Para Doña Lucilia y sus hermanas, su padre, el Dr. Antonio, era considerado como un verdadero patriarca. Hechos de su vida fueron narrados por ellas diversas veces, mostrando siempre que su dignidad venía de la confianza que depositaba en Dios.
El Dr. Antonio, mi abuelo, tenía tres hijas¹ muy parecidas, pero muy diferentes entre sí, como es común que suceda entre hermanos.
Cada una, a su modo, tenía una veneración única por su fallecido padre, un amor y unas saudades sin límites.
Padre y patriarca
Última fotografía de D. Antonio
Cuando eran jóvenes, su padre era el confidente con el cual ellas se abrían en todas las ocasiones; él comprendía bien sus almas y encontraba una salida para todas las dificultades que les apareciesen. Cuando el caso no tenía solución, él las consolaba, indicándoles la postura de alma serena, la compostura que se debería tener frente a las ocasiones difíciles de la vida.
Las tres contaban hechos sobre la vida de su padre y lo tenían como un patriarca. Cualquiera de los casos contados aisladamente no agotaba lo que ellas querían decir.
La más expansiva de las tres hermanas, en cierto sentido, era Doña Yayá. Una que otra vez yo la visité cuando ya se encontraba en edad avanzada –ella murió más anciana que Doña Lucilia–, estaba enteramente lúcida, pero con cierta distancia de la realidad.
Sabiendo que yo escribía –que tenía libros publicados, artículos–, en una conversación me hacía dos o tres insinuaciones de que yo debería escribir sobre la vida de su padre, porque era una vida admirable, y que, si yo quisiese, ella podía contarme todo, yo tomaba nota y después escribía ese libro.
Veo, de hecho, que es una cosa que, si la hubiese hecho, ¡habría dejado a Doña Lucilia con una alegría indecible! Necesité de razones muy serias para no hacerlo. De lo contrario, solo para dar a Doña Lucilia ese contento y atender al respeto filial de las hijas de él, etc., yo habría hecho alguna cosa.
No daba para hacer una gran biografía, pero habría hecho algo.
El fin del día en la pequeña Pirassununga
Voy a escoger un hecho que ellas no presenciaron, porque no habían nacido, pero les gustaba mucho contar. La madre de ellas, Doña Gabriela, esposa del Dr. Antonio, contaba que ellos vivían en Pirassununga cuando él era abogado recién graduado. Era costumbre en las ciudades del interior del antiguo Brasil que las casas fuesen abalconadas, o sea, tenían una especie de sótano habitable abajo, y el piso de arriba, que era mejor, constituía un balcón en relación con la calle.
Las familias cenaban muy temprano, aún a la luz del día, y después iban a las ventanas de la casa a ver pasar a la gente y saludarse. Era la gran novedad del lugar.
No piensen en una calle muy movida. Pirassununga era minúscula en aquel tiempo y uno que otro pasaba de vez en cuando. Mi madre decía que se avistaba a la persona que llegaba a lo lejos, a lo lejos, a lo lejos…
Y después de su partida, se podía aún acompañar con la mirada. Cuando el transeúnte se aproximaba, si era conocido, él se quitaba el sombrero y se saludaban. A veces paraban, intercambiaban unas palabras… Después seguían adelante.
Admiración de los familiares por la confianza en la Providencia
Dña. Gabriela y Dr. Antonio, padres de Doña Lucilia
Cierto día, el Dr. Antonio estaba conversando con mi abuela, solos, junto a la ventana. Sus hijos todavía eran poco numerosos. Él le dijo a mi abuela a cierta altura de la conversación:
– Sinhara², ¿nuestra despensa está bien llena?
Ella dijo:
– ¡Sí, está!
– ¿Tiene bastantes alimentos?
– ¡Sí, los tiene! La vida era baratísima. Entonces
él dijo:
– Por lo menos eso. Porque, mira, yo solo tengo esta moneda… los clientes están muy raros, no he recibido dinero. Y necesitamos tener bien la despensa, porque si falta dinero y comida, yo no tengo. Ve haciendo multiplicar la comida como puedas.
En ese momento se ve venir arrastrándose un mendigo hacia ellos,
que dice:
– ¡Soy tuberculoso!
Y realmente tenía un aspecto muy enfermo y pobre. Con el sombrero en la mano, dijo:
– ¡Soy tuberculoso! Necesito comprar un remedio muy caro. No tengo dinero. ¡Si Uds. me quieren dar algo para comprar ese remedio, yo, de buen grado, les agradecería mucho! Mi abuelo sacó la moneda y la lanzó en el sombrero del mendigo. Mi abuela quedó pasmada, pero al mismo tiempo tomada de admiración por la confianza en Dios que él revelaba.
Cuando el mendigo partió, mi abuela dijo:
– Pero, Totó – así era su sobrenombre –, ¿qué hiciste?
Él dijo:
– Confié en Dios. Vas a ver que el dinero no tarda en llegar.
De hecho, cuando anocheció, aquel mismo día, un hombre tocó el timbre. Era un cliente, que quería confiarle una causa que sería muy rentable para mi abuelo. El Dr. Antonio, entonces, pidió una parte de los honorarios por adelantado y, por gozar de muy buena fama como abogado, el cliente le concedió el pedido. Cuando el hombre se retiró, él entró en la sala de estar de la casa, mostró el
valor a mi abuela y dijo:
– Sinhara, ¡mira, para quien cree en Dios!
Y él elaboró, no en esa ocasión, sino más tarde, un versículo así… cuatro estrofas de las cuales no me acuerdo bien, tal vez en un momento me venga completo a la memoria… Era algo así:
“Quien tiene a Diosvuelto su corazón,nada debe temer.Porque Dios noabandona a la criaturaque sabe en Él creer.”
Era la idea de la confianza en Dios, en quien se debería creer. Esto, que es un hecho interesante, ¡a ellas les parecía fenomenal!
(Extraído de conferencia del 11/1/1986)
1) Lucilia, Eponina (Yayá) y Brasilina (Zili).
2) En el Brasil antiguo, trato dado por los esclavos a su señora. El Dr. Antonio lo utilizaba para, de un modo afectuoso, dirigirse a su esposa, Doña Gabriela.
En la convivencia, la preocupación constante de Doña Lucilia era transmitir el calor del afecto y darse continuamente en una disposición de transponer todo para beneficiar a las almas. Era la representación de la conducta de la Santa Iglesia con relación a los pecadores: no se indigna, no recrimina, no se venga; perdona todo, dota de nuevos dones y de nuevos privilegios.
Presente de un viaje que mi hermana hizo a Europa, el chal lila, cuando apareció en casa, me dio la primera impresión de que era un artículo muy bonito, muy bueno. De hecho, lo que Rosée compraba, lo hacía con mucha perfección, adecuación y buen gusto.
Chal “luciliano” por excelencia
Doña Roseé y Dr. Plinio
De un lado, me gustó mucho el chal; de otro, quedé un poco reticente con él, por la impresión de moderno que me causaba, pues era un poco fofo, espumoso en su contextura. Y si bien el color amatista me encantase, yo me preguntaba cómo quedaría mi madre dentro de un tejido fofo. Oyendo comentarios posteriores de estos y de aquellos, percibí que yo estaba mal informado: siempre muy ajeno a los asuntos de indumentaria y de tejidos, no sabía que se trataba de una lana europea muy auténtica, buena y sin nada de moderno. Cuando vi a mi madre vestir el chal, me pregunté por qué se lo había puesto en la espalda; un chal muy bonito debería ser puesto sobre ella, era una escena natural de la vida de familia. Noté que a ella le pareció muy bonito, le gustó mucho el color, y no extrañó el tejido; sin embargo, en ese momento no hice mayores raciocinios sobre si el tejido era o no moderno, por ahí no se fue mi atención, sino por ver cuál era la mirada que ella le hacía al chal. Ella no mudó en nada la posición y la actitud en la cual estaba. Apenas sonrió luminosa y discretamente, con mucha bondad, ante la manifestación de afecto que le hicieron unas tres o cuatro personas que se encontraban en la sala. Yo percibí que ella se adaptó en algo al chal, ¡pero sobre todo él se adaptó a ella! En el reflejo de su mirada, en su modo de hablar, ella le dio cierta interpretación y proyección, cierto modo de ser al chal. Más o menos como una señora que toma una rosa, la pone junto al pecho y hace un poco la “fisionomía” de la rosa, y esta adquiere un poco la forma de ser de la señora: ¡así también mi madre hizo con el chal, y él quedó “luciliano” por excelencia! Ella lo utilizó muchas veces. Primero apenas para salir, en ocasiones de mayor solemnidad. Después, con el avance de la edad y con los fríos de São Paulo, ella pasó a usarlo también en casa y con cierta frecuencia. Cada vez que yo la veía con el chal, me regalaba, justamente por la relación que había entre aquel castaño profundo de sus ojos y el tono amatista del tejido.
Herencia perdida y recuperada
Ella murió. Cuando fuimos a hacer una repartición sumaria de sus bienes, mi hermana no quiso llevarse absolutamente nada, pues dijo que yo había mantenido a mamá la vida entera y le había hecho compañía y que, por tanto, me dejaba todo lo que había pertenecido a ella y que era de la casa. Ahora bien, en Brasil, o al menos en São Paulo, la antigua tradición era que las joyas de la señora fallecida se quedasen con la hija. Una u otra cosa iba para las nueras, pero lo principal se quedaba con la hija. En mi caso, le di a mi hermana todas las joyas de mi madre, reservando para mí apenas un anillito de brillantes, muy sin valor y modesto, que está en mi relicario. Pasados algunos días después de haberle dado las joyas, le dije a mi hermana: – ¿Sabes una cosa? De lo que te di, te voy a quitar una cosa. Ella me dijo: – ¿Cuál es? – Aquel anillito se va a quedar conmigo. – ¡Claro que sí! Y me devolvió el anillo. Algunos días después ella apareció en casa y me dijo: – Yo, de lo que te di, también voy a sacar una cosa: aquel chal se va a quedar conmigo. Para mí fue una dilaceración… pero no podía decir nada. Ella era la hija y le había dado el chal. Algún tiempo después, supe que ella se lo había dado de regalo a una tía nuestra.
Cuando esa tía murió, pensé: “Ese chal ya debe estar dañado –porque ella vivió muchos años– ya deben haberlo donado a gente pobre, seguramente desapareció.” ¡Cuál no fue mi sorpresa ayer cuando llegó a casa, en la mañana, el hijo de esa tía trayéndome el chal!
Una “trans-señora” de luz
En el espíritu humano y en el modo por el cual él abarca la realidad, hay un punto en el cual es especialmente llamado a conocer a Dios, y del cual tiene una comprensión de orden natural, nativa, muy simple, clara y originaria. Y cuando el hombre estudia a partir de esta luz primordial y piensa a partir de ella, tiene posibilidades de dar en un hombre bien inteligente, aunque sea medianamente inteligente. Ahora bien, cuando alguien hace un estudio cartesiano: “Luz primordial, yo te empujo, aquí está el compendio 1, 2, 5, compendio 92…”, ese, aunque sea inteligente, tiene todas las posibilidades de dar en un burro letrado, muy diferente de una persona inteligente. En el caso de mi madre, ella poseía apenas la cultura común de una dueña de casa, con una nota afrancesada de formación de espíritu muy pronunciada. La luz primordial que trasparece en todas las fotografías que figuraba en su espíritu es, ante todo, una certeza de que las cosas tienen un significado, un segundo sentido que está más allá de ellas, en virtud del cual ellas deberían ser vistas. Así, además de ese trans-significado, existe un trans-mundo, una trans-realidad que se nos aparece a través de esas realidades diáfanas, que produce en el alma una trans-comprensión, un trans-sentimiento. Ella nunca lo enunció así, y creo que no sabría hacer esa consideración, pero constituía la posición fundamental de su espíritu con respecto a todo.
Si consideramos sus fotografías, notaremos que ella está prestando atención en lo que está haciendo: dejándose fotografiar. Sin embargo, la mirada, la actitud, expresan a una “trans señora”, que sería como su sombra hacia el lado de la luz. Una luz mayor que ella, pero suya, que queda por detrás suyo. La mirada, el todo parecen preguntar al fotógrafo, y, a su modo, a quien ve la fotografía: “¿Ustedes no ven esto? ¿No perciben que en ustedes también hay esa luz, y que el universo entero es así?” En ese sentido el Quadrinho1 es más que decible. Ella está allí representada, consciente de que de ella emana una luz, que es su significado y que ella coloca a disposición de los otros como quien dice: “Dime cómo eres tú y qué tenemos de afín. ¡Por ahí nos querremos enteramente bien!”
Haciendo de la convivencia humana una permuta de luces
La convivencia humana para ella no era de esas mercantiles: si hizo una gentileza, recibe otra. Por ejemplo, el modo de ella escoger un presente. Yo asistí a muchos cálculos de elección de presentes hechos por otras personas: “De aquí a algunos días es el cumpleaños de fulana. Ella me dio con ocasión de mi cumpleaños un presente, que vi que tenía tal valor. Yo debo darle, por lo tanto, un presente que equivalga a eso en dinero. ¿Qué podemos comprar bien presentado por esa cuantía?”
¡Ella no! La primera pregunta era: – ¿Qué le gustará ahora a Fulana…? Segunda pregunta: – ¿Hasta dónde mis recursos me permiten dar? Tercero: ella daba el presente, no como una especie de intercambio comercial, que a mi modo de ver, contamina el regalo. Era con un deseo de dar algo que estaba en su propia alma, siempre en esa permuta de luces, que era la esencia de la convivencia con ella. Vivir en torno a eso, para eso, convidando a todos a eso y llenándome de eso –porque, tanto cuanto pude, yo dije “sí” a ese convite–, eso era la luz primordial de ella. Detesto las comparaciones, y no comparaba el trato que ella tenía conmigo con la relación de otros hijos con sus madres. Evidentemente, a veces me saltaba a los ojos alguna cosa que, a menos que fuese ciego, no podría dejar de ver; pero no detenía la atención en eso, pasaba por encima. Ahora bien, hoy me doy cuenta de esto, el tiempo pasa, las comparaciones en cuanto al pasado, al menos en larga medida, son legítimas. Con el presente no; menos aún con el futuro… Hoy en día veo bien que esa conformación de su espíritu tuvo un papel muy importante en la elaboración de mi ensayo Revolución y Contra-Revolución, porque la esencia de este es la noción de la Revolución tendencial. Y lo que había en ella era exactamente una vida tendencial ‘contrarrevolucionaria’ así concebida con una riqueza extraordinaria.
Calor de afecto en una relación de alma
Ella era católica, nacida de una familia católica, apostólica y romana por entero, pero menos católica que muchas otras familias, por ejemplo, de las que frecuentan la iglesia, que son amigas del padre, dirigen las obras de la parroquia, etc. Mi familia –la de ella, por tanto– no tenía nada de eso. Eran amigos del padre, pero lo admiraban con cierta distancia, no por anticlericalismo, sino por falta de hábito. Sin embargo, había, en esa como en tantas otras familias brasileras, el hábito de considerar la veracidad de la Iglesia Católica como una evidencia. Había en ella de modo muy vivo algo de aquella bonita invocación: “Sagrado Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones, ten piedad de nosotros”. Tal vez ella no la conociese o, si la conocía, no prestaba mayor atención, pero esa invocación era tal como ella veía la vida afectiva, que era la que llevaba, y consistía en dar ese calor de afecto y de formación, y decía mucho respecto al modo de ella ser católica. Ella comprendía muy bien que la esencia de la convivencia está en la afinidad de las almas y en la felicidad que hay en darse y en quererse bien, realizando al pie de la letra el principio dado por Nuestro Señor en el Evangelio: es más feliz quien da que quien recibe. Eso modelaba de algún modo su espíritu, en términos tales, que notaba en ella un deseo de darse, de atraer a sí para esa relación de alma, como no conocí en nadie. Y dentro de eso, una dignidad y tranquilidad, una serenidad y resignación, por donde si nada saliese bien, ella no se irritaba, no se indignaba, no recriminaba, no se vengaba o se entristecía. Esta es bien la conducta de la Santa Iglesia con relación a los pecadores.
Las mil habilidades de la Iglesia Católica
Tomemos, por ejemplo, lo siguiente. Revienta un cisma y surge la Iglesia Ortodoxa, aquellos ritos orientales, muchos se pasan para allá y la mitad del manto de la Iglesia se dilacera… La Iglesia llora. No dejó de excomulgarlos como debería: ¡ellos se equivocaron, ella los excomulga! Pero ella lamenta eso dignamente, mientras conquista América para compensar también a los países nórdicos y eslavos, que en gran parte había perdido. Ella conquista América. Los jesuitas decían que vinieron aquí para reponer lo que la Iglesia había perdido. Pero la Iglesia no desiste, continúa cierta negociación con ramas ortodoxas que pensaban reatar relaciones con ella. ¡Eso lleva siglos! Y de allá para acá, lentamente, de vez en cuando gotea un rito más dentro de ella. La Iglesia recoge de esos tesoros ese poquito que queda, organiza, perdona, tiene bondad, dota de privilegios, indulgencias, instala bien, cumula de honras la hija que vuelve a la casa paterna. Ella no se olvida a no ser de los ultrajes recibidos. Pidiendo perdón, ella perdona. Esa bondad, ¡eso era mi madre al cien por ciento, consonante con la Iglesia Católica a más no poder, pero a más no poder! Por ejemplo, las varas de los penitenciarios en Roma. Quien hubiese cometido un pecado venial muy desagradable de contar, no necesitaba declinarlo. Bastaba ir a la Basílica de San Pedro o a las cuatro basílicas menores, arrodillarse delante del padre, que este le golpeaba con una varita y estaba dada la absolución de los pecados, sin confesión. Pecado venial; mortal no. ¡Es una bondad, una flexibilidad única! ¡Eso esa mi madre por entero!
(Extraído de conferencia del 20/6/1980)
En portugués, diminutivo de cuadro. Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos, con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎
Lleno de saudades, el Dr. Plinio recuerda su convivencia con Doña Lucilia con ocasión de las temporadas de reposo que pasó en Aguas da Prata, donde su madre,
sin importarle sus propios sufrimientos, distraía y formaba a su hijo con las historias de Bécassine.
Doña Lucilia comentó conmigo innumerables veces las historias de Bécassine. Como la Fräulein me enseñaba francés y yo ya había estado en Francia, sabía hablar un poco de esa lengua. Por eso, yo mismo leía la historieta, no era necesario que mi madre me la contara. Pero ella me explicaba las escenas y actuaba con mucho sentido educativo, porque a veces me incentivaba a hacer comentarios.
Y yo, siempre muy locuaz y expansivo desde mi primera infancia –a propósito, es un hábito que no perdí–, hacía muchas preguntas porque no entendía bien ciertas narraciones, y ella
me dejaba hablar a gusto, sobre todo cuando era más niño. Yo leía otras cosas por mí mismo y comentaba, mientras ella rectificaba o desarrollaba mis comentarios. Sin embargo, la raíz era mi comentario y no su explicación.
Entre más ella sufría, más se entregaba
Lo que más me acuerdo con respecto a Bécassine se refiere a una temporada que pasé en Águas da Prata. En aquel tiempo era un poblado, pero después creció. Allá había aguas consideradas muy benéficas para quien padecía de enfermedades hepáticas. Como mi madre sufría mucho del hígado, íbamos allá con frecuencia para hacer estancias que, según las costumbres del tiempo y la orden médica, deberían ser de veintiún días. Generalmente viajábamos durante mis vacaciones. Iban mi padre y mi madre, mi hermana y yo; a veces también mi abuela y otros parientes. Ellos no necesitaban ir por indicación médica, sino apenas para distraerse, pues el ambiente del hotel era simple y tenía comida de buena calidad. Sobre todo, ¡me acuerdo de los excelentes cabritos, de la mantequilla muy buena, hecha con leche de cabra, y del excelente pan! Para mí, eso ya bastaba.
En esa temporada a la cual me refiero, yo tenía unos doce años, más o menos, y me enfermé. El médico me recomendó acostarme inmediatamente, y ella se quedó cuidándome. Yo no necesitaba nada más, pues tenía una confianza total en ella, y ni siquiera quise saber cuál era la enfermedad. Entonces, con paciencia, bondad y afecto muy grandes, mi madre me hacía compañía. A veces se sentaba a mi lado o en mi cabecera, apoyada sobre las almohadas y colocando delante de mí la historieta de Bécassine para que la hojeáramos juntos. Sin embargo, cuando yo estaba saludable sucedía lo contrario: Doña Lucilia se acostaba durante el día y cerraba la veneciana de su cuarto, por donde entraba una luminosidad muy agradable; nunca fui amigo de luces muy fuertes, siempre preferí la luz tamizada. En esas ocasiones, yo iba hasta su cuarto llevando a Bécassine, me recostaba a su lado y comentábamos la historieta. Yo estaba seguro de que ella tenía por eso una gran atracción, pues siempre mostraba mucho interés y complacimiento. A tal punto nunca me pasó por la mente que a ella no le estuviese gustando aquello. Solo a mis cuarenta años, más o menos, me surgió la duda a ese respecto, pero ya era tarde…
¡Me gusta que él esté aquí!
Cuando yo me daba cuenta de que todos los niños de la familia estaban jugando afuera, en el jardín, ¡yo huía! Pasaba por mi cuarto –contiguo al de ella–, cogía a Bécassine y me iba a sus aposentos. Ahora bien, si ella estaba con los ojos cerrados, no la despertaba, claro, pero eso sucedía de un modo relativamente raro. Generalmente, mi madre estaba rezando o descansando, viendo algo, e incluso en oración, yo entraba sin escrúpulos de interrumpir, pues me parecía que después ella tendría tiempo para rezar, y decía:
– Mãezinha (1), el otro día dejamos Bécassine en tal punto, ¿podemos continuar ahora?
– ¡Claro, hijo mío, ven aquí!
A veces, para liberarla, mi padre entraba y decía:
– Plinio, ¿no ves que tu madre está descansando?
Y ella decía con mucha bondad:
– A mí me gusta que él esté aquí.
Yo miraba a mi padre y decía:
– ¿Ya vio?, ella está gustando…
Creo que ella hacía, por detrás de mí, alguna señal para que él no insistiese. Entonces mi padre hacía una cara de desolación, como diciendo: “No hay remedio…”, y salía del cuarto.
(Extraído de conferencia del 9/6/1984)
NOTA 1) En portugués, diminutivo afectuoso de madre.
Junto a una afectividad toda brasileña, Doña Lucilia tenía el charme (1) francés. Al sentirse envuelto por ese afecto vivo, el Dr. Plinio reconocía la connaturalidad del ambiente de su infancia con el ambiente descrito en el libro de Bécassine.
La formación en la juventud de Doña Lucilia fue hecha en función de Francia como la tierra de la luz, donde las cosas son como deben ser, y de donde emanaba el patrón de pensamiento, elegancia, distinción y de maintien (2) para toda la Tierra. Por esa razón, ella tenía esa noción muy viva a través de libros, de periódicos, de revistas y de la visita hecha a ese país. Mi madre tenía una idea tan exacta de todo aquello, que para ella las historias de Bécassine eran un encanto de pequeñas descripciones de un mundo conocido por ella, en el cual había estado y había sido la luz un poco lejana, pero continua, de toda su formación intelectual y psicológica.
Una señora afrancesada
Podemos tener un poco esa idea viendo la fotografía tomada en París, en la cual ella aparece de pie. Es un tipo físico brasileño, pero el tonus (3) es francés. ¡No solo porque le tomaron la foto en Francia, porque si le tomaran la foto en la Cochinchina, ella sería exactamente así! Si prestamos atención en un cuadro de Doña Gabriela, mi abuela, notamos que ella no era una marquesa, ¡pero tiene cualquier cosa que hace recordar a Madame de Grand-Air! Doña Lucilia sabía muy bien que su madre no era marquesa, pero miraba a Madame de Grand-Air como una especie de variante parisina de Doña Gabriela. ¡Todo el mundo en el tiempo de ella era así!
Un afecto delicadísimo
Como mi madre tenía ese afrancesamiento del modo de ser, junto a una afectividad toda brasileña, su afecto era delicadísimo, educadísimo, noble y de salón, ¡incluso en la mayor intimidad! Y yo me sentía envuelto por ese afecto vivo, en el cual yo reconocía la connaturalidad con el ambiente del libro de Bécassine. Digamos, por ejemplo, Madame de Grand-Air llegando al bautismo de Bécassine. ¡Ella tenía para con los Labornez una acogida, que yo sentía multiplicada por mil en la forma de afecto de mi madre hacia mí de niño! No me puedo olvidar de que ella, cuando habitualmente hablaba conmigo, decía “filhão”(4), aunque yo fuese mucho menor que ella. ¡No sé por qué! Y yo la llamaba “mãezinha”(5). Pero incluso el “filhão” –que es un modo más íntimo de llamar– era tan ceremonioso y en el tono de voz había inflexiones tan nobles y, al mismo tiempo, tan afectuosas, y entra ban en el corazón de modo tan directo, que yo pensaba: “¡Esto, desde el punto de vista afectivo, es una quintaesencia de lo que está narrado en esa historieta, porque la de Grand Air no quería a esa gente suya como mi madre me quiere!” Digamos, por ejemplo, regresando de Águas da Prata en tren. Era natural que una gran parte del viaje yo volviera sentado a su lado. ¡Aunque conversando raramente, porque los asuntos se agotan, pero solo para sentirnos juntos! Si en algún momento Doña Lucilia quisiese que yo cogiese una maletica arriba, nunca diría: “Plinio, ¡coge la maleta ahí arriba!”. Ella diría: “Hijo mío –o entonces, filhão–, ¿quieres coger para tu madre la maleta ahí arriba?” Yo no estoy logrando expresarme, pero son cosas más o menos inefables, no se narran por entero. Sin embargo, era afrancesado. Mi madre era para mí una versión de la vida del mundo de Madame de Grand-Air, como, a propósito, lo era también, a su modo, mi abuela.
Rasgos de Madame de Grand-Air en Doña Gabriela
Mi abuela, por ejemplo, era quien presidía la mesa. Es natural, era la dueña de la casa. En aquellas familias antiguas de mucha gente, era frecuente haber entre diez a quince personas en la mesa para almorzar y cenar. Ella presidía, y mantenía la conversación de la vida de familia, cuando no discutían temas como religión y ateísmo. En cierto momento –¡era invariable!– mi abuela se levantaba de la comida e iba a una silla mecedora. Algún tiempo después se iba a sus aposentos a hacer la siesta o algo así, la vida de una señora. Yo todavía me acuerdo de la forma en que mi abuela se levantaba de la silla. Nos daba la impresión del montaje de un monumento. Cuando ella estaba de pie, el monumento estaba constituido. Solo entonces comenzaba a andar. Ella tenía unos pies minúsculos, era gorda como Madame de Grand-Air y andaba exactamente con aquel paso lento de ese personaje, y desaparecía en sus aposentos dejando a todo el mundo conversando. Sin embargo, su presencia se quedaba, confiriéndole nobleza a todo. Yo miraba la figura de Madame de Grand-Air y me acordaba de mi abuela.
Completando el cuadro con una nota portuguesa
Mi madre trataba a mi abuela con mucho respeto. Por ser su madre, pero también porque veía lo que había de poco común en Doña Gabriela. Además, la trataba con mucha cortesía, con mucho afecto, y todo eso formaba un mundo “grandairoso”, que se mezclaba armónicamente con la influencia portuguesa. Mi padre, como ya dije otras veces, era pernambucano, de una pequeña ciudad a unas tres o cuatro horas de Recife. En aquel tiempo el polo cultural de Recife no era París, sino Lisboa. Entonces mi padre sabía canciones y poesías portuguesas, había leído bastante de los autores de esa nación, su formación jurídica tenía una nota lusa muy fuerte. Él representaba la nota brasileña y portuguesa que se juntaba a la nota francesa de ellas, formando un todo. Por ejemplo, él era un hombre de carcajadas sonoras, tenía una voz fuerte y de un timbre agradable. Cuando él se reía, su risa cubría la casa. ¡Era una carcajada saludable! Pero cuando trataba a mi madre y a mi abuela era muy respetuoso, muy atento. Y a ellas se les hacían divertidas las “portuguesadas” nordestinas de él. Y ese fue el ambiente peculiar dentro del cual yo me formé, viendo en muchos aspectos la relación con Bécassine.
(Extraído de conferencia del 15/5/1980)
NOTAS 1) En francés: encanto. 2) En francés: porte, compostura. 3) Del latín: tonalidad, tono. 4) En portugués, diminutivo afectuoso de hijo. 5) En portugués, diminutivo afectuoso de mamá.