El unum de Doña Lucilia

Cuando dos almas llegan a conocerse a fondo en esta Tierra, cada una sabe discernir el unum de la otra. Ese conocimiento es simple, abarcador y completo. Sin embargo, puede haber épocas en la vida espiritual en que esa visión se apaga un tanto y la persona ya no discierne el unum con tanta claridad. Fue lo que pasó con el Dr. Plinio, en su juventud, con relación a Doña Lucilia. 

Al convivir con una persona cuya alma está tocada de un modo particular por la gracia, siento que se da entre ella y yo algo de lo que pasaba conmigo hacia mi madre. Percibo que esa persona no me ve por pedazos, como si considerase separadamente las piezas de
un mosaico. Sino, por el contrario, es como cuando se está delante de un mosaico bien hecho, en el cual se ve primero la figura y después se nota que es un mosaico.

La visión de conjunto y los pormenores

Plinio y RoséeEso se observa mucho en mosaicos italianos, sobre todo en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. Mosaicos bien hechos que, al mirarlos sentimos cierta extrañeza, porque vemos que no se trata de cuadros pintados sobre tela y no sabemos cuál es la materia, pues no percibimos la división entre las diferentes piedritas. Se diría que es algo a la manera del cuadro de Nuestra Señora de las Lajas, en Colombia, en que la propia piedra tiene el color de la figura. Después, fijando la vista con atención, se comienza a percibir lo cuadriculado del mosaico. Pero antes no se percibía. Así también, cuando una persona está muy tocada por una gracia, tratando conmigo, percibe lo que puede haber en mí del espíritu de la Santa Iglesia. Y aunque considere después este o aquel aspecto unitariamente, lo que queda, ante todo, es la visión de conjunto.
Ahora bien, eso también fue exactamente lo que hubo entre mi madre y yo. Yo percibí en ella, ante todo, el conjunto. Con el transcurso del tiempo, viendo una cualidad u otra sobresalir, yo decía: “¡Qué bonita cualidad!” En el Quadrinho, por ejemplo, no hay algo que llame la atención a primera vista. Ella no tiene un trazo fisonómico notable, mayor o más correcto que otro, o algo así. Los trazos fisonómicos son de una señora muy anciana, con los cabellos blancos. Pero hay algo que viene antes de todo y dice: ¡Es ella! El Quadrinho da mucho eso, que se expresa por la mirada y después vienen los pormenores.

El unum de cada ser

doña_lucilia_cVeo eso en el episodio del joven rico del Evangelio, cuando él le dijo a Nuestro Señor Jesucristo que había cumplido los Mandamientos durante toda su vida, y preguntaba qué más podría hacer. Nuestro Señor, habiéndolo mirado, lo amó (cf. Mc 10, 21). O sea, no bastaba que el joven fuese bueno; pero cuando Nuestro Señor lo miró y con certeza lo analizó unitariamente, lo amó, pues la bondad apareció en él. Se trata, por lo tanto, de coger el unum de la persona y quererlo. ¿Qué hay en esa mirada de unum a unum? De por sí, el espíritu humano no reconoce la suma necesidad de los sentidos. Cuando estemos en el Cielo, conoceremos muchas cosas sin esta necesidad. Tanto es así, que nuestras almas, aunque separadas de los cuerpos en el Cielo hasta la resurrección, van a conocer muchas cosas. Ese conocimiento es simple, uno, abarcador, completo. Y cuando en esta Tierra dos almas llegan a conocerse a fondo, de hecho ellas se ven así. Eso hace medio indescriptible el contacto de una persona con otra, porque está en el terreno del alma, no del cuerpo.
En el Paraíso terrestre, probablemente el conocimiento debería ser así. Para que Adán diese un nombre a cada animal, es porque conocía el todo y la propia naturaleza, el unum del animal. Y el nombre dado por él no era una cualificación científica, sino el por dónde aquel animal es semejanza de Dios.
Allí estaba el unum dominante que Adán veía y daba a aquella criatura el nombre de la perfección de Dios que ella refleja.
Ver o sentir la perfección posible de las cosas, que ellas aún no alcanzaron, crear un ambiente donde todas esas perfecciones en germen se anuncian en puntadas como si ya fuesen árboles, y ver la floresta futura en la germinación presente, es una de las alegrías de la convivencia. Esta es propiamente una ayuda que Nuestra Señora da para la primavera y el verano de la vida espiritual.
Sin embargo, así como en el Paraíso, ese estado de alma también puede pasar por tentaciones. Y a veces enteramente sin culpa, como Adán no tenía culpa de ser tentado. La tentación tocó la puerta de Adán y Eva cuando ellos no habían pecado; ellos consintieron en la tentación y ahí pecaron. Pero hace parte del designio de Dios que cada ser inteligente sea probado. Entonces, puede haber épocas de la vida espiritual en que esa visión se apaga un tanto y la persona ya no discierne ese unum, y comienza a ver los pedazos del mosaico.

Caída de los mitos

cap7_024Doy un ejemplo. Hay un defecto que aparece en la historia de muchas adolescencias, del cual el joven no siempre tiene una idea clara, que consiste en lo siguiente: El niño siente el peso de la vida que llega. Yo, por ejemplo, notaba que era durísima, pesadísima, la vida que venía. ¡Para llevar a cabo la vida como tiene que ser conducida, es una batalla! ¡No es subir una montaña, sino cargarla en la espalda! En contraste con eso, yo veía la vida calma, todavía medio a la Belle Époque (Del francés: Bella Época. Período entre 1871 y 1914, durante el cual Europa experimentó profundas transformaciones culturales, dentro de un clima de alegría y brillo social.), bien ordenada, tranquila y próspera de las personas mayores de la familia, que funcionaban como relojes. Todo les salía bien, sucedía como querían y andaban con unas caras contentas, satisfechas, se sentaban y conversaban, contaban hechos en los cuales todo les había corrido normalmente y hasta bellamente, se reían.
Yo sentía, entre ellos y yo, un contraste que incluía a mi madre. Yo la veía generalmente enferma, aunque no eran enfermedades graves, y sí achaques, incómodos que ella tomaba con tanta bondad, tanta dignidad, tanta dulzura y tanto bienestar interior… En aquel tiempo usaban un mueble llamado chaise longe, el nombre ya lo dice, es una silla larga, una especie de sofá para que las personas se reclinasen durante el día. En sus aposentos, como más o menos en cada sala, había un chaise longe. Cuando ella estaba indispuesta vestía una bata y se reclinaba allí, con la cabeza apoyada sobre una de las manos. Los pliegues de la bata formaban algo a la manera de las olas del mar, en orden, y ella recostada en la penumbra miraba hacia un punto indefinido con aquella mirada tan luminosa, serena, firme, sin vacilación.
Por no diferenciar mucho las cosas, para mí ella estaba incorporada en el mundo de los holgados, mientras que yo me sentía, por oposición, pequeñito, débil, frágil ante una tempestad, expuesto a todas las incertezas, y los mayores cobrándome, con la mejor de las intenciones, una sonrisa que no convenía a mi estado de alma, diciéndome: – Entonces, venga. ¿Cómo está este niño? ¡Divirtiéndose, eh! ¿Qué estás jugando? A mí me daba ganas de decir:
– ¡Jugando no, estoy pensando! ¡Yo tengo problemas, tengo debilidades, tengo miedos! Y no quiero capitular.
Eso venía acompañado de una sensación de que, lanzando cierta inseguridad dentro de aquel mundo aparentemente tan estable, se tenía un compañero de infortunio. Por otro lado, también estaba la impresión de que eso era menos sólido de lo que parecía, y que si estableciésemos allí un caos, se quebraba el mito. Entonces comenzaba una especie de contestación, respuestas atravesadas y actitudes así, en que el prestigio de los mayores pasaba durante algún tiempo por una especie de quebranto.
Con mi gusto por analizar a las personas, pasé por esa fase muy agudamente, con una especie de caídas de los mitos donde había una forma de placer dolorido por verificar que esto, aquello y aquello otro era un mito.

La vanagloria de un tío

puerto de santos

Puerto de Santos

Eso lo percibí en cierta ocasión, yendo en automóvil con un tío y un primo por las calles de Santos. Mi tío se volvía hacia su hijo y hacia mí y preguntaba: – ¿Cómo se llama esta calle por la que estamos pasando? Yo no tenía la más mínima idea. Santos para mí era la orilla de los hoteles, de los restaurantes y del mar… Aquellas calles dentro de la ciudad, para mí como que no existían. Entonces respondía con toda inocencia:
– No sé.
Y mi primo daba la misma respuesta. Ante lo cual mi tío concluía:
– ¿Sí ven? Uds. andan por las calles sin saber los nombres. Si se daña el automóvil y Uds. tienen que ir a casa, no saben dónde están. Un hombre como debe ser, conoce el nombre de las calles.
Yo pensé: “Para caber eso en mi cabeza, tengo que quitar otras cosas más importantes. ¿Este señor nutre su espíritu con esas nociones? Yo sé perfectamente cómo hacer si el automóvil se daña. Bajo y le pido a cualquiera: ‘Estoy hospedado en el Parque Balneario, junto a la playa. ¿Me puede decir cómo se va hasta allá?’ Él me dice: ‘Coja el tranvía veinte, quince o cero…’ Tomo el tranvía y listo.
O, entonces, si tengo un poco de dinero en la billetera, llamo un taxi y digo: ‘¡Vamos al Parque Balneario!’” En cierto momento percibí que él nunca preguntaba sin haber llegado al fin de la cuadra, donde miraba la placa y, un poco más adelante, interrogaba. Por lo tanto, él tampoco sabía, y hacía eso solo para vanagloriarse. Yo no le dije a su hijo, pero me quedé viendo… ¡Este quedó fichado!

Bondad, mansedumbre y respeto

A esa tendencia de sacudir a los mayores y decirles cosas que los dejasen inseguros, infelizmente yo cedí, cayendo en el hábito de hacer eso con mi madre, pobrecita, que no lo
merecía en lo más mínimo.
Un día en que Doña Lucilia estaba preparándose para almorzar, entré en su cuarto y, mientras ella se arreglaba delante de la mesa de toilette, comencé a decir varias cosas. Noté que ella quedaba muy afligida, dolorida e insegura. Nada de lo que yo decía era insolencia, ni impertinencia, pero eran cosas que la quebrantaban. Ella me daba unas respuestas lógicamente insuficientes y yo metía el dedo en la falta de lógica, dejándola aún más afligida. En cierto momento me vino la idea: “¿Por qué estoy haciendo eso? Vea cómo ella está respondiendo a todo lo que estoy
diciendo con bondad, mansedumbre y respeto. ¡Con qué cariño ella me responde! Su aflicción es por mí y no por ella. ¿Por qué estoy haciendo esta estupidez?!”
Paré en ese mismo instante y comencé a agradarla. Adquirí una noción tan lúcida de quién era mi madre, que nunca más en mi vida, hasta cuando ella murió, hice algo parecido. Por el contrario, hice constantemente lo opuesto el tiempo entero. De tal forma que la colmé, a decir verdad, desde ese momento de un sinsabor fugaz hasta la sepultura, de las rosas que mi cariño, llevado hasta el último punto, le pudiese dar.

(Extraído de una conferencia del 14/7/1980)