Dignidad y compostura repletas de bondad

Doña Lucilia era categórica, inmensamente cariñosa, afable, llena de bondad, siempre dispuesta a hacer sacrificios e inmolaciones por cualquier persona, desde que estos estuviesen ordenados a la salvación eterna. Se veía en ella lo opuesto del mundo contemporáneo.

Se nota en estas fotografías de Doña Lucilia una decisión tomada, calma, dulce, pero inquebrantable. Ella tiene cierta idea de cómo debe ser el orden dentro del ser humano y, por lo tanto, también en la presentación exterior que la persona hace de sí misma.

Dignidad hasta en los momentos de comodidad

3p196aSe ve que ese orden corresponde justamente a lo que la Iglesia enseña sobre cómo debe ser una persona católica, apostólica y romana, tomando en consideración la situación, la edad y las relaciones que ella tiene.
Doña Lucilia está en una posición natural. Nada está tenso; por el contrario, todo está tranquilo y perfectamente ordenado. Hay un dominio del alma sobre el cuerpo, y la noción que el alma tiene de cómo debe ser la actitud del cuerpo es enteramente exacta y firme, coherente y definida.
Por otro lado, se comprende que una persona tan categórica sea inmensamente suave, afable, llena de bondad, y por esa razón esté dispuesta a hacer sacrificios e inmolaciones por cualquier persona, desde que estos estén ordenados a la salvación eterna.
Vemos en ella lo opuesto del mundo contemporáneo, el cual es todo lo contrario de eso.
Me acuerdo de ella tanto en la intimidad como en ocasiones de ceremonia. En la intimidad, principalmente en la casa de su madre, donde pasó la mayor parte de su vida, porque cuando mi abuela quedó viuda necesitó del apoyo de mi madre. La residencia de mi abuela era una casa grande, de techos altos, con todo el estilo, la seriedad y gravedad de las casonas antiguas. Los muebles armonizaban con eso: eran grandes y confortables, pero con cierta solemnidad.
Cuántas y cuántas veces yo entré en esta o aquella sala de la casa y encontré a mi madre sola, rezando o meditando, pensando, reflexionando. Nunca la vi en una actitud relajada. Aunque estuviese enteramente sola, con trajes del género de los que usaban las señoras de aquel tiempo cuando estaban en la intimidad, dignos, distinguidos, que permitían la comodidad y el confort; incluso así, su actitud era siempre de cierta dignidad, por no decir a veces con una punta de majestad.

Compostura que envolvía la idea de familia

Dr._plinioMe acuerdo de ella, por ejemplo, sentada en un sofá de tres lugares, de manera que una persona puede, sin estar propiamente acostada, extender las piernas un poco en cierta dirección, y puede quedar entre acostada y sentada. Mi madre estaba así, con el brazo apoyado en el brazo lateral del sofá, pensando. Las ventanas estaban abiertas, el día caliente, a decir verdad, la naturaleza del verano invadía la sala, dilatando y llenando todo.
Ella se quedaba en esa actitud muy frecuentemente. Usaba vestidos largos, de manera que dejaban aparecer solamente la punta de los zapatos. Estaba completamente distendida y pensando en algo que no se sabía qué era, pero se veía que en medio de todo aquello se empeñaba en conservar la nota y la distinción. Su compostura revelaba mucho la idea que ella hacía de familia. En el espíritu de Doña Lucilia, la familia era como un país minúsculo, con sus fronteras, su población, y yo casi diría, con su bandera. Las fronteras eran los muros de la casa; la población, los parientes; la bandera era algún blasón de armas, cuando la familia lo tenía. Así, todo aquel ambiente familiar era para ella como una nación minúscula, pero tenía también su dignidad y su importancia, así como un país puede tenerlas. Una persona puede ufanarse de su patria. Por ejemplo, nacer en Clermont-Ferrand, en Francia, donde Urbano II predicó la Cruzada, lanzó el grito Deus vult (1) y todos los cruzados tomaron la cruz, es como nacer en una especie de pequeña patria privilegiada dentro de la gran nación francesa. O entonces, ser natural de la pequeña ciudad de Domrémy, donde nació La Pucelle, o sea, Santa Juana de Arco, era un privilegio, porque allí esa virgen y mártir había recibido las revelaciones de las voces y la vocación, y de un modo general, toda su vida tenía como punto de referencia el minúsculo lugar llamado Domrémy que, sin dejar de ser minúsculo, adquirió una gran honra por el hecho de allí haber nacido Santa Juana de Arco.

Conciencia de la propia dignidad

Pertenecer a las antiguas familias de São Paulo era como tener un título de nobleza, y Doña Lucilia apreciaba mucho eso. Por esa razón, en la formación que ella nos dio a mi hermana y a mí, exigía siempre maneras y educación bien tradicionales. Cuando ella veía que uno de nosotros a veces se relajaba –los niños tienen esa mala tendencia hacia el relajamiento–, ella decía: “¡Acuérdate de quién eres tú!” Mi madre tomaba muy en consideración también la familia de mi padre, el Dr. João Paulo, que igualmente pertenecía a un linaje antiguo de Pernambuco, el cual tenía muchas analogías con las estirpes tradicionales paulistas, pero con esta diferencia: la cualidad principal de los paulistas es la de ser prácticos y hacer prosperar la economía; mientras los nordestinos son mucho más de cantar, hacer poesía, discursos, tener literatos y parlamentarios célebres, haciendo brillar los dones de la inteligencia.
A veces, para incentivarme a imitar las cualidades de la familia paterna, mi madre me decía: –“Acuérdate de tales parientes tuyos y aprende a hablar bien. No adquieras el lenguaje de los niños de tu edad; eso no vale de nada. Debemos tener un lenguaje mejor y más bello que el que corresponde al común de nuestra edad.”
Yo tengo la certeza de que, si muchas madres formaran a sus hijos así, Brasil sería otro.
Sin embargo, eso venía acompañado de una exigencia absoluta de desapego y nada de fanfarronada. Bastaba que un hijo o una hija contara algo para sobresalir, que ella lanzaba una mirada de reprobación, haciéndonos entender que no habíamos actuado bien.

El Rosarito de cristal y el adquirido en Aparecida

cap12_015A veces yo la encontraba sola, rezando con un rosarito de cristal que ella tuvo durante mucho tiempo, que sustituyó más tarde por otro que le compré en Aparecida (2), de calidad muy inferior, porque los objetos sagrados que se vendían en Aparecida, en aquella época, eran muy populares. Yo se lo compré porque no había algo mejor para comprarle, y quería darle un recuerdo al regresar a São Paulo. Le expliqué: “Mi bien, vea usted, es un rosarito que no vale nada. Apenas para recordarle que, estando en Aparecida, recé por usted.”
El rosarito de cristal, que valía mucho más, desapareció. Y muchas décadas después nunca la vi con otro rosario en la mano, a no ser con ese sin valor ni calidad, pero que para ella se prendía a un recuerdo: “Mi hijo, estando en Aparecida junto a Nuestra Señora, se acordó de mí con un afecto especial.”
Quien visita la casa de Doña Lucilia, nota la presencia de cuadros y otros adornos que conllevan un mundo de recuerdos, y el espíritu repleto de simbolismo que el presente rechazó del pasado. Se ve que ella los ponía allí dentro a propósito, para significar su unión de psicología y mentalidad con aquellos objetos.
Por ejemplo, en su cuarto de dormir hay un reloj de alabastro con el mostrador de esmalte, encimado por un adorno de bronce. Solo las palabras alabastro, esmalte y bronce ya llevan alguna connotación simbólica consigo. Ese reloj tiene todo el espíritu anterior a la Revolución Francesa, y queda muy sobresaliente en los aposentos de mi madre, de tal manera que marca el ambiente. Y así otra serie de cosas. Ahí están algunos datos, algunos recuerdos y muchas saudades.

(Extraído de conferencia del 16/2/1994)

1) Del latín: Dios lo quiere.
2) Basílica Santuario erigida en honor a la patrona de Brasil: Nuestra Señora Aparecida, situado en la ciudad del mismo nombre, en el estado de São Paulo.

Rezando en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús

Doña Lucilia era una persona muy respetable, digna y, al mismo tiempo, de una afabilidad y dulzura indecibles. Tales cualidades eran análogas a las existentes
en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en San Pablo. Esa iglesia parecía hecha para que ella fuese a rezar allí.

Para mi sensibilidad de hijo, al ver a Doña Lucilia rezando en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, me daba la impresión de que ella estaba allí como una católica en su lugar propio, en el ambiente, en la actitud, en la posición que conviene a un alma católica, al pie de un altar en donde recibe gracias muy grandes.

Iglesia digna, casi majestuosa

Quien visitaba esa iglesia notaba, desde la primera vez, una armonía de cualidades que no se encuentran frecuentemente reunidas. Es una iglesia muy digna, casi llega a ser majestuosa, pero al mismo tiempo muy afable, de manera que la persona se siente enteramente a gusto dentro de ella, completamente acogida como quien está en la casa paterna. Era la atmósfera que el propio Nuestro Señor Jesucristo creaba alrededor suyo, como se ve en el Evangelio. Es decir, las personas tenían por Nuestro Señor un respeto sin fin, sin límites, pero al mismo tiempo poseían facilidad de acceso junto a Él, hablaban, preguntaban, etc., y sentían su majestad juntamente con el cariño, la bondad, la amabilidad. En aquella iglesia, cuando el órgano toca alguna melodía polifónica o de canto gregoriano, encuentra allí sus resonancias adecuadas.
No es un templo riquísimo, sino una bonita iglesia parroquial, nada más que eso; por lo que no es comparable con la belleza de cualquier iglesia de Italia, en donde resaltan los mármoles suntuosos, los bronces, las grandes obras de arte, los grandes pintores, escultores y artistas de todo género, de modo que se ven cosas extraordinarias en cualquier iglesia. En el Corazón de Jesús, de San Pablo, no; todo es digno, pero es lo que América del Sur puede dar; nosotros tenemos aquello. Y Nuestro Señor recibe de buena gana la ofrenda de quien tiene poco. Hay una gracia en ese sentido. Ahora, transponiendo todo eso para el nivel tan inferior de una pura criatura humana, yo notaba en Doña Lucilia cualidades que me parecían análogas a aquellas que habían sido percibidas por mí en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Es decir, la personalidad de ella era muy respetable y muy digna, y al mismo tiempo de una afabilidad y dulzura indecibles. Una personalidad muy marcada por los sufrimientos de la vida, pero con una especie de alegría de quien sufre de buena gana, da con buen gusto aquello que tiene que entregar a Dios, y carga su cruz considerando natural cargarla, con el coraje sin pretensiones de quien cumple integralmente el deber de todos los días.

“Espere un poquito…”

…ella se levantaba y pasaba al altar del Corazón de Jesús.

Siempre fui muy observador, incluso en relación a mi propia madre; y muchas veces, por un movimiento instintivo, yo la miraba de reojo durante sus oraciones en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Viéndola rezar, yo pensaba: hay algo entre ella y esta iglesia por donde ella parece hecha para rezar aquí, y la iglesia parece hecha para que aquí ella rece. Hasta que cumplí once o doce años – no me acuerdo bien –, yo asistía a Misa en el Corazón de Jesús frecuentemente al lado de mamá. Después, cuando crecí, la costumbre era que los jóvenes asistiesen a Misa en las naves laterales, porque la iglesia se llenaba y convenía ceder los lugares a las señoras. Los hombres permanecían de pie. Un anciano podría permanecer arrodillado en medio de las señoras, pero para un joven, parecía una actitud orgullosa e inadecuada arrodillarse cuando había señoras a quienes debía ceder su lugar. Entonces, yo asistía a Misa en la nave lateral buscando, como siempre, poder mirar hacia la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora. Esa era mi primera intención, indiscutiblemente: entrar e ir para allá. Nunca tuve la menor duda a ese respecto. Al terminar el Santo Sacrificio, cuando todos comenzaban a retirarse, Doña Lucilia no era de las primeras en salir. Cuando la mayor parte de la gente se había retirado, ella se levantaba y pasaba al altar del Corazón de Jesús. Mi padre se quedaba esperándola, pero como no tenía la piedad de
ella, se quedaba afuera, en la puerta de la iglesia, conversando con el P. Falconi. Eran largas prosas, mientras mamá rezaba. Doña Lucilia rezaba notoriamente delante de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, pero naturalmente también delante de la imagen de Nuestra Señora, y, después, frente a aquel conjunto de esculturas del Niño Jesús en el Templo entre los doctores. Ella no oraba con los labios cerrados, sino que los movía ligeramente, acompañando lo que ella decía, de un modo tan rápido que no emitía el más mínimo sonido, y tampoco se llegaba a percibir lo que decía, porque era un movimiento minúsculo de los labios. Era su modo de ser. Cada uno tiene el suyo, ella era así. A veces mi padre entraba y le decía, siempre en tono muy cortés:
“Señora, ¿vamos?” Ella hacía una seña, como diciendo: “Espere un poquito…”
A lo largo de toda mi vida nunca vi a ninguno de los dos impacientarse con el otro o hacer alguna manifestación de impaciencia. Pero ella daba a entender lo siguiente: “Mira, tú puedes venir algunas veces aquí y aún me encontrarás…” Al final, los dos
íbamos a pie para la casa.

(Extraído de conferencia del Dr. Plino de 4/2/1986)