Fe, objetividad y resignación

Doña Lucilia tenía una gran seriedad de alma que se reflejaba,
inclusive, en el trato con los niños. Al contarles historias, colocaba
siempre una nota de seriedad, explicando el sentido moral y religioso de aquella narración. Aun cuando la historia no fuese religiosa, hacía una crítica con mucha paz, serenidad y objetividad, indicando cómo debería ser aquel cuento dentro de un contexto religioso.

La presencia de mi madre daba siempre la impresión de una tranquilidad llena de dulzura, de afabilidad, lo que hacía esa presencia muy atrayente. Eso hace que, aún hoy cuando entro en casa, yo tenga la sensación de que todo el ambiente está embalsamado por esa tranquilidad.

Cariño con un fondo de seriedad

tumulo

Dr. Plinio en la sepultura de Doña Lucilia en el Cementerio de la Consolación

También se nota ese ambiente de paz y tranquilidad en las personas que visitan su sepulcro. Habitualmente voy al cementerio una vez por semana, aunque en horas variadas. A veces voy más de una vez por semana. No me acuerdo de haber encontrado la tumba sin nadie presente junto a ella. En los días en que hay mucho tiempo libre – sábados, domingos y festivos nacionales – se llena de personas a su alrededor. Me llama la atención ver a muchas personas que rezan, y otras quietas, en un estado de alma como quien está sorbiendo esa tranquilidad, bebiendo de ella con la intención de que algún tanto de esa serenidad sea colocado en su alma. Así, noto una analogía o una identidad entre los efectos que las personas sienten hoy junto al sepulcro de ella, y los experimentados otrora por quien frecuentaba nuestra casa cuando ella estaba viva. Esa identidad me conmueve.
¿Cuál era el fondo de esa tranquilidad, de esa serenidad, de esa paz de Doña Lucilia? Ante todo, era una gran seriedad de alma, que se reflejaba inclusive en el trato con los niños. Ella era muy cariñosa con mi hermana y conmigo. Pero su cariño siempre tenía un fondo de seriedad. Mi madre contaba, por ejemplo, historias como la del Gato con Botas. Aunque ella solo tuviese dos hijos, en la familia éramos muchos niños, pues había muchos parientes, y formábamos una rueda enorme en torno a ella y todos los niños absorbían esas narraciones con mucho gusto. Sin embargo, a pesar de hacer descripciones enteramente adaptadas para los niños, ella siempre colocaba una nota de seriedad, es decir, explicaba el más profundo sentido moral y religioso de aquella narración. Aun cuando la historia no fuese religiosa, ella hacía una crítica con mucha paz, serenidad y objetividad, indicando cómo debería ser aquel cuento dentro de un contexto religioso. A propósito, la objetividad era una de las características de su espíritu. Ella quería ver todas las cosas como eran, sin
hacerse ilusiones sobre los lados buenos, ni sobre los malos. Por otro lado, precisamente por causa de esa serenidad y objetividad, ella demostraba una gran resignación.
Doña Lucilia era muy devota del Sagrado Corazón de Jesús y de Nuestra Señora, y de esas devociones absorbía una conformidad con todos los aborrecimientos que la vida trae. En efecto, la vida le trajo disgustos enormes, respecto a los cuales no es el momento de tratar, pero ella sufrió mucho, inclusive desde el punto de vista de la salud, pues fue siempre bastante enferma.

Resignación inhalada en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

manuel-dorrego-1787-1828-sta-ma-margarita-de-alacoqueElla recibía todo eso con una serenidad tal, que se verificó hasta en el momento de su muerte. Según cuenta el médico que la asistió en sus últimos minutos, eran cerca de las diez de la mañana cuando ella, percibiendo que había llegado el momento de pasar a la eternidad, hizo un Nombre del Padre muy grande y tranquilo, y expiró.
Era el fin propio de la vida que había llevado. En la serenidad, ella entregó su alma a Dios con toda la dulzura y suavidad. Era, por así decir, la esencia de su estado psicológico y moral.
Si queremos gozar de esa paz, haremos muy bien en tener mucha devoción al Sagrado Corazón de Jesús, en leer algo sobre esa devoción de Santa Margarita María Alacoque, a quien el Sagrado Corazón de Jesús se manifestó, y todo cuanto Él dijo de sí mismo a esa santa, que es una escuela de resignación para los hombres.
En una de sus apariciones a Santa Margarita María, Él mostró su Corazón y afirmó: “Este es el Corazón que amó tanto a los hombres y fue tan poco amado por ellos”. Nuestro Señor hizo ese lamento con una resignación divina, de la cual nos dio ejemplo hasta en la hora de morir en la cruz, cuando dijo: “Padre mío, en vuestras manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). ¡Y expiró! Esa resignación alimentada en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús trae consigo una dulzura extraordinaria. Más aún cuando es acompañada por la devoción a Nuestra Señora, que siguió todos los pasos de la vida, Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, el nacimiento de la Iglesia, y era Ella misma la Reina de la paz, de la serenidad, de la tranquilidad, incluso en las situaciones más dolorosas.
Por ejemplo, cuando los Apóstoles abandonaron al Divino Maestro, en cierto momento comenzaron a regresar. San Juan Evangelista fue el primero. Después de que Nuestro Señor Jesucristo fue sepultado, Ella se dirigió hacia el Cenáculo y los Apóstoles fueron, poco a poco, reuniéndose en torno a Ella. Podemos imaginar toda su bondad y su dulzura recibiéndolos, perdonándolos, estimulándolos, y siendo la Reina de la paz y también de la resignación.
El hombre moderno no es resignado. Cuando quiere algo, desea eso ferozmente: un empleo, un paseo, un automóvil, en fin, sea lo que sea, él lo quiere de tal manera, que si no
lo obtiene queda dilacerado en su alma. El alma católica no es así. El espíritu católico desea, pero si no puede recibir lo que quiere, si Dios dispuso que las cosas sean de otra manera, acepta en paz y continúa viviendo tranquilamente. Yo creo que con esas disposiciones podemos obtener verdaderamente paz de alma.

Rezaba hasta las tres de la madrugada

con los doctoresDoña Lucilia rezaba mucho. Como dije, ella era muy enferma, y por esa razón, aunque se despertase temprano, permanecía gran parte de la mañana recostada, rezando. Solo interrumpía la oración con ocasión de la visita de alguien de la familia, o por una criada que iba a pedirle instrucciones respecto a la dirección de la casa. El resto del tiempo lo pasaba en oración, recitando serenamente un eterno rosarito, una Letanía al Sagrado Corazón de Jesús, alguna otra oración así. Cuando llegaba la hora del almuerzo se levantaba y almorzaba con mi padre, conmigo y alguna persona más de la familia que apareciese. Cuando todos salíamos, ella se quedaba en casa, iba a la sala de visitas donde se encuentra una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y retomaba la oración. Después iba a cuidar sus deberes de ama de casa, de los cuales, por cierto, cuidaba muy diligentemente. En la noche, terminada la cena, mi madre conversaba con mi padre, conmigo y con quien hubiese en casa. A cierta altura nos retirábamos y ella volvía a rezar al Sagrado Corazón de Jesús. A veces llevaba la oración hasta las dos o tres de la madrugada. Mi padre se levantaba y la llamaba para ir a dormir; y ella con mucha dulzura hacía una señal indicando que ya iría, pero todavía se demoraba un poco. Esa era la fuente de esa resignación dulce, de esa tranquilidad en circunstancias crueles en que la vi sufrir.
En lo tocante a la educación de los hijos, mi hermana y yo pasamos por todos los peligros espirituales por los cuales se pasa en la vida moderna. En lo que dice a mi respecto, yo notaba que ella rezaba mucho, pues tenía un gran miedo de que yo me perdiese, porque en mi tiempo era mucho más difícil que un hombre preservase la fe, que una mujer.
Ella hacía esas oraciones por mi perseverancia, por ejemplo, al final de la Misa. Hay un altar en la Iglesia del Corazón de Jesús, donde existe un grupo de esculturas que representan a Nuestro Señor Jesucristo discutiendo con los doctores en el Templo, donde están Nuestra Señora y San José que llegan a encontrarlo. Ella rezaba mucho allá; no me decía, pero yo notaba que oraba para que yo tuviese buenos argumentos, buena formación para resistir a los argumentos errados que me quisiesen dar, y pedía al Niño Jesús un poco de la Sabiduría infinita de la cual Él dio pruebas en esa ocasión, para resistir a los enemigos de la fe.

Muy vigilante

Ella era una madre muy vigilante, aunque de un modo curioso. Después de que me volví adulto y di pruebas de mi fidelidad, ella tenía mucha confianza en mí, ¡mucha! Sin embargo, tenía al mismo tiempo una vigilancia de la cual un síntoma interesante es este: hubo una ocasión en que tuve que hacer un viaje a Europa. El día de mi regreso, habiendo ya calculado la hora en que yo debería llegar, ella se quedó esperando sentada en el hall de entrada, frente a la puerta del apartamento, toda arreglada, habiendo dejado preparada una mesa con dulces y otras golosinas para que yo comiese. Cuando entré, fui deprisa a besarla. Después de las primeras caricias, ella se apartó un poco de mí y me miró con toda atención. No noté lo que ella estaba haciendo, la miré y me dejé mirar, sonriendo. Ella hizo este comentario: “¡Gracias a Dios eres el mismo, no mudaste en nada!” Es decir, el viaje a Europa, los placeres del turismo, etc., pueden marcar desfavorablemente el alma de una
persona. La gran preocupación de ella no era saber si yo tenía una fisionomía saludable, sino si el alma estaba saludable. Ella me miró fijamente, con una mirada muy tranquila, afectuosa, aunque iba hasta el fondo de mi alma.
En eso consistía su seriedad, cuya fuente estaba en el Sagrado Corazón de Jesús: fe, objetividad y resignación.

(Extraído de conferencia del 7/8/1990).

El Ángel de la Guarda de Doña Lucilia

Un ángel lleno de misericordia, de pronto atendimiento, suave en todos los pedidos, sabiendo tener pena hasta el fondo. Pero también un ángel de gran discernimiento: lo que es verdad, es verdad, lo que es error es error, lo que es bien es bien, lo que es mal es mal.

Para ver a Doña Lucilia con los ojos con los cuales yo la veía, tengo la impresión de que es necesario tomar mucho en consideración cierto punto fundamental de equilibrio que da propiamente la “fisionomía” del alma como esta es vista por Dios. Porque Él no ve el alma apenas en esa o en aquella actitud, sino en la propia fuente de todas las actitudes, en aquello que hay en el hombre de estable y que dicta la pluralidad de sus actitudes.

Firme en la dulzura y dulce en la firmeza

IMG_0172_20171001_LuciocraAlguien dirá: “Pero el hombre nunca es así, tan coherente. ¿Qué tienen de estable los hombres incoherentes? Parece que ellos no son estables.” Es lo contrario; ellos tienen una estabilidad intencionalmente quebrada, de donde todo el resto sale errado. Pero esta estabilidad, aun cuando sea en lo quebrado, en lo errado, existe.

Así, para formarse una hipótesis de cómo es el Ángel de la Guarda correlato a cada persona, es necesario procurar a cada una en esa estabilidad. Más aún, cómo sería esa estabilidad si la persona fuese como debería ser. Ahí se tienen los elementos para una hipótesis de cómo es el Ángel de la Guarda de alguien.

En esta perspectiva, me da la impresión de que el Ángel de la Guarda de ella debería ser visto como un Ángel con una especie de serenidad sobrenatural, que importa en una convicción formada: es la fe; en una actitud tomada: es el estilo de vida de ella; y en un pasado coherente con esa actitud hasta el último momento. Firme en la dulzura y dulce en la firmeza hasta el fin.

Ahí se puede tener una idea de cómo sería ese ángel: lleno de misericordia, de pronto atendimiento, suave en todos los pedidos, sabiendo tener pena hasta el fondo. Pero también, un ángel de gran discernimiento: lo que es verdad es verdad, lo que es error es error, lo que es bien es bien, lo que es mal es mal, y de ahí no se sale.

Creo que, sabiendo compensar esas cosas y ponerlas bien en línea, se tiene una noción de cómo sería el Ángel de la Guarda de Doña Lucilia.

Todo el mundo habla, y con mucha razón, de la misión protectora que tiene cada ángel. Pero está muy realzada – porque es más fácil de imaginar y es auténtica, existe – la protección del ángel en lo que dice respecto al cuerpo. Sin embargo, no está debidamente resaltada la protección del ángel en lo referente al alma. Ahora bien, ese es el elemento principal. Nosotros estamos aquí en la Tierra para dar gloria a Dios, servirlo y amarlo, pero también para salvar nuestras almas, que es el medio de dar gloria a Él.

En esas condiciones, es bien evidente que el ángel desea para nosotros, más que todo, la perseverancia y la santificación. Y nosotros debemos ver, sobre todo, cómo el ángel habrá actuado con relación al alma de Doña Lucilia.

Un mero corusco transformado en luz

Conozco de un modo no satisfactorio el pasado remoto de su familia. Sé que un bisabuelo suyo era un portugués que luchó contra el ejército de Junot, general de Napoleón que invadió Portugal. Como Junot tomó Portugal, la casa del bisabuelo de mi madre en Porto fue destruida y mataron a su familia, y él se vino a Brasil, donde se casó con una señora de familia tradicional, que vino a ser mi tatarabuela.

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Doña Jesuína Ribero dos Santos, abuela paterna de Doña Lucilia

Sin embargo, tengo una idea muy vaga sobre el pasado de la familia en Portugal, no sé cuál es la mentalidad, el estado de espíritu y, sobre todo, lo que más importa: cuál era la posición religiosa de esos antepasados portugueses. Pero, a través de algunas cosas que ella contó, juzgo vislumbrar que había en su abuela paterna, y también en su padre, algo que le preparaba el camino a ella, haciendo presentir ese estilo de alma del cual acabo de hablar.

Con eso no estoy diciendo que su padre y su abuela correspondieron enteramente. Apenas digo que parecen haber recibido gracias en la misma dirección. Y eso tiene un alcance para considerar cómo su Ángel de la Guarda actuó en su alma, porque se ve que mi madre nació en un ambiente donde esa luz estaba presente, y ella participó de esa luz más que sus antecesores. Lo que era un corusco antes de ella, con ella tomó mucho más porte y dimensión. Dentro de ese ambiente familiar, ella estaba encantadísima con esa luz, haciendo de eso un camino hacia Dios.

En el Sagrado Corazón de Jesús, ella veía la plenitud inimaginable e indiscernible de todas las virtudes, entre las cuales esta que ella conocía por coruscos humanos, por fulguraciones así.

Creo que la gran prueba de su vida se desarrolló de la siguiente manera: tengo la impresión de que ella formaba una idea un tanto ingenua de que todas las personas eran, pensaban, sentían y se querían así, y que todas las familias, en sus casas, vivían de esa forma: los señores eran del estilo de su padre y las señoras como ella veía a su madre. Con eso, ella concebía el mundo como una especie de antesala del Cielo.

Sinsabores permitidos por la Providencia

Dña. Gabriela y Dr. Antonio, padres de Doña Lucilia

Con el paso del tiempo, naturalmente vinieron decepciones: este y aquel no eran así, ingratitudes hacia ella, en fin, toda especie de sinsabores.

Ella me contaba este caso característico: una señora rica, de buena familia, clienta de mi abuelo, estaba aislada en el mundo, no tenía quién la apoyase y de repente se enfermó. Mi abuelo necesitó tratar con ella sobre un negocio cualquiera, supo que ella estaba enferma y mandó que sus hijas la visitasen. Vieron, entonces, el abandono en que ella se encontraba, en una casa grande, rica, pero en medio de criadas que no tenían celo por ella. Mi abuelo, desde el principio decretó: “Ella va a vivir en nuestra casa durante el tiempo que quiera y mis hijas van a cuidarla.”

Mi madre estaba joven y esa señora, por lo tanto, era mucho mayor que ella. E inmediatamente se dispuso a ayudarla. Incluso quehaceres que podrían ser confiados a una criada, ella los hacía, por amabilidad. No obstante, comenzó a notar que cuando prestaba a esa señora toda clase de servicios, ella los recibía como si mi madre estuviese apenas cumpliendo la más elemental de las obligaciones. Por otro lado, al aparecer otra persona de la familia que casi no iba allá – porque pensaba en su propia vida y no quería tener esa paciencia –, la huésped sonreía muy complacida y decía: “Fulana, cómo has sido de buena conmigo. ¡Muchas gracias!”

La persona de la familia objeto de esa gratitud, miraba a mi madre y decía:

– No seas boba, Lucilia. Tú debes hacer como yo: manda a las criadas de la casa que la sirvan, y una vez cada dos o tres días apareces para hacer una corta visita y ella queda encantada.

Mi madre respondía:

– No, pobrecita, ella está enferma, sufriendo, y yo quiero prestarle todos los auxilios, pues papá así nos mandó.

– Mira, vas a ver como el día en que esa señora se sane y salga de casa, me va a agradecer el servicio que tú hiciste.

Dicho y hecho. En el momento de la despedida, la huésped agradeció efusivamente a la otra, y a mi madre apenas le dijo: “Lucilia, hasta luego.”

La criatura humana tiene torpezas de esas, pero en ese caso Nuestra Señora lo permitió para ir abriendo los ojos de mi madre con respecto a las cosas.

Le fue pedido desapegarse de todo

3p197bYo mismo presencié varias situaciones semejantes, por donde ella iba comprendiendo que, frente a su bondad, las personas, en su gran mayoría, quedarían indiferentes. Sin embargo, ella mantenía su posición por amor a algo infinitamente más alto, es decir, a Dios Nuestro Señor.

A lo largo de la vida, ella fue constatando que esa actitud de las personas no era solo una falla, sino, casi se podría decir lo contrario: que dentro del hombre la bondad constituye un lapso, o sea, de vez en cuando le sucede ser bueno. Pero si no fuere fiel a la gracia y por razones religiosas, el ser humano es estable y continuamente ruin. Por lo tanto, en esta vida, esas criaturas humanas terrenas que ella se preparaba para querer tanto no eran sino lo contrario de lo que ella esperaba, de las cuales apenas recibía decepción e ingratitud; y eso entre los más próximos…

Bien se comprende cómo eso iba madurando su alma para hacer el siguiente balance: “O mi vida fue vivida toda para Dios – y entonces la vida encuentra una explicación –, o si no hubiese sido vivida para Él, habría sido el error más grande que se pueda imaginar, porque pasé mi existencia dándome, dándome, dándome y recibiendo de los hombres esa retribución…”

Pequeñas circunstancias fortuitas llevaron a que, en determinado momento, incluso a mi respecto, ella tuviese algunas pruebas. Por ejemplo, yo percibía que ella tenía cierta dificultad en comprender la razón por la cual yo dedicaba tanto tiempo a nuestro Movimiento, dejándola sola. Lo que yo, en medio de mil cariños que siempre tuve con ella, hacía inexorablemente, por saber que era mi obligación.

En cierta ocasión, cuando nos encontramos fortuitamente en un corredor de nuestro apartamento, ella me dijo: “¡Hijo mío, yo solo te tengo a ti, pero a ti te tengo enteramente!” Se ve que después la Providencia comenzó a exigirle, hasta de eso, un cierto desapego: “No piense en nada más, ni en nadie. Piense solo en Dios.” Cuando, en sus últimos instantes, ella sintió la muerte llegar, hizo una gran Señal de la Cruz, juntó las manos y murió. Ese amplio ‘En el nombre del Padre’ tiene evidentemente el carácter de una gran aceptación, una gran resolución y una gran confirmación: “¡Es lo que yo quería y en eso creo!”

(Extraído de conferencia del 16/1/1981)

Transiciones temperamentales de Doña Lucilia

En las armoniosas transiciones temperamentales de Doña Lucilia era visible un fondo de sacralidad, de fe, de desapego completo de sí misma, que invitaba a los otros a entrar en el estado de alma en que ella se encontraba, para ser uno con ella.

Había algo de la relación de alma entre mi madre y yo, que solo percibí con entera claridad cuando comencé a ver a las personas volver sus ojos hacia ella al final de su vida.

En la devoción a Nuestra Señora, proximidad con el Sagrado Corazón de Jesús

cap13_001Yo casi no hacía comparaciones entre ella y otras madres, y por esa razón tenía una noción implícita y confusa de que las otras madres no eran como ella. Sin embargo, analizando la actitud de alma de ciertas personas con sus respectivas madres, no podía dejar de percibir cómo era diferente. Estando con un hombre muy alto o mucho más bajo delante de mí, no puedo dejar de notar la diferencia de altura, aunque yo no haga una comparación. Así también, comencé a percibir que las relaciones entre nosotros contenían algo de otro elemento, que no era, de ningún modo, un elemento común, corriente, que yo noto que tiene cierta relación con Nuestra Señora.

Doña Lucilia tenía un grado de equilibrio mental y temperamental que, tanto cuanto puedo ver, no era susceptible de ser aumentado. En él se conjugaban, sin ningún choque, los estados de alma más diversos, sucediéndose con mucha armonía, coherencia, dignidad, lógica, con una especie de lentitud, al mismo tiempo natural y solemne, como en torno de un “flash” secretísimo con respecto a la Iglesia Católica y, sobre todo, a su gran devoción, que era el Sagrado Corazón de Jesús.

Mi madre siempre fue muy devota de Nuestra Señora, pero con el paso del tiempo esa devoción fue aumentando, por lo que yo le explicaba. Yo veía que todo lo que le decía a ese respecto penetraba profundamente en ella, y la aproximaba aún más al Sagrado Corazón de Jesús.

Nuestro Señor era el modelo divino de lo que había en ella de manera creada

tumulo

Dr. Plinio en la sepultura de Doña Lucilia en el Cementerio de la Consolación

En el centro de todo eso, yo tenía la impresión de que el propio Cristo Nuestro Señor era el modelo divino de lo que había en ella de manera creada. De tal modo que, leyendo en el Evangelio la sucesión de estados temperamentales de Él – ora grandioso, ora que increpa, ora plácido, sereno, ora curvándose para tratar a un niño, participando de una fiesta, embreñándose solo en el desierto para tener la batalla trágica con satanás –, en todo eso, lo que más me impresionaba siempre no era apenas la santidad perfecta de cada uno de esos estados de alma, sino también la armonía con la que Él pasaba de un estado a otro, sin crujir, sin extrañeza, sin nada. Era una armonía, una transición perfecta que solo tiene comparación con la armonía con la cual, en un día muy bonito, se pasa de la aurora al mediodía, después al crepúsculo y de este a la noche. Son transiciones perfectísimas en que no hay hiatos.

Así también eran las transiciones temperamentales de ella. Con un fondo nunca dicho, pero siempre visible y transparente de sacralidad, de Fe, de desapego entero de sí misma, que convidaba a los otros a entrar en ese estado de alma para ser uno con ella. Eso sembraba mi madre en torno de sí, de tal manera que hasta hoy esa atmósfera impregna su apartamento; quien entra allá encuentra eso. Sospecho que algo de eso también hay junto a su sepulcro, en el Cementerio de la Consolación.

(Extraído de una conferencia del 15/2/1979)

Amparo de los débiles y esperanza de los enfermos

Doña Lucilia ha socorrido a numerosas almas, llenándolas de esperanza en las enfermedades y tragedias y dándoles fuerzas para afrontar difíciles y dolorosas situaciones.

“Algunas cosas, las explica la ciencia; otras, sólo Dios tiene la respuesta». Con estas palabras, Patricia de Fátima Espírito Santo Leite e Silva, de Laje do Muriaé (Brasil), concluye la narración de cómo su hijo venció sin derramar una sola lágrima sesenta y siete internamientos y setecientos cincuenta días de tratamiento hospitalario, en los cuales fue sometido a ciento diez sesiones de quimioterapia y ochenta exámenes de sangre. No solamente sin verter lágrimas, sino con alegría y serenidad.

Maravillada, Patricia saca sus propias conclusiones: «La única explicación es que la Virgen y Dña. Lucilia lo protegieron, como una buena madre protege a su hijo».

Diagnóstico de una enfermedad incurable

PEDRO ARTUR

Pedro Artur

En gratitud por el constante auxilio recibido durante todo el tiempo de prueba de la familia, esa madre nos envía un relato de sus dolores, oraciones y alegrías, con la esperanza de que otras muchas personas afligidas puedan beneficiarse del maternal amparo de Dña. Lucilia.

Escribe: «En marzo de 2013, cuando tenía tan sólo dos años y ocho meses, a Pedro Artur le diagnosticaron neurofibromatosis, enfermedad incurable para la que ni siquiera había un tratamiento específico, y un tumor en el nervio óptico. Ante este cuadro, los médicos nos informaron que no podían hacer nada por la curación del niño. Por lo tanto, únicamente monitorizarían la enfermedad para seguir su evolución».

Ante la expectativa de encontrar una solución en otro lugar, Patricia y su esposo llevaron a su hijo a varios clínicos, pero siempre obtenían la misma respuesta: «No hay nada que hacer». Así pues, constatada entonces la impotencia de los recursos humanos, decidieron apelar a los medios sobrenaturales.

«Nunca desistimos… El propio mes de marzo de 2013, inmediatamente después del primer diagnóstico, recurrimos al auxilio de Dña. Lucilia. El 22 de abril, día de su aniversario natalicio, mi esposo lo llevó al sitio donde descansan sus restos mortales, en el cementerio de la Consolación, de São Paulo. Allí rezó, pidiendo la gracia de una curación milagrosa».

La fe nuevamente contradicha por el parecer de los médicos

«En 2014 —prosigue el relato— Pedro Artur fue admitido en el Instituto Nacional del Cáncer (INCA), en Río de Janeiro, donde fue monitorizado durante cuatro años, sin recibir ningún tratamiento. Una resonancia magnética hecha a finales de 2017 reveló que el tumor del ojo había crecido y que había aparecido otro en el cerebro, en un área profunda y noble».

A la vista de tal agravamiento, Patricia llevó a su hijo a que lo evaluara un médico especialista, el cual, tras examinar todos los informes y exámenes, se limitó a decir lo siguiente:

—Señora, le recomiendo que Pedro Artur continúe siendo monitorizado en el INCA. No puedo hacer nada por él.

—¿No le puede indicar, al menos, algún tratamiento?

—Infelizmente, no. La quimioterapia le hará daño y no solucionará nada. La radioterapia podría causarle la ceguera en ambos ojos. Y una operación es muy arriesgada: puede acarrearle la pérdida de la visión y el tumor volverse más agresivo.

Una vez más, la fe de esos esposos católicos era contradicha por el protocolo médico, aun así no desistieron; sobre todo, nunca perdieron la confianza en el auxilio de Dña. Lucilia. Siguieron rezando.

«En marzo de 2018 Pedro Artur inició el tratamiento quimioterápico en el Hospital São José do Avaí, en Itaperuna. Actualmente, no sólo ha superado una sesión de quimioterapia, ¡sino ciento diez! Desde marzo de 2013 recurrimos al auxilio de Dña. Lucilia a fin de obtener de Dios la curación milagrosa de nuestro pequeño gran guerrero. ¡Cuántas gracias ya alcanzadas! Fe es creer en lo que no vemos y el premio es ver lo que creemos. Y hoy ocurrió lo que parecía imposible: Pedro Artur está bien, el tumor cerebral ha desaparecido y el del ojo ha disminuido considerablemente».

Confianza, alegría y serenidad en la tragedia

Impresionada por la constante protección de esta generosa señora, Patricia deja traslucir su gratitud no solamente por la curación, sino sobre todo por la gracia de que su hijo haya logrado superarlo todo con serenidad: «Derrochaba alegría y confianza cuando ingresaba cada semana en el hospital para vencer las sesiones de quimioterapia. Los días anteriores los pasaba preparándose para el internamiento; hacía esto con tanta alegría y placer que no parecía siquiera que fuera a un hospital. Durante el largo período de tratamiento nunca manifestó sufrimiento, siempre mostraba una bella sonrisa en su rostro».

Y concluye esta madre ejemplar: «Muchos preguntan si Dios no estaba siendo injusto con nosotros al permitir tamaña prueba para un niño. ¡No! Dios no es injusto; si lo fuera, no sería Dios. Él es misericordia y su amor por nosotros es infinito. Nos compete a nosotros mantenernos perseverantes y confiados, sin que nunca perdamos la fe. Estoy segura de que este testimonio tocará corazones y transformará almas. Dña. Lucilia, ¡ayudadnos!».

Dirigí mis súplicas simples y sinceras a ella, Dña. Lucilia

DANIELA

Daniela Martucci con su esposo

Daniela Martucci —residente en Sant’Andrea del Garigliano, Italia— se enteró de los numerosos beneficios alcanzados por intercesión de Dña. Lucilia, relatados en la revista Heraldos del Evangelio. También estuvo investigando en internet «para comprender algo más sobre la vida de esta dulce señora». Entonces empezó a invocarla, segura de que sus oraciones serían escuchadas. Y nos cuenta su testimonio:

«No hay ni un artículo siquiera que no exprese palabras dulces y delicadas sobre la vida y el comportamiento de esta mujer, ¡tanto como para empujarme a invocarla en los momentos más difíciles de mi vida! «El año pasado vino a fallecer mi querido padre, una persona espléndida, adorable, pilar de mi existencia. Antes de su partida me imaginaba lo difícil que sería mi vida sin él, hasta el punto de que, cuando me venía la idea de que un día nos dejaría, desvié mis pensamientos hacia otra cosa, tan doloroso era para mí pensar que un día…

«Cuando apartaba el pensamiento hacia otros asuntos, dirigí mis súplicas simples y sinceras a ella, Dña. Lucilia, la señora mayor con su chal lila, y parecía que ella me animaba con su sonrisa, a tal punto que decidí tenerla como fondo de pantalla en mi teléfono móvil, al objeto de poder verla en cualquier momento».

La veo, envuelta en su chal, sonriéndome y animándome

3p197bAsí, con su característica manera de actuar, Dña. Lucilia supo preparar a su más reciente devota para la aceptación de los sufrimientos que Dios le pediría:

«Lamentablemente ese día llegó. Mi padre se marchó dejando en mí, mi madre, mis hermanos y mis hijos un vacío infranqueable y cuando traté egoístamente de desviar mi pensamiento para poder sufrir menos visualicé el rostro de Dña. Lucilia… Me infundió valor y confianza. Y si hoy he decidido escribirles es porque me parece importante poder creer que el Señor nos concede la gracia de conocer en esta tierra a personas que de algún modo pueden infundirnos coraje en momentos de profunda dificultad y dolor».

Daniela pronto se habituó a recurrir al eficaz amparo de Dña. Lucilia: «Pienso siempre en ella como una intercesora. Su vida inmaculada le habrá asegurado en el Cielo, sin duda, un sitio especial, desde el cual puede dialogar con la Virgen y presentarle nuestras súplicas. Ahora forma parte de mi vida y puedo testimoniar que me escucha cuando la invoco. Pienso en papá, que ya no está, y enseguida la veo, envuelta en su chal, sonriéndome y animándome».

Le pedía a Dña. Lucilia una señal

«Un día en el cual pensaba intensamente en mi hijo Ángelo, que estaba pasando un momento de debilidad psicológica, dirigí la mirada al Cielo y le pedí a Dña. Lucilia una señal a fin de que pudiera saber si me estaba oyendo y comprendiendo mis preocupaciones acerca de él. En ese preciso instante vi una estrella fugaz surcando el azul de la noche con su rastro luminoso y pensé: “Ha sido ella, que me escuchó y me ha dado la señal que le pedía”.

«La noche siguiente a ese episodio, mi hijo, al volver del trabajo, me dijo: “Mamá, me ha pasado una cosa bellísima. Mientras iba en el coche, una estrella fugaz ha atravesado el cielo con su rastro y parecía que casi la podía tocar. ¡Ha sido una sensación maravillosa!”. Tras días de tristeza, pude ver una sonrisa de luz en el rostro de mi hijo…».

Estamos saliendo de una pesadilla, gracias a su protección

Segura de que Dña. Lucilia está dispuesta a atenderla en todos los momentos, Daniela no tuvo recelo en implorar su auxilio también para que su hijo no fuera alcanzado por la pandemia: «Hace algunos días, habiendo estado en contacto con un compañero que dio positivo [en coronavirus], empezó a acusar un dolor en los huesos acompañado de fiebre y pérdida del olfato: el médico de familia concluyó que se trataba de COVID-19 y que tenía que hacerse las pruebas. Le rogué mucho a Dña. Lucilia para que le transmitiera mis preocupaciones a la Santísima Virgen… Ángelo se las hizo y, para sorpresa de todos, ¡el resultado fue negativo!».

Sin embargo, su esposo contrajo la enfermedad… y entonces Daniela no dudó en invocar nuevamente a su intercesora.

«Durante diez días estuvo muy mal, con fiebre altísima y baja saturación de oxígeno; estábamos a punto de decidirnos por su hospitalización… Mis ruegos a Dña. Lucilia no pasaron desapercibidos: mi marido empezó a sentirse mejor y ya el tercer test resultó negativo. En todo ese tiempo tuve que cuidarle muy de cerca e incluso ponerle inyecciones.

«A estas alturas era inevitable mi contagio. Recurrí a ella, le pedí coraje para enfrentar tan difícil situación. No enfermé y pude tratar adecuadamente a mi esposo. Estamos saliendo de una pesadilla gracias a su protección, de eso estoy segura. Confío en su intercesión y en el calor de su chal de color lila».

* * * * *

Así pues, esa bondadosa señora no cesa de conquistar nuevos devotos que, sintiéndose protegidos bajo su chal acogedor, no dudan de su maternal auxilio. Sí, ella ha amparado a numerosas almas, llenándolas de esperanza y dándoles fuerzas para afrontar difíciles y dolorosas situaciones.

FUENTE: REVISTA HERALDOS DEL EVANGLIO, JULIO 2021. PP. 36-38

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