Cartas laboriosamente redactadas

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Desde el escritorio de Plinio, lugar que más le recordaba a doña Lucilia la presencia de su querido hijo…

Desde el escritorio de Plinio, lugar que más le recordaba a doña Lucilia la presencia de
su querido hijo, establecía con él su contacto epistolar. Con la vista debilitada, pasaba tardes enteras, pacientemente inclinada sobre las hojas de papel, en las cuales la pluma iba trazando con lentitud y esmero cada letra, para formar palabras cargadas de afecto y dulzura que aún hoy encantan a quien las lee.
Doña Lucilia le envía, con fecha del 1 de noviembre, algunas líneas más, en las cuales se nota cómo estaba preocupada con los acontecimientos mundiales. Siempre en primer lugar, al estar en causa la Iglesia, su atención se dirigía hacia el Concilio. Por otra parte, también le preocupaba el avance del comunismo.
Dejemos que las propias palabras de doña Lucilia nos digan lo que llevaba en el alma:

São Paulo, 1 de Noviembre de 1962
¡Plinio tan querido de mi corazón!
¡Me parece estar tan, tan lejos el día de tu vuelta a mis brazos! (…) El Cardenal Carmello ha vuelto ya para celebrar su primera Misa en Aparecida, y Tristán de Athayde está en Río…
¡Nadie habla de los sacerdotes y obispos, etc.! ¡Y a vosotros, por lo que he visto en la carta que le has escrito a Rosée, se os han ocurrido tantas cosas para darle tanto trabajo! Recibí una carta de Teté (Tía y madrina del Dr. Plinio y cuñada de doña Lucilia) quien, desolada, me dice que el comunismo está controlando cada vez más Pernambuco.
En la “Orden del Rosario” hicieron grandes novenas… y todo sigue igual… entonces los de la Orden del Carmen dijeron: ¡ahora es la nuestra! Cuando el Carmen hace sus novenas con toda fe, no hay lo que se resista… y, sin embargo, ¡¡todo sigue en el mismo estado!!
Cuando veo todo eso tengo tanto miedo, tanto pavor… ¡Pero la Madre de Dios es grande y piadosa y no nos abandonará!
Esta es la tercera carta que te escribo. Mandé la segunda junto con la de Rosée y ésta también va con otra de Rosée. Espero que ya estés más descansado, con buen apetito y ¡¡cuidado con los problemas de estómago!! No repares en mi letra, pues estoy con reumatismo en las muñecas.
¿Qué me dices del barullo de Kruchef (Así escrito en el original), de Kennedy y de Fidel Castro? ¡¿Todo esto viene por causa del puente de Berlín?! (Seguramente se refiere al hecho, ya un poco remoto en 1962, del puente aéreo establecido en Alemania Occidental por los norteamericanos para abastecer a Berlín Occidental, que los soviéticos habían tratado de aislar completamente) ¿No te parece? Con muchas saudades, te besa y te abraza mucho, tu vieja Manguinha.

“Si es la voluntad de Dios… ¡que se haga!”

3p109Aquel 10 de noviembre de 1962 en São Paulo, con la mente puesta en Roma, doña Lucilia comenzó una nueva carta en la que dejó hablar a su corazón desbordante de desvelo materno y de saudades, cuyas intuiciones sobre el regreso de su hijo no serían desmentidas:

¡Filhão querido de mi corazón! (…)
¿No estarás comiendo demasiado en esos excelentes hoteles? —No puedo quitarme de la cabeza la idea de que te quedarás por ahí hasta el final del Concilio, y así pasaréis en Roma el gran día 13 de diciembre— ¡¡¡nuestro gran día!!! ¿Será posible? Estoy escribiéndote a toda prisa, por eso te dejo ¡sin decirte la falta enorme que me haces…! Vuelve muy fuerte, siempre bueno para tu manguinha y ¡¡hasta la próxima carta!! Que Dios y Nuestra Señora te bendigan — Con todo el afecto te hace lo mismo la madre que te tiene en el corazón,
Lucilia

Una vez más, debido a la escasez de la correspondencia enviada por el Dr. Plinio, se puede suponer cómo su tiempo estaba absorbido por una intensa actividad.
La siguiente carta de doña Lucilia, inacabada, es una afectuosa queja por tan “imperdonable” falta:

São Paulo, 19-11-1962
¡Plinión, corazón mío, hijo mío querido! Estaba tan afligida por falta de noticias tuyas, cuando uno de los jóvenes del segundo piso le dio a doña Carlota una carta tuya para entregármela. Radiante, abro el sobre y veo que no había sino bonitas tarjetas para Yayá, los Languendoncks (Referencia a Telémaco van Languendonck y su esposa, Dª Dora Lindenberg van Languendonck, hija de doña Yayá), a Zilí y Néstor y para mí… ni una palabra. Como sabes, vivo en este momento con el corazón preso en Roma… recibo la carta… y ni un beso, ni un abrazo para mí…
Sé que leéis todos los días el “Estado”, pero como sé que a veces pasa desapercibida alguna noticia, te envío éstas que te gustará leer.  Muchos besos y bendiciones de tu mamá.
Lucilia

La gran expectativa por la llegada de cartas de Roma fue aliviada por una fotografía publicada en la “Folha de São Paulo” en la que doña Lucilia pudo rever la fisonomía de su filhão querido, lo cual le hizo escribir otra vez. No se puede dejar de notar la modestia de su comentario. Tras referirse a la noticia del periódico, sus palabras continúan serenas, tratando de asuntos caseros, entre los cuales ocupa siempre el primer lugar el amor entrañable por su hijo. Con la mirada interior adorando a Nuestro Señor Jesucristo en los trances de la Pasión, doña Lucilia se resignaba a aceptar con paz de alma la ausencia del Dr. Plinio en el “gran día 13 de diciembre”.

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¡Cuántos sacerdotes barbudos!

São Paulo, 22-11-1962
¡¡Hijo tan y tan querido!! Por lo que veo, te verás obligado a pasar allí el 13 de diciembre, ¡día de tu cumpleaños! — Lo siento mucho, pero si es la voluntad de Dios… ¡que se haga! Lo siento mucho, pero, ¿qué hacer? — Castilho me envió ayer dos números de la “ Folha de S. Paulo” que reproducían una fotografía de un grupo de amigos del Barón de Montagnac, que les ofreció una cena de honra con tu presencia en el restaurante “Raniere de Roma”. ¡Cuántos sacerdotes barbudos! (Uno de ellos, obispo de rito católico malabar, de la India) (…) Trata de escribirme un poquito más… ¿está bien? Rosée me ha hecho excelente compañía, y Maria Alice también, pero siempre en medio de médicos, exámenes, cenas, en casa y fuera… ¡eso cansa tanto! Yayá, en los descansos del juego viene siempre, a veces para cenar. ¡Dora y las niñas han venido menos al estar el abuelo enfermo! ¿Has recibido las cartas que te envié la semana pasada? ¡No puedo dejar de escribirte, pues me parece que es tenerte un poco más lejos! Saludos a tus amigos. Con mis bendiciones, te envío muchos abrazos, muchos y muchos besos de tu manguinha que tanto te quiere,
Lucilia

Después del bien de la causa católica, su principal preocupación era el bien de su hijo

Es edificante lo poco que habla doña Lucilia en sus cartas sobre sus problemas personales. Cuando lo hace, es para satisfacer los insistentes pedidos de su hijo. Por otro lado, aunque privada de la compañía de su hijo, en ningún momento se queja de ello, pues sabe que el viaje del Dr. Plinio es para atender los intereses de la Iglesia. Razón enteramente suficiente para justificar un sacrificio que ella estaría dispuesta a repetir cuantas veces fuera necesario. Después del bien de la causa católica, su principal preocupación era el bien de su hijo, como se puede ver una vez más en la siguiente carta, en la que, dicho sea de paso, cap14_014por distracción escribe “congreso” en lugar de “concilio”.

São Paulo, 26-10-1962
¡Hijo querido de mi corazón!
Espero que hayas recibido mis dos cartas; hoy te mando esta otra. He recibido también una tuya, desde Roma. Me imagino cuánto debes estar apreciando la bella morada de los Papas y, todavía más, todo eso en compañía de tus buenos y queridos amigos; ¡solamente me da pena ver a los que no pudieron ir! Siempre que puedas, mándame noticias tuyas… — ¡los periódicos no dan noticias que satisfagan! (…)¡¿Buena parte de los rusos es recibida también en el Congreso?!… ¡Esperemos el final de todo esto! ¿Y del caso Kennedy-Kruchev? (Doña Lucilia se refiere a la famosa crisis política internacional provocada por la instalación de misiles rusos en Cuba, lo que casi provocó la III Guerra Mundial, a raíz de un ultimátum de Kennedy al Gobierno del Kremlin) ¿qué me dices?… ¿Qué nos traerá este nuevo sistema?… ¡¡¡Todo se puede esperar!!! Ha estado aquí Castilho para hacerme una visita. Francisco Eduardo me ha pedido un rosario para rezar con él todos los días. Castilho dice que es muy fácil encontrar allí rosarios muy buenos y resistentes.
No me habitúo a escribir con los bolígrafos que tenemos aquí.
¿Cuándo acabará el Congreso? ¿Cuándo piensas volver? Soy yo quien te dice… deja tanto trabajo, pasea bastante, come bastante, pero sin exagerar, visitad la catedral de Milán que es una belleza y los innumerables cuadros de Florencia, reved París y volved cuánto antes, ¡pues estoy con unas saudades locas de mi “querido”, queridísimo filhão de todo mi corazón! Con muchos besos, abrazos y toda la bendición de tu… manguinha…
Lucilia

De tal manera doña Lucilia se olvidaba de sí misma que solamente se acuerda de pedir un rosario para su bisnieto, Francisco Eduardo. Aunque no lo diga, tal vez haya sido ella quien enseñó al niño a rezar el rosario, explicándole con su modo tan atrayente los diversos misterios de la vida de Nuestro Señor y de su Madre Virginal. Segura de que un objeto de piedad traído de la Ciudad Eterna lo incitaría más a la devoción, se lo pide al Dr. Plinio.

Escasa correspondencia

Naturalmente, al contemplar el magnífico escenario de la Roma de los Papas, el Dr. Plinio no podía dejar de pensar en doña Lucilia, cuya alma admirativa se encantaría con todo aquello. Si estuviese allí, recorrería lentamente aquellos lugares, apoyada del brazo de su filhão, comentando extasiada ora esto, ora aquello —el azul tan bonito del cielo romano; los castillos de nubes en el horizonte, realzando la grandeza de los milenarios monumentos; el Tíber, que serpentea mansamente entre históricos edificios y gloriosas ruinas—, hasta que la puesta del sol le anunciase el final de tan agradable conversación…

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Capitolio romano

Roma, 22-10-1962
Luzinha querida de mi corazón
Estoy esperando ansiosamente una carta suya. En todo caso, ya he sabido por un joven del grupo que usted recibió bien la noticia de mi viaje, ¡gracias a Dios! Me acuerdo mucho de mi Lú y de su conversación que tantas saudades me da, así como de sus cariños y todo lo demás, ¡de lo que siento tantas saudades! Especialmente me acuerdo de usted cuando veo algunas cosas bonitas que tanto le gustarían a usted. Ayer, por ejemplo, vi el Capitolio romano, que por cierto ya había visitado en 1959. Es estupendo. Pensé en seguida: ¡que bueno sería si Lú de mi corazón pudiese ver esto! Escríbame cuanto antes, querida, hablándome de todo a su respecto y, especialmente, de su salud. He trabajado mucho, comido mucho, paseado un poco por lugares bonitos. Le adjunto las cartas para Rosée y Maria Alice. Así usted tendrá el noticiero completo.
Me veo obligado a parar, pues son las 16 Hrs. y a las 17 Hrs. tendré una reunión muy importante.
Querida mía, mi muñeca, mi marquesita: cuidado con su salud y rece por el filhão que la quiere muchísimo y le envía millones de besos y le pide respetuosamente la bendición.
Plinio

En la carta siguiente, el Dr. Plinio manifiesta como siempre una cualidad sin la cual una auténtica convivencia no se establece: la abnegación. Se diría que, en esa inefable relación con doña Lucilia, la renuncia de cada uno a sí mismo revierte generosamente en beneficio del otro; así como los arbotantes de una catedral, que por sí solos no se sostendrían pero apoyando las colosales paredes forman con ellas un conjunto esplendoroso.

Manguinha de mi corazón,
Mi pluma azul está rota. Por eso, le escribo en rojo.
Sus dos cartas me gustaron inmensamente. Las tengo sobre mi mesa de noche para tenerlas siempre delante de los ojos. Estoy con unas saudades locas de mi mãezinha querida, de sus cariños, de su presencia, de su conversación, en fin, de ella, de todo lo que es de ella y de todo lo que la rodea.
Pocas cosas podrían alegrarme tanto como saber que usted está bien. Cuídese; usted no podría hacer nada mejor por mí. Mejor que eso, solamente una cosa: rezar por mí…
Todavía no sé bien la fecha de mi regreso, pero espero que no tarde. Escríbame cuánto antes, amor de mi corazón.
Perdóneme esta carta-relámpago; estoy ocupadísimo.
Con mil y mil besos, todo el cariño del hijo que la quiere inmensísimamente y le pide con respeto bendiciones y oraciones.
P.

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“¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!”

El día 20 de octubre llegan a las manos de doña Lucilia, provenientes de Roma, las primeras noticias de su hijo.

cap14_016Roma, 13-X-1962
Mãezinha, ¡amor querido de mi corazón! Le escribo con tinta roja pues mi pluma de tinta azul se ha roto y, por el momento, no dispongo más que de ésta. Es la una y media de la noche. Este es el primer momento que encuentro disponible para escribirle. Empiezo por mis noticias. El viaje fue excelente. Avión cómodo, buena comida, puntualidad satisfactoria, buena compañía, no faltó nada. O, mejor dicho, faltó todo, pues no estaba a mi lado mi Manguinha querida…
[El mismo día que llegamos fuimos] a ver los “Invalides”, los dos edificios de la “Place de la Concorde” y la “Madeleine”, que fueron limpiados de la pátina que tenían. Han mejorado enormemente. Naturalmente, fuimos también a Notre Dame, maravillosísima como siempre.
Después de una abundante merienda en el “Café de la Paix (Place de l’Opéra)”, volvimos a Orly y de allí, para Roma.
Orly es horroroso. Evidentemente, Fiumicino, el Orly italiano, es todavía más feo.
Roma, por el contrario, está muy bonita. La ciudad desborda de riqueza, la población esta fuerte, alegre, nutrida y bien vestida. El número de automóviles ha crecido prodigiosamente. Las vitrinas están lindas, incluso las que exponen comestibles. (…)
Los del grupo ya están en actividad y yo también. Por ahora, no es posible decir todavía en qué terminará todo esto. ¡Que Nuestra Señora ayude a la Santa Iglesia! En cuanto a mí, me siento bien y con un apetito muy vivo.

La parte final de esta carta tan interesante está dedicada a la expansión de su
filial afecto:

Ahora, hablemos de usted. ¿Cómo está, mi bien? ¿Y su preciosísima salud? ¿Qué ha dicho Brickman? ¿Sus medicinas han surtido efecto? ¿Y el hígado? Dígamelo todo, porque usted sabe cuánto me interesa todo lo que se refiere a usted. Mándeme, pues, todos los pormenores. Les escribo hoy a Rosée y al grupo. ¿Cómo están los tíos? ¿Y tío Néstor? ¿Dora, Telémaco, sus hijos, están todos bien? De Adolphinho y los suyos sabré por el grupo.
Mi amor, usted no se imagina cuántas veces al día me acuerdo de usted y cómo cuento los días para verla de nuevo. Cuide con el mayor esmero de su salud.
Reciba millones de besos, cada cual más cariñoso que el otro, del hijo que tanto y tanto la quiere y la respeta y que le pide oraciones y la bendición,
Plinio

El 21 de octubre, doña Rosée le enviaba al Dr. Plinio una nueva carta con algunos detalles más sobre la vida cotidiana de doña Lucilia:

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Doña Rosée

Ayer fue día de fiesta porque Mamá y yo recibimos tus cartas. No puedo decirte la alegría que sentimos. (…) Mamá está excelente. Olga y Carlota hacen “puzzle” con ella por la noche y ha tenido muchas visitas. Ya hice venir dos veces a la preciosa Sinhá.
Brickman la encontró muy bien. En casa están solamente Olga y Carlota. Como esta última tiene manía de limpieza y es muy activa, todo va bien.

La “preciosa Sinhá”  era prima de doña Lucilia. Ambas mantuvieron estrechas relaciones toda la vida, interrumpidas solamente por la muerte de la última. Era una de las pocas personas que quedaban de los antiguos tiempos, por lo que reinaba entre ambas una gran afinidad.

“¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!”

cropped-sdl-7.jpgDoña Lucilia, que mantenía su mirada puesta en Roma, el 23 de octubre escribía otra vez a su hijo:
São Paulo, 23-10-1962
¡Hijo tan querido de mi corazón! (…) ¿Ya has recibido la [carta] de Rosée? Ella y Maria Alice han venido todos los días. Rosée vino ayer, y hoy el tiempo está pésimo… ¡tan frío, tan lluvioso, que congela las muñecas, principalmente a los viejos reumáticos como yo!
¡¡¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!!! Es verdad que han venido mis parientes a visitarme, menos Yayá, Dora y Gizela (hija de doña Dora)  que están en Río. Piensa bien en lo que te digo… cuidado, mucho cuidado con tu apetito… si te pones enfermo, ¿qué vas a hacer? ¡Pierdes el final del “célebre Concilio”, los bonitos paseos, etc.!
Saudosísima, le pido a Dios y a Nuestra Señora que te protejan y te bendigan y te envío mil besos y abrazos de tu… manguinha…
Lucilia

1962: nueva separación…

cap14_044El año de 1962 le reservaba a doña Lucilia una nueva ausencia de su hijo tan querido. La causa fue uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX: el Concilio Vaticano II, que definiría los rumbos de la Iglesia Católica en las siguientes décadas.
Consciente de la importancia de aquel momento histórico, el Dr. Plinio partió hacia Roma en octubre de 1962 a fin de seguir de cerca los trabajos del Concilio Ecuménico. Conocía bien las múltiples limitaciones de sus medios individuales de acción, pero confiaba en la Providencia. Según la costumbre adoptada en ocasiones anteriores, no reveló en seguida a doña Lucilia ni el objetivo, ni la duración del viaje. Solamente cuando ya se encontraba en la Ciudad Eterna, doña Rosée le contó a su madre el verdadero destino del Dr. Plinio y le entregó la carta que éste le había dejado antes de partir.
Por sus palabras, inflamadas de amor a Dios, esa carta es otro elocuente testimonio de cómo la educación dada por doña Lucilia había producido en el alma del Dr. Plinio abundantes frutos:

¡Manguinha querida de mi corazón!
Bueno, cuando usted lea esta carta, ¡su hijo estará en Roma! Este viaje es fruto de largas reflexiones. No lo hago para divertirme. Por el contrario, en el estado de cansancio en que estoy preferiría sinceramente quedarme aquí, y no sobrecargarme con todas las ocupaciones y preocupaciones que tendré en Roma. Pero si yo no fuese a Roma ahora tendría mi conciencia más sucia que si fuese un soldado desertor. Y, colocando el deber por encima de todo —máxime, el deber hacia la Santa Iglesia—, decidí partir.
Usted comprenderá, mi Amor, cuánto me pesa dejarla, aunque sea solamente por unos quince o veinte días. Esté segura que yo jamás haría este viaje por placer. Pero, una vez más, la Religión está por encima de todo. Ahora bien, ocurre que, por un lado, nunca el cerco de los enemigos externos de la Iglesia había sido tan fuerte, y tampoco nunca tan general, tan articulada, tan audaz la acción de sus enemigos internos. Por otro lado, sé bien que puedo prestar servicios muy útiles para ayudar a sostener el edificio de la Cristiandad. Usted comprenderá bien, queridita, que yo no podría jamás, bajo ningún cap14_043pretexto, renunciar a prestar a la Iglesia, a la cual he dedicado mi vida, este servicio en un momento histórico casi tan triste como el de la Muerte de Nuestro Señor. Por eso, mi bien, por más dolorosa que sea esta separación de algunas semanas usted debe alegrarse. En efecto, debe llenarla de júbilo que Nuestra Señora se sirva de su hijo para algo. Y, si para esto soy apto, es en gran medida por la influencia que usted ejerció sobre mí, la educación que usted me dio, y el espíritu religioso que me inculcó desde tan temprana edad. Ofrezca, pues, a Nuestra Señora el sacrificio de esta separación para que el esfuerzo tenga éxito.
Algunas semanas pasan de prisa, Luzinha. Piense, así, en la alegría del regreso y cuide bien de su salud, para que yo pueda encontrar a mi Lú fuertecita, contentita, pimpona, esperándome. Usted sabe muy bien, pues la quiero inmensamente, cuánto valor le doy a su salud y toda la alegría que me dará encontrarla fuerte y bonita.
Rece mucho por mí y acepte mil y mil besos del hijo que con todo afecto y respeto le pide su bendición,
Plinio
PS: Escríbame cuánto antes diciéndome cómo esta, etc. etc, con aquella letra tan bonita que me gusta tanto leer. Quiero saber todo sobre la Luzinha de mi corazón.

Terminada la lectura, podemos imaginar a doña Lucilia tomando un pequeño pañuelo, secarse tranquila y dulcemente las copiosas lágrimas que caen de sus ojos, doblar con cuidado tan cariñosa carta y, en un primer momento, depositarla a los pies de la imagen del Divino Redentor, iniciando por el viaje de su hijo piadosas y empeñadas oraciones.
Ofrece una vez más con generosidad al Sagrado Corazón de Jesús el sacrificio de una larga separación, más difícil de soportar ahora por la ausencia de su esposo y por su ya tan avanzada edad. La vista un tanto disminuida y el reumatismo de sus manos le exigían un esfuerzo no pequeño y bastante tiempo para, con “aquella letra tan bonita” que tanto agradaba a su hijo, redactar una respuesta. Sin embargo, esa incomodidad era compensada por el gusto de mantener, por medio de esas líneas, su relación con él.
En la anterior correspondencia de doña Lucilia traslucía sobre todo su inmensa bondad y un inigualable afecto materno. Sin que esos aspectos perdiesen en nada su intensidad, en las cartas que le escribió durante el Concilio llama especialmente la atención su profundo amor a la Santa Iglesia. Por sus palabras notamos cómo seguía con sumo interés las noticias publicadas en la prensa sobre los trabajos de la magna asamblea reunida en Roma.
Después de recibir la primera carta de su hijo, le escribe estas bonitas líneas:

São Paulo, 18-10-62
¡Filhão querido de mi corazón!
Cuando tengas otra vez necesidad de ausentarte por tantos días y tan lejos, avísame con anticipación para habituarme un poco a esa idea, antes de verte partir, “¡por más que lo sienta!” Si en esta ocasión podías prestar algún auxilio a los obispos y arzobispos etc. del clero bueno, y no lo hicieses, ¡faltarías a tu deber!
Estoy guardando el periódico “Estado de S. Paulo”, que puede que te guste leer. Si es verdad todo lo que dice sobre los primeros días, ¿qué será de nosotros? ¡Que Jesús nos proteja! ¿Qué decir de esos antipáticos y feos obispos rusos? ¿Estarán queriendo ponerse en el lugar de nuestro Papa, para hacer un Papa “a la moda rusa”? ¡Que San Pedro nos proteja! En fin… ¡¡vosotros sabéis más que yo, que tengo miedo de todo!!

Los “antipáticos y feos obispos rusos” a los que doña Lucilia se refiere en la carta, eran observadores de la iglesia cismática que habían sido invitados a asistir al Concilio. Luego continúa ella con su encantadora manera de aconsejar a su filhão querido:

cap14_042¿Has sido invitado a la cena ofrecida a los arzobispos y obispos brasileños por la embajada brasileña junto a la Santa Sede? ¡Debe ser hoy! Pensaba escribirte anteayer, pero vino tanta gente a visitarme para distraerme de tu ausencia ¡que no me fue posible hacerlo! Estuvieron aquí, el sábado Rosée, Maria Alice, Dora. El domingo Maria Alice, Rosée, Dora “nuestro niño” (El bisnieto de doña Lucilia, Francisco Eduardo), Zilí y Néstor cenaron, Sinhá almorzó y se quedó hasta las seis. El lunes, Rosée, Das Dores (María das Dores Procopio de Araújo Carvalho, hermana de Gabriela Procopio Ribeiro. Esta última era esposa de don Gabriel, hermano de doña Lucilia), Yelita, Dora (que se fue ayer a Río) y doña Viví ( Dª Olivia Torres Castilho de Andrade, madre de D. José Carlos Castilho de Andrade, amigo del Dr. Plinio), que fue muy amable y me trajo un ramo de rosas. Ayer estuvieron Rosée, Maria Alice y Eduardo.
Quiero pedirte un favor… ten cuidado con lo que comes por ahí, pues cuando el menú es bueno te pones muy goloso y, si abusas, ¡te puede hacer mal! Cuidado, ¿eh?
He rezado mucho por ti. Con mil abrazos y besos y muchas bendiciones de mamá, que tanto te quiere,
Lucilia