Rezando en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús

Doña Lucilia era una persona muy respetable, digna y, al mismo tiempo, de una afabilidad y dulzura indecibles. Tales cualidades eran análogas a las existentes
en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en San Pablo. Esa iglesia parecía hecha para que ella fuese a rezar allí.

Para mi sensibilidad de hijo, al ver a Doña Lucilia rezando en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, me daba la impresión de que ella estaba allí como una católica en su lugar propio, en el ambiente, en la actitud, en la posición que conviene a un alma católica, al pie de un altar en donde recibe gracias muy grandes.

Iglesia digna, casi majestuosa

Quien visitaba esa iglesia notaba, desde la primera vez, una armonía de cualidades que no se encuentran frecuentemente reunidas. Es una iglesia muy digna, casi llega a ser majestuosa, pero al mismo tiempo muy afable, de manera que la persona se siente enteramente a gusto dentro de ella, completamente acogida como quien está en la casa paterna. Era la atmósfera que el propio Nuestro Señor Jesucristo creaba alrededor suyo, como se ve en el Evangelio. Es decir, las personas tenían por Nuestro Señor un respeto sin fin, sin límites, pero al mismo tiempo poseían facilidad de acceso junto a Él, hablaban, preguntaban, etc., y sentían su majestad juntamente con el cariño, la bondad, la amabilidad. En aquella iglesia, cuando el órgano toca alguna melodía polifónica o de canto gregoriano, encuentra allí sus resonancias adecuadas.
No es un templo riquísimo, sino una bonita iglesia parroquial, nada más que eso; por lo que no es comparable con la belleza de cualquier iglesia de Italia, en donde resaltan los mármoles suntuosos, los bronces, las grandes obras de arte, los grandes pintores, escultores y artistas de todo género, de modo que se ven cosas extraordinarias en cualquier iglesia. En el Corazón de Jesús, de San Pablo, no; todo es digno, pero es lo que América del Sur puede dar; nosotros tenemos aquello. Y Nuestro Señor recibe de buena gana la ofrenda de quien tiene poco. Hay una gracia en ese sentido. Ahora, transponiendo todo eso para el nivel tan inferior de una pura criatura humana, yo notaba en Doña Lucilia cualidades que me parecían análogas a aquellas que habían sido percibidas por mí en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Es decir, la personalidad de ella era muy respetable y muy digna, y al mismo tiempo de una afabilidad y dulzura indecibles. Una personalidad muy marcada por los sufrimientos de la vida, pero con una especie de alegría de quien sufre de buena gana, da con buen gusto aquello que tiene que entregar a Dios, y carga su cruz considerando natural cargarla, con el coraje sin pretensiones de quien cumple integralmente el deber de todos los días.

“Espere un poquito…”

…ella se levantaba y pasaba al altar del Corazón de Jesús.

Siempre fui muy observador, incluso en relación a mi propia madre; y muchas veces, por un movimiento instintivo, yo la miraba de reojo durante sus oraciones en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Viéndola rezar, yo pensaba: hay algo entre ella y esta iglesia por donde ella parece hecha para rezar aquí, y la iglesia parece hecha para que aquí ella rece. Hasta que cumplí once o doce años – no me acuerdo bien –, yo asistía a Misa en el Corazón de Jesús frecuentemente al lado de mamá. Después, cuando crecí, la costumbre era que los jóvenes asistiesen a Misa en las naves laterales, porque la iglesia se llenaba y convenía ceder los lugares a las señoras. Los hombres permanecían de pie. Un anciano podría permanecer arrodillado en medio de las señoras, pero para un joven, parecía una actitud orgullosa e inadecuada arrodillarse cuando había señoras a quienes debía ceder su lugar. Entonces, yo asistía a Misa en la nave lateral buscando, como siempre, poder mirar hacia la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora. Esa era mi primera intención, indiscutiblemente: entrar e ir para allá. Nunca tuve la menor duda a ese respecto. Al terminar el Santo Sacrificio, cuando todos comenzaban a retirarse, Doña Lucilia no era de las primeras en salir. Cuando la mayor parte de la gente se había retirado, ella se levantaba y pasaba al altar del Corazón de Jesús. Mi padre se quedaba esperándola, pero como no tenía la piedad de
ella, se quedaba afuera, en la puerta de la iglesia, conversando con el P. Falconi. Eran largas prosas, mientras mamá rezaba. Doña Lucilia rezaba notoriamente delante de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, pero naturalmente también delante de la imagen de Nuestra Señora, y, después, frente a aquel conjunto de esculturas del Niño Jesús en el Templo entre los doctores. Ella no oraba con los labios cerrados, sino que los movía ligeramente, acompañando lo que ella decía, de un modo tan rápido que no emitía el más mínimo sonido, y tampoco se llegaba a percibir lo que decía, porque era un movimiento minúsculo de los labios. Era su modo de ser. Cada uno tiene el suyo, ella era así. A veces mi padre entraba y le decía, siempre en tono muy cortés:
“Señora, ¿vamos?” Ella hacía una seña, como diciendo: “Espere un poquito…”
A lo largo de toda mi vida nunca vi a ninguno de los dos impacientarse con el otro o hacer alguna manifestación de impaciencia. Pero ella daba a entender lo siguiente: “Mira, tú puedes venir algunas veces aquí y aún me encontrarás…” Al final, los dos
íbamos a pie para la casa.

(Extraído de conferencia del Dr. Plino de 4/2/1986)

La reprensiones de Doña Lucilia

Las virtudes de Doña Lucilia, modelo de dulzura y suavidad, así como de firmeza y de intransigencia, se manifestaban también en el modo como ella reprendía a su hijo Plinio.

Cuando yo tenía más o menos once años, pasé por un período de la vida en el que infelizmente me comporté mal, practicando acciones que no debería haber practicado.
Y sucedió que, por un conjunto de circunstancias en las cuales veo el dedo de la Providencia, esas acciones me causaron resultados muy funestos.(Dr. Plinio se refiere a un episodio con el boletín de calificaciones del Colegio San Luis. Un profesor había equivocado una calificación, y el niño Plinio quiso enmendarla sin consultar a sus superiores. Doña Lucilia creyó en un principio que Plinio había falseado la nota. ver más)

Lógica y afecto

Mi madre, que era al mismo tiempo un modelo de dulzura y de suavidad, pero también de firmeza y de intransigencia, tomó conocimiento de esas actitudes mías y se disgustó mucho. Doña Lucilia tenía una manera de reprender que era única. Ella estaba habitualmente enferma – sufría mucho del hígado, aunque haya muerto muy anciana – y permanecía, con frecuencia, recostada en una especie de sofá, y desde allí me llamaba, con una voz fuerte, muy sonora: “¡Plinio!” Cuando oía “Plinio” – pronunciado con una “i” un poco arrastrada, con un timbre aterciopelado, donde había un cariño y un afecto difíciles de describir –, yo iba prontamente y me quedaba muy cerca de ella.
Ella pasaba su mano alrededor de mi cintura, me miraba de frente y me decía:
– Hijo mío, ¿será verdad que hiciste tal cosa así?
– ¡Sí, señora, yo lo hice!
Ella tenía una mirada que, como su voz, cambiaba de intensidad extraordinariamente.
Y mirándome, agregaba:
– Pero, ¿cómo pudiste hacer tal cosa? Esa actitud tiene esto y aquello de malo…
Siempre con lógica y con afecto al mismo tiempo.
Yo iba prestando atención en aquello, encantado con todo: su voz, sus ojos, su cariño, su sabiduría y su intransigencia, ¡la cual me encantaba! Al final de la reprensión, ella me decía:
– Bien, hijo mío, ¿tú le prometes a tu madre que no harás eso nunca más?
– Sí, señora, lo prometo.
Pero yo estaba extasiado de admiración, de arrepentimiento y de afecto.
Entonces ella decía:
– Está bien, entonces dale un beso a tu madre.
Yo le daba un beso en la frente, ella me cubría, literalmente, de cariños,
y yo salía “en las nubes” porque había recibido una reprimenda. Esas eran las reprensiones de mamá.

Amenaza de ser mandado al “Caraça”

Sin embargo, cuando sucedió el episodio del boletín, no fue así. Ella me recibió fría, sentada en una mecedora, me puso de pie delante de ella y me dijo:
– ¿Esto fue así?
Yo respondí:
– Fue así.
– Pero, ¡explíqueme esto!
Y me amenazó con mandarme a un internado que había en aquel tiempo en Minas Gerais, el Caraça, que era un Colegio muy bueno, paradigma de aquel Estado de Brasil, pero en San Pablo, no sé por qué, tenía la fama de ser una cárcel para niños.
Lo peor que le podía suceder a alguien era ser mandado al Caraça. Yo recuerdo a mi madre diciéndome:
– Yo voy a averiguar, y, si fuese el caso, ¡tú tendrás que ir al Caraça! Y no cuentes con mi bondad ni con mi perdón, a no ser después de que hayas pasado un año en el Caraça y yo verifique que mejoraste. Antes de eso, no.
¡Quedé aterrado! No sólo por ser mandado al Caraça, sino por haber merecido de mi madre aquella censura.
Yo me sentí expulsado de aquel paraíso de sabiduría y cariño que era ella, y sentí temor por mi unión con ella. Esto me atemorizó verdaderamente. Pensé: “¡Dios mío!, ¿cómo va a ser eso?” Yo tenía cierta piedad en aquel tiempo, pero ninguna devoción a
Nuestra Señora.

Meditando cada palabra de la Salve

Cierto día, fuimos a la Iglesia del Corazón de Jesús y yo me puse, casualmente, delante de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora que se encuentra allá. Entonces le pedí a Ella que resolviese mi problema, rezando una Salve. No tuve ninguna aparición, ni visión, pero experimenté la impresión inefable de que María
Santísima daba valor y sentido a cada una de las palabras de la Salve. Fui, así, meditando y comprendiendo cada término: “Dios te salve Reina…” Pensé: “Ella es Reina y si quiere resuelve mi asunto.” “Madre de misericordia…” “¡Dios mío! – exclamé – ¡Incluso más que mi mamá!” “Vida, dulzura…” “Sí, estoy viviendo con esto, ¡y qué suave es!” “¡Esperanza nuestra, salve!” “¡Ya estoy esperanzado!” “A ti clamamos los desterrados hijos de Eva…” Concluí: “Es justamente lo que estoy haciendo; estoy aquí, desterrado y clamando.” “A ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.” “¡Es mi caso enteramente!” “Ea, pues, Señora, abogada nuestra…” “¿Vieron? – pensé. Ella es abogada. Lo que yo necesito es a alguien que abogue por mi causa junto a Nuestro Señor Jesucristo. Ya que Él es puro y perfecto, no me atrevo
a acercarme a Él después de lo que hice. Pero Ella es mi abogada, Ella arreglará el caso.” “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.” Como dije, sin ninguna visión o revelación, tuve toda la impresión de que la Santísima Virgen miraba hacia mí y me decía sonriendo: “Hijo mío, yo te libro de esta cueva, y arreglo tu caso.” En el relámpago de aquella crisis, entendí cuál era la gravedad del pecado, y en el perdón de Nuestra Señora comprendí bien lo que es la misericordia hacia los que recurren a Ella.
Gracias a Dios, hasta hoy, y espero que hasta el final de mi vida eso no se borre de mis ojos: la armonía entre la severidad y la justicia llevadas hasta su último rigor, y la misericordia llevada hasta su última ternura y al extremo de su esplendor.
No sé decir otra cosa para mostrar como la misericordia y la justicia se complementan, que contar como eso se verificó a lo largo de mi vida. Con mis 63 años, tengo tanta certeza de lo que es la justicia de Dios que, si no fuese por Nuestra Señora, yo me desanimaría. Estoy tan seguro de lo que es la misericordia que el Altísimo concede por medio de María Santísima que, por causa de Ella, espero todo, y espero morir con confianza.
(Extraído de conferencia de 6/4/1972)

Preparándose para recibir la Eucaristía

Entre tantas magníficas reformas emprendidas por el Papa San Pío X, hubo dos que trajeron para la Iglesia una enorme irrupción de gracias y frenaron la avalancha revolucionaria de inmoralidad y perdición de la humanidad, produciendo una tremenda sacudida en la obra de satanás en el mundo. La primera fue el incentivo para recibir la Comunión frecuente, diaria si fuese posible. La segunda, no mucho tiempo después fue, mediante el decreto Quam singularis, del 8 de agosto de 1910, la recepción de la Eucaristía para los niños, como edad suficiente, la de discreción de juicio, es decir, cuando uno es capaz de raciocinar.

Plinio en el día de su Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Hubo un marco en la infancia de Plinio que mucho contribuyó a incrementar su devoción, ya tan profunda, al Sagrado Corazón de Jesús: la Primera Comunión, el 19 de noviembre de 1917. El Autor tiene absoluta certeza de que ése fue uno de los días más felices de su existencia, desde que tuvo conciencia de sí mismo. Varias veces, a lo largo de los años, solía citar la célebre respuesta de Napoleón Bonaparte cuando le preguntaron cuál había sido la ocasión más feliz de su vida: «El día de mi Primera Comunión». El Dr. Plinio guardó en su alma esa frase, porque a él le había ocurrido lo mismo. Entre tantas magníficas reformas emprendidas por el Papa San Pío X, hubo dos que trajeron para la Iglesia una enorme irrupción de gracias y frenaron la avalancha revolucionaria de inmoralidad y perdición de la humanidad, produciendo una tremenda sacudida en la obra de satanás en el mundo. La primera fue el incentivo para recibir la Comunión frecuente, diaria si fuese posible, a través del decreto Sacra Tridentina Synodus, del 20 de diciembre de 1905, que puso punto final a las nocivas tendencias contrarias que, bajo pretexto de honrar debidamente al Sacramento del Altar, enfriaban el fervor de las almas y las apartaban de Jesús Hostia. La segunda, no mucho tiempo después fue, mediante el decreto Quam singularis, del 8 de agosto de 1910, la recepción de la Eucaristía para los niños, para lo que el Santo Padre establecía, como edad suficiente, la de discreción de juicio, es decir, cuando uno es capaz de raciocinar.
¡En otros tiempos se tardaba mucho en hacer la Primera Comunión! Pero después de la medida tomada por San Pío X, la piedad eucarística hizo progresos extraordinarios, las Comuniones se volvieron muy frecuentes y las manifestaciones de religiosidad, múltiples: en todas las iglesias se veían multitudes de niños llevados por sus padres para acercarse a la Sagrada Mesa. Como no podía dejar de ser, en una persona tan piadosa y seria como ella, Doña Lucilia tenía un alto concepto de la gracia de la Primera Comunión. En 1917, considerando que Plinio y Rosée habían alcanzado la madurez conveniente, quiso que continuasen el curso de catecismo por separado de los otros niños de la parroquia, con el fin de proporcionarles una formación más cuidadosa y compenetrarlos de la importancia del hecho. Obtuvo, así, que el párroco
de la Iglesia de Santa Cecilia, el P. Pedrosa, impartiese clases particulares a sus dos hijos y a su sobrina Ilka, contribuyendo, de hecho, para un mayor provecho.
«Llegaron las gracias de la Primera Comunión y una instrucción más exacta, en cursos regulares de doctrina católica, de catecismo, de Historia Sagrada. Y me venía la idea complementaria de una gran institución que, más aún que el ambiente temporal y la convivencia con los míos, era fuente de esta acción de Cristo sobre los hombres. Y que, si mi ambiente era así, era porque estaba unido a esa fuente. En definitiva, si Él tenía ese nexo con mi alma, era porque yo era católico. Era, por tanto, dentro de la concha sagrada de la Iglesia, que podía encontrar a Nuestro Señor Jesucristo».Comentaría Dr. Plinio en una reunión del 12 de abril de 1989.
Incluso en el contacto con una persona consagrada a Dios, como lo era el sacerdote, Plinio «sentía cierto efecto sacralizante, y esto ayudaba para tener una idea más precisa del Dios que iría a recibir en la Eucaristía». Todo se unía para elevar su espíritu, haciéndolo crecer en respeto y veneración por la Iglesia: el bello ambiente de la sala donde se impartía el curso, en la Iglesia de Santa Cecilia; la materia tan santa, y sobre todo, un punto de la doctrina católica, calificado por él como uno de los mayores encantos de su vida: el dogma de la infalibilidad pontificia. «Eso me dio mucha seguridad y mucho reconocimiento y admiración por Nuestro Señor, por haber ideado una Iglesia así».
Los recuerdos del Dr. Plinio bien reflejan el clima de piedad y de inocencia que precedió al gran día: «El papel de Doña Lucilia siempre fue de una simplicidad extraordinaria: no crean que cuando yo llegaba a casa, intentaba ella completar lo que el sacerdote había enseñado, haciendo un comentario sublime. Su presencia, que no sé cómo describir, y su gran devoción al Sagrado Corazón de Jesús, favorecían una atmósfera de elevación, creando las condiciones para que yo tuviese apetencia por los temas de la fe». «Lo más importante era la manera profundamente religiosa de portarse delante de nosotros, irradiando piedad y devoción en toda su vida y forma de ser. Cuando ella decía “Filhão, ¿estás volviendo del catecismo?”, la palabra catecismo era pronunciada con tanto respeto y realzada por su mirada, de forma que me quedaba
encantadísimo con aquel ejemplo vivo y me dejaba penetrar en profundidad por aquello».
Unos días antes de la fecha fijada para la ceremonia empezaban a llegar los regalos. En general, según la praxis de la época, se trataba de láminas o de pequeñas imágenes de metal fundido o, a veces, incluso de plata, casi siempre con motivos eucarísticos, puestas sobre plaquitas de piedras de colores como ónix, jaspe, lapislázuli o mármol. Y Plinio, siempre sensible a piedras y colores, las analizaba con detenimiento, sacando conclusiones.
«Recuerdo que examinaba esos mármoles y me parecía que las gracias que iba a recibir tenían algo de imponderablemente parecido con ellos». «Eran recuerdos que daban al niño el sabor de la alegría sacral y del buen gusto de las pompas de la tierra, puestas al servicio de la piedad y situaban prestigiosamente la Religión en el firmamento cultural infantil».

Regalo que recibió Plinio unos días antes de su
Primera Comunión. El original, de color verde,
se rompió accidentalmente unos años después,
siendo sustituido por mármol de otro color

Una de esas estampitas, hecha en mármol verde veteado, le agradó particularmente. Tenía un aspecto como de mar petrificado y viéndola pensó «que había fundamento en la propia esencia divina para que esa piedra fuese así y que algo del mismo Dios se conseguía entrever mejor analizándola». Colocado sobre la piedra, había un medallón
que representaba al Discípulo Amado con la cabeza reclinada sobre el pecho de Jesús, en una postura de completa sumisión al Divino Maestro, que atrajo a Pli-nio, tan amante de las jerarquías. Dejemos que él mismo narre sus impresiones: «¡Qué respetable y venerable me parecía el gesto de Nuestro Señor Jesucristo con San Juan Evangelista! Siendo antiigualitario por vocación, por todos los impulsos de la gracia en mí, me extasié al contemplar la actitud tan bondadosa, pero también doctoral y grave, de Nuestro Señor en esa imagen que parecía decir algo que no era una censura a San Juan y sí a la naturaleza humana en cuanto afectada por el pecado original. San Juan Evangelista está filial, débil, sintiendo su propia fragilidad y pidiendo a Nuestro Señor que lo apoye en su debilidad. Le agrada oír los avisos que recibe sobre sus flaquezas, mas, al mismo tiempo, se reconoce insuficiente para vencerlo. Pero tiene tanta confianza y seguridad de que será atendido, siente tanta bondad por detrás de la advertencia solemne de Nuestro Señor, que hasta reclina la cabeza sobre sus hombros. […] Esto me hacía elevarme mucho y me hacía apreciar esa nobleza divina, regia, magistral de Nuestro Señor, que mi vista de niño, deseosa de ver expresiones mucho más altas aún de todo eso, procuraba anticiparlas, anteviéndolas desde ya, expresadas en Nuestro Señor».

La primera Confesión, tomada muy en serio

Ahora bien, para cumplir con las directrices del Papa, antes de ser admitidos los niños a la Comunión, todos debían presentarse en el tribunal de la Penitencia. En el caso de Plinio, la primera Confesión fue muy difícil, aunque él se la tomó con toda seriedad.
En la víspera de la solemnidad, la Fräulein Mathilde llevó a los niños a la iglesia. Al entrar, preguntó al niño:
— Plinio, ¿estás arrepentido de tus faltas?
Unos días antes, al escuchar la expresión llorar los pecados, Plinio no había entendido el sentido figurado de la expresión y dedujo que sólo tenía verdadera compunción la persona capaz de derramar lágrimas por el mal practicado. Él, sin embargo, de índole plácida y estable, aunque lamentaba sus faltas, no sentía ganas de llorar. Con recelo de hacer una Confesión sacrílega, respondió:

Fraulein Mathilde Heldmann

Fraulein Mathilde Heldmann

— ¡No!
Ella exclamó:
— ¿Cómo? ¡Arrepiéntete! ¡Haz un Vía Crucis y contempla la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo! Plinio obedeció, pensando que, de hecho, era conveniente para un alma «dura» como la suya y, después de hacer todas las estaciones, volvió a presentarse a la alemana. Ésta, inflexible, indagó:
— ¿Ya estás arrepentido?
— Todavía no.
— Ah, ¡tienes que arrepentirte! Así que, ¡otro Vía Crucis!
La institutriz tenía una noción inexacta de la contrición, creyendo que dependía del sentimiento, cuando, en realidad, es un acto de la razón proveniente de una gracia.
Otra cosa es el llamado don de lágrimas, que consiste precisamente en un arrepentimiento tan perfecto de la persona, que llega hasta el punto de llorar por causa de sus propias faltas. Sin embargo, ese sentimiento no es el resultado de un esfuerzo:
es también una gracia de Dios.
«La compunción no es una pena sensible sino un profundo tomarse en serio los datos ofrecidos por la Fe: “Si yo hice mal tal cosa, me pesa de haberla hecho y no voy a repetir lo que hice”».
«Por lo tanto, la esencia del arrepentimiento es: primero, la consideración lúcida del acto realizado; segundo, el reconocimiento de todo el mal que había en ese acto; tercero, ser consciente de que no debería haberlo practicado; cuarto, propósito de no repetirlo».
Finalmente, después de tres o cuatro Vía Crucis y varios intentos para despertar cierta conmoción de pesar, la Fräulein dijo:
— Bueno, vete ya a contarle al sacerdote el estado de tu alma.
Se dirigió al confesionario y leyó delante del sacerdote la lista de todas sus faltas, escritas cuidadosamente en un papelito para no olvidarlas. Después, declaró el problema de conciencia que le angustiaba. El confesor sonrió y le dio las aclaraciones pertinentes. Enseguida le dio la absolución y todo quedó resuelto. Cuando llegó a casa, Plinio se acordó de que se había olvidado la hojita en la iglesia y, afligido, le dijo a Doña Lucilia:
— Mamá, ¡he perdido el papel de la confesión! Debe haberse quedado en el confesionario, ¿qué hago? Imagine si alguien la
coge…
Doña Lucilia intentó calmarlo, porque sabía que no tenía ninguna falta por la que pudiese ser ridiculizado y respondió:
— Ahora ya está cerrada la iglesia; mañana tu madre irá para ver si encuentra la hojita. No te preocupes, hijo, quédate tranquilo.
Pero una criada, ya mayor, llamada Magdalena, que prestaba el servicio de lavandera para la familia, escuchó la conversación y le hizo gracia, así que interrumpió la tarea de ordenar la ropa y salió corriendo, para intentar encontrar la hoja. «Yo estaba muy incomodado pensando en la vergüenza que suponía que una tercera persona conociese la lista de mis pecados. Miré a mamá que, a pesar del apuro en el cual me veía, estaba en completa serenidad. Y pensé:“Si ella está tan tranquila, será porque no es tan grave”». Felizmente, Magdalena volvió diciendo que no había encontrado nada.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 268 ss.

Hablando con el Sagrado Corazón de Jesús

Al recordar aspectos de la larga y sacral convivencia que tuvo con su madre, el Dr. Plinio narra sucintamente hechos relativos a la vida de piedad de Doña Lucilia: su devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Rosario

Con los ojos cerrados y los labios cercanos al Corazón de Jesús

En el largo período en que viví con mamá en el apartamento de la Calle Alagoas -era sistemático, frecuentemente se daba eso –, yo llegaba tarde y entraba directamente a la sala de visitas de la casa, porque sabía que ella se encontraba allá, y casi siempre de pie, junto a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Ella era un poco baja, y la columna sobre la cual estaba la imagen era un poco alta para su estatura, entonces Doña Lucilia tenía dificultad de colocar los labios a la altura en que se encontraba el corazón. Entonces ella se quedaba un poco suspendida, con toda su alturita desenvuelta y hablando bajito al Corazón de Jesús. Naturalmente, mamá sabía que se trataba de una imagen de piedra, pero era un modo de hacer entender simbólicamente a Nuestro Señor que ella quería hablar directamente a su Corazón. Eso era hecho en una larga exposición, en la cual ella pedía esto, aquello y aquello otro… con los ojos enteramente cerrados, hablando tan suavecito que yo creo que ella no emitía ningún timbre de voz. Ella sólo movía los labios para decir lo que ella quería. ¡Allí ella hacía largas, largas insistencias! Ella nunca me dijo qué decía en esas ocasiones, pues prefería esquivarse de contarlo. Yo tampoco insistía, pues, cuando ella estaba hablando directamente con el Sagrado Corazón de Jesús, querer saber lo que ella conversaba con Él sería llevar la “intromisión” demasiado lejos. Yo sólo tenía el derecho de preguntar, si ella se sintiese enteramente en la libertad de no responder, claro está. Yo apenas veía que era un momento que a ella no le causaba nada de tensión, en el cual ella no creía estar oyendo nada de Él, pero sí sabía estar siendo oída; y de lo que ella hablaba, estoy seguro de que yo era muy beneficiado, ¡pero largamente!

Rezo del Rosario

Imagen de la Inmaculada Concepción que doña Lucilia siempre tuvo en su
cuarto en las sucesivas casas en que vivió

Era diferente el modo en que Doña Lucilia rezaba el Rosario. Ella lo rezaba, generalmente, en su cuarto, sentada junto a la cama, en una sillita de paja, por cierto muy bonita, pero nada cómoda, delante de la imagen de Nuestra Señora de la Concepción que hay allá en un oratorio. Mamá se sentía perfectamente bien en aquella silla, porque las personas de su tiempo no eran como las de mi generación, que necesitaban respaldo, brazo, etc. Yo mismo soy un gran apreciador de los sofás. Ella no, en una silla de paja común, sin apoyo para los brazos, estaba perfectamente bien. Y cuando era más joven, ella participaba de las comidas sin recostarse en el respaldo de la silla porque, en el tiempo de ella, esa era una de las reglas de la buena educación. Pero las hermanas de ella, por ejemplo – una con seis, otra con trece años menos que ella –, no tenían ese rigor. Mamá, por lo tanto, alcanzó el último tiempo de esa costumbre. Me acuerdo de ella, aún joven, rígida, sentada frente a la mesa, sin recostarse en el respaldo de la silla y haciendo tentativas de que mi hermana y yo nos sentásemos de la misma manera. Sobre todo conmigo, era un fracaso completo…
Queda aquí una reminiscencia más de nuestra convivencia.

(Extraído de conferencia de 17/12/1985)