Triple reversibilidad

Cuando se es niño, la vivacidad del ejercicio de las reversibilidades es enorme. Se puede afirmar que, con el desarrollo del intelecto, la reversibilidad se va haciendo menos vivaz en los sentidos y se va volviendo más aguda en las ideas. Tengo la impresión de que, en la extrema vejez, si la suma de las edades es bien hecha y Nuestra Señora no permite al anciano una enfermedad, la reversibilidad de los pensamientos debe alcanzar el auge, mientras la de los sentidos casi no se manifieste. Es como imagino que las cosas deben pasar.

En mi tiempo de niño, tres cosas me venían al espíritu juntas: la atmósfera de la Iglesia del Corazón de Jesús –considerando dentro de ella a un padre celebrando la Misa, la liturgia, etc.–; otra cosa que formaba un vínculo con eso, pero distinto, era el órgano; y, después, el alma de mi madre. Hoy ,analizando esa reversibilidad, veo que era como si fueran tres órganos. Me encantaba justamente en el órgano aquello que constituye una universalidad de sonidos. En aquel estilo, en aquella gama, me daba la impresión de estar allí adentro todos los sonidos concebibles. Era una belleza extraordinaria cómo los sonidos se revertían, se lanzaban, se combinaban, se aproximaban, se distanciaban, con gala y afabilidad. ¡Me encantaba! Yo encontraba lo mismo en mi madre. Se podía decir que, para mí, ella era el órgano en el cual toda la elevación del espíritu y de la armonía de alma que se pudiese querer de un alma, estaban allí inter penetradas armónicamente, agradablemente. Yo percibía bien que el órgano no era sino un instrumento hecho por la Iglesia para elogiarse a sí misma, para hacer sentir en el corazón de sus propios hijos cómo era ella. Yo interpretaba el órgano como la Iglesia narrada por sí misma, para que sus hijos la amaran más.

En aquel tiempo yo sentía todo esto, pero la potencia de la explicación no existía. Ahora bien, la explicitación [ndr. tornar algo explícito] es una alegría y expresa bien lo que yo sentía. Madurar es esto: la persona llena lo que sintió y que estaba mudo adentro, ansiando por manifestarse. Esa reversibilidad me encantaba. Yo comprendía qué era el órgano para la Iglesia y entendía bien que mi madre tenía esas cualidades –dije cien veces, pero tengo ánimo para decir diez mil más, para agradecer a la Iglesia y, en la Iglesia, a Nuestra Señora y a Nuestro Señor Jesucristo– porque mi madre tenía eso que yo notaba; y todo eso estaba presente en ella, por ser hija de la Iglesia. Era más o menos como el rocío para la noche. Se recorre la noche y se encuentra un aire muy agradable. Y entonces pensaba lo siguiente: “uniendo al rocío de la noche, sin que haya un momento para percibir eso, algunas de las propiedades del aire se condensan y se ponen en una hoja. Amanece, el aire nocturno pasa, pero deja en la hoja aquella señal de la espléndida noche que hubo allí.” Es uno de los elementos de poesía del rocío. A todo el mundo el rocío le parece poético, a justo título. Pero, ¿por qué? A mi modo de ver, es por esa causa. Y concluía: “Toda alma fiel es como un rocío de la Iglesia.” Y a títulos muy superiores. El fenómeno físico, ni de lejos agota el fenómeno sobrenatural, es una mera comparación.

Por otro lado, también es verdad que, si el alma no fuere como un rocío de la Iglesia, si no es fiel, por más quela veamos llena de pequeñas prácticas, de pequeñas devociones, será “herejía blanca”, será cualquier otra cosa, ¡y con eso no voy! Es muy justo, por tanto, que, estando en la iglesia, yo pensara en Doña Lucilia. Y, estando con ella, pensase en la Iglesia. Cuántas veces, viendo la mirada de mi madre, yo pensaba: “Esta es realmente la Iglesia.” Muchas veces estuve con ella en la iglesia y la miraba de soslayo y pensaba:“¡Cómo entran en consonancia! ¡Cómo son Madre e hija, la Iglesia y ella!”

Hacia mí, la actitud de mi madre siempre era esta: el hombre es precario y, por más que esté bien, puede, en determinado momento, no estar bien. De manera que no se debe elogiar, se debe, por el contrario, tomar una actitud, cuando se es madre, vigilante. ¡Eso llegaba hasta lo increíble en ella! La razón de esa actitud, tengo certeza moral de que era la siguiente: era incluso un juicio maternalmente generoso que ella hacía a mi respecto. A ella le parecía que yo era más sobresaliente en varios aspectos que muchas otras personas que me rodeaban, sea en las relaciones sociales, sea en las relaciones familiares. A ella le parecía eso bastante notorio como para no ser necesario decirlo .Ahora bien, con su conmiseración, ella era una persona eminentemente propensa a la compasión, era compasiva cuanto se puede ser. Nunca vi a nadie ser compasivo como ella. La comparación en la cabeza de Doña Lucilia era hecha de madre a madre, y ella se sentía medio colega de todas las madres que hay, en cuanto madre, a propósito de la maternidad. Y para otras debería ser muy doloroso, no tanto reconocer que yo pudiese tener alguna cualidad un tanto mayor que sus hijos, sino de ver a la madre de aquel hijo más dotado hacer comparaciones. ¡Entonces, ella era de una discreción eximia! Me parece que eso participa de cierta dulzura suya, que está en el Quadrinho1. Su trato estaba todo impregnado de cosas de esas.

El Dr. Antônio Ribeiro dos Santos,padre de Doña Lucilia

Mi madre tenía una enorme veneración por su padre. Si hubo alguien a quien ella quiso bien, fue a su padre. Ella pensaba que él, si me conociese, tendría entusiasmo por mí. Y ahí dejaba filtrar lo que ella pensaba a mi respecto. Para que un hombre paradigmático como él tuviera hacia mí esas disposiciones, se ve lo que ella pensaba a mi respecto. Ella contó muchos episodios suyos con su padre, pero nunca me contó un episodio en el cual me elogiase. Su predilección era por su padre, pero también quería mucho a su madre. Ella cuidaba a su madre, era ejemplarísima en eso. A pesar de toda la amistad ardorosa que tenía para con su madre, yo nunca la vi hacer un elogio sobre ella. No me acuerdo, puede ser quela haya elogiado, en alguna ocasión, no estando presente su madre. Una que otra vez, en actitudes que su madre tomaba y no siempre eran comprendidas, ahí la elogiaba. Era un elogio de defensa. Así, gratuitamente, por expansión de afecto, no hablaba. Creo que eso obedecía a la idea de que los elogios los dejamos para el Cielo. Es una cosa razonable. Yo ya no fui de esa escuela. Cuando comenzó a envejecer mucho, con pena de ella, no habiendo otro modo de agradarla, yo la elogiaba para ella misma. Era en tono de broma, pero la elogiaba mucho. Mi madre tomaba una actitud como si el elogio no fuese para ella. No quedaba, ni podía quedar desagradada, ni manifestaba desagrado, si no yo no actuaría así. Pero ella hacía más o menos como se hace cuando se está detrás de una ventana y cae lluvia en el vidrio. La lluvia cae y muere en el vidrio. El elogio no penetra en el amor a sí mismo. Así hacía ella. Es toda una teoría del elogio, una cierta escuela, un modo de ser así.

En el trato con todo el mundo, ella también reflejaba mucho a la Iglesia. No hay nadie que penetre en una iglesia o en un ambiente verdaderamente católico que no se sienta respetado. La Iglesia verdaderamente católica es así: es respetable. Sin embargo, en el modo de verse la respetabilidad de la Iglesia, ella pone en nosotros la respetabilidad que tiene. Ella nos mira respetuosamente desde lo alto de su superioridad; eso se refleja en nosotros, va de nosotros hasta ella, nosotros nos arrodillamos. Cuando se traspone una iglesia, una capilla o cualquier edificio religioso, verdaderamente uno se siente envuelto por una atmósfera profunda de afecto, de respeto que penetra hasta los poros de la piel. Así también era Doña Lucilia con todo el mundo.

El Dr. Plinio con su hermana, Doña Rosée, en un restaurante de Campinas, en 1962

Creo no engañarme diciendo que era muy especialmente a mi respecto que ella ejercía, en toda su plenitud, su función materna. Hasta después de ser un hombre enteramente hecho, ella, a veces, me advertía de una cosita que no estaba bien hecha. Seria, porque ella era muy seria, miraba eso así…Basta decir esto: a veces yo tomaba sorbos demasiado grandes de agua, era un hombre ya de cuarenta, cincuenta años, ella decía: “Filhão2, sorbos más pequeños.” Ella sabía que yo no iba a cambiar, debía ver que está en mi temperamento, en todo mi modo de ser: “Si es para beber, ¡bebamos grandes sorbos!” Mi temperamento no era el suyo. Pero era su hijo, haciendo alguna cosa que no estaba de acuerdo con la medida que a ella le parecía acertada; entonces corregía con mucho afecto: “Filhão, sorbos grandes no.” A veces era la comida. Pedazos grandes de comida… ¡Así se saborea! Sé perfectamente que la buena educación no es esa; si yo estoy en una mesa de ceremonia, debo comer bocados más pequeños, sé eso. Pero no estando en una mesa de ceremonia, como a mi gusto. Ella decía: “Filhão, el pedazo…” Yo respondía con una pequeña señal, y continuaba conversando. Ella ejerció una función educadora hasta el fin. ¡Sin embargo, me trataba con un respeto! Y me acuerdo que, siendo niño, ella tenía una puntica que tendía hacia la veneración. Veneración de la esperanza materna que después se hizo veneración de certeza. Y creo tampoco exagerar al decir que esa veneración fue creciendo y, poco apoco, completándose por la confianza. Creo, certeza no puedo tener, justamente por su extrema discreción.

Extraído de conferencia del 28/04/1981

  1. Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎
  2. Del portugués: aumentativo afectuoso de hijo. ↩︎