las piezas de
un mosaico. Sino, por el contrario, es como cuando se está delante de un mosaico bien hecho, en el cual se ve primero la figura y después se nota que es un mosaico.

La visión de conjunto y los pormenores

Plinio y RoséeEso se observa mucho en mosaicos italianos, sobre todo en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. Mosaicos bien hechos que, al mirarlos sentimos cierta extrañeza, porque vemos que no se trata de cuadros pintados sobre tela y no sabemos cuál es la materia, pues no percibimos la división entre las diferentes piedritas. Se diría que es algo a la manera del cuadro de Nuestra Señora de las Lajas, en Colombia, en que la propia piedra tiene el color de la figura. Después, fijando la vista con atención, se comienza a percibir lo cuadriculado del mosaico. Pero antes no se percibía. Así también, cuando una persona está muy tocada por una gracia, tratando conmigo, percibe lo que puede haber en mí del espíritu de la Santa Iglesia. Y aunque considere después este o aquel aspecto unitariamente, lo que queda, ante todo, es la visión de conjunto.
Ahora bien, eso también fue exactamente lo que hubo entre mi madre y yo. Yo percibí en ella, ante todo, el conjunto. Con el transcurso del tiempo, viendo una cualidad u otra sobresalir, yo decía: “¡Qué bonita cualidad!” En el Quadrinho, por ejemplo, no hay algo que llame la atención a primera vista. Ella no tiene un trazo fisonómico notable, mayor o más correcto que otro, o algo así. Los trazos fisonómicos son de una señora muy anciana, con los cabellos blancos. Pero hay algo que viene antes de todo y dice: ¡Es ella! El Quadrinho da mucho eso, que se expresa por la mirada y después vienen los pormenores.

El unum de cada ser

doña_lucilia_cVeo eso en el episodio del joven rico del Evangelio, cuando él le dijo a Nuestro Señor Jesucristo que había cumplido los Mandamientos durante toda su vida, y preguntaba qué más podría hacer. Nuestro Señor, habiéndolo mirado, lo amó (cf. Mc 10, 21). O sea, no bastaba que el joven fuese bueno; pero cuando Nuestro Señor lo miró y con certeza lo analizó unitariamente, lo amó, pues la bondad apareció en él. Se trata, por lo tanto, de coger el unum de la persona y quererlo. ¿Qué hay en esa mirada de unum a unum? De por sí, el espíritu humano no reconoce la suma necesidad de los sentidos. Cuando estemos en el Cielo, conoceremos muchas cosas sin esta necesidad. Tanto es así, que nuestras almas, aunque separadas de los cuerpos en el Cielo hasta la resurrección, van a conocer muchas cosas. Ese conocimiento es simple, uno, abarcador, completo. Y cuando en esta Tierra dos almas llegan a conocerse a fondo, de hecho ellas se ven así. Eso hace medio indescriptible el contacto de una persona con otra, porque está en el terreno del alma, no del cuerpo.
En el Paraíso terrestre, probablemente el conocimiento debería ser así. Para que Adán diese un nombre a cada animal, es porque conocía el todo y la propia naturaleza, el unum del animal. Y el nombre dado por él no era una cualificación científica, sino el por dónde aquel animal es semejanza de Dios.
Allí estaba el unum dominante que Adán veía y daba a aquella criatura el nombre de la perfección de Dios que ella refleja.
Ver o sentir la perfección posible de las cosas, que ellas aún no alcanzaron, crear un ambiente donde todas esas perfecciones en germen se anuncian en puntadas como si ya fuesen árboles, y ver la floresta futura en la germinación presente, es una de las alegrías de la convivencia. Esta es propiamente una ayuda que Nuestra Señora da para la primavera y el verano de la vida espiritual.
Sin embargo, así como en el Paraíso, ese estado de alma también puede pasar por tentaciones. Y a veces enteramente sin culpa, como Adán no tenía culpa de ser tentado. La tentación tocó la puerta de Adán y Eva cuando ellos no habían pecado; ellos consintieron en la tentación y ahí pecaron. Pero hace parte del designio de Dios que cada ser inteligente sea probado. Entonces, puede haber épocas de la vida espiritual en que esa visión se apaga un tanto y la persona ya no discierne ese unum, y comienza a ver los pedazos del mosaico.

Caída de los mitos

cap7_024Doy un ejemplo. Hay un defecto que aparece en la historia de muchas adolescencias, del cual el joven no siempre tiene una idea clara, que consiste en lo siguiente: El niño siente el peso de la vida que llega. Yo, por ejemplo, notaba que era durísima, pesadísima, la vida que venía. ¡Para llevar a cabo la vida como tiene que ser conducida, es una batalla! ¡No es subir una montaña, sino cargarla en la espalda! En contraste con eso, yo veía la vida calma, todavía medio a la Belle Époque (Del francés: Bella Época. Período entre 1871 y 1914, durante el cual Europa experimentó profundas transformaciones culturales, dentro de un clima de alegría y brillo social.), bien ordenada, tranquila y próspera de las personas mayores de la familia, que funcionaban como relojes. Todo les salía bien, sucedía como querían y andaban con unas caras contentas, satisfechas, se sentaban y conversaban, contaban hechos en los cuales todo les había corrido normalmente y hasta bellamente, se reían.
Yo sentía, entre ellos y yo, un contraste que incluía a mi madre. Yo la veía generalmente enferma, aunque no eran enfermedades graves, y sí achaques, incómodos que ella tomaba con tanta bondad, tanta dignidad, tanta dulzura y tanto bienestar interior… En aquel tiempo usaban un mueble llamado chaise longe, el nombre ya lo dice, es una silla larga, una especie de sofá para que las personas se reclinasen durante el día. En sus aposentos, como más o menos en cada sala, había un chaise longe. Cuando ella estaba indispuesta vestía una bata y se reclinaba allí, con la cabeza apoyada sobre una de las manos. Los pliegues de la bata formaban algo a la manera de las olas del mar, en orden, y ella recostada en la penumbra miraba hacia un punto indefinido con aquella mirada tan luminosa, serena, firme, sin vacilación.
Por no diferenciar mucho las cosas, para mí ella estaba incorporada en el mundo de los holgados, mientras que yo me sentía, por oposición, pequeñito, débil, frágil ante una tempestad, expuesto a todas las incertezas, y los mayores cobrándome, con la mejor de las intenciones, una sonrisa que no convenía a mi estado de alma, diciéndome: – Entonces, venga. ¿Cómo está este niño? ¡Divirtiéndose, eh! ¿Qué estás jugando? A mí me daba ganas de decir:
– ¡Jugando no, estoy pensando! ¡Yo tengo problemas, tengo debilidades, tengo miedos! Y no quiero capitular.
Eso venía acompañado de una sensación de que, lanzando cierta inseguridad dentro de aquel mundo aparentemente tan estable, se tenía un compañero de infortunio. Por otro lado, también estaba la impresión de que eso era menos sólido de lo que parecía, y que si estableciésemos allí un caos, se quebraba el mito. Entonces comenzaba una especie de contestación, respuestas atravesadas y actitudes así, en que el prestigio de los mayores pasaba durante algún tiempo por una especie de quebranto.
Con mi gusto por analizar a las personas, pasé por esa fase muy agudamente, con una especie de caídas de los mitos donde había una forma de placer dolorido por verificar que esto, aquello y aquello otro era un mito.

La vanagloria de un tío

puerto de santos

Puerto de Santos

Eso lo percibí en cierta ocasión, yendo en automóvil con un tío y un primo por las calles de Santos. Mi tío se volvía hacia su hijo y hacia mí y preguntaba: – ¿Cómo se llama esta calle por la que estamos pasando? Yo no tenía la más mínima idea. Santos para mí era la orilla de los hoteles, de los restaurantes y del mar… Aquellas calles dentro de la ciudad, para mí como que no existían. Entonces respondía con toda inocencia:
– No sé.
Y mi primo daba la misma respuesta. Ante lo cual mi tío concluía:
– ¿Sí ven? Uds. andan por las calles sin saber los nombres. Si se daña el automóvil y Uds. tienen que ir a casa, no saben dónde están. Un hombre como debe ser, conoce el nombre de las calles.
Yo pensé: “Para caber eso en mi cabeza, tengo que quitar otras cosas más importantes. ¿Este señor nutre su espíritu con esas nociones? Yo sé perfectamente cómo hacer si el automóvil se daña. Bajo y le pido a cualquiera: ‘Estoy hospedado en el Parque Balneario, junto a la playa. ¿Me puede decir cómo se va hasta allá?’ Él me dice: ‘Coja el tranvía veinte, quince o cero…’ Tomo el tranvía y listo.
O, entonces, si tengo un poco de dinero en la billetera, llamo un taxi y digo: ‘¡Vamos al Parque Balneario!’” En cierto momento percibí que él nunca preguntaba sin haber llegado al fin de la cuadra, donde miraba la placa y, un poco más adelante, interrogaba. Por lo tanto, él tampoco sabía, y hacía eso solo para vanagloriarse. Yo no le dije a su hijo, pero me quedé viendo… ¡Este quedó fichado!

Bondad, mansedumbre y respeto

A esa tendencia de sacudir a los mayores y decirles cosas que los dejasen inseguros, infelizmente yo cedí, cayendo en el hábito de hacer eso con mi madre, pobrecita, que no lo
merecía en lo más mínimo.
Un día en que Doña Lucilia estaba preparándose para almorzar, entré en su cuarto y, mientras ella se arreglaba delante de la mesa de toilette, comencé a decir varias cosas. Noté que ella quedaba muy afligida, dolorida e insegura. Nada de lo que yo decía era insolencia, ni impertinencia, pero eran cosas que la quebrantaban. Ella me daba unas respuestas lógicamente insuficientes y yo metía el dedo en la falta de lógica, dejándola aún más afligida. En cierto momento me vino la idea: “¿Por qué estoy haciendo eso? Vea cómo ella está respondiendo a todo lo que estoy
diciendo con bondad, mansedumbre y respeto. ¡Con qué cariño ella me responde! Su aflicción es por mí y no por ella. ¿Por qué estoy haciendo esta estupidez?!”
Paré en ese mismo instante y comencé a agradarla. Adquirí una noción tan lúcida de quién era mi madre, que nunca más en mi vida, hasta cuando ella murió, hice algo parecido. Por el contrario, hice constantemente lo opuesto el tiempo entero. De tal forma que la colmé, a decir verdad, desde ese momento de un sinsabor fugaz hasta la sepultura, de las rosas que mi cariño, llevado hasta el último punto, le pudiese dar.

(Extraído de una conferencia del 14/7/1980) 

Unión de alma entre Doña Lucilia y el Dr. Plinio

Doña Lucilia producía un gran efecto sobre su hijo y, como madre ejemplar, procuraba estimular al Dr. Plinio en lo que él tenía de parecido con ella e incentivar lo que tenía de diferente de ella. Viéndola, el Dr. Plinio comprendía mejor las cosas de la Iglesia y de la Civilización Cristiana. 

Gracias a Dios, la unión entre mi madre y yo era realmente muy grande. Si yo la tomase como persona y, después, como mi madre, notaría que, en cuanto persona, abstrayendo de la relación entre madre e hijo, había entre nosotros afinidades muy grandes. Sin embargo, también existían algunos puntos – que no eran de contraste sino de diferencia – que se explicaban por aquello que la Providencia quería de cada uno de nosotros en el transcurso de esta vida mortal.

Una especie de telegrafía sin cable

3p168Ella debería llevar la vida en la santa campánula del ambiente familiar y doméstico, con piedad y oración como era en aquel tiempo, educar a los hijos, etc., con la elevación de vistas que le era propia. Yo, no obstante, estaba llamado a las borrascas y las tempestades.
Evidentemente, había en el alma de ella, legítimamente, un movimiento para concentrar, cerrar, preservar, aislar y proteger; mientras que mi movimiento era el ímpetu para andar dentro del ventarrón, para atacar, ser atacado, en fin, para llevar adelante nuestra gesta. Lo cual creaba, naturalmente, no entrechoques, sino diferencias de modo de ser que entran por los ojos. Sucede que, sumando la condición de persona, de alma muy afín a la mía, a la condición de madre, yo era llevado a pensar que ella estaba dotada de una especie de cognición exactísima, muy delicada, de una precisión extraordinaria, de lo que yo era en cuanto yo e incluso en lo que era diferente de ella.
Y ella quería eso, incluso cuando no entendía enteramente. Y hacía esfuerzo para apoyar e incentivar que yo fuese yo. De esa forma, procuraba completarme de dos modos: estimularme en lo que yo tenía de parecido con ella y estimularme en lo que tenía de diferente de ella. Ahí entraba una gracia que no era apenas la suya como católica, sino la gracia como madre. Una madre ejemplar, muy extremosa y en la cual esa relación entre madre e hijo tenía algo de parecido con la causa y el efecto. Ella veía hasta el fondo lo que estaba en mi alma.
A veces por una mirada, un timbre de voz, un pequeño ofrecimiento: “¿Quieres esto?”, o por una caricia cuando yo pasaba… Era toda una especie de telegrafía sin cable, que tenía como efecto que ella y yo nos entendíamos. Mi madre producía un efecto sobre mí, inclusive cuando ella estaba en otra sala y yo la oía hablar; cuando ella se encontraba en otra casa, pero yo tenía conocimiento de que estaba allá; e incluso cuando se encontraba en otra ciudad u otro país, pero yo sabía que ella estaba sobre la faz de la Tierra. 

Gracias recibidas junto al sepulcro de Doña Lucilia

Es curioso que, cuando oigo a alguien contar esta o aquella gracia que recibió junto al sepulcro de ella en el Cementerio de la Consolación, no digo nada, pero quedo prestando atención y recordando. Mientras la persona describe cómo se hizo sentir la gracia en ella, cómo la guio, la apaciguó, la estimuló, en una palabra, la iluminó y la ordenó, me acuerdo enormemente de la acción de presencia que ella desarrollaba sobre mí. Era muy parecida con eso.
tumuloPor lo tanto, para mí tiene un doble sentido: el beneficio hecho a las personas y también algo por lo cual ella como que me dice: “Hijo mío, ¿te acuerdas? Yo continúo siempre la misma, estoy allá, te ayudo y un día nos veremos juntos. Quede tranquilo, sereno, sigue adelante. Por el momento, no pienses en el día en que nos encontraremos, sino en este resto de trayecto que debes recorrer, en el cual aún tendrás otras noticias mías como esta.” Me estoy acordando de que hace poco tiempo se dio lo siguiente, con una buena persona que yo encontraba de vez en cuando y nos saludábamos, pero las cosas se mantenían paradas. En cierto momento me encuentro con él, noto que me mira de un modo especial y pensé: “Aquí hay una gracia de la Consolación.” Yo no le dije nada. Unos días después, él se encuentra conmigo, me dice algo y añade: “¿Sabe usted?, estuve en el Cementerio de la Consolación. Yo estaba allí rezando – por el gesto de él, dio a entender que eran oraciones de rutina –, cuando de repente, no sé qué pasó en mí, mi horizonte se abrió. Comprendí tan bien una serie de cosas que no había entendido, vi tan bien cosas que no había visto, ¡que me siento otro! Y en la relación con usted siento otra relación que no era la de antiguamente.” Y ahí me dijo algunas cosas con respecto a él. De hecho, cuando en el primer momento noté en él esa transformación, pensé: “Aquí hay una gracia del Cementerio de la Consolación”. Después reflexioné: “Se diría que él vio físicamente a mi madre durante un momento”.

Viéndola, el Dr. Plinio comprendía mejor la Iglesia y la Civilización Cristiana

Pero yo quiero describir el efecto de alma que sentí innumerables veces viéndola. Para responder a una pregunta de cómo era mi relación con ella, aquí queda bien encajada la respuesta. El hecho concreto es que eso se desarrolló de la siguiente manera: viéndola, yo comprendía mejor las cosas de la Iglesia y de la Civilización Cristiana.
Hoy en día, en que llegué a una larga convivencia, gracias a Dios y a Nuestra Señora, con  la Iglesia, comprendiendo, por lo tanto, mejor que en tiempos en que yo era pequeño, aquello que en alguna medida fue reflejo de mi madre, hoy se refleja de su memoria y sirve para acordarme de ella.
El otro día, cuando estuvimos en la Iglesia del Corazón de Jesús, casi por todos los lugares yo contemplaba en primer lugar la iglesia, pero después me parecía ver los estados de alma de mi madre por todas partes. Eso componía enormemente el recuerdo que yo llevaba
de ella.
Es necesario decir que no son muchas las ocasiones en mi vida en que ella intervino para alejar o resolver tal probación o dificultad, en que yo pueda decir que haya pedido la intervención de mi madre y sentí que ella intervino. Incluso en su vida terrena, no son muchos los hechos en que ella intervino con un consejo, un acto o algo así. Era mucho más una acción sobre mí para ponerme en proporción con los acontecimientos, que para desviarlos. ¡Pero eso es, de lejos, lo más precioso! Y ella lo hacía intensamente.

La palabra humana nunca agota enteramente la realidad

Dr._plinioMe sería difícil decir más de lo que dije. Realmente raspé el fondo de las posibilidades de la palabra humana. Mi palabra se depara con una insuficiencia de expresión. Sería como, por ejemplo, quien tomase un topacio azul y lo pusiese a contraluz. ¡El topacio, de por sí, no puede dar a no ser lo que está en él…! Se pueden hacer juegos de luz con él, pero dará solamente lo que está en él. También en lo que dice respecto a mi convivencia con mi madre, yo no sabría decir más. Imaginen que alguien les preguntase qué impresión tienen mirando la foto del Quadrinho (Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia). Son muchas
impresiones, pero llegan a lo indecible. Al cabo de algunos momentos, no se sabe más qué decir. Hay mucho de qué hablar, pero no se sabe decir más, porque la palabra humana nunca agota enteramente la realidad. A propósito, una de las cosas que hace bella la palabra humana, es justamente el hecho de que ella, en el fondo de todo lo que dice, tiene algo que no dice y se entrevé con la ayuda de lo que dice. Eso da a la palabra una belleza especial. Comprendo que me pregunten: “Pero entrando más a fondo en el bosque, ¿qué hay?” Respondo: “¡Árboles!” ¿Qué puedo decir? Quién sabe si otro día esos recuerdos, puestos bajo otra luz, con otro ángulo, presentan nuevas refracciones y yo puedo decir algo más.

(Extraído de conferencia de 28/10/1980) 

El caminar de la esperanza hacia la seriedad y el sacrificio

Desde niña, Doña Lucilia tenía la vaga noción de que un inmenso holocausto la
esperaba, y lo aceptó sin flaquear. Era, en el fondo, la previsión del aislamiento y de la renuncia total sin perder, empero, la noción de su dignidad ante de Dios, porque a eso corresponde una forma de excelencia del alma.

Hace algunos años atrás, al ver una fotografía de mi madre cuando joven, en la edad en que estaba frecuentando la sociedad – se casó un poco tarde, a los treinta años –, yo tenía mucha incomprensión con relación a la moda del sombrero como el que ella usaba. Es curioso, pero viendo otra vez la foto hoy, me parece interesante, muy bien cortado y colocado. A propósito, era mandado a hacer sobre medida, no se compraba en un almacén.

Un peregrinar rumbo al sacrificio

Se ve en la sucesión de las fotos de ella el caminar de la esperanza hacia la seriedad y el sacrificio, hasta llegar al Quadrinho (Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia), donde la inmolación ya está hecha. No es que no haya seriedad en la foto de la juventud, pero la nota preponderante en la foto tomada en París ya es la seriedad.
Más aún en la inauguración del
“Legionário”; y en el Quadrinho la inmolación está concluida.

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En la fotografía antes del matrimonio, a pesar de tener cierta juventud, se nota que animam suam in manibus suis semper tenens ( Siempre tuvo su alma en las manos)

En la fotografía antes del matrimonio, a pesar de tener cierta juventud, se nota que animam suam in manibus suis semper tenens ( Siempre tuvo su alma en las manos). En la tomada
en París, la madurez ya está entrando; ella no pensaba que se le pidiese tanto. En la primera, ella ve de frente un panorama más grande de lo que suponía y está comenzando el análisis. En la de París, el análisis ya se encuentra adelantado y en la del
“Legionário” la inmolación está avanzada.
En el
Quadrinho, ella ya está lista para lo que venga, como diciendo: “¡Estoy lista para la inmolación!” La inmolación está hecha. Es lo que trato de expresar cuando digo, refiriéndome a esta pintura: Ite, vita est (Id, la vida está terminada). Es decir, ya está medio entrando en la gloria. Consummatum est (Está consumado (Jn 19, 30)).

Esa era su fisionomía casi habitual, incluso más acentuada cuando yo salía con alguna “truculencia”: ella se reía, daba unos toquecitos con sus dedos en mi mano, pero con mucha complacencia. Un equilibrio extraordinario. En todas las actitudes mantenía una mirada profunda, una elevación de espíritu enorme. A propósito, ella era eminentemente brasileña. No hay ninguna nota no brasileña ahí. Propiamente, ella tenía mucho la vocación unitiva, comunicativa del pueblo brasileño, de inducir a cierto cariño, a cierto afecto. Eso se explica mejor tomando en consideración que las virtudes que Doña Lucilia veía en su padre – el Dr. Antonio Ribeiro dos Santos, a quien no conocí – de hecho, correspondían a las que ella tenía. A veces se tenía la impresión de que mi madre estaba describiéndose a sí misma sin darse cuenta.

Un mundo relajadamente católico

La religiosidad de Brasil era la de Portugal, por lo cual había una continuidad muy marcada del ambiente religioso portugués en Brasil. No obstante, había una peculiaridad: en el tiempo del Dr. Antonio, Brasil estaba marcado por una religiosidad profunda de pueblos que, a pesar de ser decadentes, vivían engañándose sobre su propia decadencia. Aquellos personajes de los cuadros de Salinas (Juan Pablo Salinas Teruel (*1871 – †1946). Pintor español que se dedicó principalmente a pintar escenas que reflejan costumbres y ambientes, entre los cuales se encuentra la vida de corte en los siglos XVII y XVIII), por ejemplo, son unos decadentes “de cuatro costados”, pero no dan la impresión de estar pensando en la propia decadencia; ellos hacen abstracción, por ejemplo, de la idea de que una Inglaterra poderosa y floreciente estaba tomando cuenta del mundo, y que la España de Don Felipe II ya no es nada. Ellos viven como si estuviesen en la cumbre.

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Bautismo, de Juan Pablo Salinas Teruel

Y Portugal, en menor proporción, hacía lo mismo. Naturalmente, sabían que había naciones protestantes, pero estas no hacían parte de su circuito y, en ese sentido, no existían. Para ellos el mundo entero era católico y no les pasaba por la mente que algún día pudiese dejar de serlo.
Pero, por otro lado, era un mundo relajadamente católico, y tampoco se les pasaba por la cabeza dejar, ellos mismos, de ser relajadamente católicos. Luego, la idea de un mundo fervorosamente católico, como nosotros lo soñamos, no entraba en esa religiosidad, pura y simplemente. Eso era así en toda Suramérica.
Por cierto, todavía había trazos ardorosos y hasta magníficos de esa religiosidad en España, así como en Portugal, por donde se ve que la España agredida por José Bonaparte reaccionó como sabemos. Atacada, después, por varios otros factores, inclusive por la revolución de Franco, España reaccionó magníficamente. También, en la misma línea, agredida la Religión en Brasil, por ejemplo, en el tiempo de Don Vital, salió aquella reacción. Atacada en México, dio en los Cristeros; García Moreno, en Ecuador, etc. Es decir, era una hoguera dentro de la cual las reacciones surgían de repente. ¡Cosas magníficas! No obstante, era una hoguera con algunas brasas fresquísimas, algunos pedazos de leña que aún ardían y mucha ceniza sucia, formando un conjunto.
Los tipos ideales de esa gente eran, en general, católicos muy buenos, capaces de admirar, por ejemplo, a un García Moreno y a la Religión como debía ser practicada en la clase alta de la sociedad, donde tener acendradas virtudes morales aún constituía un adorno necesario del hombre.

Cómo Doña Lucilia presentía algo de la vocación de su hijo

Doña Lucilia idealizaba las cosas y consideraba que un gran número de señoras de su tiempo eran así. Ella, cuando joven, veía el ambiente según ese prisma, sin percibir hasta qué punto estaba putrefacto, y formó su alma justamente dentro de esa atmósfera, teniendo a la Iglesia como foco de eso. La ruptura con el ambiente vino más tarde.
Por otro lado, ella contaba con grandes gracias hacia el futuro, que por lo menos realizarían una plenitud deseada por su alma, pero dentro del marco de una señora del tiempo y del ambiente suyos.
Con relación a mí, ella presentía un llamado, una vocación para algo interior unido a Dios, a un pináculo de alma, que ella deseaba realizar, al cual esperaba ascender, que de hecho correspondía a la santidad, pero ella no percibía que se identificaba con la santidad.
Es necesario tener en consideración que desde muy pequeñito sentí fluctuar a mi respecto, en torno de mí, en las personas que vivían en casa – que eran muchas –, una atmósfera de cierta predestinación, no propiamente religiosa, sino en la línea de un legado cultural, literario, político, etc., de mi bisabuelo, el Dr. Gabriel, correspondiente a una especie de herencia yaciente que nadie de mi generación estaba cogiendo, y que se sentía que yo era predestinado a coger; así como también la herencia de mi tío abuelo João Alfredo, él mismo tenido como el retoño más glorioso de una familia de mucha ilustración que brilló tanto en él; en mí podría brillar también, con los talentos, la habilidad y el realce de él. Entonces, cualquier prueba de un poco más de inteligencia que yo daba, sentía las miradas que decían: “¡Ya vio, eso es!” Yo percibía que en la mente de ella eso proporcionaba la idea de un hombre brillantísimo, de futuro, que uniese la virtud de mi abuelo al talento de Gabriel José y con lo cual pasaba por encima de la genialidad de João Alfredo, y que todo eso iba a
confluir en mí. Es posible que eso existiese en su espíritu, porque ella misma me trataba como un niño medio predestinado, discretamente, sin nunca decírmelo. Había, por lo tanto, una especie de observación en torno de mí, y cuando aparecía cualquier cosita un poco más relevante de mi parte, yo percibía una intercomunicación por mi espalda, que tomaba con mi acostumbrada negligencia: “Eso es con ellos. Yo voy a ser lo que debo ser, y ellos que se las arreglen con esos mitos.” Sin embargo, en eso no entraba de parte de ella vanidades ni envidias.
Nunca noté en ella combates para yugular ese tipo de sentimientos. Noté, eso sí, una resolución dolorosa, aceptada y ejecutada sin vacilación, gradualmente desarrollada en la medida en que los hechos lo exigían, pero llevada hasta el fin. Nunca percibí indecisiones ni aflicciones en ese combate.

Un inmenso holocausto la esperaba

doña LuciliaAnalizando diversas fotografías de mi madre, pude constatar también otra cosa: desde el comienzo, el holocausto llevado hasta el último punto, previsto y aceptado. Era, en el fondo, la previsión del aislamiento y de la renuncia total. En su mirada se nota una tristeza de quien ya previó lo peor. Cabe aquí la comparación con la agonía de Nuestro Señor Jesucristo en el Huerto, porque Él, que en ningún momento vaciló, ni tuvo aflicciones de quien se sentía empujado hacia el lado opuesto, se entregó enteramente desde el primer instante, pero a medida que Él veía el futuro que iba llegando, comenzaba a sudar sangre. Sin embargo, nunca titubeando. No quiero afirmar si mi madre titubeó o no. Apenas deseo decir que ella vio desde el primer instante su crucifixión. Eso se verifica en su fotografía aún de niña: es la noción vaga de que un inmenso holocausto la esperaba, y ella lo aceptó sin flaquear en ningún momento.
No sé qué habrá pasado en su intimidad durante las pruebas que le sobrevinieron, pero la actitud interna de su alma, en esas ocasiones, fue la de quien no había sufrido la menor disminución en esa elevación superior de la cual hablé.
Quien analiza las fotografías de ella en su tiempo de soltera, no puede hacer la acusación de una mujer tibia que no hizo ningún esfuerzo para frecuentar los Sacramentos; es por excelencia lo que no había. No obstante, ella vino a aprender conmigo todo el aspecto combativo de la Iglesia.
A mi modo de ver, en Doña Lucilia había una tendencia metafísica a partir de la idea de elevación, de perfección moral. De acuerdo con el concepto existente en su tiempo, los santos eran muy raros. Mi madre no sabía que era contemporánea de una gran santa, y la idea de que ella misma se hiciese santa no le pasaba por la cabeza. Ella quería llegar hasta ese punto elevado que vislumbraba, pero creía que ser santo era algo todavía mucho más alto. Su atención estaba mucho más vuelta hacia el lado de la santidad de Nuestro Señor Jesucristo y del alma como debe ser con relación a Él, que, hacia el lado socioeconómico, por donde la plenitud intuida por ella correspondía a su misión de madre de familia.

Una excelencia del alma

3p200No obstante, a Doña Lucilia le gustaba mucho la dignidad temporal que ella tenía, no por vanidad, sino por la nobleza intrínseca de la cosa, dentro del siguiente ámbito: toda familia existe necesariamente en un medio social y debe apreciar su situación sin menospreciar a quien está abajo, ni envidiar a quien se encuentra arriba.
Me acuerdo de la divisa de una familia francesa, a propósito, muy noble, los Rohan: “Roi ne puis, prince ne daigne, Rohan je suis – Rey no puedo ser, príncipe no soy digno, soy un Rohan.” Ella no tenía en Brasil una posición correspondiente a los Rohan en Francia, pero era más o menos como quien dijese: “No soy de esos páramos de una familia propiamente noble de Europa; tampoco soy una cualquiera. Yo soy Lucilia Ribeiro dos Santos Corrêa de Oliveira, y esto lo aprecio altamente.”
Era el valor metafísico de la familia, entendida como estirpe y con todo su patriarcalismo y, en cuanto tal, teniendo importancia delante de Dios, porque a eso corresponde una forma de excelencia del alma. Es decir, propiamente, a la persona de cierto medio social le conviene que haya santidad correspondiente a su clase. Es, por tanto, un valor de alma. Doña Lucilia no despreciaba a quien no lo tuviese, en absoluto; pero quien lo tiene debe valorizar eso e in
cluir como uno de los elementos de su santidad. Me parece que eso está correcto.
En ese sentido, mi madre era fuertemente lo contrario de la Revolución, aunque no fuese polémicamente contrarrevolucionaria, pues toda la idea de la Revolución en cuanto procurando conquistar el mundo no estaba nítidamente presente en su espíritu.

(Extraído de una conferencia de 25/1/1986)

Vuelo de la inocencia

3p186

Lo que, en el fondo, está muy presente en la mirada de Doña Lucilia es la connaturalidad con las alturas. Es un cordero que se dejó llevar por las garras del águila y que apacienta en las alturas con la mansedumbre de una oveja en las praderas. He aquí el fruto de una entrega completa, es el vuelo de la inocencia.

La inocencia, con facilidad, lleva al cordero a ser transportado por el águila. Lo que en nosotros no se deja transportar por el águila son las partes pesadas – por así decir, abdominales – que perdieron el gusto de la inocencia. Lo que en nuestras almas se ha convertido en “abdomen”, es decir, en el deseo intemperante de los placeres de la vida, no quiere ser llevado por el águila a lo alto de los montes.

(Extraído de conferencia de 30/04/1983)