Esa pregunta no se le hace a una madre

            Doña Lucilia con el pequeño Plinio

Doña Lucilia y su esposo fijaron su residencia en una casa casi contigua al palacete Ribeiro dos Santos. La pareja fue premiada por Dios con dos hijos: el 6 de julio de 1907 nació una niña que recibió el nombre de Rosenda, en memoria de la fallecida madre de don João Paulo, a quien él quería mucho; y el 13 de diciembre de 1908 vino al mundo un niño, al que doña Lucilia daría con mucho agrado el nombre de Plinio para atender los deseos de doña Gabriela, que siempre quiso que alguien de la familia lo llevara. A partir de entonces, la bondad que rebosaba del corazón de doña Lucilia se derramaría sin reservas sobre sus hijos. Su maternidad haría florecer uno de los más sublimes aspectos de su alma al tener que enfrentar con heroísmo una difícil situación.
Cuando, poco antes de que naciera el varón, fue examinada por el médico, éste constató que el parto sería arriesgado. Con toda probabilidad ella o el niño moriría. Así pues, le preguntó si no prefería abortar para salvar su propia vida. Ante esta absurda propuesta, doña Lucilia respondió disgustada:
— Doctor, ¡esa pregunta no se le hace a una madre! Ni siquiera debería habérsele
ocurrido.
Quiso la Providencia pedirle a aquella extremosa y valerosa madre católica este excelente acto de virtud. De esta manera, aun antes de nacer, ya era Plinio objeto de los desvelos maternales de doña Lucilia.

El niño vino al mundo un domingo por la mañana, mientras se oían repicar las campanas de la iglesia de Santa Cecilia llamando para la Santa Misa. Era tan pequeño que la cuna, cuidadosamente preparada por su madre, resultó demasiado grande.
Cuentan algunos familiares que ella, conversando con su padre, había manifestado su tristeza por la mala salud que Plinio aparentaba tener. Don Antonio cogió entonces a su nieto en brazos, lo acercó a una ventana para verlo mejor y, mientras lo miraba fijamente, tranquilizó a su hija con estas palabras:
— ¡Este niño vivirá muchos años!

Es tal vez la fotografía en que aparece más contenta

La fotografía en que doña Lucilia sostiene en los brazos a su hijo recién nacido, denota bien la gracia bautismal que ella, paso a paso, enriqueció por su correspondencia y prolongó hasta el fin de su vida, a los 92 años.
Con la mirada llena de afecto, contempla tiernamente a su pequeño. En su sonrisa se descubre un torrente de cariño, de compasión por la fragilidad de la criatura, y de deseos de protegerla. No es difícil darse cuenta cuánto le complace el candor que ve en el niño. Del conjunto de todas las fotografías que le fueron sacadas a lo largo de su vida, tal vez sea ésta en la que aparece más contenta. Contentísima, no por haber sido objeto de alguna caricia o por haber recibido algún elogio, sino por el hijo que tiene en los brazos. “El trato entre nosotros dos era, para mí, un verdadero paraíso”, recuerda con nostalgia ése tan amado hijo. “Me sentía mimado, comprendido. Tenía una noción muy grande de mi propia fragilidad. Me sentía pequeño, enfermo. A fuerza de prodigarme toda especie de cuidados, ella me transformó. Me daba cuenta, incluso, de que podía morir, pero notaba también su cariño envolvente y su enorme deseo de que yo viviera. Eran como tónicos que me comunicaban vitalidad. Desde dentro de mi debilidad me venía la siguiente idea: ‘¡Ella me quiere tanto y puede tanto! Es probable que consiga convertirme en una persona saludable. ¡Qué tragedia si me muriera! Pues me llevarían lejos de ella…’ “Ahora bien, yo quería vivir. Sentía que dependía de ella para continuar viviendo.
Estos pensamientos me venían a la mente no sólo con relación a esta vida terrena, sino también con relación a la otra. No concebía un ambiente celestial que no fuera parecido a la atmósfera que sentía junto a ella. Mamá fue un paraíso para mí hasta el momento en que cerró definitivamente los ojos.
“Además, ella me abrió otro jardín incomparablemente más paradisíaco que ella misma: me enseñó a comprender y a amar a la Santa Iglesia Católica y me inculcó la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a la Santísima Virgen.”

La fundación del hogar

 Siempre había procurado mantener intacta aquella inocencia bautismal que constituía el principal ornato de su alma, el mayor encanto de quienes trataban con ella. Aunque había podido realizar, hasta entonces, su ideal de hacer el bien entre quienes la rodeaban, se definía cada vez más en su espíritu el deseo de abrazar el estado de perfección. Pero, como veremos a continuación, no eran esas las vías a las que la Providencia la destinaba.

Durante las largas horas de contemplación en la quietud entremezclada con oraciones vocales, se delineaba en el interior de Lucilia, con trazos cada vez más profundos, una aspiración a la vida religiosa. Sin embargo, por encima de su virtuosa propensión a lo elevado y a lo sublime, permanecía su decidida determinación de cumplir la voluntad de Dios, aunque fuera a costa de frenar sus buenos movimientos de alma. Lista para seguir la voz del Espíritu Santo en cualquier momento, por más que le costara, tenía por seguro que ésta se manifestaba muchas veces a través de los consejos u órdenes de su querido padre.
Un día, al atardecer, don Antonio se acercó a su hija con intención de tratar el delicado tema del matrimonio. Estaba claro que don Antonio, como buen padre que era, no deseaba forzar a Lucilia a decidirse en favor del matrimonio. Sin embargo, en esa misma ocasión contó a su hija que un amigo suyo, João Procópio de Carvalho, le había presentado a un joven abogado, João Paulo Corrêa de Oliveira, muy fino, inteligente y miembro de una ilustre familia de la provincia de Pernambuco. Consideraba, por esta razón, que podría ser un esposo muy conveniente para ella, aunque dejaba la decisión en sus manos.
Con semblante siempre apacible y afectuoso, doña Lucilia no se perturbó en nada ante la sugerencia paterna. Era una nueva manifestación de aquella permanente templanza que alcanzaba ya un florecimiento pleno. Si se insinuaba así la voluntad de la Providencia, ¿por qué no alegrarse? Si era don Antonio quien lo recomendaba, bueno sería su futuro esposo. ¿Qué más podía faltar para su consentimiento? Siempre comedida y prudente, pidió, sin embargo, un tiempo para pensar, y después de rezar y reflexionar mucho, aceptó.

La religiosidad de doña Lucilia aumentaba aún más con el matrimonio

Con el estado matrimonial, el espíritu sobrenatural de doña Lucilia adquirirá una profundidad aún mayor, tomando contornos más definidos a medida que los problemas, las aflicciones o las enfermedades se vayan multiplicando. Entonces, fiel a su antigua costumbre, juntará las manos y, con los ojos puestos en el Sagrado Corazón de Jesús, implorará, por medio de su querida Madrina, la Virgen de la Peña, amparo y solución. Su fervorosa vida de piedad, que en el tiempo de soltera tanto agradaba a don Antonio, no dejará de causar a su padre una creciente admiración.

Enseñadme a honrar a mi marido como Vos honrasteis a San José

Con señalado candor y limpidez de alma encaraba doña Lucilia el estado matrimonial y, al mismo tiempo, con elevación de espíritu, se ponía bajo el amparo y protección de la Santísima Virgen para el perfecto cumplimiento de sus deberes de esposa y madre. Un pequeño testimonio de sus sublimes disposiciones nos lo proporciona esta oración copiada por ella de su puño y letra poco después de casarse. Se habituó a rezarla de memoria, mientras el texto escrito permanecía guardado en una gaveta:

Oración de una esposa y madre a la Santísima Virgen ¡Oh María!, Virgen Purísima y sin mancha, Casta Esposa de San José, Madre tiernísima de Jesús, perfecto modelo de las esposas y de las madres, llena de respeto y confianza, a Vos recurro y, con sentimientos de la más profunda veneración, me postro a vuestros pies e imploro vuestro auxilio. Ved, ¡oh Purísima María!, ved mis necesidades y las de mi familia, atended los deseos de mi corazón, pues es al vuestro tan tierno y bueno, al que los entrego.
Espero que, por vuestra intercesión, alcanzaré de Jesús la gracia de cumplir como debo mis obligaciones de esposa y madre. Alcanzadme el santo temor de Dios, el amor al trabajo y a las buenas obras, a las cosas santas y a la oración, la dulzura, la paciencia, la sabiduría, en fin, todas las virtudes que el Apóstol recomendaba a las mujeres cristianas y que hacen la felicidad y el ornato de las familias.
Enseñadme a honrar a mi marido como vos honrasteis a S. José y como la Iglesia honra a Jesucristo; que él encuentre en mí la esposa deseada por su corazón; que la unión santa que hemos contraído en la tierra persista eternamente en el Cielo. Proteged a mi marido, conducidlo por el camino del bien y de la justicia, porque tanto como la mía deseo su felicidad. Encomiendo también a vuestro maternal corazón mis pobres hijos. Sed Vos su Madre, inclinad su corazón a la piedad, no permitáis que se aparten del camino de la virtud, hacedlos felices, y que, después de nuestra muerte, se acuerden de su padre y de su madre y rueguen a Dios por ellos, honrando su memoria con sus virtudes. Tierna Madre, hacedlos piadosos, caritativos y siempre buenos cristianos, para que su vida, llena de buenas obras, sea coronada por una santa muerte. Haced, ¡oh María!, que un día nos encontremos reunidos en el Cielo y allí podamos contemplar vuestra gloria, celebrar vuestros beneficios, gozar de vuestro amor y alabar eternamente a vuestro amado Hijo, Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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El Oratorio de la Inmaculada Concepción

Imagen de la Inmaculada Concepción que doña Lucilia siempre tuvo en su
cuarto en las sucesivas casas en que vivió

Desde aquellos añorados tiempos de Pirassununga, doña Lucilia conservará un gusto especial en rezar delante de una imagen de la Inmaculada Concepción perteneciente a la familia. Jamás se separará de ella, teniéndola siempre en su dormitorio en las sucesivas casas donde residirá tras el fallecimiento de su madre.
Entre otras razones estaba la de haber sido esa imagen objeto de particular devoción de doña Gabriela.
Esculpida en madera, había sido traída de Portugal a mediados del siglo XIX. Sus rasgos dejan ver, al mismo tiempo, la auténtica piedad y la sensibilidad artística del escultor. A fin de exponerla más dignamente a la veneración de todos, don Antonio decidió colocarla en un oratorio apropiado. Allí mismo, en Pirassununga, encomendó el trabajo a un carpintero que trabajaba junto con su hermana. Un pormenor curioso: ambos eran sordomudos, pero habían sido dotados por Dios de un extraordinario talento para tallar la madera, hasta tal punto que fabricaban muebles de estilo dignos de figurar en los mejores salones.
No dejaba de ser singular ver cómo personas tan sencillas, sin especial cultura ni mayor contacto con los grandes centros urbanos, tenían tanta sensibilidad artística. De ello era ejemplo el sencillo oratorio. Años después, un anticuario ofrecerá por él una cuantía significativa, pero para doña Lucilia no tenía precio este objeto que su añorado padre había mandado hacer, y al que le unían tantos recuerdos.

Oratorio de la Inmaculada Concepción en el cuarto de Doña Lucilia

“Protégeme con tu inagotable bondad”

Profundamente católicos, los padres de la joven Lucilia procuraron transmitir a sus hijos el precioso don de la Fe que habían recibido en el Bautismo y heredado de sus mayores. Ejemplo de ello es una Oración al Espíritu Santo encontrada entre los papeles dejados por doña Lucilia. En la misma no reconocemos su artística letra. ¿Quién la habrá escrito? Una nota decidida, aunque delicada, nos lleva en seguida a distinguir en sus trazos la caligrafía de doña Gabriela.

La oración había sido compuesta por don Antonio, y doña Lucilia la guardó durante toda su vida como entrañable recuerdo de la solicitud paterna. Copiada de su puño y letra por doña Gabriela, a fin de que su hija la rezara asiduamente, lleva en sí un luminoso reflejo del ambiente de candor y piedad que envolvía a la familia Ribeiro dos Santos.
Espíritu Divino, Creador del Universo, presente en el Hombre Hijo de María Virgen para salvar a la Humanidad, guiándola por el camino de la virtud y de la perfección a la Paz perpetua en el seno de Dios; Tú que estás por todas partes, manifestando tu infinito poder, humildemente te pido, perdona mis culpas, ilumina y fortifica mi espíritu en todos los actos de mi vida, para que mis acciones estén siempre de acuerdo con los eternos
preceptos de Jesús, y pueda, practicando el bien y teniendo sincero arrepentimiento de mis pecados, purificar mi alma, haciéndola merecedora de tu Reino. Protégeme con tu inagotable bondad en Jesús para que los impulsos malos no me suplanten ni ofusquen la razón, y pueda gozar en la mansión de los justos de la eterna vida prometida por Jesús a sus hijos. Amén.
Pero la Providencia tiene para cada uno sus vías, y aunque doña Lucilia conservará durante toda su existencia mucha devoción al Espíritu Santo —fruto, seguramente, del celo de sus padres— desde muy joven se dejó embriagar por los suaves llamados del Sagrado Corazón de Jesús, a quien tomó por modelo.

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La Visita del Emperador

Doña Teresa Cristina

Los Ribeiro dos Santos tenían un modo de ser eminentemente tradicional y eran monárquicos por las mismas fibras de alma que los hacían católicos. Así pues, las disposiciones afectivas y psicológicas por las cuales se sentían bien en el
ambiente monárquico eran semejantes a las que tenían cuando iban a la iglesia. Guardadas las debidas proporciones, el modo de prepararse para recibir al Santísimo Sacramento, por ejemplo, se asemejaba mucho a la expectación que se
creaba en casa cuando iban a encontrarse con algún miembro de la familia imperial.
La presencia de doña Gabriela acentuaba estos sentimientos.

En 1878, D. Pedro II, de viaje por la provincia de São Paulo, visitó a la familia Ribeiro dos Santos en Pirassununga. Conducido por un lujoso tren de la Compañía Paulista, en el viaje de inauguración del tramo ferroviario, el Emperador se bajó en la estación provisional, aún de madera, donde lo esperaban las personalidades locales.

Doña Teresa Cristina, sin embargo, no acompañó a su imperial esposo, prefiriendo permanecer en el vagón. Allí recibió a doña Gabriela, que había llevado a la pequeña Lucilia. Para ser amable con la madre, le dijo a la niña:
— Hija mía, yo conocí a tu abuelo. Fue él quien me enseñó a bailar.
En efecto, con ocasión de un baile en la Corte, D. Gabriel José Rodrigues dos Santos tuvo la gentil osadía de invitarla a bailar, cosa que ella nunca había hecho. Poco antes había conseguido, con destreza y distinción, que la Emperatriz, que tenía un pie defectuoso, aprendiese a dar pasos de baile sin que se le notase el defecto. Doña Teresa Cristina se salió bien, y el hecho constituyó un gran éxito en la Corte. Durante el encuentro en casa de don Antonio, D. Pedro II —figura de patriarcal aspecto— colocó a su lado a la pequeña Lucilia y, mientras conversaba distraídamente, pasaba la mano por sus cabellos deshaciéndole uno a uno sus rizados mechones. Al darse cuenta de cómo se desmoronaba poco a poco su esmerado peinado, Lucilia dio muestras de querer protestar, pero encontró ante sí, severa y fija, la mirada de su padre insinuándole que no debía decir nada…

                               D. Pedro II