Pero Esther ya había comprado el billete de vuelta a su ciudad precisamente en ese horario. No le quedaba más que un recurso: rezar.
Elizabete Fátima Talarico Astorino
Desde la ciudad de Sullana (Perú) nos escribe Esther Seminario relatándonos dos episodios de la pronta intervención de Dña. Lucilia para sacarla de situaciones embarazosas.
Se había desplazado hasta otra localidad para realizar un procedimiento médico y cuando llegó al hospital, alrededor de las ocho de la mañana, se topó con un obstáculo inesperado: «La persona encargada [de darle cita] estaba, sin motivo alguno, extremadamente irritada y atendiendo de muy mala gana. Al esperar tanto tiempo, algunos pacientes se ofuscaron y empezaron a protestar. La primera que estaba en la cola era yo. Sin embargo, lejos de atenderme, sin explicación alguna —quizá creyendo que yo había sido la del reclamo—, de forma contundente me dijo que me esperara hasta el final, porque se demoraría dándome muchas indicaciones; que me atendería a partir de las doce y media».
Pero Esther ya había comprado el billete de vuelta a su ciudad precisamente en ese horario. No le quedaba más que un recurso: rezar. «En tal situación, me pregunté: ¿Qué hago? ¡Dios mío, ayúdame, ilumíname! E inmediatamente vino a mi pensamiento Dña. Lucilia. Portaba en el bolsillo de mi casaca una fotografía de ella; la saqué y me puse a rezar la novena irresistible al Sagrado Corazón de Jesús y a pedir la intercesión de Dña. Lucilia. Cuál no sería mi sorpresa que ni siquiera había terminado de rezar la novena y de pronto… se me acerca aquella misma auxiliar, muy sonriente, invitándome a pasar y me da una cita para mi intervención y procedimiento médico. Definitivamente, esta persona pasó de la irritabilidad en grado extremo a una total serenidad y amabilidad increíbles. No dudo que allí estuvo Dña. Lucilia».
Esther con la biografía de Dña. Lucilia en sus manos
Antes de salir del hospital, Esther hizo una rápida visita a la capilla, donde se encontró con un hombre llorando desconsoladamente y, arrodillado, rezando por un familiar enfermo. Condolida al ver su angustia, le regaló la estampa de Dña. Lucilia, explicándole brevemente cómo valía la pena recurrir a ella.
Continúa su relato: «Ese hombre me lo agradeció y manifestó que pediría con todas sus fuerzas la intercesión de Dña. Lucilia. Salí muy reconfortada por haberle dado la estampa de Dña. Lucilia a una persona necesitada, pero al mismo tiempo triste porque me había quedado sin ella. Pensé que no llevaba otra conmigo, pero para mi sorpresa encontré otra en mi bolso. Así que me sentí segura de portarla a mi retorno».
Una nueva dificultad, un auxilio más
Esther no se imaginaba lo mucho que iba a necesitar del auxilio de su protectora en el viaje de vuelta a casa. Narra ella:
«Ya regresando en el bus a mi ciudad, el vehículo fue interceptado por tres motocicletas, con dos personas en cada una. Portaban armas de fuego y, como el bus no se detenía, empezaron a arrojar piedras y atravesaron las motos, cerrando el paso; entonces el bus se detuvo. La desesperación y el pánico se apoderaron de los pasajeros, entre ellos, muchos niños. “¡Es un asalto! Escondan su dinero, tiren al piso sus móviles”, gritaban algunos.
»En ese momento de desesperación, recurrí nuevamente a Dña. Lucilia. Saqué la estampa y, con ella en la mano, a viva voz decía yo: “Doña Lucilia, madre nuestra, ¡ayúdanos!”. Repetía y repetía esa jaculatoria, y me serené. Llamé a mis hermanas —que circunstancialmente estaban en la ciudad y también son devotas de Dña. Lucilia— para que se comunicaran con la Policía. Varios pasajeros hicieron lo mismo.
»Finalmente, la Policía intervino y capturó a los delincuentes. Ningún pasajero sufrió daño físico, ni robo alguno. El susto fue tremendo. La poderosa intervención de Dña. Lucilia permitió que llegáramos sanos y salvos a nuestro destino.
»Quiero concluir diciendo que mi esposo, testigo de los sucesos que acabo de narrar, ahora también es devoto de Dña. Lucilia y recurre a su maternal intercesión en cada situación de necesidad».
(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, agosto2024)
Contrariamente al concepto liberal y comunista de bondad, Doña Lucilia ejercía sobre las almas una acción benigna e intransigente, amenizando y sanando los aislamientos y amarguras, frutos de la orfandad inherente al hábito de la autosuficiencia.
Hay ciertas formas de sinceridad y de intensidad de afecto que solo les es dado tener a los combativos.
El descrédito causado por el pacifista
Tomen el Quadrinho en él reluce la bondad
No creo en la amistad del pacifista. Él se pone como amigo de todos, pero eso es justamente lo que no es, pues quien no quiere pelear con nadie no es amigo de nadie. Porque por su modo de ser, en su presencia toda injusticia se resuelve mediante un diálogo de paz y, por lo tanto, no se necesita punir.
Ahora bien, si alguien me calumnió y yo pruebo que aquello es una calumnia, no se trata de hacer un diálogo para saber si soy inocente: el otro es un calumniador. Luego, exijo que él se desdiga, y tengo dos derechos: uno es la retractación debida ami reputación; el otro es un derecho de verlo punido.
Quien fuese mi amigo debería asociarse a ambos derechos míos. El pacifista no hace eso. Entre el calumniador y el calumniado, él procura hacer un arreglo, por el cual el calumniado, en el fondo, tiene que ver la impunidad de la calumnia hecha contra sí. Además, se percibe en la conducta de ese tipo de pacifista que, si queremos forzarlo a una actitud lógica, él pelea con nosotros y no con el calumniador. Por lo tanto, no merece crédito. Esa es una de las mentiras de la Revolución.
Concepto equivocado de bondad
Otras mentiras de la Revolución dicen con respecto al concepto de bondad. Una afirma que toda persona con cierta elevación y distinción no tiene lástima de quien no posee esas mismas cualidades y hace sentir su superioridad por falta de misericordia. Luego, espíritu jerárquico y bondad son incompatibles. La bondad consiste en el igualitarismo.
Otra mentira es: intransigencia y bondad son incompatibles, porque la intransigencia hace sufrir. Ahora bien, quien es bondadoso tiene horror al sufrimiento; luego, es propio de la bondad tener horror a la intransigencia.
Yo podría presentar aún otras contradicciones de ese mismo género. Pueden estar seguros de que ellas tienen un peso enorme para hacer antipática la Causa de la Contra-Revolución. Acción materna e intransigente
El modo de ser de mi madre prueba que varias de esas pseudo-contradicciones no existen. Por ejemplo, su acción sobre las almas es la más maternal posible, pero es una acción intransigente. O sea, ella conduce al cumplimiento de los Mandamientos y a la fidelidad a la Providencia. Y si no es eso, se percibe que hay una ruptura con ella, pues a pesar de todas las bondades, ella es intransigente.
Tomen el Quadrinho1: en él reluce la bondad. Por otro lado, el modo como ella se presenta y es, es enteramente el de una señora de la élite de su tiempo y, por lo tanto, a leguas del patrón democrático hoy en día en vigor. Por otro lado, trasluce de bondad. Así, una serie de aparentes antítesis de esas que a la Revolución le gusta lanzar en oposición a la Contra-Revolución, Doña Lucilia las destruye simplemente por su ser, sin nada más, únicamente porque ella es, porque está presente, ella provoca esa destrucción.
Bajo ese punto de vista, ella ayuda a los miembros del Grupo a comprenderme mejor, porque perciben a través de ella cómo esos preconceptos que llevan a mucha gente a pensar que soy un Ferrabrás, [personaje de la ficción medieval, tendiente a lo bravucón] un tirano, no son realidad. Ahí está su papel.
Gracia que convida a la unión y a la simpatía estables
He notado el siguiente fenómeno: un gran número de personas recibe gracias por intercesión de mi madre. Mientras dura el recuerdo de esas gracias, hay una posición muy conmovida y fervorosa; después, eso se desvanece. Al desvanecerse, se manifiesta la debilidad humana que no sabe ser grata. Sabemos que la gratitud es la más frágil de las virtudes… Pero hay otra cuestión.
Generalmente, las personas en las cuales el recuerdo vivo de esas gracias se desvanece sin su culpa, revelan una especie de rechazo en volver a apelar y pedir a mamá, que va mucho más allá de la aridez, queda en el límite de lo explicable, roza en una especie de incomprensión y antipatía. No una antipatía militante, sino una actitud así aborrecida:
“¡No quiero pedir!”
Hasta que, de repente, por la intercesión de ella, la persona pasa por cierto apuro y es llevada a pedirle alguna cosa. Pidiendo, la obtiene y vuelve la acción de aquella admiración, de aquella consolación. Eso se repite, hasta desaparecer en ese tipo de almas un género determinado de obstáculo interior en ser uno solo con ella y, digámoslo, simpatizar con ella vehemente y establemente. Ahora bien, es lo que Doña Lucilia parece pedir en las gracias que ella confiere. Porque, mientras la persona está bajo la acción de una gracia recibida por ella, comprende perfectamente ciertas cosas, como, por ejemplo, su insuficiencia. El mito de la autosuficiencia –muy revolucionario y difundido no sé en qué proporciones– se desarma y desaparece. Entonces la simpatía, la propensión por alguien que nos ama, que nos quiere, pero nos ve con cierta compasión un poco sonriente y nos promete su afecto, eso vuelve a flote. Cuando la persona se olvida de las gracias recibidas, el estado de espíritu de autosuficiencia reaparece y ella no quiere ser objeto de tanto cariño ni de tanta amistad, porque quiere abrir por sí misma su propio camino.
Un vicio profundamente revolucionario: la autosuficiencia
Es preciso hacer notar que la autosuficiencia es el propio presupuesto tanto de la doctrina liberal, como de la comunista. En la idea de los ciudadanos libres e iguales está subyacente el concepto de que cada uno se basta a sí mismo, porque, si hay algunos que necesitan de otros, la desigualdad desaparece en rigor de justicia, pues si alguien dio y otro recibió, quedó obligado. El modo por el cual se agradece es decir “muito obrigado”2, o sea, estoy obligado a algo con relación al bienhechor. Es el sentido de la expresión francesa “remercie, remercier”: estoy a tu merced por lo que me hiciste. El vínculo, por así decir, feudal, va imponiéndose, mientras que, en la autosuficiencia, no: ciudadanos libres, iguales, todos votan, cada uno deposita su voto en la urna y vale tanto cuanto el del otro, y la suma aritmética de lo que fue contabilizado es el camino a seguir.
Una cosa curiosa es que el hábito de la autosuficiencia constituye una especie de orfandad, fuente de cuántas amarguras interiores y de cuántos aislamientos, ¡no sé qué decir! Creo que entre autosuficiencia, orfandad y neurosis hay una relación muy próxima. Muchas y muchas veces me pregunto: si sobre mí no hubiese flotado el afecto de mi madre, ¿yo sería un hombre calmado como soy y habría tenido la facilidad de comprensión y la apetencia de la devoción a Nuestra Señora, que es esa disposición del alma agradecida llevada a un grado superlativo, en fin, en el nivel de la hiperdulía?
Sin embargo, percibo que esas situaciones falsas crean una especie de apego, porque el hombre es una criatura muy rara y llena de posiciones paradójicas. Y cuando tiene una paradoja muy irracional, él adora esa paradoja. Y al mismo tiempo que sufre los tormentos de la autosuficiencia, no le gusta ser ayudado, porque “él resuelve”.
Esa posición lleva la persona a implicar con Doña Lucilia, porque ella ofrece una superabundancia de bondad, de cariño, de protección, pero en la cual la dependencia aparece y la autosuficiencia desaparece.
El individuo no puede ser el gran hombre que quería ser a sus propios ojos, el dueño de su propia vida, que resuelve porque es un gran hombre. Por el contrario, tiene que reconocer que hubo en relación con él una cosa llamada misericordia, compasión, dada por quien no tenía obligación de dar, que fue tratado como hijo, que fue enteramente gratuito y le dio en abundancia lo que él no podía esperar, acompañado de la sensación de que él no vive sin eso.
En las horas en que ese reconocimiento no está presente, la persona es llevada a esta esperanza tonta: “Yo ahora quiero ver si vivo sin la ayuda de ella”. Es un horror, pero, por eso mismo, probable.
Por ejemplo, de los diez leprosos del Evangelio, nueve no fueron a agradecer. ¿Por qué? En el fondo, autosuficiencia. Si todos fueran a hablar con Nuestro Señor, Él los recibiría rebosando de bondad, pero el mito de que ellos resolvieron su caso desaparecía.
Hay un proverbio portugués, al menos en el portugués de Brasil: “El uso de la pipa tuerce la boca”. El vicio de la autosuficiencia vuelve a la persona incapaz de recibir socorro. Y, vuelvo a decir, es un vicio profundamente revolucionario.
(Extraído de conferencia del 21/8/1982)
Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎
En portugués, literalmente: [Estoy] “muy obligado”. Es la forma habitual de agradecimiento en esta lengua ↩︎
Entonces empecé a rezarle a Dña. Lucilia y en eso cayó en mis manos un artículo que narraba el caso de una mujer que también se quedó sin trabajo y que le pidió ayuda y enseguida…
Elizabete Fátima Talarico Astorino
Esto se constata cuando leemos el testimonio enviado por Patricia Gamarra, de Paraguay, en el que narra cómo Dña. Lucilia la ayudó en un grave aprieto financiero.
Cuenta ella: «Mi madre y yo estábamos pasando por una situación económica muy difícil. Además de haberme quedado sin trabajo, no me habían pagado un servicio anterior de todo un mes. Así que todas mis cuentas estaban un mes atrasadas.
»Entonces empecé a rezarle a Dña. Lucilia y en eso cayó en mis manos un artículo que narraba el caso de una mujer que también se quedó sin trabajo y que le pidió ayuda y enseguida milagrosamente apareció depositada en su cuenta bancaria la cantidad que necesitaba. Esto me llenó de confianza y me dije: “Bueno, pues se lo voy a pedir a ella… No creo que me pase lo mismo, pero sé que me va a ayudar de alguna forma, aunque sea dándome fuerzas para trabajar y oportunidades de trabajo”».
No obstante, Dios quería de Patricia una oración persistente: a cada momento que pasaba, todo iba de mal en peor. Un día, después de hacer una lista exacta —y voluminosa…— de cuánto le faltaba por pagar, exclamó llena de confianza: «Doña Lucilia, auxilio, ¡por favor!».
Al día siguiente recibió una llamada de su hermano, que le dijo: «Mamá me ha contado por lo que estáis pasando. He recibido algo de dinero y te voy a regalar cinco millones de guaraníes».
Patricia Gamarra con una réplica del «Quadrinho» de Dña. Lucilia
Patricia se quedó asombrada, ¡pues era exactamente la cantidad que necesitaba para saldar las cuentas atrasadas! E inmediatamente percibió que se trataba de una intervención de Dña. Lucilia, que movió a su hermano a un inusual acto de generosidad: «Le pedí tanto a Dña. Lucilia que me ayudara, y me ayudó».
… y una lección de fe
Sin embargo, no se limitó a eso la intercesión de tan bondadosa madre. Patricia, de casi no tener trabajo, comenzó a recibir tantas solicitudes que ahora le faltaba tiempo para atenderlas todas.
Además, necesitaba recibir el importe correspondiente a un mes de trabajo realizado por ella, que no le había sido pagado. Le escribió al deudor varias cartas de cobro, sin obtener respuesta alguna. Durante dos meses le había pedido insistentemente a Dios: «Por favor, Señor, ¡que me paguen! ¡Por favor!». Pero no recibió respuesta ni de lo alto ni del deudor…
Entonces empezó a rezarle a Dña. Lucilia con más empeño, en esa intención. Pero se sintió llevada a hacer un acto de desapego y de confianza: «Señor, lo pongo en tus manos. Que se haga tu voluntad, y yo dejo esto de lado». Sólo en ese momento fue cuando recibió el pago.
Ese acto de abandono a la voluntad de Dios, Patricia lo atribuye a la intervención de su celestial protectora: «Creo que ella, por así decirlo, fue actuando en mi corazón para que yo rezara de esa forma. No sólo me consiguió el dinero que necesitaba, sino que también me dio la gracia de cambiar de actitud, de dejarlo todo en las manos de Dios realmente y confiar muchísimo más. Y estoy muy agradecida».
Así, el auxilio de Dña. Lucilia le dio una valiosa lección de fe a Patricia: cuando nos desapegamos de los bienes materiales y ponemos nuestra confianza únicamente en Dios, el resto viene por añadidura (cf. Lc 12, 31).
(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, mayo 2024)
Ante la gravedad de su situación, el equipo médico decidió derivarla al Hospital de las Clínicas, de São Paulo, donde podría recibir un tratamiento más adecuado y seguro. Al llegar allí, un especialista enseguida la advirtió: «Mira, la probabilidad de que sobrevivas a este parto es muy pequeña; de verdad, muy pequeña».
Elizabete Fátima Talarico Astorino
Respondiendo siempre de una manera superabundante a las peticiones que se le hacen, Dña. Lucilia obtuvo aún para Eriane la gracia de ser madre de otra niña. Esta vez, sin embargo, las alegrías de la maternidad se vieron acrisoladas por los sufrimientos resultantes de una enfermedad que le dio la oportunidad de comprobar una vez más la extremosa solicitud de su celestial protectora.
En efecto, este último embarazo fue especialmente complicado debido al diagnóstico de placenta percreta, una peligrosa anomalía que supone un grave riesgo para la vida de la madre y del feto.
Además, Eriane sufrió dos serias hemorragias, la primera de las cuales fue tan fuerte que pensó que había perdido al bebé. En consecuencia, varios médicos le recomendaron que abortara para que salvara su vida. Ella nos cuenta una de esas propuestas: «Tras hacerme una ecografía, el médico me dice: “Mira, tendrás que abortar, sino te morirás”. Le respondí: “Doctor, esa posibilidad de aborto no existe. ¡No existe! ¡Esto es un crimen!”».
Los médicos podían insistir todo lo que quisieran sobre el gran peligro de muerte al que se exponía con su embarazo, pero ella estaba muy decidida a seguir el ejemplo de Dña. Lucilia, quien, en una situación similar, prefirió salvar la vida de su hijo Plinio, aunque fuera a costa de la suya, y le dio al médico una categórica contestación: «¡Doctor, esa propuesta no se le hace a una madre! ¡Ni siquiera debería haberla pensado! A un hijo mío, ¡no lo mataré jamás! Aunque tenga que morir, no mataré a mi hijo».
Ayuda a llevar la cruz hasta el final
De hecho, Eriane tenía una solución mucho mejor para el problema: su confianza en el auxilio de Dña. Lucilia se afirmaba cada vez más; estaba segura de que esta bondadosa madre cuidaría de ella y de su hija.
De todos modos, el sufrimiento y la incomprensión por parte de algunos médicos acompañaron a Eriane durante los largos meses de gestación, pero en ningún momento le faltó el amparo de Dña. Lucilia para llevar esta pesada cruz.
«En fin —narra ella—, el embarazo continuó, durante el cual casi no me levanté de la cama. Necesitaba permanecer en reposo: no podía hacer esfuerzos, no podía caminar demasiado, tenía que hacerlo todo con cuidado. Y para una madre que tiene otros niños en casa, era bastante complicado. Pero Dña. Lucilia no nos abandonó en ningún momento».
«Confío en Dña. Lucilia, todo saldrá bien»
Un día, estando en São Paulo, Eriane tuvo una hemorragia tan fuerte que tuvo que ser ingresada de urgencia en un hospital de la ciudad paulista de Caieiras. Ante la gravedad de su situación, el equipo médico decidió derivarla al Hospital de las Clínicas, de São Paulo, donde podría recibir un tratamiento más adecuado y seguro. Al llegar allí, un especialista enseguida la advirtió: «Mira, la probabilidad de que sobrevivas a este parto es muy pequeña; de verdad, muy pequeña».
Después de darle detalladas explicaciones, el mismo médico le sugirió que se quedara ya hospitalizada ese día, es decir, unas doce semanas antes de la fecha prevista para el parto. Ella le respondió: «No, no voy a estar ingresada, pues tengo otros hijos. Voy a quedarme en casa. Confío en la Virgen, confío en Dña. Lucilia, todo saldrá bien».
A pesar de la situación, y probablemente porque Dña. Lucilia estaba allanando el camino, el médico jefe concordó con la decisión de Eriane: «Está bien, entonces puede irse a casa, ¡pero descanse! Y vuelva el 2 de enero, para que pueda dar a luz el día 3. ¡No puede pasar ni un día más! Está usted en riesgo. Por lo tanto, tenga mucho cuidado».
Siempre amparada durante la prueba
Así pues, regresó a su casa, pasó la Navidad y el Año Nuevo con su familia y regresó al hospital el día acordado. «Entonces comenzaron los sufrimientos — continúa el relato—, durante los cuales rezaba mucho, pidiendo el auxilio de Dña. Lucilia. La operación del parto empezó a las siete de la mañana y terminó a las cinco de la tarde; recibí al menos siete bolsas de sangre. Pero sentía muchas gracias, me sentía acompañada todo el tiempo por Dña. Lucilia. Es como si me dijera: “Hija mía, estás pasando por una gran prueba, pero estoy aquí. ¡Estoy aquí!”».
En verdad, la vida de todo cristiano debe ser un continuo asentimiento a la voluntad divina, hacia la plena identificación con Cristo crucificado. Y, en el camino del Calvario, todos los sufrimientos que podamos juntar a los suyos, son ávidamente recogidos por la Providencia…
Así ocurrió también con Eriane. Después de dos días en la UCI, se estaba recuperando en la enfermería, ante la expectativa de recibir el alta al día siguiente, cuando le diagnosticaron una peligrosa infección. Sigamos con su narración:
«Me llevaron nuevamente a la UCI, para hacerme análisis y combatir la infección. Como empecé a tener convulsiones, los médicos decidieron hacerme una tomografía y descubrieron que tenía una trombosis. ¡Y todo ello en vísperas de recibir el alta!
»Después de más pruebas, los médicos decidieron abrir un acceso en mi cuello para inyectarme un medicamento, pues mi presión estaba bajando demasiado y casi estaba perdiendo el conocimiento. Pero, en medio de todo esto —con el auxilio de la gracia y la asistencia de un sacerdote heraldo—, en ningún momento me desesperé. Veía con una tranquilidad muy “luciliana” el ajetreo de los médicos y la preocupación de mi esposo.
»Sé que me recuperé. En los momentos en que empezaba a preocuparme por mis otros hijos o por mi marido, hacía una breve meditación, imaginándome que estaba bajo el chal de Dña. Lucilia, abrazada y consolada por ella, y todo pasaba.
»Finalmente, salí de la UCI ya recuperada, tomando antibióticos, pero libre del acceso en el cuello y de todo lo demás. Volví a ver a mi pequeña. Después de diecisiete días de hospitalización pude regresar a casa llevándome a Aurora de María conmigo».
(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, mayo 2024)