El joyero de maroquín rojo

cap10_030“Yo fui motivo de un sufrimiento no pequeño para mamá”, contó cierta vez el Dr. Plinio, a respecto de otro episodio ocurrido en esa época.
Entre los objetos heredados por doña Lucilia, se encontraban unas bonitas joyas, Entre las que ella más apreciaba había un broche claveteado de brillantes, unos aros de turquesa, un collar de perlas y otros adornos que las señoras de aquel tiempo usaban con cierta frecuencia. Para guardarlas, había comprado en París un maletín de maroquín (Maroquín: Pieza de cuero de cabra, delicadamente trabajada. Estuvo especialmente
en uso durante la Belle Epoque, cuando doña Lucilia adquirió ese maletín). Como la situación política de Brasil estaba tan inestable, el Dr. Plinio comenzó a prepararse para la eventualidad de abandonar rápidamente el país, a fin de asegurarse una libertad de acción que la extrema izquierda no dudaría en coartar si consiguiese tomar el poder por la violencia. Para esa eventualidad necesitaba disponer de una cantidad suficiente de dinero que le permitiese la subsistencia en el extranjero por un período que podría ser más o menos largo. Como la venta de alguno de los inmuebles que poseía podía tardar mucho tiempo, se vio obligado a vender las joyas de doña Lucilia, preciosas no solamente por el valor material de las mismas, mas, sobre todo, porque a ellas estaban ligados innumerables
recuerdos. Decidió sacrificarlas en esa situación extrema, seguro de que su madre, si él se las pidiese, se las cedería de buen grado.
Así como había ocurrido con el corte del árbol, el Dr. Plinio no le dijo nada a su madre para no sobresaltarla. Sería para ella una gran aflicción enterarse de que su hijo corría inminente peligro. Así, un día, el Dr. Plinio entregó a doña Rosée el maletín de maroquín con las joyas, para que las vendiese. Algún tiempo después, doña Lucilia se dio cuenta de la falta del maletín, pero viendo que había sido el Dr. Plinio quien lo había tomado no lo interrogó sobre el asunto, ni tampoco le hizo referencia alguna sobre el hecho; a tal punto confiaba en él. Pero en el fondo de la mirada de doña Lucilia su hijo notaba la siguiente pregunta: “¿Por qué Plinio no me dice la razón de su actitud? Si necesitaba las joyas, ¿no bastaba pedírmelas?” Se trataba para doña Lucilia de un misterio que ella, por respeto a su hijo, nunca quiso descifrar. Serenamente, soportó esa prueba hasta morir, pocos años después.

La visita de un “periodista”

doña Lucilia

Fotpgrafía del pasaporte de Doña Lucilia

Si fuese obligado a salir del país, el Dr. Plinio pensaba llevarse después a su madre junto a él. Le pidió entonces a uno de sus jóvenes amigos que fuese a su casa y le tomase una fotografía para sacarle un pasaporte. De esa manera, un día llamó a la puerta de su casa una persona diciendo que venía de parte del Dr. Plinio para sacarle unas fotografías. En la atmósfera cargada que reinaba en Brasil, doña Lucilia sospechó inmediatamente que se trataba de un periodista. Esa impresión se acentuó aún más cuando el visitante, mientras le sacaba las fotografías, comenzó a hacerle preguntas sobre su vida y su familia, seguramente para mostrarse agradable.
Más tarde, cuando el Dr. Plinio llegó a casa, así le contó ella lo ocurrido:
— Filhão mío, durante tu ausencia ha estado aquí un periodista. Quería hacerme también una entrevista por ser yo una vieja dama paulista de familia de 400 años. Entonces me pidió que le contase mis recuerdos del São Paulo antiguo. ¡Pero yo le dije que, sin el consentimiento de mi hijo, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, yo no hablaría con ningún periodista!
Daba especial sabor al relato la referencia a “mi hijo, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira”, proferida por doña Lucilia en un tono de voz que expresaba todo el respeto que tenía por él.
Ante la encantadora candidez de doña Lucilia, en la que traslucía una vigilancia que la extrema edad no había disminuido, su hijo respondió:
— Mamá, ¡usted actuó muy bien!…

“No hay mal que por bien no venga”

 cap13_004Al haberse prolongado tanto la ausencia del Dr. Plinio, se pudo comprobar una vez más de qué manera ese bendito trato que había entre madre e hijo estaba movido por razones sobrenaturales. Es lo que se nota en la carta siguiente, la última que aquella alba y venerada mano le escribió a fin de exteriorizar los cariñosos sentimientos contenidos en el corazón materno.
Es admirable en la misma el acto de virtud por el cual doña Lucilia renueva su renuncia a la compañía del Dr. Plinio el 13 de diciembre, en aras de lo que ella juzga más ventajoso para él. No solamente expresa su resignación por su ausencia, sino que también le aconseja quedarse más en Europa.

São Paulo, 26-11-962
¡Plinión querido!
Estaba con tantas saudades de una carta tuya que, aunque sea en estilo relámpago como la última que me enviaste, ¡valía la pena recibir otras! Con tanto trabajo, ¡veo que no te será posible regresar nada más acabar el Concilio! Algunos paseos bonitos, despedidas, visitar Florencia, Milán, etc… y después ¡¡¡París!!! ¿Quién puede volver tan de prisa de París? ¿Ni siquiera para pasar el 13 de diciembre, día de tu cumpleaños con mamá? Pero, no hay problema. Has trabajado mucho y ahora debes estar… ¡agotado! Haz todo lo que puedas y vuelve muy animado y contento de volver a ver a tu manguinha y así ¡¡¡pasamos juntos la Navidad!!! ¡Qué fiesta volver a ver a tu manguinha, que te quiere tanto y tanto… ¡¡que ni siquiera tiene palabras para decirlo!! Rosée se ha portado muy bien, viniendo a verme todos los días, y Maria Alice, con su caserón, sus cenas, etc. viene en general cada dos días, y el “Bisnietito” está de exámenes en el colegio.
Cuando converso contigo, aunque sea en “estilo relámpago” no consigo parar y el tiempo pasa rápido; pongamosblos puntos sobre las “íes”.
Saludos a tus amigos Muchos besos y abrazos y la más afectuosa bendición de la madre que tanto y tanto te quiere,
Lucilia

Un salto sobre el océano

Llegando a su término la intensa actividad del Dr. Plinio en Roma, una vez que la primera sesión del Concilio estaba también por finalizar, le escribe una breve carta a doña Lucilia anunciándole su regreso a São Paulo.

cap14_042Roma, 28-XI-62
¡Manguinha querida de mi corazón!
Como debo partir de Roma el día 7, estoy atareadísimo con las ocupaciones finales de la temporada. Por eso, le escribo rápidamente. Debo ir a Asís, Florencia, Venecia y París. Allí pasaré más o menos una semana, para después dar un salto sobre el Océano y ¡caer con inmensas saudades y enorme alegría en los brazos de mi Manguinha querida!
Pienso que me encontrará con un aspecto óptimo. Espero poder decir lo mismo de usted ¡¡Cuidado con la salud!! Le adjunto esta maravilla de Asís y una estampita de una Imagen de Nuestra Señora ante la cual hemos obtenido muchas gracias.
Mil y mil besos saudosísimos, del hijo que la quiere y la respeta hasta al fondo del corazón y le pide la bendición.
Plinio

No demoraría mucho para que las alegrías del regreso del Dr. Plinio consolaran el alma de su madre. En el momento de encontrarse, doña Lucilia no debió quedarse atrás de su hijo en las manifestaciones de afecto. Su encantadora fisonomía, llena de mansedumbre y de ternura, era, por sí sola, el mejor recibimiento que ella le podía dar.

¡Ah!, ¿y mi árbol?

cap12_017En el ocaso de su vida, a doña Lucilia le gustaba rezar y pensar sentada en la antigua mecedora de doña Gabriela. Allí, reclinada serenamente, solía pasar horas y horas, mezclando sus largas oraciones con la contemplación del movedizo y suave juego de luz y sombra que se proyectaba en las paredes internas del escritorio de su apartamento. En la acera de la calle Alagoas se erguía un frondoso árbol cuyo ramaje tocaba la ventana de dicha sala, ofreciendo, sobre todo por la noche debido a la iluminación pública, aquel sencillo espectáculo. No obstante, ese árbol, tan estimado por doña Lucilia, hacía que el apartamento del Dr. Plinio (situado en el primer piso del edificio) fuese un blanco fácil para cualquier terrorista. Conseguir que la Prefectura cortase inmediatamente aquel árbol figuraba entre las diversas medidas de seguridad a tomar. Y lo hizo sin tardanza. Pero para no aumentar la preocupación de su madre, no quiso informarla del peligro a que ambos estaban expuestos, y, por eso, no le dijo nada. Cuál no fue la perplejidad de doña Lucilia cuando, una noche, al mirar las paredes del escritorio, vio que se proyectaba en ellas la banal iluminación de la calle, sin ninguna de aquellas bonitas sombras. Sorprendida, exclamó: “¡Ah! ¡¿el árbol, mi árbol, dónde fue a parar?!” A pesar de todo, se dio cuenta rápidamente, por la actitud de los presentes, que la orden de cortar el árbol había sido dada por su hijo por alguna razón que no podía revelarle. Y nunca más hizo comentario alguno sobre el hecho. Sin embargo, la gravedad de la situación le obligaría al Dr. Plinio a tomar medidas más drásticas.

Cartas laboriosamente redactadas

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Desde el escritorio de Plinio, lugar que más le recordaba a doña Lucilia la presencia de su querido hijo…

Desde el escritorio de Plinio, lugar que más le recordaba a doña Lucilia la presencia de
su querido hijo, establecía con él su contacto epistolar. Con la vista debilitada, pasaba tardes enteras, pacientemente inclinada sobre las hojas de papel, en las cuales la pluma iba trazando con lentitud y esmero cada letra, para formar palabras cargadas de afecto y dulzura que aún hoy encantan a quien las lee.
Doña Lucilia le envía, con fecha del 1 de noviembre, algunas líneas más, en las cuales se nota cómo estaba preocupada con los acontecimientos mundiales. Siempre en primer lugar, al estar en causa la Iglesia, su atención se dirigía hacia el Concilio. Por otra parte, también le preocupaba el avance del comunismo.
Dejemos que las propias palabras de doña Lucilia nos digan lo que llevaba en el alma:

São Paulo, 1 de Noviembre de 1962
¡Plinio tan querido de mi corazón!
¡Me parece estar tan, tan lejos el día de tu vuelta a mis brazos! (…) El Cardenal Carmello ha vuelto ya para celebrar su primera Misa en Aparecida, y Tristán de Athayde está en Río…
¡Nadie habla de los sacerdotes y obispos, etc.! ¡Y a vosotros, por lo que he visto en la carta que le has escrito a Rosée, se os han ocurrido tantas cosas para darle tanto trabajo! Recibí una carta de Teté (Tía y madrina del Dr. Plinio y cuñada de doña Lucilia) quien, desolada, me dice que el comunismo está controlando cada vez más Pernambuco.
En la “Orden del Rosario” hicieron grandes novenas… y todo sigue igual… entonces los de la Orden del Carmen dijeron: ¡ahora es la nuestra! Cuando el Carmen hace sus novenas con toda fe, no hay lo que se resista… y, sin embargo, ¡¡todo sigue en el mismo estado!!
Cuando veo todo eso tengo tanto miedo, tanto pavor… ¡Pero la Madre de Dios es grande y piadosa y no nos abandonará!
Esta es la tercera carta que te escribo. Mandé la segunda junto con la de Rosée y ésta también va con otra de Rosée. Espero que ya estés más descansado, con buen apetito y ¡¡cuidado con los problemas de estómago!! No repares en mi letra, pues estoy con reumatismo en las muñecas.
¿Qué me dices del barullo de Kruchef (Así escrito en el original), de Kennedy y de Fidel Castro? ¡¿Todo esto viene por causa del puente de Berlín?! (Seguramente se refiere al hecho, ya un poco remoto en 1962, del puente aéreo establecido en Alemania Occidental por los norteamericanos para abastecer a Berlín Occidental, que los soviéticos habían tratado de aislar completamente) ¿No te parece? Con muchas saudades, te besa y te abraza mucho, tu vieja Manguinha.

“Si es la voluntad de Dios… ¡que se haga!”

3p109Aquel 10 de noviembre de 1962 en São Paulo, con la mente puesta en Roma, doña Lucilia comenzó una nueva carta en la que dejó hablar a su corazón desbordante de desvelo materno y de saudades, cuyas intuiciones sobre el regreso de su hijo no serían desmentidas:

¡Filhão querido de mi corazón! (…)
¿No estarás comiendo demasiado en esos excelentes hoteles? —No puedo quitarme de la cabeza la idea de que te quedarás por ahí hasta el final del Concilio, y así pasaréis en Roma el gran día 13 de diciembre— ¡¡¡nuestro gran día!!! ¿Será posible? Estoy escribiéndote a toda prisa, por eso te dejo ¡sin decirte la falta enorme que me haces…! Vuelve muy fuerte, siempre bueno para tu manguinha y ¡¡hasta la próxima carta!! Que Dios y Nuestra Señora te bendigan — Con todo el afecto te hace lo mismo la madre que te tiene en el corazón,
Lucilia

Una vez más, debido a la escasez de la correspondencia enviada por el Dr. Plinio, se puede suponer cómo su tiempo estaba absorbido por una intensa actividad.
La siguiente carta de doña Lucilia, inacabada, es una afectuosa queja por tan “imperdonable” falta:

São Paulo, 19-11-1962
¡Plinión, corazón mío, hijo mío querido! Estaba tan afligida por falta de noticias tuyas, cuando uno de los jóvenes del segundo piso le dio a doña Carlota una carta tuya para entregármela. Radiante, abro el sobre y veo que no había sino bonitas tarjetas para Yayá, los Languendoncks (Referencia a Telémaco van Languendonck y su esposa, Dª Dora Lindenberg van Languendonck, hija de doña Yayá), a Zilí y Néstor y para mí… ni una palabra. Como sabes, vivo en este momento con el corazón preso en Roma… recibo la carta… y ni un beso, ni un abrazo para mí…
Sé que leéis todos los días el “Estado”, pero como sé que a veces pasa desapercibida alguna noticia, te envío éstas que te gustará leer.  Muchos besos y bendiciones de tu mamá.
Lucilia

La gran expectativa por la llegada de cartas de Roma fue aliviada por una fotografía publicada en la “Folha de São Paulo” en la que doña Lucilia pudo rever la fisonomía de su filhão querido, lo cual le hizo escribir otra vez. No se puede dejar de notar la modestia de su comentario. Tras referirse a la noticia del periódico, sus palabras continúan serenas, tratando de asuntos caseros, entre los cuales ocupa siempre el primer lugar el amor entrañable por su hijo. Con la mirada interior adorando a Nuestro Señor Jesucristo en los trances de la Pasión, doña Lucilia se resignaba a aceptar con paz de alma la ausencia del Dr. Plinio en el “gran día 13 de diciembre”.

3p134

¡Cuántos sacerdotes barbudos!

São Paulo, 22-11-1962
¡¡Hijo tan y tan querido!! Por lo que veo, te verás obligado a pasar allí el 13 de diciembre, ¡día de tu cumpleaños! — Lo siento mucho, pero si es la voluntad de Dios… ¡que se haga! Lo siento mucho, pero, ¿qué hacer? — Castilho me envió ayer dos números de la “ Folha de S. Paulo” que reproducían una fotografía de un grupo de amigos del Barón de Montagnac, que les ofreció una cena de honra con tu presencia en el restaurante “Raniere de Roma”. ¡Cuántos sacerdotes barbudos! (Uno de ellos, obispo de rito católico malabar, de la India) (…) Trata de escribirme un poquito más… ¿está bien? Rosée me ha hecho excelente compañía, y Maria Alice también, pero siempre en medio de médicos, exámenes, cenas, en casa y fuera… ¡eso cansa tanto! Yayá, en los descansos del juego viene siempre, a veces para cenar. ¡Dora y las niñas han venido menos al estar el abuelo enfermo! ¿Has recibido las cartas que te envié la semana pasada? ¡No puedo dejar de escribirte, pues me parece que es tenerte un poco más lejos! Saludos a tus amigos. Con mis bendiciones, te envío muchos abrazos, muchos y muchos besos de tu manguinha que tanto te quiere,
Lucilia

“¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!”

El día 20 de octubre llegan a las manos de doña Lucilia, provenientes de Roma, las primeras noticias de su hijo.

cap14_016Roma, 13-X-1962
Mãezinha, ¡amor querido de mi corazón! Le escribo con tinta roja pues mi pluma de tinta azul se ha roto y, por el momento, no dispongo más que de ésta. Es la una y media de la noche. Este es el primer momento que encuentro disponible para escribirle. Empiezo por mis noticias. El viaje fue excelente. Avión cómodo, buena comida, puntualidad satisfactoria, buena compañía, no faltó nada. O, mejor dicho, faltó todo, pues no estaba a mi lado mi Manguinha querida…
[El mismo día que llegamos fuimos] a ver los “Invalides”, los dos edificios de la “Place de la Concorde” y la “Madeleine”, que fueron limpiados de la pátina que tenían. Han mejorado enormemente. Naturalmente, fuimos también a Notre Dame, maravillosísima como siempre.
Después de una abundante merienda en el “Café de la Paix (Place de l’Opéra)”, volvimos a Orly y de allí, para Roma.
Orly es horroroso. Evidentemente, Fiumicino, el Orly italiano, es todavía más feo.
Roma, por el contrario, está muy bonita. La ciudad desborda de riqueza, la población esta fuerte, alegre, nutrida y bien vestida. El número de automóviles ha crecido prodigiosamente. Las vitrinas están lindas, incluso las que exponen comestibles. (…)
Los del grupo ya están en actividad y yo también. Por ahora, no es posible decir todavía en qué terminará todo esto. ¡Que Nuestra Señora ayude a la Santa Iglesia! En cuanto a mí, me siento bien y con un apetito muy vivo.

La parte final de esta carta tan interesante está dedicada a la expansión de su
filial afecto:

Ahora, hablemos de usted. ¿Cómo está, mi bien? ¿Y su preciosísima salud? ¿Qué ha dicho Brickman? ¿Sus medicinas han surtido efecto? ¿Y el hígado? Dígamelo todo, porque usted sabe cuánto me interesa todo lo que se refiere a usted. Mándeme, pues, todos los pormenores. Les escribo hoy a Rosée y al grupo. ¿Cómo están los tíos? ¿Y tío Néstor? ¿Dora, Telémaco, sus hijos, están todos bien? De Adolphinho y los suyos sabré por el grupo.
Mi amor, usted no se imagina cuántas veces al día me acuerdo de usted y cómo cuento los días para verla de nuevo. Cuide con el mayor esmero de su salud.
Reciba millones de besos, cada cual más cariñoso que el otro, del hijo que tanto y tanto la quiere y la respeta y que le pide oraciones y la bendición,
Plinio

El 21 de octubre, doña Rosée le enviaba al Dr. Plinio una nueva carta con algunos detalles más sobre la vida cotidiana de doña Lucilia:

cap14_029

Doña Rosée

Ayer fue día de fiesta porque Mamá y yo recibimos tus cartas. No puedo decirte la alegría que sentimos. (…) Mamá está excelente. Olga y Carlota hacen “puzzle” con ella por la noche y ha tenido muchas visitas. Ya hice venir dos veces a la preciosa Sinhá.
Brickman la encontró muy bien. En casa están solamente Olga y Carlota. Como esta última tiene manía de limpieza y es muy activa, todo va bien.

La “preciosa Sinhá”  era prima de doña Lucilia. Ambas mantuvieron estrechas relaciones toda la vida, interrumpidas solamente por la muerte de la última. Era una de las pocas personas que quedaban de los antiguos tiempos, por lo que reinaba entre ambas una gran afinidad.

“¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!”

cropped-sdl-7.jpgDoña Lucilia, que mantenía su mirada puesta en Roma, el 23 de octubre escribía otra vez a su hijo:
São Paulo, 23-10-1962
¡Hijo tan querido de mi corazón! (…) ¿Ya has recibido la [carta] de Rosée? Ella y Maria Alice han venido todos los días. Rosée vino ayer, y hoy el tiempo está pésimo… ¡tan frío, tan lluvioso, que congela las muñecas, principalmente a los viejos reumáticos como yo!
¡¡¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!!! Es verdad que han venido mis parientes a visitarme, menos Yayá, Dora y Gizela (hija de doña Dora)  que están en Río. Piensa bien en lo que te digo… cuidado, mucho cuidado con tu apetito… si te pones enfermo, ¿qué vas a hacer? ¡Pierdes el final del “célebre Concilio”, los bonitos paseos, etc.!
Saudosísima, le pido a Dios y a Nuestra Señora que te protejan y te bendigan y te envío mil besos y abrazos de tu… manguinha…
Lucilia