Fallecimiento de don João Paulo

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D. Joao Paulo

A partir del 27 de enero de 1961, el pacto hecho por doña Lucilia con su esposo, de rezar una Ave María delante de la puesta de sol entró en vigor. Algunos días después de un derrame cerebral, don João Paulo, entonces con 87 años de edad, entregó su alma a Dios.
Aunque doña Lucilia hacía mucho tiempo que estaba con el espíritu preparado para la eventualidad de la muerte de su esposo, la rapidez del desenlace la conmocionó. Pero era tal su paz de espíritu, y tan grande su confianza en la Providencia, que, sin dejar de demostrar natural tristeza y dolor, no perdió la serenidad en ningún momento, conservando un aplomo admirable. Ésta era su constante actitud delante del dolor, siguiendo el excelso ejemplo de Nuestra Señora a los pies de la Cruz.

Los nobles deberes de la viudez

En nuestros días es tal la aversión a la Cruz de Nuestro Señor que, poco a poco, ha sido relegada al olvido la saludable costumbre del luto, por traer éste ligado a sí el recuerdo de la muerte y de la eternidad. Doña Lucilia nunca adhirió a ese estado de espíritu. Y, una vez fallecido su esposo, cambió algunos hábitos de acuerdo con su nueva situación. Guardó luto hasta el fin de sus días, y dejó de usar joyas durante un año, según la costumbre.
Al comienzo, al Dr. Plinio le pareció todo esto natural, pero pasado cierto tiempo le preguntó:
— Mãezinha, ¿usted ha dejado de usar el collar de perlas?
— Sí, hijo mío, ya no lo usaré más. Una señora sólo se adorna para su esposo.
De hecho, nunca más usó el collar, tan de su gusto, donde se ve con qué modestia y desapego había usado sus joyas a lo largo de toda su vida.

Lenta marcha hacia el anochecer

Con la muerte de don João Paulo se acentuó para doña Lucilia el normal aislamiento que la edad avanzada trae consigo. Desde joven ella había previsto la eventualidad de que su modo de ser y de pensar fuese incomprendido por las generaciones siguientes, en vista de las transformaciones que presenciaba. Así, no tenía ninguna ilusión.
Haciendo recordar ciertas flores, que exhalan su mejor perfume cuando son maceradas, doña Lucilia se sometía con dulzura y suavidad a la prueba del aislamiento, más doloroso para ella debido a que era muy comunicativa. Sin embargo, su soledad no fue completa. Desde la juventud de su hijo, poder constatar la afinidad existente entre ambos fue para ella un consuelo, pues veía en la fidelidad de éste a los mismos principios católicos que ella amaba, la promesa de una compañía hasta sus últimos días.

“Hijo, sólo te tengo a ti”

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…al salir de su cuarto, se lo encontró en el corredor, junto a la puerta del vestíbulo… «Filhão, sólo te tengo a ti; pero a ti te tengo por entero»

Considerando que la sensibilidad de una señora es más refinada que la del hombre, el Dr. Plinio hizo el propósito de amenizar el aislamiento de doña Lucilia y de sustentarla en su soledad. Redobló, así, sus manifestaciones de cariño hacia ella, que discernía perfectamente la intención de su hijo en la expresividad de los agrados con que la cubría. Por eso doña Lucilia no perdía ninguna oportunidad de manifestarle su agradecimiento.
Un día, al salir de su cuarto, se lo encontró en el corredor, junto a la puerta del vestíbulo. Paró frente a él, le puso las manos sobre los hombros y, mirándole profundamente, le dijo:
— Filhão, sólo te tengo a ti; pero a ti te tengo por entero.
Al acordarse de esa escena, años más tarde, el Dr. Plinio comentaría: “Esas palabras se grabaron en mi espíritu para siempre. Cuando ella dijo esto, yo no respondí nada, pues no existen palabras capaces de expresar los propios sentimientos en situaciones como ésta. Sólo la besé y abracé, como lo hice siempre. Pero puedo decir tranquilamente que ella me tenía de verdad, ¡y por entero!”.

“Ah, Plinio… qué mezcla explosiva”

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Ah, Plinio… qué mezcla explosiva, ¿no?

Transcurría aún el año 1956. En el vestíbulo del edificio de la calle Vieira de Carvalho, un joven de 17 años esperaba la llegada del ascensor cuando, al mirar hacia el portal, vio entrar a una distinguida señora. Era doña Lucilia, que volvía de algún paseo con el Dr. Plinio, y ambos se dirigían al sexto piso, donde don João Paulo les esperaba para regresar a casa. Doña Lucilia intentaba apoyarse en el brazo izquierdo del Dr. Plinio para subir tres o cuatro escalones. Inmediatamente aquel joven bajó y le ofreció el brazo derecho, lo que ella aceptó con toda naturalidad, apoyándose levemente, no queriendo pesar sobre quien la ayudaba.
Llegando al ascensor, el joven abrió la puerta para que pasasen ella y el Dr. Plinio, el cual —¡agradable sorpresa!— lo convidó a entrar también. El Dr. Plinio se lo presentó a doña Lucilia de una forma un poco más íntima y graciosa:
— Mamá, este es João Cla, hijo de una italiana y de un español.
Con aire bondadoso, ella miró al joven y frunció un poco el ceño, dando a entender que lo analizaba con especial atención. En seguida, se volvió hacia su hijo, esbozó una ligera sonrisa y, un poco en broma, dijo de modo amable:
— Ah, Plinio… qué mezcla explosiva, ¿no?
Aquel joven nunca más se olvidaría de tan dulce y feliz encuentro.

El encanto de un hidalgo español

Bastaba tener el alma abierta a lo sobrenatural para sentirse inmediatamente atraído por la gran benevolencia de doña Lucilia, incluso sin conocerla a fondo. Los lados buenos del alma se regocijaban y se sentían fortalecidos, reanimados en el trato con ella. Fue lo que le ocurrió a un hidalgo español de paso por São Paulo.
Un día, muy temprano, cuando toda la familia dormía aún, sonó el timbre del apartamento. Al abrir la puerta, la empleada se encontró a un extraño, hablando una lengua que ella no entendía. Avisó entonces al Dr. Plinio, quien fue a ver de quién se trataba. Era un hidalgo español, alto y de buena presencia, con quien había trabado amistad en uno de sus viajes a España. Tal vez por el cansancio del viaje y porque la empleada no entendía sus palabras, el recién llegado parecía un poco impaciente. El Dr. Plinio lo recibió con amabilidad y lo invitó a cenar en casa esa noche.
A la hora convenida, naturalmente también estaban en la mesa los padres del Dr. Plinio. La desbordante bondad de doña Lucilia cautivó vivamente al visitante desde que le fue presentada. Éste, durante toda la cena, la miraba repetidas veces con evidente encanto, hasta que en cierto momento se volvió hacia el Dr. Plinio y exclamó con un énfasis típico de su pueblo: “¡Cómo me gusta ella!” Y para mejor manifestar su simpatía, le acariciaba la mano, repitiendo varias veces la misma exclamación.
La escena marcó profundamente al Dr. Plinio, no sólo por la forma inusual —si bien que hidalga y franca— con que el visitante expresó sus sentimientos, sino sobre todo porque alguien de temperamento tan diferente al brasileño, se mostraba de tal manera sensible a las cualidades de alma de doña Lucilia.

Ojos contemplativos en los que hay un firmamento

cap13_010Después de un caliente día del verano de 1959, cuando el frescor de la noche parecía dar descanso al exuberante arbolado de algunas calles de la ciudad, se pudo asistir a una escena especialmente bonita: auxiliada por su hijo, doña Lucilia se aproximaba con paso lento y solemne a la puerta de entrada del auditorio donde se realizaría una de las últimas conferencias públicas de su hijo a la que ella comparecería.

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Una fotografía sacada en aquella ocasión, en la cual doña Lucilia aparece sentada en la primera fila entre su sobrino, D. Adolpho Lindenberg, y la esposa de este, doña Teresa, nos llama especialmente la atención. Quizá sea de las fotografías que mejor expresan su perfil psicológico y moral. En su mirada contemplativa, a la búsqueda de un firmamento, nos es permitido entrever cierto fondo de tristeza y melancolía, al que se mezcla algo de dulzura, presente como siempre en todas sus actitudes. El modo de sujetar el bolso y de apoyar levemente su mano sobre él, o la manera de arreglarse el chal, señalan gestos inadvertidos pero muy distinguidos. Por otro lado, se ve que no está ajena a la realidad externa y sigue la conferencia sin distraerse. Sin embargo, la expresión de su fisonomía es de quien tiene lo mejor de su atención dirigida hacia pensamientos elevados.
Esa magnífica conjugación de sentido común y elevación de alma, características del espíritu católico medieval, llenaban la noble alma de doña Lucilia en pleno siglo XX.

Una lamparita a los pies del Sagrado Corazón de Jesús

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…su manual de piedad predilecto, el Goffiné…

Con el transcurso de los años, doña Lucilia fue siendo obligada a reducir, poco a poco, sus tareas domésticas, pues, como era natural, le iban faltando las fuerzas. Sin embargo, no se quedaba inactiva y llenaba los ratos libres con su ocupación preferida: la oración, la silenciosa intimidad con el Sagrado Corazón de Jesús.
Bajo la misericordiosa mirada de la bella imagen permanecía las mañanas en su cuarto pasando infatigablemente las cuentas de su rosario, alternando el rezo de éste con letanías y novenas, además de otras oraciones, en general sacadas de su manual de piedad predilecto, el Goffiné (Manual del Cristiano, del P. Leonardo Goffiné (1648-1719)), que poseía desde su juventud.
Una de sus oraciones preferidas era la “Novena irresistible al Sagrado Corazón de Jesús”, que debe haber rezado con mayor insistencia en los períodos de prueba.
Otra oración con la cual doña Lucilia imploraba también la protección divina era el Salmo 90, que copió con su bonita letra. A lo largo del día, según las circunstancias e intenciones por las que rezaba, doña Lucilia hacía sus oraciones en diferentes lugares de la casa: andando lentamente por el corredor; sentada en el comedor mientras miraba la puesta de sol sobre los árboles de la Plaza Buenos Aires; en el cuarto de su hijo, delante de las imágenes que estaban sobre la mesa de noche; o, con más frecuencia, en el escritorio, sentada en la mecedora, que hacía oscilar casi imperceptiblemente.

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…el Salmo 90, que copió con su bonita letra

Quien la viese entonces no sabría decir si había interrumpido sus oraciones vocales para meditar o viceversa… pues contemplación y oración constituían un todo en su espíritu.
Con la llegada de la ancianidad, doña Lucilia se habituó a rezar hasta altas horas de la madrugada, delante de la imagen de alabastro del Sagrado Corazón de Jesús reinante en el salón principal de la casa. Cuando el Dr. Plinio volvía tras una noche de intensa actividad, aún la encontraba en ese lugar, muchas veces de pie, con el porte erecto a pesar de la edad, los labios muy próximos del Sagrado Corazón de Nuestro Señor, no raramente con los ojos cerrados y el rosario en la mano. Daba la impresión de que acababa de hablar con Jesús en aquel instante.
Según el empeño que tenía al formular sus intenciones, colocaba reverentemente la punta de sus finos dedos sobre los divinos pies o las adorables manos del Salvador. Quien la viese rezar así —con tanta humildad, plenamente convencida de ser amada por Nuestro Señor, y recelosa de faltar a la delicadeza y a la reverencia a Él debidas— no podría dejar de conmoverse profundamente. Doña Lucilia rezó tanto delante de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que a ésta quedó vinculado algo de su persona. En los pies, en la rodilla izquierda y en las manos de esa imagen, ligeramente marcados por sus besos, dejó doña Lucilia el testimonio de la insistencia de sus pedidos y de la intensidad de sus actos de adoración.

Cariños de madre

cap12_044Desde su más tierna infancia, el Dr. Plinio fue dotado de un lúcido e incomún discernimiento de los espíritus —un don del Espíritu Santo— que, a partir de las primeras luces del uso de la razón, aplicó sobre su propia madre. De esa manera, pudo conocer bien las cualidades con que la Providencia había adornado el alma de ella. Los hechos concretos vinieron después a corroborar la autenticidad de lo que había discernido.
Un día, al salir de casa hacia su despacho de abogado, su madre le acompañó, como de costumbre, hasta la puerta del ascensor. Después de despedirse, ella se dirigió al salón pensando ya en prepararle una buena cena. Para la elaboración del menú no encontró mejor interlocutor que su esposo. No sospechaba, sin embargo, que su hijo tendría ocasión de presenciar con verdadero encanto la curiosa escena que se desarrolló entonces. Él nunca se la hubiera podido imaginar si no la hubiese visto. Necesitó volver para buscar un papel que se había olvidado, y entró silenciosamente en el apartamento para no molestar a sus padres. Al pasar cerca del salón oyó, a través de la puerta entreabierta, la voz de doña Lucilia:
— João Paulo, pensaba prepararle tal plato a Plinio. ¿Te parece bien?
— Sí, está muy bien…
— Pero, ¿crees que a Plinio le gustaría comer ese plato y no tal otro?
Sentado cómodamente en un sillón, don João Paulo respondió:
— ¡Seguro! Debe tener ganas de comer eso, sí.
Doña Lucilia, sin convencerse del todo, insistió con su natural afabilidad:
— Pero, João Paulo, no sé si será lo mejor. ¿No preferirá otro plato?
Un poco perplejo ya, pues no veía razón para tantos cuidados, éste respondió:
— Bien se ve que madre no es padre. Si dependiese de mí, le diría: “Chico, lo que hay para cenar es eso, esto y aquello. Si no te gusta, vete a un restaurante”.
Pero si había algo que doña Lucilia no deseaba era renunciar a la compañía de su hijo durante la cena. Así, se limitó a manifestar serenamente su disconformidad con esta respuesta:
— No, no…
El Dr. Plinio salió de casa sin ser notado. Encantado con una prueba más de solicitud materna, iba por la calle pensando consigo mismo: “Un padre, por mejor que sea, no es capaz de esta forma de cariño. Sólo del corazón de una madre extremosa —con sus delicadezas, sus intuiciones finas y su deseo de agradar—surgirían esas preguntas. Por eso es tan sabroso el menú de casa…”

Muy apreciada por sus artes culinarias

cap13_002El constante “quererse bien” —principal de los tres elementos de nuestro ya tan conocido lema luciliano, “Vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien” — dirigía hasta los menores actos de esa inigualable madre, incluso la culinaria.
Doña Lucilia —al elaborar los menús— procuraba siempre que la comida fuese “sazonada” más que con simples condimentos naturales, sobre todo, con cariño y bondad. Esto explica cuanto agradaba esta “receta”, no sólo al Dr. Plinio, buen gastrónomo y mejor hijo, sino a todos los que tenían ocasión de probarlas. Por ejemplo, don Néstor, marido de doña Zilí, años después del fallecimiento de su cuñada se complacía en recordar las cenas que ella ofrecía los domingos.
Decía no conocer a nadie que dirigiese tan bien la preparación de buenos platos, especialmente los apetitosos dulces caseros. Entre éstos se destacaba el pastel de cumpleaños del Dr. Plinio, único dulce que ella hacía personalmente y con particular esmero.
En efecto, doña Lucilia, incluso cuando su avanzada edad no le permitía moverse sino en silla de ruedas, aún se empeñaba en preparar este pastel —un excelente pavé de chocolate, artísticamente adornado— para el cumpleaños de su hijo. Primero dibujaba todos sus detalles, imaginando las dimensiones, el colorido, los adornos, y después seguía minuciosamente el plan.

“¡Esta señora es muy española!…”

Doña Lucilia conciliaba armónicamente su gran ternura con la irreductibilidad en la defensa de los principios católicos. Si alguien los hería de algún modo, se colocaba en una posición más erecta, pareciendo incluso aumentar de estatura y, sin perder la afabilidad, con voz tranquila, intervenía:
— ¡No!… Eso no puede ser así… — y ponía los puntos sobre las íes.
Don João Paulo, pernambucano de los más genuinos, tenía un temperamento muy apacible. El Dr. Plinio decía que era el hombre más pacífico que conocía. Sus largos años de vida conyugal con doña Lucilia transcurrieron en la más perfecta armonía. Cuando presenciaba una actitud enérgica de su esposa, le decía a su hijo, en voz baja, en una jocosa alusión a cierta sangre heredada por ella de remotos antepasados:
— ¡Esta señora española!…
En el trato con su esposa, don João Paulo era muy amable. Tenía una voz sonora, de timbre agradable, y su risa saludable se oía a distancia. El ambiente afrancesado a la paulista que doña Lucilia creaba en torno de sí formaba un conjunto armónico con la nota pernambucana y portuguesa, contribución de su esposo.

El florero de cristal

Evidentemente, en los momentos de aflicción de don João Paulo, la inigualable bondad de doña Lucilia se volvía especialmente hacía él, con el desvelo de quien sabía penetrar en lo más interno del sufrimiento de una persona y allí colocar una gota de bálsamo suavizante.
Una tarde, al regresar del trabajo, el Dr. Plinio encontró a su padre solo en el salón, con aire de tristeza. Le saludó como siempre:
— Buenas tardes, papá, ¿como está usted?
— Bien, gracias — respondió don João Paulo melancólicamente. Su hijo, sin poder atinar con el motivo de esa actitud, se dirigió al cuarto de doña Lucilia, donde la encontró recostada y rezando.
Al verle entrar, ésta le hizo una señal con el dedo para que hablase en voz baja, y le pidió que se sentase junto a ella. Después le dijo en tono compasivo:
— Hijo… ¿has visto lo triste que está tu padre? Ha tropezado sin querer con tu magnífico florero de cristal de Bohemia, que cayó al suelo y se ha hecho pedazos.
— Mi bien, ¿papá ha roto el florero de cristal? — preguntó el Dr. Plinio entre sorprendido y entristecido, pues apreciaba mucho ese objeto.
— Sí, y está sufriendo mucho… Bastaría una palabra tuya para que acabase su aflicción. ¿Harías eso por tu madre?
De cualquier manera, el Dr. Plinio perdonaría de buen grado a su padre por mejor que fuese el florero. Pero, ante la afectuosa súplica de doña Lucilia, se dirigió inmediatamente al lugar donde se encontraba don João Paulo para tranquilizarle y, sonriendo, le dijo que no se preocupase, pues el accidente, completamente involuntario, no tenía importancia. Sus palabras distendieron inmediatamente a su abatido padre, que recuperó su habitual buen humor.
Manifestaciones de afecto de doña Lucilia, como ésta, excedían los límites del hogar. Si hasta en relación a los desconocidos su compasión se hacía sentir tan viva —como en el caso del infeliz médico ruso reducido a la condición de esclavo, que a ella recurrió en París— cuánto más con sus familiares, próximos o lejanos.

Una visita inesperada

Cierto día estaba doña Lucilia a la mesa, cuando una pariente lejana, a quien las pruebas de la vida habían desalentado profundamente, tocó el timbre. La empleada abrió la puerta y fue a anunciar que estaba allí doña Fulana, y que quería hablar con doña Lucilia. Ésta interrumpió el almuerzo y fue solícita hasta la entrada, acogiéndola con mucha afabilidad, pues conocía las tribulaciones por las que pasaba aquella persona.
— ¡Oh!, ¿cómo estás? Entra, por favor…
La convidó a pasar al comedor, la invitó a almorzar y la hizo sentirse a gusto. En poco tiempo la visitante se animaba a exponer sus dificultades y dolores, y recibía de doña Lucilia —como esperaba— consuelo y estímulo para proseguir en las ásperas sendas de la vida confiando en la Providencia Divina.
Este modo de proceder de doña Lucilia era un punto más de resistencia en relación a las desviaciones morales de su tiempo, pues el mito del éxito llevaba a muchos de sus contemporáneos a alejarse con desprecio de quien era alcanzado por la desgracia, como si ésta fuese una lepra cuya mera proximidad pudiese contagiar…

“Si usted perdiese la fe, para mí sería como si hubiese muerto”

cap13_004El océano de cariño de doña Lucilia por su catolicísimo hijo tenía sus raíces más profundas en la fe. Pero —podría preguntarse—, ¿no se mezclarían en su amor materno afectos meramente humanos?  La respuesta la obtuvo el propio Dr. Plinio. En cierta ocasión decidió éste medir hasta qué punto el amor a Dios en doña Lucilia superaba al amor natural entre madre e hijo. Comiendo un día a solas con ella condujo la conversación de manera que, en cierto momento, pudo decirle como “por casualidad”:
— Mi bien, si la quiero tanto es por ser usted católica. Si, por ejemplo, en esta comida me dijese que se había hecho protestante, inmediatamente la interrumpiría diciendo: la dueña de la casa es usted. Las llaves de la casa están aquí. Me voy a vivir a otro lugar. No dejaré de proporcionarle lo necesario para seguir viviendo dignamente, pero a partir de ahora nos veremos dos o tres veces al año como mucho. Y aun esto lo haría con disgusto para mi alma, porque el verdadero vínculo afectivo que nos une se habría roto. Tengo la sensación de que, para mí, usted dejaría de ser madre. Sería como si hubiese muerto. Haciéndose protestante, dejaría de ser para mí lo que es.
Se podría suponer que el sentimiento materno de doña Lucilia se sintiese contundido con esas palabras. Ella había hecho tantos sacrificios por sus hijos en su ya larga vida, y los amaba tan tiernamente, que bien podría considerar como una ingratitud esa categórica postura del Dr. Plinio. Por el contrario, oyó esas palabras con naturalidad y siguió comiendo tranquilamente sin el menor sobresalto, como si su hijo no hubiese dicho nada de extraordinario, pues ella pensaba de la misma manera.
Más tarde, después de la muerte de doña Lucilia, el Dr. Plinio haría esta impresionante afirmación durante el velatorio: “Yo la admiraba mucho más por ella ser era como era y por la virtud que discernía en ella, que por ser mi madre. De tal manera que, si ella fuese madre de otro, y no mía, haría lo posible por ir a vivir junto a ella”.
Esos trazos de alma del Dr. Plinio, para los cuales tanto contribuyó la formación dada por su madre, le habían llevado, en la lejana década de los 40, a hacer en el Legionário la magnífica descripción de una madre católica. A cada paso de este artículo nos parece ver la figura noble y serena de doña Lucilia. Curiosamente, en esas conmovedoras líneas, en las que aparece la admiración por las virtudes insignes, se refiere el Dr. Plinio a la madre de otro…

La dama de cabellera blanca

Lucilia_correade_oliveira_017Yo tenía ante mí la figura genuina de una gran dama cristiana. En todo su ser el tiempo había dejado la marca indefinible de profundos dolores, sufridos con gran nobleza, con inmensa suavidad de alma. Ojos tranquilos, bellos y entristecidos, penetrantes pero dulces, inteligentes pero serenos. El porte, el aspecto, el traje tenían la elegancia simple, noble y despreocupada que la verdadera educación comunica a la vestimenta humana. El timbre de voz afable, reservado, lleno de matices, revelaba un corazón al mismo tiempo fuerte y delicado.
Por la ventana entraba a chorros la claridad, que iluminaba en ciertos momentos su cabellera blanca. Un reflejo plateado, confundiéndose con la suavidad de su mirada, se difundía entonces por su fisonomía. Toda luz hace pensar en felicidad. La luz de estos cabellos blancos hacía pensar en la felicidad extraterrena. Era la grandeza de la ancianidad cristiana santificada por el mérito de la maternidad, glorificada por la aureola discreta que los sufrimientos padecidos en unión con Cristo dejan en toda alma y en todo semblante justo. Mucha dignidad, diríamos incluso cierta majestad. No la majestad ardua, trabajosa y dudosa del dinero, sino la majestad única y suprema que proviene de la dignidad de madre, sentida y vivida hasta las últimas fibras de un corazón nacido de noble estirpe.
¿Debo decir que la contemplación de lo que sufría esa dama, de cuánto sufría, de cómo sufría, me edificó, me arrebató, me llenó de veneración? Nunca vi una madre que ofreciese su hijo [a Dios] con espíritu más sobrenatural, aunque con tan sentido dolor. Afuera, la gran metrópoli vivía, sudaba, pecaba. Pensé conmigo mismo en el valor expiatorio de este sereno sacrificio. Los instantes que pasé en aquel apartamento fueron inolvidables para mí.
Cuántas veces pensé después en esta genuina y gran dama cristiana.
Y qué especial inflexión de alegría tuvo mi “Magníficat” cuando me acordé del júbilo que en aquel momento le debería inundar el corazón.
Que ella me perdone si he levantado indiscretamente el velo de su recogimiento.

Legionário, nº 745, 17/XI/1946

“Donde va mi corazón, vas tú dentro…”

Debido a los atrasos del correo, pasaron casi tres semanas sin llegar misivas del Dr. Plinio. Por fin, el día 18 de julio, el cartero trajo el tan esperado envío. Nada más recibirlo, todas las cuerdas del alma de doña Lucilia vibraron de intensa alegría. Con su paso ágil, al que no le faltaba algo de majestad, se dirigió al escritorio y, con un abrecartas, abrió cuidadosamente el sobre. Después buscó el lugar más luminoso de la sala, y allá se sentó tranquila, a fin de leer la carta del filhão para la “querida Manguinha”:

Coliseo, Roma

                                         Coliseo, Roma

Roma, 10 de julio de 52.
Luzinha querida.
Son las 3:30 de la mañana. He estado tan ocupado estos días que he decidido quedarme trabajando hasta ahora, para escribir informes, notas de viaje, cartas, etc. Como el trabajo aún está por la mitad, he resuelto pasar la noche en claro e ir a comulgar a las 5 de la mañana.
¡Y sería imposible que, en medio de tanto trabajo, no hubiese un poco de tiempo para escribir a mi Manguinha del corazón, para decirle que siento unas saudades inmmmmmmmmmmmmmmmensas de ella!
Debo partir para Barcelona entre el 15 y el 17. Las personas del 6º piso tienen mi dirección en España. La respuesta a esta carta deberá ser enviada allí.
Como de costumbre, querida mía, deseo saber todo a su respecto: salud, oraciones, horarios, y quiero también saber si usted ha tenido algunas saudades de mí.
En Roma hace un calor canicular. ¡Un día de estos hizo 40 a la sombra! Por la noche la temperatura mejora. Es la hora humana de Roma.
Aún hoy, terminada la cena, he hecho todas mis oraciones… en un coche de caballos, como en el tiempo en que Lú era jovencita, y que me llevó, solo, a pasear por el Pincio. Cuando se pasa el día entero con gente la soledad es una deliciosa necesidad. Me hace recordar la frase de San Bernardo: ¡oh, beata solitudo; oh, sola beatitudo!  (¡Oh, bienaventurada soledad; oh, única bienaventuranza!) (…)
¿Y cómo va el maravilloso apartamento, del cual siento tantas saudades? ¿Qué fue lo que rompió Rosa? Dígamelo, porque me quedé preocupado. Querida mía, quiero aún decirle una palabra a Papá. Para usted, amor mío del fondo del corazón, todo el afecto, todo el respeto, mil millones de besos y de saudades del hijo que le pide la bendición.
Plinio

Ciertamente que le debieron apenar a doña Lucilia las diversas dificultades que su hijo tuvo que enfrentar en la capital italiana. Sin embargo, con el alma inundada de alegría por recibir tan cariñosas palabras, se quedó más aliviada al saber que estaba bien de salud. Después de una atenta lectura de la carta, doña Lucilia se puso a escribir aquel mismo día una respuesta, pero el cansancio de la noche la obligaría a dejarla para el día siguiente:

18-VII-1952
doña_lucilia¡Hijo querido de mi corazón!
He pasado diecisiete días sin recibir cartas tuyas, habiendo tenido algunas ligeras noticias a través de los jóvenes del sexto, que tu padre o Adolphinho me traían.
Gracias a Dios, he recibido por fin, con gran alegría, tu última del día diez de este mes. Hijo mío, ¡qué saudades, cuántas saudades de ti, querido! Rosée y Zilí han procurado distraerme, llevándome a ballets, buenos conciertos, algunos cines; han venido con frecuencia, Maria Alice también, pero como sabes, “como siempre”, donde va mi corazón, vas tú dentro… Como debes saber, he comulgado y rezado mucho, para que el Divino Espíritu Santo (a quien he hecho una promesa) te guíe y te inspire, y Nuestra Señora Auxiliadora te proteja y auxilie. Fui con tu padre a la novena el día dieciséis en la Iglesia del Carmen, a rezar por ti, y allí estuve con tus amigos, lo que me trajo muchos recuerdos. Zilí recibió tu carta, y no imaginas el placer que le diste. Yayá, continua en Río, y Dora, en Campos do Jordão. Fui ayer a la Misa de séptimo día de la Baronesa de Arary, a quien estimaba mucho. Después de la Misa, en la Iglesia de San Luis, me dio la comunión el dominico que casó a Maria Alice y Eduardo. Le vi también en las iglesias de Santa Teresita y de San Antonio. ¡Qué activo es! Rosée, Antonio, Maria Alice y Eduardo cenaron ayer aquí. Fue muy sentida tu ausencia. Hice lo que pude y pienso que fue todo bien; por lo menos, fue lo que me dijeron, pero es preciso descontar las amabilidades de rigor. En cuanto a los desmanes de Rosa, no pasó felizmente más allá de la rotura de los
cordones de las persianas de las salas, desperfectos en la pulidora y el aspirador, y rotura del cristal de la parte trasera del cuadro del vestíbulo; ya está todo arreglado, felizmente.
Adolphinho y Telémaco salen mañana para Campos do Jordão.
Te pido una vez más que no te olvides de mandar decir una Misa y encender una vela por intención de Rosée, en el altar de Nuestra Señora de Begoña. (…)
Si vas a Portugal, infórmate acerca de nuestros parientes de Oporto. Tienen un título cualquiera, y viven cerca de la Iglesia de los Salesianos, por lo menos, fue lo que me dijo el Padre salesiano don Esteves dos Santos.
¿Cuánto tiempo te quedas ahí en España? ¿Vuelves aún a Roma antes de ir a París? Escríbeme pronto, y siempre que puedas. ¡Leo, leo y releo tanto tus cartas! Bien… ¡hasta la próxima carta! Que Dios te guarde, te bendiga, y te acompañe.
Muchos y muchos besos y abrazos de tu mamá tan saudosa y extremosa,
Lucilia
Un beso de tía Zilí.

“Donde va mi corazón, vas tú dentro”… esa actitud de amor, casi se diría que religioso, es una constante en doña Lucilia, pues, más que un hijo común, ella veía en el conjunto de las cualidades del Dr. Plinio, las armonías de un órgano para cuya construcción ella había contribuido con manos de artista. Pero no se satisfacía apenas con las cartas que le eran dirigidas. No perdía ocasión de leer y guardar otras enviadas por el Dr. Plinio a sus amigos del 6º piso. Veamos cómo describe don João Paulo, el día 19, la actitud de gratitud de doña Lucilia para con su sobrino Adolpho por haberle proporcionado la oportunidad de degustar una de ellas:

Fue con el mayor placer que recibimos, traída ayer por Adolpho, tu carta colectiva, dirigida a los jóvenes del 6º piso. Lucilia la leyó por la noche al acostarse, y amaneció transmitiéndome con calor todas las emociones que sintió; ella supuso que la carta había sido dejada en su mesa de noche por Adolpho, por lo que abrió a favor de éste un crédito de besos a ser satisfecho a la vista del mismo Adolpho…

En seguida, don João Paulo le comenta una cena ofrecida por doña Lucilia a algunos parientes:

Lucilia se esmeró en la presentación de su banquete; hubo bastante alegría y ella misma se manifestaba al final verdaderamente radiante. Sin embargo, notaba tu falta, lo que restringía su alegría.cropped-sdl-11.jpg