Conversando con Dña. Lucilia

Estevilna Acosta con un cuadro de Dña. Lucilia

De la localidad argentina Ingeniero Pablo Nogués, provincia de Buenos Aires, nos escribe Estelvina Acosta para contarnos un hecho que le sucedió a un vecino suyo al recurrir a Dña. Lucilia durante su grave enfermedad:

“En noviembre de 2014 mi vecino, Pedro Bugeño, que estaba padeciendo un cáncer de hígado que lo hacía sufrir mucho, recibió la visita de dos heraldos, en la cual hablaron sobre la vida de Dña. Lucilia y le dejaron una estampa de ella para que le pidiera la paz que estaba buscando.

“Una semana antes de que Pedro falleciera fui a verlo al final de la tarde. Al entrar en la habitación vi que estaba con los ojos cerrados y pensé que estuviese durmiendo; por eso decidí mejor retirarme. Pero cuando me encontraba a punto de hacerlo me dice: ‘No te vayas, estoy despierto; sólo estaba conversando con esta señora’. En su mesilla de noche tenía la estampa de Dña. Lucilia que le habían regalado.

“Al preguntarle a qué se refería, me contó que todas las tardes Dña. Lucilia iba a conversar con él y le daba mucha paz. Fue ella quien lo preparó para morir bien”.

Un embarazo imposible

Asimismo, Estelvina nos relata el caso de una amiga que no podía tener hijos desde hacía siete años y que habiendo conocido la historia de Dña. Lucilia empezó a rezarle ante una foto suya, recibida como obsequio, pidiéndole un milagro:

“Interiormente yo no creía mucho que eso ocurriera, pues sabía que los médicos le habían dicho a ella que era imposible que se quedase embarazada por todo lo que había pasado. Cual no fue mi sorpresa cuando, un mes después [de iniciadas sus oraciones], mi amiga Silvana estaba encinta… Desde entonces me volví muy devota de Dña. Lucilia, al ver los milagros que ha ido haciendo”.

FUENTE: REVISTA HERALDOS DEL EVANGELIO, ENERO 2019, PP. 36-39.

03

El valor de la oración confiada

cap13_004Karla Maia Malveira, de Montes Claros (Brasil), nos escribe también para darnos su testimonio:

“Soy montesclarense y con mi esposo trabajamos en el ámbito de la salud. El 9 de mayo de este año [2019] sufrimos un atraco en la clínica de nuestra propiedad. Una empleada fue reducida por un maleante a punta de pistola y se llevó cinco de los más valiosos aparatos utilizados en los tratamientos que ofrecemos.

“La ausencia del material robado podría poner fin a la existencia de nuestra clínica, obtenida con años de dedicación, por el alto coste de los equipos, que proporcionaban el mayor volumen de nuestras terapias. Pasamos días muy difíciles, pues perdimos todas las ganancias, ya que las consultas tuvieron que ser interrumpidas.

“En esa gran aflicción, pedimos las oraciones a los sacerdotes heraldos y a los hermanos terciarios. En medio a todo esto nos invitaron a asistir a la ordenación sacerdotal de un diácono heraldo, a quien estimamos mucho, en São Paulo. Nuestros familiares nos aconsejaron que no fuéramos, debido a las grandes dificultades que atravesábamos. Sin embargo, mi esposo y yo decidimos hacer un acto de confianza en la Virgen y fuimos, incluso para distanciarnos un poco del problema.

“Después de las ordenaciones realizadas por Mons. Benedito Beni dos Santos, providencialmente un heraldo nos regaló El libro de la confianza.

“Al leer el prefacio me identifiqué mucho con las pruebas por las cuales pasó el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, maestro espiritual de Mons. João Clá Dias. Dificultades que habían sido prontamente sanadas en su vida por su oración confiada. ¡En ese prefacio vi una señal! El Dr. Plinio, desde el Cielo, me indicaba el camino a seguir en aquel momento de dolor: ¡la vía de la confianza! Ante esto mi marido y yo resolvimos consagrar, confiados, nuestra delicada situación al Dr. Plinio y a Dña. Lucilia.

“¡Y el milagro ocurrió! Al regresar a Montes Claros, contrariando todas las expectativas naturales, supimos que la Policía, después de las investigaciones, había localizado al ladrón aún en posesión de los objetos robados. Al final de esa tarde todos los aparatos, intactos, ya estaban de vuelta en la clínica.

“Por medio de este relato quiero compartir mi eterna gratitud al Dr. Plinio y a su madre, Dña. Lucilia, que nos obtuvieron esa inmensa gracia, la cual la veo como dos: por una parte, nos restituyeron un bien material importante, pero, por otra, nos hicieron comprender sobre todo que la oración confiada jamás es decepcionada. ¡Dr. Plinio y Dña. Lucilia, os pedimos, rogad por toda la humanidad tan perdida e incrédula en el amor del Padre!”.

05

“Su bichillo ha desaparecido”

Afectada por un cáncer de garganta, Aurora Tinoco, de Braga (Portugal), empezó a rezarle a Dña. Lucilia con el fin de obtener su curación y, tras varias operaciones, su tumor desapareció:

“A mediados de 2018 los médicos me diagnosticaron un granuloma piógeno en la laringe. Fui operada el 27 de agosto de ese año. Las biopsias no fueron concluyentes y me dijeron que tenía que ser operada de nuevo. Entré en pánico. Tomé antidepresivos durante un mes. Entonces aparece una amiga que empieza a hacer conmigo una caminada de oración.

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Aurora Tinoco consagrándose a la Virgen María en el santuario de Sameiro

“Fui operada por segunda vez, el 15 de octubre de 2018, día de Santa Teresa. Me aconsejaron que pidiera la intercesión de Dña. Lucilia. Por coincidencia, dormía con una revista debajo de la almohada que tenía su fotografía. A partir de ese día comencé a pedir la intercesión de Dña. Lucilia.
“En enero de este año [2019] volví a ser operada, pues el granuloma apareció otra vez. Al finalizar la intervención quirúrgica pedí mi curación. Meses después el médico comprobó que el granuloma estaba disminuyendo. Durante esos meses mi oración a Dña. Lucilia permanecía constante.

“Pasado un año de la primera intervención, el 27 de agosto de 2019, mis oraciones habían sido escuchadas, pues el médico me dijo: ‘Su bichillo ha desaparecido’. Él mismo afirmó que siempre demostré ser una mujer de fe. ¡La prueba de ello está ahí!”

FUENTE: REVISTA HERALDOS DEL EVANGELIO, ENERO 2019, PP. 36-39.

02

Detección de un cáncer linfático

Sr. Jaison Jeferson Küster, junto a um quadro de Dona Lucilia - Foto: Reprodução

Sr. Jaison Jeferson Küster, junto a un cuadro de Dona Lucilia

Jaison Jeferson Küster, miembro de los Heraldos del Evangelio, también nos cuenta cuán grande es su gratitud para con Dña. Lucilia, principalmente tras haber sido objeto de su intercesión ante Dios.

Desde hace tiempo, nos dice, le diagnosticaron un cáncer linfático en su fase más avanzada. El número de tumores era espantoso: quince, todos malignos y ya estaba en la última etapa. Los hematólogos calcularon doce sesiones de quimioterapia y otras quince de radioterapia, para intentar salvar la vida del paciente.

Consciente del grave estado de salud en que se encontraba, Jaison resolvió recurrir a Dña. Lucilia. Al comienzo del tratamiento se dirigió a su tumba en el cementerio de la Consolación, situado en São Paulo. Tras un momento de bendecida y reconfortante oración, se le ocurrió coger algunas de las rosas que adornan la tumba para hacer un té con los pétalos, como peculiar método de confiar su curación a quien consideraba, a justo título, como madre espiritual.

Un «remedio» diferente

Sabía muy bien que no podía encontrar en un simple té de pétalos de rosas los elementos medicinales para la curación de cualquier enfermedad, mucho menos quince tumores cancerígenos en su fase más avanzada. Sin embargo, tenía fe de que por aquel sencillo gesto practicado a la manera de una novena —pues lo estuvo tomando durante nueve días—, obtendría de Dios, por la intercesión Dña. Lucilia, la anhelada curación.

Después del primer ciclo de quimioterapia, el hematólogo responsable por el caso le pidió que se hiciera una nueva prueba PET CT SCAN, a fin de valorar los efectos del tratamiento. Al analizar los resultados, el médico no se lo podía creer: en tan sólo dos meses de tratamiento, ¡Jaison se había curado completamente de los quince tumores malignos!

*     *     *

A veces Dios nos envía determinadas pruebas, enfermedades y adversidades para enseñarnos a mirar al Cielo, pedir la ayuda de los bienaventurados que allí gozan de la visión beatífica y esperar el auxilio que, según sus sapienciales designios, descenderá hasta nosotros.

Así, habiendo tomado conocimiento de esos milagrosos favores que Dña. Lucilia con tanta bondad viene alcanzándoles a los que recurren a ella, tengamos también nosotros la certeza de que, por muy insoluble que pueda parecer nuestra situación, con su ayuda llegaremos al puerto seguro de la salvación.

Elizabete Fátima Talarico Astorino

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio Marzo 2022

Misterioso depósito bancario

Sandra Aparecida, de São Paulo, relata una gracia que obtuvo en un momento por el que pasaba grandes dificultades económicas:

“Hasta febrero de este año [2019] vivía con mis padres, una hermana y una sobrina. Después de rezar mucho, mi sobrina y yo —con pocos recursos— nos mudamos a un apartamento, cerca de la sierra de la Cantarera.

“En julio me despidieron del empleo en el que llevaba doce años y esperaba invertir la cantidad de la indemnización en algo que nos permitiera trabajar y dedicarnos a Nuestra Señora, al mismo tiempo. Ocurre que hasta recibir el dinero y pasar por todos los trámites burocráticos de una empresa, las facturas no dejaban de llegar. Nos vimos, pues, en extrema necesidad, porque mi sobrina tampoco estaba trabajando ya.

“¿Qué hacemos en esos momentos? Seguir el consejo de varios sacerdotes: ¡Confiar!”.

Habiendo sido atendida unos meses atrás por Dña. Lucilia, decidió lanzarse en lo oscuro y confiar en ella ciegamente.

“El 5 de julio debía pagar el alquiler del apartamento, pero en mi cuenta no había la cantidad necesaria, que era de R$ 3.285,23. Tan sólo tenía R$ 959,05, y tras el pago quedaría un saldo negativo de R$ 2.326,18. Le estaba haciendo una novena a Dña. Lucilia para que lograra ponerle remedio a nuestra situación.

“Al día siguiente, 6 de julio, decidimos ir a la basílica del Carmen, pero en el camino nos vimos envueltas en un accidente de tráfico con otro vehículo. Nadie salió herido y gracias a Dios yo tenía seguro; tan sólo me preocupaba la franquicia, pues el automóvil quedó destrozado y pensé: ¡Otra factura más!

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…en la que quizá apareciera una mujer de cabellos plateados con su paquetito de dinero…

“Alquilamos un coche —¡otro gasto más…!— para no perder el compromiso que teníamos aquella tarde: una reunión con un sacerdote heraldo, en la que asistimos a un vídeo de Mons. João Clá Dias donde hablaba sobre María Auxiliadora. Subrayaba la confianza que hemos de tener en Ella y decía que Ella nunca dejó a un miserable sin ayuda.

“Al llegar a casa, le pedí a Dña. Lucilia y a Nuestra Señora que nos socorrieran, pues si ellas ayudan a todos, ¿por qué no harían lo mismo con estas miserables? Y estaba segura de que intervendrían, sólo que no sabía cuándo.

“Al día siguiente me levanté sin mucho ánimo y miré mi cuenta para poder planificarme. Pero cuál no fue mi sorpresa al encontrarme ¡con un ingreso en efectivo de R$ 36.022,04! Cuando me fijé en las últimas cifras de dicha cantidad —22,04— empecé a llorar inmediatamente: ¡22 de abril, la fecha de nacimiento de Dña. Lucilia! Lo entendí todo, ahí estaba su firma”.

Y, para confirmar el auxilio sobrenatural, todo había ocurrido el día en que se conmemoraba una de las principales devociones de Dña. Lucilia: “Ese depósito se hizo el 5 de julio, un primer viernes de mes, día dedicado al Sagrado Corazón de Jesús”.

No obstante, a pesar de confiar en la intercesión de Dña. Lucilia, intrigada con esa suma y su procedencia, Sandra procuró informarse al respecto:

“Llamé al banco y la persona que me atendió me dijo que esa cantidad había sido ingresada en efectivo por la propia beneficiaria. O sea, ¡¡¡por mí misma!!! Colgué el teléfono aterrada, pero llamé de nuevo, con la esperanza de conseguir la firma del comprobante o alguna grabación en la que quizá apareciera una mujer de cabellos plateados con su paquetito de dinero. Pero lo único que conseguí fue irritar a la operadora que en cierto momento me dijo: ‘Señora, ese depósito lo ha hecho usted misma, en efectivo, en el cajero, ¿cuál es su duda? ¿Se ha confundido usted?’ Qué poco sabe ella…”.

Y como si no bastara, Dña. Lucilia encontró una salida hasta para conseguirle un nuevo vehículo, sin mayores perjuicios, favoreciendo de forma considerable la situación financiera de Sandra: “La terminación de aquella cantidad la comprendía, pero por qué exactamente 36.000, no lo sé. Pensé que fuera para comprar un nuevo coche, pues lo necesito para poder ir a Misa todos los días. Sin embargo, recibí un correo electrónico de la aseguradora donde se me informaba que había sufrido una pérdida total del vehículo y que ¡ellos me pagaban su valor íntegramente! ¡Una acción más de ella! En fin, no tengo sino agradecerle todos esos milagros. Realmente ha venido en nuestro socorro.

“Les exhorto a todos a que pidan mucho, pidan todo, sin parar, sin desanimar. Ella está siempre a nuestro lado, llevándonos a menudo en su regazo, pero en contrapartida, esperando de nosotros la confianza ciega en su amor”.

FUENTE: REVISTA HERALDOS DEL EVANGELIO, ENERO 2019, PP. 36-39.

02

Dirigí mis súplicas simples y sinceras a ella, Dña. Lucilia

DANIELA

Daniela Martucci con su esposo

Daniela Martucci —residente en Sant’Andrea del Garigliano, Italia— se enteró de los numerosos beneficios alcanzados por intercesión de Dña. Lucilia, relatados en la revista Heraldos del Evangelio. También estuvo investigando en internet «para comprender algo más sobre la vida de esta dulce señora». Entonces empezó a invocarla, segura de que sus oraciones serían escuchadas. Y nos cuenta su testimonio:

«No hay ni un artículo siquiera que no exprese palabras dulces y delicadas sobre la vida y el comportamiento de esta mujer, ¡tanto como para empujarme a invocarla en los momentos más difíciles de mi vida! «El año pasado vino a fallecer mi querido padre, una persona espléndida, adorable, pilar de mi existencia. Antes de su partida me imaginaba lo difícil que sería mi vida sin él, hasta el punto de que, cuando me venía la idea de que un día nos dejaría, desvié mis pensamientos hacia otra cosa, tan doloroso era para mí pensar que un día…

«Cuando apartaba el pensamiento hacia otros asuntos, dirigí mis súplicas simples y sinceras a ella, Dña. Lucilia, la señora mayor con su chal lila, y parecía que ella me animaba con su sonrisa, a tal punto que decidí tenerla como fondo de pantalla en mi teléfono móvil, al objeto de poder verla en cualquier momento».

La veo, envuelta en su chal, sonriéndome y animándome

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Así, con su característica manera de actuar, Dña. Lucilia supo preparar a su más reciente devota para la aceptación de los sufrimientos que Dios le pediría:

«Lamentablemente ese día llegó. Mi padre se marchó dejando en mí, mi madre, mis hermanos y mis hijos un vacío infranqueable y cuando traté egoístamente de desviar mi pensamiento para poder sufrir menos visualicé el rostro de Dña. Lucilia… Me infundió valor y confianza. Y si hoy he decidido escribirles es porque me parece importante poder creer que el Señor nos concede la gracia de conocer en esta tierra a personas que de algún modo pueden infundirnos coraje en momentos de profunda dificultad y dolor».

Daniela pronto se habituó a recurrir al eficaz amparo de Dña. Lucilia: «Pienso siempre en ella como una intercesora. Su vida inmaculada le habrá asegurado en el Cielo, sin duda, un sitio especial, desde el cual puede dialogar con la Virgen y presentarle nuestras súplicas. Ahora forma parte de mi vida y puedo testimoniar que me escucha cuando la invoco. Pienso en papá, que ya no está, y enseguida la veo, envuelta en su chal, sonriéndome y animándome».

Le pedía a Dña. Lucilia una señal

«Un día en el cual pensaba intensamente en mi hijo Ángelo, que estaba pasando un momento de debilidad psicológica, dirigí la mirada al Cielo y le pedí a Dña. Lucilia una señal a fin de que pudiera saber si me estaba oyendo y comprendiendo mis preocupaciones acerca de él. En ese preciso instante vi una estrella fugaz surcando el azul de la noche con su rastro luminoso y pensé: “Ha sido ella, que me escuchó y me ha dado la señal que le pedía”.

«La noche siguiente a ese episodio, mi hijo, al volver del trabajo, me dijo: “Mamá, me ha pasado una cosa bellísima. Mientras iba en el coche, una estrella fugaz ha atravesado el cielo con su rastro y parecía que casi la podía tocar. ¡Ha sido una sensación maravillosa!”. Tras días de tristeza, pude ver una sonrisa de luz en el rostro de mi hijo…».

Estamos saliendo de una pesadilla, gracias a su protección

Segura de que Dña. Lucilia está dispuesta a atenderla en todos los momentos, Daniela no tuvo recelo en implorar su auxilio también para que su hijo no fuera alcanzado por la pandemia: «Hace algunos días, habiendo estado en contacto con un compañero que dio positivo [en coronavirus], empezó a acusar un dolor en los huesos acompañado de fiebre y pérdida del olfato: el médico de familia concluyó que se trataba de COVID-19 y que tenía que hacerse las pruebas. Le rogué mucho a Dña. Lucilia para que le transmitiera mis preocupaciones a la Santísima Virgen… Ángelo se las hizo y, para sorpresa de todos, ¡el resultado fue negativo!».

Sin embargo, su esposo contrajo la enfermedad… y entonces Daniela no dudó en invocar nuevamente a su intercesora.

«Durante diez días estuvo muy mal, con fiebre altísima y baja saturación de oxígeno; estábamos a punto de decidirnos por su hospitalización… Mis ruegos a Dña. Lucilia no pasaron desapercibidos: mi marido empezó a sentirse mejor y ya el tercer test resultó negativo. En todo ese tiempo tuve que cuidarle muy de cerca e incluso ponerle inyecciones.

«A estas alturas era inevitable mi contagio. Recurrí a ella, le pedí coraje para enfrentar tan difícil situación. No enfermé y pude tratar adecuadamente a mi esposo. Estamos saliendo de una pesadilla gracias a su protección, de eso estoy segura. Confío en su intercesión y en el calor de su chal de color lila».

FUENTE: REVISTA HERALDOS DEL EVANGLIO, JULIO 2021. PP. 36-38

El premio de los que tienen fe

Todo lo que conquistamos con sacrificios se reviste para nosotros de un valor mayor que si hubiera sido fácil… Los hechos narrados a continuación muestran cómo, incluso de cara a los problemas más perturbadores, jamás debemos dejar de recurrir a nuestros intercesores celestiales.

Da. Solange Calero Chávez (à direita) com sua irmã, Da. Yicetth Aissa Calero Chávez - Foto: Reprodução

Doña Solange Calero Chávez (a la derecha) con su hermana, Doña Yicetth Aissa Calero Chávez

Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra» (Gén 1, 28), les preceptuó el Señor a nuestros primeros padres, certificando hasta qué punto la generación de la prole es el principal objetivo de la institución del Matrimonio. Por eso, bien podemos imaginar lo duro que es para una pareja temerosa de Dios verse privada de la hermosa dádiva de la descendencia, como le sucedió a María Izabel Silva da Costa Cézar, residente en Cuiabá (Brasil).

Una petición aparentemente no atendida

Siendo la benjamina de la familia, con sus cuatro hermanas casadas y con hijos, desde hacía tiempo veía cómo se frustraban una tras otra todas las esperanzas de concebir su primer hijo. Entonces decidió consultar a un especialista, el cual solicitó varias pruebas a fin de detectar el motivo de tal incapacidad. Pasaron tres largos años de tratamiento y, sobre todo, de promesas, peticiones a la Virgen, oraciones y Misas por esa intención, sin resultado alguno.

Cierto, no obstante, una nueva luz brilló en su vida: oyó hablar de los numerosos favores alcanzados por intercesión de Dña. Lucilia y de la manera tan bondadosa con la que esta señora atendía a todos los que, con humildad y confianza, recurrían a ella. Sintió enseguida en su interior el impulso de pedirle también su auxilio para obtener la tan anhelada gracia. A fin de cuentas, si ya había ayudado a tantas personas, no iba a dejar de hacerlo con ella.

Da. Maria Izabel Silva da Costa Cézar com seu esposo e seus filhos - Foto: Reprodução

Doña María Izabel Silva da Costa Cézar con su esposo e hijos

De modo que empezó un auténtico maratón de oraciones a Dña. Lucilia. Era tal la confianza en su bondad que le prometió interiormente a su nueva protectora que si se quedaba embarazada le rendiría homenaje poniéndole a su hijo el nombre de Plinio.

Se pasaba los días en oraciones, acompañadas de muchas lágrimas, principalmente cuando el transcurso de los meses parecía indicarle que sus plegarias no serían escuchadas.

Gracia condicionada a un paso en la vida espiritual

En esta angustiosa expectativa, María Izabel sintió durante la acción de gracias en una Misa como si alguien le sugiriera que le hiciese una ofrenda a Dios antes de que viera atendida su petición. Luego prometió que, si se quedaba en cinta pronto, distribuiría canastas básicas alimentarias entre los necesitados. Aunque transcurrió otro mes sin que le fuera concedida la deseada dádiva.

Al percibir que esa no era la mejor oferta, cambió la promesa: en lugar de dar alimentos, rezaría unos Rosarios a favor del esperado hijo. Pasó un mes más y no fue atendida.

Ante la sospecha de que no estuviera haciendo el ofrecimiento correcto, le pidió ayuda a su ángel de la guarda. Y fue bien orientada, pues le prometió a Dios que, si se quedaba embarazada ese mes, jamás volvería a vestirse con ropa que hiere la virtud de la santa modestia. Detalle expresivo: en ese mismo instante, una fuerte emoción invadió su corazón, hasta el punto de no contener las lágrimas, dándole la certeza de que, por fin, había encontrado la proposición adecuada.

A finales de aquel mes, se hicieron sentir los signos de la concepción y poco después recibió la confirmación de que, finalmente, Dios había escuchado su plegaria por intercesión de Dña. Lucilia.

Gracias a esta bondadosa señora, María Izabel tuvo un hijo y, sobre todo, le pudo ofrecer al Señor un regalo que realmente le agradara y que cambiaría su vida.

En este hecho comprobamos, una vez más, cómo la bondad de Dña. Lucilia se extiende a todos los casos, pero a menudo guía maternalmente al beneficiario a que dé un paso en la vida espiritual. Como fiel reflejo de la generosidad de María Santísima, no sólo atiende las peticiones, sino que ayuda a conseguir de la Divina Providencia las gracias que muchas veces no sabemos pedir.

«Temiendo por su alma, lo encomendé a Dña. Lucilia»

E. P. M., residente en Mairiporã (Brasil), atravesaba una angustia similar a la narrada más arriba, si bien por una razón diferente. Su hijo vivía solamente con la madre desde su nacimiento, sujeto a una vida inestable, tanto en materia de principios como emocionalmente; además, aún no había sido bautizado. Sin embargo, cuando el chico tenía ya 6 años, la madre decidió entregarlo al cuidado paterno. «Inmediatamente dispuse que el niño recibiera el sacramento del Bautismo y le enseñé las primeras oraciones, las cuales aprendió con mucho empeño», cuenta el padre.

Ahora bien, cuando esas gracias empezaron a dar frutos prometedores, se vieron interrumpidas por una nueva separación: «Nuestra convivencia duró únicamente diez meses, porque al ver que su hijo progresaba en la religión católica y principalmente en la devoción a la Virgen, la madre tuvo un repentino ataque de ira y se lo llevó con ella de vuelta». Esta vez, el niño fue trasladado a otro estado sin el consentimiento del padre, que lo confió a la protección del Cielo: «Ignorando dónde estaba y temiendo por su alma, lo encomendé a Dña. Lucilia, la cual, desde que la vio por primera vez en una foto, la tomó por madre».

La aflicción aumenta

Después de dos meses sin noticias, un día recibió una llamada de la madre del niño exigiéndole, con una inexplicable furia, que comprara enseguida un billete para ir a recoger a su hijo, de lo contrario, lo abandonaría. «Rápidamente traté de prepararlo todo», prosigue el dedicado padre, «pero para llegar al lugar adonde estaban sólo había vuelos con escala. Comprar un pasaje tan intempestivamente sería algo costoso y los vuelos estaban llenos».

No obstante, Dña. Lucilia ya estaba arreglándolo todo incluso antes de que él se diera cuenta. Buscando entre distintas compañías aéreas, encontró un precio bastante asequible y con el tiempo de transbordo ideal.

E. P. M. continúa su relato: «Cuando volvió a mi cargo, solicité cuanto antes la custodia, para que mi hijo no estuviera a merced de semejante clima emocional, tan perjudicial para su formación. La audiencia quedó fijada diez meses a partir de ahí y, para garantizarme que la madre no se lo llevara nuevamente, logré la custodia provisional».

De este modo, le fue garantizado legalmente cuidar de la educación moral y espiritual del niño durante ese período. Tras frecuentar las clases de catecismo en una de las casas de los Heraldos del Evangelio, pudo recibir por primera vez a Nuestro Señor en el sacramento de la Eucaristía. Cada día crecía más su devoción a Dña. Lucilia y le pedía la gracia de no volver a la situación anterior.

«Llegado el día de la audiencia», prosigue la narración, «la abogada me comunicó que duraría tan sólo unos veinte minutos, pues se trataba de una conciliación. Si la madre estaba de acuerdo en cederme la custodia del niño, el problema estaría resuelto. Pero eso era prácticamente imposible, porque, a pesar de tener todas las pruebas a mi favor, ella alegaba que el niño le había sido “arrebatado” en un momento de fragilidad y dejaba claro que no aceptaba la formación religiosa que nuestro hijo estaba recibiendo. Si no estaba de acuerdo, el juez daría seguimiento al proceso, con la admisión de pruebas, declaración de testigos, visitas de un asistente social, etcétera».

La intervención de Dña. Lucilia se hace sentir

El encuentro, que en teoría iba a durar solamente veinte minutos, se prolongó dos horas… Irreductible, la madre no estaba de acuerdo en cederle la custodia. El mediador intentaba con paciencia convencerla de lo contrario, para sorpresa del padre, el cual sabía que difícilmente la ley le quita un hijo a su madre, aunque éste viva en un ambiente dañino para su formación.

Ocurrió, finalmente, un inesperado desenlace, como narra R. E. P. M.: «Después de muchas negativas, al oír al mediador decir que el proceso seguiría con la fase de instrucción, las pruebas y otras diligencias, la madre cambió enseguida su discurso, alegando que, como yo era un buen padre, sería mejor para el niño que se quedara conmigo».

E. P. M. no tiene duda de que entró una acción muy fuerte de Dña. Lucilia,que desde el principio fue despejando el terreno para obtenerle tal gracia. Como madre, sabía muy bien cuán grande era el tormento por el cual estaba pasando y, recelando que el pequeño se adentrara por el mal camino que el mundo ofrece, ciertamente suplicó el auxilio del Sagrado Corazón de Jesús.

Una operación en el cerebro, superada con ánimo y serenidad

La maternal intercesión de Dña. Lucilia también se sintió en Perú, conforme lo relata Solange Calero Chávez.

Nos cuenta que un día su hermana Yicetth Aissa Calero Chávez le pidió que la acompañara a la clínica, porque tenía dolores de cabeza y náuseas. Al notarla realmente abatida, de inmediato, Solange confió el caso a Dña. Lucilia. El médico la examinó y pidió una tomografía, a fin de descubrir la causa de aquel malestar.

Pero al día siguiente se le inflamaron los ganglios, lo que le aumentó los dolores. No conseguía siquiera tomar agua, ni podía acostarse. Al enterarse de ese empeoramiento, Solange se puso a rezarle a Dña. Lucilia con más ahínco e insistencia, rogándole que protegiera a su hermana.

En la fecha indicada, ambas fueron al laboratorio a recoger el resultado de la tomografía y se toparon con una noticia muy preocupante: el diagnóstico indicaba que había un tumor cerebral, cerca de la zona ocular. Sin embargo, en la consulta con el especialista ya se notaba la maternal intervención de Dña. Lucilia, pues dijo que todo apuntaba a que se trataba de un tumor benigno y que sería posible realizar una intervención por vía nasal, de modo a evitar la lesión de algún nervio. Después de nuevas pruebas, el médico confirmó que, de hecho, no había señales de malignidad y comentó con Yicetth: «¡Usted tiene un ángel que la custodia!».

No obstante, aún tendría que pasar por una operación para extraerle la neoplasia. La intervención duró cuatro horas, durante las cuales Solange le pedía con confianza a Dña. Lucilia que amparara a su hermana. Acabado el procedimiento, el médico le explicó a la familia que la operación había sido complicada, pues no había hecho más que llegar al punto donde estaba el tumor, cuando éste reventó, haciéndose necesario sacar con sumo cuidado el material, sin tocar ningún nervio. «Un día más de espera y habría sido fatal», concluyó.

Otras complicaciones aún le esperaban a Yicetth durante la convalecencia, pero todas fueron vencidas con serenidad y ánimo, gracias a la ayuda de Dña. Lucilia. Se recuperó totalmente y dejó el hospital sin ninguna secuela.

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A veces Dios nos envía determinadas pruebas, enfermedades y adversidades para enseñarnos a mirar al Cielo, pedir la ayuda de los bienaventurados que allí gozan de la visión beatífica y esperar el auxilio que, según sus sapienciales designios, descenderá hasta nosotros.

Así, habiendo tomado conocimiento de esos milagrosos favores que Dña. Lucilia con tanta bondad viene alcanzándoles a los que recurren a ella, tengamos también nosotros la certeza de que, por muy insoluble que pueda parecer nuestra situación, con su ayuda llegaremos al puerto seguro de la salvación.

Elizabete Fátima Talarico Astorino

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio Marzo 2022

Constante manifestación de la bondad divina

A través de su maternal intercesión, Dña. Lucilia ha llevado a muchas almas a comprender la bondad de aquel que, más que ella, desea concederles a los hombres valiosos e inagotables tesoros.

Elizabete Fátima Talariico Astorino

 

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La intercesión de Dña. Lucilia ha sido siempre un faro para numerosas almas que se encuentran perdidas en el mar tempestuoso de la vida. Gracias a su valioso auxilio y afable protección, mucho de sus devotos pueden comprender más fácilmente que para Dios nada es imposible.

En efecto, aquella que supo sacar del latido del Sagrado Corazón de Jesús la fuerza necesaria para hacer de su vida una constante manifestación de bondad divina, hoy ha acercado a numerosas personas a aquel «que ha amado tanto a los hombres» y que ha sido tan poco amado por ellos, ayudándolas a enfrentar las luchas y sufrimientos de la existencia terrena.

«Quién sabe si rezándole tú, cambian las cosas»

Reconfortada por la dadivosa protección de Dña. Lucilia, Elma Regina dos Santos, de Jacareí (Brasil), nos envía su testimonio, deseosa de manifestar su gratitud por los beneficios recibidos por intercesión de su «amiga que habita en el Cielo.» Así nos lo narra:

«A mediados de 2019 andaba muy triste, con depresión, con la vida en punto muerto, sin tener nada que hacer. Simplemente iba del trabajo a casa y de casa al trabajo, y tampoco me quedaba dinero para nada. Necesitaba hacer reformas en el jardín trasero de mi residencia que estaba muy feo, sólo tenía tierra, nada más.

«Un día llamé a mi madre y le dije: “Mamá, mi vida está siendo muy triste”. Y me respondió: “Mira, he recibido la revista de los Heraldos del Evangelio y en ella se habla de una persona llamada Lucilia. Quién sabe si rezándole tú, cambian las cosas”. Entonces pensé: “Ah, no tengo nada que perder; le voy a rezar”.»

Doña Lucilia, quíteme esta tristeza, deme los medios

Así, siguiendo el consejo de su madre, Elma empezó a rezar todas las noches: «Doña Lucilia, ¡ayúdeme! Doña Lucilia, quíteme esta tristeza, deme los medios».

Sin embargo, a pesar de rezar insistentemente a esta generosa señora, un contratiempo más vino a poner a prueba la fe de Elma: «Llovía mucho, mucho, en mi ciudad; caía una tromba de agua. De repente, oí un estruendo enorme en mi casa. Corrí a ver qué era: se había caído el muro de contención de mi jardín. Sólo quedaban los escombros.»

Ante esta trágica situación, Elma se desanimó todavía más: «No tengo dinero para pagar un albañil, para nada. ¡Apenas conseguía pagar las facturas! Estaba sumida en deudas. Entonces llamé desesperada a mi madre: “Mamá, me dijiste que rezara, recé y ha salido todo errado, empeoró la situación”. Y me contesta: “Piénsalo bien. Si no iba a ayudarte, tampoco iría a hacerte ningún daño. Confiemos. ¿Estás rezando? ¡Confía!”.»

De hecho, Dña. Lucilia le estaba ayudando

Elma continuó pidiéndole auxilio a Dña. Lucilia. Y no tardó en constatar que sus oraciones ya empezaban a ser escuchadas. «Al cabo de dos días —nos cuenta—, mi madre me llamó y me dijo: “Elma, ¿estás pagando una prestación por la casa? La casa tiene seguro. Llama a la aseguradora y pídeles que te manden a alguien que evalúe lo ocurrido”.»

De hecho, Dña. Lucilia ya había comenzado a ayudarla: tras la valoración del perito de la compañía, Elma pudo recibir la contraprestación del seguro y reconstruir el muro. Estaba resuelto el problema que parecía insoluble.

No obstante, esperaba que también fuera atendida su primera petición, la de obtener los recursos necesarios para hacer las adecuadas instalaciones en su jardín y comprar algunos muebles. Para eso era indispensable despejar algunos obstáculos en el trámite de la pensión de su esposo. Elma ya sabía dónde encontrar la solución: «Como aún faltaba mucho de lo que queríamos, empecé a rezar con más fuerza a Dña. Lucilia, pidiéndole que mi marido consiguiera jubilarse.»

Una vez más, el auxilio no tardó en llegar: su esposo obtuvo la jubilación, lo que hizo posible comprar los muebles y hacer en el jardín todas las instalaciones deseadas. «Quedó muy bonito», dijo la feliz beneficiaria.

«Hoy sé que tengo en el Cielo una amiga llamada Dña. Lucilia»

Agradecida por los beneficios recibidos, Elma afirma: «Se lo debo todo a Dña. Lucilia. Durante la construcción del muro y las obras en el jardín, tuve problemas de albañiles, de materiales… Pero todas las veces que pedía su intercesión, de la nada aparecía el albañil; de la nada encontrábamos un lugar más barato para comprar el material. Conseguimos hacer un verdadero milagro en nuestra casa. Estamos muy contentos y tenemos la casa de nuestros sueños. Todo ha sido obra de Dña. Lucilia. Hoy sé que tengo en el Cielo una amiga llamada Dña. Lucilia».

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Desde entonces, Elma no cesó de pedir auxilio a su protectora, ni de propagar entre sus parientes y conocidos el valor de su hábil y maternal intercesión: «Tamaña es mi confianza en Dña. Lucilia que, al ver a mi hermano afligido, debido a un cáncer en el intestino que le causaba gran dolor y preocupación, le dije: “Pon la foto de Dña. Lucilia debajo de la almohada; ella te ayudará”.» Y al día siguiente un tranquilizador aliento le fue dado a su hermano: amaneció animado y decidido a luchar contra la terrible enfermedad.

Poco a poco, la confianza de Elma va beneficiando a otros miembros de su familia: «Mi hermana está con quimioterapia por un cáncer de mama y desde que lleva la foto de Dña. Lucilia ha disminuido su malestar; siempre está animada y con esperanza de curación.»

Elma concluye su testimonio con esta alentadora constatación: «Doña Lucilia es poderosa y realmente intercede por nosotros cuando le pedimos con fe. Es mi amiga que habita en el Cielo y me ayuda a todo momento.»

«Confiamos la resolución del problema exclusivamente a Dña. Lucilia»

Da. Maria Cecília - Foto: Reprodução

Da. Maria Cecília 

Admirada con la rapidez con la que su petición fue atendida, nos escribe María Cecilia Silva da Costa Custodio, de Cuiabá (Brasil), contándonos la gracia recibida por intercesión de Dña. Lucilia: «El 5 de abril de 2019 recibí la noticia de que una amiga, Elaine Bonfanti, estaba gravemente enferma, internada en la UTI, diagnosticada de un derrame pleural y sospecha de gripe porcina. Empezamos entonces las oraciones… El día 7, primer sábado de mes, confiamos la resolución de ese problema exclusivamente a Dña. Lucilia y le prometimos rezar un rosario en agradecimiento, tan pronto como mejorase.»

No tardó Dña. Lucilia en colocar su alentador chal sobre las plegarias de María Cecilia y obtener un brusco cambio en la situación de la enferma: «Al día siguiente, recibimos la noticia de que Elaine había mejorado súbitamente. El día 9 pudo ser trasladada a la habitación. El día 13 recibió el alta y se fue a su casa.»

Antes incluso de que se cumpliera una semana de su petición a Dña. Lucilia, ¡el problema se había resuelto!

Oraciones rápidamente atendidas

Al tener que realizarse una punción en el seno derecho, guiada por ultrasonido, María de la Soledad Braúna Gomes, de São Paulo, pidió la intercesión de Dña. Lucilia, a fin de obtener un buen resultado en ese examen.

Y cual no fue su sorpresa al tomar conocimiento de cómo sus oraciones habían sido rápidamente escuchadas: «Al iniciar el ultrasonido, la médica informó de que ya no sería necesaria la punción, pues la alteración descrita en el examen anterior ya no existía, tan sólo quedaban quistes simples.»

*     *     *

Junto al Sagrado Corazón de Jesús, Dña. Lucilia se dispone a pedir valentía, tranquilidad y esperanza para aquellos que la invocan, auxiliándolos en la resolución de todos los problemas. Así pues, ha hecho con que muchas almas crezcan en la confianza y en el amor a aquel que, más que ella, puede conceder valiosos e inagotables tesoros.

Extraído de la Revista Heraldos del Evangelio nº 220 noviembre 2021 pp. 38-40

Amparo de los débiles y esperanza de los enfermos

Doña Lucilia ha socorrido a numerosas almas, llenándolas de esperanza en las enfermedades y tragedias y dándoles fuerzas para afrontar difíciles y dolorosas situaciones.

“Algunas cosas, las explica la ciencia; otras, sólo Dios tiene la respuesta». Con estas palabras, Patricia de Fátima Espírito Santo Leite e Silva, de Laje do Muriaé (Brasil), concluye la narración de cómo su hijo venció sin derramar una sola lágrima sesenta y siete internamientos y setecientos cincuenta días de tratamiento hospitalario, en los cuales fue sometido a ciento diez sesiones de quimioterapia y ochenta exámenes de sangre. No solamente sin verter lágrimas, sino con alegría y serenidad.

Maravillada, Patricia saca sus propias conclusiones: «La única explicación es que la Virgen y Dña. Lucilia lo protegieron, como una buena madre protege a su hijo».

Diagnóstico de una enfermedad incurable

PEDRO ARTUR

Pedro Artur

En gratitud por el constante auxilio recibido durante todo el tiempo de prueba de la familia, esa madre nos envía un relato de sus dolores, oraciones y alegrías, con la esperanza de que otras muchas personas afligidas puedan beneficiarse del maternal amparo de Dña. Lucilia.

Escribe: «En marzo de 2013, cuando tenía tan sólo dos años y ocho meses, a Pedro Artur le diagnosticaron neurofibromatosis, enfermedad incurable para la que ni siquiera había un tratamiento específico, y un tumor en el nervio óptico. Ante este cuadro, los médicos nos informaron que no podían hacer nada por la curación del niño. Por lo tanto, únicamente monitorizarían la enfermedad para seguir su evolución».

Ante la expectativa de encontrar una solución en otro lugar, Patricia y su esposo llevaron a su hijo a varios clínicos, pero siempre obtenían la misma respuesta: «No hay nada que hacer». Así pues, constatada entonces la impotencia de los recursos humanos, decidieron apelar a los medios sobrenaturales.

«Nunca desistimos… El propio mes de marzo de 2013, inmediatamente después del primer diagnóstico, recurrimos al auxilio de Dña. Lucilia. El 22 de abril, día de su aniversario natalicio, mi esposo lo llevó al sitio donde descansan sus restos mortales, en el cementerio de la Consolación, de São Paulo. Allí rezó, pidiendo la gracia de una curación milagrosa».

La fe nuevamente contradicha por el parecer de los médicos

«En 2014 —prosigue el relato— Pedro Artur fue admitido en el Instituto Nacional del Cáncer (INCA), en Río de Janeiro, donde fue monitorizado durante cuatro años, sin recibir ningún tratamiento. Una resonancia magnética hecha a finales de 2017 reveló que el tumor del ojo había crecido y que había aparecido otro en el cerebro, en un área profunda y noble».

A la vista de tal agravamiento, Patricia llevó a su hijo a que lo evaluara un médico especialista, el cual, tras examinar todos los informes y exámenes, se limitó a decir lo siguiente:

—Señora, le recomiendo que Pedro Artur continúe siendo monitorizado en el INCA. No puedo hacer nada por él.

—¿No le puede indicar, al menos, algún tratamiento?

—Infelizmente, no. La quimioterapia le hará daño y no solucionará nada. La radioterapia podría causarle la ceguera en ambos ojos. Y una operación es muy arriesgada: puede acarrearle la pérdida de la visión y el tumor volverse más agresivo.

Una vez más, la fe de esos esposos católicos era contradicha por el protocolo médico, aun así no desistieron; sobre todo, nunca perdieron la confianza en el auxilio de Dña. Lucilia. Siguieron rezando.

«En marzo de 2018 Pedro Artur inició el tratamiento quimioterápico en el Hospital São José do Avaí, en Itaperuna. Actualmente, no sólo ha superado una sesión de quimioterapia, ¡sino ciento diez! Desde marzo de 2013 recurrimos al auxilio de Dña. Lucilia a fin de obtener de Dios la curación milagrosa de nuestro pequeño gran guerrero. ¡Cuántas gracias ya alcanzadas! Fe es creer en lo que no vemos y el premio es ver lo que creemos. Y hoy ocurrió lo que parecía imposible: Pedro Artur está bien, el tumor cerebral ha desaparecido y el del ojo ha disminuido considerablemente».

Confianza, alegría y serenidad en la tragedia

Impresionada por la constante protección de esta generosa señora, Patricia deja traslucir su gratitud no solamente por la curación, sino sobre todo por la gracia de que su hijo haya logrado superarlo todo con serenidad: «Derrochaba alegría y confianza cuando ingresaba cada semana en el hospital para vencer las sesiones de quimioterapia. Los días anteriores los pasaba preparándose para el internamiento; hacía esto con tanta alegría y placer que no parecía siquiera que fuera a un hospital. Durante el largo período de tratamiento nunca manifestó sufrimiento, siempre mostraba una bella sonrisa en su rostro».

Y concluye esta madre ejemplar: «Muchos preguntan si Dios no estaba siendo injusto con nosotros al permitir tamaña prueba para un niño. ¡No! Dios no es injusto; si lo fuera, no sería Dios. Él es misericordia y su amor por nosotros es infinito. Nos compete a nosotros mantenernos perseverantes y confiados, sin que nunca perdamos la fe. Estoy segura de que este testimonio tocará corazones y transformará almas. Dña. Lucilia, ¡ayudadnos!».

Dirigí mis súplicas simples y sinceras a ella, Dña. Lucilia

DANIELA

Daniela Martucci con su esposo

Daniela Martucci —residente en Sant’Andrea del Garigliano, Italia— se enteró de los numerosos beneficios alcanzados por intercesión de Dña. Lucilia, relatados en la revista Heraldos del Evangelio. También estuvo investigando en internet «para comprender algo más sobre la vida de esta dulce señora». Entonces empezó a invocarla, segura de que sus oraciones serían escuchadas. Y nos cuenta su testimonio:

«No hay ni un artículo siquiera que no exprese palabras dulces y delicadas sobre la vida y el comportamiento de esta mujer, ¡tanto como para empujarme a invocarla en los momentos más difíciles de mi vida! «El año pasado vino a fallecer mi querido padre, una persona espléndida, adorable, pilar de mi existencia. Antes de su partida me imaginaba lo difícil que sería mi vida sin él, hasta el punto de que, cuando me venía la idea de que un día nos dejaría, desvié mis pensamientos hacia otra cosa, tan doloroso era para mí pensar que un día…

«Cuando apartaba el pensamiento hacia otros asuntos, dirigí mis súplicas simples y sinceras a ella, Dña. Lucilia, la señora mayor con su chal lila, y parecía que ella me animaba con su sonrisa, a tal punto que decidí tenerla como fondo de pantalla en mi teléfono móvil, al objeto de poder verla en cualquier momento».

La veo, envuelta en su chal, sonriéndome y animándome

3p197bAsí, con su característica manera de actuar, Dña. Lucilia supo preparar a su más reciente devota para la aceptación de los sufrimientos que Dios le pediría:

«Lamentablemente ese día llegó. Mi padre se marchó dejando en mí, mi madre, mis hermanos y mis hijos un vacío infranqueable y cuando traté egoístamente de desviar mi pensamiento para poder sufrir menos visualicé el rostro de Dña. Lucilia… Me infundió valor y confianza. Y si hoy he decidido escribirles es porque me parece importante poder creer que el Señor nos concede la gracia de conocer en esta tierra a personas que de algún modo pueden infundirnos coraje en momentos de profunda dificultad y dolor».

Daniela pronto se habituó a recurrir al eficaz amparo de Dña. Lucilia: «Pienso siempre en ella como una intercesora. Su vida inmaculada le habrá asegurado en el Cielo, sin duda, un sitio especial, desde el cual puede dialogar con la Virgen y presentarle nuestras súplicas. Ahora forma parte de mi vida y puedo testimoniar que me escucha cuando la invoco. Pienso en papá, que ya no está, y enseguida la veo, envuelta en su chal, sonriéndome y animándome».

Le pedía a Dña. Lucilia una señal

«Un día en el cual pensaba intensamente en mi hijo Ángelo, que estaba pasando un momento de debilidad psicológica, dirigí la mirada al Cielo y le pedí a Dña. Lucilia una señal a fin de que pudiera saber si me estaba oyendo y comprendiendo mis preocupaciones acerca de él. En ese preciso instante vi una estrella fugaz surcando el azul de la noche con su rastro luminoso y pensé: “Ha sido ella, que me escuchó y me ha dado la señal que le pedía”.

«La noche siguiente a ese episodio, mi hijo, al volver del trabajo, me dijo: “Mamá, me ha pasado una cosa bellísima. Mientras iba en el coche, una estrella fugaz ha atravesado el cielo con su rastro y parecía que casi la podía tocar. ¡Ha sido una sensación maravillosa!”. Tras días de tristeza, pude ver una sonrisa de luz en el rostro de mi hijo…».

Estamos saliendo de una pesadilla, gracias a su protección

Segura de que Dña. Lucilia está dispuesta a atenderla en todos los momentos, Daniela no tuvo recelo en implorar su auxilio también para que su hijo no fuera alcanzado por la pandemia: «Hace algunos días, habiendo estado en contacto con un compañero que dio positivo [en coronavirus], empezó a acusar un dolor en los huesos acompañado de fiebre y pérdida del olfato: el médico de familia concluyó que se trataba de COVID-19 y que tenía que hacerse las pruebas. Le rogué mucho a Dña. Lucilia para que le transmitiera mis preocupaciones a la Santísima Virgen… Ángelo se las hizo y, para sorpresa de todos, ¡el resultado fue negativo!».

Sin embargo, su esposo contrajo la enfermedad… y entonces Daniela no dudó en invocar nuevamente a su intercesora.

«Durante diez días estuvo muy mal, con fiebre altísima y baja saturación de oxígeno; estábamos a punto de decidirnos por su hospitalización… Mis ruegos a Dña. Lucilia no pasaron desapercibidos: mi marido empezó a sentirse mejor y ya el tercer test resultó negativo. En todo ese tiempo tuve que cuidarle muy de cerca e incluso ponerle inyecciones.

«A estas alturas era inevitable mi contagio. Recurrí a ella, le pedí coraje para enfrentar tan difícil situación. No enfermé y pude tratar adecuadamente a mi esposo. Estamos saliendo de una pesadilla gracias a su protección, de eso estoy segura. Confío en su intercesión y en el calor de su chal de color lila».

* * * * *

Así pues, esa bondadosa señora no cesa de conquistar nuevos devotos que, sintiéndose protegidos bajo su chal acogedor, no dudan de su maternal auxilio. Sí, ella ha amparado a numerosas almas, llenándolas de esperanza y dándoles fuerzas para afrontar difíciles y dolorosas situaciones.

FUENTE: REVISTA HERALDOS DEL EVANGLIO, JULIO 2021. PP. 36-38

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Irremediable accidente, prodigiosa curación

Tras el accidente me di cuenta de que mi estado era muy grave y que,
salvo un milagro, me iba a morir. Entonces le prometí a Dña. Lucilia
que si me ayudaba, testificaría en su beatificación y propagaría la
devoción a ella. 

Hna. Ana Lucía Dal Piccolo Iamasaki, EP

Al ir acompañando la narración del Evangelio nos encontramos en cierto momento con un episodio desgarrador: el Señor se compadece de diez leprosos y les concede su curación, pero sólo uno de ellos regresa para agradecerle tan grande favor. Hecho que le sirvió al divino Maestro para hacer esta paternal amonestación: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están?» (Lc 17, 17).
La gratitud es un deber de justicia, aunque también, según se dice, la más rara de las virtudes. Hay que hacer un enorme esfuerzo de nuestra parte para no descuidarla jamás.
A semejanza de ese hombre que no vaciló en ir a la búsqueda de Jesús para darle las gracias, quiero dejar registrada aquí mi afectuosa y filial gratitud a Dña. Lucilia Corrêa de Oliveira por el inmenso favor que por su intercesión recibí, y espero que estas líneas sirvan de provecho espiritual para todos los que las lean.

Un siniestro aparentemente irremediable

Hna. Ana Lucía en la UCI del hospital

Eran alrededor de las dos de la tarde del 31 de marzo de 2014 y me encontraba viajando de Joinville a São Paulo por la carretera BR-101 cuando de pronto sufrí un accidente. La conductora del automóvil en el que yo iba tuvo que frenar bruscamente a causa de un incidente que no estaba señalizado y el vehículo que venía inmediatamente detrás de nosotras no consiguió parar a tiempo y colisionó con la parte trasera de nuestro coche, justo en el lado donde yo estaba.
Todo fue muy rápido. Noté que sangraba por la boca y que quería moverme, pero ni siquiera el cuello podía girarlo. Me di cuenta de que mi estado era muy grave y que, salvo un milagro, moriría. Entonces le prometí a Dña. Lucilia que si me ayudaba testificaría en el proceso de su beatificación y propagaría la devoción a ella; también le pedí que me concediera al menos algunos minutos más de vida para poder recibir la Unción de los Enfermos. Gracias a Dios, me había confesado antes de iniciar el viaje. Mientras así rezaba, oí a la gente que pasaba por la carretera gritar diciendo que el vehículo se iba a incendiar, pues había aceite u otro combustible derramado en la calzada. Les pedí a las hermanas que me acompañaban —gracias a la Virgen, ninguna de las cuatro resultó gravemente herida— que me sacaran de allí. Pero no podían hacerlo, tenía que esperar al equipo de rescate. Tan pronto como los profesionales médicos aparecieron pudieron socorrerme; al percibir el tremendo estado de peligro en que me hallaba tuvieron que llamar a un helicóptero para que me trasladara al hospital de Joinville.
Me estaban esperando algunas hermanas y un sacerdote heraldo, quien inmediatamente me dio la Unción de los Enfermos. A continuación, me llevaron a Urgencias y empezaron los procedimientos para este tipo de accidentes. Me había roto la cuarta y quinta vértebras cervicales y lesionado la médula; estaba tetrapléjica y tenía pocas posibilidades de sobrevivir.
Cuando me desperté ya me encontraba en la UCI y entonces la jefa de enfermería me preguntó en qué momento llegaría a Joinville alguien de mi familia, porque como el accidente había sido muy fuerte la prensa estaba queriendo informaciones.

Doña Lucilia y las oraciones del fundador

Aún no sabía qué era lo que Nuestra Señora quería de mí hasta que una de las hermanas vino a visitarme y me contó que Mons. João deseaba que yo viviera, que estaba rezando mucho por mí y había afirmado que saldría bien de aquella trágica situación. La hermana también me comentó que después de que el helicóptero se marchara pudieron contemplar desde el lugar del accidente un bonito arco iris, que interpretaron como una esperanza en medio de aquella catástrofe.
Todo eso me dio un aliento enorme, aunque en diversas ocasiones pareciera que me iba a morir. Por ejemplo, uno de los primeros días en la UCI mi oxigenación empezó a disminuir, mientras estaba haciendo fisioterapia respiratoria, y comencé a sentir falta de aire. Perdí la conciencia; cuando la recuperé, unas horas más tarde, ya no podía hablar, pues me tuvieron que intubar.
Dos días después del internamiento fui sometida a una delicadísima operación en el cuello. (Nada más al inicio fue realizada una tracción halo-craneal para reducir la fractura-luxación de la cuarta y quinta vértebras cervicales. El procedimiento quirúrgico, accediendo por la parte anterior del cuello, consistió propiamente en la descomprensión de la médula (corpectomía) y en la fijación desde la tercera hasta la sexta vértebras cervicales a través de una placa (artrodesis)).
El profesional responsable del procedimiento comentó posteriormente que había cumplido su obligación como médico, pero que no veía esperanza de vida en mí. Me acuerdo de que cuando este facultativo fue a visitarme me preguntó qué era lo que yo quería y le respondí moviendo solamente los labios, pues no conseguía hablar, que deseaba mi curación. Entonces me dijo, con pena: «Ah, pero eso, sólo el Papá del Cielo».

Mons. João Clá Dias, EP. «Que la Hna. Lucía viva, viva y viva»

Lo que más me daba fuerzas para luchar por sobrevivir era pensar que Mons. João estaba rezando por mí y que quería enormemente que viviera. Creo que hubiera muerto en ese accidente, pero sus oraciones —incluía siempre mi curación en las intenciones de sus Misas— y sobre todo su deseo, en cuanto fundador, cambiaron los designios de Dios en relación conmigo.
Así, en los largos períodos de soledad y de dolor, me animaba mirar la foto de Dña. Lucilia que tuve en el hospital durante los casi tres meses que allí permanecí, y recordar las palabras de Mons. João sobre mí poniendo las intenciones de sus Misas: «Que la Hna. Lucía viva, viva y viva».
Transcurrido algunos días, un sacerdote heraldo, que también es médico, viajó desde São Paulo para visitarme en la UCI y comprobar mi estado de salud. Tuvo la bondad de telefonear a Mons. João para que me dijera algunas palabras: «¡Salve María, hijita mía! No te preocupes, vas a sanar, vas a vivir, vas a andar. Ya te veo andando».

«Su hija es la paciente más grave de la UCI»

Sería demasiado extenso contar todo lo que me ocurrió en ese período. Basta decir que tengo documentados y guardados todos los exámenes y registros de evolución médica, en un volumen total de aproximadamente 500 páginas…
A causa de episodios de atelectasia mis pulmones muchas veces casi se cerraban y no podía respirar; usé un tubo torácico; tuve dos neumonías; necesité una transfusión de sangre; utilizaba sonda nasal y vesical; fue sometida a una gastrostomía, pues no conseguía siquiera tragar mi propia saliva.
Estuve consciente prácticamente todo el tiempo y, como mi cama quedaba enfrente del
mostrador de los médicos y enfermeros, escuchaba las informaciones transmitidas en cada cambio de guardia. Comprendía muy bien que el cuadro era gravísimo, hasta el punto de que una enfermera le dijo a mi madre: «Su hija es la paciente más grave de la UCI».
Una de las médicas que acompañaban mi caso comentó con un sacerdote que me había visitado: «Esa de ahí, si sobrevive, va a quedar de aquella manera…». Mi situación empeoraba cada día, aumentando la certeza de que solamente sobreviviría por un milagro.
No obstante, Mons. João mantenía una fe inquebrantable en mi curación. A pesar de las preocupantes noticias que le llegaban sobre mi estado, persistía afirmando: «Va a vivir y se va a poner bien». Y continuaba rezando: «Por la curación de Ana Lucía».

Un sueño anunciador de la inexplicable mejoría

Como la Iglesia permite la renovación de la Unción de los Enfermos siempre que hay peligro de muerte, recibí este sacramento más de una vez en el transcurso de aquellas semanas, hasta que mi caso empezó a estabilizarse un poco y me dieron el alta de la UCI. Todos los heraldos se quedaron muy contentos y sorprendidos con la noticia, pero cuando se lo contaron a Mons. João, él no se sorprendió y exclamó: «Ya lo dije, ella va
a salir de esa».
En la habitación del hospital, tuve algunas complicaciones, sobre todo referentes a la parte respiratoria, pues la oxigenación con cierta frecuencia disminuía. Estando acostada no había posición en la que no sintiera dolores, pero tampoco soportaba quedarme sentada mucho tiempo.
Para que me pasaran de la cama al sillón, o viceversa, era necesario que el equipo de enfermería llevara a cabo una complicada maniobra. Un sábado por la mañana, cierto médico que acompañaba mi caso, pero que hacía tiempo que no me visitaba, fue hasta
mi habitación para contarme un sueño que había tenido conmigo, en el cual yo le hablaba y me movía… cosa que ya no hacía. Cuán asombrado se quedó al entrar: porque me veía mover las manos y me oía pronunciar unas palabras, aunque con la voz aún deformada por la traqueostomía que me hicieron en determinado momento. Salió emocionado y le dijo a mi hermana: «Esto es un milagro. ¡Dios existe de verdad!».
Poco a poco, sin explicación clínica, fui mejorando y casi ya no corría riesgo de vida. Empecé a mover paulatinamente los miembros superiores, hasta que un día una de las
profesionales que me asistían fue a visitarme y me dijo: «Ana, tú, que eres tetrapléjica, tienes que estar contenta si algún día consigues manejar tu propia silla de ruedas y ser
una usuaria independiente». Entonces le respondí: «Yo no soy tetrapléjica; y con la gracia que Dña. Lucilia me va a obtener y las oraciones de mi fundador, ¡yo voy a andar!».
En eso, empecé a mover la pierna… Las auxiliares de enfermería que estaban en la habitación se pusieron a llorar de emoción y salieron contando por el pasillo de la 6.ª planta del hospital lo que había sucedido. La doctora se quedó asombrada y exclamó:
«¿Cómo tú, que eres tetrapléjica, estás moviendo la pierna? Ana, ¡¿a qué santo le has rezado?!». Señalé la foto de Dña. Lucilia y le conté que desde el momento del accidente le había pedido el milagro a ella, prometiéndole que daría mi testimonio por su beatificación. También le dije que ella misma podría testificar como médico, a lo cual me respondió: «¡Vamos a Roma, que voy a hablar con el Papa!».

Mi caso reencendió la fe en muchos corazones

A partir de ese día, muchos empleados del hospital venían a mi habitación a pedir oraciones. En cierta ocasión una mujer, refiriéndose a la foto de Dña. Lucilia, me confío: «La miro y siento que necesito pedir una gracia». Y una auxiliar de enfermería me contó: «Ana, tú eres nuestro milagro. Tu caso es el más comentado del hospital». Esta profesional se sintió tan atraída por la historia de Dña. Lucilia que le pidió la gracia de tener otro hijo, pues solamente tenía uno y por problemas de salud no conseguía quedarse embarazada. Unos meses después pude hablar con ella por teléfono y me informó que había recibido la gracia y en breve daría a luz a otro niño.
Una auxiliar de enfermería del turno de noche, católica, aunque alejada de la Iglesia, me comentó: «No sé exactamente por qué sufriste ese accidente, pero creo que puede haber sido para que las personas crezcan en la fe. Muchos de este hospital ya no tenían fe y decían que el milagro en nuestros días no existe más; ahora, varias personas están convirtiéndose».
El enfermero que me recibió cuando llegué a Urgencias siempre llevaba a sus alumnos de enfermería a visitarme y les contaba lo milagroso de que yo estuviera viva y la inesperada evolución de mi caso.
Finalmente, el 11 de junio, di algunos pasos por el pasillo del hospital, auxiliada por dos fisioterapeutas. Esta escena fue presenciada por médicos, enfermeras, auxiliares y pacientes que allí estaban. Hoy llevo una vida normal, con tan sólo algunas secuelas con respecto a la fuerza de los miembros superiores e inferiores de la parte izquierda. Continúo haciendo fisioterapia motriz una vez por semana, pero soy independiente, camino sin andador o cualquier clase de apoyo; y soy responsable de una de las casas que la sociedad de vida apostólica Regina Virginum tiene en São Paulo. En suma, numerosas fueron las circunstancias en mi vida en las que he podido comprobar la maternal protección de Dña. Lucilia, pero después de este accidente fui robustecida en la certeza de que, confiando en su bondad e intercesión, nunca somos abandonados y nunca hay una situación sin salida, por peores que sean los desastres por los que pasemos. Pues, como dijo cierta vez el Dr. Plinio, Dña. Lucilia «posee un amor desbordante no solamente para con los dos hijos que tuvo, sino también para con los hijos que no tuvo. Se diría que estaba hecha para tener miles de hijos».

Aspectos de la vida comunitaria en la casa Santa Hildegarda, de la que la Hna. Ana Lucía es la responsable