“El Divino Espíritu Santo estará siempre en ti”

cap13_012Mientras no llegasen las primeras cartas de Europa, doña Lucilia llenaría los intervalos de sus largos períodos de oración con la lectura de las cartas que el Dr. Plinio había dejado antes de viajar. De esta manera se sentía algo de su presencia y se hacía más fácil soportar con resignación las saudades de cuando estaban juntos. Pero para su amor materno esto no bastaba. Quería tomar rápidamente contacto epistolar con su muy amado hijo.

São Paulo – 13-6-952
¡Hijo querido de mi corazón!
¡Que Dios te bendiga por el buen éxito del engaño que me hiciste! Tan sólo el día diez Rosée trajo los telegramas de Dakar y el de París, y estoy en paz a pesar de todo…
En primer lugar di gracias a Dios por lo feliz de la temible travesía, y después, emocionadísima, no podía creer todo lo que tu padre, Rosée y Maria Alice me decían, y ¡me exasperaba la idea de pasar tres largos meses sin verte! Trato, en fin, de consolarme con la certeza de cuán benéfico te será este viaje para tu salud, estudios y observaciones. ¡Qué bueno sería si pudieses pasar unos 20 días en Monte Cattini! (Estación de aguas de Italia). Es la tercera vez que intento escribirte pero he tenido la casa llena, a pedido tuyo, se ve, — y… ¡un beso por todo! Rosée ha venido dos veces por día e incluso ha cenado dos veces aquí, y ha traído todo tipo de pasteles para que no me preocupe con los postres y para gran alegría de la cocinera. Mientras no vuelvas, no tendré gusto en ninguna cosa que haga, sólo busco buenas recetas.
Respecto al “money”… hago igual que la otra vez: lo economizo todo para ti, retirando sólo lo indispensable; de manera que si tienes alguna necesidad basta que me envíes un telegrama.
Una cosa te pido con insistencia: manda decir una Misa y encender una gran vela por Rosée en el altar de Nuestra Señora de Begoña en España, para que aumente su fe, por su salud y por su felicidad. Ella está muy delgada y pálida.
Ayer fui a Misa, comulgué y seguí una parte de la procesión del Santísimo hasta la Catedral. Todo en tu intención… ¡Ay! hijo mío querido… ¡tengo tantas saudades!
Sigo constante en mis letanías y rosarios a mi amadísimo Sagrado Corazón de Jesús y a la Virgen Santísima, a los cuales te confié cuando naciste y tengo fe que el Divino Espíritu Santo estará siempre en ti, pues bien lo mereces, ¡hijo querido! Me despido enviándote mis bendiciones, muchos besos y abrazos afectuosos.
De tu mamá,
Lucilia
Rosée ya te ha escrito.

Cuidados maternos de doña Lucilia

Una mañana muy clara, cuando los rayos del sol bañaban el tocador de doña Lucilia, un objeto brilló más intensamente: el cepillo de plata que tanto le hacía recordar la infancia de su hijo. Las saudades le oprimieron el corazón. Habían pasado diez días desde la última vez que había visto a su queridísimo Pigeon, en aquel mismo lugar.
De repente, alguien toca en la puerta del cuarto:
cap12_059— ¿Quién es? —pregunta doña Lucilia con voz musical.
— Soy Olga. El cartero ha traído unas cartas para usted.
Doña Lucilia hizo que entrase inmediatamente. Quién sabe si no estaba entre ellas la tan esperada misiva de su hijo…
¡Con qué alegría encontró una tarjeta suya proveniente de Madrid! El Dr. Plinio, aprovechando una escala del avión allí, no perdió la oportunidad para enviarle a su madre algunas palabras de cariño.
El afecto hizo que doña Lucilia le escribiese al día siguiente, 18 de junio, una larga carta. Madre siempre vigilante, se apresuró en alertar a su hijo sobre las intenciones de uno de aquellos ex compañeros de lucha, a cuyo respecto, ya algunos años antes, ella le había llamado la atención.

São Paulo, 18-6-952
¡Hijo querido de mi corazón!
Tuvimos el día quince —”gracias a Dios”— excelentes noticias sobre ti por medio de Helena Alves de Lima, quien llamó por teléfono a Rosée. Recibí ayer tu postal de Madrid.
Estoy esperando recibir una larga carta tuya, ¡y bien pormenorizada!…
[ Fulano] apareció con mucha naturalidad en el despacho, preguntando qué habías ido hacer y “ad una voce” (A una sola voz), todos dijeron que, muy fatigado, habías ido a descansar; pidió la dirección… ¡y aún nadie la sabía! Les dijo entonces que vendría a pedírmela, pues tiene algunas cosas para decirte. Se encontró ayer con tu padre y le contó la misma historia, y terminó diciendo que vendría para pedir nuevamente tu dirección.“ Cuidado”…
cap12_001Hoy es el cumpleaños de tu tía Yayá. Ella dijo a los Lindenberg que iría a Santos y se vino a almorzar a casa con su hijo y Rosée, y tiene la intención de cenar con su hija. Hoy está haciendo tanto, tanto frío, que estamos temiéndonos una helada, ¡de la que le pido a Dios y a San Judas Tadeo que nos libren! ¡amen!…
¡Escríbeme y cuéntame todo lo que te sea posible, para amenizar las saudades! ¿Has recibido las cartas que escribimos, Rosée, Zilí, tu padre y yo? Cuando me siento para escribirte, me parece escuchar a nuestros bonitos negritos (Las dos lámparas de porcelana que estaban encima del escritorio del Salón Azul, mencionadas anteriormente) preguntarme: ¿cuándo vuelve Plinio? Rosée se ha portado muy bien y sigue al pie de la letra tus instrucciones. Me llevó junto con Maria Alice a dar un gran paseo de automóvil. También me llevó en automóvil hasta la Plaza del Patriarca para sumarme a la procesión
y, después, mandó que me fuesen a buscar. Me hizo asistir al concierto de Gulda (Friedrich Gulda, pianista, famoso en aquella época), el mayor pianista del momento, que me gustó muchísimo. Ha cenado en casa algunas veces y cuando le es posible, viene dos veces por día, trayendo siempre diversas cosas sabrosas del Gerbaux (Pastelería con mucha reputación en São Paulo).
Respecto a acostarme temprano… piano, pianino (Expresión italiana: “Despacio, despacito”), voy entrando en los ejes.
¿Cómo estás de salud? Si te fuese posible pasar unos quince días en Monte Cattini, para sustituir el famoso São Lourenço, sería muy útil.
Al regresar de un té que había ido a tomar en compañía de María Helena Ramos, Rosée paso por aquí un instante para verme una vez más y enseñarme su lindo vestido de invierno, así como una modernísima y bonita estola de piel. Estaba tan chic, tan elegante, que podría competir con cualquier parisina, ¡cualquiera!
¿Por qué no has llevado tu frac? ¡es tan bonito! y ¿no te hará falta? Necesito saber si te encuentras bien y si te sientes satisfecho. ¿Qué paseos habéis hecho? Saluda de mi parte a tus amigos.
Pienso que deberías buscar a Ouro Preto (Embajador de Brasil en Francia), cuya familia fue tan amiga de la nuestra, e incluso, si no me equivoco, fue este Ouro Preto de quien María Eugenia Celso (Prima hermana de Ouro Preto. Ambos descendían de Afonso Celso de Assís Figueiredo, Vizconde de Ouro Preto, Presidente del Consejo de Ministros cuando fue proclamada la República)  escribió a mamá para que te pidiese una recomendación o carta de presentación, cuando eras diputado.
Bien, querido mío, ¡que el Divino Espíritu Santo te guíe y te inspire, y que el Sagrado Corazón y la Virgen Santísima junto con tu buen ángel de la guarda te bendigan y te protejan!
Con el corazón lleno de saudades, te envío mis bendiciones, muchos abrazos y muchos besos.
De tu vieja manguinha,

 

Nuevo hogar, nueva separación

cap12_010Una visita al apartamento de doña Lucilia Al amanecer encontraremos los rayos solares penetrando suavemente a través de las discretas penumbras del cuarto de doña Lucilia. Los dos oratorios —del Sagrado Corazón de Jesús y de la Inmaculada Concepción— que presiden el ambiente, son como los dos extremos de un arco iris imaginario que reluce sobre su cama. Desde allí, ora contemplaba ella los Sagrados Corazones de Jesús y María a través de las imágenes de su devoción, ora consideraba con elevación de alma los

cap12_015aspectos evocativos de algunos objetos: un pequeño reloj de alabastro, bronce y esmalte, regalo de don João Paulo; una elegante jarra y un juego de tocador de plata; o un gracioso bibelot de porcelana que representa un zorro, además de pequeños portarretratos de familia.

cap12_014Saliendo del cuarto de doña Lucilia, la primera puerta a la izquierda, en el pasillo, nos conduce a una sala de estar reservada por el Dr. Plinio para sus padres. En la misma, podrían rememorar juntos el pasado y considerar la esperanza de la eternidad. La siguiente puerta da acceso a la habitación del invencible batallador. Allí, delante de una pequeña imagen del Inmaculado Corazón de María, doña Lucilia rezaba durante el día, y más especialmente durante las largas ausencias del Dr. Plinio, implorando a María Santísima que le amparase.

cap12_017Atentos y encantados continuamos el recorrido y, en cierto momento, nos detenemos al oír las melódicas y suaves campanadas de un reloj, que simbolizan bien aquel apacible ambiente. Atraídos, entramos en un escritorio de atmósfera acogedora y bañado por una discreta luz. La digna y sobria mecedora nos hace recordar las innumerables horas en que doña Lucilia, haciendo crochet o dedicándose a sus oraciones, marcaba con su presencia ese lugar. A su lado solía trabajar, en un sofá de cuero rojo, su intrépido filhão, en armónico contraste con la dulzura luminosa de su madre.
En esta sala, doña Lucilia, sentada frente al escritorio de su hijo, hacía las cuentas de su administración doméstica, las pequeñas listas de las compras diarias, o anotaba las instrucciones y órdenes que daría a las empleadas. Cuando quería reservar algún dinero para una finalidad futura, apuntaba el destino en una pequeña hoja de papel y la enrollaba cuidadosamente, guardándola posteriormente en una gaveta, donde se iban juntando, en perfecto orden, los diferentes rollitos.

Recogimiento, distinción y armonía

cap12_024A la salida del escritorio podemos contemplar el sol que, al comienzo de la tarde, penetra caudaloso en la sala más noble de la casa. Allí, una bonita imagen del Sagrado Corazón de Jesús, en alabastro blanco, domina el distinguido ambiente. Del azul profundo del terciopelo del sofá y los sillones, así como de la variada gama de azules de una alfombra persa, obtuvo su nombre este solemne y acogedor lugar: Salón Azul.

cap12_023Elegante y simple, el escritorio de caoba que doña Lucilia había comprado en París nos trae a la memoria sus elocuentes cartas. Sobre ese mueble, dos exóticos negritos de porcelana, lindamente ataviados según el gusto veneciano del siglo XVIII, sostienen cada cual la pantalla de una lámpara, proporcionando una agradable y acogedora iluminación. Al otro lado del salón, debajo de un gran espejo, hay una consola dorada, cubierta por un mármol crema.. Sobre éste vemos un bonito jarrón rosado, con el que se encantaba el Dr. Plinio ya en su niñez.cap12_030
Otros objetos, como un grabado de la Duquesa de Nemours, madre del Conde d’Eu, o un gracioso bibelot de una niña china y una de las lámparas de bronce rescatadas por doña Lucilia después del regreso de Europa, hacen resaltar la distincióndel lugar.
Junto al Salón Azul, casi como prolongación de éste, pero formando otro ambiente, se encuentra la Salita Rosa. Los mismos rayos de luz que acentuaban la nobleza y seriedad del Salón Azul, parecen transformarse ahora en sonrisa e intimidad, cuando inciden sobre el rosado de la alfombra o el damasco del sofá. La nota ceremoniosa, nunca ajena a la familia, la da especialmente el cuadro de la gran matriarca, doña Gabriela, así como también el evocativo jarrón que había estado entre los muebles del Palacio Imperial.

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…la Salita Rosa

cap12_044Al atardecer, los últimos rayos de sol se posan sobre la platería del comedor, tras lo cual lentamente ceden lugar a las penumbras de la noche. Si algún invitado ilustre es esperado, la gala reluce en los cristales, platas y porcelanas. Después de atravesar el vestíbulo, transponemos la puerta de salida llevándonos el recuerdo de la tranquila, digna y distinguida atmósfera que dejamos, frontalmente opuesta a la agitación y vulgaridad de la calle…

En el ambiente ideal, el ama de casa perfecta

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Sobre ese mueble, dos exóticos negritos…

El gobierno del hogar quedaba a cargo de doña Lucilia, a quien el Dr. Plinio consideraba de hecho la señora de la casa. Muchas veces, conversando con ella, le decía afectuosamente que si no fuese por sus obligaciones sociales, ordenaría que se respondiese al teléfono diciendo: “Casa de doña Lucilia Corrêa de Oliveira”.
Doña Lucilia, a pesar de su avanzada edad, continuaba ejerciendo de modo eximio las funciones de ama de casa, dirigiendo directamente los trabajos cotidianos.
Mantenía el apartamento en un orden impecable —sin nada de rígido—, en el cual transparecían los hermosos reflejos de su alma.
Entre sus primeras preocupaciones figuraba siempre el menú del Dr. Plinio. Doña Lucilia tenía una manera peculiar, mejor diríamos sapiencial, de llevar a cabo los pequeños quehaceres domésticos. Hoy día es corriente encontrar personas que se dejan absorber intensamente por sus ocupaciones. Como no desean de ninguna manera ser interrumpidas, no raras veces reaccionan con acidez para alejar a quien las perturbe. Doña Lucilia era diferente. Por mucho que una tarea exigiese atención, nunca dejaba que ésta la absorbiese hasta el punto de perder el aliento y, sobre todo, la serenidad. Si alguien la interrumpía, no perdía la calma. Según el caso, se limitaba a decir: “Ahora no puedo parar, espere un poquito…”, como quien invita al interlocutor a quedarse allí unos instantes, a su lado. Era un modo especial de actuar, con una dulzura difícil de describir.

Una vez más a Europa

Poco tiempo después de la mudanza, mientras doña Lucilia aún dirigía los últimos retoques de la decoración del apartamento, fue sorprendida por un nuevo hiato en la convivencia con el Dr. Plinio. Como consuelo le quedaba el nuevo y acogedor hogar tan cariñosamente preparado por su hijo. Así, ya desde el comienzo aquellas benditas paredes serían marcadas por la resignación de doña Lucilia.
En la anterior estadía en Europa, el Dr. Plinio había logrado contactos prometedores de los cuales se podían esperar buenos frutos para la causa católica. Por eso juzgó necesario estrechar los lazos establecidos en 1950 y tratar de ampliarlos aún más. De igual forma que en el viaje anterior, al Dr. Plinio le pareció mejor no decirle nada a su madre. Don João Paulo, doña Rosée y sus parientes más próximos sólo le darían la noticia cuando, desde París, él así lo solicitase.
El “destino” del Dr. Plinio sería, en esta ocasión, São Lourenço, en Minas Gerais, donde pasaría una temporada de reposo. Hijo cariñoso, dejó listas cuatro afectuosas cartas que serían entregadas a su madre, como si hubiesen sido enviadas desde aquel lugar.

Cartas “desde São Lourenço”

cap12_002¿Habrá notado doña Lucilia que el Dr. Plinio había sido más efusivo en sus manifestaciones de amor filial al despedirse de ella en aquella fría mañana de junio? No lo sabemos. De cualquier manera, su maternal corazón le acompañó paso a paso con sus bendiciones, desde el momento en que, yendo con él hasta la salida del apartamento, le vio entrar en el ascensor. El ruido de la puerta que se cerraba marcaba una nueva separación. Con la mirada puesta en la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, ella se entregó con dedicación a las oraciones por el éxito del viaje, confiando al Divino Redentor sus temores, pues… una vez más su corazón le decía que tal vez el Dr. Plinio estuviese viajando mucho más lejos de lo que había dicho. Días más tarde, habiendo doña Rosée recibido un telegrama en el cual el Dr. Plinio le anunciaba que había llegado bien a París, a pesar de haber tenido un retraso en Dakar, quiso dar inmediatamente la buena nueva a su madre. Poco después, don João Paulo entregó a doña Lucilia las cartas que su hijo había dejado para ella. La lectura de las cartas del “filhão querido” le alivió un poco el pesar intenso de su corazón, pues le hacían recordar la felicidad que le invadía el alma durante las conversaciones con él:

Luzinha querida,
Me ha gustado mucho este lugar, en el cual trato de descansar lo más posible, y obtener el mayor provecho para mi salud. Estoy convencido de que São Lourenço tiene aguas excelentes para mí. Me entiendo muy bien con ellas.
Siento mucha falta, claro, de mi Lú querida, lamentando no haber podido traerla en el bolsillo… como la llevo en el corazón.
Dígame cómo están las cosas: o sea, si Lú ha tratado de acostarse temprano, dormir bastante, llevar una vida tranquila, e ir a algún cine. Cuénteme también cómo va nuestra deliciosa casa, y cómo van los que la visitan.
No necesito decirle que quiero, especialmente, noticias de Papá, Rosée, Maria Alice.
Con mil besos, le pide la bendición el hijo que la respeta y quiere tanto cuanto se puede querer a alguien.
Plinio

Las expresivas manifestaciones de afecto que el Dr. Plinio utilizaba en sus cartas reconfortaban, en gran medida, a doña Lucilia de la privación de su presencia y, si no podían “estar juntos y mirarse”, quedaba por escrito el “quererse bien”.

cropped-sdl-9.jpgManguinha de lo más profundo de mi corazón
¿Cómo sigue usted? Estoy con inmensas saudades de usted y con muchos deseos de regresar pronto junto a la “falda de la madre”.
¿Y cómo está Papá? ¿Qué me cuenta de Rosée, Maria Alice, Adolphinho, toda la familia? Y la vidita de Lú, ¿cómo va? ¿Es sensata? ¿con horarios? ¿Duerme mucho?
Por aquí, sigo aprovechando todas las ocasiones para recuperarme de los cansancios de São Paulo. El clima es óptimo, la alimentación también, en fin, está todo a mi gusto, o por lo menos estaría si Lú estuviese a mi lado.
Envíeme siempre noticias suyas. Quiero saber de todo, inclusive de los sueños, pesadillas, incidentes de la calle, etc. En fin, todo lo que se relaciona con mi marquesa me interesa.
Mil besos, amor mío. Rece por mí. Del hijo que le pide la bendición, y que seguramente la quiere MUCHO MÁS de lo que usted le quiere.
Plinio

¿Dos cartas no serían suficientes para agotar lo que el amor filial tendría para decir a una madre? Quizás, pero tratándose de doña Lucilia, su benevolencia inspiraba palabras siempre nuevas de cariño y retribución.

Mãezinha, mi amor,
Por aquí, todo sigue normalmente, como no podía dejar de ser.
Lo único que no está normal es que tengo unas enormes saudades de mi Lú, con ganas de mandar un paracaidista para raptarla y traerla para aquí. ¡Para algo, como usted ve, los métodos drásticos de los alemanes dan resultado! ¿Papá está bien? ¿Y nuestro “palacio”? ¿Todo está en orden? ¿El ascensor no se ha atascado? ¿Ha habido bastante agua caliente para los baños de la Marquesa? No estoy familiarizado con esta pobre máquina de escribir y, por eso, cometo toda clase de errores. Sin embargo, es una ayuda para mi pereza de escribir a mano.
Mil besos, querida mía. Juicio, juicio, mucha agua de Prata, dormir bien, distracciones, mucha oración: es mi programa para la querida Lú. No imagina cuántas saudades tengo de mi Manguinha.
Le envía un millón de besos y pide su bendición el hijo que la quiere y la respeta inmensísimamente.

Y, por fin, la última de las supuestas cartas enviadas desde São Lourenço venía a coronar con especial cariño las atenciones que el Dr. Plinio, como afectuosísimo hijo, había tenido antes de viajar:

Lú, flor de mi corazón,
Va pasando el tiempo y yo cada vez con más saudades de usted Por mi parte, sigo muy bien. ¿Y usted? ¿Qué me cuenta de Papá, Rosée, Maria Alice? ¿Sus hermanas la han visitado frecuentemente? ¿Adolphinho también? Tengo el plan de traerla aquí la próxima vez que venga.
Dígame detalladamente cómo se encuentra, qué ha hecho, pensado, sentido, soñado: quiero saberlo todo, punto por punto. Si hubiese tenido una pesadilla complicada, donde entre un folletín entero, cuéntemelo también.
Mil abrazos y besos. Pide su bendición el hijo que la quiere cada vez más y más
Plinio

“Vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien”

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda) y su bisnieto Francisco Eduardo

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda)
y su bisnieto Francisco Eduardo

Al júbilo de doña Lucilia por el feliz regreso del Dr. Plinio se sumó la alegría del matrimonio de Maria Alice a inicios de julio. Las festividades quedaron, naturalmente, a cargo de doña Rosée, que lo dispuso todo con su habitual buen gusto.
Terminadas las fiestas nupciales y habiendo partido los novios en viaje de luna de miel, doña Lucilia sintió que necesitaba un poco de reposo, dada su avanzada edad. Ahora podría reconfortarse con la presencia de su hijo, que tanto tenía para contarle de cuanto había visto en la vieja Europa: las maravillas de Francia, los esplendores de Roma, las glorias de España, los encantos de Portugal. Sin embargo, su compañía no duraría mucho tiempo. Pasados dos meses, un amigo de otro Estado de Brasil le propuso realizar allí un trabajo que, según juzgaba, podría beneficiar a la causa católica. El Dr. Plinio, a pesar de ver pocas posibilidades de éxito en la empresa, aceptó la propuesta por amistad hacia dicha persona. Estas nuevas actividades le exigían que permaneciese por algún tiempo en aquel Estado, hacia donde partió en septiembre.
Un nuevo dilema se le planteaba a doña Lucilia: por un lado deseaba que su hijo obtuviese buen resultado y rezaba en esta intención con ardor; pero, por otro lado, temía la inevitable y prolongada separación que un eventual éxito del Dr. Plinio implicaría. En todo caso, estaba dispuesta a cualquier sacrificio que le exigiese el apostolado de su hijo. En una carta enviada al Dr. Plinio, se destacan palabras de consejo, perfumadas de sabiduría, en las cuales el sentimiento cede lugar a la razón:

São Paulo, 28-IX-50
¡Hijo querido!
He ido hoy a la iglesia de San Antonio, donde he comulgado y rezado mucho por ti, para que seas muy feliz (…) y puedas estar pronto de vuelta. ¡Que sosa y fea se queda nuestra casa sin ti! Pero cuando tú vienes, ¡entra la primavera! Rosée ha venido con frecuencia. Ayer, en “vol d’oiseau”  (Literalmente “vuelo de pájaro”. Aquí, doña Lucilia lo usa como “de paso”, “rápidamente”), estuvo Maria Alice. Pienso que tú y [tu amigo] debéis estar muy cansados con este trabajo (…) y por eso, es conveniente que [él] venga contigo para descansar un poco.
El mitin del Brigadier (Brigadier Eduardo Gomes, candidato a la presidencia de la República, que tenía como principal oponente el ex dictador Getulio Vargas) fue muy concurrido, y hubo gran entusiasmo y mucha distinción. He guardado su discurso para que lo leas, por si no lo has podido hacer. Habla con mucha sobriedad, con nobleza, pues no ataca a persona alguna, ni siquiera a sus adversarios. Estoy bien impresionada y con deseo de que sea elegido.
Pretendo, terminando ésta, ir a un cine, para contarle después la historia a mi queridão.
Por mayores que sean mis saudades, te aconsejo que no vuelvas antes de saber el resultado [del trabajo], pues, si no, puede parecer que no te importa mucho. Cuando se hace algo, se hace bien hecho y hasta el final. ¡Paciencia, paciencia querido! Saluda afectuosamente a [tu amigo] de mi parte. Bien, querido, por hoy basta de charla. Con mis bendiciones, te envío muchos besos y abrazos. De tu madre extremosa,
Lucilia
P.S. Zilí acaba de decirme por teléfono que doña Didita ha perdido a su madre hoy por la tarde, que iría a pasar allí la noche y que el entierro será mañana a las nueve. Pretendo ir allí mañana a las ocho. Te aviso para que le mandes un telegrama.

doña LuciliaComo temía el Dr. Plinio, el campo no había sido preparado como para tener éxito, y por eso decidió, para alegría de doña Lucilia, volver pronto a São Paulo junto con su amigo.
Al llegar, fueron los dos a saludar a doña Lucilia. Conversando con ella, el amigo del Dr. Plinio le dijo bromeando que todo había ido bien. Pensaba causarle con ello una gran satisfacción. El visitante obtuvo como respuesta una educada reserva, sin entusiasmo.
El Dr. Plinio notó la reacción de doña Lucilia y esperó quedarse a solas con ella para preguntarle filialmente:
— Mãezinha, ¿usted se ha creído lo que le ha dicho [mi amigo]?
Ella respondió:
— Sí.
— Me sorprende que usted no haya manifestado la menor alegría…
Ella entonces dijo:
— Debes comprender que si hubieses obtenido un buen resultado en tus trabajos, eso te obligaría a mudarte lejos de casa y venir poco aquí. ¡Y nuestra convivencia disminuiría mucho! Para mí eso sería un gran sufrimiento. Hijo mío, vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien…
“Vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien…” Esta hermosa y luminosa frase expresa de manera superior lo que podríamos llamar de concepción “luciliana” de la vida.
En agosto de 1951, el Dr. Plinio decidió comprar un apartamento en el barrio de Higienópolis para mudarse allí con sus padres. Antes inició unas obras en el interior del inmueble, que aumentarían sensiblemente su tonus de distinción.

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A las puertas de la ancianidad

cap10_028El 22 de abril de 1946, doña Lucilia completaba 70 años…
En la vida humana, 70 años constituyen un hito. Ahí aparecerán, como que cristalizadas, todas aquellas preferencias y modos de ser que orientaron el desarrollo de una existencia. En aquellos que procuraron seguir el camino de la virtud, reluce entonces como nunca en la fisonomía, en las palabras, en los gestos, en los actos, en la acción de presencia la “suma de las edades” : la inocencia bautismal, los sueños de la infancia, las esperanzas de la adolescencia, el vigor de la juventud, la fuerza y la estabilidad de la edad madura, el perfume de una vejez florida, a la que ahora se añadirían los reflejos de plata de la ancianidad, todo ello modelado por los sufrimientos que a lo largo de la vida tallaron su alma, transformándola en una especie de diamante a los ojos de Dios.
En esta talla, es el caso de recordarlo, no faltó ni siquiera aquel tipo de sufrimiento que su antigua situación nunca le haría prever: las dificultades financieras, después de la muerte de doña Gabriela. Sin embargo, si doña Lucilia hubiera sido una persona con éxito tal vez no habría alcanzado la altura espiritual a la que llegó. Por ejemplo, si la familia hubiera sido muy feliz en los negocios y doña Lucilia se encontrara, por lo tanto, en la plenitud de la fortuna, algo habría faltado en su vida: el valor de la posición que había heredado de sus mayores, sustentada con gran categoría en medio de las dificultades. Es más o menos como ciertos castillos: cuando quedan deshabitados y en ruinas tienen mayor grandeza que muchos otros conservados intactos. Bajo cierto punto de vista, Job, leproso en su muladar, era más magnífico que Salomón en el esplendor de su gloria. De otro lado, en doña Lucilia se había quintaesenciado aquella afectividad brasileña colocada en términos afrancesados —un afecto delicado, educadísimo y noble hasta en la mayor intimidad— y que conservaba cualquiera que fuese la situación, de tal manera que ella era la versión al vivo de Madame de Grand Air (Grave, distinguida y bondadosa marquesa, personaje de las aventuras de Bécassine).
¡Cuán expresivo era aquel modo de dirigirse al Dr. Plinio para pedirle algo!: “¿Filhão, quieres coger para tu madre aquel objeto?” Nunca de forma brusca, sino siempre afable y distinguida.
Un cierto aire de gravedad señorial, propio de una dama paulista de los antiguos tiempos, traslucía en todas sus actitudes, hasta cuando andaba dentro de casa, yendo a una sala, por ejemplo, para buscar una costura. Este aspecto de su personalidad formaba un opuesto armónico con la suavidad, que en su vida ocupaba un lugar preponderante.
Usaba una mecedora traída de los Estados Unidos por un tío suyo. Cuando se levantaba, prefería no ser ayudada. Lo hacía por sí misma y como un monumento.
Caminaba con su paso característico, en general ágil y discreto, a veces pausado y solemne, y desaparecía en sus aposentos…

Una insigne piedad

Oratorio del Sagrado Corazón de Jesús que estaba en el cuarto de Doña Lucilia

Oratorio del Sagrado Corazón de Jesús que estaba en el cuarto de Doña Lucilia

Durante aquellos 70 años nunca desfalleció en doña Lucilia el amor a Nuestra Señora, cuya omnipotente intercesión junto al Sagrado Corazón de Jesús comprendía tan bien. Desde su nacimiento, María Santísima velaba por ella, pues, como ya vimos, doña Gabriela le había escogido como madrina a la Virgen de la Peña.
Había en su cuarto, en el mismo oratorio de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, otra más pequeña de Nuestra Señora de las Gracias. En el lado izquierdo de la cama, suspendido en la pared, otro oratorio de madera abrigaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción. Como era de esperar, tratándose de una persona tan devota de la Santísima Virgen, tenía lugar de destaque en su piedad —desde la más remota juventud— la recitación del Santo Rosario. Su devoción mariana relucía, sobre todo, durante el mes de mayo, ocasión en que adornaba con flores algunas imágenes de Nuestra Señora que había en la casa. Doña Lucilia pertenecía a la Asociación de Madres Cristianas y participó de algunos retiros —bien podemos imaginar con qué recogimiento, seriedad y amor— promovidos por la entidad. Otro testimonio de sus constantes oraciones nos lo proporcionan los muchos devocionarios que, con cuidado, guardaba en una gaveta de su cuarto para tenerlos a mano cuando lo deseara.
El paso del tiempo no había hecho disminuir su deseo de comparecer a las solemnidades religiosas para poder satisfacer los mejores anhelos de su insigne piedad, a pesar del esfuerzo que el peso de sus sufridos 70 años le exigía.
En una carta escrita al Dr. Plinio, el 26 de junio de 1946, terminaba diciendo:

Fui ahora, por la noche, a la novena del Sagrado Corazón de Jesús en la iglesia de Santa Cecilia y deseo volver mañana, y, si Dios me ayuda, como todos los años, iré a la Misa, comulgaré, e iré a la procesión del día 28, pasado mañana por la tarde. Seguí también parte de la de Corpus, que estuvo concurridísima, y en la plaza de la Catedral recibimos la bendición. A la vuelta, extenuada, me metí en la cama hasta el día siguiente.
Bien, queridísimo, cansada y con sueño, me despido mandándote con mis más afectuosas bendiciones, muchos besos, abrazos y saudades.
De tu mamá extremosa
Lucilia

Cuando doña Lucilia le envió esta carta, el Dr. Plinio se encontraba en São Sebastião, en el litoral paulista, para tratar de las disposiciones testamentarias de su amigo José Gustavo, fallecido poco tiempo antes.

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En el lado izquierdo de la cama, suspendido en la pared, otro oratorio de madera abrigaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción.