Los ojos son la ventana del alma. De hecho, nada se compara a la mirada llena de unción de un alma virtuosa, cuya expresión transmite lecciones infinitas, eleva y santifica.
Creo que una de las cosas más pungentes en la vida es conocer una gran mirada –de una gran alma– y, de repente, verse privado de ella porque se cerró para siempre y el alma se fue a Dios. Aquello que se vio no se verá más, no se profundizará más, no se conocerá más como se debería haber conocido, y de ahí en adelante solo es la eternidad…
Comunicación de miradas más allá de la muerte
Mil veces yo peregriné dentro de los ojos de mi madre, pero ¡cuántas y cuántas veces, y a partir de cuántas puertas de esa mirada! Su mirada cuando me miraba, cuando yo la veía mirando dentro de mi mirada; su mirada cuando rezaba; su mirada vista de lado, su mirada vista por detrás, percibida apenas por imponderables, sin verla.
Cuando ella falleció yo me puse esta pregunta: “Para esta vida se terminó, se acabó, nunca más pasearé dentro de esta mirada y nunca más desvendaré esta alma… Ahora, Plinio, pregúntate: ‘¿Tú aprovechaste ese tesoro? ¿Miraste todo lo que tenías que ver y llegaste hasta su último conocimiento? ¿Serás capaz de hacer el viaje retrospectivo y complementarlo a través de velos sucesivos?’” Yo me hice la pregunta distendido y calmado, en medio del llanto de la muerte. Y con toda serenidad me respondí a mí mismo: “Sí y enteramente.” ¡Se acabó, pero tengo todo, llevo todo, ojalá haya asimilado todo! Tal vez ella haya muerto a tiempo para comunicarme los últimos fuegos de una mirada en que la luz de la vida, el lumen rationis, cintilaban, pero aún tenían bellezas nuevas para comunicarme. Sin embargo, siento como si tal vez hace poco me hubiera comunicado con ella.
Una ventana de la eternidad que se abre
El otro día, un rayo de sol incidió sobre una fotografía de ella, abarcando inclusive las flores alrededor, que tomaron vida, parecían flores paradisíacas, iluminadas por dentro. ¡Algo extraordinario!
Si quisiéramos iluminar una foto, jamás conseguiríamos hacer algo parecido. Me acuerdo un poco de esas imágenes modernas que hay hoy en día en las calles, iluminadas por dentro. Pero era, sin comparación, mejor. Su fisionomía relució, dando la idea de una ventana de la eternidad que se abría, transmitía algo que no tiene nada que ver con esta Tierra. Me dio la impresión de que ella estaba tan viva que se diría que comenzaría a hablar con alguien que estuviera allí para hacerle una pregunta. Digo aún más: con una animación que años antes de su muerte ya no tenía, ya muy abatida por la edad.
Parecía bien dispuesta, hasta fuerte. Se diría que había pasado una temporada por fuera, que descansó…
Mirada de futuro, de metafísica y de fe
San Pío XDoña Lucilia con 50 añosSan Charbel Makhlouf
Hay otra mirada, de una fisionomía de ella a los cincuenta años. Es de tal seriedad, que podría ser colocada al lado de una foto de San Pío X o de San Charbel Makhlouf, aunque la mirada de él no tenga esa tristeza. Es una mirada ordenadora para nuestra alma y, puesta en un cuadro en un ambiente, influencia la sala, acompaña a las personas. Si alguien me pregunta cuál fue la influencia de Doña Lucilia en mi formación, yo diría: “¡Vea, ahí está!” Debemos sentirnos en casa en presencia de esa fisionomía, la cual se podría denominar: “Contra-Revolución tendencial.” Mi madre ejercía una acción pacificante ya a distancia. Eso es paz. Ella hizo una verdadera psicología con los brasileños, permitiendo que, antes de esa foto, nos llegara a las manos el “Quadrinho”1. Los dos cuadros hacen una combinación perfecta. El “Quadrinho” la refleja mucho más en la intimidad. El otro expresa su fisionomía cuando se encontraba en otros ambientes. Se ve que ella hace un esfuerzo para no romper lo que resta de amistad con los demás, para poder hacerles bien. La mirada refleja una visión del futuro, pero, sobre todo, en función de la ofensa a Dios, de aquello que ella veía en el Corazón de Jesús, entristecido por los pecados de los hombres. Es un acto de fe, de metafísica viva. Quien hizo ese acto de fe, tiene una limpieza del sentido metafísico colosal. Hay tal integridad, por donde vemos que ella era consciente de que, si aceptara, por ejemplo, una joya un poco moderna, quebraba la fe. Es la fisionomía más seria que vi en mi vida, al mismo tiempo con una calma extraordinaria, la cual se refleja mucho por el conjunto de la fisionomía y por todo el cuerpo, en el cual no hay un músculo contraído. Ella tenía una noción de delicadeza proveniente del hecho de ser muy digna, seria, siendo ella misma, no queriendo ser sino lo que era, sin ambición desmedida. No tenía jamás una sonrisa que significara cualquier connivencia con lo que hubiese de revolucionario en el ambiente. Es una fisionomía que nos prepara para los acontecimientos de Fátima.
El «Quadrinho»
Ejercicio para la visión beatífica
Así veo yo sucesivamente las miradas, las cosas que esta vida nos presenta. Eso es vivir. Y no hacer eso es no vivir. Hablar, en el fondo, es decir cosas de esas. Y quien nunca pensó ni vio, y no tuvo cosas semejantes en vista, y nunca hizo eso, de ese, yo tengo dificultad de explicarme a mí mismo cómo estará pronto para la visión beatífica. Porque la visión beatífica es eso: ¡ver a Dios cara a cara y peregrinar dentro de Él siempre, siempre, inmutable y nuevo para nosotros, afable, majestuoso, acogedor!
Y nosotros dentro de Él superponiendo aspectos sucesivos, para formar una cognición que nunca cesará. Porque jamás lo conoceremos en su totalidad. ¡Eso será nuestra alegría en el Cielo!
(Extraído de conferencias del 23/12/1976, 7/3/1982 y 20/8/1987)
Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎
Doña Lucilia tenía un afecto penetrante, envolvente, constante, con modos de afabilidad sumamente curativos para cada circunstancia. Ese es el motivo intenso para tener una confianza especial en ella y en su poder impetratorio junto a Dios.
Es comprensible que un alma recta, virtuosa, habiendo ido al Cielo, pidiendo a Dios, reciba de su bondad tesoros enormes para distribuir a los demás, proporcionados a la voluntad que tuvo en la Tierra de hacer el bien.
Poder impetratorio de hacer el bien
¡El deseo de Doña Lucilia hacer el bien era enorme, torrencial! Yo no sé a quién ella no lo
Urbano ll
haya hecho, dando un buen consejo, una directriz, una orientación, una caricia, una limosna, arreglando una situación. De ahí deduzco que, en el Cielo, ella debe pedir eso ardentísimamente y debe tener un poder impetratorio muy grande en ese sentido. Con eso no quiero hacer una comparación entre ella y otras almas que están en el Cielo.
Es un poco como si yo tomara en consideración al Bienaventurado Urbano II, que tuvo el deseo ardiente de hacer la Cruzada. En el Cielo, su poder impetratorio para todos los que conducen luchas del tipo de las Cruzadas es especial. Lo que él quiso en la Tierra, en el Cielo le es dado en abundancia. Mi madre quiso hacer el bien con mucha amplitud y con una especie de incondicionalidad: la persona podía estar animada con relación a ella o con las intenciones más equivocadas, más ingratas. Su deseo de hacer el bien era el mismo. Por otro lado, ¡una compasión! Ella sentía en sí el dolor de los que estaban sufriendo, y fuese cual fuese la circunstancia, tenía la habilidad para decir una palabra, para introducir un afecto, de un modo tan extraordinario, que yo estimo que todo eso, a justo título, le sea dado realizar ahora. Eso es un motivo intenso para tener una confianza especial en ella, por su vínculo con nosotros.
Afecto envolvente y penetrante
¿Cuál es el punto más sensible para mí del beneficio que ella puede hacernos y me parece que ella hace, indiscutiblemente, si pedimos? De ella recibí, como hijo, toda especie de beneficios. Al menos los que la limitación de sus recursos le permitía hacer, ella los llevaba hasta el extremo. Ella era muy prudente: endeudarse, nunca, pero con lo poco que poseía, sabía hacer aquello rendir para que nos complaciera –a mi hermana y a mí– hasta el último punto.
Yo me acuerdo, por ejemplo, que al no tener dinero para comprarnos ciertos juguetes y a pesar de estar enferma del hígado, ella a veces se quedaba hasta la medianoche –horario muy tardío para aquel tiempo– o hasta la una o dos de la mañana, cortando unas figuritas de bailarinas, de vaquitas, de animales, cosas así, en papel crepé, siguiendo modelos, y después ella misma los pintaba, haciendo, con una especie de polvo de mica, un cinturón plateado, una corona dorada, y después nos los daba para que jugáramos. Ella se quedaba hasta tarde haciendo eso sola, con todo el mundo durmiendo. A esa hora ella no estaba rezando, sino trabajando por sus hijos, con una indulgencia y la elaboración de juguetes que llevaban a hacer bien al alma, ¡extraordinarias! Todo eso conducía a un punto: yo sentía en ella un afecto envolvente, penetrante, no en el sentido de un dardo, sino de un perfume, de un aroma penetrante y estable, que nunca tenía la menor disminución de afecto según el día o la hora, según las circunstancias o las condiciones de su hígado. Era siempre el mismo “mediodía”, nunca había alteración. Y amparándome en todas las condiciones. Le hiciese yo a ella lo que le hiciese, yo podía contar con ella hasta el fin.
Reflejo de la infinita bondad de Dios
No es fácil imaginar hasta qué punto eso estabiliza, hace bien al alma, airea –para usar un verbo que no existe–, “desentumora”, o sea, cura el tumor de cierta soledad de alma de quien nunca encontró algo así y para la cual la vida acaba siendo una cosa anti-axiológica. Me agradaba mucho ver cómo eso no quedaba en ella. Ella daba mucho valor a que la quisiéramos bien, pero si no la quisiésemos, su actitud era la misma, de un lado. De otro lado, quedar con rencor, con un punto adolorido, absolutamente no. La confianza que se podía tener en ella era como la que se podía tener en el eje del mundo.
Todos saben cómo es raro encontrar eso. Desde la primera infancia, siendo cargado en brazos, con penetración de niño, percibir eso es un beneficio que no tiene palabras. Creo que, si le pedimos, ella nos hace sentir eso con toda seriedad, con toda solidez. Yo percibía que la fuente de eso no estaba en ella, sino en el Sagrado Corazón de Jesús, por medio de Nuestra Señora. Por lo tanto, la fuente estaba en el Absoluto, en Dios mismo. Y era como palpar la propia bondad infinita de Dios. Eso era muy benéfico. Creo que, en el punto de partida de un gran número de defectos y de crisis espirituales, de cosas que una persona pueda tener, en el fondo hay esa sensación de aislamiento parcial o total. La verdad es que, cuando un fragmento está roto, el conjunto no vale nada. O eso es completo o no es nada. Eso fue lo que me llevó a colocarla, desde pequeño, por encima de todas las personas, debajo de Dios, en sus debidos términos debajo de la Iglesia, de las personas que constituyen la dirección de la Iglesia que, evidentemente, yo colocaba en el punto más alto de mi admiración y confianza. Ella misma me hacía ver así porque soplaba hacia allá, no se ponía como término final.
Relaciones basadas en el Sagrado Corazón de Jesús
Creo que es una experiencia para hacer, pues toda el alma se abre con otra concepción hacia la vida y a otra idea de lo que podría ser el Reino de María. Porque en el Reino de María las verdaderas relaciones de afecto serán basadas en el Sagrado Corazón de Jesús, en el Corazón Sapiencial de María. Son relaciones mucho más próximas a eso de lo que podemos imaginar y que se hacen sentir de un modo o de otro en todas las articulaciones de la vida, haciéndonos entender cómo existirán en el Reino de María ciertas situaciones que, fuera de ese clima, imaginaríamos incomprensibles. En fin, para todo ese género de cosas ella dirigía su atención, tendría comprensiones, tendría explicaciones, con modos de afabilidad sumamente curativos para cada circunstancia. Otro punto: a ella no le gustaba que se burlasen de las personas –los niños son tendientes a burlarse. Su tendencia era de intervenir con compasión y decir: “¡Pobrecito! Vea, tiene esto, tiene aquello”. Ella sabía mostrar un lado por donde se comprendía que no se debía hacer burla de aquella persona. Por naturaleza, Rosée, yo y nuestra prima, teníamos lenguas afiladísimas y hacíamos comentarios en su presencia. Ella iba oyendo y conversando, como una madre hace con sus hijos. Cuando llegaba una burla más puntuda –y yo era de los líderes de la punta– decía:
Otro aspecto era la melodía de su voz… No era propia para cantar en un teatro, pero era llena de afabilidad, por así decir, retórica, de una conversación individual. ¡Una cosa extraordinaria!
Todo eso debe aumentar la confianza en que seremos atendidos. También otro punto: si así era ella, ¿cómo será Nuestra Señora? ¡Si hubiésemos conocido a Nuestra Señora…! Ahí la “Salve”, el “Acordaos” y tantas otras oraciones toman todo su valor, todo su sabor, ¡toda su fuerza de confianza!
Se conocen infinidad de casos de personas que, en momentos de aflicción, pidieron la intercesión de Dña. Lucilia ante Dios y fueron atendidos. Carla María Barbosa de Oliveira Gonçalves, sin embargo, optó por el camino inverso: clamó a Dios, ¡y Él le envió a Dña. Lucilia para que la ayudara! Con atrayente sencillez nos narra su historia, que comenzó hace casi veinticinco años…
Carla junto a la imagen del Inmaculado Corazón de María
Su familia era propietaria de un negocio en la ciudad de Teresina. En 1998, tras el fallecimiento de su suegro, se constató que éste les había dejado una pésima herencia: cuantiosas deudas, cuyo pago derivó en la confiscación de todos los bienes de la empresa por parte del poder judicial. En consecuencia, en poco tiempo Carla y su esposo no tenían siquiera los recursos necesarios para mantener a sus tres hijos, de 5, 3 y 2 años. Así pues, se vieron obligados a dejar a los niños en Teresina, al cuidado de la abuela materna, y mudarse a la casa de su suegra, en Fortaleza, con la esperanza de conseguir allí un buen empleo.
Su marido enseguida encontró trabajo, pero en una ciudad del interior del estado de Ceará. ¡Otra dolorosa separación!, porque no había ninguna posibilidad de que Carla lo acompañara. Entonces se quedó con su suegra. No obstante, su vida era muy dura: se pasaba todo el día fuera en busca de un empleo, recorría grandes distancias a pie y sin dinero ni para un ligero almuerzo.
Los que sembraban con lágrimas…
Tras cuatro meses de infructuosos intentos,un día se sienta, extremadamente deprimida y hambrienta, en un banco de una plazoleta y empieza a «conversar con Dios» sobre su triste situación, pidiéndole que le ayudara a conseguir al menos lo suficiente para alimentarse.
«Estaba yo allí —nos cuenta ella— mirando al cielo, cuando aparece una señora muy distinguida, vestida de negro, con su bastón, y me pregunta: “Hija, ¿dónde podemos comer por aquí?”. Pensé: “¡Dios mío! Estoy con hambre, hablando contigo y ¿me mandas a una mujer que me dice esto?”. Nuevamente me lo pregunta y le respondo que había un restaurante cerca. Entonces me pide que le acompañe. Le ofrecí mi brazo para que se apoyara y anduvimos una manzana conversando; sonrió y después seguimos calladas hasta el final del trayecto».
En el restaurante, la distinguida señora pidió su plato y le preguntó a Carla:
—Y usted, ¿qué va a querer?
—No, no, señora… No quiero nada. ¡No tengo ni un centavo para comer! Estoy en la miseria.
—Hija, no te he preguntado cuánto tienes en el bolsillo; te estoy invitando a comer conmigo.
…cosechan entre cantares
Muy emocionada, Carla aceptó la invitación. Una vez que llegaron los platos que habían pedido, la distinguida dama hizo la señal de la cruz y rezó un largo rato antes de empezar la comida. Luego se entabló una agradable conversación entre ellas; Carla se sentía muy a gusto y le expuso todas las tribulaciones por las que estaba pasando su familia. La bondadosa dama lo oía todo atentamente y le dio un valioso consejo: «Hija, recurre a la Santísima Virgen y tenle mucha devoción al Sagrado Corazón de Jesús. ¡Nunca decepcionan! ¡Confianza! En esos momentos es cuando más debemos acercarnos a ellos».
Al acabar de almorzar, ambas salieron juntas en dirección a una amplia avenida. Al llegar allí, Carla le preguntó hacia donde se dirigía y ella le señaló el edificio de la Facultad de Derecho; Carla se giró instintivamente y cuando se volvió, la señora había desaparecido. Perpleja, la estuvo buscando por las proximidades, pero no la encontró. Entonces regresó al restaurante, se lo comentó al camarero y los dos fueron en su busca. No hubo suerte, sin embargo, Carla, de vuelta a casa de su suegra, se sentía muy contenta y amparada.
Poco después de este auspicioso episodio, su esposo regresó a Fortaleza y le comunicó que ya se encontraban en condiciones de mantener una casa en la ciudad donde trabajaba. Carla no tardó más de tres días en conseguir, también ella, un buen empleo. En poco tiempo toda la familia estaba reunida y bien instalada.
Durante muchos años Carla le repetía a sus hijos muy agradecida: «Un día tuve hambre y la Santísima Virgen vino a darme de comer». Decía esto porque imaginaba que aquella caritativa dama era Nuestra Señora, incluso sin comprender el motivo por el cual se le había aparecido como una persona mayor, cuando siempre se presenta joven en sus manifestaciones sobrenaturales.
Inesperado encuentro
Doña Lucilia en torno a 1960
Años después, la familia comenzó a frecuentar la casa de los Heraldos del Evangelio, de Fortaleza. En 2018, su hija mayor recibió un álbum con muchas fotografías de Dña. Lucilia. Al llegar a casa, llamó a su madre para verlas juntas. ¡Cuál no fue la sorpresa de Carla al toparse con una foto de Dña. Lucilia con un vestido de color negro, muy distinguida y usando un bastón! «Inmediatamente me arrodillé, empecé a llorar y dije: “¡Quien me dio de comer aquel día fue esta señora!”», contó.
De esta forma identificó a la discreta y bondadosa señora que la había amparado y aconsejado en un momento de extrema aflicción. Salió en ese mismo instante hacia la casa de los Heraldos, donde le narró toda su historia al sacerdote que allí residía. Éste le aseguró que el modo de actuar y el cariño tan maternal de aquella señora no dejaban lugar a dudas de que era, de hecho, Dña. Lucilia.
Carla concluye su relato con este expresivo testimonio: «Pude comprender, entonces, cómo desde hacía muchos años Dña. Lucilia ya protegía a nuestra familia, porque tuvimos muchas oportunidades de perdernos, de flaquear en la fe, pero ella nos acompañaba. El consejo que me dio en aquella ocasión resuena hasta hoy en mi corazón y me sustenta en muchas adversidades».
Apenas fue cruzado el umbral de la eternidad, desaparecieron ciertas barreras establecidas por la práctica eximia de la humildad en la convivencia entre madre e hijo, haciendo que el Dr. Plinio comprendiera nuevos aspectos de la acción de Doña Lucilia sobre las almas.
La posición de mi alma en relación con mi madre era de una consonancia enorme y completa; pero, por otro lado, siempre unido a la preocupación por evitar cualquier movimiento de amor propio o cualquier cosa que pudiera girar en torno a mí mismo. Mientras ella estaba viva, nunca me atreví a meditar y hacer grandes reflexiones sobre ella, por temor a que resultaran en grandes consideraciones sobre mí.
Incomparable dama, envuelta en misterios
Yo estaba en relación con mi madre mucho más como delante de un sol que me llenaba de que delante algo que necesitaba analizar. Desde cierto punto de vista, ella era un misterio para mí.
Recuerdo que a menudo me hacía esta pregunta: “¿Ella no será una persona completamente incomparable? ¿No hay un misterio dentro de ella que no puedo, no me atrevo y no debo desentrañar? En la medida en que exista, ¿cuál es este misterio?” Y yo mismo me detuve en el umbral de estas consideraciones… Mi admiración por ella creció cada vez más, especialmente en los últimos días de su vida, los dos o tres años que precedieron a mi crisis de diabetes en 19671. Una vez deshecha la unión entre madre e hijo, ¿qué quedará de la Contrarrevolución?
Finca en Amparo. En el centro de atención, el Dr. Plinio en el mismo lugar, en agosto de 1968
Recuerdo una reflexión que hice cuando, después de la amputación de los dedos de los pies2, ya podía ir al comedor con muletas para estar un rato con ella durante las comidas. En esa situación pensé: “Pobrecita, ella está llegando al final, como veo, y yo estoy en estas condiciones en las que me encuentro. Hay un binomio: aquí hay dos a quienes Nuestra Señora amó mucho y que, a su vez, la amaron mucho también. Ahora, sobre estos se descarga repentinamente esta serie de golpes: sobre mí, los golpes que siento; en ella, un final que se acerca. Y lo que parecía ser una conjunción de almas que Nuestra Señora había deseado y que Dios había creado para que lo amaran de una manera tan especial, su propia iniciativa parece estar inconexa. ¿A qué conducirá esto? Solamente ella tiene entera consonancia conmigo y con nadie más. Una vez deshecho este vínculo, ¿qué resultará de ahí? “Pero, Dios mío, ella, este hijo y todo el entorno creado por ella existen para Vos. Vos los levantasteis, los articulasteis, los ordenasteis y haréis lo que queráis. Pero tengo la impresión de que, si deshicierais esto, destruiréis la contrarrevolución, y si la destruís, será el fin del mundo. Ahora bien, históricamente el fin del mundo no debería llegar ahora. ¿Qué haréis, Dios mío? “Me enfrento a un misterio, que acepto, no hace falta decirlo; aceptaría incluso mi propia muerte y lo que sea intención de Nuestro Señor y Nuestra Señora. Pero no entiendo lo que está pasando. ¡Voy a seguir avanzando!”
Narro esto para expresar cuánto ya la admiraba y estaba en consonancia con ella, y así no parezca inexplicable que, sin embargo, casi no me haya atrevido a analizarla y formar una teoría a su respecto.
Comienzo de unaposthistoria
Visitas del Dr. Plinio a la tumba de Doña Lucilia en el Cementerio de la Consolación.
Ahora bien, con los sucesos y su acción post-mortem, se reveló gran parte de la grandeza y el esplendor de su alma. Me di cuenta de que ella comenzó a actuar a su manera, por sí misma y casi al margen mío, actuando de una manera extraordinaria y comenzando una post historia. Fue entonces cuando comprendí la necesidad de analizarla, no para conocer algo nuevo, sino para hacer explícito lo que correspondía a mi admiración, cuyo umbral no me había atrevido a cruzar mientras ella estaba viva. Esto se debió a algunas gracias que recibí a través de ella y otras que ella, sin mi interferencia, comenzó a dispensar a otros. Porque todos son testigos de esto: nunca he promovido la devoción por ella; siempre he dado mi aquiescencia, pero nunca la incentivé.
La primera de estas gracias insignes recibidas de ella después de su muerte fue de sentirla hablar a mi alma, sin saber cómo eso se daba. ¡Yo, que nunca tuve visión ni revelación! ¿Hablar con mi alma? ¿Cómo?
“Hijo mío, él volverá”
El primer evento en el que ocurrió este fenómeno fue sobre un joven que había dejado nuestro Movimiento. Recuerdo que fue en las semanas posteriores a la muerte de mamá, cuando estaba descansando en una hacienda. Estaba acostado cuando me vino a la mente el recuerdo de esta persona, y sentí como si mi madre me sonriera, con una sonrisa iluminada, generosa, llena de felicidad, y me dijera: “Hijo mío, él volverá y su caso no está perdido, él continuará su camino”. Pensé para mis adentros: “Es evidente que es una comunicación de ella y que eso sucederá. Sin embargo, debido a la moderación que debo imponerme, no le daré la más mínima importancia a lo sucedido”. Y así lo hice, tanto que no le comenté a nadie.
Pues bien, posteriormente los hechos confirmaron, y de manera maravillosa, su intervención en el caso.
A pesar de la enorme admiración, veneración, cariño, respeto que tenía por ella, mi posición fue de establecer una especie de duda metódica ante lo que había sentido. Y no solo dudar, sino relegar el hecho, ignorarlo, aunque deseando, como se puede imaginar, que esa promesa se cumpla.
Ella misma, por así decirlo, empujó afectuosamente, cariñosamente, la barrera metódica que yo había establecido, mostrándome que, de hecho, ocupaba un lugar que mi miedo, mi vigilancia, me impedían tanto afirmar como negar. Había hecho borrón y cuenta nueva al respecto.
Barreras simétricassantamente establecidas
Luego hubo otro caso, más personal, respecto a mi salud, en el que ella también habló claro y los hechos se cumplieron como ella había dicho. No sé explicar cómo, pero es un hablar sin hablar, un decir sin decir, con una gran sonrisa, y cuyo significado profundo me preparó para admitir como auténticas las gracias que ella ha otorgado junto a su sepultura y cuya autenticidad no podría negar. Porque, para quien tiene una pizca de discernimiento de los espíritus, constituyen tal evidencia, que yo no podría negar. Para decirlo todo de una vez, la barrera que puse en la consideración de su persona fue quizás la misma que ella había puesto en la consideración de mi persona. Es decir, tal vez eran barreras simétricas, establecidas por ella y por mí, que venían de la misma preocupación. No estoy seguro, pero era muy posible. Sin embargo, ella pasó por encima de la barrera que yo aprendí de ella a poner, tanto en lo que a ella respecta como en lo que a mí respecta; ella entró y la abrió.
Y esto me lleva a volver a estudiar el tema de su persona, sin algunas limitaciones que yo mismo me
creí obligado a establecer en el pasado. Al final de su vida, me transmitió algunos pensamientos, no a la manera de quien va a pronunciar dichos sublimes suponiendo que va a morir, sino que fueron cosas que se le escaparon por casualidad; y que después fui interpretando, con más profundidad, algunas ideas que tenía desde la época de mi infancia, reconstituyendo muchas impresiones que ella me dio.
Un alma esperando a otros hijos
Tumba de Doña Lucilia en el cementerio de la Consolación
Unos veinte años antes de que muriera, comencé a ponerle atención y pensé: “Mamá era una excelente hija, una óptima hermana, una esposa pacientísima y dedicadísima; pero ella, por encima de todo, es una madre, y no quiero decir que sea sobre todo mi madre”.
Con el paso del tiempo, comencé a notar en ella la actitud de alguien que tiene el alma de una madre llamada a tener una buena cantidad de hijos, que ella no tuvo, y se diría que es un alma esperando otros hijos que ella no tendría, sobre todo porque yo no me iba a casar. ¿Cómo se explicaba esto que estaba en suspenso? Más tarde comencé a notar que ella tenía una actitud maternal hacia todos mis amigos que se le acercaban. Me vino a la mente esta pregunta: “¿Será que un día ella va a ser madre de todos aquellos que son mis hijos espirituales y que toda la TFP, que debe crecer aún más, vendrá a ser un Movimiento de hijos de ella?” De hecho, el modo en que ella actúa con los que van a rezar junto a su sepultura es el siguiente: toma uno a uno como hijo, estableciendo un vínculo maternal y, más que atender a la gracia que se le pide, ella hace sentir a aquel a cuya petición dice “sí” que, a partir de ese momento, providencialmente cuidará de él; toda la serie de otras peticiones que haga, ella las concederá como lo hace una madre con el que realmente toma como su hijo.
Promover, hacer de cada uno su hijo es, digamos, el objetivo de estas relaciones que establece ella en el Cementerio de la Consolación.
Un papel maternal para recomponer almas huérfanas
Esto tiene una reversión en otra realidad. A menudo, comparándola con otras madres que conocía, tenía un sentimiento curioso y pensaba: “Tengo la impresión de que ella es la última madre en la tierra, porque madre como ella es –con tanta plenitud de maternidad–, no conozco a nadie, excepto, por supuesto, a Nuestra Señora. “Las madres están muriendo sobre la faz de la Tierra. Hay restos de esto en esta, en aquella y en aquella otra, pero con esta totalidad de predicados no veo a nadie. Creo que habrá una época en que la relación entre madre e hijo desaparecerá”. Y tengo la impresión de que doña Lucilia entra en este escenario y cuida especialmente a los que son más huérfanos, a aquellos con los que su madre fue menos madre. A estos los pacifica, apacigua, entretiene, en fin, realiza un trabajo como solo ella podría hacer, y lo hace de una manera espléndida, excelente, con agrados, revelándoles lo que es tener una madre.
De esta manera, la axiología que ella recompone cariñosamente corresponde al sentido de orfandad. Un huérfano que nunca tuvo una madre o que ni siquiera ha conocido a una buena madre, este termina con la axiología rajada. Ahora bien, dar axiología es propio del oficio materno y es lo que Nuestra Señora hace. El universo no tendría sentido y sería una sucesión de iras permanentes de Dios, si no fuera la intervención de Nuestra Señora, uniendo, reparando. Y lo que la Santísima Virgen realiza de manera universal, mi madre parece tener la tarea de hacerlo de una manera más particular, precisa, pequeñita.
A lo largo de mi vida, vi a mi madre con muchos interrogantes y, desde la eternidad, parece responderlos plenamente. Con el hecho del rayo de luz sobre las orquídeas3 y los eventos que tuvieron lugar, se me fijó la idea de una misión de ella post-mortem.
Reparadora de los temperamentos, cuya bondad forma para la lucha
Algo en lo que también entra la acción de Doña Lucilia es el tema de los temperamentos. Ahora bien, el temperamento de las generaciones venideras estaría marcado por una especie de incapacidad para las grandes ascesis, debido a una disminución de la naturaleza. Y ella, la señora del Quadrinho, con su forma de afecto, de accesibilidad, resuelve incluso el problema temperamental, cuyo reflejo se puede ver en la propia forma de comportarme delante a su virtud. Cuando era de esperar que las almas ya no tuvieran acceso a esto, nace una nueva forma de ascesis, de axiología, toda hecha de su bondad, de misericordia, de una suavidad reconstituyente, que tiene esto de curioso: rehecho por ella, sirve para el combate; sin ser rehecho por ella, no vale para ninguna lucha. Y aún más: a los que no son capaces de mayores esfuerzos los presenta a los ojos de Dios con apariencia de ascetismo; no logro expresarlo bien, pero sería algo de esa naturaleza. Ella consigue, por así decirlo, con una sonrisa y una acción en el alma, lo que la grandeza de los siglos pasados –que admiro y trato de representar– en sí misma no causaría. Despierta admiración, pero no se mueve a la imitación. Ella, sin embargo, lo ve, lo llena, lo completa y lo hace funcionar.
Complemento de suavidad y dulzura a la acción del Dr. Plinio
El Dr. Plinio em 1985
Aquí hay una especie de intersección de acciones: en cierto sentido, yo represento el futuro y ella el pasado; en otro sentido, yo represento el pasado que se levanta furioso, sacando las garras frente a la Revolución, y ella representa el futuro. Hay, por ejemplo, casos de personas que se acercan a mí con deseos de seguirme, pero con dificultades temperamentales. Mamá, a su manera, suaviza el temperamento, lo pone en orden. Donde yo no podía llegar, ella, a través de su sonrisa, dirige el alma.
Es un punto donde siento que me completa magníficamente. Una vez, estaba hablando con un joven; estábamos lado a lado, en sendas sillas de mimbre. Después de haberle señalado ciertos deberes que debía cumplir, me respondió: “Para esto, no tengo ni fuerza ni valor, y es inútil que usted me lo pida, porque no consigo”. A mis labios vino el deseo de la increpación: “¿Cómo puede ser esto?
Usted tiene la gracia de Dios como yo, y tiene la obligación de exigirse lo que yo me exijo. Y lo que no sea esto, por su parte, es flojera y falta de sinceridad…”
Cuando lo miré, me di cuenta de que habría algún propósito en decirle esto; pero sería, al mismo tiempo, una acción tan irrazonable que no debería hacerlo. Me tragué la censura y dejé pasar la situación. Años más tarde, este joven me mencionó una acción de mi madre en su alma –creo que ella ya había muerto– para reparar el temperamento. Me di cuenta que esa actitud mía, de hecho, habría estado fuera de lugar, porque ella arregló lo que yo no habría logrado. Este joven habría admirado mi “rugido”, pero la reprimenda no habría reparado su temperamento.
Hay algo en lo que ella me completa con dulzura y suavidad, logrando lo que yo no podría. Y yo, muy agradecido y enternecido, sin tener palabras siquiera para decir lo agradecido que estoy, registro estos hechos.
¡Eso es así! v
(Conferencia del 30/10/1977)
A finales de 1967, como resultado del agotamiento físico, el Dr. Plinio fue afectado por una grave crisis de diabetes. ↩︎
Debido a la gangrena causada por una infección en su pie derecho, se le amputaron cuatro dedos. ↩︎
En el momento de la Consagración de la Misa del séptimo día del fallecimiento de Doña Lucilia, celebrada en la Iglesia de Santa Teresita, un rayo de luz incidió repentinamente sobre las orquídeas, que constituían el centro de la cruz floral que estaba al lado de la mesa de la Comunión. ↩︎