Reflejos de la devoción a Nuestra Señora en el alma de doña Lucilia

cap13_003La piedad de doña Lucilia, de la cual ella casi no hablaba, era poco bulliciosa, pero podía notarse en todo. Se parecía mucho a su modo de ser comunicativo, afable, pero muy discreto. Tal como su tono de voz, dulce, suave, semejante a los diversos registros de un órgano que tocase bajito y armoniosamente en una pequeña capilla, su devoción ardiente permanecía siempre envuelta en un velo de discreción.
Así era su fervor hacia la Madre de Dios, del que se podría decir que empezó en el momento en que las aguas del Bautismo fueron derramadas sobre su frente. Una de las prácticas que más la hizo crecer en esta devoción fue, evidentemente, el rezo del Santo Rosario, al que se había acostumbrado desde su remota juventud. Durante mucho tiempo usó un bonito rosario de cristal, hasta el día en que el Dr. Plinio le trajo otro del Santuario de Aparecida. Ella, ciertamente, no olvidó nunca las palabras de su hijo al entregarle aquel modesto pero cuán significativo regalo:
— Mi bien, mire usted, es un rosario de poco valor. Se lo traigo sólo para que se acuerde de que, estando en Aparecida, recé por usted.
Aunque muy simple, doña Lucilia pasó a usarlo, pues se relacionaba con un recuerdo: “Mi hijo, estando en Aparecida, junto a Nuestra Señora, se acordó de mí con especial afecto.”
Entre las invocaciones de la Santísima Virgen había una que tocaba más especialmente el alma maternal de doña Lucilia, siempre dispuesta a atender las necesidades de sus hijos, antes incluso de que se lo pidiesen: la de Nuestra Señora de las Gracias.
En la pequeña imagen francesa que tenía en su cuarto, la Santísima Virgen se presenta con los brazos abiertos, como compadeciéndose de las flaquezas humanas, y deseosa de distribuir los tesoros de sus gracias a aquellos que se colocan bajo su manto protector.

* * *

El espíritu humano es modelado por el objeto de su admiración. Nuestras almas son como espejos. Si damos culto a Nuestra Señora, un poco de su excelsitud se refleja en nosotros. Sin duda, algo de eso sucedió con doña Lucilia. Los episodios cotidianos de los últimos años de su vida dejaban traslucir de modo especial esa elevación de alma que perfumaba todos sus gestos.

Un pacto para la eternidad

cap12_047Un día estaban doña Lucilia y su esposo en el comedor, contemplando las bellezas del atardecer, que en la ciudad de São Paulo se reviste con frecuencia de bonitas tonalidades. Pero ella no se limitaba a apreciar desde el punto de vista natural la cambiante vivacidad de los colores ígneos con los que el sol, en su declive lento y majestuoso, iba pintando los rizos de las nubes, aparentemente diseminados en el cielo por manos invisibles. Su espíritu rápidamente se elevaba a consideraciones de orden sobrenatural. Y esta escena le trajo a la mente cuán próximos estaban, ella y su esposo, del ocaso de la vida terrena y de la aurora de la eternidad. Le hizo entonces la siguiente propuesta:
— João Paulo, ¿vamos a hacer un pacto?… Ya estamos con muchos años y no sabemos quién de nosotros se va a quedar solo. Aquel que se quede reza por el otro un Ave María todas las tardes delante de la puesta de sol. Don João Paulo consintió. Sería él el gran beneficiado de ese acuerdo, pues en breve terminaría sus días, y ella cumpliría fielmente la promesa hasta el fin de su vida.

“Hijo, mamá ha comprado esto para ti”

Aunque la felicidad eterna de los suyos fuese la principal preocupación de doña Lucilia, continuaba observando las pequeñas obligaciones provenientes de la mutua relación familiar, en las cuales el afecto era la primera regla. Por eso, al aproximarse el final del año, o el cumpleaños de alguien, doña Lucilia iba pensando ya en los regalos.
La elección era hecha según la medida del afecto, y nunca en función del valor de los recuerdos anteriormente recibidos. Ella nunca condescendería a rebajar una amistad a una relación casi comercial.
Para doña Lucilia, las festividades de fin de año comenzaban siempre unos días antes, o sea, a partir del cumpleaños del Dr. Plinio, el 13 de diciembre. Con mucha antelación iba separando el dinero necesario para los gastos y —con su manera peculiar— lo envolvía en un papel en el que escribía la finalidad, formando pequeños rollos. Lo cual estaba muy acorde con la minuciosidad y perfección con que hacía las menores cosas.
A su hijo siempre le regalaba corbatas. Desde hace mucho tiempo ella no las compraba personalmente, y lo dejaba a cargo de don João Paulo. Como éste, desde joven, se vestía con muy buen gusto, doña Lucilia confiaba siempre en su elección. ¿Por qué? Porque “João Paulo se viste bien”. Era para ella un paradigma.
Para el Dr. Plinio lo que le daba verdadero valor al regalo eran las palabras —envueltas en tanto cariño que llenaban el alma de dulzura— escritas por su madre, no en una tarjeta, sino en el papel de seda de la propia caja de la corbata. Ese pormenor, un tanto inusitado, daba especial sabor a su gesto, pues dejaba traslucir un trazo de su personalidad. Doña Lucilia, al entregar a su hijo el regalo, con afecto decía:
— Filhão, mamá ha comprado esto para ti.

En coloquio con el Divino Redentor

Inmersa en la oración, con frecuencia no se daba cuenta de la llegada de su hijo, a lo que contribuía su audición progresivamente disminuida. Él, no queriendo interrumpirla, anunciaba su presencia con un leve toque de mano, a lo que doña Lucilia respondía con un discreto gesto con los dedos, como diciendo: “Hijo mío, hago una señal tan pequeña porque estoy en coloquio con Nuestro Señor, y ante él cualquier persona es nadie…” Y permanecía en la misma actitud de recogimiento, rezando, rezando…
Pero si la oración se prolongaba mucho, el Dr. Plinio intentaba convencerla de que se fuese a dormir. Doña Lucilia, queriendo ganar un poco más de tiempo, respondía: “Hijo, espera un poquito; ve haciendo tus cosas que dentro de poco termino”.
Otras veces el Dr. Plinio se aproximaba por detrás, sin hacer ruido, y de modo afectuoso la envolvía con sus brazos. Doña Lucilia, sabiendo que era su hijo, no manifestaba la menor sorpresa, se volvía calmamente, lo besaba e intercambiaba con él algunas palabras. En esas ocasiones era bonito ver cómo cambiaba de modo lento y ordenado su estado de espíritu, pasando de la consideración de lo Infinito para lo finito, con armonía y naturalidad.
Acabada la conversación, si doña Lucilia hacía mención de volver a rezar, el Dr. Plinio intentaba convencerla cariñosamente de que se fuese a dormir.
Don João Paulo a veces se despertaba e iba hasta el salón a llamar a doña Lucilia.
Y exclamaba con cierto énfasis, abriendo los brazos de modo muy peculiar:
— ¡Señora, las tres de la mañana… Señora!
Doña Lucilia, sin perturbarse, se volvía ligeramente hacia su esposo y le hacía una discreta señal con la punta de los dedos, indicando que ya iría. A lo que él retrucaba:
— ¡Ah, no! No vas a venir, sino que te quedarás rezando.
Ella, sin responder, continuaba un poco más, concluía la oración, hacía lentamente la señal de la cruz, besaba por última vez la imagen del Sagrado Corazón y entonces se dirigía hacia el cuarto tranquilamente.
Pero aún más que en estos coloquios con el Sagrado Corazón de Jesús, la ocasión por excelencia en que doña Lucilia disponía todo su ser hacia la consideración del Infinito era el momento de recibir a Nuestro Señor Jesucristo, presente en las Especies Eucarísticas.

Adoración a Jesús Sacramentado y al Santo Leño

Los domingos, doña Lucilia asistía a Misa en la iglesia de Nuestra Señora de la Consolación o en la de Santa Teresita. Normalmente iba apoyada en el brazo de don João Paulo. La seriedad y el recogimiento con que asistía al Santo Sacrificio eran motivo de edificación para todos. Su modo de aproximarse a la mesa eucarística, su encuentro con Nuestro Señor sacramentado, dejaron inolvidables recuerdos a cuantos la conocieron.
Tras su muerte, el Dr. Plinio contó la impresión que le causaba la escena: “A veces, con naturalidad, mis ojos se fijaban en ella en el momento en que recibía la Comunión y durante su acción de gracias. Aquella escena se quedó grabada en mi memoria. “Era un modo de comulgar muy serio, muy respetuoso pero, por decirlo así, extremamente aterciopelado. Ella colocaba todo su ser dentro de una especie de atmósfera de respeto, de ternura, de dulzura. Se veía que aplicaba el espíritu, haciendo con suave empeño e insistencia sus pedidos. No sé cuáles eran estos pedidos, pero estoy seguro que yo tenía parte en ellos.”

Cuando recibía la visita de un prelado que en aquel tiempo frecuentaba el apartamento de la calle Alagoas, doña Lucilia tenía oportunidad de exteriorizar su profundo amor y respeto a Nuestro Señor prestando culto a la reliquia de la Santa Cruz incrustada en la cruz pectoral de dicho eclesiástico. A pesar de ser ya mayor, se levantaba nada más llegar el prelado y siempre le pedía permiso para adorar la Santa Cruz. Éste ya se había acostumbrado, y al aproximarse le iba extendiendo la cruz. Con gran veneración, saludaba al prelado besando la amatista del anillo episcopal e inmediatamente después la reliquia, a su manera: cerraba los ojos y permanecía algunos instantes en oración. A continuación, con un gesto, le ofrecía asiento al prelado y sólo entonces comenzaban la conversación. En este pequeño acto de adoración a un fragmento de la Santa Cruz de Nuestro Señor se notaba el mismo estado de espíritu —a la vez profundamente respetuoso y devoto— con que ella comulgaba.

cropped-sdl-13.jpg

“Ah, Plinio… qué mezcla explosiva”

jc-16

Ah, Plinio… qué mezcla explosiva, ¿no?

Transcurría aún el año 1956. En el vestíbulo del edificio de la calle Vieira de Carvalho, un joven de 17 años esperaba la llegada del ascensor cuando, al mirar hacia el portal, vio entrar a una distinguida señora. Era doña Lucilia, que volvía de algún paseo con el Dr. Plinio, y ambos se dirigían al sexto piso, donde don João Paulo les esperaba para regresar a casa. Doña Lucilia intentaba apoyarse en el brazo izquierdo del Dr. Plinio para subir tres o cuatro escalones. Inmediatamente aquel joven bajó y le ofreció el brazo derecho, lo que ella aceptó con toda naturalidad, apoyándose levemente, no queriendo pesar sobre quien la ayudaba.
Llegando al ascensor, el joven abrió la puerta para que pasasen ella y el Dr. Plinio, el cual —¡agradable sorpresa!— lo convidó a entrar también. El Dr. Plinio se lo presentó a doña Lucilia de una forma un poco más íntima y graciosa:
— Mamá, este es João Cla, hijo de una italiana y de un español.
Con aire bondadoso, ella miró al joven y frunció un poco el ceño, dando a entender que lo analizaba con especial atención. En seguida, se volvió hacia su hijo, esbozó una ligera sonrisa y, un poco en broma, dijo de modo amable:
— Ah, Plinio… qué mezcla explosiva, ¿no?
Aquel joven nunca más se olvidaría de tan dulce y feliz encuentro.

El encanto de un hidalgo español

Bastaba tener el alma abierta a lo sobrenatural para sentirse inmediatamente atraído por la gran benevolencia de doña Lucilia, incluso sin conocerla a fondo. Los lados buenos del alma se regocijaban y se sentían fortalecidos, reanimados en el trato con ella. Fue lo que le ocurrió a un hidalgo español de paso por São Paulo.
Un día, muy temprano, cuando toda la familia dormía aún, sonó el timbre del apartamento. Al abrir la puerta, la empleada se encontró a un extraño, hablando una lengua que ella no entendía. Avisó entonces al Dr. Plinio, quien fue a ver de quién se trataba. Era un hidalgo español, alto y de buena presencia, con quien había trabado amistad en uno de sus viajes a España. Tal vez por el cansancio del viaje y porque la empleada no entendía sus palabras, el recién llegado parecía un poco impaciente. El Dr. Plinio lo recibió con amabilidad y lo invitó a cenar en casa esa noche.
A la hora convenida, naturalmente también estaban en la mesa los padres del Dr. Plinio. La desbordante bondad de doña Lucilia cautivó vivamente al visitante desde que le fue presentada. Éste, durante toda la cena, la miraba repetidas veces con evidente encanto, hasta que en cierto momento se volvió hacia el Dr. Plinio y exclamó con un énfasis típico de su pueblo: “¡Cómo me gusta ella!” Y para mejor manifestar su simpatía, le acariciaba la mano, repitiendo varias veces la misma exclamación.
La escena marcó profundamente al Dr. Plinio, no sólo por la forma inusual —si bien que hidalga y franca— con que el visitante expresó sus sentimientos, sino sobre todo porque alguien de temperamento tan diferente al brasileño, se mostraba de tal manera sensible a las cualidades de alma de doña Lucilia.

Ojos contemplativos en los que hay un firmamento

cap13_010Después de un caliente día del verano de 1959, cuando el frescor de la noche parecía dar descanso al exuberante arbolado de algunas calles de la ciudad, se pudo asistir a una escena especialmente bonita: auxiliada por su hijo, doña Lucilia se aproximaba con paso lento y solemne a la puerta de entrada del auditorio donde se realizaría una de las últimas conferencias públicas de su hijo a la que ella comparecería.

cap13_001
Una fotografía sacada en aquella ocasión, en la cual doña Lucilia aparece sentada en la primera fila entre su sobrino, D. Adolpho Lindenberg, y la esposa de este, doña Teresa, nos llama especialmente la atención. Quizá sea de las fotografías que mejor expresan su perfil psicológico y moral. En su mirada contemplativa, a la búsqueda de un firmamento, nos es permitido entrever cierto fondo de tristeza y melancolía, al que se mezcla algo de dulzura, presente como siempre en todas sus actitudes. El modo de sujetar el bolso y de apoyar levemente su mano sobre él, o la manera de arreglarse el chal, señalan gestos inadvertidos pero muy distinguidos. Por otro lado, se ve que no está ajena a la realidad externa y sigue la conferencia sin distraerse. Sin embargo, la expresión de su fisonomía es de quien tiene lo mejor de su atención dirigida hacia pensamientos elevados.
Esa magnífica conjugación de sentido común y elevación de alma, características del espíritu católico medieval, llenaban la noble alma de doña Lucilia en pleno siglo XX.

Una lamparita a los pies del Sagrado Corazón de Jesús

cap13_017

…su manual de piedad predilecto, el Goffiné…

Con el transcurso de los años, doña Lucilia fue siendo obligada a reducir, poco a poco, sus tareas domésticas, pues, como era natural, le iban faltando las fuerzas. Sin embargo, no se quedaba inactiva y llenaba los ratos libres con su ocupación preferida: la oración, la silenciosa intimidad con el Sagrado Corazón de Jesús.
Bajo la misericordiosa mirada de la bella imagen permanecía las mañanas en su cuarto pasando infatigablemente las cuentas de su rosario, alternando el rezo de éste con letanías y novenas, además de otras oraciones, en general sacadas de su manual de piedad predilecto, el Goffiné (Manual del Cristiano, del P. Leonardo Goffiné (1648-1719)), que poseía desde su juventud.
Una de sus oraciones preferidas era la “Novena irresistible al Sagrado Corazón de Jesús”, que debe haber rezado con mayor insistencia en los períodos de prueba.
Otra oración con la cual doña Lucilia imploraba también la protección divina era el Salmo 90, que copió con su bonita letra. A lo largo del día, según las circunstancias e intenciones por las que rezaba, doña Lucilia hacía sus oraciones en diferentes lugares de la casa: andando lentamente por el corredor; sentada en el comedor mientras miraba la puesta de sol sobre los árboles de la Plaza Buenos Aires; en el cuarto de su hijo, delante de las imágenes que estaban sobre la mesa de noche; o, con más frecuencia, en el escritorio, sentada en la mecedora, que hacía oscilar casi imperceptiblemente.

cap13_018

…el Salmo 90, que copió con su bonita letra

Quien la viese entonces no sabría decir si había interrumpido sus oraciones vocales para meditar o viceversa… pues contemplación y oración constituían un todo en su espíritu.
Con la llegada de la ancianidad, doña Lucilia se habituó a rezar hasta altas horas de la madrugada, delante de la imagen de alabastro del Sagrado Corazón de Jesús reinante en el salón principal de la casa. Cuando el Dr. Plinio volvía tras una noche de intensa actividad, aún la encontraba en ese lugar, muchas veces de pie, con el porte erecto a pesar de la edad, los labios muy próximos del Sagrado Corazón de Nuestro Señor, no raramente con los ojos cerrados y el rosario en la mano. Daba la impresión de que acababa de hablar con Jesús en aquel instante.
Según el empeño que tenía al formular sus intenciones, colocaba reverentemente la punta de sus finos dedos sobre los divinos pies o las adorables manos del Salvador. Quien la viese rezar así —con tanta humildad, plenamente convencida de ser amada por Nuestro Señor, y recelosa de faltar a la delicadeza y a la reverencia a Él debidas— no podría dejar de conmoverse profundamente. Doña Lucilia rezó tanto delante de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que a ésta quedó vinculado algo de su persona. En los pies, en la rodilla izquierda y en las manos de esa imagen, ligeramente marcados por sus besos, dejó doña Lucilia el testimonio de la insistencia de sus pedidos y de la intensidad de sus actos de adoración.

Doña Lucilia cumple 80 años…

Doña Lucilia cumple 80 años: tres fotografías, tres aspectos de alma

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda) y su bisnieto Francisco Eduardo

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda)
y su bisnieto Francisco Eduardo

A partir del momento en que completó los 80 años de edad sus virtudes se hicieron aún más notorias a los ojos de aquellos que habían tenido la gracia de observarla. Analizando de nuevo los diversos aspectos de la matizada alma de doña Lucilia podemos decir que, tal vez, los más bellos eran armónicamente opuestos: por un lado, su gran bondad, que traslucía en su trato afable, siempre dispuesta a inclinarse sobre los otros para hacerles el bien; por otro lado, su firmeza, seriedad e inquebrantable fidelidad al modo de ser católico. Todas estas cualidades las inhalaba del Divino Maestro.
Tres fotografías sacadas poco antes del 22 de abril de 1956 nos atestiguan los magníficos lados de alma de doña Lucilia. En aquella ocasión la encontramos en casa de su nieta, doña Maria Alice. En la primera podemos ver a doña Lucilia agarrando al pequeño Francisco Eduardo, su bisnieto. Es de las pocas que la retratan conversando. Es tan comunicativa que da casi la impresión de tener movimiento. Su mirada es expresiva y en su conjunto se nota el deseo de agradar a los circundantes como sólo ella sabía hacerlo. Sin embargo, la fisonomía es de quien vive un paréntesis de alegría y de distensión en una vida en la que no faltan las cruces. Aquellos 80 años, para quien pautó su existencia por la fidelidad a Nuestro Señor Jesucristo, no podían dejar de ser un largo Vía Crucis. ¡Cuántos recuerdos de todas clases habrán pasado por la mente de doña Lucilia ese día! La segunda fotografía muestra otro estado de espíritu.

cap13_007Su mirada profunda y pensativa está considerando amplios horizontes, en el fondo de los cuales se encuentra Dios. Se diría que es una contemplativa que vive en la clausura bendita de su monasterio, dirigida sólo hacia los asuntos celestiales. Pero no. Enmarcando esa mirada vemos la fisonomía de una dama tradicional que vive la vida social en pleno siglo XX.
En su porte trasluce un carácter afirmativo. La forma de cerrar los labios es de quien serenamente afirma no ceder, retroceder o transigir nada en materia de principios, para obtener una sonrisa. El camino está elegido y está decidida a seguirlo hasta el final.
La misma actitud de alma está presente en las fotografías sacadas en otras ocasiones, notablemente en las de París. Ellas forman una colección en la que está patente la gran continuidad psicológica de su vida, que ninguna vicisitud fue capaz de alterar.
Muchos años después de la muerte de doña Lucilia, su hijo evocaría con saudades su octogésimo cumpleaños al comentar los recuerdos que la segunda fotografía le traía: “Varias veces en la vida la vi perpleja, con algo de esta fisonomía. Ella mantenía el semblante inmóvil, sin fruncir el ceño, fijaba la mirada en un punto indefinido y como ausente del propio rostro, meditaba. Era señal de que alguna preocupación tomaba su espíritu, y calmamente se preguntaba cómo actuar. “Cuando juzgaba que sus recelos se confirmaban, se entregaba resignada y confiante en las manos de Dios. En esas ocasiones, lo que yo admiraba más en ella era la calma durante la preocupación.”

cap13_008La última de las fotografías constituye una interesante prueba de la bienquerencia de doña Lucilia, cualidad de alma que tanto marcó su existencia. Además de su elevada distinción, se nota una gran alegría en su fisonomía por tener en los brazos un bisnieto a quien podía envolver con toda la protección de su acogedor afecto.

Presencia dulce y suave

Todavía hoy, si cruzásemos la puerta del apartamento de la calle Alagoas, nos llamaría la atención la atmósfera de calma allí reinante. Parecería que al entrar en una de las salas encontraríamos a doña Lucilia sentada en algún sillón, entregada a profundas reflexiones, o pasando lenta y acompasadamente las cuentas del rosario a la espera de la vuelta del Dr. cap12_019Plinio. El ambiente de serenidad que ella difundía en torno de sí era de los aspectos más atrayentes y benéficos de su presencia. Cuando, en aquellos añorados tiempos, el Dr. Plinio tenía algún trabajo que exigía una mayor concentración de espíritu —como por ejemplo la preparación de una clase o la redacción de determinados artículos—, se aislaba en el escritorio de su casa. El simple hecho de saber que doña Lucilia estaba allí, aunque en otra sala, era una fuente de ininterrumpido bienestar para su alma. A veces ella se asomaba a la puerta y preguntaba con un cariñoso timbre de voz:
— ¿Se puede entrar?
— Pero, mãezinha, ¡entre!
Para no interrumpir su trabajo, se aproximaba en silencio, posaba su blanca y aterciopelada mano en el hombro del Dr. Plinio, le daba un beso y le decía simplemente:
— ¡Filhão!
En la aridez del trabajo, este simple saludo constituía un alivio para él. Doña Lucilia pasaba el tiempo junto a su hijo, sentada en la mecedora, rezando o haciendo croché. Muchas veces no intercambiaban ni una sola palabra, pero al Dr. Plinio le reconfortaba la suave, tranquila y comunicativa presencia materna. De vez en cuando el Dr. Plinio acariciaba la mano de su querida madre, o le hacía otro pequeño agrado, lo que la dejaba muy complacida.

Sueño profundo y reparador

La serenidad de doña Lucilia se manifestaba, de forma muy particular, en una circunstancia que pocos tuvieron el privilegio de contemplar: su reposo. Su modo distinguido y compuesto de estar acostada, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, la respiración discreta y acompasada, denotaba que para ella el sueño no era un momento del día en que los sentidos se desligan de la realidad para gozar intemperantemente algunas horas de inacción, sino una dádiva de Dios que suspende por algunos instantes las amarguras de la vida, permitiendo la restauración de las fuerzas.
Cuando era niño, el Dr. Plinio se despedía de doña Lucilia antes de salir para el colegio San Luis, pero algunas veces la encontraba aún durmiendo. Ante aquella inmensa calma, en la penumbra silenciosa del cuarto, pensaba consigo mismo: “¡Qué agradable debe ser dormir como ella!”
Era un sueño profundo y reparador, de quien sabía dormir en paz. Se despertaba también tranquilamente, pero ya en el primer momento abría los ojos a la realidad, sin permitir que el torpor la dominase ni siquiera un segundo.

“Mi casa eran sus ojos”

Además de la esmerada práctica diaria de sus actos de piedad, doña Lucilia —empeñada en enriquecer aún más su vida interior— se entretenía en la elevada consideración de los esplendores de la Civilización Cristiana. Su espíritu contemplativo era muy favorecido por el amor a la estabilidad, que las circunstancias de una avanzada edad tornaban ahora propicia. Una de las principales alegrías cotidianas, en esa fase final de su vida terrena, consistía en la admiración de las maravillas creadas por Dios, de modo especial de la diversidad y del valor cultural —mucho más que material— de las almas y de los pueblos.
El Dr. Plinio, que había aprendido de ella el gusto por la estabilidad, se veía en la necesidad de viajar mucho, impelido por razones de apostolado. Sin embargo, mantenía en São Paulo un punto especial de referencia: la mirada de su bondadosa madre.
Nada le producía tanta atracción. Por eso, al volver de la calle, su primera preocupación era verla y sentir su afecto, lo que le hizo afirmar en una ocasión: “Mi casa eran sus ojos y en ellos habitaba.”

“¡Mi madre es mucho mejor que la suya!”

capv086El Dr. Plinio no perdía ocasión para retribuir el afecto de su madre. Esto compensaba, de alguna forma, las ausencias impuestas por sus obligaciones, y, sobre todo, la aliviaba de su aislamiento. Muchas veces exteriorizaba este reconocimiento con dichos graciosos; una frase ocurrente le daba mayor alcance a sus filiales sentimientos. Una vez, estando doña Lucilia en el Salón Azul, sentada al lado de su filhão en una agradable conversación, éste le preguntó, refiriéndose al cuadro de doña Gabriela:
— Mamá, ¿quién es esa señora que está en aquel cuadro?
Extrañando la pregunta, respondió en un tono de voz que denotaba una cierta sorpresa:
— Hijo mío… aquella es mamá…
— Pues mire, ¡mi madre es mucho mejor que la suya!
Un poco desconcertada delante de un elogio que la colocaba por encima de su madre, a quien mucho admiraba, no teniendo qué responder, tocando con la punta de los dedos suavemente la mano del Dr. Plinio, como era su costumbre, le dijo apenas:
— Hijo mío, hijo mío…
Cuando era muy elogiada por él, doña Lucilia alegaba que sus dichos eran exagerados, pues no merecía tanto. El bromeaba entonces, y la llamaba “Madame Merece Más”, no permitiendo que ella venciese en la cariñosa disputa. Le daba a entender de ese modo cuánto se quedaban siempre cortas sus alabanzas.