Dios no abandona a quien en Él cree

Para Doña Lucilia y sus hermanas, su padre, el Dr. Antonio, era considerado como un verdadero patriarca. Hechos de su vida fueron narrados por ellas diversas veces, mostrando siempre que su dignidad venía de la confianza que depositaba en Dios.

El Dr. Antonio, mi abuelo, tenía tres hijas¹ muy parecidas, pero muy diferentes entre sí, como es común que suceda entre hermanos.

Cada una, a su modo, tenía una veneración única por su fallecido padre, un amor y unas saudades sin límites.

Padre y patriarca

d.antonio

Última fotografía de D. Antonio

Cuando eran jóvenes, su padre era el confidente con el cual ellas se abrían en todas las ocasiones; él comprendía bien sus almas y encontraba una salida para todas las dificultades que les apareciesen. Cuando el caso no tenía solución, él las consolaba, indicándoles la postura de alma serena, la compostura que se debería tener frente a las ocasiones difíciles de la vida.

Las tres contaban hechos sobre la vida de su padre y lo tenían como un patriarca. Cualquiera de los casos contados aisladamente no agotaba lo que ellas querían decir.

La más expansiva de las tres hermanas, en cierto sentido, era Doña Yayá. Una que otra vez yo la visité cuando ya se encontraba en edad avanzada –ella murió más anciana que Doña Lucilia–, estaba enteramente lúcida, pero con cierta distancia de la realidad.

Sabiendo que yo escribía –que tenía libros publicados, artículos–, en una conversación me hacía dos o tres insinuaciones de que yo debería escribir sobre la vida de su padre, porque era una vida admirable, y que, si yo quisiese, ella podía contarme todo, yo tomaba nota y después escribía ese libro.

Veo, de hecho, que es una cosa que, si la hubiese hecho, ¡habría dejado a Doña Lucilia con una alegría indecible! Necesité de razones muy serias para no hacerlo. De lo contrario, solo para dar a Doña Lucilia ese contento y atender al respeto filial de las hijas de él, etc., yo habría hecho alguna cosa.

No daba para hacer una gran biografía, pero habría hecho algo.

El fin del día en la pequeña Pirassununga

Voy a escoger un hecho que ellas no presenciaron, porque no habían nacido, pero les gustaba mucho contar. La madre de ellas, Doña Gabriela, esposa del Dr. Antonio, contaba que ellos vivían en Pirassununga cuando él era abogado recién graduado. Era costumbre en las ciudades del interior del antiguo Brasil que las casas fuesen abalconadas, o sea, tenían una especie de sótano habitable abajo, y el piso de arriba, que era mejor, constituía un balcón en relación con la calle.

Las familias cenaban muy temprano, aún a la luz del día, y después iban a las ventanas de la casa a ver pasar a la gente y saludarse. Era la gran novedad del lugar.

No piensen en una calle muy movida. Pirassununga era minúscula en aquel tiempo y uno que otro pasaba de vez en cuando. Mi madre decía que se avistaba a la persona que llegaba a lo lejos, a lo lejos, a lo lejos…

Y después de su partida, se podía aún acompañar con la mirada. Cuando el transeúnte se aproximaba, si era conocido, él se quitaba el sombrero y se saludaban. A veces paraban, intercambiaban unas palabras… Después seguían adelante.

Admiración de los familiares por la confianza en la Providencia

Dña. Gabriela y Dr. Antonio, padres de Doña Lucilia

Cierto día, el Dr. Antonio estaba conversando con mi abuela, solos, junto a la ventana. Sus hijos todavía eran poco numerosos. Él le dijo a mi abuela a cierta altura de la conversación:

Sinhara², ¿nuestra despensa está bien llena?

Ella dijo:

– ¡Sí, está!

– ¿Tiene bastantes alimentos?

– ¡Sí, los tiene! La vida era baratísima. Entonces

él dijo:

– Por lo menos eso. Porque, mira, yo solo tengo esta moneda… los clientes están muy raros, no he recibido dinero. Y necesitamos tener bien la despensa, porque si falta dinero y comida, yo no tengo. Ve haciendo multiplicar la comida como puedas.

En ese momento se ve venir arrastrándose un mendigo hacia ellos,

que dice:

– ¡Soy tuberculoso!

Y realmente tenía un aspecto muy enfermo y pobre. Con el sombrero en la mano, dijo:

– ¡Soy tuberculoso! Necesito comprar un remedio muy caro. No tengo dinero. ¡Si Uds. me quieren dar algo para comprar ese remedio, yo, de buen grado, les agradecería mucho! Mi abuelo sacó la moneda y la lanzó en el sombrero del mendigo. Mi abuela quedó pasmada, pero al mismo tiempo tomada de admiración por la confianza en Dios que él revelaba.

Cuando el mendigo partió, mi abuela dijo:

– Pero, Totó – así era su sobrenombre –, ¿qué hiciste?

Él dijo:

– Confié en Dios. Vas a ver que el dinero no tarda en llegar.

De hecho, cuando anocheció, aquel mismo día, un hombre tocó el timbre. Era un cliente, que quería confiarle una causa que sería muy rentable para mi abuelo. El Dr. Antonio, entonces, pidió una parte de los honorarios por adelantado y, por gozar de muy buena fama como abogado, el cliente le concedió el pedido. Cuando el hombre se retiró, él entró en la sala de estar de la casa, mostró el

valor a mi abuela y dijo:

Sinhara, ¡mira, para quien cree en Dios!

Y él elaboró, no en esa ocasión, sino más tarde, un versículo así… cuatro estrofas de las cuales no me acuerdo bien, tal vez en un momento me venga completo a la memoria… Era algo así:

“Quien tiene a Dios vuelto su corazón, nada debe temer. Porque Dios no abandona a la criatura que sabe en Él creer.”

Era la idea de la confianza en Dios, en quien se debería creer. Esto, que es un hecho interesante, ¡a ellas les parecía fenomenal!

(Extraído de conferencia del 11/1/1986)

1) Lucilia, Eponina (Yayá) y Brasilina (Zili).

2) En el Brasil antiguo, trato dado por los esclavos a su señora. El Dr. Antonio lo utilizaba para, de un modo afectuoso, dirigirse a su esposa, Doña Gabriela.

Discernimiento luciliano por connaturalidad

Llamada a conocer y amar por connaturalidad todas las cosas, Doña Lucilia poseía una profunda riqueza de alma, por la cual su discernimiento, su inteligencia y su afecto abarcaban un campo muy vasto.

Por más modesta que sea una madre, desde que ella lo sea en toda la fuerza del término, la condición materna envuelve elementos indiscutibles de realeza. Como, a propósito, la del padre también. La realeza de un rey y de una reina son indisociables de la condición de padre y de madre.

Patrocinio y realeza sobre las almas

imageDios le dio a Nuestra Señora el imperio del Cielo y de la Tierra, así como de todo el universo, pero por una razón análoga a esta, Él quiso que debajo de su poder hubiese sub-imperios y sub-reinos.

Los Ángeles de la Guarda, por ejemplo, ejercen un papel como ese en favor de cada uno de los países que gobiernan. Y esa realidad, de hecho, se opone al modo restrictivo de considerar esos embajadores divinos como meros escudos defensores contra los peligros. El ángel custodio es el modelo ideal, el arquetipo de la nación, la cual modela según él propio, pues tiene con ella una cierta connaturalidad que no tendría con otra nación quizás hasta más amada por Dios. Ese ángel amaría aquella nación, por ejemplo Luxemburgo, de un modo determinado por causa de esa connaturalidad. Como resultado, él conduce las cuestiones de Luxemburgo tomando en consideración esa connaturalidad que Dios estableció cuando lo creó, y después cuando, por el curso de la Historia, se formó Luxemburgo. Fue una formación, un juego ordenado de factores deseados por Dios. Y esto constituye una especie de parentesco espiritual, que da la idea entera del Ángel de la Guarda, como el padrino que educa, forma y orienta. Así también deberían ser determinados santos con ciertas almas, más aún cuando ellos son llamados a llenar, en el Cielo, los lugares que los bandidos de los demonios dejaron vacíos. Además, imagino que esos bienaventurados se ocupan del cuidado de las almas y de los pueblos que quedaron sin protección de los ángeles infieles, según una destinación y una distribución de los designios y de los planes de Dios eventualmente un tanto retocada.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es image-7.pngUna serie de cosas que conocí sobre los ángeles me parece que caminan en esa dirección, y creo que el patrocinio de los santos sobre alguien es muy parecido con el papel del ángel que dirige o tiene un patronato sobre determinados pueblos. Por ejemplo, se sabe que San Miguel Arcángel es el patrono oficial de la Iglesia Católica, pero San José también lo es, a títulos diferentes. Vemos, por lo tanto, que en esa tarea caben desmembramientos armónicos que aumentan la belleza del plan de Dios.

A mi modo de ver, esto se da muy especialmente con las familias de almas de las Órdenes Religiosas, sobre cuyos miembros el Fundador, si practicó las virtudes en grado heroico, tiene un patrocinio de esa naturaleza.

¿Quién sería capaz de negar que San Benito es patrono y protector de los benedictinos? No es posible. Pues bien, lo mismo se da con los franciscanos, los dominicos, los jesuitas, y así por delante. Todos esos patrocinios se ejercen. Entonces, el Fundador junto con su ángel de la guarda y los de aquella Orden Religiosa se agrupan según ciertos designios de Dios para ampararla. Así comprendemos que exista un juego interior en las preferencias de la personalidad de una persona llamada a patrocinar una familia de almas determinada, y que esas preferencias estén en consonancia con las de esa familia de almas.

Doña Lucilia conocía y amaba por connaturalidad

imageDicho esto, ¿cómo eran las preferencias de Doña Lucilia? Mi madre tenía una inteligencia y una instrucción muy comunes, propias a las señoras de sociedad de su tiempo. Sin embargo, ella tenía una riqueza de alma muy grande, procedente del amor y del conocimiento de las cosas por connaturalidad, por medio de la cual su inteligencia y afecto abarcaban un campo muy vasto. Ella discernía en las almas de los otros pueblos y naciones aquello que podía ser visto como sutil, refinado y, por eso, despertando en ella una forma de afectividad más penetrante, más sutil, que se transformaba en cariño, en deseo de sacrificarse, de ayudar y de favorecer, tendiente a ver lo mejor de las personas en aquellos lados por donde estarían especialmente expuestas a sufrir los golpes de la brutalidad, de la maldad, de la dureza y de la crueldad humana, en todos sus aspectos. Sin duda, quien tiene lados de alma tiernos, preciosos, más desarrollados y diferenciados, sufre más con los golpes que recibe y está más sujeta a brutalidades inopinadas porque, por su bondad, es normalmente desarmada y, en consecuencia, necesita de un auxilio.

Entonces, tomando como ejemplo a Francia, yo analicé mucho el alma de mi madre y las reacciones de su espíritu en lo referente a esa nación, y percibí que ella sentía, por connaturalidad, que Francia tenía y representaba–en el horizonte de ella y, bajo cierto aspecto, del mundo también– una cosa que tenía el mayor valor: era la delicadeza de sentimientos. Y al poner esos lados de la dulzura del alma humana muy en evidencia, Francia creaba una convivencia y un tipo humano que alcanzaba, bajo cierto punto de vista, su perfección. A la par de eso estaba el sentido de la medida, de la cordialidad, de la suavidad y del charme que tanto se elogian en el espíritu francés. A propósito, mi madre era muy sensible al charme, el cual ejercía un papel enorme en su vida. En lo que podía caber en una señora de noventa y dos años de edad, ella tenía mucho charme. Por ejemplo, los álbumes con fotografías de las joyas de Fabergé. Aunque Fabergé no fuese directamente francés, sino solo descendiente muy remoto de protestantes franceses asentados en Dinamarca, algo de sangre francesa quedó en él y se imprimió en su arte. Yo tengo la certeza de que, si Doña Lucilia conociese los álbumes de Fabergé, vería en ellos una expresión de algo que debería estar en todas las almas, para el bien de todos los pueblos, y en Francia vino a la luz para el bien del género humano entero y este debería hacer, frente a esa nación, lo que ella hacía: admirar, dejarse penetrar y modelar por aquello.

En ese sentido, ella interpretaba la ofensiva alemana contra Francia como la agresión de la brutalidad militarista contra el charme francés. Un poco antes de la I Guerra Mundial, mi madre conoció la Alemania de los cascos de acero, ya toda tendiente a la ofensiva contra la douce France, ¡cosa que no podía ser, era un crimen como el de matar a la humanidad! Además, algunos alemanes habían sido muy brutos con ella, de un modo inimaginable, inclusive los médicos y enfermeros que la trataron durante su convalecencia en esa nación. Como consecuencia de la operación, mi madre también quedó limitada en su desplazamiento y, durante algún tiempo, para no permanecer en el hotel, usaba la silla de ruedas y salía con la familia a contemplar el Rin, a ver esto o aquello, pues le hacía mucho bien, y las personas que pasaban por la calle paraban y se reían al verla en esa situación. ¡Es algo inimaginable!

Me acuerdo también de un hecho, comentado en otras ocasiones, de la sopa de sesos que ella fue obligada a tomar y casi se murió por la alergia que tenía. Ahora, todo eso mezclado con la noticia de que el Káiser quería invadir el territorio brasileño, e incluso otras cosas, le daban una noción de mucha dureza de alma. Fue un viaje infeliz. Aquello quedó tan radicado en su espíritu, que nunca consiguió quitarse esa idea, no hubo remedio.

Entonces, Doña Lucilia acompañó la Guerra Mundial bajo ese prisma, casi de Cruzada, a favor de la delicadeza humana contra la brutalidad. ¿Eso era un apego? ¡No! Esa era la connaturalidad de sus altas cualidades y del modo superior con que ella veía las cosas. Y creo que la Providencia la modeló para ser así. De la misma forma, mi madre tuvo mucha pena y toda especie de solidaridad por Luis XVI y María Antonieta, pero, sobre todo, ella veía en las monarquías y en las aristocracias el lado raffiné, el lado amable, bondadoso y cortés, mientras en el partido del Terror ella constataba el lado bruto, sanguinario y estúpido. Era, una vez más, la ferocidad humana naciendo bajo otro aspecto, el igualitario, más execrable aún que la mera dureza del alma alemana.

Mi madre tenía, por lo tanto, horror a aquellos que quebraron el Antiguo Régimen, en el cual ella no veía un régimen de opresión, sino, por el contrario, de la douceur de vivre, del refinamiento. ¡Y tenía toda la razón!

Diversas naciones comprendidas bajo la mirada luciliana

WhatsApp Image 2024-09-11 at 12.16.34Ante la fuerza de España, del garbo y de la gracia española, en que ella podía ver algo de contundente, mi madre no tenía la misma reacción que frente a la brutalidad arriba mencionada. Ella sabía ver el lado heroico, batallador, garboso, y le gustaba mucho, comentaba más de una vez, le parecían interesantes las costumbres regionales españolas y cosas de ese género; sin insistencia, sin mucha rigidez, pero era francamente muy receptiva.

Por Portugal, mi madre tenía una gran propensión, pero afrancesada; es decir, destilando el labriego de pie en el suelo, del cual sonreía como de un oso grande, bueno en el fondo. Ella apreciaba la cultura portuguesa, la Torre de Belém, los aspectos dulces del alma portuguesa, sintiéndolos, por algún lado, enteramente armónicos con el alma francesa. Además, para Doña Lucilia había una riqueza de esa afectividad en el portugués que, así, nunca la vi elogiar en Francia. Yo no sé si ella sabía hacer esa distinción, pero eso afloraba especialmente en el modo de ella ser brasileña. En efecto, Portugal era una especie de tintura madre de Brasil, de donde venía todo eso como de una naciente, pero aquí terminó desarrollándose mucho más. Se entiende, entonces, el gusto y la protección de Doña Lucilia por Portugal; hasta diríamos que era una protección un poquito sonriente y compasiva, tomando en consideración el enorme modelo de Francia.

cropped-sdl-pe-d.jpgEn materia de trajes, mi madre era pormenorizadísima, exigentísima. La moda francesa, por ejemplo, es muy rigurosa y exige los últimos pormenores. Mi madre tenía esa exigencia llena de bondad, sin jansenismo ni maldad, porque veía en aquel amor al primor y a la perfección un deseo de hacerse agradable. Como una dueña de casa que exige a la cocinera todo el cuidado en la elaboración de cierta receta, para recibir perfectamente bien a los huéspedes. En su desvelo hacia nosotros, cuando éramos aún pequeños, mi madre a veces nos hacía juguetes. Ella pasaba hasta las dos o tres de la mañana pintando figuritas de papel y cosas así, con esmeros y cuidados únicos. Cierta vez mandó a hacer para Rosée, donde un carpintero, una casa de muñecas toda idealizada por ella, con primores de detalles, un pequeño mobiliario comprado en casas de juguetes, cortinitas, todo con un estilo enteramente afín.

Noten cómo de toda esa exigencia manaba afecto; era hecha con dulzura, para producir dulzura. Incluso ahí entraba la douceur de vivre. ¿Cómo veía mi madre la relación entre Francia y la Iglesia? Me da la impresión de que ese problema nunca se puso para ella con esa claridad, pero la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y todo lo entrañadamente católico en su alma, se daba porque ella sentía, por connaturalidad, el océano superlativo y trascendente de todo lo que ella amaba en Francia, del mismo modo como lo sentía en el Sagrado Corazón de Jesús y en la Iglesia Católica; de ahí su enorme afecto por la Iglesia, al punto de serle imposible imaginar cómo podía ser una vida o un alma fuera de la Santa Iglesia; ¡era algo inconcebible! Esas cosas no se ponían para ella así tan claramente, pues, en general, almas como la de mi madre no son muy explicitadoras, pero se comunican, sobre todo, por connaturalidad más que por explicitación. Por ejemplo, su modo de hablar y sus inflexiones de voz contenían definiciones que ella no sabría explicitar, pero estaban en su naturaleza, iluminada por la gracia, y todo eso era transmitido muy ordenadamente.

Bondad brasileña que imperaba en el alma

Mi madre era brasileña de la siguiente manera: el padrón del brasileño, para ella, era su padre, además de ser el padrón del hombre justo, según Nuestro Señor Jesucristo, virtuoso y bueno. Mi madre tenía para con él un encanto, una confianza y una admiración total.

D_Antonio

D. Antonio, papá de Doña Lucilia

En su padre, Doña Lucilia realzaba ciertos aspectos muy varoniles, únicamente como moldura, pues resaltaba con más énfasis esa bondad de alma, de la cual ella contaba hechos insignes. Para mi madre, la nación brasileña entera era así, y él era, por lo tanto, el caso más característico y agudo de personas que había a borbotones en Brasil; personas como él eran desinteresadas, de vistas largas, amenas, generosas y tenían un mecanismo de interrelaciones psicológicas colosal, abierto para todos los países del mundo, más que Francia. A propósito, en ese punto, mi madre tenía cierta restricción con Francia, pues le parecía la actitud de esa nación, en relación con los demás países, un tanto mezquina y ácida, la cual se acentuó con el paso del tiempo.

Ahora bien, de un modo vago, Doña Lucilia veía un futuro medio misterioso, providencial y enorme para Brasil, que se medía igualmente por la homogeneidad de  a fe, por la inmensidad del territorio, por lo misterioso de las florestas y de los ríos. Y en todo ese conjunto, ella sentía que esa forma de bondad –superlativa aquí, más que en cualquier otro país– era la gran cualidad humana e, inclusive, la gran cualidad religiosa. Ahí está la explicación de la psicología de ella. Y me da la impresión de que es enteramente conforme a la Moral y a la Doctrina Católica, vista en sus ángulos más amplios. En lo que dice respecto a mí, mi madre percibía que había una consonancia en ese punto, ya desde mi infancia, por el cariño que yo le tenía.

Yo nací muy débil, y ella hizo esfuerzos no sé de qué tamaño para hacerme robusto y darme salud. ¡Lo que ella hizo fue simplemente colosal! Y ella sentía la plenitud con que yo correspondía a eso. Inclusive, delante de mis actitudes polémicas con relación a parientes que ella estaba habituada a admirar, a ella le gustaba mucho verme defender la Religión. Con eso, me parecía que yo completaba su alma, habituándola a admirar esa combatividad. Infelizmente, a veces hay entre nosotros frialdades, reservas, emulaciones y ausencias de perdón, omisiones, etc., con las cuales nos endurecemos y nuestra convivencia se vuelve lo que no debería ser. Además, la tibieza es, en parte causa y en parte efecto de eso. No se puede negar. Ahora bien, toda la acción de Doña Lucilia sobre las almas es tratarlas con esa bondad, con el fin de que se vuelvan buenas entre sí. Además, las gracias que mi madre obtiene y el efecto de su presencia espiritual sobre nosotros van continuamente en esa dirección. No hay un minuto en que ella no transmita ese mensaje.

(Extraído de conferencia del 18/1/1986)

Profunda afinidad católica y contrarrevolucionaria

Entre Doña Lucilia y yo se daba lo siguiente: me era de gran consuelo y aliento acordarme de que la linda alma de ella estaba siempre en mi presencia. O sea, ella hacía parte del conjunto de personas con las cuales yo convivía íntimamente, y a quien yo podía, por lo tanto, apreciar, conocer y admirar de cerca, y eso me daba mucha alegría, mucha satisfacción. A la par de eso, dentro del aislamiento en que yo vivía, me confortaba su bondad y su amor materno, que era mucho más que el amor materno corriente –sentimiento naturalmente muy respetable y digno de consideración–, pero entre nosotros había algo muy particular.

Todo eso, sin embargo, era poco en relación con la convicción de su posición de alma contrarrevolucionaria. Mi madre era muy buena, la convivencia con ella era muy agradable, pero si ella fuese “hollywoodiana”, todo eso se desvanecería completamente, dejaría de existir. Ante la transformación inherente a la Revolución Industrial por la cual São Paulo pasaba, para mí lo importante fue que mi madre, por ejemplo, vivía de tal manera dentro de casa y con poco conocimiento de los acontecimientos generales, que ni siquiera sé si ella se hacía una idea exacta del tamaño de la industrialización, y de hasta qué punto ese lobo iba devorando la ciudad donde ella vivía.
Lo cierto es que todas las transformaciones que el cine y la Revolución Industrial traían consigo, la golpeaban como el sol puede incidir sobre un escudo de metal. O sea, no producían ningún efecto. Lo que ella percibía y no le gustaba, lo rechazaba.
Eso producía una afinidad conmigo, una interpenetración de almas que era lo mejor de esa relación. Había en el tope de todo eso una catolicidad muy entrañada, y un conocimiento mutuo de la catolicidad del otro, sus grados y sus alcances. Eso, del uno y del otro, formaba una relación como la de espejos paralelos, por donde no se sabe cuál fue el primer espejo que se reflejó en el otro, formando un reflejo de imágenes hasta el infinito. Así éramos nosotros. Cada uno reflejando al otro hasta el infinito, en ese amor filial de mi parte, materno de ella, creando un afecto y una afinidad de la cual difícilmente se puede tener una idea.

El ambiente de la casa de mi abuela tenía una nota contrarrevolucionaria. Sin embargo, muchos allí adhirieron a la Revolución completamente, saliendo, así, discusiones amables y corteses que, a pesar de que terminaban siempre con gentilezas, era encendidas.
Versaban respecto de República y Monarquía, de Religión Católica y ateísmo, entre otros temas. Yo oía esas discusiones y percibía que mi alma se volvía hacia el lado de la Religión y de la Monarquía. Percibía que entre ellas había cierta relación: quien era católico seriamente, tendía a ser monárquico y viceversa; y quien era republicano era ateo, y viceversa. Yo no sabía explicar por qué, pero sentía que así se debía ser. Entonces, allí comencé a ver las grandes divisiones ideológicas dentro del mundo. ¿Cuál era la actitud de Doña Lucilia en esos momentos? Sumamente amable, a mi madre le gustaba ser delicada, gentil y cortés con todo el mundo, sin ninguna excepción. Ella era de una calma excepcional, muy ponderada y reflexiva. Todo lo que decía era muy meditado y tenía una razón a dar con respecto a todo lo que hacía. Además, tenía un timbre de voz suave, pero muy expresivo, modelando la voz de manera a traducir con exactitud su pensamiento, su estado de espíritu y su disposición temperamental en el momento. Esa disposición era siempre de una fidelidad completa al estado de espíritu ideal, del buen católico, devoto del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, traspareciendo a los ojos de los otros aquella serenidad y seriedad, y también aquella bondad y paciencia inquebrantables. Sin embargo, una persona así toda hecha de dulzura, por algunos lados era de acero. Lo que ella pensaba, lo pensaba; sus convicciones eran aquellas y no otras; las declaraba cuando era necesario y discutía de un modo muy suave, pero firme, cuando era preciso también. A veces, Doña Lucilia discutía con parientes hombres que tenían mucha más cultura histórica que ella –en aquel tiempo, las señoras leían libros de literatura y no de Historia–, y esos parientes daban argumentos que ella no sabía responder. Pero mi
madre no se perturbaba absolutamente con eso. Aquel argumento se topaba con las puertas inviolables de su fe. ¡Si aquello era contra la fe, no servía y se acabó! ¿Por qué es contra la fe? Porque la Iglesia enseña otra cosa. ¡No adelanta querer conversar! Y así ella me educó.

Dr. Plinio en abril 1995

En la intimidad, Doña Lucilia era igual. Mi padre era abogado y tenía su propia oficina de abogacía. Él acostumbraba a contarle a mi madre, más o menos, los negocios que hacía, los cálculos, etc., como todo marido, en casa, cuenta algo de sus actividades profesionales a la familia. Mi madre opinaba, ora sobre una cosa, ora sobre otra, pero poco, porque esos asuntos de abogacía son muy técnicos, y él no los explicaba enteros, es evidente, no tendría propósito. Mi madre emitía una opinión, sobre todo con respecto a las personas, porque de vez en cuando algún socio o cliente de la oficina iba a casa a despachar con mi padre. Yo percibía cómo ella les prestaba atención, porque su acogida era siempre cortés, pero, conforme el caso, bien más amable. Me acuerdo de dos señoras que, remotísimamente, estaban emparentadas con ella y fueron allá a hacer alguna consulta. Mi madre fue amable, conversó un poquito y después salió de la sala, pues ellas iban a tratar de negocios. De esa forma, mi madre conoció a otras personas. Y yo percibía que, dentro de la amabilidad, ella era interrogativa, recogía datos y después comentaba las personas con mi padre. Generalmente, por lo menos en el Brasil de aquel tiempo, donde no había aún feminismo, los hombres se caracterizaban por el vigor de la voluntad y las señoras por la delicadeza. Pero la defensa de ellas estaba en la sensibilidad, percibiendo las cosas. De manera que, cuando las esposas estaban solas con los esposos, ellas les daban consejos. No delante de los demás, porque teóricamente el marido es quien manda, la mujer influencia.
Doña Lucilia entonces daba su opinión, nunca con aires de quien quisiese mandar, pero por ahí yo percibía cómo ella cogía las cosas, percibía los matices del fondo de alma, y después le decía a mi padre: “Fulano, cuando estuvo aquí dijo tal cosa, hizo tal cara. Ten cuidado, porque tal cosa a él no le gusta; él está contento contigo más de lo que tú piensas”, o entonces: “Él no está contento contigo”. Estoy seguro de que ella tenía razón.


(“Extraído de conferencias de 29/6/1981, 25/8/1994 y 3/4/1995)



Bondad diáfana en la convivencia, reflejo de la Santa Iglesia

En la convivencia, la preocupación constante de Doña Lucilia era transmitir el calor del afecto y darse continuamente en una disposición de transponer todo para beneficiar a las almas. Era la representación de la conducta de la Santa Iglesia con relación a los pecadores: no se indigna, no recrimina, no se venga; perdona todo, dota de nuevos dones y de nuevos privilegios.

Presente de un viaje que mi hermana hizo a Europa, el chal lila, cuando apareció en casa, me dio la primera impresión de que era un artículo muy bonito, muy bueno. De hecho, lo que Rosée compraba, lo hacía con mucha perfección, adecuación y buen gusto.

Doña Roseé y Dr. Plinio

De un lado, me gustó mucho el chal; de otro, quedé un poco reticente con él, por la impresión de moderno que me causaba, pues era un poco fofo, espumoso en su contextura. Y si bien el color amatista me encantase, yo me preguntaba cómo quedaría mi madre dentro de un tejido fofo. Oyendo comentarios posteriores de estos y de aquellos, percibí que yo estaba mal informado: siempre muy ajeno a los asuntos de indumentaria y de tejidos, no sabía que se trataba de una lana europea muy auténtica, buena y sin nada de moderno. Cuando vi a mi madre vestir el chal, me pregunté por qué se lo había puesto en la espalda; un chal muy bonito debería ser puesto sobre ella, era una escena natural de la vida de familia. Noté que a ella le pareció muy bonito, le gustó mucho el color, y no extrañó el tejido; sin embargo, en ese momento no hice mayores raciocinios sobre si el tejido era o no moderno, por ahí no se fue mi atención, sino por ver cuál era la mirada que ella le hacía al chal. Ella no mudó en nada la posición y la actitud en la cual estaba. Apenas sonrió luminosa y discretamente, con mucha bondad, ante la manifestación de afecto que le hicieron unas tres o cuatro personas que se encontraban en la sala. Yo percibí que ella se adaptó en algo al chal, ¡pero sobre todo él se adaptó a ella! En el reflejo de su mirada, en su modo de hablar, ella le dio cierta interpretación y proyección, cierto modo de ser al chal. Más o menos como una señora que toma una rosa, la pone junto al pecho y hace un poco la “fisionomía” de la rosa, y esta adquiere un poco la forma de ser de la señora: ¡así también mi madre hizo con el chal, y él quedó “luciliano” por excelencia!
Ella lo utilizó muchas veces. Primero apenas para salir, en ocasiones de mayor solemnidad. Después, con el avance de la edad y con los fríos de São Paulo, ella pasó a usarlo también en casa y con cierta frecuencia. Cada vez que yo la veía con el chal, me regalaba, justamente por la relación que había entre aquel castaño profundo de sus ojos y el tono
amatista del tejido.

Ella murió. Cuando fuimos a hacer una repartición sumaria de sus bienes, mi hermana no quiso llevarse absolutamente nada, pues dijo que yo había mantenido a mamá la vida entera y le había hecho compañía y que, por tanto, me dejaba todo lo que había pertenecido a ella y que era de la casa. Ahora bien, en Brasil, o al menos en São Paulo, la antigua tradición era que las joyas de la señora fallecida se quedasen con la hija. Una u otra cosa iba para las nueras, pero lo principal se quedaba con la hija. En mi caso, le di a mi hermana todas las joyas de mi madre, reservando para mí apenas un anillito de brillantes, muy sin valor y modesto, que está en mi relicario.
Pasados algunos días después de haberle dado las joyas, le dije a mi hermana:
– ¿Sabes una cosa? De lo que te di, te voy a quitar una cosa.
Ella me dijo:
– ¿Cuál es?
– Aquel anillito se va a quedar conmigo.
– ¡Claro que sí!
Y me devolvió el anillo. Algunos días después ella apareció en casa y me dijo:
– Yo, de lo que te di, también voy a sacar una cosa: aquel chal se va a quedar conmigo.
Para mí fue una dilaceración… pero no podía decir nada. Ella era la hija y le había dado el chal. Algún tiempo después, supe que ella se lo había dado de regalo a una tía nuestra.

Cuando esa tía murió, pensé: “Ese chal ya debe estar dañado –porque ella vivió muchos años– ya deben haberlo donado a gente pobre, seguramente desapareció.”
¡Cuál no fue mi sorpresa ayer cuando llegó a casa, en la mañana, el hijo de esa tía trayéndome el chal!

En el espíritu humano y en el modo por el cual él abarca la realidad, hay un punto en el cual es especialmente llamado a conocer a Dios, y del cual tiene una comprensión de orden natural, nativa, muy simple, clara y originaria. Y cuando el hombre estudia a partir de esta luz primordial y piensa a partir de ella, tiene posibilidades de dar en un hombre bien inteligente, aunque sea medianamente inteligente.
Ahora bien, cuando alguien hace un estudio cartesiano: “Luz primordial, yo te empujo, aquí está el compendio 1, 2, 5, compendio 92…”, ese, aunque sea inteligente, tiene todas las posibilidades de dar en un burro letrado, muy diferente de una persona inteligente.
En el caso de mi madre, ella poseía apenas la cultura común de una dueña de casa, con una nota afrancesada de formación de espíritu muy pronunciada. La luz primordial que trasparece en todas las fotografías que figuraba en su espíritu es, ante todo, una certeza de
que las cosas tienen un significado, un segundo sentido que está más allá de ellas, en virtud del cual ellas deberían ser vistas. Así, además de ese trans-significado, existe un trans-mundo, una trans-realidad que se nos aparece a través de esas realidades diáfanas, que produce en el alma una trans-comprensión, un trans-sentimiento.
Ella nunca lo enunció así, y creo que no sabría hacer esa consideración, pero constituía la posición fundamental de su espíritu con respecto a todo.

Si consideramos sus fotografías, notaremos que ella está prestando atención en lo que está haciendo: dejándose fotografiar. Sin embargo, la mirada, la actitud, expresan a una “trans señora”, que sería como su sombra hacia el lado de la luz. Una luz mayor que ella, pero suya, que queda por detrás suyo. La mirada, el todo parecen preguntar al fotógrafo, y, a su modo, a quien ve la fotografía: “¿Ustedes no ven esto? ¿No perciben que en ustedes también hay esa luz, y que el universo entero es así?”
En ese sentido el Quadrinho1 es más que decible.
Ella está allí representada, consciente de que de ella emana una luz, que es su significado y que ella coloca a disposición de los otros como quien dice: “Dime cómo eres tú y qué tenemos de afín. ¡Por ahí nos querremos enteramente bien!”

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es lucilia_correade_oliveira_013.jpg

La convivencia humana para ella no era de esas mercantiles: si hizo una gentileza, recibe otra. Por ejemplo, el modo de ella escoger un presente. Yo asistí a muchos cálculos de elección de presentes hechos por otras personas: “De aquí a algunos días es el cumpleaños de fulana. Ella me dio con ocasión de mi cumpleaños un presente, que vi que tenía tal valor. Yo debo darle, por lo tanto, un presente que equivalga a eso en dinero. ¿Qué podemos comprar bien presentado por esa cuantía?”

¡Ella no! La primera pregunta era:
– ¿Qué le gustará ahora a Fulana…?
Segunda pregunta:
– ¿Hasta dónde mis recursos me permiten dar?
Tercero: ella daba el presente, no como una especie de intercambio comercial, que a mi modo de ver, contamina el regalo. Era con un deseo de dar algo que estaba en su propia alma, siempre en esa permuta de luces, que era la esencia de la convivencia con ella.
Vivir en torno a eso, para eso, convidando a todos a eso y llenándome de eso –porque, tanto cuanto pude, yo dije “sí” a ese convite–, eso era la luz primordial de ella.
Detesto las comparaciones, y no comparaba el trato que ella tenía conmigo con la relación de otros hijos con sus madres. Evidentemente, a veces me saltaba a los ojos alguna cosa
que, a menos que fuese ciego, no podría dejar de ver; pero no detenía la atención en eso, pasaba por encima.
Ahora bien, hoy me doy cuenta de esto, el tiempo pasa, las comparaciones en cuanto al pasado, al menos en larga medida, son legítimas. Con el presente
no; menos aún con el futuro…
Hoy en día veo bien que esa conformación de su espíritu tuvo un papel muy importante en la elaboración de mi ensayo Revolución y Contra-Revolución, porque la esencia de este es la noción de la Revolución tendencial. Y lo que había en ella era exactamente una vida tendencial ‘contrarrevolucionaria’ así concebida con una riqueza extraordinaria.

Ella era católica, nacida de una familia católica, apostólica y romana por entero, pero menos católica que muchas otras familias, por ejemplo, de las que frecuentan la iglesia, que son amigas del padre, dirigen las obras de la parroquia, etc. Mi familia –la de ella, por tanto– no tenía nada de eso. Eran amigos del padre, pero lo admiraban con cierta distancia, no por anticlericalismo, sino por falta de hábito. Sin embargo, había, en esa como en tantas otras familias brasileras, el hábito de considerar la veracidad de la Iglesia Católica como una evidencia. Había en ella de modo muy vivo algo de aquella bonita invocación: “Sagrado Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones, ten piedad de nosotros”. Tal vez ella no la conociese o, si la conocía, no prestaba mayor atención, pero esa invocación era tal como ella veía la vida afectiva, que era la que llevaba, y consistía en dar ese calor de afecto y de formación, y decía mucho respecto al modo de ella ser católica.
Ella comprendía muy bien que la esencia de la convivencia está en la afinidad de las almas y en la felicidad que hay en darse y en quererse bien, realizando al pie de la letra el principio dado por Nuestro Señor en el Evangelio: es más feliz quien da que quien recibe.
Eso modelaba de algún modo su espíritu, en términos tales, que notaba en ella un deseo de darse, de atraer a sí para esa relación de alma, como no conocí en nadie.
Y dentro de eso, una dignidad y tranquilidad, una serenidad y resignación, por donde si nada saliese bien, ella no se irritaba, no se indignaba, no recriminaba, no se vengaba o se entristecía. Esta es bien la conducta de la Santa Iglesia con relación a los pecadores.

Tomemos, por ejemplo, lo siguiente. Revienta un cisma y surge la Iglesia Ortodoxa, aquellos ritos orientales, muchos se pasan para allá y la mitad del manto de la Iglesia se dilacera… La Iglesia llora. No dejó de excomulgarlos como debería: ¡ellos se equivocaron, ella los excomulga! Pero ella lamenta eso dignamente, mientras conquista América para compensar también a los países nórdicos y eslavos, que en gran parte había perdido. Ella conquista América. Los jesuitas decían que vinieron aquí para reponer lo que la Iglesia había perdido. Pero la Iglesia no desiste, continúa cierta negociación con ramas ortodoxas que pensaban reatar relaciones con ella. ¡Eso lleva siglos! Y de allá para acá, lentamente, de vez en cuando gotea un rito más dentro de ella.
La Iglesia recoge de esos tesoros ese poquito que queda, organiza, perdona, tiene bondad, dota de privilegios, indulgencias, instala bien, cumula de honras la hija que vuelve a la casa paterna. Ella no se olvida a no ser de los ultrajes recibidos. Pidiendo perdón, ella perdona.
Esa bondad, ¡eso era mi madre al cien por ciento, consonante con la Iglesia Católica a más no poder, pero a más no poder! Por ejemplo, las varas de los penitenciarios en Roma. Quien hubiese cometido un pecado venial muy desagradable de contar, no necesitaba declinarlo. Bastaba ir a la Basílica de San Pedro o a las cuatro basílicas menores, arrodillarse delante del padre, que este le golpeaba con una varita y estaba dada la absolución de los pecados, sin confesión. Pecado venial; mortal no. ¡Es una bondad, una flexibilidad única! ¡Eso esa mi madre por entero!

(Extraído de conferencia del 20/6/1980)

  1. En portugués, diminutivo de cuadro. Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos, con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎