El inapreciable valor de una vida común sin pretensiones

Si le fuese permitido por Dios, Doña Lucilia bajaría del Cielo a consolar a los que sufren en esta tierra para que esos sufrimientos cesen o, en ciertos casos, que soporten el dolor con resignación y dignidad.

Doña Lucilia tenía horror al Infierno, mezcla de temor reverencial y de asco. Le parecía -y con mucha razón- que son personas muy repugnantes las que allá caen. Y hacía expresiones fisionómicas que expresaban ese asco de manera muy categórica.

Horror a los réprobos y compasión por las almas del Purgatorio

De manera que no debemos suponer -ni mucho menos- que ella tuviera el menor movimiento de compasión por aquellos de quien ni Dios tiene compasión: fueron condenados y mandados al Infierno, y ya está todo definido. Pero sentía mucha compasión por las almas que estaban en el Purgatorio y le gustaba rezar por ellas. Comentaba, de vez en cuando, alguna que otra cosa que había leído en libros de piedad sobre el Purgatorio. Pero su principal atención se centraba en el Cielo y el Sagrado Corazón de Jesús. Me pregunto si ella en el Cielo pediría bajar a la tierra a consolarnos. Me parece que lo pediría y tendría un gusto enorme haciendo eso. Pero con el cuidado de no hacerlo tantas veces que nos quitase méritos. Ella tenía una concepción “dura” de las cosas, es decir, que es necesario sufrir en esta tierra. Y por lo tanto, toda idea de transformar la bondad en un medio para el desaparecimiento del dolor, sería una cosa que ella no vería con buenos ojos.
Doña Lucilia sería, eso sí, muy propensa a bajar a la tierra -si le fuese permitido- y consolar a los que están sufriendo para que, en algunos casos, el sufrimiento termine; y, en otros casos, que las personas continúen padeciendo y aguanten el dolor con resignación y dignidad.

¿Cómo eran celebrados los cumpleaños de la Sra. Doña Lucilia…?

Mamá tenía certeza absoluta que yo comparecería para celebrar su cumpleaños. Vivíamos en la misma casa y, además, ella sabía bien cuánto yo la quería y que por tanto era ciertísimo que estaría presente. Ella podría tener un cierto temor de que yo, atrasado por preocupaciones de mi oficina, llegara tarde, pero no comenzaría la comida conmemorativa de su cumpleaños sin mi presencia. Los convidados ya sabían eso y no insistían, y aunque algunas veces quedase un poco preocupada, no me decía nada para no contrariarme. Lo que yo hacía de mi parte en esa ocasión era algo que parecía imposible de hacer, pero cabía en una circunstancia así: un aumento de mi cariño. Cariño mezclado con un poco de broma que yo hacía con ella acerca de un punto cualquiera y que ella sabía muy bien que eran un gracejo.

Por ejemplo, ya conté, que frecuentemente -creo que debido a esa temperatura aquí de Sao Paulo- cuando la besaba, yo sentía en mi rostro la punta de su nariz ligeramente fría y entonces le preguntaba: “¿Cómo así? ¿Esta con mucho frío en la nariz?” Son bromas que se hacen para darle un poquito de alegría a la vida familiar.

…y los del Dr. Plinio

Celebraba mucho más mi cumpleaños que el de ella, pero eso no dependía de mí. Mi cumpleaños era celebrado en el almuerzo y en la cena con un menú reforzado, mientras que en el cumpleaños de ella había solamente una cena a la que comparecían los parientes más allegados.
Para mí ella siempre mandaba a hacer torcazas, porque cuando estuvimos en Alemania, en el hotel de unos termales de aguas medicinales llamada Wiesbaden, servían pichones de torcaza con cierta frecuencia. Y cuando venían con ese plato a la mesa, yo, siempre muy interesado en asuntos gastronómicos, ya me daba cuenta desde lejos y decía aplaudiendo “¡Mamá, palomitos!”.
Doña Lucilia me hacía señal para yo no hacer ruido en un solemne comedor de hotel. Baste decir que en ese gran salón había un ambiente separado por cortinas, con una mesa ya montada para el Kaiser y personas de la Corte. Cuando él llegaba, corrían las cortinas, tocaban el himno de Alemania, aplaudían, el monarca agradecía, se sentaba y después el almuerzo seguía. Pero a pesar de que la atención de los empleados siempre estaba pendiente de que en los tiempos de vacaciones el Kaiser podía aparecer de una hora para otra, el copero quedaba muy contento cuando traía palomitos porque le gustaba ver mi reacción. Y él procuraba traducir la palabra “palomitos” por “pimbinchen”. No existe en alemán ni en portugués esa palabra; era una mezcla de sub-alemán y mal portugués… Me mostraba de lejos el plato y decía: “¡Pimbinchen!” y yo quedaba muy contento.
Entonces cuando llegaba mi cumpleaños ella mandaba comprar “pimbinchens” en el mercado y los preparaba según una receta especial quedando una cosa deliciosa. Colocaba tres o cuatro “pimbinchens” además de un postre. Todo adecuado. Y cuando llegaban los platos ella me decía: “Hijo, los pimbinchens”. Y yo algunas veces manifestaba mayor alegría para contentarla también.
Esa era nuestra vida común familiar sin pretensiones, pero que para mí tenían un valor sin nombre. En lo relacionado con el cumpleaños de ella, Rosé -mi hermana- se encargaba del regalo, porque en general eran artículos para señora de los que yo no tenía la menor idea. Acordaba con mi hermana, arreglábamos las cuentas y ella hacía la compra. De tal manera que yo a veces ni sabía lo que se le había regalado y mamá sabía que eso era así.

Evidentemente hacíamos más oraciones el uno por el otro pero no dialogando. Son cosas del modo de ser paulista antiguo. Eso no quiere decir que sea lo ideal pero tampoco me parece reprensible. Me parece un modo de proceder que podría tal vez ser mejor, pero así estaba bien.

(Extraído de conferencia de 22/4/1993)

A los débiles coraje, a los valerosos humildad

Doña Lucilia actúa en las almas de un modo muy suave, transformando las personas como sin que ellas se den cuenta. Ni siquiera es preciso hacer grandes propósitos; es necesario que ella sea constante, y no nosotros. Durante los acontecimientos previstos en Fátima, ella tendrá un papel muy importante, dando coraje a los débiles, humildad a los valerosos, y a todos mucha unión con Nuestra Señora.

Toda convivencia está compuesta por dos elementos: un estado de alma y un modo de tratar.

Un fondo de continua contemplación

La convivencia con mi madre era medio indefinible, porque su estado de alma tenía un  fondo de continua contemplación. Tratando de los asuntos domésticos con alguien, ella lo hacía de modo semejante al de dos personas que estuviesen conversando dentro de un santuario. Su fondo de alma era siempre sacral, serio, elevado, muy respetuoso. Eso era algo estable, fijo, aunque la sacralidad haya crecido con el tiempo. Este era el estado de espíritu con el que ella llevaba la conversación, con una gran benevolencia para con la persona con quien hablaba, pero moderada por una especie de intransigencia vigilante. Si alguna cosa contrariaba los principios morales, ella la rechazaba y no cedía, y creaba un ambiente en el que aquel error no tenía ciudadanía. No era una persona ingeniosa, sino una oyente muy atenta a todo lo que se narraba, y era interesante contarle, porque mi madre tenía pequeñas reacciones curiosas, dando ánimo, nunca con amargura, siempre con confianza en la Providencia de que las cosas saldrían bien, de manera que cerca de ella uno se sentía animado y confortado continuamente.
El trato era invariablemente hecho de una mezcla de afecto y de respeto. Ella respetaba a cualquier persona, por mínima que fuese, en el grado de aquella persona; no era igualitaria en nada. Siempre con un modo de dignidad que con ella no se facilitaba, no había la posibilidad de una broma irrespetuosa o impertinente.
Pero lo que proporcionaba un perfume a todo eso era un desapego continuo. Siempre pronta a sacrificarse por cualquiera, de cualquier forma, a cualquier hora, de buena voluntad; solo le faltaba agradecerle a la persona la oportunidad de sacrificarse por ella. Nunca la vi ceñuda. Así era ella en la intimidad, el tiempo entero, en las cosas más pequeñas. Al mismo tiempo, tenía la afabilidad más cariñosa que se pueda imaginar hacia los niños, la flexibilidad para ayudar de cualquier modo, con mucha elevación. No obstante, una elevación que eleva a los otros en vez de aplanarlos, con la mirada de una persona que no presta mucha atención en las cosas concretas y, sobre todo, no está puesta en sí misma.
En un niño educado en el contacto con una señora así, toda la inocencia primera tiene un elemento de estímulo enorme, en el sentido de considerarla como un paradigma de persona como se debe ser, que abre una clave y genera un ambiente que nadie más crea.

Inspiró y preservó la inocencia primera del Dr. Plinio

¡Era algo único! Cuando estaba con mi madre, yo sentía que entraba en una atmósfera luminosa, fluida, invisible y muy visible creada por ella. La inocencia primera cantaba y se encantaba. A veces, cuando ella me contaba una historia, me quedaba atendiendo

más a ella que en la trama. Eso me sirvió también como elemento de preservación hasta cumplir más o menos veinte años. Ella servía de abastecimiento continuo para la
fidelidad a mi ideal, y de cierta forma representaba ese ideal, que ella poseía de un modo vivo, aunque no sabría presentar en términos doctrinarios. Era yo quien hacía la doctrina sobre lo que era mi madre, y que ella no sabía explicitar.
En cierto momento el papel se invirtió y yo comencé a darle la doctrina. Ella prestaba mucha atención y se veía que aquello entraba profundamente en su alma. Por ejemplo, la devoción a Nuestra Señora.
Ella me inspiró la inocencia primera y después la preservó, evitó que se destruyera, dándome muchos elementos para formar los arquetipos del hombre como debe ser.
Para eso, mi madre contaba muchas historias de personas de su tiempo. Los personajes eran arquetipizados por ella. Así, mi madre formaba arquetipos basados un poco en la leyenda y un poco en la Historia. Como su alma tenía mucho de lo que ella modelaba, una cosa completaba la otra, y enseñaba cómo debe ser un varón verdaderamente católico.
La actitud de alma que se debe tener es dejarla actuar, porque ella actúa en el alma de un modo muy suave, de quien no pide permiso para entrar, de manera muy íntima, interna, y al mismo tiempo con una cierta fuerza de influencia que transforma a la persona, como sin que esta se dé cuenta. No es necesario hacer grandes propósitos. Es necesario que ella sea constante, y no nosotros.
Después de su muerte, Doña Lucilia ha tenido una actuación que nunca imaginó cuando estaba viva. Pienso que en los acontecimientos previstos en Fátima ella tendrá
un papel muy importante, dando a los débiles coraje, a los valerosos humildad, y a todos mucha unión con Nuestra Señora.

(Extraído de conferencia de 23/12/1974)

 

Sentido del holocausto

Doña Lucilia no concebía las alegrías del Cielo como un eterno
prolongamiento de Hollywood. Pero sabía que los sufrimientos de esta
vida terrena, soportados con paz y serenidad, preparan una eternidad
donde todo se compensa, se ajusta, se arregla, y la axiología
 se satisface
enteramente. Ella tenía un sentido del holocausto llevado hasta el
máximo grado, y hacía todas las cosas para adorar a Nuestro Señor,
comprendiendo que su actitud causaba alegría a su Sagrado Corazón.

Doña Lucilia tenía el vocabulario elevado, aunque doméstico, de una señora de su tiempo. Ella no sabía construir una bonita frase, sin embargo, nunca cometía un error de gramática. Muchas veces yo prestaba atención. Incluso ciertos defectos pequeños: por ejemplo, repetir una palabra en la misma frase, no le salía.

La madre perfecta

Mi madre era muy educada, pero su modo de ser no se explicaba en términos de educación. Ella utilizaba incluso las reglas de educación, pero en el modo de usarlas entraba una bondad muy grande. En ella no había una sola aplicación de reglas de educación en que no entrase su alma. No tenía una actitud fría, meramente protocolaria. No sé si era capaz de eso.
Para mí, ella fue la madre perfecta. Cuando yo llegaba de la ciudad, generalmente la encontraba haciendo alguna cosa, escribiendo una carta en mi sala de trabajo, o en su cuar
to arreglando las cosas en una gaveta con objetos que ella movía y removía de todos los modos.
Cuando la encontraba en mi sala de trabajo, veía que ella había pasado mucho tiempo allí esperándome y queriéndome bien, contenta por estar en un ambiente que, según su parecer, estaba marcado por mí. En realidad, era marcado por ella, pero según su parecer de madre estaba marcado por mí, porque yo trabajaba mucho en la sala de trabajo y pasaba, por lo tanto, bastante tiempo allí.

Así, al entrar en la sala de trabajo la encontraba impregnada de bienquerencia y de espera.

Así, al entrar en la sala de trabajo la encontraba impregnada de bienquerencia y de espera. Pero tengo la impresión de que si yo – Dios me libre – hubiese hecho algo malo a mi madre, ella me recibiría de la misma forma, y tal vez aún con más afecto.
Es necesario hacer notar este punto, y así toda la doctrina de Nuestro Señor en el Evangelio sobre el perdón de los pecados se entiende con ese ejemplo más próximo a nosotros, que la ilustra.
Hay un corolario: ella no era enemiga de nadie, primer punto. Y segundo punto, no era indiferente a nadie. Ella no tenía la indiferencia que se tiene para con un anónimo. Cualquier persona era un hijo de Dios, un católico, y ella no quería que sufriese nada malo. De ahí resulta que, por ejemplo, aunque casi no conociese a los jóvenes que venían a casa, si estuviesen leyendo cualquier texto en el
hall, cuando ella pasaba cerca mandaba inmediatamente un recado por medio de la empleada para que ellos no leyesen ahí, porque perjudicarían sus ojos, debido a la poca luz de aquel ambiente.

Respeto no en pie de guerra,sino de corazón abierto

De parte de ella, todos los agrados y cuidados posibles. Eso era continuo. Sin embargo – para ver cómo era su psicología –, ella sabía que conmigo, con algunas deliberaciones tomadas no había otra salida: están tomadas.
Cuando yo era muy joven tenía el hábito de leer acostado. Constaba en el tiempo de ella que leer acostado hacía mal a la vista. No sé si es verdad. Y mi madre me llamó la
atención más de una vez, con su afabilidad característica: “
Filhão (Del portugués, aumentativo afectuoso de hijo), estás leyendo acostado, ¡eso hace mal a la
vista!” pero a mí me parecía que esa era la posición ideal para leer y estudiar. ¡Por lotanto, así tenía que ser! Yo le dije a ella una vez, sin la más mínima brutalidad: “¡Mãezinha (Del portugués, diminutivo afectuoso de madre), no insista, porque no voy a cambiar ese hábito!” Hasta su muerte, ella nunca más insistió. Se dio cuenta de que había sido una deliberación que yo había tomado, y no había otra salida. Y, por lo tanto, no valía la pena insistir, sino tener resignación. Doña Lucilia tenía una forma de sensibilidad como no conocí en nadie. Digo más: yo fui muy beneficiado con eso, porque si yo no la hubiese conocido, tendría dificultad para comprender cómo es eso. Porque hay ciertas cosas que un libro no muestra. Esa forma de sensibilidad, para quien no fuese un bruto o un animal, era tocante.
Inclusive en esto: si ella estuviese sentada a mi lado, ya estoy viendo…
Naturalmente, ella consideraba el adjetivo “animal” altamente despreciativo. Ella enseguida golpearía levemente mi mano – eran tres toques con mucho afecto para conmigo y mucha compasión para con el otro –: “No, pobrecito, al fin de cuentas, nosotros lo queremos bien, ¡perdonémoslo!”
Sin embargo, en materia de regla,deber es deber, por lo tanto, hay que cumplirlo. Ese es otro asunto. Mi madre no era una persona a quien se le faltase el respeto. Ella sabía muy bien hacerse respetar. Sin embargo, no era en pie de guerra – un respeto de lanza en ristre –, sino un respeto de corazón abierto.
¡Eso se volvió tan raro que no sé qué decir!

El Dr. Antonio protege y defiende en juicio a un enemigo…

Dr. Antonio Ribeiro dos Santos, abuelo materno del Dr. Plinio

Para hablar desde el lado natural, Doña Lucilia contaba episodios de la vida de su padre que hacían ver que había algo hereditario en eso.
En aquel tiempo, la campaña electoral de un político se hacía a lo largo de un recorrido en tren, porque no había carreteras, y el político bajaba en una u otra estación y conversaba con quince o veinte personas. Así hacía un viaje político. En el trayecto entre Pirassununga y São Paulo mi abuelo tenía muchas relaciones e influencia electoral en varias ciudades.
En una de esas ciudades había un opositor, de apellido Morais, que disputaba la influencia con mi abuelo, cuya señora se entendía muy bien con mi abuela. Ella le decía a mi abuela sin disimulos: “Mi marido no tiene juicio. Él debería ser amigo del Dr. Ribeiro (Dr. Antonio Ribeiro dos Santos, abuelo materno del Dr. Plinio) y seguirlo. Yo tengo una confianza en el Dr. Ribeiro que no tengo con mi marido.” Un día mi abuelo estaba viajando y el tren paró en una ciudad donde notó un bullicio y preguntó qué pasaba. Le contaron que Morais había sido acusado de un crimen en esa ciudad, había huido a São Paulo, había sido apresado por la policía y llevado de regreso al interior. Entonces los enemigos de Morais, amigos de mi abuelo, estaban esperando la llegada del acusado, que sería juzgado allá al día siguiente, para recibirlo con abucheos. Él ni siquiera tenía quién hiciese su defensa, pues los abogados se habían esquivado de defenderlo, por “respeto humano”, para no ser mal vistos en la ciudad. Y Morais estaba desesperado.
Mi abuelo les dijo: “Me sorprende que Uds. le estén haciendo eso a un enemigo vencido. Sepan que yo voy a esperar a Morais, y les pido que no lo abucheen, porque le voy a dar mi mano, y si Uds. lo abuchean, me estarán abucheando a mí. No permito que un enemigo mío, derrotado, sea tratado de esa manera.”
Llegó el tren que traía a Morais con los guardias. Mi abuelo se acercó, lo saludó muy cordialmente – y le dijo:– Morais, ¿quieres ir conmigo hasta la prisión? Si vas conmigo, te garantizo que no habrá nadie que te abuchee.
– Ribeiro – respondió él –, en esta situación en que me encuentro, acepto.
Los dos fueron caminando hasta la prisión, que quedaba cerca de la estación del tren,  en medio de los enemigos de Morais quietos, por causa de la presencia de mi abuelo.
Al llegar a la prisión, mi abuelo le dijo:
– Estás sin abogado. Nosotros no nos llevamos bien, pero, si quieres, interrumpo mi viaje, hago aquí una parada y preparo tu defensa. Morais aceptó.
Mi abuelo pasó la noche trabajando. Al día siguiente, por lo que contaba mi madre, había hecho una defensa maravillosa y encontró una forma de que Morais quedase libre. Era comprensible, por no tratarse de un bandido profesional, sino de un hombre de buena condición que de repente, por una cuestión electoral, cometió un crimen.
Esa forma en que mi abuelo trató a Morais no impidió que este después hiciese canalladas contra él, de lo cual aquí estamos seguros, porque la gratitud es muy rara.

… y lo socorre en la hora de la muerte

Residencia de la Familia Ribeiro dos Santos, en São Paulo, donde el Dr. Plinio pasó su infancia y juventud

Años después, mi abuelo se mudó a São Paulo, perdió contacto con Morais y no pensó más en eso. En una noche fría, de llovizna – no había teléfono en São Paulo –, tocan la puerta de la casa. Alguien traía una carta de la mujer de Morais para mi abuelo, diciendo: “Dr. Ribeiro, estamos en la situación más atroz que puede haber. Mi marido se está muriendo de tuberculosis. Nos encontramos en pésimas condiciones; no tenemos víveres, ni cama, estamos durmiendo en un colchón sobre el suelo, y ni siquiera tenemos remedios. ¿Será que puedo contar todavía con su generosidad, para darnos dinero para alimentar a Morais, etc.?”
A esa hora de la noche, mi abuelo mandó a venir un tílburi, un pequeño carruaje que existía antiguamente, a pesar de la llovizna, etc., fue a la casa de Morais, llevando víveres, cobijas y otras cosas, para Morais y su mujer. Al llegar allá, preguntó cuál era la fórmula del médico y fue a una farmacia. El farmaceuta dormía, pero él hizo que abriesen la farmacia y compró el remedio. poco después, Morais murió con la cabeza apoyada en una almohada, en los brazos de mi abuelo, que, si no me engaño, había llevado la almohada. Y Morais estaba con una enfermedad contagiosa, que en aquel tiempo era casi incurable…
Mi madre contaba esa historia con mucho entusiasmo por su padre. Y hacía eso evidentemente con la intención de que yo siguiese el buen ejemplo. Eso era patente. A propósito, ella hacía muy bien, estaba dentro de su papel de madre.
Ella me contó el caso de Morais más de una vez, y nunca manifestó ninguna acidez contra él. Mi madre explicaba muy bien cómo Morais era malo, para que yo comprendiese la generosidad de su padre. Si Morais estuviese vivo y necesitase ayuda de mi madre, ella haría lo que fuese necesario en ese momento.

Una señora rusa de alta condición social pide consejo a Doña Lucilia

Hubo también un hecho que se dio en un hotel en París. Cierto día, una señora rusa de alta condición social, tocó la puerta del cuarto de mi madre y dijo:
Madame, ¿me permite? Yo veo en Ud. tanta bondad que, aunque no tenga ningún derecho de venir a expandir mi dolor con Ud., vengo a pedirle permiso, tenga paciencia conmigo. Voy a exponerle el sufrimiento que tengo, y voy a preguntarle si Ud. tiene un consejo a darme…
Pueden imaginar si el pedido fue atendido… ¡Ella era hecha para atender!
– Entre, por favor, siéntese, conversemos.
La señora contó que le habían detectado un cáncer. Era una enfermedad incurable, y ella estaba con pavor.

Aquí entraban los jeitinhos (En portugués, forma hábil e inteligente de resolver un problema o de salir de una situación difícil) de Doña Lucilia. Ella tenía cierta experiencia de la enfermedad, como tiene una dueña de casa atenta a esas cosas para el cumplimiento del deber, pero no tenía un sentido clínico especial. Pero ella le daba una jeitinho a las cosas. Ella oyó todo y dijo:
– Mire, ¿el médico le dio la certeza de que eso es cáncer realmente y de que es incurable?
– Sí,
Madame, el médico me la dio.
– Pero, vea, los médicos se pueden engañar. Yo le aconsejo que vaya al Dr. Fulano, que es un gran médico aquí en París y puede hacer un examen mejor. Le aconsejo mucho que vaya allá. Espere y tenga confianza en Dios que eso se arregla.
La rusa lloró, se terminó de secar las lágrimas y fue al médico. Y después no se encontraron más en el hotel. Pasado algún tiempo, mi madre recibió una carta de la rusa diciendo que no sabía cómo agradecer. Había ido a consultar al médico, y este le había dado un remedio que la curó, alejando de ella la pesadilla.

La acción de mi madre es de una naturaleza que recompone, y el afecto que ella tenía para con los otros era desinteresado. Ella quería el bien de los otros porque es bueno, en sí, que los otros estén bien. El orden creado por Dios pide eso. Y, por lo tanto, lo hacía por amor de Dios.

Quería el bien de las personas sin esperar ninguna retribución

Por ejemplo, en ese pequeño episodio de los jóvenes que estaban leyendo en el hall poco iluminado, ella se inquietó porque era una tristeza, en su concepción oculista, que estuviesen comprometiendo la propia vista. Eso en sí es un mal, no solo por no estar de acuerdo con el orden de las cosas, sino también porque van a estar sufriendo, con perjuicio por perder algo que Dios les dio, que es una buena vista. Y ella quería el bien de ellos, sin esperar ninguna retribución. Se ve que en el fondo estaba la idea del amor de Dios.
Mi madre tenía una noción de orden muy clara, acompañada de la idea de que en esta Tierra esas cosas no tienen recompensa, pero que las grandes tristezas de la vida preparan en el Cielo alegrías nobles y serenas, así como esas tristezas eran nobles y serenas.
Ella no concebía la alegría en el Cielo con pandereta en mano, como un eterno prolongamiento de Hollywood.
Sino una cosa diferente. Toda la paz, toda la serenidad que ella tenía aquí en medio de la tristeza, preparaba una eternidad donde todo eso se compensa, se ajusta, se arregla, y donde la axiología (Ramo de la Filosofía que estudia los “valores”, es decir, los motivos y las aspiraciones superiores y universales del hombre, las condiciones y razones que orientan su existencia, para los cuales él tiende por un impulso inevitable de su naturaleza) se satisface en sus últimos postulados. Es la fe católica, evidentemente.
Entraba mucho una adoración personal a Nuestro Señor, y, sabiendo que el Corazón de Él quedaría alegre con su actitud, ella lo hacía para adorarlo. Todas esas razones constituyen un sentido armónico y un sentido del holocausto llevado hasta el máximo grado.
No vi a nadie llevar el holocausto hasta el punto al cual ella lo llevó.
¡Yo la conocí ya así, y ella fue de ese modo el tiempo entero!

Solo aceptaba cartas manuscritas

Solo aceptaba cartas manuscritas

¿Se acuerdan de aquella historia cuando, de niño, yo pasaba de mi cama a la de ella y me sentaba encima de su pecho para despertarla? Abría sus ojos con mis manos. Yo me daba cuenta de que ella pasaba inmediatamente de un sueño profundo a una actitud de perdón. Tan pronto como ella notaba que era yo quien estaba allí, enseguida se sentaba. No era una actitud ambigua para ver si yo volvía a dormir dentro de poco. Ella renunciaba a retomar su sueño. Abría un paréntesis en el sueño y jugaba conmigo, me decía cosas, me agradaba, etc.
Yo me sentía tan invadido por esa bondad, que las angustias de la noche huían. Me acordé de eso cuando, leyendo la vida de Santa Teresita del Niño Jesús, oí hablar de las tentaciones que ella tenía durante la noche. Ella decía entonces que no comprendía por qué en el Oficio las carmelitas rezaban: “Para que huyan los malos sueños y los fantasmas nocturnos…” Eso era porque había angustias nocturnas.
Tengo la impresión de que yo me despertaba angustiado. Me sentía aislado, inseguro, mal, en una especie de naufragio. Además, era enfermo y débil. Entonces pasaba a la cama de ella, sin tener la más mínima duda. Yo sabía que iba a ser bien recibido a cualquier hora de la noche.
Y cuando ella me hacía acostarme de nuevo en mi cama, yo me acuerdo que en más de una ocasión reflexionaba: “Propiamente yo me las arreglo con ella. ¡Con mi madre me las arreglo hasta el fin, porque ella no me niega nada!” Creo que eso me calmaba, entonces dormía bien. Al día siguiente era más confianza, quererla más, más respeto, más admiración…
A propósito, ¡es preciso decir que yo la quería muy bien hasta donde me es posible querer bien a una persona! Naturalmente, Nuestro Señor y Nuestra Señora están por encima de toda comparación. Pero yo la quería totalmente bien, hasta donde podía querer bien a una persona.
Pero, vean bien, ella no tenía bondades relajadas. Ella insistía conmigo en las cosas más pequeñas. Cuando yo salía de São Paulo siempre le escribía cartas, y a ella le gustaba, las leía, las volvía a leer y las guardaba.
Pero yo omitía poner la fecha, porque toda la vida tuve pereza de escribir. Y tenía un defecto cualquiera en la mano, por el cual me dolía un poco al escribir; además, tenía letra muy fea. Todo eso hacía que no me gustase escribir. Y ella solo quería carta escrita a mano, no aceptaba hecha a máquina. Decía que carta a máquina era inexpresiva, y que ella no me sentía en la carta escrita a máquina. Y tenía razón. Yo escribía a máquina rapidísimo y en cinco minutos salía una carta enorme, evidentemente desbordante de cariño.
Pero ella no quería. Afirmaba que la tomaba como no recibida.
Yo cedía, porque ella tenía derecho a querer eso de mí. Pero, por pereza de escribir no ponía la fecha. En la respuesta, ella recordaba: “
Filhão querido, cuando me escribas, no olvides poner la fecha arriba…” En la siguiente ocasión yo me olvidaba y ella insistía de nuevo. ¡Eso era hecho con tanta dulzura, que yo quedaba literalmente encantado!

(Extraído de conferencia del 31/8/1985)

 

Manifestación de acogida, gentileza y bondad

Doña Lucilia tenía una noción muy profunda de la maldad del género humano, que se reflejaba en las personas con quien ella trataba y le causaban decepciones. Pero ella las acogía sin ninguna acrimonia, acidez, ni recriminación; era llena de perdón y de bondad. No obstante, en ella no había ni una gota de ilusión a ese respecto.

e vez en cuando me vuelve al espíritu la actitud de Doña Lucilia con relación al proceso revolucionario, con la curiosidad de recoger pequeñas reminiscencias que me permitan ver y describir mejor cómo era ese asunto.

Noción profunda de la maldad del género humano

Hay ciertas nociones preliminares que, aunque estén al margen del asunto, deben ser consideradas. Una persona del siglo XIX era mucho más atenta a los propios dramas interiores, que una persona posterior a la Primera Guerra Mundial.
Si hay una cosa poco desarrollada en las atmósferas marcadas por el “hollywoodismo” es la sensación, la idea del drama interior, de un elemento que le falta a un alma para que se complete, aquello que la hace sufrir. Esas cosas que el romanticismo del siglo XIX consideró con un lente de aumento, el siglo posterior las comprimió al máximo posi
D ble. Una persona dramatizaba mucho más ciertas situaciones infelices en el siglo XIX, porque las tomaba mucho más en serio, llevándolas con cierta tendencia a la exageración.

En mi madre no noté una tendencia a la exageración, pero ella era muy seria. La fotografía de ella muy joven indica mucho eso. Ella llevaba la seriedad hasta el último límite. Y por esa causa, Doña Lucilia consideraba ciertas situaciones interiores sobre todo bajo el siguiente aspecto: ella notaba que en un mundo feliz – los hermanos, la familia en general, bien instalados – ella era infeliz, porque había sufrido enormemente con la operación realizada en Alemania, en 1912. Además, con sinsabores que también la habían hecho sufrir mucho cuando joven. Le quedaba, entonces, una idea de que ella estaba muy marcada por el sufrimiento y que la Providencia la había escogido para eso.
Por otro lado, la idea de que la transformación que ella observaba en su entorno, que repercutía dentro de ella, resultaba de una profunda maldad del género humano. Ella tenía una noción muy profunda de esa maldad, sin acidez, sin recriminación, llena de perdón y de bondad, pero en la cual no había ni una gota de ilusión. Eso con respecto al conjunto de la humanidad y que, por lo tanto, reflejaba en las personas con quien ella trataba y con quien tenía decepciones, aunque sin ninguna acrimonia.

Una gracia que no existe fuera de la Iglesia Católica

Uno de los aspectos de su alma que más me encantó fue verla, a lo largo de su vida, sufrir muchas cosas midiendo hasta el fondo cada sufrimiento, sin hacerse ninguna ilusión. Y después tratar todo con bondad, con un perdón que me hacía recordar a la Iglesia del Corazón de Jesús, en São Paulo, y aquella atmósfera de innegable perdón que allá existe.
Ella parecía muy modelada por eso. Por esa razón ella me llevó a considerar muy desconfiadamente el género humano. La cuestión se ponía así:
hasta las mejores personas, a quien razonablemente más se quiere, en el fondo, desilusionan. Y si no desilusionaban a todos, por lo menos, la desilusionaban a ella. Y al desilusionarla indicaban que tenían aspectos malos. Ese era, entonces, un aspecto triste y hasta desolador de la existencia humana, considerado, no obstante, con mucha suavidad, pero dejando trasparecer en la mirada una perplejidad: “Veo claramente cómo es eso, pero, ¡qué cosa asombrosamente pésima!”
Por la fotografía se nota que no hay acrimonia, ninguna acusación, ninguna recriminación. Apenas existe una especie de perdón como quien dice: “Deje que eso sea así, yo voy a seguir siendo buena. Eso se explica en Jesucristo Nuestro Señor y no de otra forma, pero se explica realmente”.
Si hay algo que no es natural, es eso. Es decir, es una gracia sobrenatural recibida en el Bautismo, que no existe fuera de la Iglesia Católica y dentro de ella no es frecuente. Fuera de la Iglesia Católica es inútil buscar, porque no existe. Es una gracia que forma la persona en Nuestro Señor Jesucristo.
Hay una jaculatoria dirigida a Nuestro Señor: “¡Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro!”. Es una gran gracia. A propósito, fue lo que Nuestro Señor nos enseñó durante toda su vida. La actitud de Él con nosotros durante la Pasión, por ejemplo, fue esa todo el tiempo.

Un torbellino de afecto, de comprensión y de cariño

Nuestro Señor vio el mal, claro. Pero a Él no se le muestra así. Se presenta su tristeza, pero no se llega a decir tajantemente que esa tristeza se debe a que Jesús veía el mal en los otros.

Imagen del Sagrado Corazón ofrecida a Doña Lucilia por su padre


Hay un trecho del Evangelio en el cual el evangelista hace este comentario: “Habiendo amado a los suyos que estaban en este mundo, los amó hasta el extremo”
(Jn 13, 1). Doña Lucilia daba prueba de ese amor hasta el fin. Yo creo que esa es propiamente la expresión, la irradiación de Nuestro Señor, y también de Nuestra Señora: Salve Regina, Mater misericordiæ y todo el resto, muestran la posición hacia el pecador.
De ahí resulta su devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Y eso modelaba su alma de tal manera que, al final de su vida, habiendo sufrido todo lo que sufrió, cuando comenzaron a aproximarse a ella algunos de mis jóvenes seguidores, noté que ella se dejó tocar por ese afecto, creyendo en él enteramente. Por tanto, ella ni siquiera había perdido ese frescor de alma por el cual la persona está dispuesta a creer y a esperar una vez más, aunque haya tenido mil decepciones.
De repente apareció en su vida, a punto de terminar, un torbellino de afecto, de comprensión y de cariño al cual ella se entregó con toda bondad.
Ahora bien, la reacción “normal” sería: “Yo estoy por morir, no voy a embarcarme en la milésima decepción de mi vida. Le cierro la puerta.”
Eso corresponde a una forma conmovedora de perdón. No de un perdón bobo, sino con un profundo discernimiento.
Para utilizar una imagen, era más o menos como cierta hierba cuando es pisada; el pie del hombre dobla la hierba, pero poco a poco ella vuelve a su estado natural. Así era Doña Lucilia. Minutos después de recibir la ofensa, ella estaba con la misma bondad,  nclusive con la misma persona que la había hecho sufrir. Hay almas que, a fuerza de sufrir, quedan como alguien que, debido a un reumatismo, tienen rígidas todas las articulaciones del cuerpo, y por eso les cruje y les duele cualquier movimiento. Es horrible, es triste. Si hay alguien que no era así, fue mi madre. Arquetípicamente no era
así. Ella manifestaba, a cualquier momento, una acogida, una gentileza, una bondad, asombrosa. Era la actitud de un alma consciente de toda la maldad del hombre, pero sabía que podían existir, axiológicamente, criaturas humanas que correspondiesen. Y ella llevó esa certeza tranquilamente hasta el fin.

(Extraído de conferencia de 31/8/1985)