Viviendo la Semana Santa

El Viernes Santo, Doña Lucilia promovía en su residencia un acto de piedad marcado por el respeto, la veneración y el amor con el cual ella, en todas las circunstancias
de la vida, se refería a Nuestro Señor Jesucristo y a su Pasión, haciendo consideraciones rebosantes de unción, adoración, recogimiento, comprensión y meditación.

Con la decadencia del clero en el tiempo en que Doña Lucilia era joven, bajo ese pretexto, su padre mantenía a la familia alejada de gran número de celebraciones religiosas. Misa de domingo, siempre. Pero, por ejemplo, bendición del Santísimo Sacramento y otras ceremonias, mucho más raramente. Por eso, mi madre estaba habituada a la Semana Santa como algo que se realizaba fundamentalmente para ella en casa. Después, se acrecentó a eso el hecho de que su estado de salud era continuamente malo, haciéndosele difícil salir de casa.

Profundamente persuadida de la seriedad de la Semana Santa

Lucilia_correade_oliveira_005A pesar del espíritu hollywoodiano liberal que iba penetrando en la sociedad paulista, en Semana Santa todo el ambiente doméstico estaba impregnado de mucho recogimiento y compostura. Infelizmente, muchas personas de nuestra familia tenían, con respecto a las conmemoraciones en torno de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, meras impresiones y emociones. Doña Lucilia, no obstante, tomaba todo profundamente en serio, y promovía un acto de piedad que se realizaba el Viernes Santo en casa de mi abuela, donde vivíamos.
La sala de trabajo de mi fallecido abuelo, por respeto a su memoria, se mantenía siempre cerrada. Se abría, naturalmente, para la limpieza y nada más, nadie lo usaba. Ese día, sin embargo, se abría e iban todos los descendientes de mi abuela a rezar allá. Era mi madre quien dirigía las oraciones, adaptándolas según las circunstancias de la familia, ora mencionando a tal pariente o conocido que estaba enfermo, ora por tal fallecido. Había, sin duda, cierta comprensión de todos los presentes del acto que se realizaba, pero la que más comprendía, de lejos, era ella.

Disposiciones íntimas de alma, rebosantes de unción y adoración

Cristo_yacente-Gregorio-Fernández1gPuedo imaginar qué pasaba en el interior de mi madre a propósito de la Semana Santa, por el respeto, la veneración y el amor con los cuales ella, en todas las circunstancias de la vida, se refería a Nuestro Señor Jesucristo y a su Pasión, muy especialmente a su Muerte. Eran consideraciones rebosantes de unción, adoración, recogimiento, comprensión y meditación. De manera que, a pesar de su discreción, bien puedo imaginar cómo su espíritu se ponía en vista de eso. No obstante, según los hábitos de aquel tiempo, ciertas disposiciones de alma muy íntimas no se comunicaban. Así, ni ella ni yo hablábamos jamás sobre eso, aunque ella me viese seguir la Semana Santa con toda asiduidad, y comparecer a los actos litúrgicos llevando el libro para acompañar el oficio. Después yo comentaba alguna cosa que se me ocurría sobre la ceremonia, pero con naturalidad, sin nada de forzado. Ella prestaba mucha atención, conversábamos, pero no hablábamos sobre la esencia del asunto. Era el modo de ser en aquel tiempo. ¿Sería lo ideal? ¿Será así en el Reino de María? Yo creo que en el Reino de María muchas cosas van a ser diferentes, pero me parece que eso sucedía legítimamente así.

(Extraído de conferencia del 2/4/1983) 

Reflexión, bondad, tristeza y resignación, con mucha fuerza

Doña Lucilia fue una típica señora del siglo XIX. En ella sobresalen profundidades de
alma que le dieron fuerza para ser fiel a los planes que la Providencia le quiso
trazar. Sin duda, ella lanzó un nuevo padrón humano permeado de bondad, tristeza,
resignación y fortaleza.

En la foto de mi madre en París se siente mucho la atracción que ella ejerce por medio de la bondad, y también una mirada muy meditativa y reflexiva. Por lo tanto, no es solamente bondad, sino también reflexión y meditación. Ese es otro aspecto que agrada mucho en ella: la seriedad muy profunda.

Fuerza para ser fiel a los planes que la Providencia le quiso trazar

cropped-capv090.jpgFue providencial que ella haya sido fotografiada con ese traje. No es de una señora en un día común, sino en un día de gala, por lo tanto, de fiesta y de una gran reunión social. Me gusta mucho, porque muestra que una señora con ese traje y esa postura, con esa categoría, puede perfectamente usar esos trajes y no necesita estar disociada de esa profundidad de espíritu y de esa meditación.
Un aspecto que resalta aún más su lado reflexivo y meditativo son las cejas gruesas, bastante oscuras y muy fuertes. Yo no sé por qué, pero el trazado de las cejas acentúa aún más ese lado de meditación y de profundidad. Otro detalle que se nota es una tristeza calmada, suave. Digámoslo así: bondad, tristeza, resignación y, junto con eso, mucha fuerza para ser fiel a los planes que la Providencia le quiso trazar. Si no fuese por esa fuerza, la resignación y la tristeza no valían de nada.
Es una típica señora del siglo XIX. Sin embargo, ella guardó todas esas profundidades de alma, no acompañó la moda en ese sentido. Las señoras de su época tenían que ser alegres, superficiales, estar constantemente conversando y riendo. A propósito, el modo de sostener el abanico en la mano derecha, en la cual ella está un poco apoyada, todo eso también es significativo, porque esos gestos indican mucho su profundidad de espíritu y su lado reflexivo, meditativo.
Esa foto fue sacada antes de la Primera Guerra Mundial. Acabada esta, las faldas subieron de una vez de los tobillos directamente a las rodillas. Por lo tanto, una revolución hecha muy rápidamente. Además, todas las señoras comenzaron a cortarse el cabello, y comenzó a existir la moda llamada
“à la garçonne”, (a la muchacho) con cabello corto para las mujeres. Ella no acompañaba nada de eso.

Misericordia hacia una enfermera

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Dr. August Karl Bier

Es una persona que sufrió mucho. Ella fue a Alemania a hacer una operación de la vesícula, quedó hospitalizada e hizo la cirugía. Cuando terminó la operación, permaneció en el hospital en un período post-operatorio y recibió la indicación médica de solo comer alimentos muy leves para que no le pasase nada a la herida de la operación, porque cualquier cosa podía romperla.
Al día siguiente, llegó la enfermera trayendo un plato de sesos con salsa blanca. Mi madre no podía comer sesos, pues le daban náuseas. Entonces, ella con toda bondad y suavidad le dijo a la enfermera:
– Señora, el médico me dijo que comiese algo muy suave, y no puedo comer esos sesos porque me hacen mal, me dan náuseas. Y eso me puede dar complicaciones después en el
lugar donde fui operada.
La enfermera, muy teutónicamente, respondió:
– No, el médico mandó. Por lo tanto, Ud. tiene que comer de cualquier modo.
– No, no voy a comer.
– Se los va a tener que comer, porque si no se los come, me va a traer complicaciones. No me cause dificultades, porque por cualquier pro
blema que yo tenga aquí, puedo perder el empleo.
– Pero, señora, si yo me como esos sesos y pasa alguna cosa, la culpa no es mía. Por lo tanto, sé que me van a dar náuseas y puedo tener cualquier problema. Si esas heridas se abren de nuevo, la culpa va a ser suya. Cuando el médico venga, voy a tener que decirle eso a él.
– No hay problema.
Entonces mi madre se resignó enteramente, comió sesos y pasó mal en la noche, tuvo náuseas y durmió muy mal.
Al día siguiente llegó el Dr. Bier. Mi madre me contaba que él entraba en el cuarto donde ella estaba acostada, más o menos como un general en su cuartel, con pasos firmes, acompañado de todo un equipo de auxiliares dotados de planillas para hacer las anotaciones necesarias, e inquiría:
– ¿Y esta paciente cómo está?
Una enfermera respondió:                                                                                                          – Parece que pasó mal, tuvo cólicos.
Dirigiéndose a mi madre, el médico preguntó:
– ¿Pero, por qué tuvo cólicos? Eso no debía haber sucedido.
La enfermera, que estaba atrás del médico, juntando las manos, le hizo un gesto a mi madre suplicando que no la denunciase.
Doña Lucilia, con toda calma, cambió de tema y, por bondad, por misericordia hacia aquella enfermera, no contó nada de lo que había sucedido el día anterior.
La enfermera le hizo señas agradeciendo el gesto de bondad que mi madre tuvo con ella en esa situación.
Realmente, como acto de virtud, de resignación y de bondad es difícil imaginar algo más extremo que eso, porque ella tenía todo el derecho de quejarse. Primero, por ser su vida que estaba en riesgo; después, porque ella fue quien pagó el tratamiento y mandó a hacer la operación. Así, estaba en su derecho de protestar y no comer esos sesos, así como de explicarle al médico la causa de esos cólicos. Además, siendo la segunda persona en el mundo que se sometía a esa cirugía, debería ser tratada con todo cuidado y delicadeza.

Doña Lucilia lanzó un nuevo padrón humano

plinio_pequeñoAún en esa ocasión, me acuerdo de un episodio anterior al ya narrado, que también muestra cómo era esa bondad en medio del dolor.
Nos embarcamos en un transatlántico, el
Duca d´Aosta, que era una embarcación de mucha clase en su línea hacia Suramérica, pero en su línea hacia Estados Unidos, por ejemplo, no era de primera clase, había navíos mucho más lujosos.
Ya durante la travesía del Atlántico rumbo a Europa, Doña Lucilia sufrió mucho por causa de la vesícula. Rosée y yo paseábamos y jugábamos en el navío, como es normal en los niños. Mi madre se quedaba reclinada en sus aposentos, gimiendo. Repetidas veces pasábamos por su cabina para hablar con ella. Mi madre nos atendía con toda bondad, paraba de gemir y hacía como si no estuviese sufriendo nada, preguntaba qué estábamos haciendo, si queríamos algo, etc. Cuando salíamos, ella volvía a gemir. Era, nuevamente, esa actitud de bondad y resignación.
Sin duda, ella lanzó un nuevo padrón humano en el cual estaba envuelto ese lado de bondad, de tristeza y resignación, con mucha fuerza.

(Extraído de conferencia del 20/4/1992). 

 

Un corazón materno extraordinario

A veces, el Dr. Plinio iba a pasear con Doña Lucilia en la Plaza Buenos Aires, en San Pablo. Teniendo un corazón materno extraordinario, ella interrumpía su caminata para agradar a los niños que allí jugaban.

Algunas veces yo paseaba con Doña Lucilia. Ella no acostumbraba mucho a salir de casa y yo tampoco tenía mucho tiempo para pasear con ella, pues mi vida era bastante ocupada. Pero a veces salíamos.

Un modo singular de pasear

Lucilia_correade_oliveira_012Cuando ella estaba viva, el tránsito en la Avenida Angélica era mucho menor que hoy en día. Entonces atravesábamos esa vía arteria e íbamos a pasear en la Plaza Buenos Aires. Dábamos una vuelta a la manzana y después volvíamos a casa. Al final de la vida de mi madre eso se volvió imposible. Por un lado, porque al estar más anciana tenía más dificultad para caminar.
Por otro, a causa del tránsito que aumentó mucho, era una verdadera temeridad hacerla atravesar la esquina cercana a nuestro departamento. Por eso dejé de llevarla hasta la plaza.
En el tiempo en que podíamos pasear juntos, ella andaba de un modo singular. Yo me hacía a su izquierda, manteniéndome al lado de afuera de la acera, de tal forma que ella caminaba al lado del jardín de la plaza. Íbamos conversando sobre algunas cositas pero ella con frecuencia paraba y me hacía observar esta o aquella planta, tal otro follaje, o entonces, como siempre iban muchos niños que vivían en aquellos apartamentos a jugar allí, ella paraba y los agradaba. Tenía una habilidad extraordinaria o, mejor dicho, un corazón materno excepcional para agradar a los niños. Entonces ella los encantaba y las mamás y las niñeras sonreían, le hacían un pequeño saludo, y continuaba andando. De manera que era una vuelta demorada, porque había cierto número de cosas para ver. A este propósito, desconfío que si ella no supiese que yo no disponía de mucho tiempo, demoraría aún más. Pero ella percibía que mi tiempo era muy contado y entonces abreviaba un poco.

Gratitud hacia el hijo que cumplía su obligación

Generalmente, cuando ya estaba bien anciana, volvía cansada. Al llegar a la esquina de la calle de nuestra casa, si ella quería, parábamos para que respirase un poco. Después entrábamos en el edificio. Yo la acompañaba hasta arriba, abría la puerta y la hacía entrar.
Ella me besaba a ambos lados del rostro y me agradaba. A pesar de que era mi obligación acompañarla en el paseíto – la obligación más elemental de un hijo –, ella siempre me lo agradecía. Yo me despedía y me iba al trabajo.

(Extraído de conferencia del 26/8/1983)

El servicio de Dios por encima de todo

Doña Lucilia no permitía que su hijo arriesgase la vida por causa de una revolución política cualquiera. Pero prefería morir o verlo muerto si él no tomase las armas en una guerra en defensa de la Santa Iglesia.

En 1950, el Obispo de Jacarezinho se empeñó en que yo me lanzase como candidato a diputado federal por esa ciudad. Yo estaba llegando de Europa y tenía apenas quince o veinte días para hacer campaña electoral.

Alegría por una candidatura frustrada

sdlAsí, pasé repentinamente de París a las carreteras que unían varias ciudades del Norte de Paraná, en aquel tiempo las más polvorientas que se pueda imaginar, sin hablar de los sobresaltos e incomodidades de la campaña electoral.
Cuando me despedí de mi madre para ir a Paraná, así como también en el regreso a São Paulo, después de la campaña electoral, ella me trató, como de costumbre, con mucho afecto y cariño, pareciéndome todo normal. No presté mayor atención en sus reacciones, tratándola con la confianza sin límites que yo le tenía, habituado a la idea de que todo lo que ella hiciese era siempre lo mejor posible, estaba perfecto. A propósito, casi puedo decir
que solo prestaba atención en ella para admirarla, quererla e imitarla.
Cuando comenzaron a llegar los resultados de los escrutinios se constató que, aunque yo había recibido una buena votación para tan poco tiempo de campaña, no completaba el número suficiente de votos para mi elección.
Al recibir la noticia de que yo no había sido elegido, Doña Lucilia, con la serenidad y el timbre de voz al mismo tiempo grave y dulce que le eran característicos, me dijo:
– ¡Cómo me alegro de tu derrota!
Yo quedé espantado y le dije:
– Pero, mi bien, ¿por qué dice una cosa de esas? ¿No ve que yo podría ser diputado y prestar servicios a la Religión?
– Hijo mío, es verdad. Y si Dios así lo quisiese, yo también lo querría. Pero me alegro de que Él no lo haya querido, porque por lo menos no te vas a Río y te quedas más cerca de mí.
– Pero, ¿no le gustaría tener un hijo elegido una vez más como diputado?
– La vida, hijo mío, no es eso. Por debajo del servicio de Dios, vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien.
Ese es un concepto tan anti-moderno, como no conozco ningún otro. Noten que, si yo tuviese que vivir en Tonkín para el servicio de Dios, ella habría concordado enteramente. Por lo tanto, no era una palabra vacía.

Morir por la Religión, sí; pero no por una revolucioncita

Cierta vez hubo una convocatoria de reservistas para una de nuestras revoluciones, y ella quiso que yo me escabullese. Entonces, un tío mío, bromeando con ella, le dijo: – Entonces, Lucilia, el día en que Brasil entre en guerra, ¿no podrá contar con ese soldado?
Ella respondió:
– No, ¡te engañas mucho! Si es para una guerra justa, yo preferiría morir o ver a mi hijo muerto, a constatar que él no tomó las armas, sobre todo en defensa de la Religión. Pero por causa de esa revolucioncita no quiero arriesgar la vida de mi hijo.
Mi tío, que era liberal hasta la raíz de los cabellos, quedó horrorizado con esa impostación de morir por la Religión.
Se despidieron, ella cerró la puerta y volvió a entrar en la casa con aquella calma recogida, poblada de sobrenatural.
(Extraído de conferencia del 24/5/1969)

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