Amó apasionadamente al Sagrado Corazón de Jesús

Doña Lucilia era una especie de reflejo, de una belleza incomparable, de Nuestro Señor, a quien amaba apasionadamente. Viéndola y percibiendo cómo adoraba al Sagrado Corazón de Jesús, se comprendía cómo Él era digno de todo amor, y se pasaba a participar de la adoración que ella tenía al Redentor.

Está en el espíritu del hombre que él, aun cuando sea muy indolente, muy perezoso, muy sin pasión, sea apasionado.

Actitud del hombre al sentir que algo de lo que le gusta está amenazado

Museu de arte sacra, São Paulo

 Sagrado Corazón de Jesús
Convento de la Luz, São Paulo

Por ejemplo, un individuo muy perezoso que se levanta en la mañana sin ánimo, va a trabajar aún con más horror, vuelve a almorzar y querría pasar el día en casa durmiendo. Es un hombre flojo y, por lo tanto, en apariencia, sin pasión; se diría que no es capaz de tener un amor apasionado. Pero cuando se examina a fondo esa situación, se nota que él tiene un amor apasionado a la inercia, a la pereza, y si alguien lo busca para hacerlo trabajar y salir de la pereza, puede volverse una fiera. De donde se ve que hasta el hombre en apariencia no apasionado tiene su mente hecha de tal manera por el Creador que, de hecho, tiene pasiones. En este caso una pasión pésima: la pereza.
Yo me acuerdo, en mi tiempo de infancia, de un compañero muy perezoso. Pero cuando se tocaba algún punto en el cual era melindroso, él se apasionaba. Y apasionándose, revelaba en aquella materia una capacidad de reacción, aunque se pensara que él o era capaz absolutamente de nada.
La pasión es algo unitario existente en lo más profundo de la psicología humana, que el hombre ama más que todo el resto, porque todas sus apetencias se dirigen hacia eso. Y lo ama apasionadamente cuando tiene la noción clara de que lo que le gusta y, sobre todo, cuando siente que eso está amenazado. Ahí la pasión puede encenderse y hacer a un hombre, que es muelle como una guacamaya, capaz de volar como un águila.

Cómo amar a Dios apasionadamente

cropped-sec3b1ora_doc3b1a_lucilia_009.jpg¿Cómo hacer que nuestras almas se vuelvan hacia Dios de tal modo que lo amen apasionadamente? De la siguiente manera: El hombre, por el principio de semejanza, tiene el deseo de conocer y entrar en contacto con personas que tengan un alma semejante a la suya. Y cuanto más el alma es semejante, tanto más gusta de esa persona. Y si esa semejanza es notable, puede dar en un verdadero entusiasmo, en una amistad modelo, de modo que uno encuentra en el otro una especie de identidad con el ideal que él mismo tiene. Entonces, ambos se estiman. La persona que tiene la noción de las enseñanzas de la Iglesia Católica sobre el Sagrado Corazón de Jesús, conoce buenas imágenes que le proporcionan una idea de cómo es Él, percibe que el Corazón de Jesús está hecho para que todos se apasionen por Él. Porque, como Nuestro Señor posee todas las perfecciones, todos los hombres pueden encontrar en Él a su modelo divino y la perfección que les gustaría tener, y mantener con Él una relación cotidiana. Entonces, la persona que tiene la felicidad de conocer a Nuestro Señor Jesucristo, el cual en el trato con ella le hace notar cómo Él es su arquetipo, su plenitud, y cómo el individuo que no lo conoce no es nada, es polvo; esa persona naturalmente se vuelve hacia el Corazón de Jesús con un amor apasionado.

El Corazón que tanto amó a los hombres y por ellos fue tan poco amado

Eso fue lo que yo conocí en Doña Lucilia.
En el techo de la Iglesia del Corazón de Jesús, en São Paulo, está pintada una escena de Nuestro Señor dentro de una capillita, apareciendo en medio de unas nubes sobre el altar, y dirigiéndose a una monja arrodillada a sus pies: Santa Margarita Alacoque, una campesina francesa que se hizo religiosa y, en consecuencia, tenía una cultura y una inteligencia mayores que las de una campesina común. El Divino Salvador le muestra, en su pecho abierto, su Corazón, con un gesto muy bonito de un Rey ostentando su condecoración, y le dice: “Hija mía, ¡he aquí el Corazón que tanto amó a los hombres y por ellos fue tan poco amado!”techo
Es la censura que Nuestro Señor hace, porque Él ama a los hombres con un amor infinito, y los hombres lo aman tan poco. Al fijar su mirada en la monja, Él ve al género humano: Jesús tiene lástima de ella, así como tiene lástima de todos los hombres. Y cada persona que viera a Nuestro Señor y contemplara su alma, tendría una comprensión perfecta de que el Redentor la ama de tal manera que agota todo el deseo de ser amado que puede existir en un hombre.
Naturalmente, eso no es así en la amistad terrena, en la cual hay so lo una magra analogía con eso. Pero en la amistad entre Dios y los hombres esto es así. El Creador mira a los hombres con ese desbordamiento de afecto, que ellos querrían recibir de parte de todas las personas que los conocen y vivir inundados de ese afecto. Así es como yo veía que Doña Lucilia amaba al Sagrado Corazón de Jesús. Muchas veces yo iba con ella a Misa a la Iglesia del Corazón de Jesús: me arrodillaba a su lado, naturalmente. Yo percibía que mi madre le rezaba sin estar mirando hacia arriba, pues sería una cosa que no tendría mucho propósito, sino teniendo en mente aquel cuadro y la realidad representada por él. Es decir, la serenidad, la elevación, la tranquilidad, la santidad superior a cualquier elogio, pero también la compasión, la paciencia, el deseo de favorecer, de acariciar a cada persona, que había en Nuestro Señor, haciendo que Él, por así decir, absorbiese a cada criatura humana.

Comparación conmovedora empleada por Nuestro Señor

Jesús comiendo en casa de Simón el fariseo (Detalle) - Paolo V

Vemos en el Evangelio una expresión de eso, que considero lindísima. Nuestro Señor, acompañado por los Apóstoles, camina hacia el Huerto de los Olivos, donde Él iba a iniciar su Pasión que lo conduciría hasta la Muerte. En cierto punto, donde se veía muy bien la ciudad y el Templo de Jerusalén, pararon y los discípulos comenzaron a comentar entre sí cómo era bonito el Templo. Jesús se puso a llorar y ellos preguntaron por qué. Y ahí viene la expresión conmovedora. Él dijo: “¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina hace con sus polluelos, pero tú no quisiste! ¡Ahora va a caer sobre ti la desgracia y el castigo!” (cf. Lc 13, 34).
Esa comparación empleada por Nuestro Señor, mostrando que Él nos ama así como una gallina aprecia a sus polluelos y los quiere recibir bajo sus alas, es conmovedora. No hay amistad humana que se exprese en esos términos; no creeríamos en ella. Es demasiado grande para el corazón del hombre, pero no para el Corazón de Jesús. Entonces, el más vil, el más pecador, el más inferior de los hombres, sabiendo que él es amado así por Nuestro Señor, queda agradecidísimo, con ganas de estar junto a Él el tiempo entero para regenerarse, para hacerse como Jesús y amarlo como un reflejo del amor con que el Redentor lo ama. Ahí se da la junción de almas propiamente ideal, que hace que los hombres puedan sentir tranquilidad y esperanza.

 El alma de Doña Lucilia era una especie de reflejo de Nuestro Señor

Yo veía que Doña Lucilia tenía eso en un alto grado. Por la Revelación, mi madre conocía con perfección cómo era el amor de Nuestro Señor a ella, y lo retribuía con un amor parecido con el amor de Él. De tal manera que ella tenía una confianza sin límites en su misericordia, le pedía perdón por sí misma, porque toda criatura humana tiene defectos, y también por aquellos a quien ella amaba, y hasta por aquellos que no la amaban, pero a quienes ella quería hacer el bien. Todo esto hacía de su alma una especie de reflejo de Nuestro Señor, de una belleza incomparable, haciendo propicio amar a Jesús apasionadamente, es decir, por encima de todo, sin comparación con nada, pero de modo a absorber por entero nuestra capacidad de adorar.
Esto se daba en Doña Lucilia de tal manera que, mirándola y percibiendo cómo adoraba a Nuestro Señor, se comprendía cómo Él era digno de toda adoración, y se pasaba a participar de la adoración de ella hacia Él. De ahí resultaba también el hecho de que ella lo amaba más que a todo en el mundo y lo colocaba por encima de cualquier cosa que ella pudiese querer.

Si fuese para una Cruzada, Plinio sería el primero en partir

3p197Mi madre tenía un hermano que, en cierto momento de su carrera política, ocupó el cargo de Secretario de Estado en São Paulo. Era el primer cargo después del Gobernador del Estado. Cuando él era Secretario de Estado, estalló una Revolución en Brasil y el Gobierno comenzó a convocar a los jóvenes para inscribirse, a fin de luchar contra los revolucionarios. En ese período él fue a casa de su madre, donde nosotros vivíamos, para el efecto común de ver a su madre y a su hermana. Terminada la visita, él salió y mi madre y yo fuimos a acompañarlo hasta la puerta de la casa. Cuando llegamos a la puerta, él, un hombre de buena altura, mientras que ella era baja, se sirvió de eso, y notando que ella no se estaba dando cuenta, me guiñó el ojo como quien dice: “Me voy a divertir jugando un poco con ella, y vamos a ver ella qué va a hacer.”
Le dijo:
— Lucilia, ahora debes prepararte para un gran sacrificio, porque el Gobierno está convocando a todos los jóvenes para ir a la lucha, teniendo en vista la manutención del Gobierno contra los revolucionarios: por lo tanto, Plinio tendrá que ir también. Vas a sufrir mucho con eso, pero no hay remedio.

En lo que él dijo, había una especie de provocación jocosa, de jugarreta, porque ella tenía solo un hijo y él tenía unos cinco o seis. Él no hablaba de mandar a sus hijos, sino de mandar al hijo de ella.
Era para fastidiarla. Además, él era miembro del Gobierno y sus hijos tenían más obligación que un simple sobrino.
Él añadió:
— Plinio va a tener que partir, prepárate para sacrificar a tu hijo.
Ella no se dio cuenta de que él estaba bromeando. Entonces, levantó
la cabeza y dijo:
— Gabriel, eso nunca. Sacrificar a mi hijo por esas revoluciones de políticos en que no hay ningún interés para nadie, solo para Uds. los políticos, no lo hago.
Yo estaba callado, porque sabía que él estaba jugando con ella y después iba a deshacer la jugarreta.
Mi madre se quedó toda rígida, casi hasta más alta, y afirmó:
— Ten la certeza de que no lo haré.
— Mira, estoy jugando, diciendo eso solo por molestarte. Pero ahora respóndeme lo siguiente: ¿si el Papa convocara a Plinio para ir a una Cruzada, tú lo mandarías?
— Ahí todo es diferente, el primero en partir tenía que ser él.
Medio entre dientes, para que ella no lo oyese, él –que no era católico practicante– me dijo:
— ¡Ve la fuerza de la Religión! Lo que la política no consigue de una madre de ningún modo, cuando la Religión quiere, lo obtiene.
Ahí él la agradó un poquito, todos nos reímos y él se fue.
Pero el espíritu de ella se mostró bien claro. Si era para el Sagrado Corazón de Jesús, para Nuestra Señora, para la Santa Iglesia Católica, Esposa Mística de Nuestro Señor Jesucristo, todo. Inclusive un hijo a quien ella quería mucho: ¡vete a la lucha! Esto es amar apasionadamente.

(Extraído de conferencia del 5/3/1994) 

 

Idea de patriotismo muy acentuada

Además de ser una paulista típica, Doña Lucilia también era una brasileña en todo el sentido de la palabra, y tenía una idea del patriotismo muy acentuada. No obstante, los dos polos de su espíritu eran Portugal y Francia. Sus antepasados eran originarios de una familia muy respetada de Porto, y tenía una  admiración
especialísima por Francia.

cropped-sec3b1ora_doc3b1a_lucilia_009.jpgDoña Lucilia fue una paulista característica; aunque muy abierta, muy afectiva hacia todos los otros Estados de Brasil, no tenía exclusivismos. A propósito, se casó con un pernambucano, y cuando ella notaba en mí o en mi hermana trazos del alma pernambucana, muy combativa, le parecía gracioso.

Brasileña en el sentido propio del término

Mi hermana, por ejemplo, tenía una forma de ser muy combativa: lo que quería, lo quería, y no cedía. Generalmente las niñas de São Paulo son más flexibles, más armoniosas. Ella no. Cierta vez mi madre le preguntó a mi padre:
– ¿De quién sacó la niña ese temperamento?
Él respondió:
– A la tía Memela.
Mi madre preguntó quién era la tía Memela. Se trataba de una tía de mi padre, famosa en Pernambuco por su fuerza de voluntad. Cuando ella quería algo, tenía que ser hecho. La tía Memela incluso usaba una porra. Si alguien de hecho se resistía, le daba un porrazo a los esclavos y a los hijos, pues ella era todavía del tiempo de la esclavitud. Cuando mi hermana estaba muy recalcitrante, mi madre sonreía y decía:
– ¡Ahí está la tía Memela!
Además de ser una paulista típica, mi madre era también una brasileña en todo el sentido de la palabra. Tenía una idea de patriotismo muy acentuada y, por lo tanto, no era una persona que admitiese de buen grado que algún país estuviese por encima de Brasil. A veces mi hermana y yo nos burlábamos de ella, afectuosamente. Hay algunos animales aquí en Brasil que son muy feos. En cierta ocasión hicimos un viaje por el interior de Brasil, en automóvil, y veíamos pasar unos pájaros enormes llamados
seriemas. ¡Son unos monstruos! Yo vi aquella cantidad de seriemas y le pregunté a mi madre:
Mãezinha(1), ¿qué son esos animales?
Ella, sin percibir que a mí me parecían horrorosos, dijo:
Seriemas.
Y yo, para molestarla, dije:
– Ahí está lo que Brasil produce… es la tierra de la seriema.
A ella no le gustaba eso. Le parecía que Brasil debía ser tratado con todo respeto.

Dos polos de su espíritu: Portugal y Francia

Plinio y Rosée

Plinio y Rosée en Parías, 1912

No obstante, los dos polos de su espíritu eran Portugal y Francia. A ella le gustaba mucho contar que su familia era originaria de Porto, cuáles habían sido los acontecimientos dramáticos que llevaron a su antepasado portugués a huir al Brasil, en qué condiciones se dio la fuga, cómo se instaló en São Paulo…
A mi madre le complacía mucho mostrar esa unión con Portugal. En cierta ocasión, ella  conoció a un sacerdote que vino a preguntarle si era de tal familia de Porto. Ella dijo:
– Muy remotamente, sí. Uno de mis antepasados desciende de esa familia.
– Ah, porque es una familia muy respetada en Porto. La conozco mucho.
Entonces mi madre les mandó saludos. Cosas de esas a ella le gustaban.
El otro polo – no es necesario decir que especialísimamente– era la douce France.

Cirujano de fama mundial y médico del Kaiser

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Dr. August Karl Bier

Pero, para que vean cómo era el patriotismo de Doña Lucilia, cuento el siguiente episodio.
Cuando mi madre tenía un poco más de treinta años, estuvo muy enferma. Los médicos en São Paulo le dijeron que era necesario extraerle la vesícula biliar. Pero, hasta aquel momento, no se hacía ese tipo de operación en Brasil. Había un gran médico alemán, el Dr. Bier, cirujano de fama mundial, que le había extraído la vesícula biliar a una señora de la India. Fue el primer caso en la Historia. Doña Lucilia sería el segundo caso en someterse a ese riesgo. Pero no habiendo otro remedio, quiso disponerse a eso. Fue a Europa y se sometió a la cirugía. El médico iba todos los días a verla; le gustaba mucho conversar con ella, y aunque mi madre no hablaba alemán, conversaba con él en francés. El Dr. Bier era también médico del Káiser Guillermo II. Cierto día, él llegó al pie de su cama y, no sin cierta ingenuidad asombrosa –como médico, él tenía la obligación de evitar cualquier cosa que contrariase a su paciente, pero creo que no percibió lo que estaba haciendo–, dijo: – Señora, tengo que contarle una cosa que la va a animar.
Mi madre preguntó amablemente:
– ¿Qué es, Doctor Bier?
– Estuve hoy temprano con el Emperador para examinarlo, y lo encontré con su Estado Mayor. Ud. no sabe lo que tenían encima de la
mesa y estaban analizando: era un mapa de Brasil, y estudiaban la posibilidad del desembarco de un escuadrón alemán para tomarse una porción del país, estableciendo una colonia allá.
¡Es lo último que él debía decirle a una persona recién operada! Pero creo que él consideraba un honor tan grande para una región el hecho de ser colonizada por Alemania, que es la única explicación que encuentro…

Indignación y protesta de Doña Lucilia

Guillermo II y sus generalesEntonces, él le explicó que en el Estado de Santa Catarina ya vivían muchos alemanes y, por lo tanto, podían enviar más. Por otro lado, Alemania tenía tales tropas, tales navíos… y le contó a ella toda la historia. Y mi madre oyendo aquello con frialdad.
Él le preguntó:
– ¿Por qué Ud. está así?
– Es natural, Doctor. ¿Ud. en qué está pensando? Ud. está hablando de cortar mi patria, someter una parte de ella a la suya; ¿Ud. piensa que yo estoy contenta de algo como eso? ¡Estoy indignadísima y protesto!
– ¿Pero su país tendría medios de oponerse a eso?
– Mire, nosotros tenemos bosques muy densos, y dentro de ellos, indios con flechas envenenadas. Ellos huirán hacia el interior de las selvas, ustedes los persiguen y reciben una lluvia de flechas envenenadas que vienen de todos lados, ¡y bien que se lo merecerían!
Él sacó un cuadernillo y tomó nota:
– Le voy a contar esto al Káiser.
Era un gran médico, realizó una excelente operación; ella lo estimaba mucho, pero el Dr. Bier no se dio cuenta de la situación psicológica de su cliente. Un gran médico debe ser un poco psicólogo, pero él no se dio cuenta.
Al día siguiente él volvió a examinarla y le dijo:
– Señora Oliveira, tengo un recado del Káiser para Ud.
Mi madre pensó que él nunca más trataría de la cuestión, y preguntó:
– ¿Qué?
– El Káiser le mandó saludos y sus simpatías, porque aprecia mucho a las señoras patriotas, tal como Ud. se mostró.
Creo que el Káiser percibió que su médico había cometido un error y quiso arreglarlo un poco de esa forma. Es un modo amable de intentar contornear el problema. Pero ella no estaba para eso; hizo una fisionomía contrariada y dijo:
– Mire, dígale al Káiser que yo no acepto sus saludos. Si va a visitar Brasil con intenciones amistosas, está muy bien. Con la intención de tomárselo… ¡no cederemos ni una pulgada!

(Extraído de conferencia del 16/9/1985)


1) En portugués, diminutivo afectuoso de “mamá”, con el cual el Dr. Plinio trataba a Doña Lucilia.

Persistencia, delicadeza y desafío

Decidida a vivir de acuerdo con lo que la fe le indicaba, Doña Lucilia levantaba una oposición suave pero infranqueable a los que deseaban lo contrario, incluso si era necesario pagando el precio del aislamiento. Sin embargo, en los últimos meses de su existencia terrena la Providencia quiso confirmar su fidelidad, envolviéndola en el cántico de admiración de algunas almas justas.

Para comprender la manera en que Doña Lucilia actuaba cuando yo era niño, al protegerme de quien quisiese perderme, es necesario haber conocido aquellos tiempos y visto los modos, las costumbres y las reglas de delicadeza entonces vigentes.

Ella era una persona muy bondadosa, pero al mismo tiempo muy seria. Cuando no quería una cosa determinada, levantaba una barrera infranqueable: ¡eso no era así, no podía ser y no sería! Todos comprendían que habría una oposición sin nada de furibundo ni de problemático, pero tan segura, que no servía de nada insistir.

Negativa que desanimaba cualquier ataque

sdlEsa actitud comenzaba por verificarse en lo que se refería a la forma como yo practicaba la religión. A algunos de mis parientes les hubiese gustado que yo fuera un niño más o menos sin religión, como los otros de mi familia formados por ellos. Sin embargo, no osaban proponerle a Doña Lucilia nada a ese respecto; o, si le propusieron, ella acabó la cuestión, de tal modo que ninguno de ellos osó decirme una palabra en el sentido de estimularme a no ser religioso, a no ser puro, etc.

Ellos sabían que, si algo así llegase hasta mi madre, la respuesta vendría con una negativa: “Mi hijo es mío y no tuyo, quien dispone de él soy yo, no tú; y por mi intermedio, quien dispone de él es Dios. De manera que voy a educarlo según Dios quiere, y no te metas. Cuida a tus hijos, si quieres; ¡al mío, no! ¡A él lo cuido yo!”

Conmigo ni trataba del asunto, en una actitud de quien no consideraba posible que alguien se entrometiese en el caso. Lo que ella hizo fue rezar mucho y decir un “no” preventivo. Fin del asunto.

«Vas a sufrir mucho con el aislamiento»

Cuando explotó en 1932 la Revolución Constitucionalista en São Paulo, mi abuela Doña Gabriela decidió comprar una radio para acompañar las noticias. Algún tiempo después, ella le dijo a mi madre, quien me contó el hecho sin hacer comentarios:

—“Cuando yo muera, Lucilia, quiero que ese radio sea para ti”– era todavía un objeto de cierto valor en aquella época–, “porque tú vas a sufrir mucho con la soledad, y al menos la radio sirve para que tengas compañía.”

Se comprende todo lo que eso quería decir…

Además, la salud de mi madre no era buena. Mejoró mucho después de que mi abuela falleció y pasó a vivir sola conmigo. Doña Gabriela era muy generosa, y bajo ese aspecto no había ningún problema, pero mantener las riendas de la casa, cuidar de la servidumbre, atender a los que entraban y salían, constituía un peso difícil de sustentar.

Doña Lucilia tenía paciencias enormes, por ejemplo, con un sobrino sordomudo que presentaba crisis nerviosas horribles. Los padres de este sobrino no aguantaban esas crisis mientras que ella sí. Se encerraba con el niño en una sala, y al cabo de una o dos horas de conversación, él salía más sosegado, tranquilo. Era una manifestación de su generosidad, pero eso la desgastaba.

Por esa causa, durante el período en que vivió en casa de mi abuela, su salud estaba muy decaída. Padecía dolencias del hígado. Sentía indisposiciones horribles, pasaba la noche en vela y por mañana quedaba exhausta, con la fisionomía deshecha.

En el tiempo en que mi hermana y yo éramos muy pequeños, mi madre tenía miedo de morir a cualquier momento, y a veces nos decía eso para prepararnos. ¡Nosotros quedábamos asustadísimos!

Todas esas circunstancias hicieron de Doña Lucilia una persona que medía bien cuál era el padrón de la felicidad, y sentía y cargaba el peso de los sufrimientos hasta el fin.

Cargando la cruz rumbo al ápice

3p200En ese sentido, de las fotografías tomadas a mi madre, ninguna me agrada tanto cuanto una en que ella está bien anciana, con setenta y cinco o setenta y seis años, moviéndose sin necesidad de apoyo, apenas con una deficiencia auditiva que esos aparatos modernos suplían.

Yo la conocía tan bien que, al ver esa fotografía, percibo una cosa curiosa: ella está muy ansiosa. Se nota allí cómo era su adaptabilidad: ella trata de hacer una fisionomía que, dentro de sus principios, sabía que a los presentes les gustaría. ¡Pobrecita! Yo sé muy bien que estaba cargando su cruz rumbo al ápice.

En su fisionomía trasparece tal conjunto de virtudes, viviendo a la manera de un enjambre en su alma –un enjambre santo, no caótico–, que es difícil decir todo lo que veo ahí. Es un equilibrio extraordinario de virtudes, todo un inmenso teclado puesto en orden.

La nota que aparece mucho en esa fotografía es el orden que mi madre se impuso a sí misma, porque estaba de acuerdo con lo que el intelecto y la fe le indicaban de cómo se debería ser. Hay una resolución de vivir dentro y para ese orden que, con toda su actividad, revela un trazo heroico: se debe ser de determinada forma y está acabado. Se percibe una persistencia, con delicadeza, y cierta mirada de desafío, como quien dice: “Yo sé que ustedes no están de acuerdo, pero así es.” ¡Con ella no se jugaba!

La confirmación de la fidelidad

La vida de Doña Lucilia fue una enorme espera, que tuvo un desenlace enteramente inesperado: en los últimos meses de su existencia en esta Tierra, por causa de mi enfermedad (1), hubo un flujo torrencial de gente en mi casa y, sobre todo por la insistencia de João (2) en hacer que ella se notase, Doña Lucilia murió envuelta en un cántico de admiración de los que me visitaban.

De hecho, mi madre esperaba que toda su bondad y todo el ambiente por ella creado reconstituyesen en torno de sí un tiempo pasado, que iba siendo devorado por el americanismo.

Entonces mi madre recibió una confirmación de que no se había engañado y de que todo cuanto ella era, era notorio para quien quisiese ver. Fue una especie de confirmación de su fidelidad.

Extraído de conferencias del 14/9/1985 y 6/11/1993

Notas

1) Se trataba de la grave crisis de diabetes que acometió al Dr. Plinio en diciembre de 1967, obligándolo a permanecer en reposo en su apartamento por algunos meses.

2) El Dr. Plinio se refiere a Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, su fiel discípulo y secretario personal durante más de cuatro décadas, que en la época de los hechos aquí mencionados todavía era laico y contaba con veintiocho años.

Una lección de Confianza

Al considerar los ejemplos de antepasados ilustres, Doña Lucilia deducía los principios que e servían de fundamento para la práctica de la virtud de la confianza.

Para comprender el papel de la confianza en mi vida, es necesario considerar esa virtud en la historia de Doña Lucilia.

Ejemplos ancestrales de confianza

3p171Mi madre pertenecía a una de las antiguas familias de São Paulo, a las cuales se acostumbra llamar de “paulistas de cuatrocientos años”, y estaba habituada a la idea de que le podría ocurrir a ella lo mismo que se había dado con algunos de sus antepasados, los cuales, aunque eran personas de mucha proyección e importancia, capaces de realizar grandes esfuerzos y de hacerse célebres por practicar acciones insignes para cumplir su deber y la voluntad de Dios, estuvieron sujetos a veces al riesgo de sufrir terribles fracasos. Fue lo que se dio con su abuelo, a quien no llegué a conocer, el Dr. Gabriel José Rodrigues dos Santos.
Él era un hombre alto, con porte muy noble, dotado de una capacidad oratoria digna de nota. Al mismo tiempo, un político eximio y capaz de imponerse con firmeza. Sin embargo, comprendía los “azares”, las dificultades de la política, y por esa causa, también las derrotas que ella imponía no raras veces. La narración de un episodio de su historia nos puede dar una idea de cómo era su mentalidad y cuál fue el papel de la confianza en su vida.

Pasando del pantano al horno, de Secretario de Estado a arriero

Dr. Gabriel José Rodrigues dos Santos.

Dr. Gabriel José Rodrigues dos Santos.

Siendo muy buen político y orador, ese bisabuelo mío pronto se convirtió en Secretario de Estado –una especie de ministro– del Gobernador de São Paulo de aquel tiempo, Rafael Tobias de Aguiar (1).
Hubo en São Paulo una revolución contra el Emperador, a la cual adhirió Tobias de Aguiar, y el Dr. Gabriel se acabó “embarcando en esa canoa”. Las tropas comandadas por el Duque de Caxias (2) invadieron São Paulo y mi bisabuelo tuvo que huir, escondiéndose en el actual Parque Don Pedro II, que era entonces un pantano enorme donde había mucha vegetación. Allí pasó la noche entera, metido en un charco, el gran político y orador que había danzado con la Emperatriz, causando sensación en la Corte.
Después, con el auxilio de correligionarios, consiguió partir para Sorocaba, una de las ciudades más próximas a São Paulo. No obstante, no pasó mucho tiempo para que los soldados del Duque de Caxias llegasen a aquel lugar. Al oír la noticia de la entrada de las tropas en la entonces pequeña Sorocaba y viendo que lo encontrarían fácilmente, buscó refugio en la casa de un panadero conocido y simpatizante suyo. Este le dijo:
– Mi casa es pequeña y cualquier persona se puede dar cuenta de que Ud. está aquí. Solo veo una solución: mi horno está apagado y es enorme; entre en él y quédese ahí hasta que
la tropa continúe. Así, el Secretario de Estado pasó del pantano al horno. Pero viendo que si continuase en aquella ciudad por más tiempo sería capturado,  se disfrazó de arriero y, con la intención de refugiarse en Argentina, se enroló en un grupo de arrieros que conducía ganado rumbo al sur de Brasil.

El Dr. Gabriel es descubierto por la esposa de su patrón

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Tobias de Aguiar

Habiendo partido de Sorocaba y estando ya de camino hacia el estado de Rio Grande do Sul, su patrón decidió vender algunas cabezas de ganado a un sujeto interesado en comprarlas. Sin embargo, en el momento del pago comenzó una discusión interminable y no había medio de entrar en un acuerdo. El Dr. Gabriel, que tenía prisa por partir de allí porque corría un gran riesgo de ser preso, notó que el problema estaba en los cálculos matemáticos errados, pues ambos no sabían hacer cuentas. Entonces intervino en la negociación y con mucha destreza les presentó la solución.
Los negociantes quedaron muy satisfechos y así pudieron continuar el viaje.
Ahora bien, la esposa del jefe de los arrieros había presenciado la escena y, estando a solas con su marido, le dijo:
– ¿No te das cuenta de que ese hombre que está trabajando para ti no es arriero?
– ¿Y por qué me dices eso?
– Ve con qué facilidad él hizo las cuentas. ¿Crees que un simple arriero es capaz de hacer eso?
– Hum, es verdad…
– Para evitarnos problemas, ve y pregúntale quién es él. De repente es un fugitivo político… El jefe de los arrieros siguió el consejo de la mujer e interrogó a mi bisabuelo, el cual acabó por revelar su identidad. Sorprendido, el patrón se quitó el sombrero y dijo:
– ¡Dr. Gabriel José Rodrigues dos Santos! Pues sepa que soy un admirador suyo. Cuente conmigo para lo que necesite.

En Argentina, recibiendo el socorro materno

Finalmente, él logró llegar hasta la frontera con Argentina e ingresar en ese país. Pero allí no pasó mucho tiempo para que le faltasen los medios de subsistencia. Cuando se encontraba en aquel apuro, viendo que el dinero se acababa, de repente oyó una voz conocida que cantaba en portugués. Prestó atención y reconoció que era de una negra, esclava de su madre. Fue corriendo a la ventana y llamó a la mujer. Al entrar donde él estaba, la primera cosa que ella hizo fue sacar un chal que la cubría y desamarrar una especie de chaleco en el cual estaban cosidas, por dentro, una gran cantidad de monedas de oro. Entonces contó su aventura.
Preocupada con la situación de su hijo, la madre de mi bisabuelo había mandado a esa esclava de confianza a viajar de São Paulo a Argentina, en busca del Dr. Gabriel José Rodrigues dos Santos, para entregarle esas monedas.
Al llegar a la frontera, ella necesitaba atravesar el puente limítrofe entre Brasil y Argentina, guarnecido por soldados brasileños, que nadie podía atravesar sin permiso. Como esa mujer no tenía autorización ni medios de obtenerla, comenzó a producir dulces que, ora vendía, ora daba de regalo a los soldados brasileños.
Cierto día ella quiso atravesar el puente, pero los guardias sospecharon de su pedido y le dijeron:
– La dejamos pasar, pero tenemos que requisarla antes.
Ella respondió:
– ¡Eso no! Nadie me toca, se los prohíbo absolutamente. Declaró eso con tal dignidad, que no osaron requisarla y la dejaron pasar. Y allá se fue ella con el chalequito repleto de oro.
Estando ya en tierra argentina, ella comenzó a preguntar por un exiliado brasileño, pero nadie sabía informarle. Entonces decidió ir andando por la ciudad, cantando una canción  que mi bisabuelo conocía, confiando que él la oiría y saldría a la ventana. Y así sucedió. Él la reconoció y se llenó de dinero.

La victoria de la confianza

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Consejero Crispiniano

El Dr. Gabriel José se quedó viviendo todavía algún tiempo en Argentina, hasta recibir el recado de que el Gobierno imperial estaba dispuesto a dar amnistía a los revoltosos en caso de que no se levantasen más en armas. Él aceptó y volvió a Brasil. Pero la amnistía no había sido concedida y al llegar a São Paulo fue hecho prisionero.
En su juicio, el abogado de la defensa fue el Consejero Crispiniano (3), muy amigo de mi bisabuelo y un famoso Consejero de Estado. El discurso de defensa hecho por el Consejero Crispiniano se hizo célebre por la ostentación del orador, cuyas primeras palabras al subir a la tribuna fueron:
– Egregios miembros del Tribunal, mi simple presencia en esta tribuna prueba la importancia de la causa que voy a defender.
Eso, en la vida pacata de la São Paulo de aquel tiempo, marcaba mucho: “¡Qué vanidoso!”
Al final, mi bisabuelo fue juzgado y absuelto.
Cuando salió del Tribunal, los alumnos de la Facultad de Derecho y las jóvenes de la sociedad de São Paulo formaron un ala ininterrumpida desde la Plaza João Mendes hasta su casa, en la Rua 15 de Novembro con la Praça da Sé. A medida que mi bisabuelo pasaba, las jóvenes iban lanzando flores. Esa fase de su carrera política estaba cerrada.
Ahí está la vida de ese antepasado de Doña Lucilia, hecha de diversas tensiones y situaciones difíciles, pero de la cual mi madre sacaba la lección de que, teniendo confianza, él vencía todo.

(Extraído de conferencias del 29/6/1977 y 19/8/1995)



1) Político y militar, uno de los líderes de la Revolución Liberal de 1842 (*4/10/1794 – †7/10/1857).
2) Luís Alves de Lima e Silva (*25/8/1803 – †7/5/1880).
3) João Crispiniano Soares. Jurista y político paulista (*24/7/1809 – †15/8/1876)