Deber de gratitud

cap8_017A partir de 1928, Plinio se entregó por completo a las actividades del Movimiento Católico. En 1929 fundó la Acción Universitaria Católica, AUC, que reunía a estudiantes católicos de diversas escuelas superiores.
Doña Lucilia aceptó, en esa ocasión, el sacrificio de algo extremamente precioso: una buena parte de la inefable convivencia con su hijo. En los años siguientes, con el desarrollo de su actuación, ese alejamiento no haría sino aumentar. A pesar de ello, por un interesante intercambio de cartas entre madre e hijo, en julio de 1930, se puede entrever cómo la inevitable disminución de los encuentros entre ambos solo contribuyó para el crecimiento de la mutua bienquerencia. En ese mes, Plinio viajó con Mons. Pedrosa(Párroco de la iglesia de Santa Cecilia, el mismo que dio a Rosée y a Plinio el curso preparatorio de Catecismo para la Primera Comunión.), en automóvil, para Río de Janeiro, a fin de establecer contacto con líderes católicos de la capital federal. De allá le escribió dos afectuosas cartas a doña Lucilia, la primera de las cuales, fechada el día 15, narra todas las peripecias del trayecto. De paso por el Santuario de Nuestra Señora Aparecida (Patrona de Brasil), rezó por su madre, encendió una vela por doña Gabriela cuya salud exigía cuidados especiales debido a su avanzada edad y otra por el resto de los familiares. Además de contarle todas las visitas que hizo a parientes y conocidos, elogia el espléndido tratamiento que le dispensaba Mons. Pedrosa.
Y lamenta sólo una cosa: la ausencia de su “queridísima mãezinha”, pues dice él “a todos los numerosos placeres que Dios me ha dispensado en este viaje, se añade constantemente el disgusto de no gozar de su compañía para apreciarlos mejor”. Y más adelante vuelve a afirmar: “Como ya le dije, la única cosa que empaña mi alegría es la saudade de mi mãezinha. Por lo demás, mi alegría es completa. Esto es una delicia”.
Doña Lucilia debe haber estado preocupada mientras no tuvo noticias de su hijo pues, según el concepto antiguo, un viaje era siempre peligroso, lleno de sorpresas. Apenas recibió la esperada carta, la respondió. Desde las primeras líneas salen a relucir los sentimientos de gratitud que caracterizan a las almas nobles.

Plinio con Monseñor Pedrosa

                       Plinio con Monseñor Pedrosa al centro

São Paulo, 17-7-930
¡Hijo querido de mi corazón!
¡Con qué placer, con qué satisfacción, leí y releí tu carta tan ansiosamente esperada! Llena de reconocimiento, ya he dado gracias a Dios en una oración por las buenas noticias de que es portadora. Realmente, no sé cómo agradecerle a nuestro buen Monseñor todo el cariño y desvelo que te ha dispensado, y espero en Dios, hijo mío, que sabremos demostrarle que le somos gratos por todo lo que ha hecho por nosotros. Mira a ver si puedes serle de alguna utilidad, y no pierdas las ocasiones de mostrarte agradecido y afectuoso con él. Te agradezco inmensamente las oraciones hechas en mi intención en el Santuario de Ntra. Sra. Aparecida, y espero que hayas alcanzado por Su intermedio muchas gracias y bendiciones. He sentido una falta enorme de ti, querido, pero aún así, me alegro de que hayas podido hacer este paseo, y de que estés apreciando debidamente este bello Río, y siento de verdad que no te puedas quedar unos dos días más.
Hemos tenido mucha lluvia, y un frío intenso, y sé que allí también la temperatura cayó y ha llovido, y siento que no conserves una impresión del Río “verde y azul” como se muestra cuando está el tiempo bueno.
¿Viste a tu tía Sinhá (María Eugenia da Cunha Rego Barros, hija del Barón de Goiana y esposa del Consejero
João Alfredo), al Padre Luiz (El Canónigo D. Luiz Cavalcanti, primo de don João Paulo. Ejercía su ministerio en
Río) y a Mary (Hija de Dª Julieta Falcão Sampaio Vianna)?
Te estoy preguntando tantas cosas que, espero en Dios, podré tener el placer de saberlas de viva voz pasado mañana; ¿no es exacto? Como siempre, he rezado mucho por ti, pero de todas maneras, te recomiendo una vez más, mucho juicio, mi “pinbinsh”.
Saluda mucho de mi parte a Monseñor Pedrosa y a su hermano.
Recuerdos de todos en casa.
Con mis bendiciones, te envío echándote de menos, muchos besos y abrazos. De tu mamá extremosa,
Lucilia
Nota: Para tu buen y feliz gobierno, guarda bien los consejos y observaciones de tu buen padrino.

El mismo día 17, Plinio echaba al correo una segunda carta para su madre, contándole otras impresiones sobre Río de Janeiro:
Queridísima Mãezinha
[Pasé] un día lleno de las más agradables impresiones.
Fui por la mañana a la Biblioteca Nacional, donde pude ver una organización admirable, y un conjunto de libros antiguos, verdaderamente imponentes. Admiré, entre otras preciosidades bibliográficas, la primera edición de Os Lusíadas y una Biblia de 1480 ó 90 más o menos.
Después de un excelente almuerzo en el Heyme, fui a la Gruta da Imprensa en coche. Es la cosa más bella que haya visto, en materia de panoramas. Fui, después, a una larga, larguísima pero agradabilísima reunión de católicos ilustres. Cené espléndidamente y fui a visitar al primo P. Luis. Lo encontré muy bien, pero envejecido. Me agradó mucho, etc.
Hice, después, un giro por la Av. Central y estoy de vuelta ahora, las doce más o menos, después de un helado de damasco en una confitería con sillas en la calle.
¿Cómo está mi mãezinha, de quién estoy tan saudoso?
Recuerdos a todos y 1000000000000000000000000 de besos de su hijo que, con el más cariñoso respeto, le pide la bendición
Pigeon (pichón en francés).

La bendición y las crucecitas en la frente

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

       Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia, ante la cual rezaba mucho por su hijo

En muchas de sus cartas, doña Lucilia enumera los actos de piedad que dirigía al Sagrado Corazón de Jesús y a Nuestra Señora, en favor de los hijos que la Providencia le había dado. Los practicaba con entera certeza del auxilio y protección que obtendría, a ruegos de aquella Madre por excelencia, María Santísima.

Su profunda devoción infundía una confianza similar a cuantos convivían con ella. En ese sentido, no dejaba de ser expresiva la actitud de uno de sus sobrinos, conocido familiarmente como Rei, o Reiziño, el más íntimo de los amigos de Plinio.

Un año y medio más joven que su primo, Reiziño era ayudado en sus estudios por Plinio. Esto favorecía todavía más la estrecha relación entre ambos. La víspera de los exámenes, era frecuente que pasaran la noche en claro juntos, revisando la materia. Llegado el momento de ir al colegio, Plinio se dirigía al cuarto de doña Lucilia para despedirse y pedirle la bendición, lo cual, por cierto, nunca dejaba de hacer antes de partir para los exámenes. En esas ocasiones de mayor importancia, ella le hacía varias cruces en la frente mientras rezaba interiormente algunas oraciones. Cuando terminaba, su sobrino también le pedía que le bendijese de igual manera; ella accedía de buena gana. Y así los dos salían confiantes, convencidos de que Nuestra Señora, en lo alto de los Cielos, no dejaría de atender el pedido de tan buena madre.
Cuando Plinio, ya un poco mayor, viajaba más lejos, se repetía del mismo modo la escena de las crucecitas. En el vestíbulo de entrada de la casa, a la hora de la última despedida, ella, que era un poco más baja que su hijo, se ponía de puntillas y empezaba con toda compenetración el sencillo ceremonial; Plinio se inclinaba un tanto, y complacidamente recibía la bendición. Doña Lucilia era consciente de que, según la doctrina católica, la bendición de una madre atrae efectivamente la protección de Dios sobre un hijo, y era lo que ardientemente deseaba. De ahí tal vez el hecho de hacer varias señales de la cruz sobre su frente, como forma insistente de implorar ese auxilio.

Un Vía Crucis controvertido

plinio_congregado_marianoEn el curso del año de 1928 se dio un hecho en la vida de Plinio que alegró mucho a doña Lucilia, pues, de algún modo, representaba la realización, por especial don del Sagrado Corazón de Jesús, de sus más entrañables anhelos en relación a su hijo: fue su ingreso en las Congregaciones Marianas (Un día, en septiembre de 1928, al pasar en tranvía cerca de la iglesia de San Antonio, en la Plaza del Patriarca, el joven estudiante Plinio vio en la fachada un cartel que anunciaba la realización del Primer Congreso de la Juventud Católica. Exultante, procuró inscribirse inmediatamente. Comenzaba ahí su larga trayectoria de luchas en pro de la Santa Iglesia y de la Civilización Cristiana. El paso siguiente sería su ingreso en la Congregación Mariana de Santa Cecilia). Dentro de poco se convertiría en un incontestable líder católico, y llegaría a ser elegido diputado por la Liga Electoral Católica.
Esa ascensión no se realizaría sin duros y reñidos combates, durante los cuales doña Lucilia le prestaría a su hijo un valioso auxilio con su presencia y su apoyo discreto pero cuán eficaz.
La primera batalla fue contra el respeto humano. Algunas personas pueden pensar que esa lucha no presenta mayores dificultades, pues no exige argumentos ni estudio. ¡Oh, ilusión! Es tan fuerte en el hombre el instinto de sociabilidad y la tendencia a imitar a sus semejantes que, en muchos casos, prefiere enfrentar la muerte en un combate a huir, para no ser tachado de cobarde por los compañeros y amigos.
Ahora bien, como se dijo en el capítulo anterior, en la sociedad de entonces la práctica de la religión era tenida como debilidad de espíritu, propia de mujeres y niños. Se consideraba vergonzoso que un hombre se presentase como católico practicante, razón por la cual muy pocos, principalmente en las clases altas, tenían el coraje de hacerlo.
La adhesión de Plinio al Movimiento Católico se efectuó en esa atmósfera. En cierto momento, decidió tomar en público una actitud a través de la cual se manifestara la irreversibilidad del rumbo tomado por él. Para ello escogió la Misa de diez del domingo en Santa Cecilia, iglesia frecuentada en aquel tiempo por la alta sociedad, muchos de cuyos miembros comparecían allí por mera conveniencia social.
Apenas iniciado el Santo Sacrificio, Plinio —que ya había cumplido el precepto dominical en la Misa anterior— recorrió una por una las estaciones del Vía Crucis y, terminado éste, se arrodilló en un lugar bastante visible, sacó del bolsillo un pequeño rosario azul que había comprado expresamente para la ocasión y se puso a rezar. Obviamente, entre sus conocidos los comentarios no se hicieron esperar: “¡Plinio se ha vuelto beato!” Sin embargo, nadie tuvo el valor de hacerle directa o indirectamente la más leve insinuación.
Pero quienes tenían la suficiente intimidad para ello le comentaron el hecho a doña Lucilia, tratando de convencerla de que disuadiese a su hijo del camino iniciado. A fin de cuentas, decían, esa actitud significaba darle la espalda al futuro, pues no era entre beatos que conseguiría hacer carrera. Estaban en juego la fe y la perseverancia de su hijo, y doña Lucilia se mostró irreductible, dentro de su habitual serenidad. Por más que insistiesen, no cambió de posición. ¿Qué mal había en lo que Plinio había hecho? Estaba muy bien, así se debía ser. Y si tuviese que decirle algo a su hijo, sería únicamente para elogiarle. Ante esa barrera de suave intransigencia, la ofensiva de la irreligión desistió,
al menos ostensiblemente, de sus nefastos intentos.

Reliquias del pasado

Orvalho-9De esta época en que Plinio estudiaba en el Colegio San Luis, doña Lucilia guardó consigo, hasta el fin de sus días, innumerables recuerdos, como estampas distribuidas por los profesores, boletines escolares, medallas, diplomas e incluso una u otra redacción. Éstas ilustran bien el elevado espíritu con que su hijo había sido educado por ella, pues por los frutos se conoce el árbol.
He aquí una de las composiciones, escrita en 1919, que atravesó las décadas y llegó hasta nosotros:

Monótono e inmenso, el desierto del Sahara sólo es entrecortado por
pequeños ríos, y también existen allí los oasis, único refugio del viajero
contra la sed y el hambre.
El poderoso monarca de Abisinia atravesaba uno de estos extensos
arenales, y, de repente, vio una palmera, en cuya hoja resplandecía el
rocío, brillante de la naturaleza, y el rey dijo: “ven, ¡oh gota!, a adornar
mi turbante”, pero la gota no fue.
Tiempo después, pasaba un caballero; era cruzado, e iba a defender
a los cristianos, y el caballero, muerto de sed, vio la gota, la llamó y ella
le cayó, para refrescarlo, en sus labios. Cayó porque era aquel que iba a
defender la religión de un Ente supremo que muchos hombres no conocen,
pero cuya gloria la naturaleza canta.
Plinio Corrêa de Oliveira

¿Sólo tres medallas, hijo mío?

Doña Lucilia se empeñó siempre en transmitir a sus hijos su constante deseo de perfección. Al final del año lectivo los padres jesuitas del Colegio San Luis organizaban una solemne sesión para distribuir premios a los alumnos mejor clasificados. Eran convidados los padres de los niños y ciertas personas de destaque en la sociedad, llegando a veces a estar presente el propio Gobernador del Estado, por frecuentar este colegio la flor y nata de São Paulo. El acto incluía piezas de teatro, presentaciones musicales, declamaciones y discursos, hechos por los propios alumnos, aunque debidamente orientados por los sacerdotes. Llegaba por fin el momento de la entrega de medallas. Para cada asignatura había tres categorías diferentes: la de oro, la de plata y la de bronce. Al oír mencionar su nombre, el laureado subía a la tarima, y el propio padre o la
madre le colocaban la medalla en el pecho. Algunas veces, para honrar a los alumnos más destacados, lo hacía alguna autoridad. Toda aquella aparatosa ceremonia estimulaba altamente a los niños a aplicarse durante el año, a fin de ser alabados en público ante sus conocidos. Hubo un año, sin embargo, en que doña Lucilia no pudo comparecer a la solemnidad por estar enferma. Cuando Plinio volvió a casa, fue inmediatamente hasta su cuarto, encontrándola recostada en el diván. Vestido aún de rigor y con las medallas en el pecho, recibió los abrazos y los besos de ella, que en seguida lo apartó un poco para verlo mejor, preguntándole con cierto tono de perplejidad:
— ¿Sólo tres medallas, hijo mío?
— Pero mamá, ¡una es de oro! El año pasado eran cuatro, todas de plata.
Ella quiso saber entonces a qué materia correspondía la de oro. La explicación la dejó doblemente satisfecha: por el premio y por la materia. Su hijo había conquistado el primer lugar en francés. Le abrazó entonces de nuevo con redoblado afecto.

Una injusta nota de comportamiento

plinio_roseeLos profesores del Colegio San Luis daban dos notas por cada asignatura: una de aprovechamiento y otra de comportamiento durante las respectivas clases. Ambas constaban en los boletines, que eran distribuidos a fin de mes. Doña Lucilia quedaba a la espera y, si la entrega se demoraba, le preguntaba a Plinio:
— Filhão ¿te han dado ya las notas?
— No, mi bien, pero están por llegar
Cuando al final doña Lucilia las recibía, verificaba en seguida la nota de comportamiento. No toleraba menos de nueve (la nota máxima era diez). Para estimular a su hijo, a veces le decía en un tono de ligero gracejo:
— Si la nota de aprovechamiento es baja, no me importa, pues veo que estudias. Si no consigues aprender, es porque te falta inteligencia. No tengo la culpa de tener un hijo poco inteligente. Voy a quererte igual, quizás más, para ayudarte. Después, en un tono más serio, continuaba:
— Lo que no tiene perdón es el mal comportamiento. Eso yo no lo tolero. ¡Tener un hijo malo, no quiero!
Plinio nunca tenía una nota de comportamiento inferior a nueve. Era raro incluso que no fuese diez. Pero sucedió que uno de los meses, cuando tenía once años de edad, el boletín trajo un seis en comportamiento en las clases de Geografía.
Aprensivo, previendo el disgusto materno, y sabiendo además que la nota era injusta, pues no había hecho nada para merecerla, decidió modificarla escribiendo un diez encima del seis. Sin embargo, lo hizo sin cuidado y con letra propia de niño, dejando patente el borrón. Era preciso corregir la falla. Llovía. Plinio resolvió aprovechar esta circunstancia para salir de la difícil situación:
abrió el boletín al aire libre a fin de que las gotas de agua borrasen la enmienda. Las gotas alcanzaron todas las notas… ¡menos aquélla! Afligido, forzó el agua con el dedo para que mojara también el punto deseado. El resultado no pudo haber sido más desastroso…
Cuando llegó a casa, doña Lucilia le preguntó:
— Hijo mío ¿has traído las notas?
— Las traje, sí señora — pero no se las enseñó con la esperanza de que su madre no se las pidiese. Ella, no obstante, dijo en seguida:
— Déjame verlas.
Al depararse con las alteraciones, preguntó:
— ¿Qué ha sucedido con este boletín, hijo mío? ¿Esta letra es tuya?
Plinio, que nunca mentía a nadie, y menos aún a doña Lucilia, respondió:
— Mamá, yo no me merecía esta nota y por eso la corregí.
Ella, tomando un aire severo, le interpeló:
— Pero, ¿acaso tengo un hijo falsario?
La palabra falsario sonó a los oídos del niño como el peor de los crímenes. Doña Lucilia la pronunció en un tono de voz que resaltaba todo cuanto hay de reprobable en la actitud de un falsario.
Y prosiguió de un modo todavía más grave:
— Voy a hablar con tu padre. El lunes irá al colegio y le pedirá al sacerdote que le explique lo que sucedió. Tú dices que no merecías la nota seis. Si te la merecías, ¡irás al Colegio Caraça! Aquellas duras palabras repercutieron hondamente en el alma del pequeño infractor. Doña Lucilia continuó:
— Si vas al Caraça, voy a sufrir mucho porque me quedaré un año sin verte. Sabes cómo me es doloroso separarme de ti, pero eso será lo que va a pasar. ¡Recuerda, estando allí, lo que estarás haciendo sufrir a tu madre! Cuando regreses,
veré si el falsario se enmendó o no. ¡De lo contrario, volverás al Caraça!
El Caraça era un grande y renombrado colegio que existía en el Estado de Minas Gerais, a respecto del cual se decía entonces, muy erróneamente, entre los estudiantes de São Paulo, que era una especie de cárcel para niños de conducta excepcionalmente reprobable.
Pero, para Plinio, peor que la perspectiva del terrible colegio era tener que estar, por tanto tiempo, lejos de su tan querida madre. ¿A quién apelar?

“¡Él se hizo justicia a sí mismo!”

Nuestra Señora Auxiliadora, venerada en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de los Padres Salesianos

Nuestra Señora Auxiliadora, venerada en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de los Padres Salesianos

El domingo, Plinio fue a cumplir el precepto en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Al estar ocupada la nave central por los alumnos del colegio salesiano, se arrodilló en uno de los bancos del fondo de la nave lateral izquierda (del lado de la Epístola). En el auge de la aflicción, sus ojos se posaron en la soberana y atrayente imagen de Nuestra Señora Auxiliadora. Comenzó entonces a rezar la Salve Regina, palabras que interpretaba como “Salvadme Reina”. Eso hacía que encontrara muy adecuada dicha oración para la angustiosa situación en que estaba. La recitaba pausada y piadosamente, como para dar más énfasis al sentido de cada palabra. Al final de cuentas, si doña Lucilia era tan bondadosa, Nuestra Señora lo sería incomparablemente más, pensaba él. Desde lo alto de los Cielos, la Santísima Virgen no podía dejar de sonreír y atender tan fervorosa súplica, concediendo a Plinio la gracia de confiar en Ella en todas las dificultades y de comprender su insondable misericordia. Esa bondadosa Madre sería como una estrella de Belén que lo guiaría durante toda la vida, haciendo nacer en su alma una verdadera devoción a Ella.
Al día siguiente, cuando don João Paulo volvió del Colegio San Luis, fue como si la bonanza sucediese a la tempestad. Con su habitual placidez, contó la conversación que había tenido:
— Estuve hablando con el profesor. Se rió del desbarajuste que hiciste en el boletín y fue a mirar sus anotaciones. Me dijo que tu nota era realmente diez y que hubo un error del bedel al copiarlas. “¡Él se hizo justicia a sí mismo!”, comentó. De modo que está dispuesto a registrar la nota diez en otra página del boletín, ya que aquélla está inutilizable.
Doña Lucilia sintió un verdadero alivio al saber que todo no había pasado de una irreflexión infantil, pues, aunque le fuese muy penoso, estaba realmente dispuesta a castigar a su hijo, mandándolo al Caraça.