Los predicados de Doña Lucilia estaban coronados por el oro de la virtud

D. Antonio

Muy estables y siempre intachables en el arte de convivir con los demás, los Ribeiro dos Santos ponían un especial empeño en mantener un trato ceremonioso incluso en la intimidad del hogar. Bondad y respeto, cortesía y gravedad, dignidad en cualquier circunstancia eran cualidades admirables que en el alma de la joven Lucilia aparecían coronadas por el oro de la virtud. De ello encontramos eco en una pequeña poesía compuesta por don Antonio, con ocasión del cumpleaños de su querida hija, para que la recitara una de sus hermanas:

¿Qué podré decirte
que exprese gratitud
por la bondad sin cuenta
de tu santo corazón?

Nada puedo, mas mis ojos
no ocultan la alegría
que siento en mi alma inocente
en este tan fastuoso día.

Esta alegría, bien la ves,
es hija de la gratitud,
pues siento cuánto te debe
mi infantil corazón.

Tanto amor, tanta bondad
con que siempre me has tratado
son bellas flores, lozanas,
que en mi pecho has plantado.

Son flores, flores del alma
eternas, como ella lo es,
incienso que arderá siempre
como perfume de Fe.

Siente, pues, lo que te digo
como la fiel expresión
de lo que por ti siento en el alma
de amistad y gratitud.

Hoy, tras haber atravesado la barrera del tiempo, estos versos dan testimonio del carácter afectivo y benévolo de Lucilia, ya en su más tierna juventud. Con el paso de los años, esas virtudes se acrisolarán de tal forma en su alma que, ante la perspectiva de hacer el bien, estaba dispuesta a sacrificar incluso sus conveniencias personales.

Doña Lucilia en Sao Paulo

Una bella y espaciosa residencia llama la atención de quien atraviesa la esquina de la Alameda Barón de Limeira con la Alameda Glete, próxima al Palacio de Gobierno. La luz que se filtra por los encajes de las cortinas sugiere una noble, serena y acogedora atmósfera interior, impresión acentuada por la suave melodía que emana de un piano impecablemente tocado. Desde la calle, una escalinata de unos quince peldaños de mármol blanco nos lleva hasta la entrada principal, en el piso superior. Al atravesar sus umbrales, nos encontramos en pleno palacete Ribeiro dos Santos.

Varias décadas más tarde, aún se oiría a doña Lucilia, ya muy próxima de su viaje hacia la eternidad, contar con atrayente sencillez los episodios que, en el tiempo de su juventud, había presenciado en aquel hogar tan perfumado por los diversos aromas de la Belle Epoque. Ella destacaba la paz, la distinción y la bienquerencia de los tiempos en que formó su mentalidad. Habituada a ese tono superior, conservaba, sin embargo, el gusto por las diversiones sencillas. Dentro de los pasatiempos caseros la encontramos ya desde muy joven inclinada hacia la música, arte en el que se reflejaba su forma de tratar a los demás, totalmente impregnada de inocencia. Además de dominar el piano, le encantaba también tocar la mandolina. Sus delicados dedos se deslizaban suavemente sobre las cuerdas y los trastes de nácar de uno de esos instrumentos que su padre le
había regalado y que ella conservó con cariño hasta sus floridos 92 años.

Sensible a la belleza de la naturaleza vegetal, a Lucilia le gustaba asimismo coger flores en los parques de la tranquila y distinguida São Paulo. Por Semana Santa, florecían las del maracujá. En ellas se apreciaba una peculiar coincidencia con el tiempo litúrgico, pues poseía algunas particularidades que recordaban los instrumentos de la Pasión, razón por la que era conocida como “Flor de la Pasión”, o pasiflora. A estas  características de la flor se añadía también la del raro y agradable sabor de la fruta, lo que las convertía a ambas en blanco de las atenciones de Lucilia, quien las cogía en uno de estos árboles existente cerca de su casa. Le gustaba mostrar la belleza que había en que la Providencia creara una flor para contener, como en un relicario, los recuerdos de los
sufrimientos de Nuestro Señor. Así, algo tan frágil le traía profundas reflexiones;
y tal vez por su simbolismo la considerase la reina de las flores, y no a la rosa, como
corrientemente imaginan los poetas.

La familia se muda a Sao Paulo

Doña Lucilia, al centro, con su hermana Yayá y su prima Anita

En 1893 —cuatro lustros después de haberse establecido en Pirassununga—terminaba definitivamente la permanencia de los Ribeiro dos Santos en esa ciudad.

Don Antonio regresó con su familia a São Paulo conservando gratos recuerdos de quellos años que, para ellos, fueron heroicos.

Si saudades llevaron, saudades también dejaron. De ello podemos hacernos una idea por las siguientes líneas, escritas por un periodista que en su infancia los había conocido:
«Viene ahora a mi memoria otra imagen que ejercía en mi espíritu de niño una profunda y agradable impresión de simpatía y respeto; más que de simpatía, casi de veneración. ¿De dónde provenían esos sentimientos? Con certeza, del cariño con que me trataba siempre que me aproximaba a él. Abogado de envidiable cultura e inatacable honestidad,
detentaba un prestigio tan íntegro cuanto el vocablo puede significar. Socialmente, ese prestigio se traducía en la general estima de la que gozaba entre la población, que lo tenía por un precioso ornamento de su conjunto; políticamente, se destacaba la franca solidaridad que sus correligionarios le tributaban, tanto en las victorias como en las eventuales derrotas del partido que lideraba, el Liberal, todo él colmado de valerosos servicios prestados a las instituciones monárquicas, ideal que conservó intacto hasta la muerte. (…) Su despacho, una mansión buscada con confianza por los clientes, correligionarios e innumerables amigos. El interior de su casa, sagrario sagrado de su respetable familia, constituida por su virtuosa esposa, doña Gabriela y sus hijos, entonces pequeños: Lucilia, Antonio y Gabriel (…) doña Gabriela era el ángel tutelar de aquel dichoso hogar. La docilidad amorosa con que reprendía alguna inocente travesura de sus hijos, la sonrisa amable con que extendía la mano hacia los pobres que llamaban a su puerta, la entereza con que desempeñaba sus deberes de buena ama de casa y la distinción con que se portaba en la sociedad que tanto la admiraba y quería, justificaban, con sobrada razón, esta frase que oí de una niña y que nunca olvidé: “Bella y bondadosa como doña Gabriela, sólo la Virgen”.

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Después de mudarse para la capital, Lucilia pudo volver a ver varias veces la Pirassununga de sus tiempos de niña, pues no era raro que la familia pasara las
vacaciones en la finca de un amigo de su padre localizada en Santa Rita do Passa
Quatro, por entonces distrito de su tierra natal. En 1892, don Antonio vendería la hacienda de Santo Antonio das Palmeiras para, tres años después, comprar otra en São João da Boa Vista: la Jaguary. Poco tiempo después de su traslado 10, la familia se instaló en un bello palacete en el aristocrático barrio de los Campos Elíseos, que comenzaba a vivir
sus esplendores, característicos de la Belle Epoque.
La salida de Pirassununga, la mudanza para el palacete de los Campos Elíseos
y la compra de la hacienda Jaguary abren un nuevo capítulo en la vida de doña Lucilia.

                    Casa donde vivió doña Lucilia al mudarse a Sao Paulo

La Virgen fue su Madrina

Virgen de la Peña

A los veintinueve días del mes de junio de mil ochocientos setenta y seis, en esta Parroquia, bauticé e impuse los santos óleos a Lucilia, nacida el pasado veintidós de abril, hija legítima de D. Antonio Ribeiro dos Sanctos y de Dª Gabriela dos Sanctos Ribeiro. Fueron padrinos la Virgen Señora de la Peña y D. Olympio Pinheiro de Lemos, todos ellos de esta parroquia.

El párroco: Ángelo Alves d’Assumpção.

Así reza la partida de bautismo de doña Lucilia, que se encuentra en el libro parroquial de la ciudad de Pirassununga.

Siguiendo una piadosa costumbre, sus padres decidieron hacerla ahijada de la propia Reina de los Cielos. Doña Lucilia conservará durante toda su larga vida una devoción colmada de afecto y respeto a su Madrina, y varias veces peregrinará al santuario de Nuestra Señora de la Peña, en São Paulo, a fin de confiarle los secretos de su tierno corazón.

Doña Lucilia con 9 años de edad

Nacida el 22 de abril de 1876, primer sábado tras las alegrías de la Pascua, Lucilia era la segunda de los cinco hijos de un matrimonio formado por D. Antonio Ribeiro dos Santos, abogado, y Dª Gabriela Rodrigues dos Santos.

 La rectitud admirativa de un alma justa

El sosiego de la pequeña Pirassununga ayudaba mucho a que la joven Lucilia observara con atención a sus mayores y se encantara con ellos. Su capacidad de admirar las cualidades ajenas tenía origen en la virginidad de su alma, que supo mantener intacta. Ella siempre se conservará fiel, hasta sus últimos días, a aquel notable sentido admirativo, a aquel modo prístino y rico de considerar los hechos y las criaturas con que la inocencia envuelve la infancia de todos los cristianos.

Una infancia iluminada especialmente por la figura de su padre

Lucilia veía a su progenitor con ojos extasiados y reverentes. ¡Sus deseos y preferencias eran para ella ley!

Los papás de Doña Lucilia

Lo que la niña más admiraba en él no eran las cualidades naturales, sino sus virtudes. Bien sabía que don Antonio era un excelente abogado, hábil e inteligente conocedor de la teoría y práctica jurídicas, pero le atraían poco sus hazañas profesionales en comparación con el prestigio moral de que gozaba. En efecto, cuando años después se le hacía alguna pregunta sobre la vida de su padre, no destacaba sus éxitos en los negocios, sino sus excepcionales cualidades como esposo y cabeza de familia, especialmente su amor al trabajo, su ausencia de ambición, la protección que dispensaba a los pobres y su profunda honestidad moral. Esos valores que la pequeña Lucilia tanto admiraba se convirtieron en componentes de su propia concepción de la existencia: la trama de la vida debía ser tejida con los hilos de una dedicación superior.

 La última moneda como limosna

Oigámosla contar uno de los hechos que marcaron su existencia e iluminaron sus pasos a lo largo de sus noventa y dos años de vida, sirviéndole de parámetro para la práctica de la virtud de la caridad:

Papá era abogado y, al principio, tuvo que luchar mucho para mantener a la familia.

Un día, al atardecer, le preguntó a mamá:

— Señora, ¿está llena la despensa para mantenernos, a nosotros y a los niños, durante los próximos días?

Mamá respondió:

— Sí, lo está.

— Menos mal, dijo papá, porque sólo nos queda esta moneda (una moneda de oro) y nada más. Vivamos hasta que las provisiones se acaben…

Después de la cena, según la antigua costumbre del interior, se acercaron a la ventana para mirar el movimiento de la calle. Vieron entonces aproximarse de lejos a un pobre hombre apoyado en un bastón. Al llegar delante de la ventana, éste se quitó el sombrero y pidió una limosna.

Papá le preguntó de qué mal sufría.

— Soy tuberculoso, respondió. — Ni siquiera me atrevo a acercarme a la gente.

Necesito comprar un medicamento muy caro, sin el cual no vivo. ¿Podría darme algo? De poquito en poquito voy juntando lo necesario aún a tiempo de encontrar una farmacia abierta. Mientras hablaba, el hombre extendió el sombrero en busca de algún auxilio.

Papá, volviéndose hacia mamá le dijo: “¿Vamos a hacer un acto de confianza en la Providencia?” Abrió una bolsita, cogió la última moneda de oro y la tiró con puntería certera en el sombrero del mendigo añadiendo: “¡Que Dios te acompañe y seas feliz!”

Radiante de alegría, el hombre se alejó bendiciendo a papá quien, a su vez, tranquilo y confiante, comentó con mamá: “Ahora se acabó… Ya no tenemos más dinero. Sólo contamos con Dios.”

Dicho esto, entró en su despacho para trabajar, mientras mamá venía a cuidar de nosotros, los niños.

Mucho más tarde, papá entró en la sala en que nos encontrábamos y le dijo a mamá:

— ¡Dios se ha apiadado ya de nosotros!

— ¿Cómo? — preguntó ella.

— Acabo de recibir un cliente nuevo, que me trajo una causa muy buena e importante. Le he pedido que me adelante la mitad de los honorarios. Mira, aquí hay una bolsa llena de dinero.

Casa de Doña Lucilia en Pirassununga