La victoria es de los que sufren bien

A pesar de todos los sufrimientos, Doña Lucilia, la madre del Dr. Plinio, era
suave, tranquila, sin la menor señal de desesperación. Comprendía en toda su
extensión cuáles eran los dolores de la vida, segura de que en el fondo la victoria es de los que sufren, y tenía siempre sus ojos vueltos hacia el Sagrado Corazón de Jesús.

Doña Lucilia nació en un período muy diferente al nuestro, que en Europa tal vez ya había comenzado a declinar un poco, pero en Brasil todavía vivíamos plenamente el régimen del romanticismo.

Romanticismo y hollywoodismo

El romanticismo era una escuela de pensamiento mediocre, aunque tomó cuenta del mundo, y que erigía como principio que el sentido verdadero de la vida del hombre estaba en el dolor; si el hombre sufriese mucho realizaba su existencia. Exactamente lo contrario de un principio peor aún, que era “hollywoodiano”, según el cual la vida del hombre está en el placer: si gozase intensamente la vida, habría realizado su finalidad.
Ella nació en el último período del romanticismo y asistió a la salida del sol espurio del “hollywoodismo”.

Según la escuela del romanticismo, la persona debía examinar su propia vida y buscar en ella lo que era o podía ser una causa de sufrimiento. Los partidarios de esa escuela decían – y en eso tenían razón, pues el mal absoluto no existe – que todo hombre que examine bien sus condiciones de vida encuentra razones de sufrimiento, y debe estar atento a esas razones, comprendiendo que muchas veces no son removibles. Entonces, es necesario aceptar ese dolor reconociendo – otra cosa verdadera – que es un factor de valorización del alma.
En efecto, en lenguaje católico, el dolor es un factor de santificación y es necesario aceptarlo, aunque, siendo posible, podamos y hasta debamos procurar remover los padecimientos que vengan a nuestro encuentro, por permiso de la Providencia.
Por ejemplo, una enfermedad. La persona está enferma, pero tratándose bien puede curarse. El verdadero sentido común no es decir: “¡Dios mío, Vos me mandasteis una enfermedad; yo
abro mis brazos y me entrego!” ¡Bueno, tome un remedio! O una actitud todavía más dura: haga un régimen, pero no lloriquee por lo que usted puede remediar. Dios le envió la enfermedad, pero también el remedio y el dinero para comprarlo. Entonces compre el remedio, tómeselo y acabe con esa enfermedad y también con ese lloriqueo.
No obstante, hay enfermedades y sufrimientos que no se pueden remover. La persona debe aceptarlos: “La Providencia quiso que toda mi vida yo sufriese eso, voy a aceptar de frente, y no procurar cerrar los ojos al significado de mi dolor; por el contrario, voy a verlo por entero: todo lo que pierdo, todo cuanto sufro y aún sufriré por esa causa, y a preparar mi alma como un guerrero se prepara para la guerra.”
Y el enfrentar consiste muchas veces en trabar una lucha más dura que la propia enfermedad o la propia prueba. Por ejemplo, la persona tiene una enfermedad y padece por esa razón. La reacción podría ser: “¡Ay, ay, ay…! ¡Cómo estoy sufriendo!” La verdad no es esa: “¿Usted está sufriendo? Está bien, pero su vida no está hecha solo de sufrimiento, hay otras cosas buenas: pan con mantequilla, por ejemplo. ¡Coma pan y mantequilla, trabaje, luche, ponga su ideal donde debe estar, es decir, al servicio de la Santa Iglesia, para la derrota de satanás, y ponga el pecho!”

Dureza de alma en el trato

En el caso de Doña Lucilia, ella veía dos situaciones. En el tiempo de ese romanticismo, se daba una importancia muy grande a la belleza física femenina, y que la hermosura del rostro tenía una importancia mucho mayor que la del cuerpo. La mujer podía ser una “ballena”; pero si tenía un rostro fantástico, todo estaba aprobado. Pero si ella no era muy bonita de cara, pasaba al último lugar.
En cada familia, la joven querida, admirada, apreciada, era la hija bonita. Y la hija que tuviese un rostro común, por más amable, gentil y cortés que fuese, por más que tuviese buen gusto en el modo de vestirse, no siendo bonita pasaba a un segundo plano. Ahora bien, Doña Lucilia no era considerada bonita por sus contemporáneos, y por esa causa, en el plano de las jóvenes de sociedad, ella pasaba a un segundo lugar. Entonces, en los afectos, en los cariños – no diré de los padres y de los hermanos, sino
del resto de las relaciones – ella pasaba a un plano secundario, y en el primero quedaban las otras.
La estupidez de ese procedimiento, el modo agudo como eso se hacía sentir muchas veces, se mostraban en lo que para ella era el verdadero sufrimiento: la dureza de alma de los otros, y no el hecho de que ella quedase en un segundo plano.

Falsa filosofía de la vida

Voy a contar un pequeño caso ocurrido con una familia determinada, y que hace sentir el asunto vivamente.
Un abogado con una gran oficina en São Paulo ganaba muy buen dinero, y tenía una cliente que le daba muy buenas causas. Era una viuda – o una solterona, no recuerdo bien ese pormenor –, muy rica. Esa señora tenía ya unos sesenta años o más y se enfermó, y no había quien la cuidase. Entonces ese abogado se puso de acuerdo con su esposa y convidaron a esa señora a ir a tratarse en la casa de ellos. Entraba caridad y, probablemente, los negocios de la oficina también.
Mi madre frecuentaba asiduamente esa casa, y, habiendo quedado con mucha pena de esa persona enferma, la trataba con todo cuidado, siendo muy amable y gentil. En esa casa vivía una joven muy bonita que decía:
– Lucilia, tú haces el papel de boba. ¿Por qué la tratas con tanto cariño, le llevas flores, le muestras libros con grabados y tantas cosas para distraerla, cuando ella en el fondo no te quiere? Ella me quiere muy bien a mí.
– Tengo pena de ella – respondió mi madre.
La otra dio una carcajada:
– ¡Tú eres boba! La pena no existe, lo que existe es el interés. La otra tiene interés en agradarme y no en agradarte a ti. Mientras ella esté enferma, va a recibir muy bien tus caricias. Pero si estás aquí presente cuando ella se vaya, vas a ver la manera como ella me agradece a mí y ti. A mí, que una vez por día me acerco a ella, converso con ella algunos minutos y me voy, verás los besos que me va a dar. En cuanto a ti: “Lucilia, muchas gracias”.
A mi madre le pareció improbable tal actitud. En la hora de la despedida, ella estaba allá. La señora enferma le dijo a la joven bonita:
– Muchas gracias por todo lo que hiciste por mí, te estoy muy agradecida, dame un beso, y uno más; jamás me olvidaré de tus caricias.
Después le dijo a mi madre, que estaba al lado de la otra:
– Lucilia, te estoy agradecida, tú fuiste muy gentil conmigo.
¡Esa es la vida, eh! No sé si en la época dura en que estamos es necesario explicar que la vida es así, pues da la impresión de que eso no es una novedad para nadie.
Lo que estaba implícito en el modo como la joven bonita lo decía era: “Yo soy bonita y tú eres fea. Por lo tanto, a ti nadie te da importancia. Tú no consigues nada con nadie, porque bonita soy yo”.
Eso constituye una filosofía de la vida falsa y pésima. Pero, quiérase o no, es una filosofía de la vida.

Fuente de toda consolación

Fons totius consolationis

Fons totius consolationis

Por otro lado, Doña Lucilia fue comprendiendo que en la época en la cual ella vivía las relaciones ya no se movían a no ser por interés, y que el afecto desinteresado hacía parte del tiempo expirante del romanticismo. Con la modernidad había entrado la brutalidad, el interés personal, el poco caso por los otros que sufren, y el desprecio. Eso marcó una gran tristeza en su vida, por comprender que todo no era sino aislamiento, pues todo el mundo era así y ella no tendría posibilidad de encontrar quien tuviese para con ella la forma de afecto y de unión de alma que ella querría tener con tantas personas. De ahí resultaba entonces un problema axiológico: “¿Cómo es la vida? ¿Cómo debo hacer? ¿Cómo debo entender las cosas?” Donde entraba una profunda decepción y un modo muy severo, enteramente real y exacto, de ver a los otros.
Yo ya he visto personas que elogian un examen médico con estas palabras: “Tal doctor hizo un examen médico severísimo”. Evidentemente eso es un elogio, porque es para saber si se está enfermo o no. No se hace un examen flojo para que la enfermedad pase desapercibida. Si es para curar verdaderamente, el examen tiene que ser severísimo.
Antiguamente se usaba mucho esta expresión: “El médico exigió una radiografía”. Es decir, los enfermos no querían dejarse sacar la radiografía, porque la radiografía a veces da susto, y le sacaban el cuerpo, pero no podían, pues “el médico exigió”, o sea, quería decir: “no me siento seguro y no voy a cargar un diagnóstico equivocado en mi espalda; por lo tanto, hágase una radiografía, que yo la analizo y trato su problema, de lo contrario, no lo haré.” Ahora bien, Doña Lucilia hizo un examen severísimo de la vida. Con su sentido común y su rectitud moral, ella hizo una radiografía de la existencia y comprendió cómo era. De ahí resultaba una gran decepción, y también un enorme consuelo, pues se ve bien todo lo que en ella confluía hacia el Sagrado Corazón de Jesús, que es exactamente Fons totius consolationis, según una de las invocaciones de las Letanías del Sagrado Corazón de Jesús: Fuente de todas las consolaciones. Es verdad que, si en la vida encontramos solo decepciones, lo encontraremos a Él, que es la Fuente de toda consolación.

Un camino sembrado de espinas

Eso se aplica también al apostolado. Se entra a la vida de católico militante y se renuncia a una serie de bagatelas para darse enteramente al Sol de Justicia, que es Nuestro Señor Jesucristo, para que la vida transcurra bajo la dulce luz de Nuestra Señora, pulchra ut luna, electa ut sol, terribilis ut castrorum acies ordinata – bella como la luna, electa como el sol y terrible como un ejército en orden de batalla.
Se piensa: “¡Oh, qué legión de amigos magníficos me aguarda allá! Todos tan buenos, renunciaron a tantas cosas, el corazón de ellos es movido, como el mío, por la gracia de Dios y por los mismos ideales, ¡qué maravilla!”
A partir de determinado momento aparece una decepción, después otra, y se ve que todo no es una maravilla… Ora es un compañero de apostolado que está en crisis, y comienza a atormentarnos y a ejercitar nuestra paciencia; otro hace no sé qué, y comprendemos que entramos en un camino como el Víacrucis de Nuestro Señor Jesucristo: sacrosanto, lindo, pero cuyo suelo está sembrado de espinas, las cuales, a veces, nos atraviesan el cuerpo de lado a lado.
Cuando eso sucede, la persona deberá decir: “Yo conocía ese camino, no me dejaron hacerme ilusiones y no las tuve. Ahora llegó la hora.” Y paga el precio. Este es el precio del Cielo.
Quien piensa así puede estar acribillado de sufrimientos, pero su alma es como un cielo azul en un día límpido, pues ella está limpia, libre de desesperación.
Por ejemplo, en los ojos claros y serenos de Jesús moribundo no hay la menor señal de desesperación. ¡Nada! Tranquilos y certísimos del Cielo. Él le dijo al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso.” Lo que quiere decir: “Yo voy a estar en el Paraíso, y dentro de poco.” Los dolores están aumentando, la liquidación de su cuerpo
lo tritura, Él comprende que ha llegado el fin y que Longinos ya se encuentra afilando su lanza para atravesar bárbaramente su Corazón, símbolo del amor que Él nos tiene. Jesús conoce todo eso, pero sabe también que cuanto más avanzan esos acontecimientos, más Él se aproxima del Cielo.

En la hora de la muerte, una gran señal de la Cruz

De ahí aquella palabra final, que indica todas sus esperanzas: Consummatum est. El precio fue pagado por entero, sufrí todo, ahora el Cielo está delante de mí. Eso explica también por qué un alma como la de mi madre, habiendo sufrido mucho, era suave, tranquila, sin la menor señal de desespero, de destrozo interior, sumisa al dolor, pero comprendiendo en toda su extensión cuáles eran los dolores de la vida, y segura de que en el fondo la victoria sería de los que sufren.
Nada más característico que el momento en que ella sufrió el dolor de la muerte. Ya había amanecido, por lo tanto, ella me podría mandar a llamar para asistir a sus últimos momentos, tanto más cuanto yo estaba en el cuarto del lado. Mi madre percibía su respiración cada vez más corta y sabía que tenía un problema del corazón, propio de personas con la avanzadísima edad que ella había alcanzado, y no podía tener duda de que la hora del consummatum est estaba llegando. ¡Ella ni siquiera quiso incomodarme en esa hora y por eso no me mandó a llamar! Apenas cuando llegó el momento, hizo una gran señal de la cruz, et flavit spiritum (Del latín: expiró).

(Extraído de conferencia del Dr. Plinio 8/2/1995)

 

Espíritu Ordenado

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Doña Lucilia era una persona altamente ordenada, cuyo espíritu, aun cuando estaba vuelto hacia las cosas comunes de la vida, estaba con frecuencia orientado hacia Dios.

Una persona que cultivara tulipanes y conociera, por tanto, gran variedad de esas flores muy bonitas, y estuviese dotada de un espíritu ordenado, por lo mejor de su espíritu sería llevada a pensar en un tulipán absoluto, lindísimo, perfectísimo, que encerrase en sí todas las cualidades de su especie, de manera que aquel fuese el tulipán por excelencia.
Ese tulipán no existe. Puede haber uno lindo, el más bonito de los tulipanes que Dios creó, pero uno así, que esté para con los otros tulipanes en ese grado de absoluto, no existe, porque absoluto solo es Dios.

El tulipán perfecto y el palacio de una grandeza inexpresable

Se puede imaginar que una persona procurase hacer una fantasía de ese género de un modo meritorio, virtuosamente, para tener una idea del tulipán perfecto, por un lado, y satisfacer su propio deseo de perfección en todo.
Así, se podría pensar en una persona que tratase varios objetos muy bonitos, todos ellos a su modo perfectos, con las limitaciones propias de este valle de lágrimas. Por ejemplo, un palacio que constituya, con sus muebles, sus parques, sus jardines, sus fuentes, con todo el resto, un conjunto de una belleza inexpresable. La persona piensa qué sería lo más alto en el género palacio, una cosa inalcanzable, pero en la cual el hombre puede pensar, y piensa con mucha seriedad. De manera que el tulipán y el palacio imaginados por él serían, ante todo, aquella forma de perfección que reside principalmente en una seriedad admirable.
Este sería el punto más alto de meditación sobre cosas terrenas que un espíritu humano pudiese concebir. De ahí resultaría una idea abstracta de lo que sería la perfección absoluta, idea esta que la persona no puede reducir a una figura, pero queda en el espíritu. El anhelo de conocer esa perfección absoluta es el deseo de conocer a Dios, porque solo Él es esa perfección absoluta.
Alguien cuya elevación de espíritu lo llevase a dirigirse frecuentemente a ese altísimo páramo, y que aun cuando estuviese cuidando de las cosas comunes de la vida todavía poseyese algo de ese pensamiento dentro del espíritu, sería una persona altamente ordenada, porque el principio del orden es ese. Y el tratar de poner en el orden debido la más pequeña de las cosas, es uno de los efectos de ese principio de orden.

Bondad, dulzura y seriedad

… en aquella en que está sentada en un banco de madera pintado de blanco.

Lo que se veía en mi madre – no sé en qué grado definido, pero en un grado muy alto – era eso. Más allá de su bondad, de su afecto, se veía que estaba en una meditación puesta con mucha dulzura, y sobre todo con mucha seriedad, en este absoluto de las cosas, o sea, Dios Nuestro Señor.
Sobre todo, en las mejores fotografías de Doña Lucilia, eso sobresale mucho. Por ejemplo, en aquella en que está sentada en un banco de madera pintado de blanco. Ella viste un traje de gala, por tanto, en una actitud de quien está participando de una fiesta y se separó un poco para ser fotografiada. Se nota que, con toda naturalidad, terminado el acto de ser fotografiada, saldría del lugar y comenzaría una conversación social – no lo social de hoy, bien entendido, sino del tiempo de ella – con las personas que estuviesen allí, como acostumbra a ser en los actos sociales. Pero por encima de todo hay algo profundamente serio, un tanto doloroso y un tanto extasiado de su alma. Esto era lo mejor de su alma.
Ya en otra fotografía, donde ella está en el extremo de su ancianidad, viendo complacida unas flores, lo que hay de ordenado es diferente de aquella fotografía, en la cual ella tiene treinta y tantos años, y naturalmente aquel completo dominio sobre su propio cuerpo, propio de la edad más distante de la vejez.

Subió de modo ordenado la escalinata del dolor

En esa segunda foto mi madre aparece con el cuerpo como macerado por la vejez, pero de tal manera que no está macerado en nada. Se percibe en ella la edad extrema de casi noventa y dos años, que pocas personas alcanzan. Sin embargo, ella conservó la preocupación de que la generalidad de su cuerpo y de su cabeza conservase una línea muy definida.
Todo cuanto dije con respecto a la elevación, en esa edad Doña Lucilia ciertamente no lo sabría explicitar, pero está en su espíritu y ocupa un lugar predominante en la actitud
general de su persona.
Se nota esto, por ejemplo, por la postura de las manos y de los brazos,
colocados en una posición a la cual no le falta ninguna belleza y orden. Los brazos no están puestos de cualquier forma, como una persona que perdió el gobierno de sí, sino que tienen cierta línea propia de quien sabe que está siendo fotografiada y, por tanto, necesita presentarse de manera decorosa. Por otro lado, ella quiso ser fotografiada prestando atención en las flores, para ser amable con la persona que se las dio – eso era muy de ella –, y el modo de ser amable era ver las flores con la expresión fisonómica de quien está complacida, dando así a entender, discretamente, que el regalo le había agradado, y así contentar a quien quiso agradarla.
Es lo que le era posible hacer en ese extremo de ancianidad. Pero en eso mismo se ve que el deseo del orden la llevó a resistir contra el defecto natural de la edad, e imprimir un
tonus general en la fotografía. ¿No podría alguien – viendo esa fotografía –, preguntar: “¿Quién es esa viejita?”? Esa pregunta no cabe, por causa del cuidado de ella con su propia ordenación.
Por lo que me fue dado ver, ella subió la escalinata del dolor normalmente, escalón por escalón, de manera que, con el paso del tiempo, las decepciones, los sufrimientos se fueron sumando. Pero esa suma se constituía de escalones y en tiempos iguales, de manera que daba la impresión de una ascensión homogénea. Por otro lado, incluso en la avanzada edad de mi madre en esa foto, por ejemplo, la acogida que ella daba a una persona que llegaba era naturalmente graduada conforme a sus disposiciones con relación a esa persona, pues Doña Lucilia no era igualitaria, y quería a unos más, a otros menos. Pero siempre con una abertura, una bonhomía, una acogida, que podían ser comparadas, según el caso, a la luz de un día soleado muy bonito o a una luz más discreta, más dulce, de una linda noche de luna.
Ella tenía así disposiciones de espíritu con relación a esa o aquella persona, conforme los casos y las situaciones de entusiasmo, o de un afecto estable, tranquilo, hasta envejecido, pero que no muda nunca. Ella era muy constante en sus amistades.

Entusiasmo materno delante del afecto filial

A propósito, un caso que me sorprendió un poco, en el cual ese entusiasmo se reveló, fue el día en que se inauguró la Constituyente, siendo yo diputado.
Entré en el recinto de la Cámara, fui hasta la representación paulista –dispuesta ya en la primera fila – y saludé a mis compañeros de representación, como era mi obligación. Enseguida, como no conocía a ningún otro diputado – todos eran nuevos para mí, no tenía obligación de saludar a nadie más –, comencé a mirar las tribunas para saber si ella había encontrado lugar. Porque si no tuviese yo subiría, hacía cualquier cosa y le conseguía un lugar. Por el afecto que le tenía a ella, me parecía natural actuar así, y, por lo tanto, no calculé el efecto de lo que hacía.
Por una circunstancia cualquiera me costó verla. De repente noté a las dos – mi madre y mi hermana –, que estaban sonriendo. Cada una había sacado el pañuelo de la cartera y estaban agitándolo porque, percibiendo que yo no las estaba viendo, quisieron así, con ese gesto, facilitar la búsqueda. Cuando la vi, quedé muy contento e hice una señal con la mano, de saludo, y volví a mi lugar. Terminada la sesión, la asamblea se disolvió y fui a buscarlas a la salida del lugar donde ellas se encontraban con mi padre, para tomar un automóvil y volver al hotel donde estábamos hospedados.
Se trataba del Hotel Gloria, que queda en una posición muy bonita en la playa de Flamengo. Yo había conseguido para ella una habitación excelente, con vista directa al mar. Allí no hay playa, pues la urbanización hizo que la tierra diese directamente a un acantilado con piedras puntiagudas. La coloqué en aquella habitación porque sé que a ella le gustaban mucho los panoramas, y allí el panorama es muy bonito.
Cuando llegué, la encontré sentada en una especie de silla mecedora, viendo el mar que, de hecho, estaba soberbio aquella noche. La luna estaba literalmente dorada y muy bonita. Después, a corta distancia, plantada en una posición por así decir muy fotográfica, había una palmera alta. En Río hay palmeras muy bonitas, altas, grandes. Doña Lucilia estaba disfrutando el reflejo de la luna dorada en el mar y de toda la belleza del panorama.
Entré, me acerqué a ella, la besé, en fin, como era de costumbre. La mecedora era muy baja, de manera que me arrodillé para quedar así a su alcance y decirle alguna cosa; son esas conversaciones comunes.
Ella me dijo:
– Hijo mío, no sabes qué alegría diste hoy a tu madre.
– Pero, ¿cómo así, mi bien?
– ¡Es una de las alegrías más grandes que me has dado en la vida!
Ahí ella hablaba con énfasis. Yo le pregunté:
– Y, ¿por qué?
– Todavía conservo en la retina tu expresión fisonómica en la Cámara, allá abajo,  buscándome y después diciéndome adiós; la expresión de fisionomía alegre y tranquilizada que tomaste cuando viste que yo había encontrado un lugar.
Yo no estaba angustiado, ni era para tanto, sino atento; quería que ella estuviese a gusto.
Al oír eso “caí de las nubes” y dije:
– Pero, mi bien, eso no tiene nada de especial.
– No es verdad – respondió ella –, en ese momento en que podías estar pensando solo en ti y todo lleno de vanidad, pensaste así en tu madre; eso quiere decir mucho. Y hasta ahora estoy llena de alegría por haber recibido de tu parte esa manifestación de afecto filial.
La besé varias veces, jugué un poquito con ella y salí.
Yo no la vi en ningún momento manifestar tanto entusiasmo por alguna actitud mía como en esa ocasión.

(Extraído de conferencia de 26/2/1993)

 

Mirada linda y venerable

Existen innumerables tipos de miradas: como la del lince, aterciopeladas; como de la madreperla, chispeantes. La mirada de Doña Lucilia estaba llena de respeto y dulzura. Cuando miraba al Dr. Plinio, en la
convivencia diaria, él tenía la impresión de que la mirada de ella lo consideraba desde lo alto, desde lejos; era inexpresable, pero admirable

¿Qué es la luz de una mirada? Que hay miradas con luz, es una noción corriente, todos lo sabemos. Yo conocí muchas miradas con luz; además de la venerable y linda mirada de Doña Lucilia, percibí también innumerables personas en el momento en que la gracia visita el alma. Entonces, veía y pensaba: “Claro. ¡Nuestra Señora en este momento le está ayudando!”. Se ve una cierta luz. Por ejemplo, la luz de la vocación se nota en las miradas.
Hay un universo de miradas ¿Qué es propiamente eso? Es de sentido común que el mejor modo de ver lo que pasa en el alma de alguien es mirar sus ojos. El estado de alma tiene su efecto en el cerebro, en el sistema nervioso, en la musculatura ocular y, aunque involuntariamente, los ojos van mostrando lo que el alma va sintiendo. Así, los estados de mucha complacencia o de mucho entusiasmo del alma producen en la mirada, por no sé qué canales, una luz que es el efecto de la luz percibida por el espíritu. Y por esa causa hay diferencias de belleza en las miradas.
Hay miradas que son como de lince, ven a lo lejos. Al verlas se tiene la impresión de que, en los últimos confines del horizonte visual o mental, aquellas miradas están sobrevolando. Es una forma de pulcritud.
Hay otras miradas, por el contrario, que parecen precaverse contra las largas distancias, e iluminan de un modo ameno las proximidades, convidando a la intimidad y a las grandes elevaciones interiores.
Así, ¡cuántas y cuántas miradas, de cuántas y cuántas formas! Se puede decir que hay un universo. Hay miradas que representan una forma peculiar de alma, por la que ellas son como aterciopeladas. Otras manifiestan un tipo de alma diferente, y se podría decir que son de madreperla. Existen miradas que expresan otros estados de espíritu, por los que se podría afirmar que son chispeantes. Y así en delante, casi hasta el infinito. La mirada de mi madre era para mí llena de respeto, de dulzura, de intimidad y, sobre todo, lo que me agradaba más en esa mirada era cuando me miraba – en aquella intimidad, tantas veces nos mirábamos – y yo tenía la impresión de que me consideraba desde lo alto, desde lejos, ¡algo que no sabría cómo expresar, pero era algo admirable!

Una trans-palabra que conoceremos en el Cielo

La vida entera yo quise tener una mirada. Cuando leí que Nuestro Señor miró a San Pedro y este se convirtió, me vino un deseo enorme de, un día, poner mis ojos en los de Él, verlo y ser visto por Él. Y tener ese intercambio de miradas por donde se percibe que cada alma penetra en la otra, con la idea de que aquello traería un florecimiento, una elevación, y que Él me daría misericordias, condescendencias, bondades… ¡Algo de lo cual yo tenía un deseo enorme! Después me vino, naturalmente, la idea de ser mirado por Nuestra Señora. Sobre todo, cuando leí en la “Divina Comedia” – a propósito, no leí la “Divina Comedia”, sino trechos de ella – que Dante al llegar al Cielo – él se representa estando vivo, razón por la cual no pudo ver la esencia divina – mira a Nuestra Señora, y en la mirada de Ella percibe un reflejo de la mirada de Dios: ¡ahí está el ápice del Paraíso! ¡Ah! Si Ella pudiese mirarme, aunque fuese un momento, y dijese solo esto: “Hijo mío…”, tengo la impresión de que me desharía; ¡yo no querría otra cosa sino eso! En realidad, sucede que a veces tenemos un poco de esa impresión cuando entramos en un lugar donde está el Santísimo Sacramento. Para mí, sobre todo cuando el lugar está vacío: una capilla, una iglesia. Hay algo en el ambiente enteramente diferente de lo que está afuera.
Tenemos la impresión de que penetramos en una mirada que nos envuelve, nos asume y nos dice, casi por todos los sentidos, algo que no sabemos qué es; es una trans-palabra que conoceremos en el Cielo.

(Extraído de conferencia de 21/11/1979)

 

A los débiles coraje, a los valerosos humildad

Doña Lucilia actúa en las almas de un modo muy suave, transformando las personas como sin que ellas se den cuenta. Ni siquiera es preciso hacer grandes propósitos; es necesario que ella sea constante, y no nosotros. Durante los acontecimientos previstos en Fátima, ella tendrá un papel muy importante, dando coraje a los débiles, humildad a los valerosos, y a todos mucha unión con Nuestra Señora.

Toda convivencia está compuesta por dos elementos: un estado de alma y un modo de tratar.

Un fondo de continua contemplación

La convivencia con mi madre era medio indefinible, porque su estado de alma tenía un  fondo de continua contemplación. Tratando de los asuntos domésticos con alguien, ella lo hacía de modo semejante al de dos personas que estuviesen conversando dentro de un santuario. Su fondo de alma era siempre sacral, serio, elevado, muy respetuoso. Eso era algo estable, fijo, aunque la sacralidad haya crecido con el tiempo. Este era el estado de espíritu con el que ella llevaba la conversación, con una gran benevolencia para con la persona con quien hablaba, pero moderada por una especie de intransigencia vigilante. Si alguna cosa contrariaba los principios morales, ella la rechazaba y no cedía, y creaba un ambiente en el que aquel error no tenía ciudadanía. No era una persona ingeniosa, sino una oyente muy atenta a todo lo que se narraba, y era interesante contarle, porque mi madre tenía pequeñas reacciones curiosas, dando ánimo, nunca con amargura, siempre con confianza en la Providencia de que las cosas saldrían bien, de manera que cerca de ella uno se sentía animado y confortado continuamente.
El trato era invariablemente hecho de una mezcla de afecto y de respeto. Ella respetaba a cualquier persona, por mínima que fuese, en el grado de aquella persona; no era igualitaria en nada. Siempre con un modo de dignidad que con ella no se facilitaba, no había la posibilidad de una broma irrespetuosa o impertinente.
Pero lo que proporcionaba un perfume a todo eso era un desapego continuo. Siempre pronta a sacrificarse por cualquiera, de cualquier forma, a cualquier hora, de buena voluntad; solo le faltaba agradecerle a la persona la oportunidad de sacrificarse por ella. Nunca la vi ceñuda. Así era ella en la intimidad, el tiempo entero, en las cosas más pequeñas. Al mismo tiempo, tenía la afabilidad más cariñosa que se pueda imaginar hacia los niños, la flexibilidad para ayudar de cualquier modo, con mucha elevación. No obstante, una elevación que eleva a los otros en vez de aplanarlos, con la mirada de una persona que no presta mucha atención en las cosas concretas y, sobre todo, no está puesta en sí misma.
En un niño educado en el contacto con una señora así, toda la inocencia primera tiene un elemento de estímulo enorme, en el sentido de considerarla como un paradigma de persona como se debe ser, que abre una clave y genera un ambiente que nadie más crea.

Inspiró y preservó la inocencia primera del Dr. Plinio

¡Era algo único! Cuando estaba con mi madre, yo sentía que entraba en una atmósfera luminosa, fluida, invisible y muy visible creada por ella. La inocencia primera cantaba y se encantaba. A veces, cuando ella me contaba una historia, me quedaba atendiendo

más a ella que en la trama. Eso me sirvió también como elemento de preservación hasta cumplir más o menos veinte años. Ella servía de abastecimiento continuo para la
fidelidad a mi ideal, y de cierta forma representaba ese ideal, que ella poseía de un modo vivo, aunque no sabría presentar en términos doctrinarios. Era yo quien hacía la doctrina sobre lo que era mi madre, y que ella no sabía explicitar.
En cierto momento el papel se invirtió y yo comencé a darle la doctrina. Ella prestaba mucha atención y se veía que aquello entraba profundamente en su alma. Por ejemplo, la devoción a Nuestra Señora.
Ella me inspiró la inocencia primera y después la preservó, evitó que se destruyera, dándome muchos elementos para formar los arquetipos del hombre como debe ser.
Para eso, mi madre contaba muchas historias de personas de su tiempo. Los personajes eran arquetipizados por ella. Así, mi madre formaba arquetipos basados un poco en la leyenda y un poco en la Historia. Como su alma tenía mucho de lo que ella modelaba, una cosa completaba la otra, y enseñaba cómo debe ser un varón verdaderamente católico.
La actitud de alma que se debe tener es dejarla actuar, porque ella actúa en el alma de un modo muy suave, de quien no pide permiso para entrar, de manera muy íntima, interna, y al mismo tiempo con una cierta fuerza de influencia que transforma a la persona, como sin que esta se dé cuenta. No es necesario hacer grandes propósitos. Es necesario que ella sea constante, y no nosotros.
Después de su muerte, Doña Lucilia ha tenido una actuación que nunca imaginó cuando estaba viva. Pienso que en los acontecimientos previstos en Fátima ella tendrá
un papel muy importante, dando a los débiles coraje, a los valerosos humildad, y a todos mucha unión con Nuestra Señora.

(Extraído de conferencia de 23/12/1974)