Mansedumbre y amor lleno de esperanza

Doña Lucilia tenía mucho empeño en auxiliar a las personas. Algo que pueda haber en mí en ese sentido fue aprendido de ella, porque mi madre era así de un modo eminente y con mucho equilibrio.

Apenas dos o tres veces en la vida –sin ella decirme, yo lo percibí– la vi considerar a ciertas almas como perdidas, irrecuperables para el buen camino. Con esas personas ella cortó su relación, no las relaciones externas; estas siempre permanecieron amables, pero en el interior le cœur n’était pas. El manual de amabilidad estaba, pero el corazón no. Había en ella un reflejo de la doctrina católica de que todo pecador es recuperable. Mientras puede ser restaurado y aún está en los planes de la Providencia actuar sobre él, Dios lo quiere bien. Así, ella tenía una especie de amor de esperanza, viendo en la persona algo que restaba de lo que ésta tenía de bueno. Percibiendo eso, ella la quería bien como si fuese solo aquello. Y trataba al individuo como ignorando todos sus defectos. Lo consideraba como con cualidades en estado puro, abstrayendo los defectos. Eso daba un trato muy dignificante, elevado, y era un apoyo dado por mi madre para quela persona se irguiera de nuevo. A veces yo me acercaba a ella, conversábamos un poquito, ella me decía: “Estoy rezando por Fulano…” Lo cual equivalía a cierta leve insinuación de que yo también debería rezar, no era un pedido formal. Mi madre no me pedía, sino raramente, rezar por alguna intención, pues intuía que yo rezaba por otras cosas mucho más altas, pero deseaba que yo deseara. Hacía una insinuación que tenía una connotación por donde daba a entender la razón por la cual estaba rezando, lo que la persona estaba haciendo de malo. Rezaba con el afecto que tendría por aquella alma si estuviese andando bien. Había una especie de perdón anticipado de la deuda. ¡Incluso cuando alguien desilusionaba por completo sus esperanzas, mi madre nunca, nunca, nunca tenía un ataque de rabia, de queja, de cólera, de nada! Era de una mansedumbre absoluta, como un cordero. De tal modo que si, contra toda expectativa, la persona volvía al bien, la encontraba como en la víspera.

Bajo el punto de vista de la mansedumbre, ese fue, de los diferentes aspectos de su alma, el que más me tocó. Porque yo veía a veces cosas que la contundían a fondo; sin embargo, ella las recibía con toda dulzura, sufría con tristeza, ¡pero sin la menor amargura, la menor réplica, la menor lamentación! Yo veía que mi madre pedía perdón a Dios por aquella alma. ¡Eso era algo que me entusiasmaba mucho, mucho! La mansedumbre de mi madre también me desarmaba mucho, porque hubo una época en que, siendo niño aún, tuve cierta dificultad cuando algunas cosas suyas yo no las entendía bien, y no las entendía por cortedad de vistas. Yo mostraba desagrado y recibía de ella una mansedumbre tocante, y viendo que no me podía explicar porque yo no entendería… su silencio era tan discreto, pero al mismo tiempo tan profundamente sufridor, que yo quedaba desarmado. Algunas veces yo me sentía en guerra abierta contra ciertas personas y la veía llena de bondad. Y con esa inconformidad yo tendría la tendencia, no de hacerle una censura directa, sino de enfadarla en algún otro punto. Habría actuado muy mal si lo hubiera hecho; pero me fue muy fácil no hacerlo, a causa de esa excelencia moral que mi madre tenía, aunque en aquella época yo no entendiera.

No solo cuando mi madre estaba fuera de casa yo la trataba mucho mejor que las demás personas, ¡sino que no trataba a nadie como a ella! Era un trato súper excelente. Mi madre fingía que no lo notaba, pero yo sabía bien que ella era sensibilísima a eso. Jamás la vi haciendo una mirada a otra diciendo: “Vea cómo me trata mi hijo”. ¡Nunca! Yo no la vi compararse con nadie. Su recíproca era como una madre trata a un hijo a quien quiere bien, pero no era como el trato que yo le dispensaba a ella. Lo que yo tenía para con mi madre era un trato ostentoso, de tan cariñoso. El suyo para conmigo era mucho más discreto. Veo que ella procuraba evitar distonías, yo provocaba la distonía. Cierta vez le comentaron a mi madre: “¡Yo nunca vi a nadie tratar bien el uno al otro como usted y el Dr. Plinio! ¡Ni los enamorados se tratan así!” Me contó después, complacida, pero como si fuese un hecho cualquiera, todo muy discreto. Así como yo soy de explosivo, ella era discreta y habilidosa.

(Extraído de conferenciadel 20/9/1980)

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