Joven y ya muy sufrida

Doña Lucilia, al centro, con su hermana, Yayá y su prima Anita

La fotografía adjunta presenta a Lucilia, en sus últimos años de soltera, junto a su hermana Yayá y su prima Anita. Están en una terraza, probablemente de la casa de la hacienda Jaguary, en São João da Boa Vista.

Su mirada refleja un pensamiento constantemente dirigido hacia consideraciones elevadas. En sus rasgos puede percibirse la precoz seriedad de quien, en la lozanía de su existencia, ya comprendió a fondo esta vida que la Salve Regina califica con gran belleza expresiva de “valle de lágrimas”. Sin embargo, no se aprecia en ella ni la menor señal de desánimo, acidez o amargura. Al contrario, por encima de todo aparecen dulzura, suavidad y bondad. Lucilia demuestra poseer en sí el bienestar de la virtud, de la aceptación del sufrimiento vivido en paz. Paz que, sin darse cuenta, ella irradia de forma discreta a su alrededor. Al analizarla, viene a la mente aquella frase del Evangelio: Bienaventurados los mansos de corazón, porque ellos poseerán la tierra ( Mt. 5, 5).

       Rosas pintadas por Doña Lucilia

Pero es imposible que alguien sea virtuoso de manera estable sin el auxilio de la gracia divina. Se observa en esta fotografía, dentro de la secuencia de las que la anteceden, de qué manera está siendo bien conducida la vida interior de Lucilia, penetrada cada vez más por una tierna devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de su Madre Santísima.

Un oasis de paz y de oración

Monasterio de la Luz

Uno de los lugares preferidos por Lucilia para sus ejercicios de piedad, dirigidos hacia la Madre de Dios, era el Convento de la Luz, bendito lugar que no había dejado de frecuentar desde que, siendo aún muy niña, venía de Pirassununga a São Paulo. Era en aquel lugar que lo sobrenatural más le tocaba el alma.
Quien se dirigiese en un carruaje desde los Campos Elíseos hasta el convento, como era entonces el caso de Lucilia, siempre en compañía de doña Gabriela, en menos de diez minutos vería erguirse un poco más allá del Jardín de la Luz el blanco edificio de las religiosas concepcionistas.
El fundador del convento, el Beato Fray Galvão, había sido un hombre de virtud eminente. Cuentan las crónicas que un día fueron a pedirle oraciones por un joven que sufría terribles dolores provocados por cálculos en la vesícula. Iluminado por una súbita inspiración, cogió el fraile una pluma y escribió tres veces, en una tira de papel este versículo del Oficio de la Santísima Virgen: Post partum Virgo, inviolata permansisti; Dei Genitrix intercede pro nobis. Hizo con él una minúscula bolita y ordenó que se lo diesen al enfermo para que lo ingiriera. Tras tomarlo, el chico se sintió curado casi instantáneamente, y desde entonces se hicieron célebres las “píldoras” o “papelitos” de Fray Galvão, que continuaron siendo repartidos por las monjas después de la muerte del taumaturgo, operando hasta hoy curas y conversiones.

Fray Galvao

Confiante en la poderosa intercesión de Fray Galvão para curar los males de hígado y vesícula que incomodaban cada vez más a su hija, doña Gabriela nunca dejaba de llevarse para casa una reserva de dichos “papelitos”. La joven Lucilia los tomaba todos los días, después de rezar la novena a Fray Galvão, pidiéndole que la curase o, al menos, atenuase su enfermedad. Durante toda su vida continuó recurriendo al siervo de Dios, a quien pedía diversas gracias.

Una bondad que nada podía hacer vacilar

En cierta ocasión, una señora acomodada que pasaba por una situación difícil no encontró mejor salida sino escribir a don Antonio, quejándose de que estaba enferma y no tenía quien la cuidara. Por ser buena amiga y cliente, él la invitó, de común acuerdo con doña Gabriela, a hospedarse durante una temporada en su casa, donde sus hijas velarían por ella.
Desbordante de afecto, Lucilia en seguida se desvivió en atenciones para con la enferma, cuyo mal exigía esmerados cuidados. Una persona de la casa, notó, sin embargo, al cabo de unos días, que la paciente no estaba a la altura de la solicitud de que era objeto, y le dijo a la dedicada enfermera:
— Lucilia, no seas tonta aplicándote tanto en el trato a esa señora. ¿Quieres saber lo que va a ocurrir? Cuando ella se sienta bien y esté a punto de marcharse, no te lo agradecerá; tal vez te dirá un simple “muchas gracias”, y luego se olvidará de ti… ¡Será a mí, que sólo paso a verla algunos momentos para contarle algún chiste, a quien se mostrará agradecida!
Lucilia respondió con serenidad:
— Está bien, pero yo la cuido porque papá quiere y por amor a Dios. La obra
de misericordia queda cumplida.
La huésped acabó sanando y, antes de partir, en el momento de la despedida, dijo secamente a su bienhechora:
—Lucilia, hasta luego. Gracias.
Para la otra, cálidas efusiones:
— ¡Te quedo muy agradecida! Has sido un ángel para mí: me has divertido, me has contado tantas cosas graciosas… ¡Has animado mi espíritu!
Tras retirarse la ingrata, la que había sido colmada de elogios recordó:
— ¿Has visto? ¿No te lo había dicho? Deja de dedicarte así a quien es malo,
porque sólo recibirás pedradas.
— Pero el bien ha sido hecho, respondió tranquilamente Lucilia.

Los predicados de Doña Lucilia estaban coronados por el oro de la virtud

D. Antonio

Muy estables y siempre intachables en el arte de convivir con los demás, los Ribeiro dos Santos ponían un especial empeño en mantener un trato ceremonioso incluso en la intimidad del hogar. Bondad y respeto, cortesía y gravedad, dignidad en cualquier circunstancia eran cualidades admirables que en el alma de la joven Lucilia aparecían coronadas por el oro de la virtud. De ello encontramos eco en una pequeña poesía compuesta por don Antonio, con ocasión del cumpleaños de su querida hija, para que la recitara una de sus hermanas:

¿Qué podré decirte
que exprese gratitud
por la bondad sin cuenta
de tu santo corazón?

Nada puedo, mas mis ojos
no ocultan la alegría
que siento en mi alma inocente
en este tan fastuoso día.

Esta alegría, bien la ves,
es hija de la gratitud,
pues siento cuánto te debe
mi infantil corazón.

Tanto amor, tanta bondad
con que siempre me has tratado
son bellas flores, lozanas,
que en mi pecho has plantado.

Son flores, flores del alma
eternas, como ella lo es,
incienso que arderá siempre
como perfume de Fe.

Siente, pues, lo que te digo
como la fiel expresión
de lo que por ti siento en el alma
de amistad y gratitud.

Hoy, tras haber atravesado la barrera del tiempo, estos versos dan testimonio del carácter afectivo y benévolo de Lucilia, ya en su más tierna juventud. Con el paso de los años, esas virtudes se acrisolarán de tal forma en su alma que, ante la perspectiva de hacer el bien, estaba dispuesta a sacrificar incluso sus conveniencias personales.

Doña Lucilia en Sao Paulo

Una bella y espaciosa residencia llama la atención de quien atraviesa la esquina de la Alameda Barón de Limeira con la Alameda Glete, próxima al Palacio de Gobierno. La luz que se filtra por los encajes de las cortinas sugiere una noble, serena y acogedora atmósfera interior, impresión acentuada por la suave melodía que emana de un piano impecablemente tocado. Desde la calle, una escalinata de unos quince peldaños de mármol blanco nos lleva hasta la entrada principal, en el piso superior. Al atravesar sus umbrales, nos encontramos en pleno palacete Ribeiro dos Santos.

Varias décadas más tarde, aún se oiría a doña Lucilia, ya muy próxima de su viaje hacia la eternidad, contar con atrayente sencillez los episodios que, en el tiempo de su juventud, había presenciado en aquel hogar tan perfumado por los diversos aromas de la Belle Epoque. Ella destacaba la paz, la distinción y la bienquerencia de los tiempos en que formó su mentalidad. Habituada a ese tono superior, conservaba, sin embargo, el gusto por las diversiones sencillas. Dentro de los pasatiempos caseros la encontramos ya desde muy joven inclinada hacia la música, arte en el que se reflejaba su forma de tratar a los demás, totalmente impregnada de inocencia. Además de dominar el piano, le encantaba también tocar la mandolina. Sus delicados dedos se deslizaban suavemente sobre las cuerdas y los trastes de nácar de uno de esos instrumentos que su padre le
había regalado y que ella conservó con cariño hasta sus floridos 92 años.

Sensible a la belleza de la naturaleza vegetal, a Lucilia le gustaba asimismo coger flores en los parques de la tranquila y distinguida São Paulo. Por Semana Santa, florecían las del maracujá. En ellas se apreciaba una peculiar coincidencia con el tiempo litúrgico, pues poseía algunas particularidades que recordaban los instrumentos de la Pasión, razón por la que era conocida como “Flor de la Pasión”, o pasiflora. A estas  características de la flor se añadía también la del raro y agradable sabor de la fruta, lo que las convertía a ambas en blanco de las atenciones de Lucilia, quien las cogía en uno de estos árboles existente cerca de su casa. Le gustaba mostrar la belleza que había en que la Providencia creara una flor para contener, como en un relicario, los recuerdos de los
sufrimientos de Nuestro Señor. Así, algo tan frágil le traía profundas reflexiones;
y tal vez por su simbolismo la considerase la reina de las flores, y no a la rosa, como
corrientemente imaginan los poetas.