La virtud de la vigilancia

doña LuciliaCuando Dios quiere realizar una obra hace que nunca falten los medios, tanto sobrenaturales como naturales, para ello. Por ejemplo, cuando suscita una nueva orden religiosa, para que florezca y se desarrolle Dios favorece a su fundador con todos los dones y carismas necesarios que le permitan cumplir completamente la vocación para la cual fue llamado. Lo mismo se da con la condición materna, magnífico símbolo de la Providencia Divina. No es raro que las madres sean asistidas por el Espíritu Santo con un cierto discernimiento de los espíritus, no solamente para educar a sus hijos, sino también para guiarlos por el camino del bien a lo largo de la vida. Ese don —que en doña Lucilia se manifestó repetidas veces bajo la forma de llamadas de atención a su hijo sobre los peligros que corría en ciertas situaciones — se hizo patente de nuevo en un pequeño episodio.
Una vez, durante una conversación en su casa con algunos parientes y conocidos, se hizo referencia al reciente nombramiento de cierto personaje para un cargo de importancia. Se comentó su carácter y, como doña Lucilia no lo conocía, le mostraron una fotografía publicada hacía pocos días en la prensa. El personaje tenía relación con las actividades del Dr. Plinio y, por eso, ella se interesó especialmente por el asunto. Tomó el periódico en sus manos, observó en silencio aquella fisonomía, y comentó con tristeza:
— No es una buena persona…
Esas palabras, en aquellos labios llenos de benevolencia, sorprendieron a los presentes, pero, al igual que en ocasiones anteriores, los hechos demostrarían en breve que tenía razón.
No deja de ser interesante otro episodio de esa naturaleza ocurrido en la misma época.

Un sueño premonitorio

D. Antonio

D. Antonio Ribeiro dos Santos, papá de Doña Lucilia

Cierto día, doña Lucilia le contó al Dr. Plinio un sueño que la había dejado un tanto intrigada. Se trataba, tal vez, de otra manifestación de su discernimiento fuera de lo común sobre personas y situaciones relacionadas con su hijo. En ese sueño, ella se veía en su casa. En determinado momento, alguien tocó el timbre y, como no había quien abriese la puerta, ella misma fue a hacerlo. Para su sorpresa, era su fallecido padre, don Antonio, que venía a visitarla. Exultante de alegría, le hizo visitar las diversas salas de la casa, explicándole el origen de los muebles, quién había hecho la decoración, y un sin número de otros detalles. Don Antonio, con el mismo afecto que siempre había tenido por su hija, lo comentaba todo y daba su aprobación. Por fin, llegaron al fondo del corredor, donde estaba el cuarto de ella. Abrieron la puerta y, atónitos, encontraron a uno de los amigos del Dr. Plinio, acostado sobre la cama atravesado, en una actitud vulgar y sonriendo con malicia. Ante esa desagradable escena, don Antonio censuró paternalmente a su hija, diciéndole:
— En tu casa todo está muy bien. Pero no puedo aprobar que recibas a tipejos como ése.
En ese momento, ella se despertó. Ahora bien, dicha persona le daría grandes disgustos al Dr. Plinio muchos años después de la muerte de doña Lucilia. En la época en la que sucedió este sueño nadie podría siquiera sospecharlo.

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