¡Para el bien es preciso dar todo!

Como una dama profundamente católica, Doña Lucilia discernió en la doctrina infalible de la Iglesia el mejor instrumento para la educación de sus hijos. Su bondad, unida a sus principios inflexibles, fue motivo constante de admiración para el Dr. Plinio.

La Santa Iglesia es la maestra de todas las verdades religiosas. En este sentido, todo cuanto es católico es bueno y todo lo que no lo es, es malo. Dado que la civilización moderna está dominada por el neopaganismo, es necesario saber vivir en ella, combatiéndola. ¿Cómo procedía Doña Lucilia en nuestra educación desde esta perspectiva?

La suavidad intransigente de Doña Lucilia

Fraulein Mathilde Heldmann
Institutriz Matilde

Mi madre era un modelo de suavidad, bondad y lo que hoy por hoy se llamaría comprensión. En lo más profundo de su alma residía este principio: la verdad —en este caso, la Iglesia Católica— debe ser aceptada, atendida y obedecida. Ese principio lo observó en la forma en que nos crio a mi hermana y a mí. Era increíblemente cariñosa, pero cuando alguno de nosotros hacía algo mal, no transigía. Como mi madre estaba muy enferma, contrató a una institutriz alemana que, bajo su dirección, nos educó. Recuerdo que esta institutriz una vez se me acercó y me dijo: “Plinio, doña Lucilia lo llama”.

Por su forma de hablar, yo —cuando sabía que había hecho algo mal— ya percibía que me iba a regañar. Mi madre solía estar recostada en un sofá. Me veía entrar y, cuando se molestaba, sus ojos marrones se oscurecían. Me llamaba y me decía:

—Ven aquí.

Yo me acercaba y ella me agarraba de la cintura con un brazo y, mirándome fijamente a los ojos, me decía:

—Hijo mío, ¿es cierto que hiciste esto?

No me atrevía a mentirle, así que le decía:

—Sí, lo hice.

—¿Pero sabes que hiciste algo mal?

A veces yo no lo sabía. Ella entonces me lo explicaba con mucha dulzura y cariño, sin prisas y siempre cogiéndome de la cintura. Al darse cuenta de que yo, en realidad, no sabía que me había portado mal, el color de sus ojos se le iba tornando más claro y terminaba diciendo:

—Bueno, ahora que mamá te lo ha explicado, no vuelvas a hacer eso.

Ella me besaba con mucho cariño y yo salía…

Reprimendas con toques de bondad

A veces yo tenía la culpa, y ella me advertía:

—Actuaste mal porque ya sabes que no se puede hacer eso. No tienes derecho a hacerlo porque esta acción tuya ofende a Dios, al Sagrado Corazón de Jesús, a Nuestra Señora; tu acción es mala, es errada, fue hecha así, así, así.

Todo era tan razonable, explicado con tanta claridad y paciencia, que tenía la impresión de irme fundiendo dentro de ella. Al final, añadía:

—¿Le pides perdón a mamá?

—Sí.

—¿Ya no ofendes más a Dios?»

—Si Dios quiere, no.

El episodio terminaba, una vez más, con una gran reconciliación.

Su habitación estaba al final de un largo pasillo, y recorrerlo me llevaba algún tiempo. Mientras caminaba, no dejaba de pensar en lo que me había dicho. Su bondad me causaba un tal efecto que yo, a veces, quería volverme y decir: “¿Quieres repetirme tu reprimenda?”.

Ayuda mutua en los naufragios de la infancia y la vejez

También recuerdo el cariño de mi madre en mi más tierna infancia, cuando me despertaba por la noche con insomnio. Podía ver que ella dormía profundamente. Yo me sentaba en su pecho y le abría los ojos con las manos; entonces mi brutalidad ya se anunciaba… Ella abría los ojos, me miraba con cariño y me decía: “¡Hijo mío!”.

Ella se sentaba en la cama, me acercaba, tomaba la almohada, me sentaba en ella —yo tenía dos o tres años— y se ponía a jugar conmigo. En ese momento, yo pensaba: “¡Esto es amar a alguien, con ella yo me arreglo!”. No era un pensamiento utilitario; la idea era: “Necesito amarla así, y ya lo hago”.

Ella me había salvado de ese naufragio, que consistía en estar despierto solo, en una habitación oscura, con apenas un poco de luz entrando por una rendija en la puerta.

Ella me había salvado de la desesperación, ¡y con qué abundancia, con qué bondad!

Al llegar a su vejez, yo la ayudé, porque esa soledad sería un naufragio del cual mi soledad, en el dormitorio por la noche, era solo una imagen. Y creo que haberle hecho a ella lo que ella me hizo a mí.

En un episodio doméstico, una lección de intransigencia

Cuando era joven, a los veinte años, hubo una gran agitación política en Brasil. Uno de los hermanos de doña Lucilia fue a visitarla. Él era secretario en uno de los ministerios del estado de São Paulo, un cargo equivalente al de un ministro hoy en día. Charlaron cordialmente —yo estaba presente—, una típica conversación familiar. Después, él se levantó para irse y ella lo acompañó hasta la puerta. Parando, me di cuenta de que una idea le había cruzado por la cabeza.

Ella era un poco baja y él alto. Mirándome desde una posición donde ella no podía verlo, me guiñó un ojo, lo que en la costumbre brasileña equivale a decir: “Voy a molestarla afectuosamente solo por diversión”. Es la libertad que hay entre hermanos. Cambió de expresión y declaró:

—Lucilia, ahora tenemos que hablar de algo. El gobierno de São Paulo está convocando a todos los jóvenes a tomar las armas para sofocar esta revolución —ella desconocía el motivo de esa revolución— y debo advertirte que Plinio va a combatir. Ella se puso de pie, casi creciendo, y respondió:

—Mi hijo no perderá la vida por estas revoluciones sin sentido que ustedes hacen. Así que no cuente

con ello, ¡porque él no va!

Él puso cara de disgusto y respondió:

—Pero si fuera para defender la religión, Usted lo enviaría, ¿no?

Ella cambió de postura y dijo:

—¡Obviamente, para defender la religión es el primero que va!

Al verla tan enfadada, él se echó a reír a carcajadas; ella se dio cuenta de que era una broma y la cosa acabó en besos y abrazos.

Para el bien, ¡todo!

¿Qué había por detrás? Siempre era el principio: para el bien, todo, incluso dar la vida; por nimiedades sin sentido, ¡nada! Era el sistema por el cual se forjó mi intransigencia.

Y, al verla amarme así, aprendí de ella y en ella a amarla de la misma manera. Esto es la verdadera unión. Cuando se ve una cualidad en alguien y se ama de tal manera que se moldea el propio espíritu en consecuencia, se produce la unión. Porque es verse, admirarse, inhalar, recibir, acoger y moldearse. Esto es unión.

(Extracto de conferencias del 6/10/1984 y el 20/4/1995)

 

Un cáncer raro y muy agresivo

Surgía la primera dificultad: encontrar en Teresina un cirujano experto en ese campo que aceptara realizar el procedimiento, tarea que quedó a cargo de la madre de María Isabela.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Carla María Barbosa de Oliveira Gonçalves nos cuenta cómo, recientemente, Dña. Lucilia le obtuvo de Dios otro gran favor: la plena recuperación de su sobrina María Isabela Moura Pinto.

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A mediados de julio de 2021 le fue diagnosticado a María Isabela, con tan sólo 6 años, una neoplasia en el cerebro, cuyo tamaño y densidad hacían temer lo peor. Dos días después tal recelo vino a confirmarse, cuando un oncólogo clínico, especialista en tumores cerebrales en niños, emitió el siguiente parecer: se trataba de un cáncer raro y muy agresivo, que debía extirparse lo antes posible; sin embargo, la operación conllevaba un riesgo elevado, pues procedimientos invasivos de ese tipo podrían dejar secuelas como ceguera, parálisis u otras discapacidades.

Entonces surgía la primera dificultad: encontrar en Teresina un cirujano experto en ese campo que aceptara realizar el procedimiento, tarea que quedó a cargo de la madre de María Isabela. Por su parte, Carla se puso a buscar un sacerdote, porque su sobrina aún no había sido bautizada. Entretanto, María Isabela sintió fuertes dolores de cabeza, y tuvo que ser hospitalizada para recibir la medicación adecuada.

Una vez que dieron, finalmente, con el especialista, éste inmediatamente programó la intervención quirúrgica, ya que el tumor crecía con rapidez. Pero faltaba todavía quien le administrara el sacramento del Bautismo a María Isabela… Tras haberse agotado las posibilidades de conseguir un ministro, Carla recibió de un sacerdote amigo, que vivía en otro estado, la orientación de que en esos casos cualquier persona podía bautizarla de urgencia. Así, la víspera de la operación, la niña fue bautizada por su madre, mientras Carla la entregaba al cuidado de Dña. Lucilia.

María Isabela recibe el oratorio del Inmaculado Corazón de María

Estaba previsto que el procedimiento durara unas ocho horas, pero, para sorpresa de la familia, en cinco horas ya había acabado con éxito. Después de dos días en la UTI, María Isabela fue trasladada a la habitación y pronto recibió el alta hospitalaria. Como el resultado de las pruebas del material extraído tardaba en llegar, la oncóloga pediátrica decidió empezar la quimioterapia y la radioterapia.

¡Gracias, Dña. Lucilia!

Las dificultades y reacciones adversas inherentes al doloroso tratamiento fueron valientemente superadas por María Isabela, mientras su tía continuaba con sus oraciones a Dña. Lucilia.

En febrero de 2022, la niña volvía al hospital para que le hicieran los controles rutinarios. De repente, la vista comenzó a fallarle y no podía ver. Creyendo que el tumor había regresado, aún más agresivo, los médicos la internaron de urgencia.

Al enterarse de la noticia, Carla se puso rápidamente en oración ante una fotografía de Dña. Lucilia, pidiéndole que, si era la voluntad de Dios que su sobrina se quedara ciega, le concediera al menos la gracia de contemplar por última vez una imagen de la Santísima Virgen. A continuación, le pidió a dos hermanos de los Heraldos del Evangelio que estaban de paso por Teresina que llevaran el oratorio del Inmaculado Corazón de María al hospital.

Poco después, Carla recibió una llamada telefónica de su hermana, en la que le informaba que la visión de María Isabela estaba volviendo. Cuando los dos misioneros llegaron al hospital, la niña los recibió sentada en la cama, viendo normalmente, y le rezó con ellos a la Virgen. Desde entonces su vista nunca ha fallado.

María Isabela continuaba aún con las sesiones de quimioterapia. El 7 de abril tuvo una fuerte reacción al tratamiento. Pero cuál no fue la sorpresa de la madre al oír del médico que la niña ya no necesitaba volver al hospital: estaba curada; por eso la medicación recibida le había provocado aquella reacción.

Enorme fue la alegría de Carla al escuchar la buena noticia, como ella misma relata: «Cuando mi hermana me lo contó, yo estaba en el coche, de camino a una cita, y expresé mi agradecimiento alto y claro: ¡Gracias, Dña. Lucilia!».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, noviembre 2022)

Solución inmediata a un angustiante problema

«Cuando el médico confirmó el diagnóstico y pidió el examen del líquido, entregamos en ese mismo instante a Bernardo en las manos de Dña. Lucilia Corrêa de Oliveira.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Bernardo José Eger con una estampa de Dña. Lucilia y otra del Dr. Plinio

El día 19 de agosto de 2022, Bernardo José Eger —de 5 años, hijo de Kevin Eger y Dailane Eger, residentes en São Paulo— tuvo que ser internado de urgencia debido a inquietantes convulsiones. Llegó al hospital casi inconsciente, con la coordinación motora bastante afectada. Tras analizar los distintos exámenes que le hicieron para identificar la causa de las convulsiones, una médica les informó que, además de otros síntomas característicos, la rigidez de la nuca indicaba una posible meningitis. Unas horas después, otro especialista confirmaba la temible valoración de su colega y solicitó una prueba del líquido cefalorraquídeo, para verificar el nivel de avance de la enfermedad y determinar el tratamiento adecuado.

Cuenta Dailane: «Cuando el médico confirmó el diagnóstico y pidió el examen del líquido, entregamos en ese mismo instante a Bernardo en las manos de Dña. Lucilia Corrêa de Oliveira, madre del Dr. Plinio, por la cual tenemos una especial devoción».

Tras una hora de angustia y de oraciones, Kevin y Dailane fueron llamados para que conocieran el resultado de las pruebas. Narra ella: «Para asombro del equipo médico, y también nuestro, el líquido cefalorraquídeo no presentaba alteración alguna. La valoración médica, que ya había sido hecha dos veces, fue repetida una tercera, con el mismo buen resultado: sin rigidez de nuca, la fiebre le había bajado, todo estaba normalizado. Se trataba de un milagro, obrado por la intercesión de Dña. Lucilia».

Bernardo permaneció internado unos días más para «estudios» médicos, en los que se constató que estaba totalmente normal y estable. «El 24 de agosto, volvimos a casa como si no hubiera pasado nada. Alabado sea Dios y la Virgen en sus ángeles y en sus santos. Gracias a Dña. Lucilia», concluye Dailane.

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, noviembre 2022)

Victoria sobre graves peligros

A principios de mayo de 2012, su madre, Zuleida Vasconcelos Almeida Campos, residente en Belo Horizonte (Brasil), por entonces con 80 años, estuvo a punto de sufrir un derrame cerebral, ya que la carótida derecha estaba 98% obstruida. 

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

A veces, Dña. Lucilia pone a prueba la confianza: parece que no atiende del todo las súplicas que se le hacen, para estimular la esperanza en que su bondadosa asistencia al final llegará. Esto lo podemos ver en el relato que nos envía la Hna. Juliane Vasconcelos Almeida Campos, de los Heraldos del Evangelio.

A principios de mayo de 2012, su madre, Zuleida Vasconcelos Almeida Campos, residente en Belo Horizonte (Brasil), por entonces con 80 años, estuvo a punto de sufrir un derrame cerebral, ya que la carótida derecha estaba 98% obstruida. Necesitaba someterse a una intervención quirúrgica, de sí bastante delicada, sobre todo teniendo en cuenta su avanzada edad. Toda la familia confió el caso a Dña. Lucilia y comenzaron los exámenes preoperatorios.

Mientras tanto, un dolor abdominal agudo la llevó al hospital, donde se constató la presencia de gran cantidad de cálculos en la vesícula biliar, lo cual requeriría una extracción urgente. Los médicos se vieron en un callejón sin salida: si operaban la vesícula, la paciente podría no resistir, dada la presión que se haría sobre la carótida tan obstruida; si operaban la carótida, los cálculos biliares podrían cerrar el conducto, complicándose mucho la situación, pues ya había una infección a causa de la mencionada obstrucción.

La familia se dispuso a acatar la decisión de los cirujanos en cuanto a la salud corporal de la enferma, mientras se ocupaba en cuidar de su alma, en la certeza de que Dña. Lucilia los ayudaría a encontrar un clérigo que le administrara los sacramentos, principalmente la Unción de los enfermos, tarea no muy fácil en aquella región. Al final, un sacerdote de la congregación del Verbo Divino se prestó a ello. Los médicos optaron por operar primero la carótida y la operación fue muy exitosa.

Una sorpresa en el ascensor

Para llevar a cabo el segundo procedimiento debían pasar unas semanas y en el entretanto la recuperación de Zuleida fue admirablemente rápida, por lo que la colecistectomía quedó fijada para mediados de junio. En principio, sería una cirugía cerrada, y el médico tranquilizó a la paciente y a la familia, diciéndoles que se trataba de una operación sencilla y, si todo iba bien, en 48 horas recibiría el alta y podría volver a casa.

Realizada la intervención, el médico salió del quirófano y comentó que hubo una leve complicación, debido al excesivo número de cálculos, y que fue necesario hacer una colecistectomía abierta. Pero añadió que la paciente se encontraba bien y estaba bajo observación.

Zuleida recién salida de la UTI

Cuál no fue la sorpresa de los familiares, que aguardaban en la sala de espera situada junto al vestíbulo de los ascensores, cuando percibieron un movimiento inusual, en dirección al quirófano, de médicos y enfermeros que entraban y salían de manera agitada. Poco después, el cirujano informó que Zuleida había tenido una hemorragia interna en la zona hepática, lo que requirió que fuera otra vez intubada para un nuevo abordaje quirúrgico y la extracción de los coágulos. A pesar de haber detenido el flujo de sangre, como había perdido bastante, tuvo que recibir una transfusión de tres bolsas. Como resultado, se produjo un shock hipovolémico, la presión bajó casi a cero y, en lenguaje médico, hubo que «resucitarla»: con una dosis muy alta de noradrenalina, los médicos lograron restablecer su presión arterial, que aún estaba muy inestable y con tendencia a caer. El cirujano la derivó a la UTI, donde intentarían mantenerla con vida mediante máquinas, pero no dio esperanzas de que aguantara mucho tiempo más.

La Hna. Juliane cuenta que, al ver pasar a su madre en la camilla y entrar en la UTI, su mayor aflicción era saber que podría fallecer sin recibir los sacramentos. ¿Habría dejado Dña. Lucilia de atender enteramente esta vez? Con el alma angustiada, se sentó en un sillón del vestíbulo, frente a los ascensores, y le pidió: «Madrecita, sé que es casi imposible, pero, por favor, consíguenos un sacerdote. No la dejes morir sin los últimos sacramentos».

En ese preciso momento se abrió la puerta de uno de los ascensores, en cuyo interior se encontraba un sacerdote, perfectamente identificable por su atuendo clerical. Las miradas de ambos se cruzaron y, al ver el hábito de los Heraldos del Evangelio que llevaba ella, el sacerdote sonrió y asintió con un saludo afable. Levantándose de un salto, corrió hasta el ascensor, antes de que se cerrara la puerta, porque el sacerdote no hizo ademán de salir, y le dijo: «¡Padre, por favor, atienda a mi madre! ¡Se está muriendo!».

Magnanimidad en la asistencia

En pocas palabras le explicó el caso y el sacerdote, el P. Nivaldo Magela de Almeida Rodrigues, dijo que estaba llevándole los santos óleos a una enferma internada una planta más abajo. Fue impresionante constatar la respuesta tan inmediata de Dña. Lucilia. Más aún al oírle decir que había entrado en el ascensor para bajar y no entendía por qué había subido… Era una intervención demasiado patente de Dña. Lucilia, confirmada por el sacerdote, que añadió: «Creo que he subido porque tenía que atender a su madre».

De hecho, salvados los obstáculos para entrar en la UTI, el sacerdote, emocionado, le administró los sacramentos con el ceremonial completo, siguiendo todas las rúbricas y también le concedió la indulgencia plenaria y la bendición apostólica papal, según el rito, pues Zuleida estaba moribunda.

La situación continuó siendo dramática durante algunos días. No obstante, la magnanimidad de la asistencia de Dña. Lucilia es completa. Después de once días en la UTI, durante los cuales cumplió 81 años, la paciente fue recuperándose poco a poco. Según los comentarios del equipo que la atendía, ella era un milagro vivo, porque, además de todo lo pasado, venció una infección hospitalaria, una neumonía, una colitis seudomembranosa y una farmacodermia, como reacción a fuertes antibióticos. Al cabo de veintiséis días, recibió el alta, siendo necesarios varios tratamientos posteriores para vencer las secuelas hospitalarias. Dña. Lucilia, no obstante, quería concederle la plena recuperación de su salud, pero dejándole únicamente una hernia, para que recordara todo lo sucedido y su intervención.

Zuleida con su esposo el día de las bodas de diamante

En 2017, totalmente restablecida, pudo celebrar sus bodas de diamante —sesenta años de matrimonio— y hoy, transcurrida una década de estos hechos, con 91 años, es el principal apoyo de su esposo, también nonagenario, quien sufrió un síncope cardíaco y un consecuente accidente cerebrovascular en 2018.

Da. Zuleida com o esposo e os filhos Zuleida con su esposo e hijos

Así concluye la Hna. Juliane su relato: «En toda nuestra familia la devoción a Dña. Lucilia no ha hecho más que aumentar a lo largo de los años, y la narración presentada aquí no es sino una manifestación de profunda gratitud a esta tan extremosa madre».

 

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, junio 2022)