Sufrimientos e incomprensiones en el ocaso de la vida

Doña Lucilia soportó con serena docilidad los sufrimientos propios de los últimos años de su peregrinación terrena. En su creciente cariño hacia su madre, el Dr. Plinio buscó aligerarle la carga lo más posible, especialmente cuando las vicisitudes de la edad la relegaron a un aislamiento forzado.

Doña Lucilia en su casa

Las situaciones angustiosas e irremediables que a veces presenta la vida, como callejones sin salida, doña Lucilia las entendió desde la siguiente perspectiva: estamos en el exilio y en él la vida es dura. Por eso es necesario sufrir, unos más que otros. Ella sabía que estaba llamada a sufrir más. Me di cuenta de que ella relacionaba esto con el Sagrado Corazón de Jesús, en la idea de que, unida a Él por una devoción especial, estaba también especialmente unida a sus sufrimientos, lo cual era razonable, vere dignum et iustumest, æquum et salutare.1Por su parte, lo mejor era aceptar su parte de dolor y llevarla hasta el final de su vida. Fue desde esta perspectiva que afrontó todo lo que le ocurrió.

Ocaso irremediable, connaturalidad con el dolor

Mamá pasó por circunstancias que solo se pueden entender estando en ellas. Por ejemplo, era común que las personas de su familia comenzaran a perder la audición a una edad muy temprana y, por lo tanto, quedaran segregadas de la sociedad. Algunos incluso lograban, mediante el movimiento de los labios captar algo y sumarse un poco a la conversación, pero nunca con la vitalidad de quien sabe escuchar bien.

Y sucedió que, a partir de cierta edad, quizá setenta o más, no recuerdo bien, empezó a perder la audición, no gradualmente, sino de repente, casi perpendicularmente, y empezó a tener enormes dificultades para tratar con la gente. Aunque era muy comunicativa, para no estropear la conversación, permanecía en silencio mientras todos hablaban a su alrededor. Ella no tenía con quién hablar, excepto conmigo, porque en cualquier caso yo estaría con ella. Sin embargo, ella notó que, a pesar de mi voz fuerte, estaba haciendo un gran esfuerzo para mantener una conversación y ella no quería eso.

Dr. Plinio con su hermana, el 13 de diciembre 1988

Además, su vista se estaba debilitando, lo que le hizo perder la capacidad de leer. Ella tenía una catarata muy avanzada, fue al oftalmólogo, pero yo tenía miedo de que la operaran, por algún efecto cardíaco o algo así. La cirugía de cataratas en aquella época era complicada, no como hoy que es casi un curativo. En esa situación, vi la tristeza cubriéndola como un paño mortuorio y tendiendo a convertirla en una especie de muerta viviente.

Sin embargo, ella se lo tomó todo con normalidad, con tristeza es cierto, pero con la tranquilidad y la dulzura que la caracterizaban, que representaba su naturalidad con el dolor. Era un cuadro que significó para ella un ocaso terrible e irremediable, que duraría quizá dos años hasta que volviera a salir el sol.

Solución inesperada por un filial sacrificio

Conociendo unos audífonos americanos muy buenos que podrían solucionar su caso, decidí llamar a la firma fabricante para que enviaran un experto. Recuerdo que estábamos al final del almuerzo cuando llegó el especialista. Lo hice entrar, puso la caja con el material y nos hizo una exposición. Se lo explicó en voz alta para que ella pudiera seguirlo y luego hizo la aplicación, insertando un dispositivo en cada oído. Ella inmediatamente comenzó a escuchar muy bien, uniéndose a la conversación.

Vi eso y pensé: “Haré cualquier sacrificio, pero le compraré eso”. Pregunté el precio y el hombre me dio un valor disparatado para aquella época, hace unos cincuenta o sesenta años: ¡400 contos! Mis condiciones no me permitían darle esa cantidad. Pero, confiando, cerré el trato con el empleado y escribí el cheque allí mismo. Esa noche, durante la cena, ella hablaba con total normalidad.

Al principio su actitud era incluso de desconfianza. Porque cuando yo era pequeño ella estaba en Europa y compró un aparato, probablemente muy caro, que era como un abanico de señora, hecho enteramente de carey; colocando la punta entre los dientes, parece que se escucha un poco más de vibración. Dijeron que el caparazón de la tortuga tenía una propiedad especial como un conductor de sonido o algo así. El hecho es que ella trajo este objeto a Brasil. Pero en esas circunstancias, con su avanzado problema de audición, ya no le servía de nada. Estuvo en el cajón durante un tiempo indefinido y luego nunca más fue usado.

Docilidad en las cosas más pequeñas

Ella usó el audífono por el resto de su vida. Sin embargo, a cierta altura, empezó a quitárselo para intentar escuchar sin él, lo cual era una contradicción. Tal vez tenía la esperanza de que, habiendo oído tan bien con el aparato, quitárselo sería como encender el “motor” y empezaría a oír. Yo fui firme y con mucho cariño le dije:

—Querida, no tiene ningún propósito. Tienes el dispositivo, póntelo y úsalo.

Ella dijo:

—¿Crees que es necesario?

—¿Cómo es que no es necesario?

Luego, muy suavemente, con la dulzura de la que hacía gala en las cosas más pequeñas, le ponía el aparato y continuaba hablando.

Velando y revelando, según era necesario

El Dr. Plinio visitando la sepultura de Doña Lucilia en mayo de 1993

En cuanto a mi lucha, ¿cómo lo tomaba y qué sufrimiento implicaba para ella? Mamá siempre tenía mucho cuidado –ya sea conmigo o con mi hermana– de no decir una palabra que pudiera alentar la vanidad y la autocontemplación. Así que no decía nada sobre mí. Pude notar que ella vislumbraba algo de mi misión, pero no sé exactamente qué era y no sé hasta qué punto lo entendía o no.

La realidad de su tiempo era muy diferente de lo que constituyó el escenario de toda mi lucha dentro de la Iglesia. Todo cambió a su alrededor sin que ella cambiara en absoluto. También intervino la mano de la Providencia, velando por ella, y yo mismo velaba a ella lo más que podía, para no preocuparla. Algunos personajes, por ejemplo, los consideraba verdaderos santos. Ella rara vez salía de casa y no tenía mucho contacto con la gente. Yo, en buena medida, le abría los ojos, mostrándole las cosas como eran, dándole una visión más objetiva de la realidad y ofreciéndole así más caminos para amar a Dios. A veces mi padre me susurraba: “Sí, sólo lo dices tú… si fuera otra persona —la otra persona era él— se armaría un alboroto…” Pero yo le decía irreductiblemente algunas verdades.  Cuando una persona llega a cierta edad y se forma una visión definitiva de las cosas, es más prudente intentar no cambiar nada. Porque, a fuerza de querer reformar los principios, de repente un martillazo cae sobre un diamante, y hay que tener cuidado. Pero ese no fue el caso de mamá.

Incomprensiones que mitigaron el sufrimiento

Ella no relacionaba exactamente toda la lucha que yo había librado con el impacto negativo que eso tuvo en mi situación. Para ella, el hijo de una paulistana de cuatrocientos años no dependía del apoyo del clero y de los medios de comunicación católicos. Era un paulista de cuatrocientos años, y eso era todo. ¿Qué podría representar a sus ojos el declive de mi influencia como líder católico y el papel que eso jugó en mi vida? No sé. Ella era de una época en que en São Paulo casi no había buenos profesores y por eso los que elegían esa profesión eran bien pagados. Y ella, por debilidad de madre, se imaginaba que yo era muy buen profesor, y por eso pensaba que ganaba un buen sueldo. Su padre ganaba mucho dinero ejerciendo la abogacía y ella se imaginaba que yo también ganaba mucho. Ella vio que, poco a poco, yo iba progresando económicamente y se hizo a la idea de que yo ahorraba dinero como lo hacía su padre y no me preguntaba nada. Ella pensaba que yo llevaba una vida mucho más tranquila de lo que parecía a primera vista. Mi hermana era una persona casi de mi edad y por tanto actualizada, y entendía mucho mejor las cosas. Y vi cómo ambas tomaban de manera diferente lo que me pasaba. Con motivo del libro “En Defensa de la Acción Católica”, una buena parte del clero rompió conmigo. En esas circunstancias, tuve que explicarle a Doña Lucilia lo que estaba pasando. Ella nunca volvió a mencionar el tema, excepto en una ocasión para contarme que mientras yo estaba trabajando en la oficina, mi hermana había llegado a casa a verla y, en la conversación, le dijo a mi hermana las mismas cosas que yo le había dicho a ella. Naturalmente, ella hervía de indignación: “Plinio, por idealismo, se pone del lado de quien cree que tiene razón y así no progresa”. Mamá me dijo esto con calma, porque pensó que mi hermana era inteligente y podría decirme algo útil. Pero, al final, no percibía el tenor de la lucha, lo que en parte mitigó lo que podría ser la causa de nuevos sufrimientos y dolores…

(Extraído de conferencia del 27/5/1993)

  1. Del latín: es justo y necesario, nuestro deber y salvación. ↩︎

Superando sucesivos obstáculos

Nada más nacer, Ana Lucilia sufrió un paro cardíaco, lo que le llevó al médico a realizarle la reanimación cardiopulmonar sin demora. Como ya predijeron, sus pulmones estaban muy debilitados e hizo falta intubarla inmediatamente. 

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

Ana Lucilia en el auge de las complicaciones médicas

La solicitud de esta entrañable señora se manifestó recientemente en la familia de Nathalie Rojas Maceo, residente en Santo Domingo (República Dominicana). Tras sufrir varias complicaciones durante el nacimiento de su segundo hijo, Nathalie tuvo que enfrentarse una vez más a diversas dificultades en la gestación de Ana Lucilia, la tercera hija del matrimonio.

Nos cuenta que en los primeros cinco meses de embarazo «el líquido amniótico no aumentaba, sino que se reducía». En consecuencia, los médicos le recomendaron reposo absoluto y le recetaron numerosos medicamentos de uso diario. Además, tendría que ir a la consulta semanalmente. Si el tratamiento no surtiera el efecto deseado, habría que practicar el parto por cesárea y la probabilidad de que el bebé sobreviviera era casi nula.

Ana Lucilia poco antes de recibir el alta hospitalaria

Como la familia ya había experimentado la valiosa intercesión de Dña. Lucilia en el caso de su segundo hijo, Nathalie no dudó en recurrir nuevamente a esta buena madre, con la plena confianza de que acudiría en su auxilio en una situación tan deprimente. Y eso es lo que ocurrió: diez días después el embarazo se estabilizó.

No obstante, en el octavo mes de gestación, empezó a tener contracciones con una frecuencia peligrosamente anormal, lo que la obligó a dirigirse al centro de Urgencias. Después de analizar su caso, la médica que la atendió le comunicó que era preciso hacerle la cesárea. Le explicó que la niña nacería prematuramente, con los pulmones no desarrollados completamente, y por eso mismo necesitaría quedarse unos días en la unidad de cuidados intensivos.

Señor, que se haga tu santa voluntad

Nada más nacer, Ana Lucilia sufrió un paro cardíaco, lo que le llevó al médico a realizarle la reanimación cardiopulmonar sin demora. Como ya predijeron, sus pulmones estaban muy debilitados e hizo falta intubarla inmediatamente. La madre contaba que aquel día, incluso sin entender por qué Dios permitía tanto sufrimiento para la familia, tanto ella como su esposo se sentían fortalecidos y confiados en el poder de la oración.

Al día siguiente, el pediatra les comunica a los padres que la niña había desarrollado hipertensión pulmonar y era preciso aumentar la dosis de oxígeno. Mientras les explicaba la delicada situación de la niña, se fijó que la madre llevaba un rosario en las manos; entonces sacó de su bolsillo un rosario y les dijo: «Estamos en lo mismo, rezando por ella». En ese momento, Nathalie sintió que el Señor le mandaba a las personas más indicadas para cuidar de la pequeña Ana. Se acordó una vez más de la enorme eficacia de la oración, sin olvidarse de pedir la intercesión de Dña. Lucilia.

En el tercer día, se produjo un empeoramiento del cuadro de hipertensión y le descubrieron una peligrosa bacteria en su organismo. Fue necesario aumentarle la cantidad de oxígeno, lo que provocó la perforación de uno de sus pulmones. Además, le informaron que tendría que recibir una transfusión de sangre.

Ante esta situación, los padres decidieron tomar la más importante y urgente providencia: pedirle a un sacerdote que bautizara a la niña. Así, incluso en medio de tantas angustias, Ana Lucilia tuvo la gracia de convertirse en hija de Dios.

Sin embargo, el matrimonio tenía la impresión de que estaban ante un drama interminable, porque al cuarto día de hospitalización su hijita tuvo otra crisis que exigió nuevo proceso de reanimación, en esta ocasión mediante una bomba manual, pues los pulmones no soportaban los ventiladores. Encima, se le perforó el otro pulmón. Y como no podía alimentarse de leche materna, empezó a recibir nutrición especial intravenosa.

Nathalie Rojas Maceo en casa, con su hija

Aun manifestando admiración por la notable resistencia de la niña, el médico se sintió en la obligación de decirle a los padres que clínicamente ya no había nada más qué hacer; solamente cabía rezar y esperar un milagro. Les autorizó que la visitaran varias veces al día, dándoles a entender que la criaturita podría morir en cualquier momento. En esta trágica situación, adoptaron la postura de verdaderos cristianos: «Señor, que se haga tu santa voluntad». Comenzaron entonces a rezar con más insistencia rogando la intervención divina.

Y no tardaron en ser atendidos, como nos lo relata Nathalie: «Al quinto día, el pediatra nos llama por la mañana temprano para informarnos de que la coloración de la bebé había mejorado y tenía menor necesidad de oxígeno. ¡Qué alegría tan grande para nosotros! Era la primera buena noticia desde su nacimiento».

A partir de ahí, cada jornada registraba una nueva mejoría en su cuadro clínico, hasta que, en el décimo día, la niña ya respiraba normalmente. La ginecóloga, asombrada al constatar el feliz desenlace del caso, pues pensaba que no iba a sobrevivir, le dijo: «Ha sido todo un milagro». Idéntico comentario hizo otro médico más tarde cuando la vio amamantando a su hija: «Ha sido todo un milagro». Y también era la opinión de las enfermeras, quienes, tras recibir el alta Ana Lucilia, en la despedida decían: «Se nos va un milagrito».

«Esto definitivamente fue un milagro, un milagro de Dña. Lucilia», concluye jubilosa Nathalie, finalizando su relato.

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, junio 2022)

Intervención más efectiva que cualquier analgésico

 no es necesario «llamar a la puerta» de Dña. Lucilia con demasiada insistencia, alegando dones o presentando méritos. Basta únicamente que confiemos, pues en el momento determinado por la Providencia abrirá las puertas del Corazón de Jesús, que atenderá con abundancia nuestras peticiones.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

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Liviana Nobile, una devota de Dña. Lucilia residente en Argentinanos cuenta el favor alcanzado por una empleada de su hija, María Margarita Verón.

«A finales de abril de 2023 —relata Liviana— María Margarita comenzó a sentir fuertes dolores de cintura, en la parte de la espalda; pero luego se agudizó el cuadro involucrándosele las rodillas, con fuertes dolores también». Como era muy esforzada en el trabajo, no hizo de las molestias un motivo para darse de baja, ni siquiera aceptó el consejo que le dieron de que tomara algún analgésico que le aliviara el dolor… Prefirió aguantarlo.

»Así estuvo por un mes más o menos, aliviándosele algo el dolor en la espalda y cintura, pero el de las rodillas empeoró, casi no podía subir ni bajar del bus».

Al verla en ese estado, Liviana trató de ayudarla: «Habiéndome hecho amiga de ella por hablarle de la religión —tema que le gustaba e interesaba mucho— y de los Heraldos, en muy poco tiempo comencé a enviarle a diario vídeos del santo rosario y de la misa, de los evangelios del día, de los “Buenas noches con María”podcasts y todas las novenas que hay a lo largo del año».

Habiendo oído hablar de Dña. Lucilia y de su auxilio a quienes se hallan en toda clase de necesidades, María Margarita decidió recurrir a ella también. Entre llantos, debido a los dolores, el 26 de mayo le pidió: «Doña Lucilia, vos que ayudas a tanta gente, te ruego, te suplico por lo que más quieras, intercede por mí ante la Virgen María y Jesús para que me alivie aunque sea; no doy más. Te lo ruego, Dña. Lucilia, por favor». Cuando se levantó al día siguiente, ¡ya no le dolía nada!

El terrible padecimiento había desaparecido y pudo ir a trabajar con total normalidad, sin poder creerse lo que le había pasado y sorprendida por la eficacia de una madre tan bondadosa.

Liviana concluye su testimonio con un entusiasmo verdaderamente filial: «Gracias, Dña. Lucilia, en nombre de María Margarita Verón y del mío propio. Mi felicidad no tiene límites… Dña. Lucilia debe estar entre ángeles y arcángeles».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, agosto 2024)

Doblemente atendido sin mucha insistencia

¿Qué decir de una madre que, como esperamos, se encuentra junto a Dios y puede acudir a Él para las necesidades de sus hijos?

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

Otras almas son atendidas por Dña. Lucilia siguiendo una didáctica distinta: su aparente silencio ante las súplicas acaba convirtiéndose en una garantía de que serán escuchadas con mayor maternidad y no, como erróneamente podríamos pensar, en un síntoma de desinterés por su parte. Una petición hecha a una buena madre nunca es en vano. ¿Qué decir de una madre que, como esperamos, se encuentra junto a Dios y puede acudir a Él para las necesidades de sus hijos?

Es lo que le sucedió al Prof. Edson Luiz Sampel, que ya nos ha enviado relatos de gracias alcanzadas en otras ocasiones, y que narra, embebido de gratitud, otro favor obtenido a través de esa bondadosa intercesora:

El Prof. Edson Sampel junto a la tumba de Dña. Lucilia, en el cementerio de la Consolación de São Paulo

«Para uno que alguna vez pensó que la devoción a la madre del Dr. Plinio era fanática, esa mujer tan generosa prodiga innumerables beneficios. Meses atrás tenía un plan para realizar determinado hito académico. No dependía de mí. Empecé a pedir, en el rezo del rosario, que Dña. Lucilia interviniera a favor de este plan.

»Procedí así durante un tiempo, hasta que pensé para conmigo: este plan mío es importante, sin embargo, no es algo que justifique la intercesión de ningún santo, quien debe ocuparse de situaciones realmente relevantes. Entonces, dejé de pedírselo a Dña. Lucilia».

Ni se imaginaba el Prof. Sampel que su petición ya estaba en vías de ser atendida, no mucho tiempo después: «Recibí la noticia de que mi plan se cumplió y doblemente, porque dos instituciones se habían interesado en el proyecto. Tuve que elegir una de ellas.

»¡Esto es algo maravilloso! Doña Lucilia atiende, incluso cuando ya no se lo pedimos, cuando no queremos molestarla con un asunto que no lo reputamos tan serio».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, agosto 2024)