Así que pedía la intervención de Dña. Lucilia antes de los procedimientos. Y, sorprendentemente, cada nueva exploración revelaba que sus encimas hepáticas estaban mejor que antes de la gestación. «Ésta es la primera curación que Dña. Lucilia hizo»
Elizabete Fátima Talarico Astorino
Verdaderamente, nunca alcanzaremos gracia alguna por nuestras propias fuerzas; en cambio, mediante la oración hecha con fe y confianza, podemos conseguir la intervención sobrenatural e incluso milagros. En este sentido, es conmovedor el relato de Juliana Araújo Ferreira Rosa con respecto de la decisiva intercesión de Dña. Lucilia en favor de su hija Ana María.
Juliana Araújo con su hija Ana María
La historia de esa gracia comenzó antes de que la pequeña fuera concebida, como nos cuenta Juliana: «Después de tener a mis tres primeros hijos, le escribí una carta a Mons. João, fundador de los Heraldos, pidiéndole que rezara por mí, porque había pasado por tres cirugías de urgencia en sendos embarazos, a causa de una enfermedad en el hígado, colestasis gestacional, una inflamación muy grave que ponía en riesgo mi vida y la de los bebés. Yo deseaba tener más hijos, pero temía esta incómoda enfermedad».
Sigue la narración: «Monseñor João me respondió, aconsejándome que mantuviera la calma y me encomendara a Dña. Lucilia, pues por su intercesión la Virgen respondería prontamente mis peticiones. Su carta me dio mucha esperanza. Un mes después, descubrí que estaba embarazada. Durante toda la gestación sentí mucho la presencia de Dña. Lucilia».
Cuando se hacía periódicamente los análisis de control, Juliana siempre tenía recelo de encontrarse en los resultados alteraciones que indicaran complicaciones en el hígado. Así que pedía la intervención de Dña. Lucilia antes de los procedimientos. Y, sorprendentemente, cada nueva exploración revelaba que sus encimas hepáticas estaban mejor que antes de la gestación. «Ésta es la primera curación que Dña. Lucilia hizo», decía.
Un terrible descubrimiento
En el octavo mes de gestación, los médicos se dieron cuenta de que la bebé por nacer tenía en el ovario izquierdo un quiste dermoide, es decir, que no es absorbido por el organismo. Entonces le recomendaron que inmediatamente después del alumbramiento fuera verificado el tamaño del tumor para tomar las medidas oportunas. La niña nació por parto natural, sin ninguna irregularidad. Fue evaluada y se comprobó que el quiste era grande, de cuatro centímetros y medio.
Continúa Juliana: «El médico me comunicó que era un caso quirúrgico y que tendría que volver treinta días después con mi hija para que la operaran; era una intervención arriesgada, al tratarse de una recién nacida, pero que tenía que hacerse, a causa del tamaño del quiste».
«Por una gracia de Dios —prosigue—, me quedé muy tranquila a pesar del diagnóstico. Le comuniqué el asunto a los padrinos de Ana María y comenzaron a rezar por ella. Su madrina la consagró a Dña. Lucilia y pidió su intercesión para que la curación fuera completa sin cirugía o, si ésta fuera realmente necesaria, que tuviéramos tranquilidad para esperar el mejor momento, y que todo saliera bien».
Palpando poco a poco el milagro
Confiando en una intervención sobrenatural, los padres de la niña decidieron esperar. A los cinco meses le hicieron otra ecografía, la cual confirmó que el quiste tenía realmente una parte sólida; si bien que el médico extrañó el hecho de que tuviera un centímetro menos.
«Transcurrieron seis meses más, volvimos a hacer la prueba, el doctor vio que el quiste había menguado otro centímetro y declaró, muy sorprendido: “Esto es imposible que pase porque, según los primeros diagnósticos, éste era un caso quirúrgico”.
»Finalmente, cuando mi hija ya tenía dos años y tres meses, decidimos hacer otra prueba de imagen.El médico comenzó la ecografía y no halló nada. Me quedé sorprendida, pero en silencio. Entonces él pidió los resultados de los exámenes anteriores. Los leyó y releyó varias veces y exclamó: “Pero esto es un quiste dermoide, ¡es imposible que no esté aquí!”. Me preguntó: “¿Está usted segura de que el quiste se encuentra en el ovario izquierdo?”. Le respondí: “Sí, todas las pruebas de mi hija están conmigo”. Me dijo: “Mire, no sé, pero… aquí no hay nada”. Al final, cambió el aparato de ultrasonido, hizo y rehízo la exploración varias veces y… ¡no encontró nada!».
La pequeña estaba curada, por la maternal intercesión de Dña. Lucilia.
Juliana concluye su relato manifestando su gratitud por el insigne favor recibido: «Vemos que esto ha sido una gran gracia obtenida por Dña. Lucilia, que fue lográndolo poco a poco, para que palpáramos gradualmente el milagro y viéramos que ella, realmente, tiene salida para todo. El mismo pediatra constató que éste era, de hecho, un caso milagroso. Así que le agradecemos inmensamente a Dña. Lucilia esta gracia, por ser tan solícita, tan generosa en el caso de mi hija Ana María».
(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, agosto 2023)
En marzo de este año, le pedí consejo a un sacerdote, pues en mi trabajo tenía una compañera que me perturbaba el alma. Ejercía un enorme poder de atracción sobre la gente, pero no lo hacía para el bien, ya que, aun diciéndose católica.
Elizabete Fátima Talarico Astorino
Sin embargo, no solamente a aquellos que acuden con devoción a Dña. Lucilia, ella les atiende. A veces, la devoción nace a raíz de una intervención de esta madre servicial, como ocurrió con la colombiana Andrea González Ortega, quien nos envió este pintoresco relato.
Andrea González en su entorno de trabajo. En la mesa se ve una fotografía de Dña. Lucilia
«Tras escuchar el pódcast sobre Dña. Lucilia, realizado en Colombia, me animo a contarles un gran favor que ella me hizo. Vivo en Chía, un pueblo cerca de Tocancipá, en donde queda la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, de los Heraldos del Evangelio.
»Después de la pandemia, por influencia de mi mamá, comencé a ir a misa casi todos los domingos y algunos sábados allá; me enamoraron las homilías y la confesión, pero sobre todo me convenció el celo por la santa comunión que tienen los Caballeros de la Virgen.
»En marzo de este año, le pedí consejo a un sacerdote, pues en mi trabajo tenía una compañera que me perturbaba el alma. Ejercía un enorme poder de atracción sobre la gente, pero no lo hacía para el bien, ya que, aun diciéndose católica, trataba de arrastrar a las personas hacia prácticas esotéricas. Además, propiciaba conversaciones morbosas y de doble sentido. ¡Era horrible! Yo sentía que mi alma la repelía y no sabía qué hacer, porque justo quedaba al frente de mi puesto de trabajo y a ella le gustaba iniciar esas conversaciones como para tentarme e incomodarme».
El sacerdote le había dado a Andrea dos fotos de Dña. Lucilia, recomendándole que llevara siempre una en el bolso y que pusiera la otra en su puesto de trabajo. Narra ella: «El padre me dijo que cada vez que mi compañera comenzara con esas conversaciones o con esas prácticas, le pidiera a Dña. Lucilia que la sacara “a escobazos”. Quedé sorprendía, pues la petición era muy poco convencional…».
Aclara también Andrea que ya había oído hablar de Dña. Lucilia en otras ocasiones, pero se había mantenido incrédula en cuanto a su intercesión, porque la asaltaban muchas dudas. No obstante, esta vez le dio una atención completa al consejo recibido.
Oración prontamente escuchada
Así continúa su relato: «En la primera oportunidad que mi compañera comenzó con sus conversaciones obscenas, hice la petición. Aunque se la dirigí a María, por desconfianza: “Madre mía, no es digno de ti coger una escoba, por eso te pido que mandes a Dña. Lucilia a que la coja y saque de aquí a mi compañera ¡a escobazos!”. Esta fue toda mi oración y recuerdo que sólo la hice dos veces. Cuál fue mi sorpresa cuando, al cabo de menos de quince días, le llegó a mi compañera, sin que ella lo hubiera pedido, una resolución de traslado con reubicación de cargo para otra sección. No sólo la sacaron de mi lado, sino del edificio y casi que de la ciudad… y estaba muy enojada por el traslado».
En un complemento registrado por Andrea, podemos ver la «firma» de Dña. Lucilia que, a semejanza del Sagrado Corazón de Jesús, desea el bien de todos, con miras a su salvación eterna: «La mayor prueba que tuve de que ésta era una circunstancia que venía de la Providencia de Dios, por intercesión de Dña. Lucilia, fue que, al final, el traslado benefició mucho a mi compañera en su vida familiar y terminó feliz de irse».
Concluye: «Éste fue tan sólo un favor que Dña. Lucilia me consiguió de Dios. Ahora, cada vez que hay alguien que necesita un favor de Mamita María o de Jesús, le digo: “¡Pídanselo a Dña. Lucilia!”. Para agradecerle su intercesión y los futuros favores que me consiga de Dios, puse una foto suya junto a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Dios permita que por su intercesión sigamos obteniendo los favores que por nosotros mismos no logramos alcanzar».
(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, agosto 2023)
Se acordó de la devoción que su fallecido esposo le tenía a Dña. Lucilia.«Le pedí a ella que intercediera ante el Sagrado Corazón de Jesús.
Elizabete Fátima Talarico Astorino
Emocionante es también el testimonio enviado por Renilda Ferreira Bezerra Oliverio dos Santos, que fue socorrida bondadosamente por Dña. Lucilia cuando necesidades financieras la llevaron a una gran aflicción.
Renilda Ferreira con la biografía de Dña. Lucilia escrita por el fundador de los Heraldos, Mons. João Scognamiglio Clá Dias
Tras el fallecimiento de su esposo en 2019, Renilda se mudó de Recife a São Paulo, buscando una educación mejor para sus cuatro hijos. Sin embargo, en tierras paulistas la familia tuvo que enfrentar varias pruebas y desafíos. Para empeorar todavía más su difícil situación, recibió de la arrendataria de su vivienda de Recife el aviso de que ese mes no podría depositar el día convenido el importe del alquiler. Ahora bien, ese dinero era indispensable para su sustento.
En esta angustiante coyuntura, se acordó de la devoción que su fallecido esposo le tenía a Dña. Lucilia.«Le pedí a ella que intercediera ante el Sagrado Corazón de Jesús, para que a fin de mes la Providencia me enviara los recursos necesarios para la subsistencia de mi familia. Imploré, imploré sin parar».
Y el resultado de tanta súplica no se hizo esperar: le llegó de Recife una notificación bancaria de que se encontraba a su disposición una cantidad relacionada con un procedimiento judicial cuya decisión le había sido favorable.
Extremadamente consolada, Renilda se dirigió a una sucursal bancaria para retirar el dinero. «El importe fue suficiente para pagar algunas cuentas atrasadas y cubrir los gastos esenciales, lo cual sólo fue posible gracias a la bondad inmensa de Dña. Lucilia, que socorre a todos sus hijos espirituales, bastando acudir a ella con fe y devoción. Doña Lucilia realmente nunca nos desampara. Que las oraciones de sus hijos continúen siendo realizadas en agradecimiento por su benevolencia maternal, y en la intención de que sea elevada cuanto antes a la gloria de los altares entre los santos reconocidos oficialmente por la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana».
(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, agosto 2023)
El Dr. Plinio recibió de Doña Lucilia una formación de acuerdo con el estilo de la São Paulo de otrora, basado en el intercambio de influencias con las naciones extranjeras. Desarrollándose en ese ambiente y favorecido por un especial discernimiento, él desvendó aspectos peculiares del alma brasileña.
Soy brasileño por todos lados. No tengo en mis venas otra sangre además de la portuguesa, unas tres o cuatro gotas lejanas de sangre española y un poquito de indio.
El papel de barniz con relación a la madera
Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira
Mi padre era sobrino del Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira, en cuyas memorias consta que seis u ocho generaciones vivieron en Pernambuco después de que el primer portugués de la estirpe llegó a Brasil. Era, por lo tanto, brasileño en su propia raíz.
Mi madre era una auténtica brasileña. El antepasado portugués más cercano era su bisabuelo, el Alférez Joaquim Ribeiro dos Santos, primero de la familia en venir a Brasil, por línea masculina. Su ancestralidad materna estaba compuesta de paulistas, cuyo linaje se perdía en los primeros tiempos del Brasil colonia. De manera que mi madre era una paulista al pie de la letra y brasileña al cien por ciento.
Así, analizando mi propia familia, es el caso de preguntar: ¿correspondemos a la noción habitual de “brasileño”? El objetivo no es tratar de mi madre ni de su hijo, a no ser para tomar cierta idea corriente y ver hasta qué punto confiere o no con la realidad.
¿Cómo es un brasileño?
Es necesario especificar dos puntos: en primer lugar, mi madre y yo somos católicos, apostólicos y romanos. Y como todo buen brasileño o todo buen miembro de cualquier pueblo, se llega a lo más característico de su patria cuando se es enteramente católico, pues es propio a nuestra Religión el dar brillo a los caracteres nacionales, haciendo el papel de barniz en relación con la madera.
El piso de la Sala de los Alardos1, en la Sede del Reino de María, por ejemplo, se compone de maderas brasileñas, y el thau2 del león es hecho del famoso palo-brasil, que dio nombre a nuestra nación. Ahora bien, no se podría elogiar ese parquet, sin enaltecer el barniz que lo recubre, porque la madera como que solo realiza su propia fisionomía después de ser cubierta de barniz.
Barnizada queda diferente, como también el barniz cuando está en su recipiente. Nadie, al conocer solo la madera o solo el barniz, podría imaginar que la junción de ambos quedase tan bonita.
Pues bien, eso es lo que la Religión Católica hace con las varias naciones. Ella –cuyo foco de irradiación es la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana–, es hecha para ser vivida entre los hombres, los cuales, por su naturaleza, constituyen las naciones. Así, el “líquido” sagrado de la Iglesia pasado sobre el “alma” de cada nación, produce el efecto del barniz en la madera: resalta todas sus características y toda su belleza.
He aquí, por lo tanto, el primer punto para especificar: que no tratemos de Brasil visto al natural, sino de él en cuanto “barnizado”.
Viajando por diversos Estados de Brasil
La segunda especificación es la siguiente.
En cierta ocasión, durante una conferencia para cerca de doscientas cincuenta personas, pedí que levantaran el brazo aquellos que estuviesen seguros de no tener ninguna otra sangre a no ser la brasileña, por lo menos hasta el tatarabuelo. El resultado fue menos del diez por ciento del auditorio… Los demás tenían proporciones de sangre extranjera: sin embargo, todos se consideraban brasileños.
Así siendo, ¿qué es el Brasil y qué es ser brasileño? Sin duda, hay zonas de Brasil muy brasileñas: el Norte, el Nordeste, Minas Gerais, Goiás, Mato Grosso, casi no tienen inmigraciones. Por su parte, Río de Janeiro y São Paulo son muy cosmopolitas.
En el sur, a medida que nos distanciamos de São Paulo, el factor alemán va preponderando. En Río Grande del Sur encontramos una inmigración italiana considerable y un tipo de brasileño sobre cuya piel soplan los vientos de las pampas. El gaucho es ligeramente españolizado en sus maneras.
Cuántas veces, viajando por diversos Estados de Brasil, me complacía en mirar el movimiento de la calle por la ventana del hotel, analizar cómo las personas se encontraban, conversaban, mientras yo hacía comparaciones.
Por ejemplo, estando en Belo Horizonte, veía a los mineiros saludarse. Ellos tenían en vista la amistad, pero con discreción, sin llamar la atención; el encuentro era cordial, pero poco teatral, con las manos que se apretaban y el tono bajo de voz: “¿Cómo le va?” Y si tuviesen algo de política para hacer, ya salía allí mismo…
En Río Grande del Sur el tenor de alma era diferente. Los gauchos, al avistarse, ya venían de lejos conversando, con los brazos abiertos: “¡Oh, querido amigo!”, y se abrazaban haciendo resonar el tórax.
Elemento fundamental de la brasilidad: permutar influencias
Sin embargo, por encima de eso hay una característica del alma del brasileño que no he visto que sea comentada.
Se dice que el brasileño tiene la manía de la imitación y vive con los ojos puestos en lo que se hace afuera. Eso tiene su buena parcela de verdad. Pero lo que ocurre es un intercambio. Al mismo tiempo en que recibe una influencia, ejerce otra: moldea a su interlocutor, de manera que este se deje abrasilerar sin percibirlo. Tiene tanto gusto en imitar cuanto en influenciar. Y lo que él da, penetra más o con tanta profundidad en el alma cuanto aquello que recibe.
Esa prodigiosa capacidad de intercambiar, de permutar influencias, es un elemento fundamental de la brasilidad, la cual ejercemos de modo inconsciente, y corresponde, de un modo providencial, a las circunstancias de nuestro territorio: tan inmenso que la pura estirpe descendiente de Portugal no llegaría a llenarlo, a no ser a lo largo de siglos y siglos.
Era bueno, por lo tanto, que el primer pueblo que viniese a establecerse aquí fuera el organizador del lugar y diera las notas iniciales a partir de las cuales la “música” del país proseguiría. Pero, además, que todos los pueblos de la Tierra fuesen fraternalmente invitados a venir a habitar aquí, desde que continuasen en la línea iniciada. Era el compromiso de la hospitalidad: “Vengan para ser de los nuestros, no para ser heterogéneos. Traigan sus riquezas, sus características. Estamos dispuestos a recibirlos, ¡y con cuánta simpatía y buena voluntad! Sin embargo, hay una condición: nosotros también tenemos que dar. ¡Reciban!” No hay quien no piense que eso es muy equitativo.
Esas explicaciones ayudan a los brasileños a comprenderse frente a la inmigración, y a los hijos de inmigrantes a entenderse y sentirse frente a Brasil, para querer sentirse influenciados. Ayudan de igual modo los extranjeros, que para alegría nuestra viven en Brasil, a hacer esta operación, estando en este país por un tiempo indeterminado.
En todos –y eso es típico del brasileño– ya estaba eso concertado de manera subconsciente. No es propuesto como contrato a nadie, no es un pacto explícito. Es un modo de ser tan implícito que me tomó tiempo el explicitarlo por entero.
Como punto de partida de la inocencia y de la historia mental de este pueblo, tenemos esa característica que posee sus raíces en la mentalidad y en la psicología portuguesas. Todo eso nació de Portugal y nos alegramos que sea así. Miramos la Torre de Belén, por ejemplo, y encontramos allí nuestras resonancias y consonancias.
Penetración del gobierno del aceite de oliva
Menciono ahora otro trazo del brasileño. Yo considero el negro y el mestizo de negro, así como también el indio y quien de él desciende, auténticamente brasileños. Ahora bien, este pueblo, cuyas raíces nativas son tan próximas en algunas de sus estirpes, no tiene una relación grosera consigo mismo ni con otros, y cuando ve o siente un trato agresivo, queda chocado. De manera que, si quieren repeler a un brasileño, basta emplear la brutalidad.
El trato de ellos es suave, manso, cordial. Pero… ¡circulen por donde tengan la vía, no se metan en contravía, porque todo se trastorna! Escomo peinarse el cabello por el lado equivocado. ¡Tengan cuidado!
¿Cuál es la raíz portuguesa en este aspecto?
En el siglo XIX, reputaban como un verdadero imperio colonial, el británico. Inglaterra poseía bancos, iglesias protestantes, políticos y militares acantonados en todas sus colonias, en puntos estratégicos y haciendo comercio; si hubiese un problema, se formaba una pelea. Era la fuerza del “león” británico colocada para garantizar el buen correr de todo. ¿El imperio era estable? Sí, porque el “león” era sólido. Sin embargo, bastó que él abriese un tanto sus garras, que sus colonias quisieron ser independientes.
Por su lado, el colonialismo portugués no componía un imperio, era únicamente media docena de colonias, que daban la impresión de algo débil, de una nación decadente. La monarquía y, más tarde, la república portuguesa, mandaba gobernadores que, de modo patriarcal, regían las colonias y nadie ni siquiera tenía conocimiento exacto de que era lo que ellos hacían o no. Cada colonia crecía como una flor o como una coliflor.
Si no fuese por la influencia rusa3, las colonias portuguesas no se habrían vuelto independientes por esfuerzo propio, porque los colonizados amaban a sus colonizadores. ¿Cuál era la razón?
La colonización de los portugueses era hecha a la manera de la acción que Brasil ejerce sobre los no brasileños. Con los africanos, con los de la India, en Macao, por toda parte, ellos penetraban como el aceite: se pone una gota y el aceite no rasga y no dilacera la hoja de papel; solamente se vuelve transparente y se extiende en toda su capacidad de extensión.
Ese era el colonialismo de Portugal: la penetración del gobierno del aceite. En el fondo, ¿cuál fue el más fuerte? ¡No fue el del león sino el del aceite!
Alguien preguntará: “Dr. Plinio, ¿y Brasil? Si es así, ¿por qué no quedó unido a Portugal?”
Me limito a decir una cosa: mucho más de cien años después de la independencia, Brasil restableció una situación en la cual el ciudadano portugués tiene todos los derechos del brasilero, y este, todos los derechos del portugués. Es algo que los que proclamaron la independencia no entenderían.
O sea, por encima de las rivalidades propias de la independencia, prevaleció un sentido de unión tal, que da la impresión de aumentar con el paso del tiempo. Creo que no existe, en el mundo entero, una ex colonia de Portugal como Brasil. Es el don de ese intercambio, es un estilo, un modo especial de ser, de disponer.
Quien admira, asimila y lucra más
¿Cuál es el fundamento de ese intercambio?
El alma nacional es admirativa, por eso es capaz de asimilar; quien de buen grado admira lo que los otros tienen, asimila y lucra más.
Lo que más busca encontrar el brasileño son afinidades. Cuando él entra en contacto con almas con las cuales consuena para poder juntos comentar las cosas, para sentir y pensar la misma cosa; sobre todo, para admirar juntos, es lo que más le da felicidad.
Comentando sobre mi propio país lo hago con admiración, como hace poco y tantas veces he discurrido sobre otros países. Hablo como brasileño, propicio hasta a admirar lo que Dios hizo en el propio brasileño. Ese gusto en tener afinidades en la admiración y de intercambiar es el propio bienestar del brasileño. Es el punto por donde él se siente realizado.
En otros pueblos, he notado el siguiente movimiento de alma: “Tú eres diferente y yo no siento alegría por lo que eres; me voy a diferenciar de ti cuanto sea posible”.
En la pelea de gallos se ve eso. Antes de entrar en conflicto, comienzan a dar vueltas y a mirarse, desafiándose, como si se dijese uno al otro: “No quieras pasarme por delante ni ser superior a mí, ni apoderarte de lo que es mío, porque yo reacciono como una fiera. ¡Mira bien!”
Esta no es la posición brasileña de ningún modo: “Esa cualidad es mía y no tuya, y yo me alegro con eso.” No. Es lo contrario: “Mira, ¿vamos a admirar, a intercambiar? ¡Qué agradable es admirar juntos! Cómo me gusta que tengas esa cualidad. Pero yo también tengo tal otra así, ¿no te gusta? ¿También te gusta? ¡Qué bueno! Amemos a Dios que creó todo eso.”
Esto forma lo que el ambiente nacional tiene para construir con una nota brasileña, en un territorio nuevo, un mundo nuevo hecho de contribuciones de toda especie de pasados, para un futuro de síntesis. Aquí está Brasil.
Tal realidad explica cómo Doña Lucilia, siendo tan brasileña como era, recorría los horizontes de la historia del pasado a partir de los barnices franceses, que la educación dada en la São Paulo de aquel tiempo había impreso sobre su personalidad. Y que, sin la menor ilusión de ser una francesa, tenía mucho de afrancesado en su modo de ser; eso se nota inclusive en los muebles de su casa.
Mi madre me enseñó esa capacidad, esa tendencia a admirar y a ver en todo lo que hay de maravilloso, no como la actitud de un tonto que ve prodigios donde no los hay. Se trataba de la posición de saber apreciar las maravillas, alegrarse y satisfacerse con ellas, asimilando de todos lados.
Esa señora afrancesada contrató para sus hijos a una gobernanta alemana, pero quiso que aprendiesen también inglés y supiesen bien el portugués. De ahí se originó una formación no inventada por ella, sino propia al ambiente en el cual fue criada.
Ella realizaba todo eso con sonoridades, con ecos que, para mi corazón de hijo, solo ella poseía. Con todo, era un estilo general de la São Paulo naciente, que comenzaba a recibir extranjeros con un abrazo, con una sonrisa, siendo influenciado e influenciando católicamente.
Denominación de la última letra del alfabeto hebreo, que tiene forma de cruz. Basándose en el capítulo 9 de la profecía de Ezequiel, el Dr. Plinio empleaba ese término, a fin de indicar una señal marcada por Dios en las almas de las personas especialmente llamadas a rezar y actuar en favor de la Iglesia y de la implantación del Reino de María. ↩︎
El Dr. Plinio se refiere a las colonias portuguesas que, a mediados del siglo XX, sufrieron la influencia soviética. ↩︎