Una bondad que nada podía hacer vacilar

En cierta ocasión, una señora acomodada que pasaba por una situación difícil no encontró mejor salida sino escribir a don Antonio, quejándose de que estaba enferma y no tenía quien la cuidara. Por ser buena amiga y cliente, él la invitó, de común acuerdo con doña Gabriela, a hospedarse durante una temporada en su casa, donde sus hijas velarían por ella.
Desbordante de afecto, Lucilia en seguida se desvivió en atenciones para con la enferma, cuyo mal exigía esmerados cuidados. Una persona de la casa, notó, sin embargo, al cabo de unos días, que la paciente no estaba a la altura de la solicitud de que era objeto, y le dijo a la dedicada enfermera:
— Lucilia, no seas tonta aplicándote tanto en el trato a esa señora. ¿Quieres saber lo que va a ocurrir? Cuando ella se sienta bien y esté a punto de marcharse, no te lo agradecerá; tal vez te dirá un simple “muchas gracias”, y luego se olvidará de ti… ¡Será a mí, que sólo paso a verla algunos momentos para contarle algún chiste, a quien se mostrará agradecida!
Lucilia respondió con serenidad:
— Está bien, pero yo la cuido porque papá quiere y por amor a Dios. La obra
de misericordia queda cumplida.
La huésped acabó sanando y, antes de partir, en el momento de la despedida, dijo secamente a su bienhechora:
—Lucilia, hasta luego. Gracias.
Para la otra, cálidas efusiones:
— ¡Te quedo muy agradecida! Has sido un ángel para mí: me has divertido, me has contado tantas cosas graciosas… ¡Has animado mi espíritu!
Tras retirarse la ingrata, la que había sido colmada de elogios recordó:
— ¿Has visto? ¿No te lo había dicho? Deja de dedicarte así a quien es malo,
porque sólo recibirás pedradas.
— Pero el bien ha sido hecho, respondió tranquilamente Lucilia.

Los predicados de Doña Lucilia estaban coronados por el oro de la virtud

D. Antonio

Muy estables y siempre intachables en el arte de convivir con los demás, los Ribeiro dos Santos ponían un especial empeño en mantener un trato ceremonioso incluso en la intimidad del hogar. Bondad y respeto, cortesía y gravedad, dignidad en cualquier circunstancia eran cualidades admirables que en el alma de la joven Lucilia aparecían coronadas por el oro de la virtud. De ello encontramos eco en una pequeña poesía compuesta por don Antonio, con ocasión del cumpleaños de su querida hija, para que la recitara una de sus hermanas:

¿Qué podré decirte
que exprese gratitud
por la bondad sin cuenta
de tu santo corazón?

Nada puedo, mas mis ojos
no ocultan la alegría
que siento en mi alma inocente
en este tan fastuoso día.

Esta alegría, bien la ves,
es hija de la gratitud,
pues siento cuánto te debe
mi infantil corazón.

Tanto amor, tanta bondad
con que siempre me has tratado
son bellas flores, lozanas,
que en mi pecho has plantado.

Son flores, flores del alma
eternas, como ella lo es,
incienso que arderá siempre
como perfume de Fe.

Siente, pues, lo que te digo
como la fiel expresión
de lo que por ti siento en el alma
de amistad y gratitud.

Hoy, tras haber atravesado la barrera del tiempo, estos versos dan testimonio del carácter afectivo y benévolo de Lucilia, ya en su más tierna juventud. Con el paso de los años, esas virtudes se acrisolarán de tal forma en su alma que, ante la perspectiva de hacer el bien, estaba dispuesta a sacrificar incluso sus conveniencias personales.

Doña Lucilia en Sao Paulo

Una bella y espaciosa residencia llama la atención de quien atraviesa la esquina de la Alameda Barón de Limeira con la Alameda Glete, próxima al Palacio de Gobierno. La luz que se filtra por los encajes de las cortinas sugiere una noble, serena y acogedora atmósfera interior, impresión acentuada por la suave melodía que emana de un piano impecablemente tocado. Desde la calle, una escalinata de unos quince peldaños de mármol blanco nos lleva hasta la entrada principal, en el piso superior. Al atravesar sus umbrales, nos encontramos en pleno palacete Ribeiro dos Santos.

Varias décadas más tarde, aún se oiría a doña Lucilia, ya muy próxima de su viaje hacia la eternidad, contar con atrayente sencillez los episodios que, en el tiempo de su juventud, había presenciado en aquel hogar tan perfumado por los diversos aromas de la Belle Epoque. Ella destacaba la paz, la distinción y la bienquerencia de los tiempos en que formó su mentalidad. Habituada a ese tono superior, conservaba, sin embargo, el gusto por las diversiones sencillas. Dentro de los pasatiempos caseros la encontramos ya desde muy joven inclinada hacia la música, arte en el que se reflejaba su forma de tratar a los demás, totalmente impregnada de inocencia. Además de dominar el piano, le encantaba también tocar la mandolina. Sus delicados dedos se deslizaban suavemente sobre las cuerdas y los trastes de nácar de uno de esos instrumentos que su padre le
había regalado y que ella conservó con cariño hasta sus floridos 92 años.

Sensible a la belleza de la naturaleza vegetal, a Lucilia le gustaba asimismo coger flores en los parques de la tranquila y distinguida São Paulo. Por Semana Santa, florecían las del maracujá. En ellas se apreciaba una peculiar coincidencia con el tiempo litúrgico, pues poseía algunas particularidades que recordaban los instrumentos de la Pasión, razón por la que era conocida como “Flor de la Pasión”, o pasiflora. A estas  características de la flor se añadía también la del raro y agradable sabor de la fruta, lo que las convertía a ambas en blanco de las atenciones de Lucilia, quien las cogía en uno de estos árboles existente cerca de su casa. Le gustaba mostrar la belleza que había en que la Providencia creara una flor para contener, como en un relicario, los recuerdos de los
sufrimientos de Nuestro Señor. Así, algo tan frágil le traía profundas reflexiones;
y tal vez por su simbolismo la considerase la reina de las flores, y no a la rosa, como
corrientemente imaginan los poetas.

Una fiesta en casa de Doña Veridiana

Doña Lucilia recordará con saudades las reuniones familiares a que asistió en su juventud, presentándolas como ejemplo del refinado lujo, del elevado trato y del buen gusto imperantes entre las familias tradicionales. Sin embargo, con extrema delicadeza y modestia, siempre tomará el cuidado de excluir cualquier elogio a los suyos. Entre las suntuosas fiestas con que la sociedad de São Paulo ocupaba su tiempo libre, se destacó especialmente una de las organizadas por la gran matriarca paulista Dª Veridiana Valeria da Silva Prado. Como a doña Gabriela le era totalmente imposible asistir, la anfitriona quiso verla representada por Lucilia, aunque ésta era aún muy jovencita. Doña Gabriela, amante del protocolo, ponderó:

— Lo que va a ocurrir es que, como es tan niña, no podrá bailar y no tendrá nada que hacer.

Pero doña Veridiana, con la intimidad de trato que tenía con su amiga, insistió:

—No importa. Me quedaré a su lado toda la noche si es necesario; pero quiero que venga…

De hecho, la anfitriona permaneció con la joven Lucilia toda la noche, haciéndola pasear por todas las atracciones de la fiesta. En el jardín de la mansión — hoy sede del Club São Paulo— se deslizaban góndolas sobre las aguas de un bello lago artificial, iluminado con faroles de diversos colores colocados a su alrededor. Los gondoleros cantaban, la orquesta tocaba melodías de la época, un riquísimo buffet de delicias europeas y nacionales estaba a disposición de los invitados durante toda la noche. Engalanadas con ropas de seda, las señoras conversaban en los espaciosos salones, mientras los hombres, vestidos con chaqué, comentaban el último discurso político.

Mansión de Doña Veridiana

Maravillada, Lucilia participó de las diversiones hasta que, manifestando inequívocas señales de cansancio, fue rendida por el sueño. La fiesta, sin embargo, aún debía prolongarse hasta el amanecer. Doña Veridiana, con el encanto característico de las damas paulistas, que bien sabían aliar la bondad al protocolo de un encuentro social, en seguida ofreció a la joven su propia cama para que descansara en ella.

Lucilia durmió profundamente. Cuando se despertó, la brillante luz del sol ya penetraba por las rendijas de las ventanas, permitiéndole contemplar las excelentes pinturas al óleo del techo del cuarto. Sólo entonces se dio cuenta de que había pasado la noche en un aposento que no era el suyo.